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Diego post
Fotografía: Jesús Massó

El efecto Mateo es una teoría formalmente postulada por Merton que se inscribe dentro de la categoría de teorías de alcance intermedio. El efecto Mateo es llamado así por una cita en el evangelio de Mateo que refleja la esencia de la teoría:

Porque a cualquiera que tiene, se le dará, y tendrá más; pero al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado. Mateo 13:12

y hace referencia a un proceso de ventaja acumulativa, que hace al rico más rico y al pobre más pobre. Al amplificar los procesos de acumulación de ventajas y desventajas, el efecto Mateo magnifica las desigualdades; desde el punto de vista macroeconómico sería algo así como la predicción marxista sobre la acumulación del poder económico en unas pocas grandes compañías que monopolizarían los mercados o, en un ejemplo menos controvertido, en el marco de la reputación de los científicos y de la influencia de su trabajo.

En el seno del sistema de recompensas del campo científico, las desigualdades están parcialmente determinadas por las diferencias reales en la magnitud de las contribuciones de los académicos —lo que hace que el sistema parezca funcionar de manera justa y efectiva—, pero esas diferencias dependen primordialmente de los juicios que los científicos se forman y estos juicios están configurados por su experiencia previa y por las características de los sistemas de estratificación y comunicación de la ciencia. O sea, el científico más respetado es el que más publica, pero publica más porque quien más publica es el que ha publicado más.

Otra demostración de lo anterior puede verse en los escritores famosos, que reciben los grandes premios literarios y que son los que han sido seleccionados y promocionados por los editores. Si miramos al mundo del cine nos encontramos con una serie de actores que siempre figuran como protagonistas frente a actores de reparto que rara vez llegarán a ser considerados como estrellas.

El efecto Mateo resulta especialmente determinante en la educación y las desigualdades sociales. Formalmente, los Estados suelen justificar su apoyo al impulso por la igualdad real con la educación universal. Sin embargo, el acceso a la educación siempre se ha caracterizado por ser doble, uno de exclusividad y prestigio para las clases sociales altas, y uno mediocre y general (muchas veces, subsidiario) para las clases bajas. De tal modo, que el sistema educativo acaba como un puntal más del efecto Mateo. Solo hay que ver dónde educan a sus hijos e hijas los grandes empresarios, los reyes o los miembros de los distintos gobiernos (que perjuran dignificar la educación pública pero ejercen como consumidores de la privada), para comprender cómo se articulan y cohesionan los grupos dominantes en exclusivos entornos privados donde los cachorros se vinculan con otros de su misma clase y encuentran puntos de apoyo y contactos que les servirán en el futuro. Esto es, al que tiene, se le dará, y tendrá más; pero al que no tiene…

Para la historiadora de la ciencia Margaret Rossiter, la cuestión no termina aquí. Las mujeres, defiende Rossiter, son más vulnerables al efecto Mateo.

Rossiter bautizó esta variedad como ‘efecto Matilda’, en honor a Matilda J. Gage, sufragista neoyorkina de finales del siglo XIX que identificó y denunció la invisibilidad e invisibilización de las mujeres y sus méritos en otros contextos (incluso en la propia Biblia). Rossiter ofrece una larga lista de ejemplos de científicas a las que el sistema de recompensas de la ciencia trató injustamente por su género. Las contribuciones de Lise Meitner al descubrimiento de la fisión nuclear o de Rosalind Franklin al de la estructura de doble hélice del ADN, por ejemplo, no fueron reconocidas en su momento, aunque sus colegas varones recibieron sendos premios Nobel por ellas.

Estudios recientes también alertan de que, incluso hoy, ser mujer resta inadvertidamente puntos del currículo científico. Investigadores de la Universidad de Yale mostraron en 2012 cómo los evaluadores (independientemente de su sexo) puntuaban más alto y estaban dispuestos a ofrecer un salario mejor a un potencial candidato para un puesto de laboratorio cuando creían que el currículo que juzgaban era el de un hombre.

Es tan perverso el efecto Matilda (y a menudo tan invisible) que el propio Merton sucumbió al mismo: su publicación sobre el efecto Mateo está basada en las entrevistas y materiales de Harriet Zuckerman. Años después, Merton se casaría con Zuckerman… y también reconocería que aquel artículo debería haberlo firmado en coautoría con ella.

