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En Cádiz nacemos oliendo a salitre, crecemos entre el encaje plateado de las olas y maduramos mecidos por el levante y el poniente. Nos pasamos la vida mirando al horizonte mientras el sol se esconde y las estrellas le roban protagonismo a la luz inmensa de este bendito lugar.

Entre el ocaso y el amanecer miramos al mar desde la playita de Puntales, en un extremo de la bahía, hasta el castillo de Cortadura. Caminamos el perímetro de nuestra preciosa ciudad y atravesamos la playa grande, la de la Victoria, la de las mujeres o Santa María del Mar y el Campo del Sur para llegar a la joya de nuestra tierra: La Caleta.

Por más que la piropeen, y por más pasodobles que le canten, no se ha dicho todo sobre sus castillos, sus barquillas, su gente, sus piedras, su balneario ni su historia.

El mapa de mis recuerdos está lleno de momentos caleteros, del camino con mi madre y mi hermano que aceleraba el paso para adelantarnos a ver si cogía alguna pelota del Club de Tenis mientras nosotras entrábamos a saludar a Jesús Caído. Yo siempre con mi cubito y mi albornoz del pescaito verde. Nada más llegar, mientras mi madre aún no había desplegado la sillita ya estábamos en el agua, entre cajas de pescao y niños gritando en la resbalaera. Mi madre se desgañitaba llamándonos, “niñaaa no te vayas más padentro” “niñooo, ponte las babuchas que te vas a cortar”, porque el niño ya había ido al Hospital de Mora alguna que otra vez con el pie sangrando, como le pasaba a muchos niños de la época y del lugar. Ir a mariscar era una epopeya: cangrejeras, el colador, el cuchillo, el cubo e ir hasta el Castillo de Santa Catalina a coger lapas. Olvidando que el tiempo existe, como sólo ocurre en la infancia, nos bañábamos en la playita del Hotel Atlántico. Al regresar, nos caía una bronca de campeonato.

Entonces no había duchas en la arena, había que ser socio del club, y ahí íbamos nosotros, y le decíamos orgullosos al señor que guardaba la entrada con la fila de chanclas perdidas a su izquierda: “venimos a ver a nuestro tío Miguel”, y tras el fantita de rigor, íbamos a las duchas y otra vez al agua. Cosas de niños.

Mi caleta
Fotografía: Jesús Massó

He visto de todo en la Caleta: a las primeras mujeres jugando a la lotería en la reunión de Mariquilla, a la Uchi mirando y diciendo sus cosas a un guiri que hacía nudismo, al Cojo Manteca de aquella lejana huelga de estudiantes, a parejas bajo las columnas contorneando sus cuerpos en la noche, a mi hija aprender a nadar… y lo que me queda por ver.

Con los años aprendí a subirme a las barcas mientras el señor del club nos mandaba, con voz rasgada y tono imperante, bajarnos de ellas. Acudía a la cola que se formaba para tirarse del Puente Canal, pero tenía mucho miedo, aunque una sola vez lo superé y volé sobre el agua. Y las llantas, qué recuerdos; cargados los muchachos con tal armatoste y luego con toda la piel llena de rozaduras de la goma.

De regreso a casa siempre quería llevar algo en mi cubito para cuidarlo en casa, pero mi madre me recordaba que ese no era su hogar y me hacía devolver los camarones, burgaillos o cangrejitos. Desinflábamos la canoa y pal Mentidero.

Del albornoz al bikini y al trajecito de flecos, de las gafas de vista a las de sol, de mamá a mis amigas, del cubito al libro y el cigarrillo, de la toalla a la silla, del día a las noches de barbacoa; así transcurrieron mi infancia y mi juventud. Entre entierros de caballas, bautizos marineros, la barquilla de mi tío, charcos con sapos y cangrejos moros, “aguasmalas y jogaillas”, y pieles curtidas por el sol de viejos marineros.

Cuando los domingos cogíamos el coche del balneario para ir a la playa grande me entristecía, era demasiado larga, allí no estaba cómoda, no había rocas donde mariscar, no tenía amigos con casetas, nada de aquel lugar me seducía. Sin embargo los viernes, tras la visita al Nazareno, de la mano de mi tía que me llevaba caminando para que no me mareara en el autobús sí encontraba en la playa de las mujeres algo diferente e interesante. Pero no era mi playa, la que ahora recorro paseando, la que guarda las cenizas de mis tíos, la que me requiere para el café, la que me conquista con la luz de su faro, la que me devuelve a tardes interminables de risas y de juegos, o a mañanas de lectura observando a Fernando Quiñones recoger la basura de la orilla.

