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Porlanpost (luis quintero)
Fotografía: Luis Quintero

La idea s√≥lo existe en virtud de su forma, dec√≠a don Gustavo Flaubert. Su frase, luminosa, m√°s propia de un fil√≥sofo que de un novelista, expresa como ninguna la naturaleza del impulso art√≠stico, esa pat√©tica y hermosa incontinencia de los humanos para dar forma a sus ideas. Voy a hablar de un artista ausente, de un gaditano inclasificable que nos dej√≥ solos en el mundo hace algo m√°s de un a√Īo: el malogrado Luis Quintero Brea, de cuya amistad goc√© bastantes a√Īos, aunque no todos los que hubiese querido.

El consuelo del artista ante la muerte es que su obra le sobrevive, pero cuando ¬†parte de esa obra es p√ļblica e incluye varios monumentos en una ciudad peque√Īa ‚Äďcaso de Quintero y de C√°diz‚Äď el consuelo real es para quienes lo apreciaron en vida, porque su recuerdo se impone como algo f√≠sico cuando uno pasea sin rumbo fijo por C√°diz y se topa con alguno de sus trabajos. S√© que le ocurre lo mismo a la legi√≥n de amigos a los que ha dejado hu√©rfanos.

Paseo por Puerta Tierra y me veo ante su monumento a la Constituci√≥n de 1978, el bautizado por la gente como Jaul√°jaro. Se hizo por el aniversario trig√©simo de aquella ley que cumple ahora el titubeante cuadrag√©simo. Recuerdo que el carnaval del a√Īo siguiente a su inauguraci√≥n calleje√°bamos juntos y nos detuvimos ante una chirigota que parec√≠a prometedora. Como no se sab√≠an bien las letras le pidieron a Luis que sujetara el libreto y √©l acept√≥ servirles de atril. Entonces la chirigota empez√≥ a cantar estos versos:

Mala pu√Īal√° le den

al escultor del pájaro-jaula…  

Luis no se inmutó. Cuando terminaron la actuación, cerró el libreto y se lo devolvió a la agrupación con una sonrisa, diciendo: Que sepáis que el escultor del pájaro-jaula soy yo. Carcajadas, abrazos y un brindis colectivo. Tengo la foto para demostrar que una cosa así sólo pasa en Cádiz.

Hubo demasiadas opiniones tras la inauguraci√≥n del Gran P√°jaro, y falt√≥, en cambio, una estimaci√≥n cr√≠tica de fundamento. Todo se limit√≥ a un intercambio de me gusta, no me gusta, me gusta, no me gusta. Y eso entristeci√≥ a Luis, que se hab√≠a roto la cabeza durante meses buscando el mejor modo de representar pl√°sticamente algo tan poco susceptible de ser poetizado como un conjunto de leyes. Cambi√≥ de idea m√°s de una vez y m√°s de dos. El motor que usaba Luis para sus trabajos el pensamiento po√©tico. Se trataba de un artista conceptual que manejaba la met√°fora como un veh√≠culo intermedio entre la idea y la forma. Ahora que tengo delante el resultado voy a tratar de describirlo. No pretendo acertar en mi interpretaci√≥n ‚Äďaunque tambi√©n‚Äď sino tan s√≥lo transmitir la madeja de conceptos y s√≠mbolos que pueden llegar a verse en esta rica estructura po√©tica.

Lo primero que percibo es una imagen inquietante: veo a un pájaro apoyado en un detonador de dinamita. Es paradójico; no sé si se trata de una alegoría de la paz (la paloma se ha posado sobre la herramienta de destrucción) o de una amenaza inminente si tomo en cuenta la fuerza y la pesadez que transmiten las patas del pájaro y que parecen capaces de hacer bajar el detonador.

Pero lo que veo por encima me tranquiliza. El resto del p√°jaro no se corresponde en absoluto con el rigor, con el poder ni con el peso de esas patas. Es una estructura enrejada con el aspecto de un ave, de un p√°jaro peque√Īo, un pinz√≥n o un gorri√≥n, emblema eterno de la libertad. La libertad con patas de √°guila o de grifo, la libertad apoyada en la fuerza, de eso estamos hablando al parecer. Queremos garantizar nuestro anhelo de ser libres bas√°ndonos en la fuerza. La estatua que corona el cimborrio del Capitolio americano es una alegor√≠a que lleva por t√≠tulo de La Libertad Armada. Esa parte pesada del Gran P√°jaro no es libertad, sino arma, miedo o necesidad de seguridad, lo que es muy parecido. La libertad est√° por encima: es la jaula. Y la jaula es la Constituci√≥n, que delimita con sus barrotes legales un peque√Īo volumen de libertad convenido. Construimos una jaula defensiva, una jaula para protegernos de los tiburones. Es un extra√Īo modo de proteger nuestra libertad √©ste de encarcelarla, y un extra√Īo proyecto el de aprender a ser libres en el interior de una c√°rcel, donde s√≥lo se puede desear ser libre. Ah, pero cuando el deseo te acerca a los barrotes, y ves reflejado en su pulida brillantez quir√ļrgica el gesto amenazador de los que dejas atr√°s, dudas. Y si al final decides trasponerlos, prep√°rate.

