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Daniel lopez marijuan
Fotografía Jesús Massó

Seguimos con el debate de cómo resolver el entuerto de la toma de decisiones en la gestión pública. Lo de “gobernar obedeciendo” está muy bien como lema, pero no puede eludir el compromiso de los responsables políticos, sobre todo si han sido elegidos, a la hora de adoptar decisiones y acuerdos.

Tan irresponsable puede ser la inacción como la suplantación de la iniciativa ciudadana con medidas autoritarias. Y no siempre ambas conductas son antagónicas: el comportamiento de Rajoy, para no ir más lejos, oscila entre un tancredismo paralizante y una imposición nada democrática.

Tan errónea puede ser la precipitación en la puesta en marcha de medidas, como la postergación sine die de éstas, una procrastinación muy habitual en el mundo adolescente. Recurrir a la opinión de la gente está bien como elemento de diálogo y participación, pero muy mal cuando de lo que se trata por parte del gobernante es rehuir el compromiso, echando balones fuera y adosando la responsabilidad de la actuación a “lo que diga la mayoría”.

¿Quién?

La autoridad pública, sin duda, pero sostenido por un competente argumento técnico, un sentido de la oportunidad y una consulta genuina, no impostada, a la ciudadanía. Los políticos están llamados a resolver problemas, no a crear otros nuevos, y a sopesar cuidadosamente la relación coste/beneficio de sus actuaciones. Nuestra Constitución doceañista emplazaba a los gobernantes a procurar la felicidad de la Nación; sin ser tan ambiciosos, deberíamos al menos exigirles que no aumenten el malestar y la infelicidad de los gobernados.

¿Cómo?

Sin adulteraciones ni sucedáneos. Sin una sociedad consciente de sus derechos y cumplidora con sus obligaciones, la democracia queda hueca de contenido. Los ciudadanos tienen que estar informados, han de ser protagonistas de la política y deben disponer de un nivel educativo adecuado.

¿Cuándo?

A lo largo de todo el proceso de la toma de decisiones. Estamos hartos de ser meros comparsas de “procesos participativos” que son una auténtica tomadura de pelo. Cuando se cocinan las medidas de antemano y se ofrecen al mero respaldo de las organizaciones para que emitan sugerencias y alegaciones, se está adulterando la acción política y convirtiendo a los agentes sociales en meros refrendatarios y convidados de piedra.

¿De qué manera?

Con la bien llamada inteligencia colaborativa. O sea, que la política, la ciudadanía, los técnicos de la Administración y el mundo académico trabajen en sintonía, cada uno aportando su saber hacer. Algo muy alejado de las prácticas habituales en la acción política de nuestro entorno, en el cual el cortoplacismo, el patriotismo de partido, el localismo y la rivalidad son tóxicas conductas.

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Daniel lopez marijuanFotografía: Jesús Massó

O al menos del buen hacer en la gestión de lo público. Nadie valora que la acción política sea fácil ni sencilla, pero tampoco se trata de una labor hercúlea, que requiera cualidades excepcionales. Se trata nada más y nada menos de resolver los problemas colectivos de los ciudadanos, echando mano de la capacidad, la transparencia y la honestidad.

Es cierto que en la historia de casi 40 años de democracia en España se ha consolidado una especie de darwinismo al revés entre la clase dirigente, es decir, sobreviven y se enquistan aquellas personas que no solo no son las más aptas, sino que atesoran las peores habilidades sociales: ineptitud, patriotismo de partido y afán de poder. Aunque nuestra democracia sea limitada y menguante, en el caso de los partidos, prácticamente sin excepciones, no ha penetrado el control democrático, además de que la partitocracia se ha adueñado de casi todas las instituciones.

Vamos al grano. ¿Cuáles deberían ser las cualidades de un gestor público genuino? Poseer una formación política básica, contar con determinados conocimientos técnicos y (last but not least) haber pasado por experiencias laborales y sociales.

Si pasamos revista a los políticos que ejercen la gestión pública desde la Administración (estatal, regional, provincial, local), comprobamos las carencias e insuficiencias de la mayoría de ellos. Sin poner nombres y apellidos (el sabio lector que nos lea lo puede hacer sin remilgos), es abrumadora la cifra de políticos que desconocen completamente la materia o el área que gestionan, que carecen de cultura política (o de cultura en general) o que no se han fajado con el mundo del trabajo ni del activismo social. Es cierto que rodearse de asesores cualificados puede aminorar este desastre, pero no lo resuelve;  además, en muchos casos la elección de los asesores no viene determinada por su cualificación, sino por su cercanía ideológica o por parentesco.

