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Fotografía: Ángel Pinto

 

RAYO 1 – 1 CÁDIZ

El fútbol es un veneno que se inocula en la infancia (al menos así me ocurrió a mí, no pretendo pontificar).

Sigo: sabido es que los colores vivos y los diseños atrevidos se imprimen con más fuerza en las mentes párvulas –en realidad, en cualquier mente- que las rutinarias camisetas lisas o blanquiazules: el arlequinado Sabadell, aquel Elche con su banda verde horizontal… y el Rayo. Pocas cosas más atractivas que aquella franja escarlata y oblicua, que convertía a los jugadores casi en miembros de una patrulla de súper héroes. Hasta el nombre (que evocaba velocidad y destrucción) acompañaba.

Por ello, mucho antes de hermanamientos, de cánticos o de pancartas prohibidas, uno ya era vagamente del Rayo. Pero eso sí, sin blandenguerías: en los enfrentamientos directos, jamás tuve dudas.

Y hoy se ha dado uno de esos duelos. Dos equipos de estirpe proletaria se enfrentaban en el viejo campo de Vallecas y, para empezar, Cervera sorprendía con la alineación: Carpio y Carrillo saltaban de inicio. El primero, como solución a los problemas de solidez de nuestro carril zurdo; el segundo, sustituyendo a Salvi en la banda derecha (spoiler: lo hicieron bien).

Tras los tontunos escarceos de rigor, los primeros acercamientos con planes de boda los protagonizó el Cádiz. Primero fue Barral el que desperdició un excelente pase de Alvarito, incisivo todo el partido; luego fue Garrido el que cabeceó un córner para que el balón saludara de cerca el palo derecho de Alberto. Dos vicegoles consecutivos, dos ocasiones marradas que me sirvieron para evocar aquel viejo aforismo: el que perdona, pierde.

Y a continuación, como invocado por mi pesimismo, marcó el Rayo.

La verdad es que el tanto vallecano fue un gol de bandera. No supo el Cádiz despejar con decisión un balón que merodeaba nuestra banda izquierda y el esférico le llegó, medio rebotado, a Trejo. Este, tras amagar un pase rutinario, decidió controlar con la cabeza, girar ciento ochenta grados y colocar la pelota en la escuadra con un toque sutil y potente a partes iguales.

Tocaba proponer, construir, crear, pero ¡ay!, este equipo no está diseñado para eso. A lo más, el Cádiz conservó el orden y la calma (lo que no era poco en esas circunstancias). Siguió barajando y repartiendo a la espera de que le saliera el As.

Y mira, salió.

Tuvo que ser a la cerveriana manera, desde luego. Un centro de Moreno rebotó en la defensa cadista y cayó a los pies de Carrillo. El gigantón –potente, decidido- protagonizó una carrera en diagonal aprovechando el espacio libre que tenía por delante. Aún conservó la lucidez necesaria para filtrar el balón entre los centrales del Rayo, justo por donde aparecería Alvarito. El extremo se plantó solo ante el portero pero no acertó a definir, probablemente porque fue objeto de penalti. El caso es que el balón le llegó franco –con perdón- a Barral que había seguido la jugada. Con su disparo lograba a la vez el gol y la redención de su error anterior.

Empate y a la caseta.

Al final, el Cádiz había dejado buenas sensaciones. Tan fiel a su estilo como Georgie Dann, demostró que la fe mueve montañas, que el que la sigue la consigue  y que… (PONGA AQUÍ SU REFRÁN FAVORITO ALUSIVO AL TEMA).

La segunda mitad tuvo, a su vez, dos partes. Una primera de diez minutos en la que los amarillos, bien posicionados, robaban balones y rondaban el área local. Una segunda –coincidiendo con los cambios de ambos equipos- que se caracterizó por un creciente dominio rayista. En parte, porque la salida del lesionado Carrillo –pundonoroso y trabajador- le restó al equipo presencia en ataque. Y también, claro, porque el excelente equipo que es el Rayo dio un paso adelante: la salida de Javi Guerra y la colocación en la media punta del talentoso Trejo fueron determinantes para inclinar el campo a su favor. Del que no hubo noticias, por suerte para el Cádiz, fue de Raúl de Tomás, bien controlado toda la tarde por los centrales gaditanos.

Una vez que el sesgo del choque era evidente, solo tocaba esperar el final. Los de Cervera se han convertido en unos expertos en la suerte de matar los partidos: faltas tácticas, jugadores que se retuercen, pataditas al balón para retrasar los saques del rival… Triquiñuelas tácticas que ayudan a que ciertos encuentros mueran de inanición.