Pero la historia tiene un final feliz. La jaula tiene una puerta pensada y construida para ser abierta a partir de la llamada de un m√≥vil. Su autor la concibi√≥ como un efecto interactivo de quien saluda a la libertad: el coste de la llamada ir√≠a a parar a una organizaci√≥n pro derechos humanos y contribuir√≠a a sacar presos de conciencia en todo el mundo. Abrir esa peque√Īa puerta de libertad resultar√≠a un gesto simb√≥lico muy apropiado en las mismas puertas de la que llaman Ciudad de la Libertad, y un dinero mucho mejor empleado que las in√ļtiles monedas que se tiran a la fontana di Trevi.

 

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Porlan
Fotograf√≠a: Jes√ļs Mass√≥

Caer en la cuenta es una de esas expresiones formidables que atesora la lengua castellana. Por la elección del verbo, sobre todo. Qué fuerza y qué desnudez, que brío dinámico hay en ese caer. Caí en la cuenta, me precipité en la verdad, me sumergí en lo cierto, me hundí en lo exacto, comprendí mi error. No me tiré: caí. No hice un esfuerzo, el acto fue natural, yo iba distraído buscando luz en la noche y de pronto me vi flotando en medio de una piscina luminosa. Un buen día, Arquímedes cayó en la cuenta ¡eureka! Otro día cayó Copérnico y se quedó aterrado. Y Newton cayó en la cuenta cuando cayó su manzana.

Yo, sin ir m√°s lejos, ca√≠ en la cuenta hace unos meses de que la educaci√≥n est√° perversamente sobrevalorada respecto a la cultura. Habr√° usted escuchado a menudo ese ritornello tan sensitivo de que todo depende de la educaci√≥n, de que la educaci√≥n es lo m√°s importante, de que muchos de nuestros problemas se resolver√≠an¬† con m√°s educaci√≥n. ¬ŅQui√©n niega eso? La educaci√≥n es importante de veras. Pero perm√≠tame contarle una historia.

  1. Stein y H. M√ľller ten√≠an diez a√Īos en 1920 y eran vecinos de piso en un barrio burgu√©s de Ulm. Compartieron la escuela, se hicieron amigos √≠ntimos y cursaron juntos la misma carrera universitaria. Pero en 1941 M√ľller tuvo que mandar el pelot√≥n de fusilamiento ante el que compareci√≥ Stein, y sinti√≥ alivio y placer cuando vio rodar por el suelo a su viejo amigo jud√≠o. √Āteme esa mosca por el rabo y siga defendiendo la importancia de la educaci√≥n, porque lo seguro es que M√ľller y Stein tuvieron exactamente la misma.

¬ŅQu√© fue lo que hizo irrelevante una educaci√≥n com√ļn? Algo mucho m√°s poderoso llamado cultura. Suponer que la educaci√≥n es lo que construye a la persona es una afrenta a la memoria de Stein. Ser√≠a como afirmar que lo m√°s importante para convertirse en un buen conductor es sacarse el carnet de conducir. Muy bien, muchacho, ya sabes lo que hay que saber, aqu√≠ tienes tu permiso, tu t√≠tulo: ahora sal a la calle¬† y conduce.¬† Pero te advierto que lo que hay en la calle no responde exactamente a lo que has aprendido. De hecho, en cuanto empieces a circular caer√°s en la cuenta de que no tienes ni idea de conducir y de que el verdadero aprendizaje empieza entonces. Lo que aprendas en adelante ser√° lo que te convierta en un conductor de verdad.

Pues eso es la cultura: el ba√Īo en el que todos, quer√°moslo o no, estamos sumergidos a lo largo de la vida. Fue aquel ba√Īo de √°cido llamado cultura nacional-socialista lo que convirti√≥ a Stein en v√≠ctima y a M√ľller en verdugo. Los dictadores m√°s aplicados siempre supieron que el primer pelda√Īo de la dominaci√≥n consiste en dominar la cultura. Y cualquier examen de un √°mbito cultural resulta ser un √≠ndice de su libertad. Despu√©s y s√≥lo despu√©s viene la educaci√≥n, que para las dictaduras no es un problema, sino una poderosa palanca que puede controlar estupendamente. Porque es la cultura existente en cada momento la que determina la educaci√≥n y no al contrario.

La cuestión de fondo no reside en lo que puede hacer el poder con la cultura, sino en lo que puede hacer por ella. Hoy en día, el objetivo final debería ser liberarla, porque la pobrecita está aherrojada desde hace tiempo en las mazmorras del sutil sistema carcelario que ha implementado la fase capitalista en la que nos movemos, cuya estrategia para acabar de una vez por todas con ella (qué bueno el primer Allen, qué horror el actual) no consiste en cerrar el grifo, sino en abrirlo completamente para provocar una inundación. Se trata de aplicarnos un masaje usando una manguera de bombero, de tal modo que el efecto sea estupefaciente en lugar de estimulante.

El problema es discriminar. Antes, para aprender hab√≠a que cavar en busca de datos. Ahora los datos son oce√°nicos, todo son datos, todo es dato. ¬ŅQuieres una canci√≥n? Toma dos millones. ¬ŅQuieres una novela? Pues aqu√≠ tienes cinco ¬†mil, que caben en un dedal inform√°tico. A ver c√≥mo te las arreglas para escoger la que prefieres, ahora que hemos acabado de una vez por todas con la cr√≠tica.

