Tiempo de lectura 💬 3 minutos

Ma arguez

Ilustración: Pedripol

Por ir aclarando las cosas. Cuando hablamos del “Carnaval de Cádiz” hablamos básicamente de las coplas. Cualquier otro aspecto es secundario y, si me apuran, prescindible. El Carnaval de Cádiz puede prescindir perfectamente de cabalgata, de ninfas (demostrado queda), de pregón, de concursos de bailes por tanguillos, de peñas, de Momos y Pitis, de pirotecnia… y seguiría siendo igual de exorbitante, asombroso e irrepetible.

De lo que le resultaría totalmente imposible prescindir (para ser lo que realmente es) es de las coplas. Es eso lo que lo hace singular, único e insólito. Lo demás es básicamente accesorio. Meros implantes. Cosmética. Bisutería. Lo demás podemos encontrarlos en muchos otros sitios, y con mucho más interés que aquí. Pero las coplas no. Las coplas son la médula espinal y el fenómeno artístico, sociológico y etnográfico más sorprendente y arrebatador.

Y cuando hablamos de las coplas hablamos del coro en la plaza, de la ilegal en la puerta del garaje, de la comparsa en el tablado, del romancero en la esquinita y, por supuesto, del volcánico concurso, mal que les pese a algunos, el elemento hoy por hoy más poderoso, seguido y masivo. Amamos el Carnaval de Cádiz porque amamos las coplas. Por poco más.

Si queremos hacer del Carnaval de Cádiz patrimonio de la Humanidad es, básicamente, por ese fenómeno asombroso que es las coplas. De la ingente cantidad de documentación que el Aula de Cultura del Carnaval suponemos está recogiendo para solicitar tal declaración, estamos seguros de que el 99% tiene que ver, directamente, con las coplas. Sin las coplas, el Carnaval de Cádiz sería una fiesta más, un carnaval más de tantos. Su singularidad, su verdadero tesoro, son las coplas. Y, por supuesto, todo lo que hay detrás de ellas: el proceso colectivo que les da forma, su implicación con la vida cotidiana de gran parte de la ciudad, su fugacidad creativa, su asombro status entre lo culto y lo popular, su trascendencia mediática y su dimensión etnográfica, identitaria y social.

¿Qué queremos decir con todo esto? Pues que cuando hablemos de Carnaval sepamos de qué hablamos exactamente. El Carnaval de Cádiz no es solo una fiesta, ni una fecha en el calendario, ni una tradición, ni un reclamo turístico. Que todo eso lo es, claro. Pero que, en esencia, no lo es. En Cádiz el Carnaval es las coplas.  Como en las Fallas es el fuego o Navidad es el consumo. Cuando estemos debatiendo sobre cualquier aspecto del Carnaval, no olvidemos esto. Si no, no nos lograremos entender.

Cuando se abrió (fugazmente, ¡demasiado fugazmente!) el debate sobre si era conveniente o no instaurar una fecha fija para el carnaval, muchos carnavaleros se aferraron a cierto esencialismo historicista para defender la fecha tradicional y su sobrogación al caledario litúrgico católico como si la esencia del Carnaval de Cádiz estuviera en el calendario y no en sí misma. Si al Carnaval le quitasen las coplas a nosotros en realidad nos daría absolutamente igual en qué fecha se pusiera: directamente dejaría de interesarnos. Y estamos seguros que a muchos de los salvapatrias de la tradición también. El Carnaval, las coplas, está más allá de cualquier fecha, se canten en febrero (nuestro mes más simpático y hospitalario, pero, ojo, no el único en que las coplas son coplas) o en agosto (por cierto, muchos de los que se rasgaron las vestiduras ante la fecha fija fueron los mismos que pusieron el grito en el cielo cuando se puso en marcha el primer carnaval de verano: los mismos, con argumentos igual de pueriles y reaccionarios).  Nos gusta febrero, cierto, pero las coplas son mucho más que febrero.

Carnaval de Cádiz es las coplas sonando vivas durante su fecha grande, por supuesto. Pero también lo es cuando suenan en las callejeras de agosto, en un tablado en los concursos de antologías veraniegas, en un trío cantando en el Novelty en noviembre o en un grupo de adolescentes emocionados cantando una copla en una barbacoa. Las coplas suenan y nos estremecen. Eso es lo que amamos. Lo demás, reconozcámoslo, nos deja un poco más indiferentes.

Amamos las coplas. No estamos seguros si amamos el Carnaval (así, a secas) o no. Quien comparta con nosotros este amor nos tendrá a su lado por más que discrepemos. Quien pretenda convertir en Carnaval de Cádiz en una mera fiesta tradicional como pueda serlo la Feria, los Tosantos o la Navidad, nos tendrá enfrente.

Para discutir sobre orígenes, espiritualidades, cuaresmismo, sentidos irreales, historia o historietas, doctores tiene la Iglesia. Y que en su Iglesia se queden.

Valora este contenido

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *