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Tellez
Fotografía: Jesús Massó

De un tiempo a esta parte, está cayendo a manojitos el telón del gran teatro de Cádiz, que es el del mundo. La pérdida de Jesús Morillo, el fundador de Carrusel, o la de José Luis Bocalandro, vinculado al Teatro del Mentidero, no hace más que llover sobre mojado respecto a otras muertes anteriores y más o menos reciente en la escena gaditana, desde José María Sánchez Casas a Juan Bellido, pasando por Ángel de Dueñas, Manuel Pérez Casaux, Alfredo Los o José Luis Muñoz.

Por fortuna, queda la leyenda de muchos de ellos, o de ellas, como May Vázquez. Y restan otros grandes del teatro gaditano afortunadamente vivos, desde Ramón Rivero a Miguel Ángel Butler, La Zaranda, Pedro Delgado, Andrés Alcántara, Montse Torrent, Juan García Larrondo, Manolo Morón o María Eugenia Ferrera de Castro, entre un largo etcétera contemporáneo que incluiría también a la escritora Ana Rossetti, enmascarada entonces entre las bambalinas.

Unos y otros forman parte de nuestra memoria. Histórica y democrática. A su manera, en el efímero momento de gloria de la escena, también contribuyeron a construir las libertades o a defenderlas. Recientemente, en la Diputación de Cádiz, ha podido contemplarse la excelente exposición “Días de viejo color”, comisariada por Fran G. Matute para el Centro de Estudios Andaluces. A partir de un título mítico de Pedro Olea, Matute recopila elementos iconográficos de lo que fue la búsqueda de la modernidad española a partir de 1954 y hasta mediados de los años 80. En ese combate estético, en el que militaron teatreros, músicos, escritores, artistas plásticos o cineastas, se forjaron buena parte de las utopías a las que aún hoy aspiramos.

En la provincia de Cádiz, entre los acuerdos con los Estados Unidos que propiciaron la construcción de la base de Rota –indispensable documental Rota´n Roll—o la incorporación a Naciones Unidas que aventó la reivindicación de Gibraltar –nunca llovía al sur de California, viejo Albert Hammond de Gibraltar, y nos costó montar en bicicleta, Rocking Boys de La Línea-, estalló la cultura pop que, entre nosotros, nunca logró dinamitar las raíces por más que Camarón o Paco de Lucía convivieran con las jambás de Manolo Perfumo padre e hijo, el rock de Cai que se volvió jazz, el viento de Simun reconvertido en chiste guitarrero de Antonio Reguera o el canto mestizo de Javier Ruibal, que en su canción “Cine Macario” evoca las sesiones dobles que precedieron a las de cine-club y por cuya pantalla grande “pasaron aviones y barcos y vikingos/Tarzán de los monos, guerras mundiales/se abrían las puertas a un triste domingo/que aguaba la fiesta de los escolares./Murió la censura y en un santiamén/ perdieron pa’ siempre mi alma los curas./Contigo en secreto mi cuerpo le daba/un corte de manga a la dictadura”.

Mientras John Lennon y Yoko Ono, Ana Belén y Victor Manuel, contraían nupcias en un Peñón cerrado, nuestros primeros djs nacieron en guateques casposos donde hizo raya la entrañable figura del pagafantas. Rutilantes discotecas con olor a zotal, garajes donde se oían guitarras eléctricas con Felipe Benítez Reyes punteando blues. Más allá de los coros parroquiales y del Cortijo Los Rosales, Rafael de Cózar traía en su Harley Davidson aerolitos de Carlos Edmundo de Ory mientras la tertulia de Marejada elevaba a los altares a la beat generation más allá de las sombras antípodas y gaditanas de José María Pemán y de Rafael Alberti. Desde el territorio del exilio, gaditanos como Jesús Ynfante, también recientemente fallecido, desenmascaraban al Opus Dei como la Santa Mafia, o Andrés Vázquez de Sola caricaturizaba la corrida franquista desde su escaparate semanal en las páginas de Le Canard Enchainé. Cuando la poeta Julia Uceda escapaba desde las aulas del Instituto Columela hacia el exilio, el carnaval era un ejercicio de supervivencia entre las máscaras prohibidas bajo el antifaz de las Fiestas Típicas Gaditanas.

Ese Cádiz de las Costus a veces olvida, sin embargo, nombres como el de Fernando Meléndez, un artista al que su prematura muerte embadurnó los pinceles, que alcanzaron una luz prodigiosa en las manos de Guillermo Pérez Villalta o Chema Cobo, antes, durante y después de la movida.

Mientras Juan Luis Galiardo ejercía de galán de la tercera vía o le disputaba su primer voto al señor Cayo, un nuevo cine se transfiguraba en Alcances o veía la luz en la moviola de Julio Diamante, de Gabriel Delgado o de Carlos Fernández.

Tantas esperanzas y muchas otras, las de revistas como Jaramago y Cucarrete, Libre Expresión, Quillo o Mc Clure, deberían tener un cierto espacio en el recuerdo colectivo de esta provincia, que suele ser olvidadizo para con sus cumbres y desprecia sus aledaños. El polvo de los años impide ver lo que supuso el Centro de Cultura Popular Andaluza, el Aula Abierta del Colegio de Arquitectos, el colegio mayor Chaminade y sus conciertos rodeados por la policía. Qué decir de las almas transeúntes de Chicho Sánchez Ferlosio, Serafín Martínez o Javier Krahe, de la de Joaquín Sabina mucho antes de avecindarse en Rota, de la de Luis Eduardo Aute descubriendo el litoral de Zahara donde anidaría pronto un mar de celebridades alternativo a la Costa del Sol y entre cuyos militantes figuraron desde Aitana Sánchez Gijón a María Barranco.

La transición se libró en las calles del tardofranquismo, en los tajos obreros y en las asambleas de estudiantes, frecuentemente represaliados o maltratados por quienes teóricamente debían protegerles. Pero también le echó un pulso a la censura que ejercía el Gobierno Civil o el ministerio de Información y Turismo: en el archivo provincial de la calle Cristobal Colón, en Cádiz, se apurgaran los expedientes que declaraban aceptados o denegados los textos que se presentaban ante su lupa. Constituyen, a poco que se abran sus páginas pulcramente conservadas, un material de primera para investigar esa luchar sorda y ya a veces muda, esos otros días de viejo color que convendría restaurar para que sepamos de donde venimos y para saber defender mejor lo que se nos venga encima.

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