El caso es que el empate se consumó –lo propio de dos equipos hermanados, al fin y al cabo- y el Cádiz no ha perdido contra ninguno de los dos primeros clasificados en los últimos duelos. A falta de nueve jornadas, démosle una satisfacción al niño que llevamos dentro: ilusionémonos, que para la amargura siempre hay tiempo.

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Fotografía: Ángel Pinto

CÁDIZ 1 – 1 HUESCA

 

Hay algo emocionante en los duelos desequilibrados: el esfuerzo del equipo que se sabe inferior, la rebelión contra la lógica, el obrero que se sube a las barbas del oligarca.

El problema es cuando ese esquema se plasma en un encuentro entre dos conjuntos de la misma categoría y de potenciales, en teoría, similares.

Durante demasiados minutos del partido de esta noche de lunes santo (¿hay algún lunes que merezca ese calificativo, por cierto?) el Cádiz asumió conscientemente su inferioridad frente al Huesca e intentó paliar con casta y sudor el diferencial de juego que pudo observarse sobre el verde.

La buena noticia es que lo consiguió.

Aliado a ratos con la fortuna pero usando sus armas con honestidad, los amarillos arrancaron un punto que, tal como se desarrolló el encuentro, sabe a Sugus de limón.

Recapitulemos.

Venían los oscenses de su particular travesía por el desierto, pero de la mano de su mesías (el colombiano Cucho Hernández) llegaron al Carranza como quien pisa tierra prometida: con ganas de conquistarla.

El Cádiz, por su parte, salió peleón y bullicioso, tal como manda el manual del equipo local. Lo que ocurre es que su efervescente arranque duró lo que la espuma de una gaseosa: un tirito de Salvi, una arrancada de Álvaro… y la realidad nos alcanzó, como un lebrel a un conejo.

Los aragoneses requisaron la pelota y borraron a los de Cervera del campo durante un buen trecho. El funcionamiento colectivo de los hombres de Rubi era armónico y estético. Sastre, Melero y Moi combinaban con acierto y eran Cucho (caído a una banda) y Ávila los que imprimían filo al juego cuando el balón rondaba el área de Cifuentes.

De esta manera, con el Cádiz desaparecido, la grada se pobló de suspiros y ayes. Y la angustia se hizo carne cuando Ávila culminó con calidad un excepcional pase del Cucho.

El gol era merecido, nada que objetar.

El Cádiz se encontraba en un dilema: no había sabido proponer nada provechoso cuando el partido estaba igualado –demasiados errores, demasiada ansiedad- y ahora se veía obligado a levantar un marcador en contra ante un equipo superior. Forzado por las circunstancias, adelantó líneas y husmeó las inmediaciones de Remiro, pero se le notaba incómodo y envarado, como un actor mediocre obligado a recitar un texto en el que no cree.

En el descanso me entretuve mirando los letreros de neón (si es que se sigue usando el neón) que se divisan desde mi asiento de tribuna alta. Observé que en el cartel luminoso que corona el edificio de la Zona Franca se habían apagado la “o” y la “n” y por alguna razón pensé que las letras ausentes conformaban una negación dirigida a mí: no, hoy no ganará tu equipo.

Tras este augurio, ominoso y absurdo, se reinició el juego. Y como si el destino quisiera desmentirme, el Cádiz empató pronto, muy pronto. Eugeni –que sustituyó al lesionado Perea- botó un córner, Remiro falló estrepitosamente y Servando aprovechó la confusión para igualar la contienda.

Todos los goles se jalean, pero este, inesperado y salvador, cosechó decibelios sin cuento. Aupado por el griterío (¡ah, las endorfinas!) el Cádiz ofreció los mejores minutos del encuentro. Eugeni movía el balón con sentido, Álvaro –más gris que de costumbre- y Álex –voluntarioso y fallón- probaron suerte desde lejos, se forzaron un par de saques de esquina…

Fueron, en fin, nuestros mejores minutos y nos permitimos soñar con la proeza, con ensartar en una pica la cabeza de este Goliath, pero una nueva lesión (de Salvi esta vez) nos cortó el ritmo y la quimera. Cervera fue valiente y metió a Barral cambiando el dibujo del once, pero el experimento no funcionó.

