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Bea
Fotografía: Jesús Massó

No voy a descubrir nada pero voy a renunciar a cualquier tono poético que sirva de disfraz a lo que pretendo analizar para que nadie tenga dudas de mis palabras.

Está más que demostrado que los pájaros huyen del calor o del frío según su especie y costumbres biológicas. Por otra parte, ya está más que demostrado que nuestra especie, que solo es una: la humana, huye de su propia especie independientemente de sus costumbres biológicas y del medio que lo rodea. Huye de sí misma todo el tiempo. Entiendo que decir que huimos de nosotros mismos es común a decir que huimos de nuestra especie, que solo es una, le pese a quien le pese (la humana, repito) como también es lo mismo que decir que huimos de nuestras propias palabras. De nuestras propias palabras. Huir de las palabras como si se pudiera; pues lo imposible: nuestra especie lo consigue. Y ahora otra vez, y digo otra vez, porque ya estuvimos antes aquí, en la misma coordenada, en el punto de partida, en el tiempo del silencio. Y a mí es que, verán ustedes, no sé cómo explicarles, el silencio me acojona desde chica.

Ahora que una mira el paisaje desolador que nos deja la multa de un hombre comiendo pipas de forma desafiante, un rapero que canta cosas que escribe y está exiliado en otro país, un pueblo que es asediado por Piolines y guardias civiles y derivados (sí, fueron asediados, siendo muy generosa no precisamente con el pueblo que lo fue), las hogueras que se hacen con la fotografía de un rey que es rey pa su casa… mira una con asombro todo esto y lo que se me escapa en la mirada o directamente lo que no quiero mirar (yo también soy una puta humana que mira para otro lado como cualquier hija de vecino) es que me da vergüenza. Me da vergüenza la capacidad que tiene mi especie (yo misma) de olvidar todo lo anterior, cada privilegio que consiguieron nuestros ancestros. Qué poca memoria tenemos, qué poco nos vale una vida cuando no es la nuestra, qué poco nos vale ser, qué poca nos parece la sangre cuando la herida está curada (mal curada diría yo, pero bueno…). Sin embargo, me parece asombroso cómo nos vamos acostumbrando al silencio, a la miseria, a las dictaduras, a las banderas y a las patrias. La madre que nos parió, quién sería…

Estamos en el mismo punto prehistórico del mirar, oír y callar y nos estamos dejando bailar el agua. Pero el agua, camaradas, no sabe de bailes y nos acabará ahogando y entonces será tarde para nada.

A veces me ha pasado que alguien manda callar con un siseo tenue y yo no sé por qué, pero acabo siseando, llamando al silencio, al miedo. Hasta que todos callan, hasta que yo me callo, porque el que calla, otorga ¿verdad?

Más vale ser pájaro que esta cosa con alas que somos.

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Bearagon
Fotografía: Jesús Massó

Ya no engaño a nadie. Ya sabéis que busco cualquier excusa para hacer poesía. No es que no sepa hacer otra cosa, es que no quiero. Busco en ella lo que estas palabras no son capaces de decir, tantas cosas se quedan en el tintero de la lógica que a veces más vale no usarla.

Por eso digo pájaro en vez de mujer y puente en vez de hombre. Es verdad que puede resultar pedante y a veces cansino aquellos tirabuzones en los que me enredo para decir cualquier cosa, lo sé, aun así creo en la palabra y en todas sus posibilidades.

Ahora que estamos en tiempo de libros y de celebración del lenguaje, de verbenas en torno a la palabra escrita, de editoriales en fiesta y librerías en flor. Ahora que es tiempo de literatura, ofrezco humilde mi palabra desnuda de toda la poética de la que pueda deshacerme. No será fácil.

Escribo libros, a pesar de eso entiendo que los libros son una enormísima tienda de animales en la que hay demasiado ruido. Palabra dentro, miles de animalitos se hacen fósiles cada vez. Un escaparate perfecto y luminoso se alza alrededor del objeto-producto, de la caja que envuelve el producto. Escribo libros porque amo a la palabra y la celebro. No estoy en contra de los libros por tanto. Estoy en contra de la importancia que le damos a los libros y escribo libros pero eso no tiene demasiada importancia. Nos creemos dueños de una cosa que ya existía. Nos creemos superiores porque un día aprendimos a leer y a escribir. Nos creemos…

Ahora bien: mi madre me cantaba nanas que yo no le cantaré a nadie. Mi abuela me contaba cuentos con finales distintos cada vez que yo no le contaré a nadie. Mi prima saltaba a la comba mientras cantábamos a la par cancioncillas que yo no voy a cantar a nadie. Somos el último eslabón de una cadena tan invisible que nadie la vislumbra por más que brille. Se nos escapa la tradición oral por los ojos y miramos impasibles hacia otros horizontes. Celebramos lo perpetuo y dejamos morir lo efímero con la misma alegría y certidumbre.