Contrariamente al mito igualitario y democrático, en la carrera social suelen ganar los mejor situados en las posiciones de salida: formación, amistades, posibilidades, contactos, prejuicios… los ganadores del gordo siempre son los que tienen la mayoría de las  papeletas.

https://es.wikipedia.org/wiki/Efecto_Mateo

https://diegoiguna.blogspot.com/2015/04/el-efecto-matilda-ser-mujer-resta-puntos.html

http://blogs.20minutos.es/ciencia-para-llevar-csic/2015/03/05/efecto-matilda-ser-mujer-resta-puntos-en-el-curriculo-cientifico/

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Iguna
Imagen: Pedripol

Cuando pensamos en ciencia, la palabra nos sugiere investigación, observación, objetividad, experimentación. Y realmente el método científico ofrece los instrumentos para que conozcamos mejor el mundo. En ocasiones, sin embargo, los científicos tropiezan con sus propios prejuicios. En los orígenes del saber científico, por ejemplo, Aristóteles (que valoraba la observación, la recogida de datos y su clasificación) afirmó que, entre las cabras, los cerdos y los humanos, los individuos de sexo femenino tenían menos dientes que los de sexo masculino (y se casó dos veces).

Algo así les ocurrió a los primeros primatólogos cuando observaban y analizaban el comportamiento de los babuinos. Los primatólogos se encontraron en primer plano con las peleas y fanfarronadas de los machos. Y en el mundo de la Guerra Fría, elaboraron una narrativa según la cual la vida de los babuinos dependía de la organización jerárquica de sus machos. De acuerdo con esta representación, los babuinos macho eran animales tremendamente agresivos, que competían entre ellos por las hembras y se convertían en una tropa disciplinada, en un ejército bien entrenado, cuando había que defender al grupo.

Pero lo que la primatóloga Thelma Rowell vio en la sabana no se parecía en nada a esta imagen: los machos no eran ni tan agresivos ni tan buenos soldados, y tampoco las hembras esperaban simplemente a que llegara su príncipe azul. En caso de ataque, la estrategia era la de “sálvese quien pueda” y eran las relaciones entre las hembras, más bien, las que daban estructura al grupo. Se ocupaban de conseguir más comida para el clan y cultivaban las amistades que más les interesaban para el futuro de sus retoños.

Así, el modelo militar de los babuinos se fue desmoronando. Jean Altmann, Barbara Smuts y Shirley Strum desmontaron también otras creencias arraigadas, como la de que los machos dominantes tenían prioridad en el acceso a las hembras y, por tanto, más descendencia. Realmente, el más bravucón no era precisamente el que más ligaba. La discreción, por el  contrario, parecía ser una cualidad apreciada por las babuinas a la hora de elegir con quien aparearse. Descubrir este nuevo mundo babuino requería observar lo que estaba sucediendo en un segundo plano, más allá de las ruidosas reyertas de los machos. Para ello, Jean Altmann introdujo protocolos de observación sistemáticos que garantizaran que todos los miembros del grupo, y no solo los que llamaban más la atención, fueran observados.

Las transformaciones que las primatólogas introdujeron en los métodos y los marcos teóricos nos muestran que el punto de vista, la perspectiva, importa. Como mujeres, fueron capaces de identificar el sesgo que había estado condicionando observaciones y teorías previas, según el cual los machos de las especies son los individuos interesantes, y las hembras tienen simplemente un papel reproductivo. Al visibilizar a las hembras, iluminaron un enorme punto ciego en la primatología. Su perspectiva parcial desveló la parcialidad de la perspectiva dominante, y el resultado fue una ciencia más objetiva.

http://blogs.20minutos.es/ciencia-para-llevar-csic/2015/01/30/los-orgasmos-de-las-primates-y-los-prejuicios-de-la-ciencia/

http://diegoiguna.blogspot.com/2017/01/aristoteles-y-platon-y-los-dientes.html

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D iguna
Imagen: Pedripol

En el invierno de 1906, la revista británica Punch publicó una viñeta humorística sobre el futuro de la tecnología. Bajo el título, «Pronósticos para 1907», una caricatura en blanco y negro mostraba a una típica pareja burguesa de la época sentada en un parque londinense. El hombre y la mujer están separados el uno del otro con antenas que sobresalen de sus sombreros. En sus piernas hay pequeñas cajas negras, escupiendo cintas de teletipo. Una leyenda dice: «Estas dos personas no se están comunicando entre sí. La mujer recibe un mensaje de amor y el caballero, resultados de las carreras».

El dibujante se decantaba por el humor; hoy la imagen parece profética. Un siglo después de su publicación, Steve Jobs dio a conocer el primer iPhone. Hoy, gracias a él, podemos sentarnos en los parques y no solo recibir mensajes de amor y resultados de carreras, sino que podemos conocer todo el saber del mundo con un solo dedo, escuchamos buena parte de las canciones grabadas en todo el mundo y nos comunicamos instantáneamente con todas las personas que conocemos.