Nunca la llamo la Caleta, es mi Caleta, nuestra Caleta.

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“Quienes no se mueven no sienten las cadenas”

Rosa Luxemburgo

Nuestras vidas están marcadas por acontecimientos, por decisiones y por el contexto. No es lo mismo nacer en una aldea de África central que en una ciudad moderna y cosmopolita, ni crecer bajo el yugo de una dictadura que en una sociedad que respete los derechos sociales.

Mucha mujeres hemos crecido en un estado de bienestar. No hemos conocido en primera persona las calamidades que nuestras familias padecieron aunque la memoria de nuestras madres, impregnada tanto de nostalgia como de repulsa hacia un pasado de penurias durante la terrible posguerra, nos traslada a tiempos de esfuerzo continuo para resistir la hambruna, la pobreza, la falta de libertades y la absoluta desigualdad en la que desarrollaron su infancia y adolescencia millones de mujeres en este país.

Vivir es nacer cada instante
Ilustración: Pedripol

La extensa lista de discriminaciones que sufrieron nuestras madres y abuelas pasa por obtener permiso primero de su padre y luego de su marido para cualquier trámite como sacar un pasaporte, abrir una cuenta corriente  o incluso ir a la escuela.

Aunque fueron condenadas a la sumisión, a no mostrar un ápice de rebeldía, tenemos muchos ejemplos de superación personal. Así sabemos de Conchi, cuyo único hermano acudía con normalidad al colegio aunque ella nunca pudo escribir una sola letra ni leer una sola sílaba hasta que armada de valor le dijo a su madre que iría  la Escuelita de la Merced y con catorce años cumplió su sueño de abandonar ese analfabetismo que le indignaba, y eso que la mitad del tiempo de clases consistía en aprendizaje religioso. Ella misma sacó su carné de conducir con cuarenta y cinco años ya que su marido no lo hacía y no quería depender de los demás para trasladarse a ningún sitio. Hace años que no se pone al volante, pero cada día disfruta de su periódico en la mañana tras el desayuno. Hoy tiene 83 años.

Pepa ha pasado toda la vida trabajando y, siendo gran aficionada al deporte, acude al Carranza con su abono de Tribuna. Todos la conocen, todos la saludan. Ella anima a su equipo con una gran sonrisa y la fuerza de mujer brava que mantiene con más de 70 años

La Rubia es amor a la vida, ojos brillantes, rostro que te invita a pasar un rato con ella,  a disfrutar de su voz fuerte y su risa contagiosa. Con más de ochenta años a sus espaldas mantiene ese carácter optimista y esa belleza que acompaña siempre por mucho que el tiempo se empeñe en atenuarla. Enviudó joven y con cuatro hijos y una pequeña pensión, ayudó a mantener su casa yendo y viniendo de Portugal para vender toallas y sabanas.

La viudez también sorprendió a Pili en su juventud y trabajó como una mula para sacar a su numerosa familia adelante. Nunca dudó en arrojar macetas -y lo que tocara- a aquella policía que en los ochenta perseguía y cargaba contra los trabajadores de Astilleros en huelga. Su pelo negro luce canas y no tiene ganas de “pintárselo”, tampoco los ojos ni los labios, dice que con ochenta y cuatro años se le acabó ser presumida.

María comenzó a trabajar a los siete años, “sirviendo a una señorita” que le daba de merendar. Tras pasar por diversas casas, encontró una oportunidad marchando  a Alemania, emigrando sin saber leer ni escribir y aprendiendo un idioma de oídas, por eso acudió con su hermana a fingir que su padre no podía autorizarla porque estaba muy enfermo, sabiendo que nunca firmaría el consentimiento en el contrato de trabajo. Como muchas mujeres, enviaba  dinero a su familia que pudo comprar un frigorífico y un televisor. Me preguntó hace unos años si ella era feminista y le dije “claro y muy valiente”. En junio entrara en la octava década de su vida.

