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¿Cómo? ¿Qué? ¿Quién? ¿Cuándo? Las preguntas giran, se agolpan, se repiten como ecos por las gradas. No llegan a mis oídos. Solo noto la agitación, el murmullo que se expande. Desde lo alto del estrado, miro hacia el público. Veo a los hombres revolverse en sus asientos, a las mujeres cuchichear horrorizadas. Los niños juegan. Yo, de niño, pensaba que los adultos eran extraños, de otro mundo.

Solo faltan cinco minutos. Es mi turno. Saturno comprueba la ubicación de sus sicarios. Casi cien hombres se reparten por la sala, dispuestos a expandir una mentira. No veo a mi cuñado. Saturno sonríe, satisfecho. Deja caer su pañuelo. Es la señal. Unos repiten, con escándalo, los hechos falsos, la espoleta. Otros teclean en las redes, difunden, magnifican. Fake news.

Cinco minutos después, las preguntas ocupan todo el aforo. ¿Cómo? ¿Qué? ¿Quién? ¿Cuándo? Cada vez hay menos duda, más certeza. La noticia multiplica sus efectos. Sigo sin saber qué es lo que pasa. Ya veo a mi cuñado, sonríe satisfecho. Me preocupa.

Solo faltan quince minutos. Entro en el estadio, acompañado por los míos, saludando. El público me aclama, mi nombre se repite. ¡Matías, presidente! ¡Matías, presidente! Me dirijo al atril, recoloco el micrófono, bebo un vaso de agua, sonrío, reparto mi mirada por las gradas. Por fin ha llegado el momento. No veo a mi cuñado, no creo que venga, después de lo ocurrido. Juró no volver a verme, nunca.

Tirarse un pedo en misa
Fotografía: Jesús Massó

Quince minutos después, suena el primer insulto ¡Cabrón! Caen más, aislados, como goterones antes de una tormenta ¡Cabrón! ¡Rojo! Suenan al fondo del estadio, allá en lo alto. Comienzan a llover, como pedradas. ¡Cabrón! ¡Rojo! ¡Hijo de puta! No entiendo nada. Saturno se esponja. Hoy o nunca. Es el momento. Sube la temperatura, el ambiente se vuelve sofocante. ¡Ateo! ¡Comunista! Arrecia la tormenta, cada vez más voces se van sumando al coro. Los escasos ¡Matías, presidente! no logran acallar a los sicarios. ¡Matías, dimisión! resuena al ritmo de palmadas.
¿Cómo? ¿Qué? ¿Quién? ¿Cuándo? Como oyes. Un pedo en misa. El alcalde, ese cabrón. Ayer, en la ofrenda a la Patrona. La mentira se detalla, se expande, crece regada por el odio y el despecho. Todos lo escucharon, alguno afirma haberlo olido.

Solo falta una hora. Me arreglo la corbata mientras repaso el discurso. La maquilladora espera, sentada en una silla de tijera. Rechazo el whisky que me ofrecen. Single malt, insisten. No es el momento. Saturno, me imagino, sacude su sotana, esa caspa que le cubre las hombreras. Debería haberme lavado la cabeza, piensa. Ya es tarde. Sus sicarios hacen cola ante el estadio, van pasando los controles, los cacheos. Sin problemas, son gente respetable, conocida. Trajeados, corbata negra, zapatos negros. Luto riguroso en el corazón, en el cerebro.
Una hora después, la situación se me escapa de las manos. Cien redes repiten la noticia. Mil gargantas me gritan al unísono ¡Cabrón! ¡Rojo! ¡Hijo de puta! ¡Ateo! ¡Comunista! ¡Fuera! Son un tornado. Salgo del estadio, solo Huertas y mi escolta me acompañan. Los demás han huido, como ratas. Me abandonan, huelen el naufragio, no hace falta ser muy listos. Huertas calla, cabizbajo. Sabe que estas cosas son así, que no hay diques que paren la mentira. Ahora se trata de minimizar los daños. Subimos al coche, silenciosos. Nos queda una larga jornada de trabajo por delante.

Solo falta un día. Llamo a mi cuñado, un último intento de encontrarnos, de recuperar, si no el cariño, al menos el contacto. No contesta. Pruebo con el teléfono de Huertas. Dígame. Soy Matías, tu cuñado. Cuelga. No perdona, aunque no haya sido mía la culpa. Suya era la paranoia, suya la prisa. No quiso esperar a que aquello terminara.
Un día después, todo sigue igual, o mejor se agrava. Los diarios publican la noticia, con detalles más creíbles que reales. Fue después del discurso de la ofrenda, a micrófono cerrado. Un experto ha leído mis labios, sostienen en los medios. Huertas desmiente, nadie le escucha, pesa más el escándalo. Pido la grabación del programa. No aparece. En la televisión local no se conserva, alguien ha borrado el podcast. Da igual. Mil moscas no se equivocan, les encanta la carroña. Escribo una carta a los diarios, no la publican. ¿Un bando de Alcaldía? Ridículo. Al olor de la basura llegan los buitres, quince cadenas de televisión se instalan frente a mi casa. En la esquina han montado un altar. Fotos de la virgen, flores, velas, rezos. Beatas e iluminados forman una vigilia permanente ¡Han insultado a nuestra madre!, vociferan.

Solo falta una semana. Me llegan noticias de que algo preparan los de siempre, los que nunca aceptaron mi victoria, los que siguen tirando de las riendas. Concejales, comerciantes, militares. El Tenis Club y el Casino, la Hípica. Los de boda con chaqué, ellas mantilla, los eternos cofrades, los que mandan.

Mis espías me cuentan lo que saben, Huertas se preocupa. Son muchos, tienen fuerza, están organizados. Los dirige una hiena carroñera, Don Saturno, cura castrense. Emulando a Fray Gerundio, los arenga con su prosa gongorina, altisonante —No se puede consentir que ganen, con ellos volverá la sangre a las cunetas, el incendio de conventos. Son el demonio— proclama. Sus oyentes asienten, entregados.

No podremos controlarlo todo, el acto será abierto, fin de campaña. Las encuestas predicen mi victoria, aunque ajustada. Cualquier bulo puede arruinarla, cada día que pasa es un triunfo. Por la tarde reviso mi discurso ante el espejo, puliendo cada gesto y cada frase.

“Compañeros”, excluyente. “Compañeros y compañeras”, demasiado largo. “Compañía”, neutro, incomprensible “Gentes de Castrofuerte” ¡solucionado! Y así, palabra por palabra.

Mientras tanto, los conjurados perfilan su plan, me cuenta Huertas. La idea es de mi cuñado, resentido, amigo fiel y compañero hasta que pasó lo que pasó. Una noticia —falsa, por supuesto— explotará en mitad del mitin. Cien personas la difundirán en un instante. Cien sicarios.

La mentira permanece escondida en el secreto, en un rincón de la mente amarga de Saturno. Solo él la conoce, la distribuirá en el último momento. Cero filtraciones, se aseguran. Huertas me confiesa que es imposible colar a nadie, no ya en el grupo dirigente, ni siquiera en la centuria de figurantes. Ni el dinero, generoso, ni las ofertas de empleo o de prebendas doblegan a ninguno de los esbirros. Todos hombres, fanáticos, descerebrados. Cofrades de toda la vida, capataces, cargadores. Al infierno para siempre quien lo cuente.

Una semana después, con los nervios destrozados, uñas mordidas, rompo los últimos papeles. Firmo mi renuncia, irrevocable, eterna. Un último repaso a mi despacho. Me despido de ayudantes, asesoras, empleados, rostros serios, manos frías. Nunca más volveré a la política. Desciendo cabizbajo la escalera, entre estatuas de mármol y pinturas históricas. La Libertad guiando al Pueblo. Una mala copia del Gernika. Mañana seguro que la quitan. Cruzo el vestíbulo entre las miradas, no se sí compasivas o burlonas, de los que fueron mis fieles compañeros. El policía me saluda, como siempre, imperturbable.

En la plaza se me acerca Huertas, la sonrisa cruzándole la cara. ¡Lo encontré! —me grita—. ¿El qué? —contesto en un murmullo— La grabación, nunca dijiste que te gustaba tirarte pedos en la misa.

No le creo. Lo dije, es verdad. Es más, me encanta. Nunca se lo había contado a nadie.

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Arturo martinez 4Fotografías: Arturo Martínez

Con este epíteto se solía referir Homero a este rey de los mesenios, cuyos antiguos dominios queríamos visitar. También le llamaba, entre otras lindezas, “elocuente orador de los pilos”, “aquel cuya opinión es considerada siempre como la mejor” y “Protector de los aqueos”. Debía de ser una buena persona.

El martes salimos de Areopoli hacia Pilos, en un recorrido que podíamos haber hecho en menos de tres horas, pero que nos llevó todo el día. No teníamos prisa, huíamos de las autopistas y carreteras de mucho tráfico, y queríamos ver un par de cosas por el camino.

Abandonamos con pena la península de Mani para acercarnos a Kalamata, la cuna de las mejores aceitunas griegas, capital de la provincia y una de las mayores ciudades del Peloponeso. No es que tuviéramos un interés especial en esta ciudad, pero era paso obligado para llegar a la primera escala que teníamos prevista: Messini, la que fue capital del reino de Mesenia desde el siglo IV hasta el II ANE. Pero mucho antes, en uno de los pueblos maniotas que cruzamos a primera hora de la mañana y que creo que se llamaba Lagkada, vimos una iglesia bizantina con buen aspecto ¡y con la puerta abierta! No es que los popes ortodoxos hubieran cambiado su política de puertas cerradas, sino que una inglesa, residente en la localidad desde hacía años, se había empeñado en sacar a la luz y restaurar los frescos que cubrían su interior. Financiada casi exclusivamente con donaciones particulares, creo que a la obra le quedan muchos años por delante.

Más de una hora estuvimos cruzando olivares, el monocultivo de la zona, y recorriendo carreteritas secundarias hasta que en las faldas del monte Ithomi encontramos Mavromati, la aldea junto a la cual se alzan las ruinas de la antigua Messini. Llegamos casi de casualidad, gracias al mapa de carreteras, porque el navegador se empeñaba en llevarnos a otra Messini, a veinte kilómetros de distancia, que también tenía al lado un pueblo llamado Mavromati.

Aunque todavía eran las once cuando iniciamos la visita, el sol ya caía inclemente. Además, todo el recorrido había que hacerlo al sol; aquí no habían plantado los olivos, plátanos y robles que tanto se agradecían en otras excavaciones. Un solo árbol, un olivo no muy grande, protegía un banco en el extremo norte del estadio, y había cola para ocuparlo.

La región fue invadida en el siglo VII ANE por los espartanos, que convirtieron a sus habitantes en ilotas, en siervos. Muchos huyeron a Sicilia, donde fundaron la actual Mesina, pero los demás tuvieron que esperar trescientos años hasta que un general tebano, Epaminondas, los liberara y fundara la ciudad que íbamos a visitar. Y solo doscientos años más tarde cayeron en manos de Roma.

En lo que quedaba de la ciudad destacaban el teatro, uno de los estadios más grandes de la Grecia clásica, y un largo paseo porticado, paralelo al Ágora y decorado en su día con fuentes y estatuas. Este último espacio, que en la mayoría de las ciudades griegas estaba ocupado por tiendas, talleres y tabernas, lo usaban los mesenios para pasear, charlar y cotillear. Allí vimos el caso de estandarización más antiguo que he conocido jamás. Para asegurarse de que en la reparación de un tejado las tejas de cualquier alfarero encajaran bien en los huecos dejadas por las que se hubieran roto, los mesenios habían fabricado un patrón de mármol al que tenían que tenían que ajustarse todas las tejas que se fabricaran en sus dominios.