El pueblo es más poema que pueblo, por eso escribo poesía. Me sentí poeta mucho antes de publicar mi primer libro. Me soy poeta porque la palabra poeta me es a mí sin credenciales ni referencias y escribo libros, pero no es el libro antes que la poeta como no es el cuadro antes que el pintor.

Es por eso que en estos tiempos de celebraciones de libros que yo también escribo, también celebro inevitablemente la voz de mi madre cantando una nana moribunda.

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Aragon
Fotografía: Jesús Machuca

Este es mi oficio de poeta para la reconstrucción del mundo.
Sophia de Mello Breyner

Acaricio cada palabra que uso para nombrarte. Procuro ser justa y cuidadosa siempre en el tratamiento de tu verdad, en el tratamiento de tus mentiras no es fácil y el mayor acto de justicia sería pedirte perdón por condenarte a ser la comadrona de los vientos o el cuchillo de las mareas, por resumirte en la ciudad del papelillo y la madre de la copla o la biznieta de la sal. La ciudad no es una niña, ni una madre, ni una muchacha. La ciudad no es un niño, ni es un hombre, ni es un padre. Tampoco te puedo encerrar en las miserias de tus barrios, ni en el reguero de tus callejones, ni en los perros que te mean, ni en tu patrona y su medalla, ni en la caspa de tus gaviotas, ni el vuelo de tus palomas.

No es fácil contarte, cantarte, hacerte pero eso no es cosa tuya, eso no tiene que ver contigo. Somos nosotros quienes nos empeñamos en encerrarte en una jaula. Porque nos pasa y mucho y a muchos que por eso de significarnos en los puentes de la palabra y sus etiquetas no creemos en posesión de su contenido. Es lo que tiene la capacidad de lenguaje del ser, que nos sirve para mucho, que nos hace poderosos pero la usamos demasiado para condenar a las cosas, a las gentes, al mundo que nos rodea. A la ciudad que nos habita. A la ciudad que habitamos. Somos lo que decimos que somos. Estamos hechos de palabras porque no cabemos en una sola.

Después vienen las mareas de sangre y puentes abiertos en canal y la gente que somos Cádiz nos reducimos a la más misericordiosa ruina que levanta sus manos al cielo pidiendo clemencia a la rabia de la tormenta. Buscando la palabra exacta para encerrar los mares, la catástrofe, la verdad, el dolor. Pasa entonces lo que tiene que pasar, que a veces la Tormenta no quiere ser Tormenta, ni la Ciudad, Ciudad. Se nos escapa y se revuelve y nos deja sin capacidad ninguna de lenguaje y nos desbarata todos nuestros cimientos, nuestros esquemas se rompen y con qué instrumento barreremos la casa si la escoba un día  no se llamara escoba. Nos gusta clasificarnos y no tiene demasiado sentido. Nos sirve como poco para decepcionarnos y como mucho para impedir que seamos libres. Interrumpirnos el vuelo y juzgarnos por supuesto.

Yo acaricio cada palabra que uso para nombrarte a sabiendas que te desbordarás por cada esquina de ellas. Yo, que milito con el lenguaje y que llevo tiempo batiéndome las alas con él, al final siempre me gana. Se mueve, baila, nunca está quieto por más que queramos todos tenerlo en nuestras manos. El lenguaje no es más que tiempo. Que nadie intente atraparlo porque nos hará menos libres. Ya nos pasó con el reloj.

Acaricio cada palabra que uso para nombrarte porque tengo una poderosa e inexplicable necesidad de nombrarte, pero sé que no cabes en ninguna de mis palabras. Y menos mal.

Cádiz es. Y es, y punto. Pero podría haber sido otra palabra.

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Bea
Imagen: Pedripol

Nunca mueres porque eres eterno,
vives del aliento y vas de boca en boca, polizón oculto,
que es la voz de un pueblo en forma de copla.
José Aranda

En esta ciudad de escaleras de pucheros, la copla es signo, es tiempo, es gente. La copla es pan de pueblo, es escama, es red, es agua y es vino. La copla en esta ciudad-lazarillo es hoguera, es ropa tendía, señal y arruga de las gentes, huella y presagio, verdad. La Copla es cuchillo y es caricia pero, sobre todas las cosas, es tiempo, nuestro tiempo, el tiempo de cada de uno de nuestros antepasados. Fósil vivo.

La ciudad está de fiesta. Miradla, está borracha de sus gentes, borrachas de otras gentes que no son suyas, borracha de los miles de febreros que amontona en su cintura de madre milenaria y de hija más milenaria todavía. La ciudad está borracha y ronca porque es el tiempo de sus coplas.

