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Cartel del Trofeo Carranza 2019

Es delgada la línea que separa la tradición del empecinamiento, la historia de la obstinación. 

Algunos eventos, señeros en su día, han sido engullidos por el paso del tiempo y por el fugaz devenir de las modas: nadie organiza guateques, nadie baila el casatchok. 

A veces, determinadas costumbres se resisten a morir y entonces adquieren la apariencia de un pergamino en una sala llena de ordenadores. Una vieja imagen sepia en el centro de un cuadro de Paul Klee. 

Valga esta introducción para bosquejar lo que el Trofeo Carranza venía significando en los últimos tiempos. Frente a la grandeza de los carteles pioneros (Pelé saludaba a Cruyff, Zico le hacía un caño al Beto Alonso) la participación en las ediciones recientes rozaba el patetismo. Ignotos combinados de países remotos, escuadras de ligas menores, equipos de segunda división. Esas cosas. 

Vencido por el fútbol moderno, el otrora trofeo de los trofeos se parecía al original apenas en el diseño de la copa. Ni la repercusión (cemento y olvido), ni la participación (ya explicada), estaban a la altura del prestigio. Recuerdo que la prensa deportiva citaba el número de Carranzas junto a las ligas y las Copas de Europa para redondear el palmarés de jugadores como Gento o Di Stéfano. Parece ciencia ficción, pero fue real. 

El caso es que, colocados ante la renovación o la muerte, los organizadores (¿quiénes exactamente?) tuvieron una idea rompedora para evitar el tanatorio: si no es posible conseguir equipos masculinos de nivel, cerraremos el cartel con clubes femeninos de élite (o eso pensábamos). 

Como es natural en estos tiempos, saltó la consabida polémica. Los defensores del pasado se pertrechaban tras los escudos de la Juventus o el Barcelona. Los de la modernidad, blandían la igualdad como motor de este cambio de paradigma. 

Bien, me parece que ambos se equivocaban en parte, y el argumento será el mismo en ambos casos: si hubiera sido posible traer al Real Madrid o al Bayern de Münich, estoy por asegurar que la fórmula habitual no se hubiera modificado. 

No ha sido el espíritu transgresor o igualitario (o al menos, no solo) el que ha traído a escuadras de mujeres al cuadrangular. Han sido (a partes desiguales, posiblemente) la imposibilidad de contar con equipos masculinos de primer nivel y la ventana de oportunidad –en lo que al márketing se refiere– que el fútbol femenino ofrece. Los recientes éxitos de audiencia de la Liga Iberdrola y la coincidencia temporal con el Mundial (en el que España realizó un papel más que digno) fueron cartas en la manga de los defensores de la innovación. 

Luego, como suele suceder, la realidad vino a poner orden en las expectativas: ni el Atlético de Madrid, ni el Barcelona, ni por supuesto el Lyon… Finalmente nos conformaremos con el Athletic de Bilbao (quinto clasificado), el Betis (sexto), el Tacón (recién ascendido) y el Tottenham (también recién ascendido en su país). Si hacemos un paralelismo –tabla en mano– con el fútbol masculino la cosa podría ser algo así como Getafe, Sevilla, Granada y Norwich (para ser justos, hay que precisar que las bilbaínas sí pueden presumir de varios títulos nacionales, aunque llevan un trienio de sequía). 

La idea –por originalidad y valentía– merecía mucho la pena; su plasmación práctica parece mejorable. 

En fin, el tiempo dirá si estamos ante un improvisado electroshock para reanimar a un moribundo o ante la primera piedra de una construcción sólida. A fin de cuentas, aquí se inventaron los cuadrangulares y las tandas de penaltis. Tal vez este año seamos testigos del inicio de una tradición tan longeva como aquella de la que es heredera. 

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Fotografía: Africa Mayi Reyes (CC BY-ND 2.0)

OVIEDO 2 – 1 CÁDIZ

La afición al deporte es una trivialidad rellena de pasiones y de rivalidades no menos triviales o impostadas (pero ojo, lo de la manzana de Eva también era una trivialidad y ya ven cómo terminó la cosa: con Adán fichando en la fábrica a las siete de la mañana).

Una de esas rivalidades de nuevo cuño, inexplicables y enmarañadas, es la que enfrenta al Oviedo y al Cádiz en los últimos tiempos. Un play off por aquí, unas declaraciones por acá, unos aficionados sin entrada un poco más allá y… ¡voilà!, enemigos eternos. 