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Al cabo de dos horas y media ya no soportábamos más el calor y las piedras, y dejamos Messini para dirigirnos a la bahía de Navarino; buscando, como siempre, las carreteras secundarias. Después de cruzar varios pueblos sin un mal cafetín a la vista y en los que aparentemente todos los vecinos estaban durmiendo la siesta, llegamos a uno un poco más grande, en cuya plaza mayor había varios cafés con terrazas. En uno de ellos nos indicaron el único sitio en el que servían comidas, justo enfrente del ayuntamiento.

Con el hambre que teníamos se nos hizo la boca agua al ver los nombres de los platos rotulados en la cristalera: cordero asado, bisté, bacalao, pinchos… Pero como en muchos restaurantes griegos, aquel menú era un mero recuerdo de tiempos mejores, y la realidad era un poco más triste. No tenían carta, ni en griego ni por supuesto en inglés, pero con la ayuda de un funcionario municipal que mataba el tiempo en el bar de al lado y un niño, hijo de la dueña, a la vez orgulloso y avergonzado de demostrar sus conocimientos de inglés, nos fuimos entendiendo.

Claro que podíamos comer allí, por supuesto. ¿Qué nos apetecía? Escaldado por experiencias anteriores les pregunté:

-¿Qué nos pueden ofrecer?

-Spaghetti con carne picada

-¿Y algo más?

-Sí, claro, ensalada y pan.

Resumiendo, acabamos devorando una ensalada de tomates y pepinos recién cogidos de alguna huerta, y unos generosos platos de spaguetti fríos con carne de cordero picada. Eso sí, el aceite de oliva era delicioso, rodeados como estábamos por olivares en decenas de kilómetros a la redonda. Y el vino era eso, vino, y mejor no ponerle muchos adjetivos, porque seguro que serían poco elogiosos; claro que a seis euros el kilo tampoco podíamos exigir mucho. Porque en Grecia el vino a granel lo venden al peso, aunque en ningún restaurante he visto una báscula. Te ponían una jarra, de vidrio en los locales más elegantes y de aluminio anodizado en los más populares, y te aseguraban que te habían servido medio kilo de tinto. Y si pedías sólo una copa, te la llenaban hasta el borde y te cobraban un cuarto de kilo.

Después de comer y de pagar una cuenta ridícula hicimos otro largo recorrido entre olivares hasta llegar a Hora, en cuyas cercanías se conservan los restos del palacio de Néstor. El mismo Néstor que viajó con los argonautas a la Cólquida en busca del vellocino de oro, que luchó contra los centauros, que participó en la batalla de Troya al lado de los aqueos y que alojó en su casa a Telémaco, el hijo de Ulises. En ningún sitio como en Grecia se mezclan tan fluidamente la historia, el mito y la literatura.

Porque por muy mitológica que nos parezca su figura, por mucho que la leyenda cuente que llegó a rey gracias a que Hércules mató a su padre y a sus hermanos, resulta que existió y que su palacio se encuentra no muy lejos de Pilos, la capital de su reino.

Tampoco es que se conserven grandes muros ni mosaicos fastuosos; a fin de cuentas Néstor era micénico, pertenecía a la cultura minoica y su palacio estaba construido como todos los de su época: piedra para los cimientos, madera para vigas y columnas, y barro para el pavimento y las paredes, decoradas luego con frescos muy coloristas.

 

Protegido por una gran cubierta autoportante por la fragilidad de sus materiales, pudimos contemplar el trazado de los muros, las huellas de las bases de las columnas, la bañera real, el gran hogar que presidía el salón del trono, los almacenes de aceite (de oliva, por supuesto), la sala en la que se guardaba la enorme vajilla real, y los archivos.

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Los micenios tenían una excelente costumbre: registraban deudas, impuestos y gastos en tablilla de barro que archivaban con mucho cuidado en estanterías de madera y que destruían sistemáticamente al cabo de un año. Algo así como el borrado de los discos duros de Bárcenas.

Leímos en los paneles indicativos que los frescos que se encontraron en el palacio se conservaban en el Museo Arqueológico Nacional de Atenas. No quedamos con la ilusión de tener suerte y poder verlos cuando llegáramos a la capital.

Hicimos noche en Pilos, en la bahía de Navarino, un magnífico puerto natural. Es una ensenada de unas tres millas de ancho por dos de profundidad, con dos entradas separadas por la isla de Esfacteris, que protege a los buques de los temporales. La entrada sur, la más amplia y cercana a la ciudad la controlaba el castillo de Neokastro, una preciosa fortaleza renacentista construida por los turcos en el siglo XVI, justo tras la derrota que sufrieron en la batalla de Lepanto. En la Segunda Guerra Mundial fue cuartel general de las tropas de ocupación alemanas.

La otra entrada, mucho más estrecha, estaba dominada por Paleokastro, un castillo que levantaron los francos en el siglo XIII sobre las ruinas de la acrópolis de la antigua Pilos, y que fue abandonado tras la construcción de Neokastro. Justo debajo de Paleokastro se encuentra la llamada Cueva de Néstor, donde según Pausanias el dios Hermes escondió el ganado que le había robado a su hermano Apolo. Como podéis comprobar, los dioses griegos se parecían mucho a los griegos de su época: libertinos, ladrones, asesinos, incestuosos y hasta cuatreros.

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Cenamos en uno cualquiera de los muchos restaurantes que bordeaban el puerto. Los boquerones estaban muy frescos y de buen tamaño, pero los mosquitos los superaban en número y en agresividad.

Mientras cenábamos recordamos la batalla de Navarino, que no tiene nada que ver con la de Navarone. En la bahía que teníamos delante tuvo lugar en 1827 una moderna reedición de la batalla de Lepanto. Doscientos cincuenta años después se volvieron a enfrentar las flotas cristiana y musulmana; por el lado que podríamos llamar cristiano ingleses (protestantes), franceses (más bien agnósticos) y rusos (ortodoxos) combatieron contra turcos, egipcios y tunecinos. El triunfo de la escuadra cristina significó el fin del poderío naval otomano y permitió que Grecia alcanzara la independencia al año siguiente.

Como el miércoles no teníamos nada que hacer, decidimos pasar la mañana en la playa. Antes de dirigirnos a Olimpia, que estaba al norte de Pilos, condujimos doce kilómetros rumbo sur, buscando la fortaleza de Methoni. Al tratarse de un punto de escala importante en la ruta a Tierra Santa (y sobre todo en el comercio con Oriente), su historia es muy similar a la de tantas otras ciudades de la costa del Peloponeso, pero con un añadido importante: cuando los argivos o aqueos destruyeron la ciudad de Nauplio, a quienes huían de ella los espartanos les ofrecieron asilo en este islote, después de expulsar a los mesenios que vivían aquí.

Con una geografía muy favorable para su defensa, al tratarse de un islote escarpado unido a tierra por un istmo de arena, los naupliotas resistieron cuatro siglos, incluso frente a los ataques de la flota ateniense o de los piratas ilirios. Lo que no pudieron impedir fue el desembarco de los romanos, de cuyas manos el islote pasó luego a los bizantinos. Así siguió hasta el siglo XII, cuando la tomaron los venecianos y construyeron las fortificaciones que se contemplan hoy en día. Varias veces cambió de manos entre venecianos y otomanos, hasta la independencia de Grecia. En la actualidad la fortaleza está abandonada y deshabitada, aunque conserva el foso atravesado por un puente de piedra, fuertes, bastiones, la catedral veneciana y los baños turcos.

Desde el fuerte vimos junto al pueblo moderno la playa perfecta. Arena limpia, poca gente, sin viento ni olas, y con tumbonas y sombrillas de alquiler. Aunque si hacías alguna consumición del cercano chiringuito del Methoni Beach Hotel podías conseguir un usufructo ilimitado de las tumbonas. Un par de horas nos quedamos allí, bañándonos con el fuerte a nuestra derecha y las islas de Adelfas, Schizos y Venetikó enfrente.

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Dejamos Methoni con pena, prometiéndonos volver algún día, aunque tengo que confesar que me llevé la satisfacción de haber encontrado una pista muy tenue sobre Eliseo Rekalde, el mítico personaje a cuya búsqueda llevo dedicándome bastantes años.

Nuestro próximo destino sería Olimpia, pero esa es otra historia

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Arturo martinez 6Fotografías: Arturo Martínez

Después de dos semanas rodando por el Peloponeso llegamos por fin a Atenas. Habíamos alquilado un apartamento en el barrio de Thision, Teseo, a los pies de la colina de Pnyx, a quinientos metros del Ágora antigua y un kilómetro del Partenón. Era una zona tranquila, que fue muy elegante hace cien años, con pocos coches y muchos cafés, ideal para recorrer andando el centro de la ciudad. El barrio se mueve hoy en día entre la ruina y la renovación, conserva a sus habitantes originales y no ha sufrido la avalancha turística de Monastiraki o Plaka.

Salimos a dar un primer paseo, una simple toma de contacto con la ciudad. La calle Apostolou Pavlou, que servía de límite al parque Thision, mostraba un claro ejemplo de desgobierno municipal y desprecio a los peatones. Tenía unas amplias aceras de mármol acondicionadas para personas discapacitadas, pero el noventa por ciento del espacio peatonal estaba ocupado por enormes terrazas de bares, contenedores de basura o de escombros, motos y hasta coches aparcados. Alguien había arrancado impunemente varios bolardos de fundición que impedían el acceso de vehículos, me imagino que para ejercer su sacrosanto derecho a aparcar en la puerta de su casa. El resultado era que los peatones teníamos que circular por la calzada esquivando a los vehículos. Y los policías municipales patrullaban por allí mirando al cielo. No ver, no oír, no hablar.

El parque Thision me sorprendió por la cantidad de gente que lo había convertido en su hogar, igual que me había pasado en el parque de Ueno en Tokio. Por todas partes había colchones, carritos de supermercado con equipajes precarios, tendales improvisados entre los árboles… Lo que más me impresionó fue una cama de matrimonio que compartían dos hombres, uno de ellos en silla de ruedas. Aquellos árboles cobijaban a su sombra muchas historias, a cual más triste.

Este primer contacto con Atenas me echó para atrás, aunque me prometí a mi mismo darme un plazo de veinticuatro horas antes de tomar postura. Porque además de lo que acabo de contar, aquella primera tarde me trajo una inmersión en lo que significa la invasión del turismo. En la calle Adrianou, que corría en paralelo a las vías del tren suburbano entre las estaciones de Thisio y Monastiraki, absolutamente todos los bajos comerciales eran bares o restaurantes, que con sus terrazas ocupaban más del ochenta por ciento de la calle. Y caminar por el veinte por ciento restante era francamente molesto, esquivando a turistas despistados pero sobre todo a los camareros, empeñados en que entraras en su restaurante a toda costa. Y por en medio vendedores ambulantes, mendigos, músicos callejeros… Ni una sola vez nos sentamos en una de aquellas terrazas, por muchas vistas a la Acrópolis que ofrecieran.

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Llegamos a continuación a la zona de Monastiraki, que tampoco era demasiado atractiva. Parecía una mezcla de las calles Carretas y  Montera de Madrid, con comercios pasados de moda, montañas de basura, muchos locales en venta o alquiler y otras muestras de decadencia. Y las pocas terrazas que había tenían la música a toda pastilla, con lo que se hacía difícil encontrar un sitio tranquilo en el que descansar y mirar el ambiente callejero desde la barrera. Por mucho que las calles llevaran los nombres de Praxíteles, de Pericles, o de otros ilustres atenienses, Atenas no me estaba causando buena impresión.

