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Pettenghi

Fotografía por Jaime Mdc

Cada año, al llegar la llamada fiesta del 12 de octubre, se reactiva esa rancia competición que consiste en ver quién es más español. Un mensaje tan falso como tóxico que ha calado, la españolez: esa creencia tan firme como limitada que radica en ser muy español, más español que los demás españoles. Como si español se pudiera ser mucho o poco. Da igual, la españolez existe y es una calamidad que se esgrime contra el adversario político.

La españolez es proclama, es alarde; algunos en su delirio llegan a creer que España es de su propiedad. La españolez, al moverse en el terreno de las emociones primarias, suele toparse con enemigos que acechan detrás de cada palabra o de cada gesto. Como su mundo gira alrededor del agravio y del victimismo, siempre es fácil encontrar un opositor al que infamar.

Pero la españolez tiene sus grandes paradojas, la primera es que detesta los nacionalismos (especialmente el vasco y el catalán), y sin embargo contempla su propia españolez como algo natural, siendo también otro nacionalismo, esa obtusa ideología que separa y enemista. La segunda es que los que más alardean de españolez suelen ser los mismos que blanquean la pasta, la evaden a paraísos fiscales, pagan y cobran en negro o perpetran otros chanchullos muy ligados a este modelo de fino patriotismo.

Pues bien, como el localismo no es más que un nacionalismo subdesarrollado, de patinillo, los principios básicos de esa doctrina excluyente también se dan en Cádiz a modo de arma política. Y vemos día a día cómo la Sagrada Verdad Revelada del localismo, basado en un gaditanismo apolillado, familiar y exclusivista, es una acometida contra el nuevo orden político gaditano, centrada en la persona del alcalde o de “el Kichi», como le llaman, no sin intención de disminuirlo.

No es más que kichifobia: no es suficiente con burlarse -de por sí esto tiene escasa gracia- de su aspecto o de su ropa. No es bastante con atacarlo con historias inventadas de falsos cónsules alemanes. No hay que dejar de rebuscar en su pasado laboral, airear su modesto origen familiar o su infancia. No se critica su gestión pública, lo que sería legítimo, sino que se ventila su vida familiar e incluso dónde se sienta en los espectáculos públicos. Tal vez tacharlo de extremista no resulte original, pues la gaditanez llama “extrema izquierda” a todo lo que no sea dejar gobernar al PP.

Con todo, esto no es suficiente para denigrar a quien representa las nuevas políticas en Cádiz. Donde antes había deferencia, exaltación y reverencia a la primera autoridad municipal, ahora hay desprecio señoritil, ofensa bajuna y grosería clasista. Algo que en el fondo es neofobia: miedo, mucho miedo a los cambios…

El último brote de kichifobia consiste en poner en duda su gaditanidad: eso de no asistir a los actos religiosos de la Patrona -se ha dicho- es de poco gaditano. Fíjate, como si eso se pudiera ser mucho o poco. En su momento también pusieron en duda la gaditanidad de Carlos Díaz.

Y por cierto ¿quién da los carnets de gaditano?

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