En esta pareja mal avenida los gaditanos están desempeñando el papel menos airoso y así, en los enfrentamientos con los carbayones, salen (salimos) a sofoco por partido. Para no romper la tradición, el equipo de Cervera ha cosechado una nueva derrota en el encuentro disputado esta tarde en el Carlos Tartiere.

Saltaban al campo dos onces confeccionados con retales. Los locales intentaban tapar la ausencia de importantes titulares lesionados, como Berjón o Mossa. Los visitantes se lamían las heridas de la cruenta batalla con el Mallorca la semana anterior. Carmona y el recién fichado Machís cubrían las bajas de los sancionados Correa y Jairo y ambos desempeñarían papeles cruciales en el choque, aunque de signo bien distinto. 

En los primeros compases Darwin Machís confirmó la fama que le precedía: una internada por la izquierda (tras robo y carrera de cincuenta metros) terminó en un testarazo de Vallejo que pudo ser gol o no, según el lugar de nacimiento del observador (más que gol fantasma, yo diría que fue un gol de Schrödinger). No parecía mal plantado el Cádiz que, sin embargo, fue víctima de su particular maldición asturiana en el minuto 13 (para más inri): a la salida de un córner, Cifuentes solo pudo despejar el remate de Alanís. Carlos Hernández se adelantó a Sergio Sánchez para anotar el primer gol.

Pese al palo en el lomo, no se descompusieron los amarillos. Con intensidad y confianza, apoyados en un espectacular Machís, consiguieron acercarse varias veces con peligro al área de Champagne. Por fin, en el minuto 41, una triangulación meritoria entre Vallejo y Lekic fue culminada con calidad y templanza por el venezolano. 

Parecía un gol psicológico. 

Parecía el gol que nos proporcionaría la tranquilidad. 

Parecía, pero no fue. 

En el minuto siguiente, Carmona se hizo un verdadero lío ante Bárcenas que, haciendo honor a su apellido, le robó el balón. El disparo del panameño fue, de nuevo, repelido blandamente por Cifuentes. En la ruleta que todo rechace así constituye, el premio fue a parar a los pies de Diego, que no tuvo más que empujar el balón a puerta vacía. 

Y es que la actuación de la zaga del Cádiz, al completo, ha sido impropia de un aspirante al ascenso: inseguro Cifuentes, nefasto Carmona, dubitativo Sánchez, blando Keco, despistado Brian. Que una línea tan solvente haya cuajado un partido tan pésimo solo puede achacarse a lo sobrenatural… 

De modo que al final, el verdadero gol psicológico lo materializó el Oviedo y no el Cádiz, que se retiró al descanso con una herida anímica de consideración. 

En la reanudación, Machís volvió a demostrar que su nivel está muy por encima de la media: su disparo lejano fue rechazado por Champagne con dificultades. 

Sin embargo, esta ocasión temprana fue el canto del cisne amarillo. Pese a que Cervera introdujo varios cambios ofensivos (Álex, Querol, Aketxe) el equipo pareció emocionalmente desconectado y apenas si dio señales de vida en la segunda mitad. 

El Oviedo, en cambio, apoyado en la buena actuación de Tejera y, sobre todo, Carlos Martínez, conservó el esférico sin demasiadas complicaciones y el encuentro se fue diluyendo entre la satisfacción del público local y la decepción del puñado de animosos aficionados amarillos que se encontraban en las gradas del Tartiere. 

El choque deja sensaciones agridulces: por un lado, parece indiscutible que Machís está llamado a convertirse en la vedette del equipo, aumentando en varios grados nuestro poder atacante. Por otro, la fragilidad de la zaga exige un análisis calmado: si queremos crecer desde la defensa, no podemos repetir esperpentos como el de hoy. 

Y es que, a menudo, las maldiciones no son más que una suma de fallos propios y aciertos ajenos. Crucemos los dedos para que la cosa mejore. 

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Fotografía: Africa Mayi Reyes (CC BY-ND 2.0)

CÓRDOBA 1 – 3 CÁDIZ

Como sin duda saben, “Don Álvaro o la fuerza del sino” es el nombre de una obra de teatro del Duque de Rivas. Dejando a un lado el argumento (una catarata de muertes y desgracias varias que ríase usted de “Juego de Tronos”) me quedaré con el título: hoy el Don Álvaro cadista ha capitaneado una victoria que en gran parte se ha debido al sino (oscuro y ominoso) que parece guiar los pasos del Córdoba esta temporada.

