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Antonio luna

Fotografía: Jesús Massó

La EDUSI parece haberse convertido en un mantra recitado colectivamente que invoca a los dioses del Ministerio de Hacienda a que se acuerden de Cádiz. Se espera que sea el catalizador de la gran transformación que necesitarían las barriadas desde La Paz hasta Puntales —Territorio Edusi podríamos llamar a este ámbito— para situarse, al menos, al mismo nivel en indicadores sociales y económicos que el resto del municipio. La elección del ámbito está plenamente justificado, no solo por lo que dicen esos indicadores, sino también por ser la zona más aislada de la dinámica urbana general de la ciudad.

Las vías férreas suelen ser el ejemplo clásico de frontera. Muchas ciudades, especialmente pequeñas ciudades, han tenido una parte de ellas marcada por la existencia de esta barrera física que, con frecuencia, desarrolló también una componente social y cultural. Así pasó en Cádiz durante décadas, existía un Cádiz al otro lado de la vía. La dinámica urbana de la ciudad en su conjunto siguió un curso y las de las barriadas al otro lado de la vía, otro.

El soterramiento de la vía, a principios de la década de 2000, no supuso, como se pretendía, una integración plena de esas barriadas en la dinámica general de la ciudad. En parte porque la frontera del ferrocarril fue sustituida por la frontera de una gran avenida. Los grandes viarios no sirven para unir los territorios que atraviesan, solo los que se sitúan en sus extremos. No son en general, en contra de lo que se suele predicar, un elemento integrador. Al contrario, resultan barreras poco permeables a la vida cotidiana, que es la que finalmente produce la integración. Si al menos, en lugar de crear un eje viario longitudinal sobre el ferrocarril soterrado, se hubieran priorizado las conexiones transversales, estas quizás hubieran permitido coser, a modo de puntos de sutura, el territorio que se consideraba desgajado.

Sin embargo, sería un error pensar que los problemas de la zona derivan exclusivamente o fundamentalmente de la desconexión con el resto de la ciudad o de otros factores externos. Una población de más de 30.000 habitantes es capaz de  desarrollar una dinámica urbana propia como respuesta al aislamiento. Existen en cambio motivos intrínsecos, propios del modelo urbanístico del ámbito.

Este pedazo de Cádiz surgió de golpe y sin planificación, algo característico de las expansiones urbanas de los 60 y 70 en las principales ciudades del país. Pero en este caso surgió de golpe hasta el propio suelo sobre el que se asientan los bloques de viviendas, fruto del relleno de cerca de 50 hectáreas de lámina de agua de la bahía. Aunque suele olvidarse, el borde marítimo discurría, hasta finales de la década de 1950, por las actuales avenida del Perú, calle Medina Sidonia y calle Barbate. Así es que este es un pedazo de ciudad que surgió de la nada en un sentido bastante literal. Antes del relleno, el otro lado de la vía ni siquiera existía.

Pero rellenar y edificar no significan crear ciudad. Construir ciudad es crear diversidad urbana, entendida en un sentido amplio, no solo en su componente social y cultural, sino en general como complejidad del sistema. Diversidad urbana es diversidad de usos y actividades, de relaciones y procesos. Pero además, diversidad es la mezcla de todos esos elementos. Cuanto más uniforme sea la mezcla, mayor complejidad y mayor diversidad. Cuanto más segregación espacial de usos y actividades, dogma propio del urbanismo ortodoxo, menos diversidad urbana. Al igual que en los sistemas naturales, una elevada diversidad permite un buen funcionamiento del sistema urbano, más eficiente y eficaz, y una mayor capacidad de reacción y adaptación a factores externos. Es decir, diversidad implica sostenibilidad y resiliencia.

Por contra, el resultado del proceso urbanizador al otro lado de la vía, desde la barriada de La Paz a la de Puntales, fue un continuo de urbanizaciones de bloques, grandes o pequeños, dedicadas a uso casi exclusivamente residencial, sin ni siquiera existir, en la mayor parte de los casos, locales comerciales en los bajos que hubieran permitido el desarrollo de un comercio de proximidad. Esto, unido a la baja calidad del espacio público, hace que se desarrolle poca vida en la calle. En la actualidad, comercio y oficinas se aglutinan en apenas en un par de ejes viarios, en una zona que, con más de 30.000 habitantes concentrados en 1 km2 de suelo residencial, debería haber desarrollado una alta actividad comercial y de servicios. Esta segregación de la actividad comercial incluso se ha profundizado en la última década y media al situar en uno de sus extremos el mayor centro comercial de la aglomeración urbana y en el otro el mayor hipermercado de la ciudad. No hay nada más destructor de la diversidad urbana que un gran centro comercial.