Tras un rato de desconcierto, el Huesca se hizo de nuevo con el balón y con la iniciativa. Sus llegadas hacían mucho daño y varias veces estuvieron a punto de sentenciarnos. Mención especial para un trallazo de Gallar que repelió la cepa de un poste tras una brillante jugada colectiva.

El caso es que entre huys y ays el reloj cumplió los cuatro minutos de prolongación y el marcador no se movió. Seguramente hoy no ganó el mejor, pero donde el Huesca puso calidad y buen juego, el Cádiz respondió con enormes dosis de trabajo y esfuerzo colectivo.

Y a eso sí que no nos gana nadie.

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Fotografía: Ángel Pinto

CÁDIZ 4 – 1 SEVILLA

La vida es azar.

De nada sirven las tribulaciones, los planes, los peldaños programados hacia el futuro: en un guiño –cruel o cálido- el destino te enseña los dientes (o los labios) y te deja desarmado y tiritando, de frío o de gozo.

Algo así le ocurrió ayer al Cádiz en el primer minuto de partido ante el Sevilla Atlético. Cifuentes, por dos veces, salvó sendas ocasiones visitantes que podrían haber significado el gol rival, la angustia, los pitos tempraneros. No fue así: el filial hispalense tiene en su pasaporte el sello indeleble de la Segunda B y el Cádiz se encamina, con paso vacilante, a pelear por la liguilla de ascenso.  Está escrito, inútil resistirse.

El caso es que en la noche lluviosa el partido tomó un rumbo interesante. Los sevillanos atacaban con la despreocupación del desahuciado. Los gaditanos nadaban (¿he dicho que la noche era lluviosa?) y guardaban la ropa, pero la taquilla tenía la puerta entreabierta: la aplicación defensiva era mejorable.

Por suerte para Cervera y los suyos, la condición de colista no se adquiere por casualidad. Si bien los centrocampistas foráneos demostraban un buen manejo de balón, la dinamita ofensiva parecía de baja potencia. Cándidos en ambas áreas, no le costó demasiado al Cádiz encontrar el camino de la meta defendida por Ondoa. Primero fue Álvaro el que culminó una larga jugada de acoso amarillo: Perea estrelló una falta en el larguero, Servando cabeceó al palo un centro de Salvi y finalmente el mencionado Alvarito, desde el corazón del área, estrelló el balón contra las redes rivales de un zurdazo violento.

Los sevillanos, sin nada que perder ni en la liga ni en el partido, atacaban con numerosos efectivos: toda una invitación para los extremos cadistas, muy participativos toda la noche. Sin embargo, el segundo gol llegó por el centro. Jona, tan denostado como útil, elevó el balón con sutileza por encima de los centrales habilitando a Álex, que definió con calidad. El pelirrojo se está convirtiendo, por derecho propio, en nuestro mejor todocampista.

En el descanso, sucedió lo imposible.

Las gradas se transmutaron en butacas. El césped se convirtió en un escenario. Y en lugar de saltar al campo veintidós futbolistas, fue Jorge Drexler el que nos regaló un inolvidable rato de música, magia y cariño. Al menos, para mí, fue tal como lo cuento.

Tras el interludio artístico, se reanudó el partido tal como empezó: los visitantes pusieron cerco al marco de Cifuentes pero su ingenuidad les impidió recortar distancias. Tras la efervescencia inicial, las aguas (siempre, la humedad) volvieron a su cauce. Garrido servía de dique de contención a las intentonas rivales y Álex y Perea buscaban con fruición a los sprinters de los flancos. Salvi desnudaba una y otra vez a Konik y Álvaro desbordaba y centraba sin encontrar premio.

Y justo cuando parecía que llegaría el tercero, los sevillistas acortaron distancias. En una jugada con la que soñará Cervera toda la semana, Lucas no fue capaz de evitar el centro desde su banda y Keco no supo adelantarse a Carlos Fernández. La victoria mínima auguraba sufrimientos y sudores, pero Salvi, en el enésimo regate a su rival, culminaba por su cuenta marcando de un duro derechazo. El tres a uno era tranquilizador, balsámico. De ahí al final, poco ocurrió: el sanluqueño se sentó para recibir la ovación de la grada y Moha, su sustituto, culminó la tarde con un cuarto tanto que fue demasiado castigo para el descendido filial.

La temporada sigue para el Cádiz: con la permanencia conseguida, toca pelear por metas mayores. Y es que ya está en el aire girando su moneda, y lo que tenga que ser, que sea.