Todas estas mujeres -y muchas otras- lucharon para que nosotras tuviéramos una vida “sin pasar necesidad”, todas coincidían en animar a sus hijas a estudiar, a tener un futuro y que nadie las mantuviera, a disfrutar, a  ser independientes, y hoy se sienten orgullosas. No fueron a la manifestación del 8M pasado ni irán a la de este año porque físicamente no pueden, pero tienen la ilusión puesta en sus hijas, en sus nietas. Lo han dado todo y nosotras somos afortunadas de tenerlas en nuestras vidas.

Ni un paso atrás; por ellas, por nuestras hijas, amigas, compañeras, por todas las mujeres y niñas del mundo, porque la revolución será feminista o no será.

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Anamoran post
Fotografía: Jesús Massó

Estas palabras son para ti que tanto me has dado, que tan feliz me has hecho y que tantos recuerdos me has regalado. Brota de mi alma un eterno agradecimiento por ti, por tu plaza imponente y por tus calles que desembocan en una hermosa alameda, en un parque majestuoso y en un teatro señero. Formas parte de mi existencia.  

Si no hubiera crecido en mi barrio, hoy no sería la que soy. Ni yo ni muchas de las personas que corrimos por sus adoquines, que sonreímos a la vida y jugamos al contra o a la pelota. Porque una es de donde crece, no de donde nace. Y aunque por ver la luz en esta hermosa ciudad me estremezca con cada una de sus penas y ría con sus alegrías, el lugar elegido para criarme me ha convertido en la mujer que pasea feliz por su barrio aunque ya no suba las escaleras hacia mi casa, aunque habite en otro lugar. Fui, soy y seré del Mentidero, como Fletilla, Pepillo el Bético, Bustelo, Anabel Rivera, los Silva, la Chata o el Toti.

Me veo escondiéndome en la casa barco, en los Campillos, para que no me encuentren, apresurando el paso cuando el señor ciego de la Pensión Hércules gritaba volviendo a su hogar, me veo sentada al sol en la plazoleta vigilando las carreras de mi niña, corriendo tras mi hermano por la calle Ceballos para ver entrar las agrupaciones en el Falla, compartiendo confidencias con mis primeras amigas, votando por primera vez en la Casa de las Viudas,  disfrutando de las cabalgatas desde la azotea de mi abuela llena de familiares que solo venían ese domingo, contemplando a las mujeres de penitencia tras el Caído mirando hacia aquel balcón mientras desgarradas saetas rememoraban a la Gitanilla del Carmelo. También llevé pan a la carbonería y cambié tebeos en Enrique de las Marinas, y vi las palmas de la Borriquita asombrada ante tanto fervor que siempre respeté pero nunca entendí.

¡Ay, el coche de línea dando la vuelta a la plaza, aquel que me llevaba alguna vez junto a mis tías a la playa grande, el coche del balneario!. Me recuerdo volviendo tras una tarde en la Caleta con mi cubito lleno de cangrejos y camarones que mi madre me hacía devolver al mar. Y recuerdo a mi hermano con las pelotas perdidas del Club de tenis: nuestros tesoros.

Barrio obrero donde a las 6 de la mañana ya se podía tomar el café en el Pichi antes de ir a trabajar, donde señores con guayabera tomaban el vinito en el Ripert mientras leían aquel diario de tinta en las manos y tamaño imposible que nació en mi barrio y que allí tuvo su rotativa. Plaza de la Cruz de la Verdad que transformó su nombre  y en la que se leyó por segunda vez la Constitución de 1812. Barrio de tertulias y del Petit Versalles. Plaza que ahora preside un busto de Don Manuel, el médico bueno que me curó la hepatitis en la niñez.

¡Y sus mujeres! Bravas, recias, que habían soportado las miserias de la posguerra de cartillas de racionamiento y beneficiencia. Guapas a rabiar y fuertes como un roble: Concha la Betunera, mi abuela Rafaela, Carmen la Tejada, Juana la del 4 y muchas otras que sin saberlo fueron feministas y guerreras.

Si Fernando Quiñones estuviera vivo, nos seguiría contando noches flamencas ancá Juan Silva, donde su hija Encarnita corría por los patios adornados de antaño, o donde el Beni alumbraba la velada con sus chistes y sus cantes. Eso no lo viví, o era tan pequeña que no lo recuerdo, pero me lo han contado. Sí asistí al cajonazo  de Caleta y a su actuación en la escalera de la Facultad de Medicina. Eso pertenece a un imaginario colectivo y nuestro que en nosotros queda.