Más de dos mil millones de personas tienen ahora esa magia al alcance de la mano que está cambiando la forma en la que hacemos innumerables cosas, desde tomar fotos hasta pedir un taxi. Sin embargo, los móviles también nos han cambiado, han transformado nuestra naturaleza de manera elemental, han modificado la forma en que pensamos e interactuamos.

La evidencia de este cambio se concreta en un creciente cuerpo de investigación de psiquiatras, neurocientíficos, especialistas en marketing y expertos en salud pública. Lo que muestran estos estudios es que los móviles están causando un daño real a nuestras mentes y a nuestra forma de relacionarnos, se está reduciendo la capacidad media de atención, la capacidad intelectual y las horas dedicadas a las relaciones directas con familiares y amigos. En los niños están creciendo de forma alarmante los casos de TDAH (en los Estados Unidos, un 43% en los últimos diez años) y los suicidios de adolescentes (que se han multiplicado por dos en ese mismo periodo de tiempo). En España los últimos estudios corroboran estos datos: en la última década han aumentado de forma alarmante los casos de TDAH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad)*

En ninguna parte es más evidente la creciente conciencia del problema con los teléfonos inteligentes que en los centros californianos donde fueron creados. El año pasado, antiguos empleados de Google, Apple y Facebook, incluidos antiguos altos ejecutivos, comenzaron a dar la voz de alarma sobre los teléfonos inteligentes y las redes sociales, advirtiendo especialmente sobre sus efectos en los niños. Chris Marcellino, que ayudó a desarrollar las notificaciones automáticas del iPhone en Apple, dijo a The Guardian el otoño pasado que los teléfonos inteligentes enganchan a las personas del mismo modo que los juegos de azar y las drogas. Sean Parker, ex presidente de Facebook, admitió recientemente que la red social fue diseñada para enganchar a los usuarios: «Se está explotando una vulnerabilidad en la psicología humana», dijo. «[Los creadores] sabíamos esto, conscientemente, pero lo hicimos de todos modos».

Ninguno de los denunciantes ha sido más ruidoso que Tristan Harris, un ex gerente de Google, que ha pasado los últimos años de su vida diciéndole a la gente que use menos las tecnologías que él ayudó a crear, a través de una organización sin fines de lucro llamada Time Well Spent, que busca concienciar a los consumidores sobre los peligros de esta nuevas tecnologías.

El primer ministro canadiense, Justin Trudeau, se reunió con Harris en la Cumbre Global Progress en Montreal. Este diciembre, el gobierno francés ha decidido que, a partir del próximo septiembre, todos los teléfonos móviles estarán prohibidos en las escuelas francesas, incluso entre clases y durante las pausas para el almuerzo. «Debemos encontrar una manera de proteger a los alumnos de la pérdida de concentración a través de pantallas y teléfonos», dijo el ministro de educación, Jean-Michel Blanquer.

Es importante que tengamos en cuenta que, a diferencia de los televisores y los ordenadores de escritorio, que por lo general están relegados a un cuarto en casa, los teléfonos inteligentes nos acompañan a todos lados. Y nos conocen. Lo que aparece en el suministro de noticias de nuestro iPhone y sus aplicaciones de redes sociales se seleccionan mediante algoritmos para llamar nuestra atención. Los teléfonos inteligentes están «usando literalmente el poder de computadoras de miles de millones de dólares para descubrir qué ofrecerte», dijo Harris. Por eso no puedes apartar la mirada.

Para garantizar que nuestros ojos permanezcan firmemente pegados a la pantalla, nuestros teléfonos inteligentes y los mundos digitales a los que nos conectan se han convertido en pequeños virtuosos de la persuasión, engatusándonos para que los revisemos una y otra vez, y durante más tiempo de lo que pensamos. Los usuarios promedio miran sus teléfonos unas 150 veces al día, según algunas estimaciones, y casi el doble de lo que creen que hacen, según un estudio de 2015 de psicólogos británicos. Los usuarios de América del Norte pasan entre tres y cinco horas al día mirando sus teléfonos. Como señala el profesor de marketing de la Universidad de Nueva York, Adam Alter, eso significa que a lo largo de una vida media, la mayoría de nosotros pasaremos unos siete años inmersos en nuestros móviles. En España, un estudio de 2016 afirmaba que el 42% de los usuarios españoles no pasa más de 60 minutos sin consultar mensajes de Whatsapp, y corrobora los resultados británicos, ya que cada usuario español consulta su móvil un promedio de 150 veces al día.**

Los teléfonos inteligentes explotan algunas debilidades mentales que pueden resultar obvias, aunque otras, no tanto. Por ejemplo, los principios de «recompensas variables» y del condicionamiento operante. Descubiertos por el psicólogo Burrhus Frederic Skinner en una serie de experimentos con ratas y palomas, predicen que es más probable que las criaturas busquen una recompensa si no están seguros de la frecuencia con que se repartirán: en sus experimentos, las palomas, por ejemplo, picoteaban un botón para obtener comida con más frecuencia si la comida se distribuía de manera irregular en vez de a intervalos fijos. Skinner consideró que este es el mecanismo básico del juego y su capacidad de «engancharnos». Es evidente que Facebook*** (sobre todo) y otras redes sociales hacen un uso sistemático de este modelo para hacerlas más adictivas.