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Fotografía: Ángel Pinto

CÁDIZ 0 – 0 LORCA

Forma parte de cualquier biografía, aunque a veces, cuando nos toca a nosotros, tenemos la tentación de hacernos los sorprendidos.

Transitamos por la vida de manera plácida, con la modorra propia del que conduce por la autopista, y, de repente, sin previo aviso, nos cruzamos con un meteorito: esa llamada, esa conversación, esa luz negra en los ojos del otro. Punto de inflexión, lo llaman.

Y toca reinventarse.

Apretar los puños, acentuar la pisada, no mirar atrás.

Creo que es así como debería el Cádiz afrontar este partido contra el Lorca (un partido que tal vez pudo perder, que desde luego pudo ganar y que terminó empatando): como su definitivo punto de inflexión en una temporada que comenzó con discreción, que continuó con brillantez y que ahora parece haber entrado en una etapa anodina y decepcionante.

Se esperaba con cierto optimismo el encuentro de hoy. Recibir a un virtual descendido en momentos de zozobra parecía la tirita ideal para la maltrecha confianza del equipo. Lamentablemente nos equivocábamos: aquello de que no hay enemigo pequeño parece convertirse en dogma cuando el otro contendiente es el Cádiz.

Comenzamos con sorpresa. Cervera decidió cambiar la estructura defensiva del equipo casi al completo, dando descanso (o castigando) a Carpio, Servando, Lucas y Garrido. El centro de campo formado por Álex, Abdullah y Perea prometía buen trato de balón y creatividad, pero la promesa, ¡ay!, quedó incumplida. Desde el principio apreciamos que a los locales le costaba llevar la voz cantante y fue el Lorca, sin nada que perder ya en esta liga, el que parecía encontrarse mejor posicionado. Amparados en un 5-2-3 muy flexible conseguían dificultar la salida de balón del Cádiz y plantarse con muchos hombres en las inmediaciones del área amarilla, siempre bien conducidos por Noguera.

El Cádiz por su parte, insistía en la fórmula mil veces vista. Álvaro percutía una y otra vez por la banda izquierda, pero sus centros morían en piernas rivales, salvo en una ocasión, cuando Jona –tan participativo como desacertado- consiguió revolverse para el posterior lucimiento de Dorronsoro.

Y ese fue prácticamente todo el bagaje ofensivo local en el primer tiempo. No hubo noticias de Salvi ni de Perea mientras que Álex –cansado y fallón, aunque voluntarioso- apenas aportó un par de disparos lejanos.

Los intermedios de los últimos partidos se están empezando a parecer demasiado entre sí: un rosario de cuartos de hora preñados de decepción y esperanza.  El de hoy, claro, no fue una excepción. El Cádiz había sufrido más de la cuenta en defensa y parecía atascado en ataque, sí, pero la diferencia entre una y otra escuadra era tanta que la victoria tenía que llegar, como quien dice, arrastrada por la marea. Y es que algunos mensajes de autoayuda son así de ramplones.

Comenzó la segunda parte y la tónica era sospechosamente similar a la del primer tiempo. El Lorca manejaba el balón mejor de lo que su clasificación podría sugerir y el Cádiz, obligado a llevar la iniciativa, parecía incómodo. Su juego ofensivo desprendía un aire artificial y postizo, un amaneramiento que convertía en predecibles la mayoría de sus maniobras. Aun así, amarillas fueron las mejores ocasiones y no fueron pocas. En casi todas Jona actuó como boya distribuidora y lo hizo bien, habilitando a Romera (que había sustituido a Perea) y a Alvarito en dos ocasiones, pero nuestros delanteros resolvieron de manera calamitosa.

Los minutos seguían pasando, inexorables, y la esperanza se empezó a pintar con el color del pánico: un equipo descendido iba a sisarnos la victoria. El final ni siquiera fue épico, no pudimos permitirnos el parvo consuelo de los “huyes” postreros. Simplemente, el partido languideció y murió de viejo.

Ahora se trata de no perder demasiado tiempo en llorar por la leche derramada. Queda un tercio de liga, la posición del equipo es envidiable y hay calidad en la plantilla como para luchar por cualquier meta. Solo falta que asumamos que lo de hoy ha sido realmente un punto de inflexión y no otro peldaño hacia la mediocridad. Ojalá.

 

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Liga cadizFotografía: Africa Mayi Reyes  (CC BY-ND 2.0)

CÁDIZ 2 – 1 OVIEDO

Dicen que un milagro es aquello que no puede suceder y, sin embargo, ocurre.