El Mentidero persiste, cambió cuarteles y pabellones militares por espacios universitarios, un colegio y un centro cultural; vio marcharse al Diario de Cádiz, cerró el aserradero y el Gobierno Militar se convirtió en un contenedor de colecciones y fundaciones variopintas.

Mis recuerdos no han cambiado: la Chana sentada vendiendo números, Carrasco en su cochera, la preciosa Milagros, los caracoles del Serrallo, los mapas de la papelería de Isa, Pepe el del bache, la mercería, las noches al fresco, los pasodobles, cuplés y tangos, la risas de niños y niñas, las flores, aquel perro llamado Miseria y una gata tan blanca que bautizamos como Escayola,  Manolo el de la droguería eternamente joven, las peleas de vecinos, el uniforme caletero, los sinsabores del paro, el puesto de chucherías, la Santanderina, el taller de Luis y su competencia Talleres Iberia, la frutería donde de pequeña podía mirarme en sus espejitos, las tardes en San Antonio en aquellos bancos circulares, la leche en bolsas de Paulino, la sabiduría de la vieja del cubito, mi torpeza montando en bicicleta, las ostionadas junto a la Plazuela de la Oca, el olor a cazón del freidor, las colas para coger número pal médico en Cervantes, mi tía Lola haciendo punto, mi abuela asomada al cierro, mi niñez, mi primera juventud. Todo eso sigue formando parte de mi memoria, de mi vida y de la todas  aquellas personas que han crecido en ese hermoso barrio.

A ti, que me diste la alegría de encontrar a ese hombre tímido, menudo, rubio, con voz asombrosa quebrada por el tabaco, que me envió a comprar a casa Vicente, y me regaló el cambio en forma de  aquella moneda de diez duros y que durante tanto tiempo guardé. Ese humo, la nicotina, el alquitrán, acabarían con él justo el día de mi cumpleaños; pero cada vez que lo oigo cantar veo a aquel hombre sencillo, ese gitanito canastero, esa leyenda del cante, que una mañana de sábado tuvo tiempo para mí en una esquina de mi barrio, ese barrio a quien dirijo estas palabras, a quien dirijo mi mirada de niña, de adolescente y adonde siempre quiero volver.

 

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Ana moran
Imagen: Pedripol

Juana Rivas está en cada una de las casas y de los corazones de las madres maltratadas, en cada rincón del mundo donde una mujer defienda con uñas y dientes a sus hijos e hijas, en cada sentencia demoledora que no vele por los menores cuyos padres ejercen la violencia machista, en cada hogar donde los niños y niñas sufran. Juana está en cualquier sitio a cualquier hora.

Condenar a una mujer a cinco años de prisión por sustracción de menores y a seis años de privación de la patria potestad es inhumano y demencial, porque no sólo sentencian a la madre, desprotegen a unos niños que crecerán sin ella, sin su amor ni participación en su desarrollo. Es desolador que media España entre en guerra y no tenga presente a esos niños. Todas y todos podríamos haber sido ellos. ¿Dónde está la empatía, en qué momento perdió la gente la sensibilidad para atacar a una mujer y desposeer a sus hijos de una infancia armoniosa? Los menores no deben soportar el duelo que la sociedad mantiene. Su integridad física y psíquica no puede estar en peligro, porque ¿qué les decimos a las madres luchadoras que asistieron a la crueldad del asesinato de sus hijos e hijas? pues que ojalá se los hubieran llevado lejos.

Vamos por partes, Francesco Arcuri no acude ni una sola vez a ver a sus hijos durante su estancia en Granada, y sabía dónde vivían, a qué colegio iban, con qué personas estaban; aún así, era un “buen padre”. Un señor condenado por malos tratos alude que confesó que era cierto porque creía que así no tendría problemas para ver a sus hijos, porque era un “buen padre”.

El delito de Juana Rivas -para los hombres y mujeres que apoyan nuestro maravilloso sistema judicial patriarcal- se fundamenta en prejuicios machistas como haber vuelto con Arcuri a pesar del maltrato (desconocen las fases de la violencia https://www.estudiocriminal.eu/blog/ciclo-de-la-violencia-de-lenore-walker/), haberse marchado unos meses de viaje dejando a sus hijos con su padre o haber privado al mismo de ver a sus hijos secuestrados por ella. Basan sus comentarios en una justicia que ningunea a cualquier señor que entra en prisión por el hecho de ser hombre en virtud de la Ley Orgánica  1/2004  de 28 de diciembre, de medidas de protección integral contra la violencia de género, y en algo que ellos y ellas denominan inversión de la carga de la prueba y que Susana Gisbert, fiscal especializada en violencia de género, portavoz de la Fiscalía Provincial de Valencia y escritora, argumenta perfectamente en este estupendo artículo https://confilegal.com/20170905-la-carga-la-prueba-la-violencia-genero/