Menos mal que al día siguiente contemplé la ciudad con otros ojos, y acabó conquistándome. Había hecho bien en esperar.

No voy a describir aquí la Acrópolis, el Museo Arqueológico Nacional ni otros atractivos turísticos. Mucha gente lo ha hecho antes y mucho mejor de lo que podría hacerlo yo. Solo narraré alguna anécdota, alguna impresión.

Por ejemplo, la visita a la Librería Española Nikolopoulos, en el 32 de la calle Omirou. A mi cuñada se le había acabado la lectura, y la acompañé hasta allí para reponer fondos. Cuando entramos, pensamos que nos habíamos equivocado de puerta y que estábamos en el almacén: pilas de cajas llenas de libros obstruían casi totalmente el paso, mientras que las mesas y las estanterías adosadas a las paredes parecían a punto de derrumbarse y dejarnos sepultados en un océano de libros. Libros escritos mayoritariamente en castellano (o en griego sobre temas hispanos), pero también en portugués, alemán o catalán. Desde éxitos de venta hasta tebeos antiguos para coleccionistas, desde cuadernos escolares hasta clásicos populares, desde guías sobre Grecia o España hasta cuentos infantiles, todo cabía en aquella cueva del tesoro.

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Cuando dudábamos si marcharnos o adentrarnos en el laberinto, salió de detrás de una montaña de libros no el terrible Minotauro sino la encantadora Dina Nikolopoulos. Nos acogió estupendamente, nos recomendó varios libros de escritores griegos actuales traducidos a nuestro idioma, y durante casi una hora contestó a nuestras preguntas en un excelente español. Hasta nos aclaró por qué era tan caro tomarse un café, la bebida nacional griega. Resultaba que por una parte el gobierno griego gravaba el café con el tipo máximo de IVA, el 24% (los libros, por cierto, pagaban solo el 6%); por otro lado, como los griegos tenían la costumbre de pedirse un café y estirarlo durante un par de horas, los hosteleros cargaban un precio mínimo a todas las consumiciones, algo así como una tasa por uso y disfrute del mobiliario. Y claro, el café acababa costando más de tres euros, cantidad muy elevada para el nivel salarial del país.

Nos marchamos de la librería con pena, pero cargando con varios libros y dejando atrás una amistad que espero se mantenga. No pude dejar de recordar a Teresa, mi librera de cabecera en Cádiz, hoy en día jubilada para su felicidad y mi desgracia.

El martes aprendimos otra palabra en griego de las que creo que no olvidaré nunca. Después de describirle en griego y con mucha dificultad a la camarera como queríamos el café frappé (sin leche, con dos cucharadas de azúcar), lo apuntó en su cuaderno y luego nos preguntó: “¿Tría café kanonikós?” Evidentemente, kanonikó significaba normal, de acuerdo con el canon, como Dios manda.

En Grecia tienen la excelente costumbre de montar al lado de cada recinto arqueológico de cierta importancia un museo, en el que se exhiben las piezas encontradas allí. Solo los objetos excepcionales se trasladan al Museo Arqueológico Nacional. Así, en el Ágora Antigua (la moderna es la romana) tienen un pequeño museo. Por su relación con el lugar, cuna mundial de la democracia, me llamaron la atención tres objetos.

En primer lugar, los fragmentos de ánforas con nombres inscritos me recordaron la excelente práctica del ostracismo, la votación por la cual se desterraba durante diez años al ciudadano que ganara la votación. Me dieron ganas de lanzar una recogida de firmas en change.org para pedir su implantación en España; mientras tanto me iré haciendo una lista de candidatos y candidatas, porque la votación estoy seguro de que sería muy reñida. Ya me imaginaba la campaña electoral: “Por tu salud y tu trabajo, manda a **** al carajo”. Me temo que la participación batiría récords, muy por encima de la de una votación tradicional.

El segundo objeto que me encantó fue una clepsidra que se utilizaba en los juicios para limitar el tiempo de las intervenciones de las partes a un máximo de seis minutos. Se trataba de dos recipientes de piedra colocados el uno sobre el otro. Se llenaba de agua el de arriba hasta rebosar y cuando el orador comenzaba a hablar se le quitaba el tapón. El agua iba cayendo al barreño de abajo, y cuando terminaba de caer el que estaba hablando tenía que callarse, hubiera terminado o no. Aquellos sí que eran de verdad juicios rápidos.

El tercero y último era un artilugio para elegir a los componentes de los jurados populares. En una losa vertical de mármol habían tallado diez o doce filas con nueve ranuras cada una, y en cada ranura se introducía una lámina de bronce con el nombre de un ciudadano, procurando que en una misma fila no hubiera dos personas del mismo clan. De un tubo opaco lleno al azar con bolas blancas y negras se dejaba caer una bola para cada fila de ranuras, como en la bonoloto. Si la bola era negra, todos los nombres de esa fila quedaban descartados; en cuanto salía una bola blanca la fila correspondiente conformaba el jurado. Y todo esto en el siglo V ANE.

Al terminar la visita al Ágora cogimos un taxi para volver a casa, pero el taxista no conocía nuestra calle. Cuando vio que yo llevaba un teléfono con navegador se le iluminó la cara. Señaló primero al teléfono, luego a mí y gritó “¡Komando, komando!” Al final entendí que quería que yo le dirigiera a él usando las instrucciones del navegador. Antes de arrancar el coche todavía me explicó gráficamente cómo se decía en griego “a la derecha” (dextriá) y “a la izquierda” (arioterá). Por ese sistema y con grandes carcajadas por ambas partes conseguimos llegar a casa, eso que por el camino nos encontramos una calle cortada por obras.

El miércoles lo dedicamos a la imprescindible y agotadora visita al Museo Arqueológico Nacional, que celebraba el 150 aniversario de su fundación. Ya sé que no es elegante escribir números mediante cifras, pero es que lo de poner centésimo quincuagésimo (lo he buscado en internet) me parece demasiado pedante. Y lo de agotadora lo puedo demostrar.

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Volviendo al museo, pese a los años que tiene está razonablemente bien señalizado y es fácil de ver. Aunque todavía quedan algunas (pocas) vitrinas en que la relación entre cada pieza expuesta y su texto explicativo viene dado mediante el código de inventario, y aunque la ordenación de las piezas por salas en general es por arte (escultura, pintura, orfebrería…) y no por época, se nota que el personal está orgulloso de su trabajo, y responden en inglés a cualquier pregunta que se les haga, tanto sobre la ubicación de las diferentes salas como sobre detalles técnicos o históricos de las obras expuestas.

Las piezas, seleccionadas entre las miles y miles encontradas en toda Grecia, son excepcionales. Me gustaron especialmente las de la cultura cicládica, de entre los siglos XXIII y XVII ANE, con una sencillez de formas y una modernidad que podrían haber firmado Modigiliani o Jean Arp. En la isla de Thera, la actual Santorini, se han encontrado restos de una ciudad con casas de hasta tres pisos, destruida por una gigantesca erupción volcánica en el XVI ANE. Tan grande fue la explosión que desapareció gran parte de la isla, e incluso se le atribuye el principio de la decadencia de la cultura minoica, cuyo centro se ubicaba en Creta, ciento cincuenta kilómetros al sur. Los frescos que se han conservado bajo las cenizas volcánicas también sorprenden por su elegancia y modernidad. Creo que las islas Cícladas serán el destino de mi siguiente viaje a Grecia.

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Por la tarde hicimos un poco de turismo alternativo, paseando por el barrio de Exarchia, epicentro de las protestas antigubernamentales desde la dictadura de los coroneles y muy cercano al museo de la mañana. Calles en cuesta que subían hacia la colina de Strefi, travesías peatonales llenas de vegetación, grupos de jóvenes que charlaban sentados en cualquier escalón, casas cubiertas de grafiti hasta el segundo piso, cientos de carteles convocando a decenas de manifestaciones (feministas, antirracistas, antifascistas, en defensa de los refugiados o de la okupación de edificios), cines alternativos, tiendas alternativas, bares alternativos, rastas, camisetas del FZLN… La venganza del poder contra este barrio autogestionario se veía en primer plano: Montañas de basura sin recoger, ausencia casi total de alumbrado público, nula presencia policial…

Los residentes del barrio, muchos de ellos estudiantes del vecino Politécnico y con una fuerte presencia anarquista, gestionan como pueden algunos de estos aspectos de la vida cotidiana. Por ejemplo, han logrado erradicar de sus calles el tráfico de drogas.

Por el barrio nos encontramos desde viviendas en ruinas hasta edificios de clase media alta, pasando por todos los escalones intermedios: casas antiguas rehabilitadas o no, edificios públicos abandonados u okupados, chalecitos del siglo XIX con el jardín sembrado de tomateras y pisos para estudiantes o trabajadores. Pese a la mala fama del barrio y a la oscuridad de las calles a partir de la puesta del sol, en ningún momento nos sentimos en peligro ni notamos mal ambiente.

Ya se veía venir el final del viaje, y había que apretar el acelerador para exprimirlo hasta la última gota. El jueves por la mañana, en un largo paseo por la ladera norte de la Acrópolis, recorrimos tantos yacimientos arqueológicos que ya no me cabía ni uno más en la cabeza. Por lo menos casi todos eran de la época romana, que ahora vemos como un breve accidente en la extensa e intensa historia griega. Visitamos el Ágora romana, mucho más pequeña que la griega, la Torre de los Vientos, con sus ocho relojes de sol, la Biblioteca de Adriano, que solo en su sala principal llegó a almacenar 16.800 papiros, la linterna de Lisícrates y el Arco de Adriano. A lo largo de la mañana iban creciendo en paralelo el calor y nuestro agotamiento. El último monumento, el templo de Zeus Olímpico, nos limitamos a observarlo desde lejos, a través de una verja. Tendríamos que haber caminado doscientos metros bajo el sol y no fuimos capaces.

Y para mitigar el calor, ¿qué mejor que una buena ración de tripas de cordero? Un par de días antes habíamos descubierto una taberna muy cerca de nuestro apartamento, en la que habíamos tomado unas espléndidas chuletas de cordero y nos habíamos quedado con las ganas de probar las tripas, que solo servían en raciones de medio kilo. Por desgracia, cuando llegamos al local nos encontramos con que habían cerrado definitivamente y que estaban retirando el mobiliario. En el fondo creo que tuvimos suerte, un platazo de tripas de cordero a treinta grados a la sombra nos podía haber dejado para el arrastre.

Al atardecer fuimos a conocer Kolonakis, el barrio en el que viven los atenienses que viven bien. Por las aceras, en las aceras, solo nos cruzábamos con gente con pinta de haber vivido toda la vida sin preocupaciones, y de que seguirían así gobernara quien gobernara. No había supermercados, solo delicatesen, no había estancos sino tiendas de puros, no había panaderías sino boutiques del pan. El resto de los locales comerciales se repartía entre joyerías de alto diseño y precios en consonancia, y tiendas de ropa de diseñadores griegos. De vez en cuando asomaba una marca de moda de primera línea mundial: Bulgari, Comme des Garçons… Ni un turista, ni un inmigrante; todo quedaba en casa. El polo opuesto a la ácrata Exarchia.

El viernes tocaba descanso; María había forzado demasiado la máquina en los últimos días y el tendón de Aquiles que se había roto en la Chapada Diamantina le dolía demasiado. Así que desayunamos más tarde de lo habitual y por la mañana nos limitamos a una breve visita al recinto arqueológico de Keramikós, a pocos minutos de nuestro apartamento.