Y esta dependencia también afecta a nuestra capacidad de concentración. En 2015, Microsoft Canadá publicó un informe que indicaba que el lapso promedio de atención humana se había reducido de 12 a 8 segundos entre 2000 y 2013. Estamos hablando de una reducción mayor del 33% ¡en 13 años! Si estos datos son reales es para preocuparse. Sin embargo, John Ratey, profesor asociado de psiquiatría en la Facultad de Medicina de Harvard y experto en trastorno por déficit de atención, dijo que el problema en realidad está empeorando. «No estamos desarrollando las habilidades de atención de nuestro cerebro tanto como solíamos hacerlo», dijo. De hecho, Ratey ha señalado una clara similitud entre sus pacientes TDAH y lo que está ocurriendo a los usuarios de los teléfonos móviles: los síntomas son «absolutamente iguales», dijo.

La distracción continua que generan los móviles también tiene consecuencias en nuestra capacidad intelectual. En un estudio de 2014, se descubrió que los trabajadores de una empresa británica que realizaba múltiples tareas en medios electrónicos perdieron la misma cantidad de cociente intelectual que las personas que habían fumado cannabis o habían perdido la noche de sueño.

Y, curiosamente, esto afecta incluso a las personas que son disciplinados con el uso de su teléfono inteligente. Eso es lo que descubrieron Adrian Ward y sus colegas en la escuela de negocios de la Universidad de Texas en un experimento el año pasado. Hicieron que tres grupos de personas realizaran una prueba que requería su plena concentración. Un grupo tenía sus teléfonos boca abajo sobre la mesa, otro los tenía en sus bolsos o bolsillos y el último grupo los dejó en otra habitación. A ninguno de los estudiantes se le permitió mirar sus dispositivos durante la prueba. Pero aún así, cuanto más cerca estaban los teléfonos, peor funcionaban los grupos. Esto es, la mera presencia de un teléfono inteligente reduce la capacidad cognitiva disponible y deteriora el funcionamiento cognitivo, a pesar de que las personas crean que están poniendo toda su atención en la tarea que realizan. “Su mente no está pensando en su teléfono, pero ese proceso, el proceso de exigir que no piense en algo, utiliza algunos de sus recursos cognitivos limitados, es una fuga cerebral.» Los experimentos se realizaron sobre un total de 800 personas y los resultados fueron siempre los mismos: no importaba si el teléfono estaba encendido o apagado, o si estaba boca arriba o boca abajo sobre un escritorio. Tener un teléfono inteligente a la vista o de fácil alcance reduce la capacidad de una persona para concentrarse y realizar tareas porque parte de su cerebro está trabajando activamente para no coger o utilizar el teléfono.

A los 10 años de su invención, en ninguna parte el poder alienante de los teléfonos inteligentes es más problemático que en la relación entre padres e hijos. En pocas palabras, los teléfonos inteligentes están haciendo que las madres y los padres presten menos atención a sus hijos y podrían estar causando daños emocionales. Diversos estudios en Canadá y en los Estados Unidos han detectado el cada vez mayor número de mujeres que envían mensajes de texto y navegan con sus teléfonos mientras amamantan, rompiendo el contacto visual con su bebé. Encontrarse con la mirada, dicen diversos analistas, es «un lenguaje silencioso entre el bebé y la madre».

La deriva digital también afecta a las relaciones familiares. El Centro para el Futuro Digital, un grupo de expertos estadounidense, descubrió que entre 2006 y 2011, la cantidad promedio de horas que las familias estadounidenses pasaron juntas al mes disminuyó en casi un tercio, de 26 a alrededor de 18. Según otro estudio, casi en el 75 por ciento de los casos, los adultos utilizaban dispositivos móviles durante la comida con sus hijos. Se considera, con razón , que «esto puede generar en ellos sentimientos de inseguridad, de rabia y la creencia de que no son importantes en la vida de sus padres”, y se les da a entender a los pequeños que los momentos de compartir en familia no son importantes y que no es necesario respetar la presencia del otro.