La ley está para proteger, no para acusar sistemáticamente y encarcelar por una denuncia; y antes de que mencionen las denuncias falsas les invito a leer el informe anual del CGPJ:

http://www.poderjudicial.es/cgpj/es/Temas/Violencia-domestica-y-de-genero/Actividad-del-Observatorio/Datos-estadisticos/

Esas mismas personas revientan defensas de feministas y aliados mediante comentarios mediáticos de hombres y mujeres alineadas con el machismo más rancio y patriarcal; por ejemplo, la abogada Bárbara Royo (defensora de Bretón), su marido Nacho Abad, periodista  y criminólogo del programa “Espejo Público” o la polémica periodista Cristina Seguí. Podría enumerar hasta la eternidad, para nuestra desgracia.

La justicia que tanto alaban, con desconocimiento y con escasa formación al respecto, ha emitido sentencias donde mujeres y niños se han quedado completamente desprotegidos, no sólo hablo de LA MANADA. Aquí tienen algunos casos: Susana Guerrero, Karen Gutiérrez y Ángela González

https://www.youtube.com/watch?v=bL_Qvj4Sn1Y

http://www.elmundo.es/pais-vasco/2018/07/23/5b558bffe2704eaa088b458c.html

https://www.publico.es/sociedad/angela-gonzalez-tribunal-supremo-claves-sentencia-historica-saca-colores-espana.html

Nos encontramos, por lo tanto, con la nula formación de jueces, juezas y demás integrantes de la Justicia en temas de género. Aquí lo explica Susana Gisbert  https://confilegal.com/20180706-las-cosas-claras-especialidad-especializacion-y-especialistas/

En este hilo de Twitter, Dani Revuelta -abogado y politólogo- relata perfectamente la trayectoria del señor juez Manuel Piñar y su controversia con la Ley de Violencia de Género, el alcohol y un juicio con tremendos comentarios sobre la cicatriz de una mujer

https://twitter.com/DaniRevuelta/status/1022823945437896705

Así, no es de extrañar que en los trece folios de la sentencia de Juana Rivas se establezca que se inventó el maltrato de la denuncia en 2016, que no se entienda cómo volvió con Arcuri y se haga referencia a la repercusión mediática de su caso y a las personas que la defendimos:

https://elpais.com/politica/2018/07/27/actualidad/1532681780_809702.html

Cuestión aparte es la acusación mediática a las personas que asesoraron a Juana. Sorprende los conocimientos legales de cualquier persona frente a un teclado, aunque nadie refiera que las instituciones públicas deben velar por la protección de esos niños, como se afirma en el convenio de Estambúl de 2011, ratificado por España en 2014.  Dice su artículo 31:

Custodia, derecho de visita y seguridad

  1. Las Partes tomarán las medidas legislativas u otras necesarias para que, en el momento de estipular los derechos de custodia y visita relativos a los hijos, se tengan en cuenta los incidentes de violencia incluidos en el ámbito de aplicación del presente Convenio.
  2. Las Partes tomarán las medidas legislativas u otras necesarias para que el ejercicio de ningún derecho de visita o custodia ponga en peligro los derechos y la seguridad de la víctima y de los niños.

Aquí, al completo:  https://www.boe.es/diario_boe/txt.php?id=BOE-A-2014-5947

Para muchas personas las mujeres maltratadas sólo denuncian por las paguitas y las organizaciones feministas existen para cobrar subvenciones. Pero ¿saben a qué ayudas tiene acceso una víctima de Violencia de Género?

http://www.juntadeandalucia.es/iamindex.php/2013-08-08-10-31-21/guia-juridica-sobre-violencia-de-genero-y-derechos-de-las-mujeres/que-ayudas-economicas-existen-para-mujeres-victimas-de-malos-tratos

Díganme ahora qué mujer puede sobrevivir con sus hijos e hijas con esas cuantías. Por favor, infórmense antes de opinar.

