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Fotografía: Jesús MassóBea aragon

Bienaventurado sea el vino. Bienaventurado sea el vino encendido de tu cuerpo hecho carne por otros cuerpos encendidos por otros vinos que no sacian la sed ni ensucian la boca. Bienaventurado sea el pan. Bienaventurado sea el pan de cada noche, de cada día, de cada tiempo, de cada horno, de cada gente, de cada fiesta, de cada pueblo, de cada calle.

Bienaventurada sea la calle, la calle encendida de cuerpos, la calle encendida de vinos, la calle preñada de gente, la gente preñada de calle.

Hablemos ahora en serio. Hablemos del amor y del cuidado que no siempre tenemos. Hablemos,  pero sin agarrarnos a lianas políticas, sin pecados originales, sin dejarnos caer en los velos oscuros con los que nuestra propia justicia suprema nos tapa los ojos. Y digo nuestra porque es nuestra. Porque todos creemos tener verdades absolutas y  todos las defendemos con uñas y dientes de gata en celo y eso nos hace seres capaces de mover el mundo desde el salón de una casa; pero no nos hace gente más bien nos hace individuo. Hablemos pues, del amor y del cuidado pero desde el amor y desde el cuidado. No es tan difícil, en realidad, es tan sencillo como comer picos o pan a la hora del almuerzo, ocurre entonces que por más que defendamos el gusto por comer picos nuestro estómago digiere pan.

En este solemne y luminoso mes de abril, que nos acaricia la cara con marchas de Semana Santa, nos vuelve locos de incienso y nos crece las horquillitas del moño soltándonos sin querer las melenas, en mi casa se come habitas con alcauciles que con mimo y un gran misterio preparan las arrugas de las manos de mi abuela. Mi abuela, que nunca guisa si no es del tiempo ninguna cosa que sirva en plato, llama a ese manojo de hierbas: comida de Semana Santa. Mi estómago, que la mayoría de las veces es más sensato que el resto de mi cuerpo, con esa comida de Semana Santa se convierte en una verbena de luces verdes y azules que se me parece mucho a la verbena roja dedicada al corazón naranja del erizo que en la barriguita borracha del mes de febrero nos vuelve locos de papelillos.

Es por eso que como mi estómago entiende más de celebración que yo misma, procuro respetarlo. Y es por eso que también respeto el olor del incienso y de cera quemada. Porque al final, no es más que otra celebración del mismo pueblo que uniendo sus manos, levantan el sufrimiento más nazareno o la alegría más poderosa que han ido cosechando durante todo el año.

Hace tiempo que mi hermano llama Madre a una mujer que yo no conozco pero si es mi hermano estará levantando a mi Madre y como Madre na más que hay una, al cielo con ella!!!

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