El resultado final es una amplia zona urbana que, a pesar de la elevada concentración, presenta un claro déficit de diversidad, que finalmente es la que atrae gente y crea riqueza. Se trata en definitiva de un modelo urbanístico fallido: si en 4 o 5 décadas no ha conseguido crear diversidad urbana es que presenta factores limitantes que lo impiden. Jane Jacobs, que cuestionó en profundidad los modelos de expansión urbana desarrollados a partir de los 50 en Norteamérica, decía que “una buena vivienda es un artículo bueno por sí mismo en tanto refugio. Pero cuando intentamos justificar ese buen refugio con el pretencioso fundamento de que es una fuente inagotable de milagros sociales y familiares [a lo que denominaba doctrina de la salvación por el ladrillo], nos engañamos miserablemente a nosotros mismos”.

Cuando aludimos a modelos urbanos sostenibles, solemos tener claro que la compacidad es una característica clave. Tras la ciudad compacta —frente a la ciudad dispersa— está una menor ocupación de suelo, con la consiguiente menor incidencia en el sistema hidrológico, menor fragmentación del territorio o menos afecciones a espacios rurales y naturales, un menor coste ambiental y económico en el suministro de energía, agua y otros recursos, en la dotación de servicios y en el mantenimiento urbano, o también un modelo de movilidad menos dependiente del coche, con menos desplazamientos y más cercanos y de mayor eficacia y eficiencia del transporte público.

Sin embargo, si un ámbito urbano no es diverso, si no acoge al menos cierta multiplicidad de usos y actividades, difícilmente va a poder satisfacer convenientemente las necesidades de su población. Esta tratará de satisfacer sus requerimientos en otros ámbitos urbanos —si se lo puede permitir— o sufrirá carencias, como ocurre en muchos aspectos en el Territorio Edusi. Así, aunque se trate de un ámbito urbano compacto, sus impactos, tales como la ocupación de suelo o el consumo de energía y recursos, se trasladará a otros ámbitos, lo que se traducirá además en una movilidad mayor y más dependiente del transporte motorizado. Es decir, el Territorio Edusi responde a un modelo de ciudad compacta pero no diversa. Y esa falta de diversidad urbana es el principal factor interno que dificulta su desarrollo. Y suplirla debería ser un objetivo prioritario al que apuntara cualquier política de desarrollo del ámbito. Igual que no bastó con construir edificios para crear ciudad, no basta con repararlos o mejorarlos para conseguirlo 40 años después. Es necesario además provocar un significativo incremento de la diversidad urbana. Sin ese, difícilmente habrá riqueza ni desarrollo, ni mejora sostenida a largo plazo de los indicadores que justificaban la intervención. Pero además, generar diversidad es la mejor forma de atraer población, especialmente joven, que busca ámbitos urbanos dinámicos, y frenar el acelerado envejecimiento de la población en la zona —la población mayor de 65 años ha aumentado un 30% entre 2004 y 2014—.

Generar diversidad urbana puede no parecer sencillo, y posiblemente no lo sea, pero debería ser al menos un principio inspirador —el principio inspirador— de los planes de desarrollo e intervención en la zona. Pero, ¿cómo provocar esa inyección de diversidad urbana? En primer lugar —y sin duda esto es lo más importante—, es necesario generar una combinación de usos primarios que complementen el uso residencial, ya sea laboral, comercial, educativo… y que se apoyen mutuamente, evitando todo lo posible la diferenciación de uso, la segregación de actividades y funciones. ¿Por qué no reabrir los colegios públicos cerrados en los últimos años a causa de las políticas de fomento de la enseñanza privada concertada? ¿Por qué no crear pequeños mercados públicos en plazas que ahora presentan un aspecto desolado y sin uso? ¿Por qué no potenciar el uso hostelero y por empresas de servicios de la fachada marítima de la Bahía, en lugar de destinar tan privilegiado espacio a un mero aparcamiento? Hay que llenar las calles de actividad, de actividades diferentes a aparcar o transitar de casa a la parada de bus.

En segundo lugar, es necesario que lo cotidiano contribuya con su diversidad —la propia de los residentes— a la creación de ciudad y para ello debe desarrollarse también en el espacio público, ahora infrautilizado. Es necesario crear espacios públicos de calidad para que se desarrolle vida en ellos y esto propicie las interacciones humanas, contribuyendo a mejorar las relaciones, la confianza, la seguridad y la cohesión social. ¿Por qué no poner en práctica la propuesta establecida en el PGOU para todo Extramuros de establecer zonas de tráfico calmado, restricción de aparcamiento a no residentes y recuperación de espacio público, aplicando, por ejemplo, el modelo de superislas o supermanzanas que se ha desarrollado en Barcelona?

En tercer lugar, se debe procurar que los equipamientos estrella —si se pretenden— se integren en el tejido urbano y aporten su diversidad de usos. Existen multitud de ejemplos de grandes equipamientos cuya actividad es completamente ajena al entorno que les rodea. Solo hay que observar los centros comerciales situados en sus extremos. Es necesario que los equipamientos singulares formen parte del tejido urbano callejero.

En resumen, como proponía Jacobs, “es necesario promover calles interesantes, animadas, caminables, y que estas formen una red continua”. La forma de bota del Territorio Edusi parece una invitación a echar a andar.

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