Aquí tienen el comunicado de apoyo de la Asociación de Mujeres Juezas sobre la sentencia http://www.mujeresjuezas.es/2018/07/27/sobre-la-condena-penal-a-juana-rivas-esta-es-nuestra-opinion/

Y sí, pedimos un indulto que no se podrá obtener hasta la finalización del proceso, pero no sólo por la pena de prisión, que el juez podría haber disminuido para que no entrara en la cárcel, también para la anulación de la privación de la patria potestad, por Juana y por sus hijos que no pueden crecer sin su madre.

Así que queridos trolls, machirulos, onvres, señoros, pueden ustedes llamarme feminazi, hembrista, loca, radical, pueden amenazarme, a mí y a todas las feministas y aliados, pero no vamos a parar. Estas condenas y absoluciones nos están diciendo “callaos que os queremos sumisas, con las piernas cerradas, en casita cuidando, guapas y delgadas, señoras de su señor y mansas”. Y si ladráis, nosotras cabalgamos. Porque vuestra ceguera patriarcal la vamos a curar y un día abriréis los ojos y cederéis ante vuestros privilegios

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Anita
Fotografía: José Montero

“Abrid escuelas y se cerrarán cárceles” (Concepción Arenal)

Nuestras vidas son el resultado de miles de momentos que pasaron, momentos que siguen atrapados en el baúl de nuestra memoria y que desempolvamos cuando nos invade la nostalgia o cuando necesitamos recordar para comprobar cómo hemos evolucionado. Lo que ahora es pasado, antes fue futuro.

Así, cuando cruzo esa calle, miro hacia arriba y me recuerdo con cinco años corriendo por el pasillo. Allí estaba mi clase de parvulitos, allí abrí los ojos al conocimiento, enlazaba letras y formaba palabras, sostenía un delgado trozo de madera y grafito que deslizaba por el papel para escribir, llenaba de colores una lámina con unos bordes que limitaban nuestros dibujos o dormitaba cinco minutos de siesta apoyando la cabeza sobre mis brazos en la mesa.

En el colegio se aprenden muchas cosas. Una de ellas, la más terrible quizás, la competitividad que transformaba en victoria ser la primera de la fila, distribuía al alumnado señalando a listos y torpes y fomentaba la frustración mediante un sistema de graduación de las calificaciones.

En casa, nuestra familia nos regalaba la educación cívica; pero en la escuela entendimos la importancia del espíritu de equipo cuando jugábamos a juegos y deportes que primaban la colectividad. Desde pequeña comprendí que había que proteger a las personas más débiles. La escuela me lo confirmó.

Recuerdo el templete de la Virgen, donde reposaba la comida y donde me sumergía en la lectura, el pasillo donde se oían los espíritus de niños que allí fallecieron, el olor a comida en el corredor del sótano, la máquina del chocolate, los estornudos causados por la  tiza, mis compañeras mellizas, el olor profundo a betún de aquellos horribles mocasines, las manos manchadas del aceite de la plastilina, las manchas de tinta china, el chándal azul de tres rayas,  la monja delgada y chillona que vigilaba nuestro comedor y el olvidado y majestuoso piano. La voz de Carmela procedía de la lavandería, allí cantaba con su moño italiano, oliendo a ropa recién planchada. Visité muchas veces la enfermería, donde me atendía Sor Santos, una monja cariñosa y menuda con sus zapatos ingleses de cordones.  Añoro a Sor Emilia la entrañable monja que se marchó por enfermedad pulmonar, recuerdo a otra monja que dejó los hábitos, la cadena del reloj de Sor Josefa, abriéndose continuamente mientras escribía en la pizarra, las monjas rectas y gruñonas, las dulces y serviciales; y, como no, el uniforme, esa prenda que se tornó tortura por nuestros deseos de vestir de “particular”.

En mis primeros años escolares quise ser azafata, enfermera y maestra, como muchas niñas. Según crecía, cambié mis aspiraciones por la medicina, el periodismo, y el Derecho. También quise ser política, así lo llamaba yo; no sé qué tendría en la cabeza con 12 años, pero  a lo más que llegué fue a delegada de clase.