¬ŅCu√°ndo muri√≥ la cr√≠tica de arte, la teatral, la literaria, la cinematogr√°fica? Nadie puede responder con certeza, y a nadie le importa. Hoy, el autor que publica un libro sabe que est√° tocando el claxon en medio de un atasco, y que no destaca quien posee un claxon m√°s mel√≥dico, sino el que suena m√°s fuerte, casi siempre reflejado por el eco del marketing editorial. ¬ŅPor qu√© motivo ganan tantos premios literarios los locutores y presentadores televisivos? ¬ŅQu√© tiene ese trabajo para convertir en escritores de talento a sus practicantes? No caigo en la cuenta, pero el caso es que a veces su talento no s√≥lo es literario, sino tambi√©n pol√≠tico. Vea usted el caso del reci√©n designado ministro de cultura de la Tercera Socialista nacional, un acreditado periodista de la tele bien introducido en temas del coraz√≥n, colaborador de una dama de reconocida solvencia literaria por sus p√°rrafos de transici√≥n. Tenemos en la poltrona cultural a un tigre insobornable, a un nuevo C√©sar (esperemos que no antoniomolina) que ayudar√° a poner las cosas en su sitio, a un revolucionario que liberar√° a nuestra cultura de la erg√°stula rajoyesca. Un joven literato premiado en el l√≠mpido concurso que ya hab√≠a premiado o premiar√≠a despu√©s a sus compa√Īeros Nativel Preciado, Carme Chaparro, Fernando Schwartz, Luis del Val, Ra√ļl del Pozo, etc. Mire usted: los premios y las poltronas son para las caras conocidas, porque las desconocidas no venden. Como desde hace tiempo se comenta en el medio, ahora no se hace uno famoso por ganar un premio, sino que se gana un premio por ser famoso. Se lo digo por si no hab√≠a usted ca√≠do en la cuenta.

 

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Albertoporlan
Imagen: Pedripol

La definici√≥n m√°s breve, c√≠nica y ajustada que se hizo en el siglo XX sobre la clase pol√≠tica en general sali√≥ de la boca pecadora de Archibaldo Leach, un agraciado joven brit√°nico que lleg√≥ a Hollywood como un hurac√°n sexual de 27 a√Īos y se convirti√≥ en el actor mejor pagado de su tiempo bajo el seud√≥nimo de Cary Grant. En su madurez, preguntado sobre la opini√≥n que le merec√≠an los pol√≠ticos de entonces, ¬†respondi√≥: Es f√°cil: creo que todos ellos son malos actores.

Tragedia, drama o comedia, lo cierto es que la pol√≠tica se escenifica. Veamos si no a los dos l√≠deres de las Coreas, saliendo cada uno por su foro del escenario y acerc√°ndose para estrecharse la mano sobre la l√≠nea fronteriza. Ya me dir√°n qu√© co√Īo es eso m√°s que un rid√≠culo espect√°culo apto para ni√Īos de primaria: Pepito el bueno y Manolito el malo se hacen amiguitos. Sin embargo, el problema est√° detr√°s de Pepito y Manolito, porque si ellos son malos actores resulta que el profe de teatro es todav√≠a peor.

En el espect√°culo de la corrupci√≥n, la escenograf√≠a siempre es pat√©tica y aburrida. Recordemos a Cifuentes: no me voy, me quedo; chincha, rabia. Media docena de lugares comunes sirven para todo: mi conciencia est√° tranquila; acoso y derribo; todo es mentira menos alguna cosa; met√≠ la pata pero no la mano; pues anda que t√ļ. Si hubiera otras alternativas nadie presenciar√≠a un espect√°culo tan deprimente, manido y previsible, pues lo cierto es que el nivel de nuestros l√≠deres pol√≠ticos no puede caer m√°s bajo sin cavar un hoyo. La cosa a√ļn pod√≠a funcionar cuando estaban all√≠ Churchill, Kennedy o Gorbachov, grandes actores shakespearianos. Pero no con May, Trump o Putin, que son de funci√≥n de fin de curso.

¬ŅEntonces? Entonces pensemos en los mamporreros medi√°ticos, los gangsters del marketing, y concluyamos que sin la cadena Fox, Trump no estar√≠a ah√≠. Ni Putin sin la Rossiya 1. Con otra TVE, Rajoy tampoco estar√≠a ah√≠. Sin su alucinante KCTV, Kim Jong-un andar√≠a apaleando basura en los suburbios de Pionyang. Hasta Adolfo Hitler habr√≠a conquistado el mundo si hubiese tenido cualquier clase de TV manejada por el doctor Goebbels. Hay que reconocerlo, compa√Īeros: la democracia representativa muri√≥ en alg√ļn momento a manos de los medios controlados por el poder econ√≥mico que impone su pol√≠tica. As√≠ que hay dos posibilidades: o cerramos los ojos y seguimos tirando del carro hasta que gane las elecciones Calimero, o nos ponemos a pensar en c√≥mo rebasamos el statu quo, esta fase anal-s√°dica de nuestras sedicente democracia y conseguimos desencallarla tirando lastre por la borda.