En asambleas de Ganar Cádiz en Común yo he escuchado eso de que “cualquiera vale para asumir responsabilidades de gobierno”, que basta con escuchar a la gente y que gobernar es tener paredes y techos de cristal (no por lo frágil, sino por la transparencia). Este cualquierismo es un pensamiento letal por lo extendido y generalizado que está entre las fuerzas de izquierda. Evidentemente no estoy reivindicando el gobierno de los expertos y de los técnicos, sino solo exigiendo un mínimo de rigor para dedicarse a la a veces ingrata y a veces satisfactoria acción política.

También sería bueno desterrar el culto a la juventud como supuesta solución al anquilosamiento de las instituciones. Con ser cierto que la juventud introduce nuevos puntos de vista y nuevas actitudes, también es verdad que contar con poca edad no es garantía de acierto. Lo mejor es combinar la frescura con la veteranía y es en esa sinergia donde pueden surgir ideas innovadoras.

Y por último, una reivindicación de la democracia representativa. Una exquisita combinación de democracia directa con la delegación de responsabilidades es lo que mejor funciona. El asamblearismo puede ser paralizador, además de que en ocasiones lo que hace es encubrir la indigencia de ideas del administrador, que endosa la responsabilidad de la toma de decisiones al administrado. ¿Una muestra cercana? El debate sobre las barbacoas del trofeo Carranza, desparrame para el cual la concejalía gaditana no tenía alternativas y que (afortunadamente, en este caso) desplazó a una comisión de participación que optó por lo evidente: su supresión. Confiemos que no ocurra lo mismo con otro problema de convivencia que tiene o puede tener la ciudad de Cádiz: el botellón juvenil, para el cual también el ayuntamiento ha optado por un “proceso participativo” que aclare las ideas.

Nadie asegura que ser político o estar de responsable político sea fácil, pero saber generar confianza entre los tuyos y ganarse el respeto de los adversarios, deberían ser requisitos indispensables

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Daniel lopez marijuan

Fotografía: Jesús Massó

Para los activistas sociales, saber dirigir nuestros mensajes a la ciudadanía se revela tan importante como la propia fortaleza de los contenidos que queremos compartir y promover.

Sin embargo, asistimos a  una hipertrofia en cuanto a la “metodología” de los procesos participativos, muy importantes y necesarios en fechas recientes de nuestra ciudad gaditana, que pueden encubrir carencias en cuanto a lo que realmente proponemos.

Es decir, que “decida la gente” está muy bien, pero ese adanismo de empezar de cero no puede sustituir el ofrecimiento de modelos y alternativas solventes técnicamente y con voluntad de consenso social. Es lo que hemos intentado hacer por ejemplo con el proyecto de integración del puerto en la ciudad de Cádiz, o en la puesta en marcha del plan de salud del barrio de la Viña, o en el diseño de actuaciones para  los barrios de Cádiz deprimidos y beneficiados con los fondos Edusi o en la alternativa social y sostenible a Las Aletas en Puerto Real, después de las sentencias del Tribunal Supremo que desestiman el inviable polígono industrial proyectado para ese espacio.

Se trata en todos esos casos de aunar y completar la imprescindible investigación de los técnicos con la aportación social de sus beneficiarios, actuando los movimientos sociales como dinamizadores del proceso. A diferencia de otras iniciativas en las que la democracia directa encubría carencia de alternativas, en todos los ejemplos reseñados se aúnan solvencia técnica, participación real y apoyo institucional. Es un engranaje delicado, que se puede ir al garete si alguna de sus piezas no cumple con lo prometido. La contraposición democracia representativa vs. democracia directa se revela falaz, porque (siempre en mi opinión) una combinación inteligente de ambas intervenciones es lo más efectivo, eficaz y eficiente. Por no decir que es lo más justo.

Es cierto que persisten técnicos que contemplan la participación social como una intromisión, políticos ignaros y activistas rehenes de sectarismo, pero pese a esas limitaciones los ayuntamientos del cambio (Cádiz y  Puerto Real en los casos reseñados) siguen con éxito impulsando proyectos de transformación urbana y social.