Fui sociable, la “gafa cuatro ojos capitán de los piojos” que me hacía montar en cólera, y una zombie de Thriller en una fiesta de fin de curso. Pero había algo que nos etiquetó a unas cuantas durante mucho tiempo: ser mediopensionista, ni externa ni interna. Había niñas que dormían en el colegio porque procedían de familias con problemas, o porque su lugar de residencia estaba lejos; solían ser maravillosas, divertidas y con una calidad humana excepcional. Las externas eran todas las demás, que comían en casa y volvían a continuar la jornada de tarde. Y luego estábamos las que comíamos allí, y, salíamos por la tarde con el bocadillo de la merienda en la mano, ese bocadillo que nos volvía locas cuando tocaba de chocolate. Distinguir a tres grupos diferentes entre alumnas puede hacer que unas u otras se sientan mal, que no deseen pertenecer a ese grupo del que se avergüenzan o consideran de menor categoría; pero a mí me daba igual.

Pasé tantos años en aquel enorme recinto que podría contar muchas anécdotas, como casi todas las personas cuando volvemos la vista atrás. Afortunadamente fuimos a la escuela, y nos lo hacían recordar con las proyecciones de las filminas para que comprobáramos el hambre que pasaban en África y que interiorizamos de tal manera que no éramos capaces de dejar ni una miga de pan sobre la mesa. Si, ahí nació para muchas el sentimiento de culpa propio de las religiones, porque naturalmente acudir a un colegio segregado y de monjas tiene esos inconvenientes.

También pude comprobar por primera vez el vértigo. El balanceo de los columpios me hacía sentir náuseas y mareos relacionados con la altura y que yo atribuía a un miedo que tenía que vencer, porque tenías que socializarte, hacer lo mismo que las demás. Nadie quiere sentirse un bicho raro.

Una mañana al entrar en el patio nos dijeron que no habría clases porque había fallecido un Papa, y no lograba entender que las monjas lloraran por ello. Más tarde, durante una excursión a Portugal a otro Papa le dispararon, y volvieron a echar lágrimas, pero ahí ya sabía qué significaba ser el sumo pontífice. Nos grabaron a hierro la historia de la religión católica, el binomio premio-castigo, las brasas del infierno y las bondades del cielo.

Las cosas prohibidas iban desde comer chicle porque contenía petróleo, escribir con la izquierda, bañarte en un lugar donde lo ha hecho un hombre por temor a un embarazo, y muchas tonterías que las alumnas llegaban a creer.

Pero hay una historia singular que recordaré siempre, la aparición de la Virgen entre unos árboles del patio. Ese suceso corrió como la pólvora porque unas niñas presenciaron la aparición y todas iban en peregrinación a esperar el momento preciso en que se dejara ver de nuevo.

Una de esas niñas era yo. Un día, jugábamos tras la salida del comedor cuando se aproximó hacia nosotras la directora del centro -una mujer sobria, de cierto carácter, que más que respeto nos infundía miedo. Recuerdo su mirada inquisidora tras esas gafas terminadas en pico. Aún me produce desasosiego-. Nos preguntó si nos habíamos lavado las manos tras el almuerzo, y respondimos que no habíamos podido porque fuimos a ver a la Virgen. De ahí salió todo, tres o cuatro niñas asustadas, que en lugar de mentir y responder con un sí, inventaron una escena mariana. Todo se descubrió ante la insistencia de nuestras madres en que dijéramos la verdad, pero no recuerdo ningún castigo posterior.

Hoy tengo la certeza de que lo aprendido, para bien o para mal, nos ha servido a lo  largo de nuestras vidas, para seguir formándonos como personas. Por eso estoy agradecida desde la primera vocal hasta la fiesta de octavo curso para celebrar que nos marchábamos de aquel lugar.

 

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Amoran
Imagen: Pedripol

“Yo no deseo que las mujeres tengan poder sobre los hombres, sino sobre ellas mismas”(Mary Wollstonecraft 1759-1797)

Me hierve la sangre,  se me encoge el corazón, se me revuelven las tripas, me duele el alma. Pienso en C., en su sufrimiento, en la huella ya imborrable en su joven corazón, en su agonía durante el proceso judicial, en la incredulidad que han mostrado los defensores y defensoras del patriarcado que, amparados en la presunción de inocencia y en nuestro sistema garantista, no quieren ver otro camino, aquel que otro Tribunal sí hubiera elegido. Existía la posibilidad de mantenerlos en prisión hasta cuatro años y medio, pero un magistrado y una magistrada han decidido que no hay riesgo de fuga ni de reiteración delictiva, que conocemos su aspecto, que no se les puede negar el arraigo,  que no tienen recursos económicos y que desconocen la instrucción de la causa de Pozoblanco.