Porque la democracia es una idea demasiado buena como para que se la carguen usando vaselina y cloroformo cuatro cabrones forrados hasta el alma. Sus sicarios trabajan manipulando conciencias, as√≠ que la respuesta debe salir de una reacci√≥n defensiva de las nuestras. El capital nunca ser√° verdaderamente dem√≥crata, porque en ese asunto no hay beneficio. La democracia representativa ha tenido como prop√≥sito situar en el poder a los mejores, pero a la vista de los resultados (de Fujimori a Berlusconi, de Maduro a Esperanza Aguirre, todos elegidos, como Trump o Putin) parece aconsejable hacer liquidaci√≥n y cerrar el tenderete. Hay que rebasar esta fase y caminar hacia una deseable demoacracia en la que nos gobernemos sin gobernantes (del pueblo para el pueblo y por el pueblo) y el poder se fragmente en millones de trocitos que atesoren los ciudadanos. ¬ŅQui√©n necesitar√° a un ministro (sobornable, como todos) para que gestione lo que sea cuando diez mil especialistas de ese algo, en contacto con otros diez mil representantes de los afectados por sus decisiones, dialoguen abiertamente y con acceso p√ļblico analizando las diversas vertientes del asunto? Tenemos la herramienta (la comunicaci√≥n electr√≥nica), pero nos falta un software in√©dito basado en una ciencia nueva que es urgente e imprescindible alumbrar si queremos dar un paso adelante: la Discriminatoria.

Imagina la posibilidad de ayudar a cualquiera y ser ayudado por todos en tus problemas cotidianos de cualquier clase, no sólo los materiales. Imagina que gracias a la Discriminatoria mantuvieras una relación personalizada con el cuerpo social, permanentemente atento a los individuos que lo componen. Que la burocracia se transformara en ayuda directa al ciudadano teniendo en cuenta la Discriminatoria. Que la ley atendiese parámetros mucho más finos y sutiles que los del lecho de Procusto que hoy padecemos y a todos nos indignan. Que la comprensión, la tolerancia y la ayuda de nuestros hermanos fuesen las herramientas solidarias con las que tejiésemos nuestra convivencia diaria. Que convirtiéramos la culpa en error y aprendiéramos colectivamente de esos errores para entendernos y tratar de ser mejores personas en un seno social caliente y animoso.

Anoche, mientras so√Īaba todo eso, me ca√≠ de la cama y me hice un chich√≥n encima de la oreja derecha. Parece que ya va bajando, menos mal.

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Porlan
Fotogr√°fia: Jes√ļs Machuca

A la gente le hace cambiar lo que tiene alrededor. Los errores y los vicios del entorno modifican nuestras conductas inevitablemente, as√≠ que quienes manejan el entorno manejan tambi√©n nuestras vidas. La posverdad, ese concepto est√ļpido y peligroso que renuncia a llamar mentira a la mentira, y mierda a lo que huele a mierda, es, como casi todo lo que nos rodea, efecto del marketing.

Hablemos de la libertad de expresi√≥n. Cuando a Di√≥genes de S√≠nope, el gran fil√≥sofo c√≠nico, se le pregunt√≥ hace 26 siglos cu√°l es la mejor cualidad del ser humano, no lo dud√≥ un momento al responder: la libertad en el decir. Porque ¬Ņqu√© hay sin eso? Ni sociedades, ni personas, ni literatura, ni amistad, ni amor. Nietzsche, sin estar pensando en Di√≥genes escribi√≥ como si lo grabase un rayo en el m√°rmol: di tu palabra y r√≥mpete.

En el fondo todos lo sabemos. Sin libertad en el decir no hay ninguna otra libertad y por ejercerla han muerto millones a lo largo del tiempo. Herejes, disidentes, revolucionarios, filósofos o, simplemente personas incapaces de disfrazar su pensamiento, han muerto en todas las épocas para mantener en el mástil su incómoda palabra, ya sea acertada o no. Que los cristianos recuerden a Jesucristo, que fue todo eso y a quien por eso crucificaron sus contemporáneos.

Yo no debo, ni puedo, ni quiero callar por la fuerza a mi hermano o a mi amigo. Ni siquiera si se ha hecho miembro de las juventudes hitlerianas. Puedo hablar con √©l interminablemente, hacerle ver esto o aquello, pero no debo impedir que grite por las calles: ¬°mataremos a todos los jud√≠os!¬† ¬ŅO s√≠ que debo hacerlo?

Ah√≠ est√° el n√ļcleo del asunto: en la selva de los m√°rgenes de la libertad. Nos parece bien que se vigile estrechamente la libertad de expresi√≥n de los yihadistas, pero nos escandalizamos cuando se descuelgan 24 fotos de Arco. No es lo mismo, pensar√° el lector; y desde luego, no lo es.

El problema reside en la bastez del pensamiento general que no reconoce lo que nace provocativo con fines cremat√≠sticos. ¬ŅPor qu√© se ha colgado esa obra de arte? Por marketing. ¬ŅPor qu√© se ha descolgado? Por marketing. ¬ŅPor qu√© se ha comprado? Por marketing. ¬ŅPor qu√© ha sido noticia? Por marketing. Entonces ¬Ņqu√© es lo que hay, provocaci√≥n o marketing?

