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Siempre llevo prisa. Siempre voy rápido. Acelerado, no soporto ir detrás de nadie. Vuelo con el coche, esquivo a los tranquilos paseantes con fintas propias de Stephen Curry. Yo no paseo, corro despacio. Fluyen edificios a derecha e izquierda con pájaros enjaulados en celdas privadas. Miro las máscaras que adelanto fulgurante o que se cruzan brevemente en mi camino. Máscaras de gente normal y de gente con banderitas de España. Banderitas en la mejilla izquierda, banderas tapando bocas, pequeñas banderillas como legañitas bajo párpados de mirada altiva. Al final era verdad eso de que las máscaras enseñan más de lo que esconden. Tras ellas se ocultan rencores agazapados y fobias rancias.Yo pensaba que éramos personas capaces de ver el lado bueno hasta en una celda de aislamiento, «la rugosidad de este encofrado de hormigón no la tienen otras cárceles, además, los gusanos le otorgan al puré de patatas una suave textura». Pero no, en cuanto se escuchan frases altisonantes y vacuas en boca de un macho alfa, corren indignados a ponerse una banderita y se les pone cara de haber dado una conferencia titulada «cómo llegué a ser tan listo». No me importa, yo paso rápidamente y solo queda un fugaz destello rojigualdo en mi hipocampo. 

Diego post 1
Imagen: Donations_are_appreciated en Pixabay

Se venden muy bien las banderas de España últimamente. Casi todas están hechas en China. Benjamin dijo que somos imágenes que piensan (unos más y otros menos, apostillo) y puede que tuviese razón, o no. Las imágenes son reveladoras. Cuando era joven (¿más?) recuerdo como un fogonazo edificios en construcción rematados con una bandera roja. Si miras hoy para arriba, solo ves banderas de España. Hemos olvidado los sueños que tuvimos antes de esta narcosis.

Tropiezo y me caigo (eso me pasa por mirar las nubes). Siempre ando tropezando, continuamente, a cada paso, en cada cosa, hasta cuando ya no queda camino. Pero esto es vivir. Si no tropiezas es que te has convertido en una zamburiña.  

Lo malo no es tropezar, es que hemos perdido el testigo, extraviados entre Escila y Caribdis, susto o muerte. 

Los dueños del edificio deben estar muertos de risa. 

Menos mal que voy deprisa.

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Un viejo chiste de físicos dice que la fusión nuclear es la energía del futuro y siempre lo será. Algo parecido podemos decir sobre nuestra clarividencia para conocer el porvenir. Nadie fue capaz de pronosticar la caída del muro de Berlín, la desintegración de la URSS o los atentados de las Torres Gemelas. Ninguno de nosotros tuvo la capacidad de saber, hace seis meses, lo que se avecinaba. Hoy es casi imposible pronosticar cómo se desarrollará la función de mañana, si caerá o no el equilibrista, porque nos hemos dado cuenta de que el futuro es por momentos más oscuro que el imaginado. Porque somos conscientes de que el mañana es un cisne negro.

La teoría del Cisne Negro fue desarrollada por Nassim Nicholas Taleb para explicar el desproporcionado impacto de los eventos extraños e inesperados en la historia y los sesgos psicológicos que hacen a las personas ciegas -individual y colectivamente – a esta incertidumbre, inconscientes del crucial papel de lo imprevisible en los asuntos históricos. Es también una metáfora que encierra el concepto de que cuando un suceso es una sorpresa y tiene un gran impacto, después del hecho, este acontecimiento es racionalizado retrospectivamente.

El capitan a posteriori y el cisne negro
Fotografía: S.Hermann & F. Richter de Pixabay

El cisne negro es, pues, la sorpresa y la explicación sobrevenida, el terremoto y nuestra ablepsia. Es nuestro miedo y la necesidad de amparo, de sentirnos seguros sin monstruos bajo la cama. Según esta teoría, al fin y al cabo, todos somos como el famoso capitán A Posteriori, un personaje de la serie de dibujos animados South Park, una celebridad que llega volando con su capa al lugar donde está ocurriendo un desastre y, entre suspiros de alivio de los presentes, analiza cómo podía haberse evitado la tragedia, marchándose entre vítores, aclamado por todos.