El lugar no es espectacular como la Acrópolis o el Ágora antigua, pero tiene un encanto especial. Solitario, se extiende a ambos lados de un tramo de unos doscientos metros de la muralla de Temístocles, justo en la zona en la que enlazaba con los llamados Muro Largos, que protegían la ruta de ocho kilómetros que comunicaba con el puerto de El Pireo. Ni Atenas, ni Esparta, ni Argos, ni Delos, ni siquiera Corinto, eran puertos, sino que se ubicaban a varios kilómetros de la costa. La explicación de por qué tantas ciudades de la Grecia continental se levantaban lejos del mar parece estar en el recuerdo de los asaltos piratas de la Edad Oscura (1100-750 ANE).

Dentro del recinto arqueológico, por el lado exterior de las murallas, se encontraba lo que en los siglos V y IV ANE fue el principal cementerio de Atenas. En torno a la Vía Sacra se extendía un terreno bastante irregular repleto de monumentos funerarios de estilos bien diversos. Aunque los originales de las esculturas y relieves de mayor valor se encontraban en el museo adyacente o incluso en el Arqueológico Nacional, la mezcla de elementos originales y copias en cemento daba una perfecta impresión de cómo había sido el cementerio hacía más de 2.500 años. Los senderos sin pavimentar y la vegetación de cipreses, laureles e higueras nos ayudaba a entrar en ambiente; no era difícil imaginarse los cortejos de plañideras profesionales que acompañaban los enterramientos. Una gran tortuga griega que se desplazaba lentamente entre las piedras parecía llevar allí desde el origen de los tiempos, o por lo menos desde la famosa paradoja de Aquiles y la tortuga.

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Había tumbas muy sencillas, marcadas simplemente con una piedra cilíndrica con el nombre del difunto, el de su padre y el apellido familiar. Otros necesitaban adornar sus tumbas con jarros de piedra de hasta dos metros de alto, grandes relieves y hasta una escultura enorme de un perro moloso.  Me emocionó especialmente la tumba de una abuela con su nieta, con la siguiente inscripción: “Sostengo aquí a la amada hija de mi hija, a la cual llevé en mis rodillas cuando estábamos vivos y veíamos la luz del sol, y ahora, muerta, la sostengo muerta”.

Nos aproximamos luego a las fortificaciones, que Temístocles tuvo que reforzar apresuradamente en un momento en el que se temía un ataque inminente de los espartanos. Tanta prisa tenía que se desmontaron muchos de los monumentos funerarios anteriores para recrecer con sus restos los tramos más débiles de las murallas.

En este sector de la muralla quedaban restos de las dos puertas más importantes de Atenas, situadas muy cerca la una de la otra: La de El Pireo y la Sacra, que a través de la vía del mismo nombre comunicaba la Acrópolis con el santuario de Eleusis, a más de veinte kilómetros de distancia. Todavía se podían ver las huellas talladas por las ruedas de los carros en las losas del pavimento.

Pegado a las murallas por su interior estaban las ruinas del Pompeión, un enorme gimnasio en el que todos los años se preparaba la gran procesión panatenaica, la misma que aparece representada en el friso del Partenón. El cortejo, encabezado por cuatro vírgenes de las mejores familias atenienses, partía de aquí y cruzaba el Ágora antigua para subir hasta el Partenón.

La última noche en Atenas, a modo de despedida temporal, decidimos rendirle homenaje al comisario Kostas Jaritos, el protagonista de las novelas policiacas de Petros Márkaris. Cada vez que  el policía y su mujer Adrianí tenían algo importante que celebrar, ella insistía en ir a cenar a la taberna O Platanos, en una plazuela perdida en el laberintico barrio de Plaka. Yo pensaba que era un lugar inventado, un mero recurso literario, pero en uno de nuestros paseos anteriores nos habíamos dado de bruces con el establecimiento y decidimos volver para la cena.

Desde nuestro apartamento, ya al anochecer, dimos un paseo perfecto: a la derecha teníamos una visión sin obstáculos de la Acrópolis iluminada, mientras que a la izquierda se iban sucediendo las dos Ágoras, la Biblioteca de Adriano y la Torre de los Vientos a lo largo de un sendero sinuoso rodeado de árboles.

O Platanos era un local no muy grande, con un comedor absolutamente vacío. Pero sus mesas al aire libre ocupaban gran parte de la plaza Diógenes, y no era fácil encontrar sitio. Como restaurante, O Platanos no era sobresaliente, pero tampoco estaba mal. La musaka era deliciosa, con su punto de canela, pero las chuletas de cordero parecían cortadas por un aprendiz de carnicero, por un becario muy mal pagado, y sabían demasiado a carbón. Un lugar perfecto para que Adrianí presumiera de que ella cocinaba mucho mejor, y Jaritos, entregado, le diera la razón.

El sábado antes de las doce teníamos que dejar libre el apartamento, así que mi cuñada Miya y yo aprovechamos para las compras de última hora. Lo más difícil de encontrar fue una jarra de aluminio anodizado de las que usaban en los restaurantes baratos para servir el vino de la casa. Tras mucho preguntar (no sabíamos cómo se llamaban en griego estas jarras), llegamos a la calle Athinas, cuyos bajos se dedicaban casi en exclusiva a las ferreterías y locales más menos afines: fontanerías, ortopedias, material militar, librerías de viejo… Al cabo de un rato y después de haber entrado en varios locales sin conseguir hacernos entender, vimos que en la puerta de un establecimiento colgaba un gran surtido de jarras de todos los tamaños y colores. Allí compré un katrucho, que así se llamaba, de un litro, que me dejaron a cinco euros con el descuento. Lo utilizaré en la cena griega que organizaremos pronto, para sacar a la mesa un Don Simón bien frío y reproducir fielmente los malos vinos que he sufrido en esta tierra maravillosa.

Con esto término el relato de mis andanzas por Grecia, que espero que os hayan entretenido. Yo he vuelto con nostalgia, el regalo de despedida del idioma griego. Si nostos significa retorno y algos dolor, nostalgia es el dolor o la pena por estar ausente.

Y no, no hay otra historia. Por lo menos por ahora, ya que los próximos meses los quiero dedicar a investigar la pista sobre Rekalde que encontré en Methoni.

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Arturo martinez 5Fotografías: Arturo Martínez

El viernes parecía que iba a ser un día perdido. Teníamos que desplazarnos desde Olimpia hasta Delfos, unos doscientos cincuenta kilómetros en los que aparentemente no había gran cosa que ver.

Hasta Patras nuestros temores se iban cumpliendo. Íbamos por una carretera en muy buen estado pero con muchísimo tráfico y sobre todo con unos conductores que en su mayoría no respetaban las normas de tráfico. No hablo ya de los límites de velocidad sino de los adelantamientos en doble raya continua en una curva sin visibilidad, de los autobuses que nos acosaban porque íbamos sólo a setenta en un tramo limitado a cuarenta, de los tractores que maniobraban en plena carretera para girar en redondo, de los dobles adelantamientos simultáneos en un tramo con un solo carril por sentido… Dicen que Grecia es el país de la Unión Europea con mayor tasa de siniestralidad; visto lo visto me lo creo plenamente.

Poco después de Patras cruzamos el golfo de Corinto por el puente de Rio – Antirio. Construido por el mismo sistema de torres y cables que el de La Pepa en la bahía de Cádiz, es con mucho el puente colgante más largo del mundo; mientras que el de Cádiz cuenta con dos grandes torres de las que cuelgan los cables de suspensión, el de Patras tiene cuatro torres. Y cuatro han sido también los años que se tardó en construirlo. Los griegos lo terminaron a tiempo para que pasara por él la antorcha olímpica cuando las Olimpiadas de Atenas del 2004, no como el de Cádiz, previsto para los fastos del 2012, inaugurado sin terminar en 2015, y todavía sin rematar en 2017.  Y por cierto, en el de Patras hay carril peatonal y se permite la circulación de bicicletas.

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Con 2.250 metros de largo colgante, 57 de gálibo y 560 de vano, supera ampliamente al de La Pepa en todos los aspectos salvo en el gálibo (doce metros menos) y el tiempo de construcción (tres años más corto).

Después de cruzar el puente y ya en la región de Fócida, seguimos camino hacia Delfos hasta que una señal de carretera nos llamó la atención: indicaba “Nafpaktos – Lepanto”. Recordamos entonces que la famosa batalla de Lepanto había tenido lugar en el golfo de Corinto, y decidimos seguir las señales pensando que llegaríamos al escenario de la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros, como escribió Cervantes en el prólogo a la segunda parte de El Quijote.

Cuando llegamos al pueblo de Nafpaktos nos encontramos con un puertecillo no más grande que el de Cabo Roche, pero perfectamente defendido y conectado por una gruesa muralla a una fortaleza que se levantaba en un monte cercano.

Subimos a la fortaleza y el guarda nos explicó que la batalla había tenido lugar a unas treinta millas náuticas al oeste, frente al delta de Missolonghi. También sabía perfectamente que el almirante de la escuadra cristiana se llamaba Juan de Austria y que en la batalla había perdido una mano Cervantes.

En realidad, Nafpaktos (Lepanto para los venecianos) no había sido más que la base frente  la que se había concentrado la flota otomana.

En un bando se alineaban trescientos buques españoles, venecianos, genoveses, malteses, toscanos y saboyanos, con cien mil hombres a bordo; y en el otro, mandados por Alí Bajá, otros trescientos buques con ciento veinte mil hombres. Los comandantes españoles eran Álvaro de Bazán (andaluz, Conde de Santa Cruz), Luis de Requesens (catalán, gobernador de los Países Bajos), Juan Andrea Doria (genovés, príncipe de Melfi) y Alejandro Farnesio (romano, duque de Parma).  Es muy representativo del espíritu de la época que tanto Juan de Austria como Alejandro Farnesio fueran hijos ilegítimos de Carlos I de España y V de Alemania. Adulterio y nepotismo a partes iguales.

La derrota absoluta de la escuadra otomana significó un freno a su expansión en el Mediterráneo oriental y un obstáculo importante a la actividad de los corsarios berberiscos.

En el minúsculo puerto de Nafpaktos (no creo que hubieran cabido más de dos o tres trirremes) nos tomamos unos cafés mirando al mar, y luego reemprendimos el camino hacia Delfos. Pero se echaba encima la hora de comer, por lo que al cabo de no mucho tiempo nos desviamos de nuevo hacia la orilla del golfo de Corinto.

Esta vez llegamos a Galaxidi, un pueblecillo sin fortificar pero con un bonito puerto natural, una ensenada muy estrecha bordeada al sur por una colina cubierta de pinos y al norte por las casas del pueblo, con una fila ininterrumpida de restaurantes marineros. Descartamos uno que alardeaba de pescado fresco (dime de qué presumes y te diré de lo que careces) y elegimos otro cualquiera. Calamares, boquerones y una ensalada de lechuga nos levantaron el ánimo, y gracias a eso pudimos cruzar el inmenso olivar de Itea y trepar hasta Delfos por una carretera en zigzag.

A la mañana siguiente nos volvió a tocar levantarnos temprano para llegar al recinto arqueológico en cuanto abriera; gracias a esa táctica evitábamos a la mayoría de los grandes grupos que llegaban en autobús desde Atenas o directamente desde los cruceros atracados en el puerto de El Pireo.

Según la leyenda, en el siglo VII ANE el propio Apolo ordenó a unos marineros cretenses que construyeran el primer santuario, bajo la promesa de que “conocerían los pensamientos secretos de los dioses inmortales”. Ya en su día Zeus había determinado que en este lugar estaba el centro del mundo, por el poco científico método de lanzar dos águilas a volar en direcciones opuestas. Desde el punto del cielo en el que confluyeron de nuevo, Zeus dejó caer el Ónfalos, la piedra que se había tragado Cronos. El pedrusco, considerado el ombligo del mundo, fue a caer precisamente en Delfos, donde se conservó durante siglos.