Escuchemos a un caballero republicano magistral: don Arturo Soria y Espinosa (1907-1980): La publicidad lleva por la pendiente de la pendencia al abismo de la dependencia. Prometo hablarles pronto de este personaje inolvidable con cuya amistad nos alimentamos algunos jovenzuelos a finales de los sesenta.

La propaganda es arte desde que el provocativo Warhol as√≠ lo decidi√≥. El arte es propaganda desde tiempos inmemoriales, propaganda de las religiones, propaganda de las pol√≠ticas y, √ļltimamente propaganda de los artistas. Recordemos a Dal√≠, cuyo talento era aut√©ntico y cuyo marketing era superior a lo burdamente provocativo. Echemos un vistazo somero al arte sovi√©tico, que nace como propaganda de la revoluci√≥n y acaba como propaganda del l√≠der supremo. Hoy tenemos tantos artistas y escritores ‚Äďy tan pocos cr√≠ticos‚Äď que publicar un libro o inaugurar una exposici√≥n es como tocar el claxon en un atasco de tr√°fico. Para que se nos note hay que dar con la nota. Y la nota est√° en el teclado de los medios de comunicaci√≥n. ¬†Los inocentes deben saber que la cultura espa√Īola actual se hace a partir de las agendas de 20 o 30 periodistas. Y de media docena de tycoons que controlan a esos periodistas. Los autores se comprometen en sus contratos a realizar giras de promoci√≥n, puro marketing. Y nadie dice que no, ni los fil√≥sofos ni los jueces ni los novelistas dicen: oiga, mire, yo soy el autor; el vendedor es usted. De modo que vemos a gente muy seria y encopetada aparecer en los medios con mandil de tendero y su libro, su pel√≠cula o lo que venda bajo el brazo.

A falta de cr√≠ticos, que murieron hace tiempo a manos de las industrias culturales, tenemos hoy a los periodistas ponderadores. Y en eso, nadie nos gana. Al parecer, aqu√≠ perdemos genios todos los d√≠as, porque los que se mueren son elevados un√°nimemente a cimas inmarcesibles de genialidad. Queda muy feo criticar a un difunto, es una falta de delicadeza, por ejemplo, decir: hace treinta a√Īos que no me r√≠o con sus chistes. ¬ŅLibertad de expresi√≥n? ¬ŅQu√© significa eso? Lo importante no es tenerla, sino ejercerla. Es usted muy libre de decir este programa es basura, pero nadie le va a escuchar porque el receptor es sordo; aqu√≠ el libre es el emisor, y lo que emite para millones ese emisor ni siquiera es efecto de la libertad de expresi√≥n de alguien. El caballero Berlusconi, maestro de maestros de marketing y de otras cosas, puso al mando de la cadena espa√Īola de mayor audiencia a otro caballero que declara c√≠nicamente: hacemos televisi√≥n para vender publicidad. M√°s c√≠nico todav√≠a era nuestro Lope hace cuatro siglos: El vulgo es necio / y, pues lo paga, es justo / hablarle en necio / para darle gusto.

Pues si no le gusta, cambie de cadena y entre en la guerrita civil incruenta del programa de debate que, para empezar, divide a sus contertulios en dos trincheras enfrentadas entre las cuales vuelan los proyectiles hasta el cl√≠max ensordecedor en el que nada se entiende, aunque todo se sobreentienda. Todo, incluso que alguno de esos contertulios contin√ļe ejerciendo de periodista libre despu√©s de que le hayamos escuchado decir a uno de sus amos: a tus √≥rdenes. Se entiende mejor a la trinchera de la derecha, porque grita m√°s. Aunque es aburrida porque siempre viene a decir lo mismo. ¬°Qu√© grandes justificadores! ¬°Qu√© cargarse de raz√≥n! ¬°Qu√© clarividencia! Si antes dio en el clavo Lope, ¬†aqu√≠ lo bord√≥ el gran Quevedo hace cuatro siglos: Las plumas compradas / a Dios jurar√°n / que el palo es regalo / y las piedras, pan.

Dicen que estamos retrocediendo en cuanto a la libertad de expresi√≥n. ¬ŅSeguro? Pues yo¬† dir√≠a que seguimos estando en el Siglo de Oro.

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A porlan
Fotograf√≠a: Jes√ļs Machuca

Querido √ďlafur:

El crucero est√° resultando todo un √©xito. Ayer atracamos en el puerto de C√°diz, frente a las costas africanas. Era un d√≠a muy luminoso, con una temperatura de 18 ¬ļC¬† (¬°en febrero!). Despu√©s del desayuno le√≠mos la gu√≠a y nos enteramos de que C√°diz es la ciudad atl√°ntica m√°s antigua, fundada hace m√°s de tres mil a√Īos, o sea, unos 20 siglos antes de que los noruegos llegasen a Islandia. Eso anim√≥ a Helgi (ya conoces su debilidad por las cosas antiguas) quien, a pesar de su re√ļma, pens√≥ que ser√≠a interesante conocer la ciudad. As√≠ que cogi√≥ su baston y bajamos al muelle.