La tecnología mueve miles de millones de euros por las compañías más poderosas del mundo. Miles de millones de personas usamos esa tecnología que nos hace la vida más cómoda, sí, pero que está resultando tremendamente impactante en nuestra sociedad actual. Estamos aprendiendo que estas nuevas tecnologías no son inofensivas. Es necesario regular su uso ¿o no? porque ¿podemos controlarlo?

A modo de PD: me encantan los sombreros de copa (mejor con antena).

* Véase https://www.comunicae.es/nota/aumentan-en-espana-los-casos-de-ninos-que_1-1188722/

**Véasehttp://www.abc.es/tecnologia/moviles/aplicaciones/abci-cuantas-veces-miramos-espanoles-nuestros-moviles-201607181756_noticia.html

*** Facebook cuenta, desde junio de 2017, con más de 2000 millones de usuarios. https://crearcomunidad.com/2017/06/29/cuantos-usuarios-tiene-facebook-2/

https://www.theglobeandmail.com/technology/your-smartphone-is-making-you-stupid/article37511900/

https://yourot.com/parenting-club/2017/5/24/what-are-we-doing-to-our-children

https://www.architecturendesign.net/satirical-illustrations-show-our-addiction-to-technology/

https://www.comunicae.es/nota/aumentan-en-espana-los-casos-de-ninos-que_1-1188722/

http://www.abc.es/tecnologia/moviles/aplicaciones/abci-cuantas-veces-miramos-espanoles-nuestros-moviles-201607181756_noticia.html

https://entusiasmado.com/telefono-inteligente-te-menos-inteligente/

http://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-14708103

 

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Fotografía: Jesús MassóDiego iguna 1

En su libro Viaje por las escuelas de España de 1927, Luis Bello escribió que Todo brilla, refulge y es alegre en Cádiz menos las escuelas.

Hacía referencia a las escuelas públicas, en las que constataba el abandono sufrido por estas durante decenas de años, sin infraestructuras, medios ni personal adecuado.

Recuerdo estas palabras a cuenta de la noticia publicada en el Diario de Cádiz sobre las solicitudes para las matriculaciones en educación primaria en la ciudad. En resumen, dice la noticia, la enseñanza concertada ha vuelto a ganar la partida a la pública en la capital gaditana.

Soy profesor de secundaria y conozco los esfuerzos de muchos centros de enseñanza públicos por mejorar, implicarse e integrarse en su entorno, por realizar actividades y proyectos motivadores. Sin embargo, a la hora de la verdad, esto se traduce en un escaso interés y en una clara falta de valoración (en muchos casos) de ese mismo contexto.

Muchas veces he intentado darle una explicación a esta realidad, una realidad que entiendo enmarcada en el prestigio de lo privado y la escasa valoración de lo público pero a la que puedo dar, no sé si de modo convincente, varias explicaciones.

En primer lugar, me parece que resulta inadecuado comparar en pie de igualdad la escuela privada, mimada desde siempre por las autoridades, con una escuela pública abandonada a su suerte hasta hace poco. Incluso hoy en día nuestros dirigentes (a veces sin pudor, otras con pobres excusas) llevan a estudiar a sus hijos e hijas a la escuela privada (concertada o no). Los hijos de los reyes, de los ministros o de los presidentes del gobierno asisten a clases en entornos privados donde se vinculan con otros de su misma clase (o, si lo prefieres, de su misma casta) y sirven de modelo a otros sectores que (a distintos niveles de concreción) imitan el comportamiento de las clases dirigentes.  

Así, la escuela privada se proyecta como una parte fundamental de lo que Gramsci denominó el “bloque hegemónico”, un elemento básico con el que las clases dominantes «educan» a los dominados para que estos vivan su sometimiento y la supremacía de las primeras como algo natural y conveniente.

La escuela pública queda así, en los lugares cercanos al poder y con una clase dirigente consolidada (como ocurre en la mayoría de las ciudades) como lugares peligrosamente vinculados a la caridad o al gueto ya que las instituciones no tienen dinero para educar con dignidad a todos sus ciudadanos al gastar una parte importante del presupuesto en formar a creyentes. Solo hay que comparar las diferentes infraestructuras (gimnasios, patios, bibliotecas, instalaciones deportivas) de unos y otros para constatar que esto no es una afirmación insustancial.

Aparte de esta dejadez de las administraciones para dotar a la escuela pública de todos los medios para competir en igualdad, los medios de comunicación cumplen también su función propagandística a favor de los centros privados.