En los primeros tiempos del santuario la ceremonia del oráculo solo tenía lugar una o dos veces al año, o a petición de alguna persona muy importante. Pero la fama del santuario creció, las peticiones aumentaron, y la ceremonia acabó celebrándose casi todos los días.

La Pitonisa, la encargada de las adivinaciones, era la sacerdotisa de la mítica serpiente Pitón, que había habitado allí cerca hasta que la mató Apolo. Se metía en un sótano bajo el templo de Apolo, junto al Ónfalos, y respiraba unos gases que salían por una grieta del suelo (o según otra versión, una mezcla intoxicante de humo de laurel y de harina de cebada). Poseída por Apolo respondía mediante movimientos convulsivos y sonidos inarticulados a las preguntas que se le hacían. Los sacerdotes del templo se encargaban de interpretar esos movimientos y sonidos a la luz de las preguntas recibidas.

Parece ser que las respuestas eran lo suficientemente ambiguas como para acabar acertando. Por ejemplo, Creso, rey de Lidia, fue a consultar antes de atacar a los persas, y la respuesta que recibió fue: “Si cruzas el rio Halys destruirás un gran imperio”. Creso cruzó el río e invadió Persia, pero lo que no le había dicho la Pitonisa es que el imperio que  destruiría sería el suyo propio, al fracasar la invasión.

Con este y otros aciertos fue creciendo la fama del templo, y las principales ciudades griegas levantaron allí templetes, a cual más ostentoso, para exhibir sus ofrendas; en el fondo creo que se trataba de pura guerra de propaganda, de demostrar a posibles enemigos su excelente relación con Apolo y lo difícil que sería vencerlos. El Tesoro ateniense, cuyo edificio se conserva en muy buen estado, se financió con la décima parte del botín de la batalla de Maratón.

El recinto se sigue visitando como hace tres mil años. No me refiero a que haya que ir con chitón,  himatión y sandalias, sino a que todavía en la actualidad el recorrido de los turistas es el mismo que en su momento seguían los peregrinos.  Comenzaba en el Ágora, entonces ocupada por tiendas de recuerdos y de exvotos, y se ascendía por la ladera del monte siguiendo la Vía Sacra, una calle en zigzag que pasaba por los principales Tesoros. De la mayoría de los edificios solo quedan las bases, por lo que hace falta bastante imaginación para reconstruir sus muros, decorarlos con pinturas multicolores, añadirles numerosas estatuas de bronce y de mármol y soñar las ricas ofrendas de oro, plata y marfil que se exponían dentro y fuera de los Tesoros. Aquel ascenso estaba diseñado para dejar sin aliento y boquiabierto a los visitantes.

Pasamos luego junto al templo más primitivo, un simple círculo de rocas desprendidas del monte, en una de las cuales se sentaba la Sibila o Pitonisa para hacer sus profecías hasta que se construyó el templo de Apolo, y llegamos por fin al núcleo del Témenos, el recinto sagrado. El templo de Apolo, elevado sobre un muro ciclópeo de contención, tenía una planta de sesenta por veintiocho metros; me refiero lógicamente al tercero y último de los que se elevaron en el mismo lugar, y que siguió funcionando hasta que el emperador cristiano Teodosio ordenó destruirlo y prohibió el culto a Apolo y las actividades de la Pitonisa. En el pronaos tenía grabadas frases de los siete sabios de Grecia, algunas tan conocidas como “Conócete a ti mismo” o “De nada en exceso”. Pausanias, que nos guió todo el viaje, escribe que frente al templo se alzaba una estatua dorada de Apolo de dieciséis metros de altura.

Muy cerca del templo se elevaba el teatro, pequeño en comparación con los de Argos o Epidauro pero con unas espléndidas vistas sobre el valle del rio Pleistos. Seguimos subiendo varios cientos de metros hasta llegar al estadio, el mejor conservado de todos los que habíamos visto en el viaje, con sus graderíos de piedra y hasta el palco de los jueces.

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En medio del silencio respetuoso en el que nos movíamos la mayoría de los visitantes, apareció un grupo vocinglero de estudiantes de bachillerato españoles. Tan harto debía de estar el profesor que los acompañaba, que le escuché decirle a una de las alumnas:

No te preocupes, si algún día vuelves por aquí es que te habrás hecho mayor.

En los dos días que pasamos en Delfos coincidimos en varias ocasiones con otro grupo de españoles, cuatro parejas algo mayores que nosotros que viajaban en una furgoneta con conductor. Por el acento podían ser de Valladolid, y por la conversación funcionarios jubilados.

Nos cruzamos con ellos en el momento en que salían de un restaurante, y oí a uno de ellos que se despedía del camarero con un sonoro “Welcome!” Ante la cara de sorpresa del empleado, nuestro paisano añadió: “Parakaló” (por favor). El camarero huyó hacia el interior del local para no soltar la carcajada, y el español les comentó muy serio a sus compañeros de viaje: “Es que no hablan ni papa de inglés, hay que hablarles en griego para que te entiendan”. Me imagino que sería el políglota del grupo.

El domingo por la tarde teníamos que entregar el coche en Atenas. En el camino desde Delfos, para aprovechar el alquiler hasta el último momento, nos desviamos hasta el monasterio de Osios Loukas. Por lo visto, en el siglo X vivió allí un ermitaño llamado Lucas, que antes de morir construyó una iglesia dedicada a Santa Bárbara y fundó una comunidad religiosa que ha mantenido el monasterio vivo durante  más de mil años. Ahora los monjes son propietarios de casi todas las tierras del valle y se dedican a la elaboración de aceite de oliva ecológico. Este San Lucas el Menor –llamado así para distinguirlo del evangelista- era un estilita, o sea que se pasaba la vida subido a una columna, y fue de los primeros santos del cristianismo capaces de levitar mientras oraba. Y para que no me acuséis de inventarme las cosas, lo podéis comprobar aquí: http://es.catholic.net/op/articulos/34846/lucas-el-joven-santo.html

Al llegar, en medio de un chaparrón, nos sorprendió encontrar el aparcamiento ocupado por media docena de autobuses. Por un momento pensamos que se nos habían adelantado los cruceristas, y que nos tocaría visitar el monasterio entre hordas de jubilados y de chinos. Pero cuando llegamos a la iglesia de María Teotokos nos quedamos tranquilos. Se estaba celebrando un funeral, y los autobuses habían traído a los asistentes desde los pueblos de los alrededores. Nos puede resultar extraño, pero en Galicia es una  práctica tan frecuente que en La Voz de Galicia no es raro encontrar esquelas que terminen indicando los horarios y puntos de salida de los autobuses al funeral “con paradas en los puntos habituales”.

El oficio en sí no llegamos a verlo, ya que era materialmente imposible entrar en la iglesia, en la que no cabía una persona más, pero desde el atrio escuchamos perfectamente los cantos de los monjes, que se conservan desde la época bizantina. Y también vimos la salida de los parientes del difunto portando un enorme bizcocho, que luego distribuyeron entre los asistentes.

En el intervalo entre este funeral y un bautizo que se iba a celebrar algo más tarde pudimos contemplar prácticamente solos los magníficos mosaicos dorados de las dos iglesias principales, del siglo XI, que parecían rivalizar en riqueza e ingenuidad. Las escenas de las dudas de Santo Tomás parecían sacadas de un comic, con Jesucristo obligando a Tomás a tocar sus heridas, sin que el santo perdiera su cara de incredulidad.

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También pasamos un buen rato en la capilla primitiva, que en la actualidad es la cripta del Catholikón, la iglesia principal del complejo monástico, y cuyos mosaicos, destruidos en el siglo XVI por un incendio, han sido reemplazados por frescos.

En el pequeño museo que ocupaba el antiguo refectorio aprendimos que ni los bizantinos ni los ortodoxos actuales esculpían imágenes religiosas, sino que utilizaban exclusivamente representaciones en dos dimensiones, sean iconos, mosaicos o frescos. Supongo que será consecuencia de una reacción de rechazo a las religiones clásicas, en las que se usaban profusamente las estatuas.

Desde Osios Loukas condujimos directamente hasta el aeropuerto de Atenas, donde devolvimos el Polo que tan buenos servicios nos había prestado durante dos semanas y con el que María se había ganado el título de mejor conductora del Peloponeso, con los 2.000 kilómetros que nos había llevado por aquellas carreteras infernales.

Un taxi nos llevó hasta la capital, pero esa es otra historia,

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Fotografía: Arturo Martínez

Para que nadie se llame a engaño empezaré advirtiendo que  ni Laconia está en Galicia, ni a sus habitantes se les llama lacónicos, ni entre sus productos típicos se encuentran los lacones. Es, nada menos, que una comarca griega cuya capital es Esparta, y que en el pasado se conocía como Lacedemonia. Dicho esto, ya podemos emprender el viaje.

El jueves por la mañana nos despedimos temprano de Peter, el propietario del apartamento en el que nos habíamos alojado en Nauplia, cargamos nuestro escaso equipaje en el “polito” rojo que habíamos alquilado en Atenas, y nos dirigimos hacia el sur rodeando la orilla oeste del golfo Argólida. En Agio Andrea nos metimos por una carretera que nuestro mapa señalaba a la vez como “principal” y “pintoresca”. Pintoresca sí que resultó, como contaré a continuación, pero si aquella era principal no quiero ni pensar cómo serían las secundarias. Una estrecha cinta de asfalto, sin arcenes ni ningún tipo de señalización, cuarteada y con los bordes mordisqueados, se perdía por las montañas, cada vez más arriba. Aunque el TomTom insistía en que íbamos por la ruta correcta, yo estaba deseando llegar a algún pueblo o a alguna bifurcación que me lo confirmara. Pero nada, ni pueblos ni casi edificios aislados, más allá de algún aprisco de ovejas apoyado en las laderas de piedra. La carretera seguía subiendo lenta pero inexorablemente mientras que la temperatura exterior bajaba, hasta llegar a estar diez grados por debajo de la de la costa.

Los olivos que nos rodeaban al inicio de la ruta habían sido sustituidos por robles y majuelos, y no nos cruzamos con ningún otro vehículo durante más de una hora. Estábamos atravesando los montes Kynourias, y según el mapa lo único que había por allí era monasterios, que además se ubicaban siempre a varios kilómetros de la carretera.

Cuando alcanzamos suficiente altura el valle quedó cubierto de enormes castaños que empezaban a florecer; entendimos entonces el significado de Kastanitsa, nombre del único pueblo importante en toda la ruta. Y lo de “importante” era un tanto metafórico, ya que cuando al fin lo cruzamos no vimos ni un hotel, ni un restaurante, ni un café; ni siquiera una tiendecita de alimentación. En España habría sido un importante centro de turismo rural, pero aquí no pasaba de ser una aldea somnolienta en la que la carretera, pavimentada con losas de piedra, hacía las veces de calle mayor. Los montones de erizos vacíos que se acumulaban a los lados del camino, y los frecuentes letreros de “PROHIBIDO COGER CASTAÑAS SIN AUTORIZACIÓN” daban una pista de cual era  principal fuente de riqueza de la zona.

Cuando cruzamos la divisoria de aguas y empezó el descenso hacia Laconia la vegetación cambió radicalmente. Los castaños, cerezos y nogales fueron reemplazados por las coníferas: pinos piñoneros en los valles y carrascos y abetos de Cefalonia en las laderas.

Llegamos por fin al amplio valle del río Evrotas, al que servían de telón de fondo los impenetrables montes Taigetos. Cruzamos sin detenernos la capital de Laconia, Esparta, de cuya época clásica no queda casi ningún vestigio, para alcanzar nuestro objetivo de aquella mañana: la ciudad bizantina de Mistrás, que se alza sobre un peñasco junto al valle del río Lagadha, uno de los pocos pasos naturales que a través de la cordillera comunican con la vecina comarca de Messinia.