Como él, muchos expertos en Facebook prescriben hoy las soluciones que se debieron tomar. También leemos a muchos auríspices que desde enero vieron venir la pandemia, convencidos de que pasaría, de que habría que haber actuado antes; personas que en febrero reenviaban chistes sobre la gripe aviar, el SARS o el ébola y hoy se indignan casi tanto como su chófer. Solo hay que hacer un pequeño esfuerzo de memoria para recordar que muchos de nuestros actuales capitanes consideraron en su momento que la pandemia era una estrategia sensacionalista y de distracción, que no estaba justificada tanta alarma*.

Lo más triste, o más cómico, es que esto no es ninguna extravagancia, es parte de nuestra naturaleza, ha ocurrido y volverá a suceder. Somos así. Todos necesitamos, de alguna manera, tener la seguridad de que controlamos nuestra realidad, de que no vivimos en un continuo y caótico remolino donde el aleteo de una mariposa puede provocar un tornado en la otra esquina del mundo, donde lo indeterminado y lo aleatorio no manejan nuestras piruetas mortales sin una red que nos proteja. Necesitamos explicar el pasado, darle forma para contemplar el futuro sin ese vértigo. Pero es entonces cuando llega el peligro, la explicación simplista que juega con lugares comunes y proporciona invocaciones con efectos balsámicos. Thomas Hobbes lo definió como el “discurso insignificante”, palabras que no significan nada, destinadas deliberadamente a engañar, sermones plagados de pomposos animales metafísicos que ofrecen esencias inmutables mediante las que despistarnos, ficciones que pueden ser de cierta utilidad instrumental para ciertos menesteres pero que son, es preciso no olvidarlo, palabras que cada cual llena con sus propios contenidos emotivos y biográficos.

Virginia Woolf escribió que “es más difícil matar a un fantasma que a una realidad”. Tomás y Valiente también nos dijo que fuésemos precavidos con las palabras porque ellas preparan el camino de las balas. Cuidado, cuando se invoca a la libertad o a la patria con espuma en la boca, lo realmente difícil es que no empiece a desperezarse un cisne negro.

*Dos breves ejemplos:

El Mobile World Congress 2020 se suspendió a mediados de febrero mientras el secretario de Salud Pública de Cataluña, Joan Guix, (doctor en medicina y especialista en medicina preventiva) denunció una “epidemia mediática y de miedo”. De hecho, el 9 de marzo todavía insistía en que «en absoluto» había que cerrar guarderías, escuelas y universidades como decidieron otras comunidades autónomas. «En el momento actual no. Nos sigue preocupando más la gripe que el coronavirus», remachó.

El Congreso Europeo de Oficina de Farmacia y el Salón de Medicamentos y Parafarmacia, Infarma, estaba previsto para el 10 de marzo en Madrid. Acudirían unos 30.000 profesionales del sector farmacéutico y 400 empresas. Pues bien, Luis González, presidente del Colegio de Farmacéuticos de Madrid (ente que organizaba la cita), aseguró el 3 de marzo que Infarma «seguirá adelante sin ningún problema».

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Platón dibuja una alegoría sobre el conocimiento en el llamado mito de la caverna. En ella, describe a un grupo de hombres prisioneros desde su nacimiento, sujetos con cadenas de forma que únicamente pueden mirar hacia la pared del fondo de la cueva, sin poder nunca girar la cabeza. Justo detrás de ellos hay un muro con un pasillo y seguidamente, y por orden de cercanía respecto de los hombres, una hoguera y la entrada de la gruta. Gracias a la iluminación de la hoguera, las sombras se proyectan en la pared que los prisioneros pueden ver.

Estos hombres encadenados consideran que estas sombras de los objetos son la única realidad, ellos están condenados a tomar únicamente por ciertos todos y cada uno de los contornos proyectados ya que no pueden conocer nada de lo que ocurre a sus espaldas.