Solo hay que ver las noticias en las que aparece el sistema educativo para comprobar que salen beneficiadas de una forma más que evidente las instituciones privadas (alguna de ellas con anuncios fijos en las páginas de esos mismos periódicos). Institutos públicos como el IES Drago de Cádiz, el IES Vega del Guadalete de la Barca o el IES San Juan de Dios de Medina, con continuos reconocimientos a niveles europeos o nacionales, son ninguneados (o tienen una difusión muy limitada) frente a otros que, con actividades nimias o curricularmente insustanciales, se encuentran presentes en los medios de una forma permanente.                                                 

Otra cuestión que normalmente se postula como una fortaleza de la privada son los resultados de promoción y titulación del alumnado. En Andalucía, por ejemplo, se sitúan entre un cinco y un diez por ciento superiores, dependiendo del curso.

Aparte de lo que en ocasiones se ha afirmado de que los centros privados seleccionan al alumnado mediante cuotas o pagos mensuales altos (con los que determinados alumnos de familias desestructuradas o con problemas económicos graves no pueden acceder a los mismos) también creo (incluso de más trascendencia) que el hecho de que para entrar en un centro privado es necesario “molestarse”, preocuparse de realizar la solicitud en su momento, entregar la documentación completa y a tiempo… exige estar implicado en la educación que el niño o la niña va a recibir.  Así, las familias que no se preocupan van a los centros públicos. Esta es para mí la diferencia fundamental. En las familias con menor implicación, familias en las que no se le da importancia a la formación y que tienen menores recursos económicos e intelectuales, las tasas de fracaso son (elemental, escucharía Watson) mucho más elevadas. No son mayoritarios pero crean esa diferencia porcentual que lastra los resultados finales (y las comparaciones).

Otra posibilidad, bien conocida por quienes han trabajado en centros privados, es la que contempla el hecho de que la presión ejercida sobre el profesorado por parte de padres y dirección (que también existe en la pública aunque de distinta forma) hace que las cifras se decanten con tanta claridad (y de forma tan difícilmente explicable) a favor de la empresa privada.

Es fundamental no confundir el derecho a la diferencia con la diferencia de derechos. Consciente de la importancia de una enseñanza pública decidida a formar ciudadanos libres y útiles, Azaña, en 1931, afirmó: “”En ningún momento, bajo ninguna condición, en ningún tiempo, ni mi partido ni yo suscribiremos que se siga entregando a las órdenes religiosas el servicio de la enseñanza. Eso, jamás. Yo lo siento mucho, pero esta es la verdadera defensa de la República”.

Enlaces:

  • http://www.xarxatic.com/?s=concertada
  • http://www.diariodecadiz.es/sociedad/Iglesia-asegura-educacion-catolica-criminalidad_0_1141086560.html
  • http://www.diariodecadiz.es/provincia/Publica-concertada_0_1114688977.html
  • http://www.diariodecadiz.es/cadiz/ensenanza-concertada-aumenta-solicitudes-publica_0_1128787495.html
  • https://josamaga.webs.ull.es/fracaso-escolar-VT.pdf
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Diego iguna 2

Ilustración: Pedripol

Rafael Hernando es más listo que tú. Más listo y más gracioso. Y tiene más estilo y, cuando quiere (ahora mismo no tiene ganas) es encantador. Más que tú. Más que la mayoría.

Rafael Hernando (RH para los amigos -entre los que tú no estás) sabe que RH es así. Ni más ni menos. Orgulloso de ser RH. De nacer en el momento justo, de estudiar en los colegios adecuados, de vestir de nazareno cada viernes santo, de militar en el partido correcto y de ser quien es.

Y también sabe RH que cuando le toca la lotería es porque se lo merece. Como los aplausos. Porque RH sabe que RH es (como ya te he dicho, aunque no así, tan crudamente) mejor que tú.  

Cuando escucho a RH en días como hoy (es un decir, RH se luce siempre) me atropellan dos recuerdos. La novela de Torrente Ballester Los gozos y las sombras (TVE hizo una serie del libro y Carlos Larrañaga bordó el papel en el que hacía de RH, que entonces se llamaba Cayetano) y un estudio de psicología social que conocí años después.

A finales del pasado siglo, un equipo de psicólogos sociales de la Universidad de Cornell, en Nueva York, realizó un estudio sobre un grupo de estudiantes universitarios (donde había -digámoslo así- modelos RH y modelos NO-RH) en el que pusieron a prueba sus conocimientos y competencias en varias pruebas de razonamiento lógico, gramática y sentido del humor.

Según reconocieron Dunning y Kruger, codirectores del estudio, el test de humor era el más subjetivo. Consistió en puntuar una serie de chistes de «muy poco gracioso» a «muy gracioso» y comparar los resultados con las valoraciones que habían hecho previamente reconocidos humoristas de EEUU.