Esta tarde hemos asistido en el Carranza a un pequeño milagro. Un milagro humilde y provinciano compuesto por tres hechos insólitos, casi inconcebibles: el Cádiz ha remontado un partido, el Cádiz ha ganado en Carnaval, el Cádiz ha vencido al Oviedo.

Rebajaré la épica en beneficio de la objetividad: todo ello ocurrió ante un equipo asturiano que se quedó con diez jugadores por la expulsión de Rocha, tal vez demasiado rigurosa.

Pero recurramos al orden cronológico, el sendero narrativo que más se parece a la propia vida.

Puso en liza Cervera al equipo de gala, con la única novedad de Barral en su calidad de ariete sano. Y fue precisamente el cañaílla el que cabeceó con acierto un centro de Álex cuando todavía los rezagados andábamos molestando a los espectadores puntuales. La manopla de Herrero sacó el balón de la escuadra cuando se cantaba gol.

Pese a este prometedor inicio, el juego se fue atorando como un motor herrumbroso y el primer tiempo se consumía sin que ninguna escuadra se impusiera a la otra. El equipo carbayón ocupaba los espacios de forma óptima gracias a su línea de cinco defensas que daba libertad de movimientos a sus laterales. El Cádiz, por su parte, manejaba el balón con la torpeza del amante primerizo: manoseándolo sin saber muy bien qué hacer con él.

Y entonces, cuando el partido parecía dirigirse al desfiladero del empate sin goles, ocurrió. En un balón dividido, Carpio llegó un segundo antes que Rocha y éste rebañó al cadista de una manera tan aparatosa que le valió abrir el bote de champú antes de lo previsto. Corría el minuto 34 y, paradójicamente, el Cádiz, agobiado por la doble responsabilidad de jugar como local y de hallarse en superioridad, terminó por bloquearse. Los doce minutos que restaron para el intermedio fueron un canto a la incapacidad, una oda a la impotencia (de nuevo, el amante torpón).

En el descanso, e intentando obviar lo que habíamos visto, todos hacíamos nuestras cábalas: el Oviedo terminaría notando el desgaste del hombre ausente, los amarillos acabarían por imponerse. Cruces, ojalás, plegarias al dios Momo.

Y el dios Momo pareció escucharnos: los primeros minutos (ya con Jona y Perea en el campo, que habían sustituido a Barral y Abdullah) tuvieron el aire esperanzador de las victorias tranquilas. Un poco más de presión, algún centro, algún remate… Bien, tranquilos, el gol llegará.

Y llegó, pero fue del Oviedo tras una jugada descacharrante en la que el Cádiz puso de manifiesto varias taras a la vez: ingenuidad, desaplicación, mala fortuna. Lucas sacó hacia atrás, muy hacia atrás, un saque de banda. Garrido falló estrepitosamente en el control y Keco se vio obligado a hacer falta. Tras el lanzamiento, Jona despejó y el rebote en la cabeza de Linares acabó encontrando la red.

Aquello era excesivo. Los locales no estaban jugando bien pero tampoco merecían tanto castigo. El dios Momo parecía burlarse de los gaditanos, haciendo bueno aquello de que en el Carnaval, cualquier material es bueno para convertirse en arcilla de la sátira (o debería serlo, pero ésa es otra historia).

Cervera miró al banquillo y vio a Eugeni. Miró al campo y vio a Garrido. El vasco es útil en el robo y la presión, pero completamente inoperativo para la construcción y el ataque. El míster agotó el último cambio y Eugeni, junto a Álex y Perea, terminó por conformar un centro de campo pleno de creatividad y chispa.

Y el equipo empezó a carburar.

Primero fue Perea, tumbado en banda izquierda, quien igualó la contienda tras una espectacular jugada individual. Y luego, en pleno asedio, fue Servando el que puso el definitivo dos a uno a la salida de un córner. El Cádiz le dio la vuelta al marcador a base de buen juego, de toque de balón, de regates y apoyos. Otro fútbol es posible, después de todo.

En la rueda de prensa posterior, Cervera dijo que el partido fue como tenía que ser porque el que no sepa como juega este equipo es que no es de Cádiz (chascarrillo del Morera, para el que no siga el concurso). Risas, jolgorio en la sala de prensa.

Tú tampoco eres de Cadi, gafa, pero merecerías serlo, vaya que sí.