Ayer recordé al filósofo ateniense cuando leí en la prensa la repercusión que había tenido la expulsión de un participante de un popular concurso televisivo. Frente a una cruda realidad cotidiana y a un futuro tan incierto, la máxima preocupación de miles de personas (cuatro millones, según los datos de audiencia) se centraba en un grupo de bronceados y controvertidos jugadores y en sus polémicos vínculos interpersonales.

Diego iguna post
Imagen de Thomas B. en Pixabay

Como en estos días he tenido algún tiempo para la reflexión (o lo que sea que hago cuando duermo) y el asueto (qué palabreja) también me he dedicado a la obligada visita de las redes sociales, con sus bulos, sus fakes y sus iracundos mensajes. La realidad aquí se nos presenta bajo un aluvión de imágenes, una sucesión imparable de opiniones y noticias. Todo pasa deprisa e, invariablemente, los sucesos se iluminan, fluyen y se extinguen con rapidez. Sin embargo, este fuego voraz que parece no perdonar nada, no es capaz de iluminar las tinieblas. Todo lo contrario, tras cada visita queda esa sensación pastosa y turbia de la resaca, la desazón de encontrarse arrastrado por el tumulto, el incómodo presentimiento de haber olvidado algo.

Cierto que es necesario evadirse y que a veces una buena falsa historia es más seductora que esta mustia realidad, pero no es menos cierto que estamos más cerca que nunca de aquel mundo  anunciado por Aldous Huxley. En su novela Un mundo feliz, la información, las sensaciones y las distracciones eran tantas que la gente vivía en un mar de irrelevancia, era conducida hacia la pasividad y la sumisión a través del placer. Por doquier y en cualquier momento, la publicidad, la televisión, las redes, internet, nos están proponiendo la euforia permanente, la distracción constante, una vida fácil, donde lo que no podemos ni debemos nunca es aburrirnos y fracasar. Es una constante incitación propagandística a pensar que nuestra existencia es un juego y que vivir consiste solo en jugar (y ganar) y caer en el tedio es el mayor pecado: “diviértete hasta morir”, como escribió Neil Postman…En esas realidades paralelas vivimos, ahora más intensamente que nunca, metidos en nuestra cuevita particular, jugando a la play en vez de patear un balón, acertando preguntitas de relleno en vez de estudiar, leyendo frases pretendidamente elocuentes pero no ser capaces de leer un libro o un simple artículo, copiar y pegar sin saber lo que estás escribiendo, ver fotos retocadas, acariciar con los ojos lindos gatitos (sin la molestia de los pelos) o paisajes idílicos (sin mosquitos), perdiendo el contacto poco a poco con la cruda realidad de la caverna, viendo y formando con nuestras manos sombras chinescas… conectados, huraños y felices.

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Carl Sagan en su libro El mundo y sus demonios, afirma que en las salas de espera de los hospitales se producen más curaciones espontáneas que en Lourdes.

El 82% de los estadounidenses cree que rezar puede curar las enfermedades graves, un 73% cree que rezar por otras personas puede curar una enfermedad y el 64% desea que los médicos recen por ellos. No conozco estadísticas similares para España pero mucho me temo que los resultados no serían muy distintos.

Iguna post
Fotografía: Fran Delgado

En 1872, Francis Galton, primo de Darwin, fue el primero en analizar científicamente la eficacia del rezo. Comprobó que cada domingo, en iglesias de toda Inglaterra, congregaciones completas rezaban públicamente por la salud de la familia real. Su hipótesis era que, de ser efectiva la plegaria, los reyes deberían vivir más que otros grupos comparables. Sus estadísticas demostraron que los soberanos vivían menos tiempo que los miembros de la alta burguesía.

Más recientemente, en el año 2005, el físico Russell Stannard (un reconocido científico creyente británico) lanzó una ambiciosa iniciativa (financiada por la todopoderosa Fundación Templeton) para someter a prueba experimentalmente la efectividad de la oración.

Bajo el liderazgo del cardiólogo Hebert Benson, un equipo de investigadores monitorizó a mil ochocientos dos (1.802) pacientes en seis hospitales, a todos se les había practicado cirugía coronaria de bypass.