El equipo califa recibía a los amarillos en posiciones de descenso, pero con una bien merecida fama de local aguerrido y aventurero. Sus anteriores partidos en “El Arcángel” se habían convertido en montañas rusas, carruseles de goles con resultados sorprendentes…. Tanto es así que Cervera, entrenador metódico y predecible, había declarado durante la semana que no quería un partido de ida y vuelta, sino un encuentro en el que el control y el orden predominaran. De no ser entrenador, nuestro míster sería bibliotecario.

Sin embargo, sus buenas intenciones se vieron truncadas desde muy pronto. El Córdoba sufría dos lesiones tempraneras (Jovanovic y Romero) y, lejos de amilanarse, estos contratiempos lo envalentonaron. Los ataques blanquiverdes se sucedían en oleadas: indios montaraces que rodeaban carretas amarillas. Durante uno de estos asedios, el balón se estrelló en el palo derecho de Cifuentes. El sino empezaba a mostrarle el dedo corazón al Córdoba…

El Cádiz, por su parte, recordaba al de los inicios de liga. Aunque estaban en el campo los mismos once hombres que habían conseguido tres victorias consecutivas, su rendimiento era mediocre. Prácticamente desaparecidos en ataque, tampoco lograban frenar las acometidas locales. Javi Galán superaba a Correa en casi todos los duelos y, por el centro, Lara y Aguado dotaban al juego de fluidez y frescura. El partido llegó al descanso con empate a cero, pero a nadie le hubiera extrañado una victoria parcial cordobesista.

El intermedio trajo la lluvia, y la lluvia hizo florecer los paraguas en la grada y los goles en el césped.

Primero fue Vallejo (a quien el destino acaricia en cada partido con la dulzura de una novia). Tras robar el balón en un forcejeo, se apoyó en Lekic para fusilar a Abad desde cerca. Estábamos todavía glosando las bondades del chiclanero cuando De las Cuevas igualó la contienda: su zapatazo desde la frontal resultó imposible para Cifuentes.

El gol del empate fue para la afición local como una infusión de gin-seng. La euforia se apoderó de los hinchas que empujaban a los suyos en cada acción con toda la fuerza de sus gargantas.

Sandoval, ese honesto trotamundos de los banquillos, puso en liza a otro delantero: moriré matando, parecía ser el mensaje.

Cervera, por su parte, introdujo a Álex por Lekic, en una decisión aparentemente más conservadora: mataré muriendo, terminó por decir…

Durante la parte central de la segunda mitad, mi estómago me decía que perderíamos. Javi Galán seguía percutiendo, incansable, por la banda izquierda. Piovaccari, insistente como el cobrador del frac, llenó de cardenales a Sánchez y a Mauro. De las Cuevas, en fin, se topó con el larguero tras un golpe franco. Sino cruel, sino feliz.

Y cuando todos los cadistas habríamos firmado gustosos el empate, llegó el golpe de gracia para la fe de los blanquiverdes. Aketxe botó un córner con su zurda de azúcar y Marcos Mauro emergió entre el chaparrón para hundir la pelota en la portería local. Probablemente aquello no era justo, pero el uno a dos subió al marcador como suceden las cosas inapelables: sin remedio. El tercer gol – ¡Aketxe de cabeza!- fue una puntilla sádica con la que los hados decidieron castigar a los califas por algún pecado de vidas anteriores.

La nutrida representación cadista agitó sus bufandas en el cielo cordobés, llenó el aire de sus gritos. Hay pocas alegrías más genuinas, más limpias, que la de cantar un gol postrero en campo contrario: el viaje mereció la pena.

Cervera, fiel a su costumbre, compareció cejijunto ante la prensa. No le gustó el partido, la victoria no era merecida, hay cosas que corregir.

Y yo, que no digo que no, mientras que el míster está en el proscenio le sirvo de apuntador:  siga adelante con la obra, Don Álvaro. Y que esta tenga mucho mejor final que la del Duque de Rivas.

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Fotografía: Africa Mayi Reyes (CC BY-ND 2.0)

MALLORCA 1 – 0 CÁDIZ

No sé si ustedes juegan al póker. Si es así, les felicito, entenderán la metáfora a la primera. Si no, también les felicito: seguro que están empleando el tiempo en cosas más productivas (aunque quizá menos apasionantes).