A mediados del siglo XII y al amparo de la IV Cruzada apareció por allí el príncipe Guillermo II de Villehardouin, un franco que decidió aprovechar la escarpada colina de Mistrás para construir en lo alto una fortaleza. En realidad, estoy convencido de que él no cogió una piedra con las manos en su vida, sino que reclutó mano de obra barata o gratis en las bien pobladas zonas agrícolas del fondo del valle, y los puso a trabajar en su propio beneficio. Es lo que el materialismo histórico definía como apropiación de la plusvalía y el neoliberalismo llama emprendimiento y creación de puestos de trabajo.

Poco le duró la alegría al príncipe, porque solo trece años después de fundar su castillo se lo arrebataron los bizantinos, que siguieron fortificando la colina y construyendo una auténtica ciudad en los niveles más bajos. Arriba de todo se alzaba el kastro, a media ladera un segundo círculo de murallas que englobaba el palacio y las dos principales iglesias, y más abajo estaba la tercera línea de defensa, que protegía la ciudad en sí, con sus nobles y sus plebeyos, sus artesanos y sus comerciantes, sus iglesias y sus monasterios. Mistrás alcanzó entonces su máximo esplendor, con unos veinte mil habitantes, y llegó a ser sede del Despotado de Morea.

En los doscientos años que duró aquella etapa de prosperidad se construyeron numerosas iglesias, decoradas con unos frescos ingenuos, que hoy en día todavía se pueden contemplar aunque bastante deteriorados por el paso del tiempo. Por suerte, casi todos los antiguos edificios religiosos están desacralizados y es el estado griego el que cobra las entradas y cuida de los edificios. Si siguieran en manos de los popes ortodoxos muy probablemente estarían cerrados al público, como nos dimos cuentas pocos días después en la península de Mani.

En Mistrás no había autobuses turísticos ni grandes grupos guiados, me imagino que esta ciudad no aparece en la lista de “los diez principales monumentos del Peloponeso que un crucerista no se puede perder”. Los turistas, en grupos de no más de tres o cuatro personas, se repartían sin problemas por el amplio recinto y no gritaban ni tiraban basura.

En la taquilla situada junto a la Puerta de Monenvasia nos habían recomendado que visitáramos primero la ciudad baja, para luego subir en coche hasta la entrada superior y recorrer la ciudadela y su palacio e iglesias. Desde allí, los más jartibles podían ascender hasta el kastro, situado seiscientos metros por encima de la llanura. Pero cuando a las tres de la tarde terminamos nuestra visita a la ciudad baja, después de cuatro horas subiendo y bajando cuestas, aplastados por un calor de bochorno, decidimos que ya estaba bien de piedras y de frescos, y que en lugar de la ciudadela preferíamos acudir a una taberna que habíamos visto desde el coche unos cientos de metros más atrás.

Fue una buena decisión. Nada más entrar en la Taverna Mármara y sentarnos en una terraza protegidos por un tejadillo, comenzó a llover. Agotados por el recorrido de iglesia en iglesia devoramos unos pinchos de cordero a la parrilla, chuletitas de cordero, verduras asadas y una enorme fuente de patatas recién fritas. El único fallo, como en casi todos los restaurantes, era el vino. Después de todo lo que nos habíamos documentado antes de salir de España, después de la clase magistral del señor Karoni en Nauplia, estábamos deseando disfrutar de los famosos vinos griegos. Pero el Mármara no era una excepción y la oferta de vinos se limitaba a un escueto renglón en el menú: “Vino de la casa blanco/rosé/tinto a 3€ el medio litro”. En los pocos sitios cuya carta anunciaba otros vinos de mayor categoría, nunca estaban disponibles. Y digan lo que digan, un vino que cueste en un restaurante seis euros el litro es muy difícil que sea bueno. Los muchos que probé oscilaban entre simplemente bebibles y directamente imbebibles.

La larga espera en el restaurante, lógica si tenemos en cuenta que los platos se preparaban en el acto, nos la amenizó un guacamayo precioso, que enseguida hizo buenas migas con mi cuñada. Cada vez que ella le decía “lorito”, él se revolucionaba y hacía toda clase de ruidos. Luego nos contó el camarero que el nombre del pájaro era, precisamente, “Lorito”. Un marinero amigo suyo se lo había traído de Uruguay.

A media tarde llegamos al pueblecito de Monenvasia, en la costa oriental del Peloponeso, en donde teníamos previsto descansar unos días de tanta piedra y tanta ruina. Para ello, habíamos reservado habitaciones en el Hotel Panorama, que verdaderamente hacía honor a su nombre. Situado en lo alto de una cuesta del barrio de Gefyra, desde la terraza teníamos una vista perfecta del peñón de Monenvasia, unido a tierra firme por una escollera artificial y un puente. El sol se iba poniendo detrás de nosotros, y la montaña en la que se apoyaba Gefyra proyectaba una sombra que subía poco a poco por las laderas casi verticales del peñón. Lo que no se veía era la ciudad medieval, construida en la cara del peñón que daba al mar y perfectamente oculta a los ojos de los que llegaran por tierra. Era, literalmente, una ciudad volcada hacia el mar y de espaldas a tierra.

Un poco hartos de tanto coche, el viernes decidimos quedarnos en Monenvasia, a visitar la ciudad medieval y sobre todo a descansar. Sabíamos que los coches tenían prohibida la entrada en el casco antiguo, porque era materialmente imposible que cruzaran sus muros por la única puerta, un túnel en zigzag en el que difícilmente se podían cruzar dos carretillas. En la explanada inmediatamente anterior a la muralla descargaban camiones de reparto de comida y bebida o de materiales de construcción y los taxistas dejaban y recogían a los turistas y sus maletas. Todo lo que entra o sale de la ciudad medieval, desde los equipajes hasta las basuras, lo hace en carretillas llevadas por indígenas tan musculados como sudorosos. Así consiguen que las calles sean un remanso de paz, sin ruido de motos, y de paso se mantienen unos cuantos puestos de trabajo, me temo que muy mal pagados.

El pueblo, que en la actualidad tiene solo unos cuarenta habitantes permanentes, está amurallado en su totalidad, sin más accesos que la puerta por la que acabábamos de entrar, y otra puerta y un portillo en el otro extremo, que daban directamente al mar. De la plaza central subía una tremenda cuesta en zigzag hasta la ciudadela, en la que en sus mejores momentos vivían los nobles y los militares.

La parte baja se organizaba en torno a una calle no más de dos metros de ancho, el Messi Odos (calle de en medio) de los griegos, el foros de los venecianos y el pazari de los turcos. Sigue siendo el sitio donde se concentran las tiendas, los cafés y las agencias de viajes, y a su alrededor se extiende un laberinto de escaleras, plazuelas, pasadizos y callejones con o sin salida.

Aunque hoy en día Monenvasia es un remanso de paz que vive del turismo en régimen de monocultivo, con sus hoteles con encanto, sus restaurantes de lujo, sus cafés sobre el mar y sus tiendas de recuerdos, delikatessen o ropa de verano, no siempre fue así. Como la mayoría de las ciudades griegas, pasó por manos bizantinas, venecianas y otomanos, atraídas siempre por la fortaleza natural que brindaba el peñón sobre el que se asienta.

La ciudad se ha dedicado tradicionalmente a la navegación, al comercio marítimo y a la piratería, y llegó a contar con cincuenta mil habitantes y veintiséis iglesias. Su decadencia llegó con la guerra ruso-turca de 1770 y la expedición del almirante Orlov por el Mediterráneo.

Cuando estábamos comenzando la visita vimos entrar en la bahía un buque de crucero, por lo que nos apresuramos a completar el recorrido por los principales puntos de interés antes de que llegaran las previsibles hordas de cruceristas. Por suerte, el barco no podía atracar en el pequeño puerto de Gefyra, y entre las maniobras de fondeo, el desembarco en lanchas salvavidas y el traslado en autobús hasta la muralla, tuvimos tiempo de disfrutar de iglesias, bastiones, vistas y hasta de un café frappé en una terraza cubierta de buganvillas.

Cuando empezó a notarse excesivamente le presencia de los cruceristas dimos por terminada nuestra visita y nos fuimos a comer al Aktaión, un restaurante sencillo en el paseo marítimo de Gefyra. Allí probé una ensalada tibia a  base de una planta halófita que estoy harto de ver en las marismas de la bahía de Cádiz, y que creo que se llama suaeda splendens. Deliciosa, en otoño me daré un paseo por los esteros para intentar recolectar unas cuantas y repetir la receta. Para rematar, María, la dueña nos invitó a un plato de moras de morera, las más grandes y sabrosas que he comido nunca. Me imagino que es una fruta muy delicada, porque no he vuelto a encontrarla en la carta de ningún restaurante. La tarde se nos fue entre siesta, ducha, lectura, escritura y contemplación del horizonte.

Después de ver asomar la luna llena por detrás de una araucaria abordamos la última tarea diaria de todo turista que se precie: buscar un sitio para cenar. Caímos en Casa Mateo, un restaurante greco-vasco con los camareros más estresados que he visto en mi vida. Vassili, que había trabajado varios años en Pamplona, corría bandeja en mano pese a sus ciento treinta kilos de masa corporal, y Mateo, casado con una donostiarra y compitiendo en peso con su colega, se afanaba detrás de la barra. A riesgo de decepcionar a los dos emigrantes retornados, rechazamos su oferta de paella y sangría y optamos por algo más local: ensalada griega, croquetas de queso feta y boquerones fritos. No sé en qué habían trabajado aquellos dos en España; desde luego no en hostelería.

El sábado, día de mi cumpleaños, nada más despertarme recibí un estupendo regalo: mi amigo Fuco me había enviado desde España una canción muy apropiada para la ocasión: “When I’m sixty four”, del álbum Sargent Pepper’s Lonely Hearts Club Band. Buen comienzo del día.

Siguiendo con el plan de descansar nos fuimos a la playa, que aún no habíamos pisado en la semana que llevábamos en Grecia. Pero no elegimos alguna de las cercanas a nuestro hotel, sino que nos fuimos a pasar el día a la de Symos, en la isla de Elafonysos. Esta islita se encuentra a unos cincuenta kilómetros al sur de Monenvasia, en el extremo sudeste del golfo Lacónico, a menos de una milla de tierra firme. En invierno no viven más de cuatrocientas personas en sus escasos veinte kilómetros cuadrados, pero en verano los trasbordadores que la unen con el continente llegan a mover varios miles de turistas al día, Ni siquiera los espartanos habrían resistido ante tamaña invasión.

En el barco, lógicamente, las zonas reservadas a la tripulación estaban señalizadas con la palabra nautas. ¡Cuántos recuerdos nos trae este idioma! Argonautas, Nautilus, internautas…

Una carreterita, en diminutivo por lo estrecha y por lo corta, nos dejó en diez minutos en el otro extremo de la isla, en la bahía de Symos. La llegada nos decepcionó un poco por el cutrerío chiringuítico-playero que nos encontramos, pero en cuanto nos alejamos del coche la cosa cambió. Un sendero entre las dunas, cubiertas de una vegetación que ya quisiéramos en Cortadura, nos condujo hasta el paraíso de Symos Mikrós, la pequeña Symos. La bahía estaba dividida en dos partes desiguales por un tómbolo de no más de cien metros de alto, y nosotros estábamos en el lado más corto, el oriental. Una playa de dos o trescientos metros de larga, con una arena blanca impoluta; sendos promontorios rocosos que cerraban sus extremos; aguas verde esmeralda en las que fondeaban tres o cuatro yates, y una zona de sombrajos en los que se podía disfrutar de tumbonas, vistas y servicio de restaurante. ¿Se podía pedir algo más? ¡Sí! Que el agua estuviera limpia y no demasiado fría, que los griegos (algunos, por lo menos) fueran apolíneos y las griegas afrodíticas. Y todo eso se nos concedió.