Los pacientes fueron divididos en tres grupos. El grupo Uno recibió rezos sin saberlo. Por el grupo Dos (el grupo de control) nadie rezó. El grupo Tres recibió rezos y todos sus miembros sabían que se rezaba por ellos. La comparación entre los grupos Uno y Dos examina la eficacia de la plegarias. Los resultados del grupo Tres proporciona los posibles efectos psicosomáticos de saber que están rezando por uno.

Los rezos fueron hechos por las congregaciones de tres iglesias; una en Minnesota, una en Massachusetts, y una en Missouri; todas distantes de los tres hospitales. A los individuos que rezaban se les dio únicamente el nombre y la primera letra del apellido de cada paciente por el que debían rezar y se les dijo que incluyeran en sus plegarias, la frase: “por una exitosa cirugía con una rápida y saludable recuperación sin complicaciones”. Todo muy pautado.

Los resultados, publicados en la revista científica American Heart Journal de abril de 2006, fueron claros. No existió diferencia entre aquellos pacientes por quienes se rezó y aquellos que no recibieron rezos. Sin embargo, y esto es lo más curioso, sí existió una diferencia entre aquellos que sabían que se estaba rezando por ellos y los que no sabían si se estaba rezando o no por ellos: aquellos que sabían que eran beneficiarios de los rezos, sufrieron significativamente más complicaciones que los demás.

¿Se enfadó Dios por la duda expresada en el estudio? ¿Quiso castigar a los científicos por haberse gastado dos millones y medio de dólares en una estupidez? Puede que sí, pero parece más probable que los pacientes que sabían que se estaba rezando por ellos sufrieran un estrés adicional, “ansiedad de desempeño”, como dijeron los experimentadores. El doctor Charles Bethea, uno de los investigadores, dijo: “Puede haberles producido incertidumbre, al hacerles pensar: ¿estoy tan enfermo que tuvieron que llamar a todo un equipo de orantes?”

Así que, si te ves pachucho, llama a un buen médico, ve a un buen hospital público y solo reza por alguien que de verdad lo merezca (y que se entere).

Dawkins, Richard: El espejismo de Dios, Espasa, Barcelona, 2012

https://www.xatakaciencia.com/otros/rezar-no-cura-confirmado

https://www.bbc.com/mundo/noticias/2012/03/120320_muamba_poder_oracion_cr

https://www.tendencias21.net/Dos-nuevos-estudios-analizan-los-efectos-de-la-oracion-sobre-la-salud_a949.html

https://www.xatakaciencia.com/no-te-lo-creas/la-ineficacia-de-la-oracion-religiosa-o-lo-tremendamente-complicado-que-es-distinguir-el-placebo

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¿Catalán o español? ¿andaluz o gaditano? ¿del Madrí o del Barsa?

¿Qué somos? y ¿por qué? ¿cómo se forja nuestra forma de ser y de actuar?

La identidad es, en términos generales, la concepción y expresión que tiene cada persona acerca de su individualidad y acerca de su pertenencia o no a ciertos grupos. Nos clasificamos en categorías, grupos, colores y hasta marcas, pero siempre nos queda la duda de qué hubiese sido de nosotros de producirse pequeños cambios en nuestra vida: en cuestión de pocos kilómetros, o incluso metros, puedes nacer en Villarriba o en Villabajo, en una nación o en su enemiga. Si esto es así, cómo somos capaces de integrarnos en una u otra, qué hace que estemos en distintas barricadas peleando por trapos de color de distinto tono.

Henri Tajfel (1919-1982) fue un psicólogo social británico de origen polaco conocido por ser el principal creador de la Teoría de la Identidad Social, que propone que la gente tiene una tendencia innata a categorizarse a sí misma en grupos excluyentes (“ingroups”), construyendo una parte de su identidad sobre la base de su pertenencia a ese grupo y forzando fronteras excluyentes con otros grupos ajenos a los suyos (“outgroups”).