Llegamos a una plaza grande, con palmeras, el suelo a rayas y un edificio lleno de banderas. Nos sentamos en una terraza a tomar el sol y pedimos dos infusiones de kamilla, pero antes tuve que buscar en el diccionario de espa√Īol su extra√Īo nombre: mantanilia. El camarero nos pregunt√≥ algo que no entendimos, as√≠ que le hice un gesto vago con la mano y poco despu√©s volvi√≥ con dos copas llenas de una cosa sorprendente, mi querido √ďlafur. Se parece a nuestra kamilla en su color, pero aqu√≠ la beben fr√≠a (debe de ser por el clima, claro) y en copas de cristal alargadas. La probamos y nos gust√≥ mucho a los dos. Ten√≠a un saborcillo ligeramente √°cido, pero era m√°s estimulante que la nuestra. Como nos supo a poco, pedimos otras dos y despu√©s otras dos. El sol calentaba, la plaza empezaba a llenarse de gente y por alg√ļn motivo se nos contagi√≥ la animaci√≥n, de modo que echamos a andar por aquellas callejuelas. La gente aqu√≠ habla muy alto y se escucha a menudo una exclamaci√≥n (¬°phissha!) que a veces entonan con alegr√≠a y otras con enfado. Las mujeres, en cambio, utilizan una expresi√≥n misteriosa que suena como si estuvieran pidiendo silencio reiteradamente.

Al doblar una esquina vimos un extra√Īo espect√°culo: en la puerta de un bar (que abundan m√°s que las saunas en Islandia), unos cl√©rigos j√≥venes beb√≠an grandes jarras de cerveza entre risotadas. Deb√≠an de pertenecer a la misma congregaci√≥n, porque llevaban dos marcas rojas redondeadas en las mejillas. Aunque la escena ‚Äďimpensable en Reijkiavick‚Äď nos pareci√≥ escandalosa, venci√≥ al fin la curiosidad, as√≠ que entramos y pedimos dos mantanilias. Pero como sirven infusiones tan escasas, esta vez las ped√≠ dobles. A poco entraron cuatro militares de pintorescos uniformes, a los que acompa√Īaban dos monjas de la misma congregaci√≥n que los cl√©rigos ‚Äďpues tambien ellas luc√≠an c√≠rculos rojos en las mejillas‚Äď las cuales saludaron efusivamente a los religiosos. Una de ellas le dio un apasionado beso en la boca al m√°s alto.

Helgi y yo nos miramos asombrados: siempre nos hab√≠an hablado del recato de los cl√©rigos cat√≥licos. Entonces fue cuando la sagaz Helgi comprendi√≥ lo que pasaba: ¬°Kj√∂tkve√įjuh√°t√≠√į! Claro, esa era la explicaci√≥n: la ciudad celebraba su carnaval. Al caer en la cuenta nos dio un ataque de risa, y de pronto vimos que los del bar nos miraban‚Ķ y re√≠an tambi√©n. Decid√≠ que, como forasteros, deb√≠amos invitar a los presentes, y me hice entender para encargar una ronda, incluyendo unas mantanilias dobles para nosotros dos.

En nuestra isla deber√≠amos probar a tomar fr√≠a la kamilla, √ďlafur. Aqu√≠ la venden embotellada bajo el patrocinio de un santo, Sankt L√ļkarr, y es otra cosa. Desde luego, esta gente es muy distinta de nosotros, pero da gusto estar entre ellos aunque no entiendas una palabra de lo que dicen. Son muy expansivos; se r√≠en de todo y se toquetean constantemente unos a otros. Los sacerdotes nos invitaron a comer y, cuando les dije mi nombre, celebraron mucho que me llamase Paavo. En su corto ingl√©s me dijeron algo as√≠ como que nunca hab√≠an comido con un Paavo que no estuviese encima de la mesa, de modo que entend√≠ que deb√≠a subirme a la mesa como muestra de cortes√≠a. ¬°Y c√≥mo se rieron, amigo! Pero cuando llamaron Paava a Helgi y ella, dejando a un lado su timidez, se subi√≥ tambi√©n a la mesa, fue el colmo. Entonces, sin duda como homenaje a su desenfado, empezaron a cantar y a batir palmas. Uno de ellos me ofreci√≥ unos peque√Īos frutos rojos de viscosa superficie mientras los dem√°s espolvoreaban a Helgi con az√ļcar y canela, y le met√≠an en los bolsillos unas misteriosas semillas negras como peque√Īos clavos, que trajo el cocinero. En el fondo ‚Äďpens√°bamos Helgi y yo‚Äď qu√© africanos son las gentes del sur en sus ceremonias.

A partir de entonces empiezo a confundir un poco las cosas. S√© que fuimos a una casa y que Helgi subi√≥ animad√≠sima los dos primeros pisos, pero al llegar al tercero se desplom√≥. Y luego ca√≠ yo. Dormimos hasta la noche, cuando los amigos cl√©rigos nos despertaron para cenar un extravagante men√ļ compuesto de caracolas marinas, omelettes muy finas adornadas de crust√°ceos min√ļsculos y una gran fuente de carnes y embutidos mezclados, digna de una mesa vikinga. La llaman prink√†.