Para rematar el placer, a nuestro lado se instalaron unas familias griegas con muchos niños, que nos obsequiaron durante un par de horas con unas clases gratuitas de pronunciación. Allí aprendimos a decirle a un niño que comiera, que se estuviera quieto, que viniera, que dejara tranquila a su hermanita, y también que para tirarse al agua de espaldas se dice ¡Platonis!, lo que nos recordó a Platón “el de las anchas espaldas”.

Como no nos gusta comer en la misma arena de la playa, a mediodía nos acercamos al chiringuito del que dependían las sombrillas. Nos sirvieron un menú a base de ensalada griega y pinchitos de cordero, no por repetitivo menos delicioso. Mis compañeras se volvieron a la playa pero yo me quedé leyendo en un sofá, con un plato de patatas fritas y unas botellita de agiorgítico. A la hora de pagar hubo un poco de confusión entre las consumiciones hechas en las tumbonas, las de la comida en sí y lo que había tomado yo luego en la zona de sofás, pero Dimitris, el camarero, nos tranquilizó: “No problem, I remember good”.

A la noche, para celebrar mi cumpleaños, nos fuimos a cenar a unos de los mejores restaurantes de Monenvasia, la Taverna Matoulas. Por fin un buen tinto de la zona y un mejor cordero al horno, pero nada comparable con la salida de una luna inmensa del mar en calma. Llena, roja virando lentamente a plateada, con un larguísimo reflejo en el mar que me recordaba La Canción del Pirata:

La luna en el mar riela,
en la lona gime el viento
y alza en blando movimiento
olas de plata y azul.

Lástima que en castellano no exista una palabra para describir la luz de la luna. Me quedo con la gallega luar:

“Unha noite na eira do trigo
ó refrexo do branco luar
unha nena choraba e choraba
os desdés dun ingrato galán.”

Poco dura el pan en la mesa del pobre, y menos la tranquilidad en la vida del turista. Después de dos días de descanso (o sea, sin entrar en un museo ni en un recinto arqueológico), el domingo abandonamos Monenvasia y dejando definitivamente atrás el golfo de Epidauro Limira cruzamos hacia la desembocadura del Evrotas para rodear por el norte el golfo de Laconia. Poco después de cruzar el río nos encontramos una larga playa de arena, en cuyo centro yacía varado un viejo mercante, comido por el óxido pero que aún soportaba los embates del mar. De vuelta en Cádiz me he interesado por su historia, y aunque corren rumores de que iba cargado de cigarrillos de contrabando, y de que fue varado e incendiado por su propia tripulación para destruir las pruebas, la versión más lógica es la que habla de la quiebra de los armadores, del abandono del buque en el puerto de Gythio, y de un posterior naufragio semivoluntario para sacarlo del puerto, donde estorbaba a las maniobras de otros buques. Incluso hay quien afirma que lo vararon allí para aumentar el atractivo turístico de la playa de Valtaki, como si no bastara con los islotes Trisinia. El caso es que el pecio lleva allí más de treinta y cinco años, y los que le quedan.

Poco después llegamos a Gythio, el antiguo puerto y astillero de los espartanos, fundado según la tradición por Hércules y por Apolo, el de áurea espada. En las Guerras del Peloponeso lo conquistaron y saquearon los atenienses en un par de ocasiones; más tarde lo intentó tomar sin éxito el gran general Epaminondas. La ciudad fue también romana, hasta que en el siglo IV de nuestra era un terremoto destruyó su puerto natural.

Cerrando uno de los extremos de la dársena, a pocos metros de tierra firme está el islote de Marathonisi o de Cranae, donde Paris, hijo de Príamo, y Helena, la de los largos pelos, pasaron su primera noche juntos tras huir de Esparta y justo antes de que se declarase la guerra de Troya.

Hoy en día Gythio es una tranquila villa marinera, con hoteles antiguos asomándose a la rada artificial, y docenas de cafés junto al agua. Allí nos tomamos unos frappés, de esos que los griegos consumen sin pausa a todas horas, y brindamos en honor de los antiguos amantes. El frappé griego no es un granizado de café, como su nombre parece indicar, sino un batido de nescafé con agua y azúcar, al que luego se añade más agua fría y cubos de hielo; de vuelta a España busqué su origen y me enteré de que lo inventó por casualidad un empleado de una tienda de batidos un día que se quiso preparar un café solo y se encontró sin agua caliente ni café molido. Al hombre se le ocurrió batir un poco de nescafé con agua fría en una coctelera, y tanto le sorprendió el aspecto espumoso y el sabor que se dedicó a perfeccionarlo. Hoy es el refresco más popular en Grecia, donde ha desplazado a la coca cola y otras bebidas similares.

Seguimos rumbo sur y pasamos de largo por la famosa playa de Mavrovouni; el día estaba nublado y la playa, rectilínea y llena de viviendas ilegales, nos recordaba demasiado a la de El Palmar, entre Conil y Barbate. En cambio, nos internamos por una carreterita que después de dar muchas vueltas nos llevó hasta la bahía de Scutari.

Allí, en una caleta de cincuenta o sesenta metros de largo, un padre y su hijo calafateaban su barco, preparándolo para la temporada de verano y unos chiquillos saltaban desde un pequeño espigón a un mar azul intenso. Con mis pocas palabras de griego saludé a los dos hombres y les pregunté cómo se llamaba aquel idílico lugar. Después de señalar a otros pueblos de la bahía y nombrarlos, hicieron un gesto abarcando el entorno más cercano y pronunciaron una palabra: Paghanea, que yo rápidamente traduje como Pagania, la tierra de los paganos. De ilusión también se vive, pero es que por una vez no había a la vista ni un edificio religioso, ni una bandera del patriarca de Constantinopla. No me habría extrañado, en cambio, ver llegar a un trirreme conducido por algún héroe, o al mismo Poseidón saliendo de las aguas con su tridente.

El único edificio que parecía representar algún tipo de poder terrenal, un caserón de piedra, que ostentaba una bandera con una cruz azul sobre fondo blanco, no era más que la casa de un pescador con el símbolo (extraoficial, según se apresuraron a aclararme) de la península de Mani, en la que estábamos entrando.

Esta península, de unos cien kilómetros de largo por veinte o treinta de ancho, siempre ha vivido un poco al margen del resto de Grecia. En parte por lo agreste de sus montañas, que dificultan las comunicaciones, pero creo que también por el carácter individualista de sus habitantes. Hay en ella muy pocos restos arcaicos, clásicos o romanos, aunque se dice que sus habitantes fueron los últimos en abandonar la antigua religión olímpica cuando el emperador Teodosio impuso el cristianismo en todas sus tierras.

En cambio, cuando cruzados y otomanos destruyeron el Imperio de Oriente, fueron muchos los nobles bizantinos que abandonaron Constantinopla y se establecieron en esta tierra agria e inhóspita, formada por montañas peladas que caen directamente hasta el mar. Aquí mantuvieron sus luchas feudales y fortificaron sus casas con torres y muros de mampostería, de forma que hasta la aldea más pequeña, vista desde lejos, parece un castillo.

Estos nobles bizantinos consiguieron mantener una parte de sus privilegios bajo el dominio otomano, e incluso ocuparon cargos en la administración pública, pero dejando siempre claro que no se consideraban vasallos, sino aliados de conveniencia.

Incluso en la lucha por la independencia griega, en la que los maniotas combatieron valerosamente, hubo sus más y sus menos. Cuando Ioannis Kapodistrias, primer presidente de Grecia, mandó detener por insumiso al líder maniota Petros Mavromijalis, a los familiares del detenido les faltó tiempo para asesinar al presidente. Conociendo todo esto no nos extrañó nada que la capital de Mani, donde pasamos un par de noches, se llamara Areopoli, la ciudad de Ares, el dios olímpico de la guerra.

El lunes hicimos un largo –en horas, no en kilómetros- recorrido por la mitad sur de la península de Mani, empezando por las cuevas de Diros, a muy pocos kilómetros de Areopoli. Se trata de un complejo kárstico que con el paso del tiempo ha quedado parcialmente sumergido en el mar. Aunque nuestra guía de viaje aseguraba que las cuevas abrían a las 8:30, y en la taquilla se indicaba que a las 9:00, la verdad es que las visitas se iniciaron cuando los empleados terminaron de desayunar.

En unas barquitas recorrimos algo más de un kilómetro de galerías, muy bien iluminadas, pero a una velocidad que impedía hacer fotos. Al parecer en un principio eran tres cuevas diferentes, pero las necesidades de la explotación comercial ha llevado a los responsables a abrir algún túnel artificial que las intercomunica, e incluso a cortar algunas estalactitas que podrían lesionar a los visitantes. Por un lado me parece una salvajada, pero por otra parte pienso que el daño causado es muy pequeño comparado con el tamaño total de las cuevas, y que de algo tienen que vivir los habitantes de la zona.

Tuvimos la suerte de estar allí en junio y de que éramos tan pocos visitantes que solo ocupamos parcialmente dos de las diez lanchas disponibles; diez personas en total frente a las ochenta que entran simultáneamente en días punta. Así, lo que en agosto podía haber sido un horror tipo Eurodisney se convirtió en un recorrido mágico, en un silencio casi total, flotando sobre lo que parecía un espejo perfecto, agachando la cabeza de vez en cuando para esquivar las estalactitas. Y el último tramo, el que se hace andando, lo hicimos absolutamente solos, a nuestro ritmo. Nunca lo podré olvidar.

El lugar era lo suficientemente atractivo para que sobrasen las leyendas, como la de que las cuevas llegan hasta los montes Taigetos o incluso hasta Esparta ¡a sesenta kilómetros de distancia!, o la de que allí habitan anguilas gigantes.

A la salida de las cuevas, un nuevo descubrimiento del idioma griego: una tienda de recuerdos rotulada “ANAMNH?TIKH”, que transcrito resulta Anamnístiki, “lo que no se olvida”. Otra palabra que siempre recordaré.

Después de visitar las grutas, y de comprobar que el museo anexo estaba cerrado por falta de personal, emprendimos un recorrido no del todo afortunado. No es que tuviéramos ningún problema especial, pero nos fallaron casi totalmente las iglesias y las playas. Habíamos leído que dispersas por la península existían innumerables capillas, algunas de las cuales albergaban en su interior buenos retablos bizantinos. Pero prácticamente todas nos las encontramos cerradas a cal y canto, sin ninguna indicación del horario de apertura. Para más cabreo, en alguna pudimos entrever los famosos murales e iconostasios a través de un ventanuco. La iglesia ortodoxa, propietaria de las capillas, evidentemente no tiene ningún interés en que las disfrutemos el resto de los mortales. En Gardenítsa, Nómia, Koíta y Gerolimenas resultaron infructuosas nuestras gestiones para encontrar alguien que nos abriera la puerta de la capilla.

Sólo en una conseguimos entrar, gracias a un griego con aspecto de hippy que vivía al lado y que al vernos acudió motu proprio con la llave y esperó pacientemente a que contempláramos las pinturas todo el tiempo que nos dio la gana. Le dimos una propina y se quedó tan contento.

Antes de comer intentamos darnos un chapuzón, pero no hubo manera. El problema de las playas era que en general estaban formadas por cantos rodados, cubiertos de verdín en la franja donde rompían las olas. Preciosas, rodeadas de rocas y con un agua absolutamente transparente, pero de muy difícil entrada y salida, por lo resbaladizo de las piedras. Y las pocas playas de arena estaban muy batidas por el mar.