Hasta la ultima gota de nuestra sangre
Fotografía: Jesús Machuca

Tajfel realizó una serie de experimentos sobre la discriminación intergrupal en la ciudad de Bristol, en 1970. La idea de Tajfel surgió de un amigo esloveno que hablaba sobre los estereotipos que existían sobre los inmigrantes bosnios (la región más pobre de la antigua Yugoslavia).

Sus experimentos se centraron en el comportamiento de un individuo hacia los miembros del grupo propio y los miembros de un grupo extraño. Los realizó con chicos de catorce y quince años de una escuela de Bristol. Todos se conocían entre sí antes de que fueran, en grupos de ocho, al laboratorio de Tajfel. Allí se les pasó un test de «agudeza visual»: racimos de puntos fueron proyectados en una pantalla y se les pidió que calcularan el número de puntos de cada racimo. Después de hacer esa tarea, se les dijo a los chicos que algunas personas tendían a calcular por debajo, y otras por encima, el número de puntos. Entonces, después de que sus hojas de respuestas fueran ostensiblemente «puntuadas», los chicos fueron llevados de uno en uno a otra habitación y se les dijo, de forma privada, a qué grupo pertenecían, si al de los sobrestimadores o al de los subestimadores.

La asignación de grupo fue completamente aleatoria: la mitad de los chicos fueron incluidos en un grupo y la otra mitad al otro. Su actuación en el test de los puntos no tuvo nada que ver.

El experimento real comenzó inmediatamente después de haberles dado esa información falsa.

Cada chico fue instalado en una cabina individual y se le pasó una «hoja de recompensas» para que la rellenara. Se le pidió que decidiera cuánto dinero se le debería pagar a varios de sus compañeros por participar en el experimento. Los compañeros solo fueron identificados por el número y el grupo. Por ejemplo, un chico al que se le hubiera dicho que era un sobrestimador se le pediría que escogiera, entre una lista de varias opciones, cuánto dinero se le debería dar al «miembro número 4 del grupo sobrestimador» y cuánto al «miembro número 53 del grupo subestimador». Cualquiera que fuese su opción —eso se decía claramente en las instrucciones— no afectaría en nada a su propio «sueldo».

Los chicos no sabían los nombres de los compañeros que estaban en su propio grupo y cuáles en el otro ni conocían la identidad de las personas a las que les asignaban los pagos (solo un número). Sin embargo, dieron más dinero a los miembros de su grupo que a los del otro. Parecían estar más motivados para pagar menos a los miembros del otro grupo y pagar más a los del propio.

Este experimento demostraba qué poco se necesita para evocar lo que Tajfel llamaba «grupalidad». No se requiere una historia de amistad con uno de los miembros del grupo o un conflicto con los miembros del otro. Tampoco se precisa un territorio por el que luchar. Ni diferencias visibles en la apariencia o en la conducta. Ni siquiera es necesario saber quiénes son tus compañeros de grupo. «El mero hecho de la división en grupos es suficiente para disparar la conducta discriminatoria.»

Tajfel también estudió la forma en que creamos categorías y cómo estas afectaban a nuestros prejuicios. Los resultados de sus experimentos mostraron la predisposición a presuponer que todos los elementos de una categoría (todos los “franceses” o todos los “catalanes”) eran más similares entre ellos de lo que realmente lo eran, y, en la misma línea, que los pertenecientes a categorías distintas inflaban las desigualdades, en muchos casos inexistentes (por ejemplo, exagerando las diferencias entre “catalanes” y “españoles”).

Referencias

http://www.holah.karoo.net/tajfestudy.htm
https://es.wikipedia.org/wiki/Henri_Tajfel
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En la Pescara de posguerra, donde se sitúa originalmente el guión de Ennio Flaiano, se denominaba «vitellone» («becerrones») a los jóvenes zánganos, inmaduros, que no se dedicaban a nada, que vivían vagueando, parasitando a sus familias, esquivando el trabajo y evitando contraer responsabilidades.