Otras dificultades con las que nos hemos encontrado es la debilidad de las instituciones resultado de su propia trayectoria, en la que la colaboración, independientemente de siglas políticas, ha estado ausente. Los alcaldes de la Bahía han abrazado el ombliguismo más estéril, el de sus fronteras municipales, incapaces de tener una visión metropolitana. Si a esa visión patrimonial y reduccionista unimos el patriotismo de partido, no es extraño que la Mancomunidad haya sido capaz solo de integrar la gestión de bomberos, cementerio y recogida de animales, como desolado balance de gestión integrada. No obstante, el Puerto de la Bahía de Cádiz, el Consorcio Metropolitano de Transportes y el Parque Natural de la Bahía  son ejemplos tangibles de que un trabajo institucional conjunto es posible y necesario.

Acemoglu y Robinson explican el fracaso y el subdesarrollo de muchos países por la debilidad de sus instituciones; pues bien, una valoración similar podríamos hacer con el fracaso de la acción municipal de nuestra Bahía, secuestrada por políticos mediocres y cortoplacistas, que además consideraban su ayuntamiento como posesión patrimonial (véase en los 20 años de Teofilato en Cádiz o en la sucesión de alcaldes socialistas en Chiclana). Resultado: ayuntamientos débiles y debilitados.

La ejemplaridad pública que defiende Javier Gomá no es un atributo menor que debamos exigir de nuestras autoridades, sino un requisito inexcusable. Respetar la ley, sí; realizar una gestión eficiente, también; ofrecer una conducta intachable y ejemplar en la conducción de los asuntos públicos, no menos importante.

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Daniel lopez

Fotografía: Jesús Machuca

1.- Ni apocalípticos ni integrados: los más de treinta años de presencia y actividad del ecologismo social en la provincia de Cádiz no han conseguido alejamientos de la realidad ambiental ni desmovilización. Es cierto que somos más viejos y que la anhelada renovación generacional no se observa, pero los ánimos y las fuerzas siguen intactos.

2.- “El compromiso del activismo exige integridad práctica, disposición a asumir costes personales e implicarse por buenas razones” (Félix Ovejero). Pues bien, esa triple exigencia la cumple Ecologistas en Acción: poseemos honestidad en los comportamientos, hemos sufrido el peso de la justicia en algunos casos y el grado de implicación por la preservación de especies y de espacios es alto.

3.- Ante la  crisis de muchas ONGs, que dependían de subvenciones y apoyos de la Administración y que al desaparecer éstos prácticamente se han apagado, el ecologismo gaditano está soportando mucho mejor estos embates. Al depender básicamente de sus socios y practicar una economía de contención, hemos podido proseguir con todas nuestras campañas y proyectos.

4.- Somos apartidarios pero no apolíticos. Bien al contrario, al contar muchos de nosotros con un bagaje de militancia en organizaciones de izquierda, hemos sabido trasladar esas experiencias al campo de la defensa de la naturaleza y de la protección ambiental conociendo las limitaciones y las miserias de la política oficial.

5.- Los ecologistas gaditanos generamos respeto, animadversión y sana envidia. Lo primero en el grueso de las personas que nos conocen, lo segundo entre nuestros adversarios (que en algunos casos son casi enemigos) y lo último entre nuestros compañeros andaluces, que con igual o mayor cantidad de efectivos no consiguen resultados homologables.

6.- La típica y tópica división dentro del movimiento ecologista entre los naturalistas amantes de los animales y los activistas que luchan contra la contaminación y degradación ambiental, está superada en nuestro ámbito. Es cierto que hay personas más sensibilizadas por el maltrato animal o por la destrucción de hábitats que por el combate contra los intereses de las multinacionales, pero la confluencia de ambas necesidades es un hecho.

7.- La unión del ecologismo con el pacifismo en cambio no ha conseguido resultados satisfactorios. El declive de las marchas pacifistas contra la base aeronaval de Rota, el poco alcance de la objeción fiscal (detraer de la declaración a Hacienda lo que consideramos son gastos impúdicos para el militarismo)  o la escasa repercusión de la RANA (Red Antimilitarista y NoViolenta de Andalucía), son ejemplos de este fracaso.

8.- Se ha abierto un nuevo frente de acción lleno de posibilidades y de incógnitas. El hecho de que muchos ayuntamientos cuenten con nuevos actores procedentes del activismo ciudadano y de las movilizaciones del 15-M ha permitido que nuevos modelos de participación y de gestión urbana florezcan. El componente medioambiental es todavía muy débil en la mayoría de estos consistorios, pero movilidad sostenible, acceso público al agua y a la energía, reducción de la contaminación, defensa de los animales, viviendas accesibles y al margen de la especulación urbanística,… son objetivos planteados.