La copla, su única sangre. Sangre que recorre, pareciera que desde siempre, cada rincón de sus ancianas casapuertas, retumba en cada adoquín que pisamos y nos tiembla en las noches de pasacalles. La copla nuestra, roja verdad de siglos, se derrama por las gargantas de las gentes como si bebiéramos un poderoso vino de identidad. Vino hecho canción de pueblo que nos dice quiénes somos. Bebemos de las coplas sin dueño y sin querer las hacemos nuestras. Las coplas, en definitiva, son retales de tiempos que nos significan. La memoria del pueblo.

Y digo “nos define” porque da sentido a nuestra fiesta, decimos Carnaval porque decimos Copla pero la cosa no se queda en el Carnaval. Voy más allá: me atrevería a decir que la copla además de definirnos como pueblo que canta y bebe y baila y ríe y llora por las esquinas regadas de miseria y coloretes, además de todo eso, la copla en sí misma es la bandera más libertaria e inclusiva que podría tener una ciudad, el mejor estandarte de una historia, de mil historia, de tres mil historias diferentes en tres mil tiempos distintos.

En estos tiempos en los que tan viva tenemos algunas banderas, algunas ideologías, algunos gritos de guerra, alguna patria que otra. En estos tiempos en los que vivimos con tantas verdades absolutas, tanto blanco y tanto negro, tanto simbolismo de pacotilla, tanto francotirador en paro y con alzhéimer, tanta represión encendida y tanta libertad mutilada. En estos tiempo de lucha y de cadenas, deberíamos sentir más que nunca la copla de carnaval como arma y milagro, y protegerla y sacarla a los balcones y gritarla, porque en la copla se encierran todas las ideologías del mundo, todas las banderas del mundo, todas las patrias del mundo y todas las madres que nos parió del mundo.

¡No sabemos lo que tenemos!

Hablamos de patria, hablamos de la no patria, hablamos de banderas y de quitar las banderas, pero nadie en esta ciudad que se suelta la melena cuando le da la gana se para a pensar lo importante que es lo que tenemos, lo que hacemos, nuestro sentir y hacer, la libertad en la copla.

Lo que el pueblo cante que lo defienda el propio pueblo y que no lo descante nadie. No se puede lindar lo que no conoce fronteras, lo que no se acaba nunca y eso es la copla, nuestra herencia, nuestro estar y ser. Nuestro tiempo y nuestra libertad.

Lo que el pueblo canta para el pueblo será canción, será verdad y punto.

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Bea aragon 2
Fotografía: Jesús Massó

 “Y caminando sobre huellas voy”

Patricia Andres Olozabal

Cuando vemos la majestuosidad verde de la anciana copa de un árbol, nos cuesta imaginar su semilla. Nuestros ojos preñados de asombro parecen incapaces de mirar a la cría de árbol que fuera en otras campanas. Se silencia de este modo el tiempo infante y adolescente de la grandeza. Se obvia, se olvida, se calla.

En esta ciudad que se pinta ahora los coloretes con la líquida placenta de sus coplas recién nacidas, también nos quedamos mirando la inmensidad verde de la copla anciana y nos cuesta imaginarnos su semilla, aunque la tengamos golpeándonos con rabia en la cara. Ese tiempo de espinas en el que se cocina la vida más hermosa nos lo saltamos, no nos interesa, no nos preocupa, no nos importa.

Hacemos piedra a piedra una cantera con cada semilla que cae en nuestras manos. Hablamos de cantera, hablamos de visibilizar a la cantera, hablamos de apoyar a la cantera pero todo esto me parece un amarguísimo algodón de azúcar que nos permite, en muchos casos, acallar nuestras conciencias y mirar para otro lado. Hablamos de visibilizar y tenemos una cantera que por mucho esfuerzo que nos parece que se hace por ella es más invisible que nunca. Y si más que nunca creemos estar haciendo un carnaval más justo y más libre, desde luego algún mecanismo no funciona. Estamos escacharrados pero no nos lo parece.

Aquí y ahora y con su manada de horizontes, muchos niños y muchas niñas nos están dando una poderosa lección de igualdad de género en ese tiempo infante y adolescente en el que debería ser mucho más difícil hacerlo para ellos. Luego llegamos nosotros y, además de no prestar la atención justa al aprendizaje que nos regalan, nos dedicamos a procurarles todo lo contrario. Las niñas con las niñas y los niños con los niños, esa nunca fue la raíz del problema. El conflicto comienza  cuando los adultos les muestran el puño de su ley: LOS HOMBRES CON LOS HOMBRES Y LAS MUJERES CON LAS MUJERES. Claro, así no hay manera. Las compositoras y compositores de agrupaciones de infantil y juvenil, las componentes y los componentes de cada agrupación acaban por ser, en vez de semillas, piedras que componen una cantera invisible a nuestros ojos ciegos. Tan invisible es la copla en este ámbito que incluso la intención de fomentar la autoría de mujeres en agrupaciones queda en una enorme bola de polvo que se cuela por debajo de nuestras puertas.