Cuando volvimos a la calle, los amigos nos hab√≠an pintado los c√≠rculos rojos en la cara. Helgi, que es piel tan blanca, parec√≠a dos banderas japonesas juntas por la nariz. Pasaba de media noche y vi 12¬ļC en un term√≥metro ¬Ņqu√© te parece? De pronto, nuestros cl√©rigos se detuvieron en un portal y empezaron a cantar con ayuda de unas extra√Īas flautas de madera. La gente se arremolin√≥ alrededor, sonriente, y de vez en cuando soltaban tremendas carcajadas que nos hac√≠an lamentar no saber una palabra del idioma, excepto nuestra querida mantanilia. Los oyentes parec√≠an muy satisfechos, aunque nos llam√≥ la atenci√≥n que nadie pagase por aquella actuaci√≥n tan satisfactoria. Estar√°s de acuerdo en que eso es lo m√°s incomprensible de todo: nuestros amigos actuaban gratis, y sin duda les hab√≠a costado mucho trabajo y dinero preparar su actuaci√≥n. Pero se daban por contentos con las ovaciones y risas de los espectadores.

En fin, mi buen √ďlafur, aquello se repiti√≥ varias veces a lo largo de la noche. Afortunadamente, mientras los cl√©rigos trasegaban cantidades ingentes de bebidas alcoh√≥licas (hasta me pareci√≥ oler alguna eiturlyf), Helgi y yo nos refugiamos en la mantanilia. A pesar de ello, quiz√°s a consecuencia de tanta novedad, recuerdo que a eso de las tres de la ma√Īana est√°bamos arrodillados frente a frente en el suelo, pregunt√°ndonos a gritos qui√©nes √©ramos.

Esta ma√Īana, los motores del barco nos han despertado a las 11,30. Yo llevaba puesto un morri√≥n romano y Helgi iba de charlest√≥n. Qui√©n sabe d√≥nde habr√° ido a parar su bast√≥n, pero no lo ha echado en falta, porque se ha levantado como nueva. Despu√©s de ducharnos subimos a cubierta para despedir en el horizonte a esa extra√Īa ciudad en la que no entendimos nada, aunque tampoco nos hizo falta. Quiz√° porque de alguna manera lo entendimos todo.

Es una lástima irnos tan pronto, pero el capitán asegura que nuestra siguiente escala también es muy divertida. Me parece que se llama Almería, y espero que tengan mantanilia. Tu amigo,

Paavo.

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A porlan
Fotografía: José Montero

Despu√©s del magno simposio Mare Sacrum, con asistencia de grandes especialistas sobre el mundo fenicio, la gente en C√°diz sigue haci√©ndose la misma pregunta: ¬Ņfueron fenicios los antiguos gaditanos? Distingamos: una cosa es que C√°diz fuese en tiempos una colonia fenicia y otra muy diferente es que estuviese poblada por fenicios. Del mismo modo que los pobladores del M√©xico del siglo XVI eran aztecas dominados por espa√Īoles, los gaditanos del primer milenio aC eran los habitantes aut√≥ctonos de un territorio atl√°ntico colonizado por los semitas cananeos de Tiro, a quienes los griegos llamaban fenicios.

Desde luego, no cabe duda de que los cananeos se establecieron en C√°diz (acerqu√©monos al Museo, por favor) y de que seg√ļn las fuentes escritas eso se produjo un poco antes del a√Īo 1000 aC. Pero previamente instalaron un mercado, y los mercados no se ponen en el desierto, sino en n√ļcleos poblados. El suyo estuvo probablemente en el islote de San Sebasti√°n, perfecto para situar un establecimiento mercantil, con sus horas de visita regidas por la marea baja. Los islotes pegados a la costa fueron los enclaves que los iberos consideraban perfectos como mercados extranjeros. Por un par de razones sobre todo: no pod√≠an albergar una fuerza militar importante y carec√≠an de agua dulce, de modo que estaban a expensas de los nativos. Tuvo que ser despu√©s de la guerra entre los tartessios y los tirios que recoge Macrobio cuando los fenicios se apoderasen de la ciudad atl√°ntica con la que mercadeaban: con Gadir. Sobre el significado de ese nombre se repite la misma explicaci√≥n una y otra vez: que significaba ‚Äúrecinto cerrado‚ÄĚ en lengua fenicia, o conseptum locum en lat√≠n. Esta noci√≥n (tan asentada como poco fiable) ¬†procede de un poeta latino del siglo IV dC, Rufo Avieno, que deb√≠a de saber tanto fenicio ‚Äďextinguido mucho tiempo atr√°s de que √©l naciese‚Äď como un indio apache. Frente a este lugar com√ļn del ‚Äúrecinto cerrado‚ÄĚ, que lo mismo vale para una ciudad que para una pocilga, nadie parece haber ca√≠do en la cuenta de que en la lengua atl√°ntica menos contaminada, el irland√©s antiguo, la palabra cathir (modernamente, cathair) significa, precisamente, ‚Äúciudad‚ÄĚ. As√≠ que es posible que tras apoderarse los fenicios de la ciudad atl√°ntica, cathir, la siguieran llamando por su nombre aut√≥ctono. Gadir s√≥lo habr√≠a sido su modo de pronunciarlo. Plat√≥n escribe que Gadir era una parte de la Atl√°ntida, y afirma que se llam√≥ as√≠ por el nombre de uno de los hijos de Atlas, un nombre no fenicio, sino atl√°ntico que ‚Äďsigue diciendo Plat√≥n‚Äď podr√≠a traducirse al griego como Eumelos, ‚Äúbuena m√ļsica‚ÄĚ. He ah√≠ un origen del que cualquier gaditano puede sentirse orgulloso: ha nacido en la Ciudad de la Buena M√ļsica. Sin duda, ese amor por la melod√≠a y el ritmo estaba tambi√©n en la base de la reconocida fama que las bailarinas gaditanas, las puellae gaditanae, ten√≠an en todo el Mediterr√°neo.