Cervera me recuerda a un jugador timorato con una pareja pequeña en las manos (digamos una pareja de sietes, en homenaje a Salvi). Solo hay dos formas aceptables de manejarse con esos naipes: deshacerse de ellos inmediatamente o ser muy agresivos desde el principio. Contemporizar, esperar a ver qué pasa… suele resultar mortal de necesidad. La mesa se irá poblando de cartas mayores y al final es probable que un par de reyes (o de damas, o de ochos…) se emparejen, dejándonos con un palmo de narices.

Valga este introito para explicar que las derrotas (o los empates) en el último suspiro no pueden achacarse solo a la mala suerte. Durante los minutos anteriores han ido saliendo cartas mayores y es cuestión de tiempo que tu rival supere tu mano, sobre todo si no la has jugado correctamente.

Esto fue lo que ocurrió en el minuto noventa del partido que enfrentaba al Mallorca y al Cádiz. Los amarillos estaban arrancando un empate inmerecido a todas luces cuando Álex López sacó la carta triunfadora: un remate trompicado a la salida del enésimo córner resultó inalcanzable para Cifuentes, sin duda el mejor de los gaditanos.

Fue el colofón lógico a una segunda parte pésima en la que el equipo bermellón superó a los andaluces en todos los aspectos del juego. Y, sin embargo, un rato antes no presagiábamos este final.

Empezó el partido con sorpresas: las incorporaciones de Carmona y el debutante Edu Ramos por Correa y Salvi dotaban al equipo de un aspecto inusual. Vallejo escorado a la izquierda, Barco en punta y Aketxe con libertad para moverse por el frente de ataque, esperaban el juego que pudiera generar el trivote formado por Ramos, José Mari y Álex. Dada la baja forma de Salvi (que luego quedaría constatada) la idea no parecía mala y, de hecho, tras unos primeros minutos de dominio local, el partido se equilibró y sobre el encharcado césped de Son Moix empezamos a ver una película de Eric Rohmer: no pasaba casi nada.

En ese “casi” entraban algunos detalles: los laterales del Mallorca, Gámez y Ruiz, demostraron potencia y profundidad (no pude evitar sentir un poquito de envidia). Vallejo y Carlos Castro aportaban a sus respectivos equipos las necesarias dosis de imaginación y de sus botas surgieron las mejores ocasiones (amén de un magnifico disparo de Aketxe que repelió el palo izquierdo de Reina, magnífico apellido para un portero).

El caso es que el partido cruzó el ecuador y las esperanzas de puntuar eran legítimas.

Tan legítimas como efímeras.

Al poco de la reanudación, el equipo de Vicente Moreno se hizo dueño de la situación, y el cambio tuvo nombre y apellidos: Salva Sevilla.

El ex bético ofreció un espectacular despliegue de sabiduría futbolística, surtiendo de balones a sus compañeros, siempre dinámicos y agresivos. Carlos Castro y Lago Junior se conducían con rapidez y habilidad provocando que la zaga amarilla se descosiera una y otra vez. Los cambios de Cervera empeoraron la situación y solo la suerte y varias actuaciones portentosas de Cifuentes impidieron que el marcador se moviera.

Hasta el córner de marras, que vino a poner un poco de orden en el cósmico caos.

En fin, soy consciente de que estamos en la cuarta jornada y sé bien que los análisis de septiembre –como cualquier amor de verano- son eternos candidatos al olvido.

Sentada la premisa del prudente, habrá que entrar en faena: el Cádiz ahora mismo está mal. Por un lado, en el aspecto individual, es evidente la baja forma de piezas importantes (Mauro, Salvi) y el escaso nivel mostrado hasta ahora por todos los laterales de la plantilla. Por otro, en el plano colectivo, el equipo parece presa de una crisis de identidad. Huérfanos de Alvarito (y de Salvi…) el equipo ya no tiene salida por las bandas pero tampoco parece encontrar una seña de identidad que sustituya a la anterior y que la iguale en efectividad. La propuesta de acumular centrocampistas en un equipo acostumbrado a jugar sobre la línea de cal resulta, hasta el momento, artificiosa y vacua.

Queda tiempo, mucho tiempo, pero bien haría Cervera en intentar transmitir a su plantilla –antes de los partidos- las ideas que con tanta precisión desmenuza en las ruedas de prensa –después de los mismos-.