Mientras buscábamos una playa accesible, íbamos pasando junto a viviendas fortificadas, que cuando se agrupaban en una aldea la hacían parecer una auténtica fortaleza. Uno de los mejores ejemplos lo encontramos en Vathia, construida en lo alto de una colina vigilando una cala cercana. La mayoría de las casas estaban deshabitadas y en distinto estado de abandono, pero penetrar en el conjunto significaba un retroceso a la época medieval, cuando los atacantes podían llegar en cualquier momento y de cualquier dirección. Piratas otomanos o amalfitanos por mar, miembros de un clan rival por tierra…

En la parte alta del pueblo un emprendedor había montado un restaurante, Fagopoteiou, desde cuya terraza se dominaban muchos kilómetros de costa. Lo que iba a ser una breve parada para tomar un aperitivo se convirtió en una comida en toda regla: pernil de cerdo ahumado al horno, puré de alubias, ensalada griega…

En una mesa cercana un griego hablaba incesantemente por el móvil. Con las palabras aisladas que entendíamos (mujeres, problemas, Jack Daniel’s) intentábamos inventarnos una historia, pero él mismo nos dio la solución cuando pronunció claramente la palabra clave: Berlusconi. A partir de ahí nuestra imaginación se desbordó.

Menos mal que en el siguiente pueblo, Mármari, muy cerca del extremo sur de la península, encontramos por fin la playa perfecta: con arena, sombrillas, tumbonas y chiringuito, y protegida del viento por un acantilado. Allí dormimos la siesta y nos pegamos un buen baño.

Siguiendo hacia el sur por un territorio cada vez más montañoso y desolado llegamos al fin del mundo, o por lo menos del mundo clásico. El cabo Ténaro, también conocido como Matapán, es el punto más meridional de la Grecia continental. Y se nota. Allí, junto a una calita protegida de las olas por el mismo cabo, encontramos los restos de un templo dedicado a Poseidón, responsable del mar, de los terremotos y de las tormentas. Cuando estaba contento creaba nuevas islas, calmaba las tormentas y protegía a los navegantes, que ahogaban caballos para tenerlo de su parte. Pero cuando se enfadaba sacudía la tierra y causaba terremotos, o agitaba el mar para provocar tormentas. Y bajo el templo dice la leyenda que había una cueva que conducía hasta el mismo inframundo, la morada de los muertos.

En esta misma cala fue donde el capitán Nemo le entregó cientos de lingotes de oro a Nicolás, un enigmático buceador griego. Aquella fortuna ¿estaba destinada a financiar la lucha de los griegos por la independencia? Nunca lo sabremos; Nemo no lo aclara y Julio Verne tampoco.

Volvimos a Areopoli por la costa oriental de la península, mucho más escarpada y desolada si cabe que la occidental. Ensenadas escondidas, donde me imaginaba las naves aqueas, espartanas o atenienses fondeando para pasar la noche o esperando a que escampara una tormenta, y carreteras tan escarpadas como la que desde Porto Kagio asciende hasta Korogoniánika, que recorrimos muy despacio, con miedo de mirar hacia el mar que se veía cientos de metros más abajo, casi en vertical.

En Kokkala nos encontramos un mercante recién embarrancado. El Saint Gregory, un granelero que transportaba treinta mil toneladas de azufre desde Odesa hasta Túnez, había tenido problemas técnicos y se había estrellado contra la costa. La proa estaba literalmente subida a la playa, mientras que la popa, semi sumergida, quedaba varios metros más baja. Una barrera anti contaminación rodeaba al buque, en el que se afanaban los tripulantes y otros técnicos, supongo que intentando taponar la vía de agua para reflotar el barco.

Llegamos a Areopolis a la puesta del sol, agotados, pero con las pupilas llenas de torres y de playas, de acantilados y de capillas.

Al día siguiente saldríamos para el antiguo reino de Mesenia, pero esa es otra historia.

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Fotografías: Arturo Martínez

Dos horas y media después de salir de Methoni y su playa perfecta llegamos al Bacchus Tavern & Pension, un hotel que juro que no elegimos por el nombre. En mis recuerdos de viajes no hago mucha propaganda de hoteles o restaurantes concretos, pero en este caso haré una excepción, el sitio se lo merece. Ubicado en una aldeíta a pocos kilómetros de Olimpia, tenía piscina, habitaciones con vistas sobre un valle plantado de olivos, un restaurante con buenos precios, mejores vinos ¡por fin! y un excelente cocinero. Me parece una alternativa mucho mejor que alojarse en la propia Olimpia, siempre y cuando se disponga de coche para los desplazamientos.

Dedicamos la tarde a descansar, que para eso estábamos de vacaciones, y dejamos para el día siguiente la visita al recinto arqueológico. Yo aproveché para ponerme al día con las notas que suelo tomar durante los viajes para luego redactar lo que ahora leéis. Al atardecer, sentado al borde de la piscina que surcaban las golondrinas, la vista se me perdía entre los olivos, solo interrumpidos por algunos naranjos e higueras en el fondo del valle o pinos y cipreses en lo alto de las colinas.

Cenamos conejo al horno y berenjenas fritas, con un tinto de la casa mezcla de merlot y agiorgítiko, bastante más que decente; la cena para tres personas nos costó cuarenta euros. El único defecto, porque siempre hay alguno, es que en el restaurante sonaban una y otra vez las mismas canciones que veníamos escuchando desde que llegamos a Grecia: Los niños del Pireo, Zorba el Griego… Era música buena y me traía recuerdos de películas y de actores como Melisa Mercouri, Anthony Quinn o Irene Papas. Pero hasta lo buen cansa si se repite demasiado.

El jueves lo dedicamos íntegro a visitar Olimpia, que no es un sitio muy apropiado para describirlo con palabras, o al menos yo no me considero capacitado para ello.  Tampoco voy a recrearme en la evolución de las olimpiadas desde un evento mítico y heroico hasta el gran tinglado político – comercial en que se han transformado en la actualidad. Además, como diría Gila, en Olimpia estaba todo por el suelo. O casi todo.

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Visitamos el recinto esquivando a los grandes grupos de cruceristas, cuidadosamente segregados por idiomas, que seguían cámara en mano a sus guías locales. Había mucha, mucha gente, pero hasta las once de la mañana la combinación de calor y multitud era soportable. Aprovechamos esas dos horas primeras, más frescas y menos concurridas, para recorrer los edificios auxiliares: el gimnasio, donde se entrenaba para la carrera, el tiro con arco y el lanzamiento de jabalina; la palestra, en la que los atletas practicaban la lucha antes de desnudarse (se competía sin ropa), ungirse con aceite de oliva y recorrer la vía monumental hasta el estadio; el Leonideo, hotel para los visitantes VIP; la casa de Nerón, que se hizo construir para su visita en el año 70; el Nympheon, la fuente monumental que suministraba agua para los atletas y los cincuenta mil espectadores que allí se reunían; las basílicas, donde se reunían atletas y jueces para prestar el juramento olímpico; el paseo triunfal, adornado con estatuas de Zeus costeadas con las multas impuestas a los atletas que hacían trampa, y el Heroión, el templo de Hera en el que cada cuatro años se encendía la llama olímpica, y donde se vuelve a encender desde que en 1896 comenzaron los juegos modernos.

Como anécdota y recordatorio de la egolatría de algunos humanos, quiero recordar que Nerón compitió en los juegos y consiguió nada menos que mil ochocientas ocho coronas de olivo, equivalentes a las actuales medallas. Para entender el número de coronas ganadas más o menos limpiamente por Nerón, hice una estimación de las disciplinas en las que se competía (veintitrés, contando deportivas y artísticas) y las multipliqué por tres (oro, plata y bronce), pero ni aún así conseguí pasar de sesenta y nueve. Ni sumando las  femeninas, que en aquella época no existían, ni las múltiples especialidades paralímpicas, pude ni siquiera acercarme a la mitológica cifra lograda por el emperador romano. Si nos sirve de referencia, el mayor número de medallas de los juegos modernos lo ha ganado Trischa Zorn, nadadora paralímpica, que necesitó participar en siete olimpiadas para conseguir cincuenta y una medallas.

Dejamos para el final el corazón y razón de ser del recinto, el templo de Zeus Olímpico, en el que en su día se veneró la colosal estatua de oro y marfil elaborada por Fidias y considerada una de las siete maravillas de la antigüedad. De las ciento cuatro columnas corintias de este templo gigantesco solo encontramos en pie una de diecisiete metros, restaurada por el estado alemán. Las demás yacían en pedazos, esparcidas por todo el templo.

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Si algún día tenéis la suerte de venir a Olimpia, por muy agotados que estéis sería imperdonable que no visitarais el Museo Arqueológico, o al menos su sala central, dedicada al templo de Zeus. En ella se conservan, muy bien restauradas, la decoración de los dos frontones y sus frisos respectivos, que narran sendas leyendas.

En la fachada oriental, presidida por Zeus, se cuenta en imágenes la leyenda de Pélope y Enómao. Pélope, protegido de Zeus, no quería casar a su hija, por lo que retaba a los pretendientes a una carrera de cuadrigas amañada: sus caballos eran de origen divino. Si un pretendiente ganaba se podían casar con su hija; si perdía era condenado a muerte. Once hombres habían muerto en el intento cuando apareció Enómao, con unos caballos cedidos por Poseidón. Amañó el carro de Pélope para que se le rompiera el eje durante la carrera y consiguió derrotar a Pélope y casarse con su hija, que también estaba en el ajo. Moraleja: si te protegen los poderosos (sean dioses, reyes, políticos corruptos, banqueros o policías patrióticos) puedes hacer todas las trampas que quieras y te saldrás con la tuya.

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El frontón occidental muestra una batalla entre los lápidas y los centauros, presidida por Apolo. Parece ser que los centauros, invitados a la boda de Pirítoo, rey de Lápida, se hartaron de vino y decidieron raptar a las guapas mujeres lápidas. Los hombres no estuvieron muy de acuerdo, y de ahí la batalla; por suerte los lápidas consiguieron derrotar a los centauros y expulsarlos de Tesalia.

Me impresionaron especialmente dos mujeres que parecen esconderse bajo el extremo izquierdo del frontón; sus expresiones muestran claramente su terror ante una posible victoria de los centauros.

A mediodía aprendimos otra expresión en griego; el camarero que nos sirvió la comida nos deseó kali orexia, buen apetito. De ahí lo de anorexia, ausencia de apetito. De todas maneras no hacía falta que nos lo dijera, devoramos la comida como si lleváramos días sin probar bocado.

Paseando por la parte nueva de Olimpia, dedicada al monocultivo turístico, es difícil encontrar un local que no sea un restaurante o una anamnístika, una tienda de recuerdos. Buscando una panadería acabamos entrando en una tienda de reproducciones arqueológicas de bastante buena calidad, cuyo dueño nos aclaró un aspecto curioso de la religión clásica. Los antiguos griegos no adoraban a los dioses, sino que los temían, y les levantaban templos o les hacían ofrendas para aplacarlos. Muestra de este temor es que en el recinto interior de los templos (naos) solo entraban los sacerdotes, y las ceremonias religiosas públicas se celebraban al aire libre.

Algo de esto ha quedado en las iglesias ortodoxas, en las que la parte más sagrada o santuario queda oculta tras una cortina o biombo, el iconostasio. A través de su puerta santa solo pueden penetrar los popes.

A la mañana siguiente cruzaríamos el nuevo puente sobre el golfo de Corinto para volver a la Grecia continental, pero esa es otra historia,