Finalizados los exámenes, se les pidió a los participantes que dijeran cómo creían que los habían resuelto, sin darles a conocer los resultados. Tal y como era de esperar, (por el llamado efecto por encima de la media*) los que estaban en la media pensaban que estaban ligeramente por encima de ella, algo que se ha calificado como una vanidad sana.

En cambio, los más brillantes, muy superiores a sus compañeros, estimaron que estaban por debajo. Pero lo más sorprendente de los resultados de este estudio es que los que lo hicieron  rematadamente mal eran los que tenían una imagen más distorsionada de sí mismos. De hecho, cuanto más inútil era el individuo, más seguro estaba de que hacía las cosas bien.

Los niveles de inteligencia y de competencia varían a veces de forma abismal entre un individuo y otro. Pero lo más curioso es que los más ineptos son también los que menos habilidad tienen para reconocer su propia incapacidad.

Los autores creen que este estudio explica, entre otras cosas, por qué algunas personas que son negadas para contar chistes, son incapaces de darse cuenta de que no son graciosos, y siguen contando los mismos chistes malos. Incluso en las situaciones más evidentes, el incompetente es incapaz de darse cuenta de que lo está haciendo mal.

Otra fase del estudio consistió en que los participantes evaluaran cómo lo habían hecho los demás. El resultado fue que los más incompetentes también eran los menos capaces de reconocer la superioridad de otros.

Ver los resultados de sus compañeros más brillantes no modificó en absoluto su exagerada imagen de sí mismos, al contrario, la reforzó. En cambio, paradójicamente, cuando los más sobresalientes tuvieron entre manos las pruebas de los menos hábiles, dudaron de sus propios resultados.

Dunning y Kruger tienen una explicación para los resultados de su estudio: que la habilidad requerida para ser competente es la misma que se necesita para poder reconocer que se es poco hábil. Según dice la doctora Kruger, «los incompetentes sufren un doble agravio, no sólo llegan a conclusiones erróneas y toman decisiones desafortunadas, sino que su incompetencia les impide darse cuenta de ello».

En honor a ese líder paradigmático llamado Rafael Hernando, propongo que este efecto (a nivel local) se denomine a partir de ahora RH. No es por nada pero suena mejor: EFECTO RH.

Resumiendo,  los principios básicos de la hipótesis RH serían los siguientes:

  1. Los individuos RH tienden a sobrestimar su propia habilidad.
  2. Los individuos RH son incapaces de reconocer la habilidad de otros.
  3. Los individuos RH son incapaces de reconocer su extrema insuficiencia.
  4. Los individuos RH pueden provocar arcadas, náuseas, asco y malestar general cuando hablan en público.

Recuerda, cuando veas a Rafael Hernando no lo mires a él, obsérvalo como la comprobación empírica de un sesgo cognitivo.

* Numerosos estudios publicados en revistas de referencia han demostrado que estos mismos resultados se repiten en distintos ámbitos. Dunning lleva más de una década investigando por qué mucha gente tiende a valorarse a sí misma muy por encima de la media, y mantiene una imagen de sus propias habilidades, talento y moral que no pueden defenderse de ninguna forma. En una de sus investigaciones, por ejemplo, desveló que el 98% de los catedráticos de Universidad está convencido de que trabaja mejor que la media, «aunque es estadísticamente imposible que casi todo el mundo esté por encima de ella», señaló.

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Diego iguna

Ilustración: @pedripol

Cada minuto de cada día del año 2016 se subieron 120 horas de nuevos vídeos a Youtube (diez millones de vídeos al día) y los usuarios de Facebook colgaron 250.000 imágenes (350 millones de imágenes diarias). Si alguien quisiera ver todos los vídeos que se suben a Youtube en un año tendría que estar viéndolos de manera ininterrumpida 7.101 años (26 millones de días). “El mundo físico -confirmó el informe McKinsey, en 2010- está convirtiéndose en un tipo de sistema de información”.

Hoy, en un rato, somos capaces de conocer el tiempo que va a hacer mañana, explorar en las portadas de varios periódicos, leer un artículo escrito ese mismo día por nuestro autor preferido, publicar una foto que acabamos de hacer o revisar las novedades en nuestras redes sociales. Tenemos a nuestra disposición millones de obras, fotografías, películas, canciones, revistas, blogs, o páginas web. Nunca había sido tan sencillo situarse y estar en el mundo como ahora mismo.

Y lo más llamativo es que, aunque nos resulte tan cotidiano, la era digital comenzó a desarrollarse hace muy poco: hace treinta años había solo treinta mil ordenadores con acceso a internet y hasta 1990 no aparecen ni el lenguaje HTML ni la WorldWideWeb (WWW).

Twitter y Facebook se crearon hace diez años.