Porque de seguir en esta línea, queda patente que hablar de algo que no sea la permanencia (¿ajustada?) será más un farol que otra cosa.

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Fotografía: Ángel Pinto

CÁDIZ 1 – 0 ALMERÍA

Todo inicio de temporada futbolística (o de curso escolar, o de relación amorosa) encierra dentro de sí una promesa de futuro. El olor a cuaderno nuevo, las esperanzas vírgenes.

Hoy viernes a las ocho de la tarde (día y hora más propios de una clase de inglés que de un partido de liga) saltaban el Cádiz y el Almería al césped del Estadio Carranza para inaugurar la edición 2018-19 de la Liga 123. Mostraban los amarillos un aspecto semi remozado: mismos zapatos y chaqueta nueva. Iremos conociendo a los actores debutantes durante la crónica, no hay prisa.

Para lo que sí hay prisa es para adelantar que, en un partido trabado y áspero, el Cádiz doblegó a su rival por un tanto a cero, haciéndose con los tres puntos en liza. A pesar de la patente endeblez de los almerienses, hay que otorgar a la victoria su mérito. En una semana en la que la actualidad ha girado en torno a la pública subasta de Alvarito al mejor postor (se dice que hasta Sotheby’s ha mostrado interés) Cervera tenía que conseguir abstraer al equipo del ruido externo para centrarlos en la competición. Y a fe mía que lo ha conseguido.

Comenzó el encuentro cual si fuera un calco de la temporada pasada: rigor táctico, intento de presión y robo, aperturas a los extremos. Junto a la cal de la banda izquierda, Manu Vallejo exudaba desparpajo y buenas sensaciones: nuestra cantera ha parido un futbolista. Por la derecha, el portugués Salvador Agra mostraba mejores intenciones que resultados. Para mitigar la nostalgia comencé a llamarle mentalmente Salvi, pero la unión del diminutivo con su apellido no terminaba de sonarme bien…

En fin, si hablamos de señas de identidad cerverianas, pocas más reconocibles que utilizar al ariete para bajar y distribuir balones aéreos y en esta suerte Mario Barco sacó matrícula de honor. Cada salto era un drama en tres actos, una feroz batalla de cráneos. Y al final, como veremos, tanta insistencia encontraría su premio.

El primer tiempo fue consumiéndose por los derroteros que le gustan a Cervera. La seguridad defensiva (salvo algún apuro de Keco con el joven Sekuo) era incuestionable, no había pérdidas tontas de balón, se peleaba por cada palmo de hierba. ¿Ocasiones, dice usted? Yo no grité “huy” ni una sola vez antes del descanso.

En la reanudación, pocas novedades. Si acaso, los laterales se hicieron más profundos. Matos y Carmona (sobre todo este último) se sumaron con profusión al ataque, otorgándole versatilidad y sorpresa. Creo que en estas posiciones hemos salido ganando (y pido perdón al dios de los juicios apresurados: agosto es mal mes para predicciones).

El dominio del Cádiz era tan incontestable como inocuo y aquello olía desde lejos a empate a nada, algo había que hacer. Y en efecto, se hizo: Salvi (Sánchez) sustituyó a Agra y fue como echar gasolina de mayor octanaje. El sanluqueño, superior al portugués, protagonizó arrancadas con mucho más filo e intención. Algunas jugadas por su banda terminaron en disparos lejanos o en remates de Barco, por fin apareció la verdadera sensación de peligro. En una de estas, el propio Mario Barco cazó un balón aéreo y efectuó su dejada número mil. El beneficiario fue Álex Fernández, quien ya dentro del área pequeña descerrajó un disparo furioso que alcanzó el fondo de la red almeriense.

Quedaban apenas quince minutos para el final del partido y pasaron algunas cosas. Tal vez la más relevante fue que Cifuentes dotó de argumentos a quienes claman por el fichaje de un guardameta. Un disparo lejano de De la Hoz se le escurrió de las manos y a punto estuvo de provocar una catástrofe. Tragamos saliva y a otra cosa, mariposa.

El partido terminó, la temporada empezó. Todo comienzo es una incógnita preñada de posibilidades. Quizá estemos ante un año fecundo y azul, como la imaginación de un niño. O ante un curso seco y estéril, como las entrañas de un racista.

