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Bea aragon

Ilustración: Pedripol

Este fuego de pájaros nos tatúa la ropa en la carne.

Parece algo así como si quisiera crear un idioma nuevo, algo que no parece entenderse más que en los cuerpos, más que en la sed, más que en el hambre. Un fuego que no queremos hacer verbo. Este fuego de pájaros nos está diciendo algo pero no somos capaces de sentir la llama más allá de la quemadura.

Y así ardemos sin propósito aparente, ni verdad concreta. Arde Doñana a lo lejos y la Ciudad se convierte en un cenicero perfecto. Arde Doñana y el olor a tierra quemada incendia nuestras cocinas aliñando la piriñaca y las papas con chocos en las manos de nuestras madres. Y sin querer, o puede que queriendo, nos comemos el fuego que nos quema.

Nos comemos el fuego y así nos va. Así nos convertimos en brillantísimas bombas amarillentas a punto de estallar. Así nos convertimos en la carne serena de un cañón inexacto, en la pluma y en la roja verdad de la flecha. Hasta que explotamos, hasta que nos disparamos los unos a los otros, hasta que nos quemamos en nuestras perfectas hogueras azules, todo parece ir bien en nuestro mecanismo. Después del desastre, cuando ya parece tarde para todo y para nada, solo entonces nos permitimos una mínima reacción a la tragedia. La luminosa red azul que calma la sed de nuestra conciencia. Entonces sucede  una cabalgata de lágrimas y miles de corazones rotos y millones de caritas amarillas tristes de pantallas inundando nuestras redes a destajo, pero ya es demasiado tarde. Ya nos hemos comido el fuego.

Nos duele y me duele el fuego pero aquí seguimos amamantando a la poderosa bestia que nos incendia, amamantándonos a nosotros mismos. La colilla que se tira pero que no tiramos, el agua que se paga pero que nadie gasta, la luz que no gastamos pero que sí pagamos y un millón de lágrimas azulando al día siguiente las redes sociales y un decir en los corrillos que este tiempo nos vuelve locos como si acaso el cielo, como si acaso el océano, como si acaso el planeta entero estuviesen planeando el apocalipsis. Este fuego de pájaros nos está diciendo algo y pareciera que nosotros no entendamos su canto, su idioma, el humo.

El casposo humo de la tierra quemada nos habla desde siempre; es por eso que hemos creado con nuestras propias manos el muro universal de las lamentaciones para poder seguir echándole más leña al fuego, para poder seguir alimentándonos de nuestras genuinas miserias. Pero esto nos pasa con todo, convertimos en ceniza todo cuanto tocamos, todo. Desde el medio ambiente hasta el mínimo despunte de una voz nueva que nace del fango político, social, cultural, da lo mismo el ámbito que nazca o crezca en nuestras manos, lo tocamos y se vuelve ceniza. Algo estamos haciendo mal, los pájaros nos están avisando.

Y todavía temblamos como palomas recién nacidas cuando pensamos en los infiernos que nos ofrece la guadaña.

Tanto fuego hemos comido, camaradas, que nuestro infierno será de escarcha y entonces el humo será nuestro vaho, nuestro idioma, nuestro único canto.

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