Instagram y WhatsApp tienen siete años de vida.

En enero de 2016, 3.419 millones de personas tenían acceso a Internet. Según las previsiones expuestas en un libro blanco de Ericsson, en 2020 habrá 50.000 millones de dispositivos inteligentes en la red.

Es en la primera década del siglo XXI cuando se produce este gran cambio en nuestro modo de vida, cuando nuestras costumbres se han modificado de una forma tan sorprendente como inverosímil.

Hemos pasado de hablar por teléfono, revelar nuestras fotos y enviar cartas a mandar documentos por correo electrónico, felicitar por Facebook, tuitear una noticia, colgar las fotos de nuestro último viaje en Instagram o guasapear con nuestros amigos. El teléfono lo usamos para casi todo… incluso, a veces, para conversar.

Las consecuencias económicas, políticas, sicológicas o educativas de esta nueva realidad llevan años siendo analizadas.

Pascual Serrano, en su libro La comunicación jibarizada, nos presenta su visión sobre cómo la reducción de la calidad de la información, asociada a la velocidad de las tecnologías, está produciendo fenómenos nuevos como la tuiterización de la forma de expresión, así como de la misma información. Se reducen los contenidos, se reducen las maneras de comunicarse, se jibariza el mundo.

Las ideas tienden a reducirse, buscan llamar la atención de forma efímera con unos contenidos  sensacionalistas, sensibleros, vacíos. Estamos tan ocupados, distraídos o abrumados por la información que nos llega, que resulta difícil darnos cuenta de la forma superficial y jibarizada que adopta y del modo en que influye en nuestra manera de consumirla e interiorizarla. Y esta abundancia de información, junto a las inmensas posibilidades de la web, crean una situación paradójica: la libertad y el conocimiento se reducen, con el destierro de la profundización, la pérdida de la capacidad autónoma de reflexión, la incapacidad para la elaboración independiente de conclusiones y, por último, la ausencia de una mirada crítica de los acontecimientos.

Como señala Deleuze, la dificultad hoy en día no estriba en expresar libremente nuestra opinión, sino en generar espacios libres de soledad y silencio en los que encontremos algo que decir.

En nuestros días la imagen ha derrotado a la imaginación y la emoción ha robado prestigio a la reflexión. De hecho, todos los medios son ya instantáneos, sensacionalistas, emotivos y superficiales. Y todo lo que no cumple esas condiciones es apartado de la agenda.

Nicholas Carr (autor de Superficiales ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?) considera que la influencia de las nuevas tecnologías está modificando nuestra manera de pensar y de actuar, que esa distracción constante a la que nos somete nuestra existencia digital (y que, según Carr, es inherente a las nuevas tecnologías) nos convierte en espectadores superficiales y compulsivos y nos aleja del pensamiento reflexivo.

La consultora Linda Stone (creadora del término «atención parcial continua«) observó que los nativos digitales estaban incesantemente semiconcentrados en muchas cosas a la vez y que este estado de «atención parcial» tiene desventajas a nivel reflexivo y de comprensión ya que las investigaciones sugieren que la calidad de la concentración disminuye con el número adicional de estímulos. Además, estos jóvenes nacidos en la era de la informática están orientados hacia la recompensa a corto plazo, como las que se consiguen con los videojuegos, y buscan situaciones que imiten esa dinámica en su entorno real.

Para Carr, la multitarea, instigada por el uso de internet, nos aleja de formas de pensamiento que requieren reflexión, nos convierte en seres más eficientes procesando información pero menos capaces para profundizar en ella, «esto no solo nos deshumaniza un poco sino que nos uniformiza».

Esta nueva era trae también nuevas formas de control. De hecho, las redes sociales, que posibilitan la participación activa del ciudadano, están convirtiéndonos en consumidores que reaccionamos de forma pasiva ante la política, refunfuñando y quejándonos ante los productos que nos desagradan o nos defraudan, transformando la acción política desde la red en una democracia de espectadores… pero esa es otra historia.

Carr, Nicholas: Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? Taurus, Madrid, 2011.

Frommer, Franck: El pensamiento PowerPoint. Ensayo sobre un programa que nos vuelve estúpidos, Península, Barcelona, 2011.

http://www.ibermatica.com/sala-de-prensa/opinion/superficialidad-y-estupidez

http://www.pascualserrano.net/noticias/la-comunicacion-jibarizada-como-la-tecnologia-ha-cambiado-nuestras-mentes

Serrano, Pascual: La comunicación jibarizada. Cómo la tecnología ha cambiado nuestras mentes. Madrid, Península, 2013.

Han, Byung-Chul: Psicopolítica. Herder, Barcelona, 2014.