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Las catástrofes y la distopías provocan inquietud y atracción a partes iguales. Nos señalan nuestra puntos débiles como sociedad a la hora de enfrentarnos a algo desconocido que nos desborda, poniendo sobre la mesa los principales temores sociales en un contexto de crisis determinado. La verosimilitud de su proximidad con un posible presente nos intimida y seduce. Es eso lo que hace de la literatura, películas y series de estas categorías un éxito seguro entre el público. Estamos tan acostumbrados a disfrutarlas que ahora, con el coronavirus, permanecemos estáticos viendo imágenes en tv y leyendo informaciones en redes sociales con la distancia del espectador que se encuentra en una sala de cine, sin caer en la cuenta de que ahora somos los protagonistas de la tragedia que acontece en nuestras pantallas. Una sensación de ficción y ajenidad que no se ajusta a la dureza de la realidad de lo que está ocurriendo. Es todo tan normal que no lo reconocemos. Según parece, el Apocalipsis distópico es mucho menos espectacular de como lo pensábamos y es más miserable y corriente. No era una película de Roland Emerich si no una de Fernando León de Aranoa. 

Sin embargo, los hechos se imponen en toda su crueldad. Este tremendo golpe de realidad nos enseña que lo anterior era un simple artificio construido sobre los pilares de los valores de un liberalismo salvaje que sólo se mantenía por el propio (auto) convencimiento de verdad absoluta y certeza material que le otorgábamos. Porque nada será igual tras la pandemia del Covid19. Un mundo finaliza y otro emerge en toda su crudeza. It’s the end of the world as we know it, que diría Michael Stipe.

Nos encontramos en un punto de inflexión de nuestra historia en el que el individualismo egoísta de un sistema que agoniza será el lugar desde el que se construya una nueva normalidad social que podrá vertebrarse en dos direcciones: una reformulación del sistema anterior más restrictiva incluso en libertades y derechos o, por el contrario, una alternativa más esperanzadora que entienda que en lo anterior se encontraba la causa de la situación actual, que en el problema no puede estar la solución, y edifique una alternativa sobre los cimientos de los valores del bien común, lo colectivo, la solidaridad y la justicia social.

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Fotografía: Fran Delgado

La primera salida viene derivada de la tensión de la pulsión dicotómica entre libertad y seguridad y nos arrastra a un estadio postcoronavirus de tendencias totalitarias. Ya se sabe del efecto de la Doctrina del Shock, como los ciudadanos en momentos de pánico y vulnerabilidad son más fácilmente manipulables y pueden ceder amplios espacios de libertad, renunciando a derechos básicos a favor de que le procuren sensación de seguridad. Olvidamos que los derechos se obtienen en largas luchas pero se pierden en un segundo y,  una vez perdidos, recuperarlos puede volver a costarnos muchísimo. Si no fuera dramático, resultaría casi enternecedor ver cómo vamos poco a poco adaptándonos a una nueva realidad y construyendo una normalidad que asumimos como la rana que hierve en el cazo de agua. Interiorizamos la excepción como algo cotidiano mientras avanzamos en la renuncia de nuestros derechos. Además, toda crisis social y política conlleva una de valores y que se muestra explícitamente en comportamientos de ciudadanos que se mueven en esquemas próximos al darwinismo social y que configuran un nuevo e imperante paradigma moral. Desaparecen las certezas y es en el interregno entre lo que comienza y lo que acaba cuando aparecen los monstruos, que diría Gramsci. Los ciudadanos viven en el aislacionismo social y se transforman en instrumentos del propio sistema que los oprime, en personas acongojadas que salen a la calle mirando a su vecino con recelo, como un posible contagiador, como un posible competidor, como alguien de quien desconfiar y que se convierten en espías y denunciantes de otros a modo orwelliano. El ojo policial del Gran Hermano llevado a las casapuertas de nuestros vecinos. Por último, y en otro orden de cosas, el aparato político-institucional de nuestro modelo de Estado y de la Unión Europea han quedado en entredicho en su respuesta a esta crisis y seguro que será aprovechado desde posiciones nacionalistas identitarias y desde la extrema derecha para tratar de derribarlos. No hay que ser muy avispado para apreciar que las opciones totalitarias están viviendo esta catástrofe como una ocasión y que lucharán por materializarla una vez se acabe la cuestión sanitaria, a rio revuelto ganancia de pescadores.

La segunda va en dirección opuesta. Nace de la reflexión y el cuestionamiento de lo que nos ha llevado hasta aquí para apostar por la reconstrucción de un nuevo contrato social basado en los lazos y vínculos comunitarios, en la solidaridad y cooperación entre ciudadanos, recuperando lo colectivo frente a lo individual, lo necesario frente a lo contingente y lo real frente a la artificial. Plantea una alternativa disruptiva con lo anterior basada en la racionalidad pero también en el sentimiento, debemos sentir más, a nosotros y al otro. Para ello no bastará con aplaudir desde los balcones ni ofrecer entretenimientos en Facebook, sino que tendremos que tomar nota de lo acontecido para que no vuelva a repetirse y exigir la construcción de una sociedad en la que se acentúe lo que realmente importa: la defensa de lo público y recuperación del espíritu colectivo que nos define como ciudadanos; la redistribución de la riqueza que busque una igualdad efectiva para todos; una reconstrucción de nuestra relación con el planeta más respetuosa y responsable; la creación amplios espacios de libertad; y la garantía de derechos sociales. Todo ello entendido en una nueva concepción del mundo de carácter universalista y que traspase el bloqueo de nuestras fronteras físicas y mentales.

Salir por un camino u otro es nuestra elección. La construcción de un nuevo mundo formulado sobre la esperanza de que puede existir algo mejor para todos está en nuestra manos. Existe la oportunidad. Tú eliges.

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