Esto no encaja bien con lo que sabemos de los fenicios, que no eran gente muy animada. Su arte era tosco comparado con otras culturas de su tiempo, y su m√ļsica y canciones eran mon√≥tonas salmodias de car√°cter religioso y b√©lico. Existe una referencia griega que los define: su mayor placer era cuando, borrachos y rodeados de amigos, se inclinaban sobre la oreja de uno de ellos para confesarle el dinero que ten√≠an.

En cuanto a la supuesta sangre fenicia del gaditano, a la genética, no hay que olvidar un dato importante: los conquistadores (fenicios, bizantinos, musulmanes) no traían mujeres, o muy contadas. De manera que al establecerse tuvieron que unirse con las autóctonas, generando mestizos que volverían a unirse a su vez con mujeres nativas, y así sucesivamente. En un par de siglos, la sangre fenicia de aquellos conquistadores gaditanos se habría disuelto en la autóctona  como una gota de tinta en un barril de agua, igual que ocurriría siglos después con la de los invasores musulmanes.

Al margen de todo esto, existe una noticia llena de curiosos detalles sobre el C√°diz de los primeros siglos de la era cristiana, una informaci√≥n que, a mi modesto saber, no hab√≠a sido traducida ni mencionada hasta ahora y que da que pensar por su aportaci√≥n de datos √ļnicos, la rotundidad de sus afirmaciones y la riqueza extraordinaria en los detalles, propia de un testigo presencial. Es de Fil√≥strato de Atenas, un fil√≥sofo secundario a caballo entre los siglos II y III dC, quien escribe lo siguiente en su Vita Apollonio (V, 4):

‚ÄúGades es el l√≠mite de Europa. Sus habitantes practican una religi√≥n especial. Han elevado un altar a la Vejez y son los √ļnicos hombres sobre la Tierra que cantan himnos a la Muerte. Tambi√©n tienen altares consagrados a la Pobreza, al Arte, al H√©rcules Egipcio y al H√©rcules Tebano. Afirman que el segundo lleg√≥ hasta la isla de Eritia, pr√≥xima a Gades, donde venci√≥ a Geri√≥n y se apoder√≥ de sus bueyes, mientras que el primero, que se volc√≥ en la ciencia, recorri√≥ toda la Tierra de un extremo al otro.¬† Nuestros viajeros aseguran¬† que los habitantes de Gades son griegos de origen, y que su educaci√≥n es la misma que la nuestra. Honran a los atenienses m√°s que los dem√°s griegos, y ofrecen sacrificios al ateniense Menesteo. En su admiraci√≥n por Tem√≠stocles, que mand√≥ la flota de Atenas con sobrada habilidad y coraje, le han elevado una estatua de bronce que lo representa en actitud de recogimiento, como un hombre que escucha un or√°culo.

Nuestros viajeros vieron en ese país árboles como no los habían visto nunca, a los que llaman árboles de Gerión. Son dos, y salen de la tumba de Gerión. Tienen partes de pino y de abeto, y destilan sangre como los álamos Helíades destilan oro.

La isla donde est√° el templo no es mayor que el propio templo; no est√° empedrada, sino que posee un pavimento tallado y pulido. En el templo se adora a ambos H√©rcules. No tienen estatuas, pero el H√©rcules egipcio tiene dos altares de bronce sin inscripci√≥n ni figura, y H√©rcules tebano dispone de un altar de piedra sobre el que se ven bajorrelieves representando a la Hidra de Lerna, los caballos de Diomedes y los doce trabajos de H√©rcules. En ese templo dedicado a los H√©rcules se halla tambi√©n el olivo de oro de Pygmali√≥n: de √©l se admira mucho el trabajo, que es exquisito, pero a√ļn m√°s los frutos, que son esmeraldas. Tambi√©n se muestra all√≠ el tahal√≠ de oro de Ajax, hijo de Telam√≥n: en cuanto a por qu√© y c√≥mo naveg√≥ este h√©roe hacia el oc√©ano, Damis dice ignorarlo y que no ha podido encontrar informes al respecto. Las columnas de H√©rcules que se ven en el templo son de oro y plata mezclados, de un solo color; tienen m√°s de un codo de altura, son cuadrangulares como yunques y sus capiteles llevan inscritos unos caracteres indescifrables que no son egipcios ni indios. Como los sacerdotes callaban a este respecto, Apolonio les dijo: ‚ÄúH√©rcules egipcio no me permite callar lo que s√©. Estas columnas son los lazos entre la Tierra y el Oc√©ano. Fue H√©rcules quien grab√≥ esos caracteres en la mansi√≥n de las Parcas para impedir la guerra entre los elementos y mantener inviolable la concordia que les une.‚ÄĚ

Son palabras hermosas, pero plantean una pregunta muy seria: si de las columnas de H√©rcules depende la paz y la concordia entre los elementos, ¬Ņpor qu√© se pone tan pesadito a veces el levante?