Vuelvo a pensar en C., en todas las C. que han sido violadas, en las que denunciaron y soportaron un calvario, en las que tuvieron miedo a denunciar, en las que se defendieron y las  asesinaron, en las que dijeron NO, en todas las C. y en todas y cada una de nosotras que podríamos haber sido C., que podemos ser C.

Nos manifestamos pacíficamente y se ríen de nosotras. Nosotras las que no agredimos, las que no violamos, las que creemos en nuestras hermanas, en nuestras compañeras a las que jamás vamos a dejar en la estacada.

¿Qué tenemos que hacer para qué creáis a las mujeres? Los hijos sanos del patriarcado que nos agreden, que abusan de nosotras, que nos violan y que nos asesinan están entre nosotras y están entre vosotros. No están locos, no padecen ningún trastorno mental. No creáis en falsas leyendas sobre las enfermedades mentales. No fueron el alcohol ni las drogas, ni la testosterona. Fueron ellos, sanos, lúcidos y cobardes. Fue el porno que fomenta la cultura de la violación, asequible para cualquier crío con acceso a internet. Porque nosotras no violamos, no fantaseamos con sexo grupal, no ejercemos esa violencia para sentirnos poderosas.

No pienso en el magistrado del voto disidente en la sentencia, ese señor que “tenía problemas” según el anterior Ministro de Justicia, y que sigue interpretando  la ley y esparciendo su hiel en párrafos demenciales, aberrantes. Sí pienso en ella, la magistrada que denegó su libertad provisional, que los condenó por abuso en una sentencia contradictoria e incoherente, y, ahora les regala libertad, la libertad que C. no tiene porque el miedo aterrador de encontrárselos en cualquier lugar debe ser paralizante. C. sabe que la vigilan, que siguen sus pasos, sus redes sociales, sus encuentros, a sus amigos, sus fotografías.

Y no dejo de pensar en los foros de internet y los medios de comunicación que han alimentado la misoginia y el machismo más cruel difundiendo datos e imágenes de una víctima especialmente protegida. No  les ha ocurrido nada, ahí están lanzando consignas vehementes contra las feministas y mostrando lo peor del alma humana.

Pienso en los 100 kilómetros que me separan de Sevilla, en la posibilidad de encontrarme a esas cinco ratas de cloaca, en toparme con el abogado que nos llama histéricas y ahí congelo la imagen. No podría contenerme, lo reconozco. No creo en la venganza, pero si falla la justicia en qué podemos confiar.

Estamos desprotegidas. Nos están lanzando un mensaje, una amenaza: calladitas estáis más guapas, más bonitas. Es lo que siempre han esperado de nosotras: la sumisión. Pero somos bravas, valientes, y alzaremos la voz, nos desgañitaremos gritando hasta quedar afónicas.

Dice nuestra actual Ministra de Justicia que van a formar a todas las personas del ámbito judicial en violencia de género; es vital, porque aunque sé que existen personas instruidas y luchadoras dentro del sistema, éste adolece de empatía y consideración. Justicia patriarcal.

Es absolutamente imprescindible que la violencia sexual contra menores y mujeres sea tratada con especial sensibilidad para poder frenar y castigar este tipo de violencia; y que sea tartada con distinción en el ámbito penal. Es urgente, muy urgente.

Aunque vuestros santos cojones hayan decidido desprotegernos, aunque vuestro rancio cerebro haya reaccionado quemando a las brujas en la hoguera, aunque vuestros medievales actos deseen condenarnos al silencio, vamos a seguir luchando, y ganaremos; estoy segura de ello. Sabéis que somos el 52% de la población y que si paramos, se para el mundo, tenéis miedo y reaccionáis con ira ejercitando el poder, jugáis sucio, pero no nos detendréis. Lucharemos jugando limpio, no soportamos vuestros criterios, vuestras armas. Las nuestras son la igualdad y la sororidad. Quien la sigue la consigue. Ha llegado la hora y lo sabéis. Tembláis y reaccionáis ante vuestra pérdida de privilegios. Actuáis como hienas, amparando a la carroña.

Y vuelvo a pensar en C., freno la impotencia, y me invade la rabia. Así que pienso en vosotras, en nosotras, en cada aliento, en cada determinación, en cada convicción y me lleno de confianza; porque tengo la certeza, la tranquilidad y la esperanza de poder construir una sociedad justa  e igualitaria para todas, para todos. Hasta entonces, seguiremos luchando.