9.- “Actúa localmente y piensa globalmente”. Esta orientación la hemos seguido a rajatabla, pero completada con su contraria: pensar localmente y actuar de manera global.  Es el caso de todas las movilizaciones contra el Cambio Climático; comprobando los estragos que está ocasionando la subida del nivel del mar y la alteración de hábitats a escala local es como nos planteamos la necesidad de acudir a las cumbres del Clima y presionar por un cambio radical en el modelo energético, productivo, de transporte y de consumo.

10.- Aunque podemos valorar que el movimiento ecologista en nuestra provincia está y actúa unido, esta integración no se ha completado totalmente. Además de Ecologistas en Acción, Agaden sigue teniendo presencia sobre todo en las dos Bahías, la de Cádiz y la de Algeciras. Aunque durante un breve periodo estuvo integrada en E en A, sin embargo Agaden sigue trabajando de manera autónoma, pendiente de unirse  a Ecologistas en Acción, con quien tiene buenos lazos. También es cierto que organizaciones locales como Toniza en Chiclana (heredera de la Chinita en el Zapato) se acaba de incorporar a nosotros. La unidad de los ecologistas es imprescindible e imparable.

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Fotografía: Jesús Massó

Estamos asistiendo a un auge de los procesos participativos en nuestra ciudad gaditana. Estamos obligados a celebrarlo, sobre todo después de haber padecido dos décadas de gobierno municipal que practicaba un despotismo no ilustrado.
Sin embargo, me gustaría señalar algunos defectos y errores en los que se puede caer o directamente se cae. Y todo con el propósito de enmienda, que permita la continuidad de un gobierno local de izquierdas para el próximo mandato. Lo resumiré en nueve defectos.

Paternalismo/Dirigismo. Algunas administraciones consideran la participación de los ciudadanos en asuntos públicos como una gracia otorgada y no como un derecho. Por eso, entienden la gobernanza como un trámite que están obligados a cumplir, tutelando el proceso participativo hacia metas ya prefijadas.

Mentalidad refrendatarIa. Derivación de lo anterior: como las conclusiones ya está determinadas, se trata de que la gente manifieste su aprobación a lo que la dirigencia ya ha decidido.

Exclusividad. Entendiendo la minoría de edad de la población, son los técnicos y la clase política los únicos que poseen las herramientas adecuadas para tomar decisiones. La complejidad de la cosa pública imposiblita, según estas mentes preclaras, al común de los mortales para dilucidar la bondad o maldad de las políticas.

Suplantación por parte de los técnicos. Como una buena parte de los dirigentes políticos son iletrados, se produce la sustitución encubierta de la dirección política por técnicos bien  instalados, que ven con recelo la «intromisión» de la ciudadanía.

Carencia de ideas. Que » decida la gente» es una forma holgazana de encubrir la falta de modelo, propuestas o iniciativas. Fue el caso del referendo sobre la continuidad de las barbacoas en la playa del trofeo Carranza, cuando su erradicación era una obligación.

Manipulación. Fue el caso de la «consulta» a los gaditanos sobre el Plan de ordenación urbana del gobierno local del PP.  Cuando todas las decisiones importantes estaban ya adoptadas, preguntar a la ciudadanía qué tipo de ciudad querrían, no dejaba de ser un ejercicio hipócrita de democracia tramposa.

Tardanza. El don de la oportunidad también es algo exigible a los políticos. Sin duda, ha sido muy exitoso el proceso de intervención ciudadana para intentar pergeñar un buen proyecto para la Edusi de la barriada de La Paz y otros barrios marginados de Cádiz. Pero esta iniciativa llegó tarde, cuando se dejó pasar año y medio sin consulta ni debate alguno.

Simulación. El simulacro consiste en escenificar con todo el boato requerido un proceso trucado de intervención ciudadana sobre decisiones ya adoptadas con la connivencia. de intereses empresariales o económicos.

Exclusión. Las asociaciones y movimientos ciudadanos han crecido durante los últimos años en Cádiz. Por eso, resulta incomprensible la obcecación de las federaciones de vecinos en intentar vehicular todo el proceso participativo a través de ellas, marginado o ignorando el relevante papel de muchas organizaciones sociales.

En definitiva, si logramos evitar esas adulteraciones de la genuina participación, tenemos un horizonte despejado para el empoderamiento de la gente. Es como se está intentando hacer con  los debates sobre la pobreza energética y el bono social, o el papel de Aguas de Cádiz como garante de los derechos ciudadanos al agua, o el debate sobre la integración puerto. – ciudad, o por último el hasta ahora frustrado proyecto de carriles bici urbanos.