Hay que estar atento a los niños y a las niñas y a lo que su luz cristalina nos está diciendo en el hacer y sentir de su carnaval. Ellos tienen la clave. Posemos los ojos en la gente pequeña porque son más grandes de lo que nos parecen y más iguales que de lo pretendemos ser nosotras y nosotros. Al lado de una gran mujer hay un gran hombre y viceversa, es eso lo que siento y eso lo que aprendo y eso es lo más importante que veo en esta maravillosa cantera que tenemos en la copla de carnaval.

Miren bien y aprendan de ellos y ellas, porque se nos llena la boca hablando a todos de igualdad pero cuando la tenemos delante no somos capaces de verla. Hay mujeres haciendo (componiendo) carnaval. Solo hay que mirarlas.

Como ríos de sangre recién nacida corren las coplas por cada esquina de cada barrio. En este tiempo de batallas, de revolución, de música, de palabra, son muchos los corazones que están temblando. La gente pequeñita así lo siente. Así lo CANTA.

 

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Bea aragon
Fotografía: José Montero

Amamos el Carnaval de Cádiz

porque amamos las coplas.

Miguel Ángel García Argüez.

Sin apenas descanso, la anciana ciudad arrastra los pliegues de sus adoquines desde la casposa e impostada festividad navideña hacia el vientre más profundo de una celebración visceral y telúrica que la convoca cada año y en la que por supuesto se reconocen tanto sus gentes como la propia ciudad.

La copla su hija penúltima y primera comienza  a nacerse de nuevo. Y estirando poco a poco sus bracitos dormidos por el reloj que la ha ido gestando a golpe de guitarra, plumas y plumeros. Con alegría y miedo, la copla recién nacida alza el vuelo.

Decimos Carnaval porque decimos copla, es por eso que ya podemos decir Carnaval y enfrentarnos con la alegría naranja de quien sabe lo que esto significa (y sobretodo, lo que esto nos significa) a lo que nos acontece. Comienza la batalla y aunque no es la calle quien gobierna ahora nuestros coloretes, milagrosamente el teatro nos los pinta. El teatro es quien nos salva y nos prepara para lo que viene.

Se concluye, pues que la copla es la hija y madre de esta nuestra fiesta. Y que nace de la poderosísima bifurcación del mismo pueblo. Un pueblo que canta para contarse, para sentirse, para saberse pueblo que canta. Es por eso que no entiendo muy bien, aun sabiendo las reglas que no comparten la calle y el teatro, el teatro y la calle, porque existe esa frontera invisible que confrontan ambos escenarios. Por otro lado, sabemos que quienes provocan el tiquismiquismo y los prejuicios en formato “el concurso no es carnaval” o “la calle es un botellón” son en su mayoría las gentes que lo viven desde una cara o la otra cara de la moneda, es decir, de las gentes que hacen CARNAVAL.

Esto ocurre y seguirá ocurriendo mientras no entendamos la raíz de donde nace el frondoso árbol de la fiesta, esto ocurre y seguirá ocurriendo mientras no reconozcamos a nuestra madre y nos sintamos todos por iguales sus frutos.

Aquí, ahora, en esta ciudad que despeina sus huesos húmedos y se alisa la melena por todas sus azoteas, están pariendo coplas a diario. En un teatro de guardia y sin epidural posible recibimos a las criaturas con el abrazo y el beso más verdadero y un mes para eclosionar y un mes para nacerse tienen. En esta primera hornada las coplas van acomodándose en nuestra frágil y torpe memoria y se convierten en las hermanas mayores, por cuestión de tiempo de nacidas ni más ni menos, de las coplas que escuchamos en las calles. No hay posibilidad de copla única como tampoco hay posibilidad de comparar a las dos hermanas. Aquí, ahora en esta ciudad penitente y de cuchillos es CARNAVAL porque están cantando coplas fuere donde fuere. Aquí, ahora y dentro de un mes y medio en esta ciudad de camarones y veletas seguirá siendo CARNAVAL, porque seguiremos escuchando al pueblo que dice, al pueblo que siente, al pueblo en definitiva.

Salimos de capilla, autores, componentes y aficionados. Cantera, callejera, ilegal o comparsa. Coro, chirigota, cuarteto y romancero. Jurado, patronato, costureras y escenógrafos. Taquilleros, tramoyistas, pregoneras y mi alcalde. Tu abuela, mi vecina, la maestra y el chiquillo. Todos. Todos estamos convocados para el espectáculo, todos somos el espectáculo.

¡Salimos de capilla, oigan!