Fellini rodó esta película brillante en 1953. Fueron los abuelos de los actuales «ninis», un término que se introdujo formalmente por primera vez en el Reino Unido en 1999 con la publicación del Informe «Bridging the gap: new opportunities for 16-18 year olds not in education, employment or training». Hoy, según cálculos realizados en distintos países desarrollados, implica a un 20/25 % de la población juvenil (la situada entre 16 y 30 años).*

El término japonés «hikikomori» hace referencia a un fenómeno social que consiste en personas apartadas que han escogido abandonar la vida en sociedad y solo se comunican a través de las redes sociales; a menudo estos jóvenes buscan grados extremos de aislamiento y confinamiento, para evitar toda la presión exterior. Pueden encerrarse en sus dormitorios o alguna otra habitación de la casa de sus padres durante periodos de tiempo prolongados, a menudo años. Normalmente no tienen ningún amigo, y en su mayoría duermen a lo largo del día, y ven la televisión o juegan al ordenador durante la noche. Estimaciones actuales calculan que hay más de quinientos mil hikikomori en Japón. Un fenómeno que, además, se está extendiendo a muchos otros países (entre ellos, el nuestro**).

Los inutiles
Fotografía: Ergoneon

Vitellone, nini o hikikomori pueden empezar a considerarse la vanguardia de lo que vendrá.

Durante el presente siglo probablemente asistamos a la creación de una nueva y masiva clase no trabajadora: personas carentes de ningún valor económico, político o incluso artístico, que no aportarán nada a la prosperidad social, que no tendrán más poder que su número. Esta «clase inútil» no solo estará desempleada: será inempleable. Porque cada vez habrá más empleos que no necesiten de ningún ser humano para ser funcionales.

En septiembre de 2013, dos investigadores de Oxford, Carl Benedikt Frey y Michael A. Osborne, publicaron el informe The Future of Employment, *** en el que exploraban la probabilidad de que diferentes profesiones quedaran a cargo de algoritmos informáticos a lo largo de los veinte años siguientes.

El algoritmo que desarrollaron Frey y Osborne para hacer los cálculos estimó que el 47 por ciento de los puestos de trabajo de Estados Unidos corrían un riesgo elevado. Por ejemplo, hay un 99 por ciento de probabilidades de que en 2033 los televendedores y los agentes de seguros humanos pierdan su puesto de trabajo, un 97 por ciento de probabilidades de que lo mismo ocurra con los cajeros, el 94 por ciento a los camareros, un 88 a los obreros de la construcción o a los conductores de autobús, un 83% a los marineros…

Naturalmente, para cuando llegue el año 2033, es probable que hayan aparecido muchas profesiones nuevas, por ejemplo, la de diseñador de mundos virtuales o que se extiendan otras como gestor cultural (sea esto lo que sea) pero es también probable que dichas profesiones requieran mucha más creatividad y flexibilidad que nuestros empleos corrientes, y no está claro que los cajeros o los obreros de la construcción de cuarenta años sean capaces de reinventarse como directores artísticos. Incluso si lo hacen, el ritmo del progreso es tal que en otra década podrían tener que reinventarse de nuevo. Después de todo, es muy posible que los programas informáticos también superen a los humanos en el diseño o en la gestión. El problema crucial no es crear nuevos empleos. El problema crucial es crear nuevos empleos en los que los humanos rindan mejor que los algoritmos.

Es posible que la prosperidad tecnológica haga viable alimentar y sostener a las masas inútiles incluso sin esfuerzo alguno por parte de estas. Pero ¿qué las mantendrá ocupadas y satisfechas? Las personas tendrán que hacer algo o se volverán locas. ¿Qué harán durante todo el día? Una solución la podrían ofrecer (como ya previó Huxley en Un mundo feliz) las drogas y los juegos de ordenador. Las personas innecesarias podrían pasar una cantidad de tiempo cada vez mayor dentro de mundos tridimensionales de realidad virtual, que les proporcionarían mucha más emoción y compromiso emocional que la gris realidad exterior.

Todos, como una inmensa masa de «hikikomori», con nuestro soma particular, felices y aislados.

* https://es.wikipedia.org/wiki/Nini
** http://www.bbc.com/future/story/20190129-the-plight-of-japans-modern-hermits
*** Harari, Yuval Noah: Homo Deus. Breve historia del mañana. Barcelona, Debate, 2016