Como digo, todo es posible, el camino está por andarse. De momento, la única verdad es la que un cadista feliz dijo a voz en grito bajando la escalera: “¡Estamos los primeros!”

Quien no persigue sueños, nunca los alcanza. A seguir así.

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A pinto
Fotografía: Ángel Pinto

CÁDIZ 2 – 0 ZARAGOZA

No sé si usted ha dedicado algún rato de su ocupadísima vida a meditar. Y no, no hablo de reflexionar ni de sopesar pros y contras de algún asunto. Me estoy refiriendo a la meditación entendida como búsqueda del equilibrio interior y de la paz espiritual.

Sentarse, cerrar los ojos, respirar. Sin expectativas, aceptando el presente.

Pues así, sin expectativas y aceptando mansamente lo que el destino me deparase, ocupé mi asiento en el estadio Carranza en la noche del lunes, víspera de los idus de mayo (sí, ya sé que los de marzo son más famosos, pero los de mayo también tienen su corazoncito: compruébese en Wikipedia si se duda).

Estaba resignado a otro recital de rigor táctico aburrido y estéril. A marrar una ocasión pintiparada, a mantener la portería a cero con un poco de suerte. Presentía, en fin, un nuevo empate agónico que añadir al rosario interminable y lo peor de todo es que ni siquiera me importaba demasiado…

Pero quiá, me equivocaba de medio a medio.

Desde el pitido inicial del errático colegiado Vicandi Garrido, aquello desprendía otro aroma. El primer síntoma fue que la línea defensiva gaditana se colocaba arriba, muy arriba, imagino que en parte para alejar del área a Iglesias y Toquero y en parte para facilitar la presión y el robo en zonas sensibles. Y el plan no pudo salir mejor: en una jugada por banda izquierda iniciada por Álex, Álvaro depositó el balón en el área como el que tira un plato al aire. Barral transformó su pierna derecha en un fusil y colocó la pelota junto al palo izquierdo de Cristian Álvarez. Inapelable.

Con la confianza que otorgan los goles, el Cádiz adquirió la consistencia y la frescura de una tarrina de helado. Durante casi media hora, y apoyados en la inmensa calidad de Perea, los locales movieron admirablemente el cuero, rondando con peligro el área zaragozana. Álex, por su parte, aportaba por igual trabajo y talento. El ex – españolista ha madurado este año hasta convertirse en un jugador sereno y adulto. Un profesional en el mejor sentido de la palabra, nuestra estrella discreta.

Mientras tanto, los aragoneses no demostraban en absoluto las credenciales que le habían llevado a completar su magnífica segunda vuelta. Marrulleros en exceso, su fútbol era ramplón y previsible: pelotazos para que sus dos delanteros intentaran doblegar a los centrales gaditanos y poco más. Febas aportaba unas gotas de calidad en la media punta, pero el trabajo de Garrido desconectaba al catalán de sus compañeros.

El primer tiempo terminó con un lance sintomático: Iglesias tumbó a Correa de mala manera y el lateral, al iniciarse la segunda parte, tuvo que ser sustituido. En la misma zona del campo y al poco de la reanudación, Delmás le haría una fea entrada a Alvarito que le costaría su expulsión. Y es que el juego sucio y la dureza excesiva han sido las señas de identidad zaragozanas en los dos enfrentamientos de esta temporada contra el Cádiz. Tanto ensañamiento solo les ha servido (aparte de para lesionar a José Mari) para encajar cuatro goles y perder los seis puntos en liza. Nacho González tiene trabajo por delante si se cruza con los andaluces en el play off.

El caso es que los visitantes se quedaron con un hombre menos (su lateral derecho, para más señas) y en la jugada siguiente Perea y Alvarito castigaron severamente esa tara. El albaceteño demostró su clase con un pase magistral y la rapidez y precisión del utrerano hicieron el resto: la pelota transitó bajo las piernas de Cristian hasta besar las mallas.

Y de ahí al final, lo consabido. El Zaragoza, demudado, revoloteaba alrededor del área del Cádiz sin demasiado sentido, como golondrinas atolondradas. Los locales, con algunos ajustes en el once (Servando en el lateral, Nico en la banda) aguantaron el resultado sin problemas y los espectadores pudimos vivir, por fin, una noche tranquila y feliz.

No sé si la clave de todo fue la ausencia de expectativas o la coincidencia en el equipo de varios jugadores de calidad. Por si las moscas, sigamos por la misma senda.