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Fotografía: Jesús Massó 

Como casi todo el mundo sabe, las tres acepciones de la sostenibilidad son: ambiental, económica y social. Conseguir que Cádiz fuera una ciudad con baja huella ecológica, salidas laborales e iniciativa empresarial, y correctora de las desigualdades sociales, es un objetivo que muchos perseguimos.

¿Cumple la ciudad gaditana con estos compromisos?: no.

El vigente PGOU (Plan General de Ordenación Urbana) planteaba en la ordenación ambiental tres estrategias de sostenibilidad:

  • propiciar la movilidad sostenible
  • reducir la contaminación acústica, lumínica y visual
  • alcanzar ahorro en recursos y energía mediante la rehabilitación de los edificios.

A pesar de contar con un enclave privilegiado, con un Parque Natural de la Bahía de Cádiz dentro de su término municipal, la capital gaditana sigue viviendo de espaldas  a su espacio protegido, que representa un recurso natural deconocido.

Aunque se está intentando cambiar la irracional política anterior de los gobiernos locales de primar el uso del coche privado, con los planes de carriles bici y de peatonalización del casco antiguo, todavía Cádiz sigue sometido a la hegemonía del vehículo privado. No hay políticas alternativas de recogida de residuos urbanos (puerta a puerta, devolución y retorno de envases,…), la ordenanza de ruido está obsoleta, la contaminación por ozono troposférico nos castiga todos los veranos, no se ha constituido el consejo local de medio ambiente y sostenibilidad desde que se aprobó (año 2.000),…. Cádiz necesitaría 90 veces su terreno para equilibrar el impacto de su huella ecológica. A pesar de que la ciudad de Cádiz está incluida en la red de “Ciudades por el Clima” y forme parte del programa de sostenibilidad urbana “Ciudad 21”, este debate no ha existido hasta la fecha; necesitamos que todos los problemas ecológicos puedan ser expuestos y debatidos.

La sostenibilidad económica también es una quimera, con el despoblamiento y envejecimiento continuo que padece, los altísimos niveles de paro, la falta de iniciativas empresariales y la fortísima dependencia de las ayudas de la Administración para equilibrar sus cuentas.

La ausencia de horizontes esperanzadores de despegue hace que las desigualdades sociales y la exclusión crezcan, como resultado de las políticas de ajuste y recortes. Edificios públicos abandonados, solares vacíos, carencia de viviendas dignas y asequibles, comercios cerrados, instalaciones industriales sin actividad,… ofrecen un panorama de decadencia y postración.

Sin embargo, otra Cádiz es posible (y necesaria) si logramos salir del sopor y aunar voluntades para otro modelo de ciudad. Mediante un proceso de democracia participativa, las líneas de futuro para el despegue de nuestra ciudad pasarían por:

  • Una integración del puerto con la ciudad, dando uso sostenible a los terrenos liberados de la antigua terminal de contenedores, convirtiendo la plaza de Sevilla en el pórtico de entrada al casco antiguo y con el centro intermodal de transportes, ordenando los servicios de cruceros, captando nuevas empresas de base tecnológica, etc.
  • Una ciudad en la que el peatón, el ciclista y el transporte público, en este orden, son los amos de los desplazamientos, con una red de carriles bici por todo Cádiz, con el casco antiguo peatonalizado, con nuevas empresas de movilidad limpia, con Emasa convertida en Empresa Municipal de accesibilidad y movilidad.
  • Un ambicioso plan de rehabilitación, renovación y regeneración urbana, ofreciendo trabajo a empresas de servicios energéticos, instalando energías renovables (solar térmica y fotovoltaica a la cabeza) en todos los edificios públicos, con alquileres dignos.
  • Un plan de cualificación profesional que eleve el nivel de capacitación profesional de toda la población gaditana. La elevación de la formación y el impulso de la educación serían objetivos básicos; la creación de un Centro de Formación para el Empleo es una necesidad.
  • Una nueva oferta turística basada en la riqueza patrimonial de la ciudad y en las nuevas demandas del turismo: la cultura, la tercera edad, la ciencia, la sanidad como nuevos reclamos que podría ofrecer Cádiz.

Como decíamos en el programa de Ganar Cádiz en Común, frente a una ciudad tipo parque temático, donde la especulación, la privatización de espacios públicos y la subordinación al capital (disfrazada de “competitividad”), son la oferta intragable que nos ofrece el poder, es necesario que la ciudadanía activa se una y enarbole alternativas de progreso. Queremos que todos los gaditanos insatisfechos con este panorama se rebelen y se organicen, sin exclusiones y sin dogmatismos, empleando la discusión, el diálogo y la persuasión como herramientas de cambio.