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Liga cadizFotografía: Africa Mayi Reyes  (CC BY-ND 2.0)

TARRAGONA 0 – 0 CÁDIZ

Sonó el pitido final y yo, miedica irredento, respiré aliviado: en lugar de la condena de la derrota, habíamos conseguido el indulto del empate sin goles en un encuentro áspero y deslavazado.

Y es que el Cádiz, en el Nou Estadi de Tarragona, nunca dio la impresión de poder llevar su causa a buen puerto. El Nástic, intentando desmentir la estadística que le situaba como el peor local de la categoría, llevó la voz cantante durante buena parte del contencioso y solo el buen hacer de nuestro cancerbero puso freno a sus pretensiones.

Con Garrido ausente, Álvaro Cervera colocó en el centro del campo a tres finos estilistas, más dotados para maquinar planes propios que para abortar los ajenos. Como el planteamiento correoso de los amarillos no es negociable, Eugeni, Álex y Abdullah parecían almas libres aprisionadas y condenadas a trabajos forzosos. No se discute su voluntad, pero es innegable que en ciertos tramos del partido la zona frontal de nuestra área tenía menos vigilancia de la debida. Por ahí transitaban Maikel Mesa y Javi Márquez con demasiada libertad, agentes infiltrados en nuestra retaguardia.

Con todo, el primer tiempo se desarrolló sin excesivos sobresaltos: los catalanes, en ocasiones, combinaban con calidad, buscando que Álvaro Vázquez o Manu Barreiro ajusticiaran al enemigo. Por contra, el guión del Cádiz era tan monótono como predecible: en defensa, el balón se trataba como a una brasa ardiente; en ataque, pelotazos una y otra vez a Carrillo, para que ejerciera como guardia urbano, distribuyendo el juego. Pese a su simpleza (o precisamente por ella) el plan a veces resultó y los visitantes consiguieron profundizar alguna vez, sobre todo por la banda derecha. Veloz como un fugitivo perseguido por la policía, Salvi desbordó a su par en varias ocasiones, pero sus centros no encontraron a otro cómplice que los rematase.

Por su parte, el Tarragona continuaba con su desempeño. Sin excesivos alardes, a base de centros laterales o de algún balón parado, conseguía acercarse a las inmediaciones del área gaditana, hoy peor protegida que otras veces. Ni Kecojevic ni Servando parecían los guardaespaldas implacables de otras ocasiones y Vázquez, un par de veces, estuvo a punto de desnivelar la balanza.

Como el físico y la entrega superaban a la técnica y la precisión, se sucedieron las pérdidas y el choque se emborronó en demasía. Recuerdo algunas jugadas en las que el esférico iba de un lado a otro surcando el cielo sin que ningún jugador se dignase a bajarlo al pasto, en unas imágenes más propias de voleibol que de balompié.

Tras el descanso, nada cambió. Maikel Mesa siguió hurgando en la fragilidad defensiva de nuestro centro del campo y se inventó una ocasión que abortó Cifuentes, guardián estricto y eficaz. Cervera movió ficha y sentó a un desaparecido Eugeni para dar entrada a Dani Romera. El almeriense, pequeñito y móvil, saltó al campo con la agresividad del que quiere ganarse el respeto en el patio de la cárcel. Se vio envuelto en más de una riña, aumentó la intensidad de la presión y le dio otro aire a la delantera amarilla, al menos durante unos minutos. De la agitación provocada por su salida se aprovecharon Salvi (para centrar) y Álvaro (para disparar). Vicegoles de baja intensidad, huys de pocos decibelios.

A falta de media hora, Cervera decidió dar entrada al último miembro de la banda, Jona. Su papel no fue muy destacado, pero habrá que anotar en su haber un semi penalti. Se lo reclamó al juez del encuentro, pero este absolvió al Tarragona, tal vez con razón.

A esas alturas, y ante el cariz del asunto, yo recordaba una máxima del fútbol a la que solemos aferrarnos los pusilánimes: si no has sabido ganar un partido, no lo pierdas al final. Ayuno de ocasiones claras, el Cádiz consiguió transitar por los últimos minutos del choque sin agobios arrancando así un punto que no lo acerca al liderato pero que tampoco lo descabalga de la pelea.

El empate, en mi opinión, puede considerarse justo aunque esto sea lo de menos. En el fútbol, y en lo tocante a los resultados, la justicia tiene poco que decir. Lo importante es que el Cádiz, aunque camine más despacio, no está detenido.