Tiempo de lectura ⏰ 3 minutitos de ná

Carl Sagan en su libro El mundo y sus demonios, afirma que en las salas de espera de los hospitales se producen más curaciones espontáneas que en Lourdes.

El 82% de los estadounidenses cree que rezar puede curar las enfermedades graves, un 73% cree que rezar por otras personas puede curar una enfermedad y el 64% desea que los médicos recen por ellos. No conozco estadísticas similares para España pero mucho me temo que los resultados no serían muy distintos.

Iguna post
Fotografía: Fran Delgado

En 1872, Francis Galton, primo de Darwin, fue el primero en analizar científicamente la eficacia del rezo. Comprobó que cada domingo, en iglesias de toda Inglaterra, congregaciones completas rezaban públicamente por la salud de la familia real. Su hipótesis era que, de ser efectiva la plegaria, los reyes deberían vivir más que otros grupos comparables. Sus estadísticas demostraron que los soberanos vivían menos tiempo que los miembros de la alta burguesía.

Más recientemente, en el año 2005, el físico Russell Stannard (un reconocido científico creyente británico) lanzó una ambiciosa iniciativa (financiada por la todopoderosa Fundación Templeton) para someter a prueba experimentalmente la efectividad de la oración.

Bajo el liderazgo del cardiólogo Hebert Benson, un equipo de investigadores monitorizó a mil ochocientos dos (1.802) pacientes en seis hospitales, a todos se les había practicado cirugía coronaria de bypass.

Los pacientes fueron divididos en tres grupos. El grupo Uno recibió rezos sin saberlo. Por el grupo Dos (el grupo de control) nadie rezó. El grupo Tres recibió rezos y todos sus miembros sabían que se rezaba por ellos. La comparación entre los grupos Uno y Dos examina la eficacia de la plegarias. Los resultados del grupo Tres proporciona los posibles efectos psicosomáticos de saber que están rezando por uno.

Los rezos fueron hechos por las congregaciones de tres iglesias; una en Minnesota, una en Massachusetts, y una en Missouri; todas distantes de los tres hospitales. A los individuos que rezaban se les dio únicamente el nombre y la primera letra del apellido de cada paciente por el que debían rezar y se les dijo que incluyeran en sus plegarias, la frase: “por una exitosa cirugía con una rápida y saludable recuperación sin complicaciones”. Todo muy pautado.

Los resultados, publicados en la revista científica American Heart Journal de abril de 2006, fueron claros. No existió diferencia entre aquellos pacientes por quienes se rezó y aquellos que no recibieron rezos. Sin embargo, y esto es lo más curioso, sí existió una diferencia entre aquellos que sabían que se estaba rezando por ellos y los que no sabían si se estaba rezando o no por ellos: aquellos que sabían que eran beneficiarios de los rezos, sufrieron significativamente más complicaciones que los demás.

¿Se enfadó Dios por la duda expresada en el estudio? ¿Quiso castigar a los científicos por haberse gastado dos millones y medio de dólares en una estupidez? Puede que sí, pero parece más probable que los pacientes que sabían que se estaba rezando por ellos sufrieran un estrés adicional, “ansiedad de desempeño”, como dijeron los experimentadores. El doctor Charles Bethea, uno de los investigadores, dijo: “Puede haberles producido incertidumbre, al hacerles pensar: ¿estoy tan enfermo que tuvieron que llamar a todo un equipo de orantes?”

Así que, si te ves pachucho, llama a un buen médico, ve a un buen hospital público y solo reza por alguien que de verdad lo merezca (y que se entere).

Dawkins, Richard: El espejismo de Dios, Espasa, Barcelona, 2012

https://www.xatakaciencia.com/otros/rezar-no-cura-confirmado

https://www.bbc.com/mundo/noticias/2012/03/120320_muamba_poder_oracion_cr

https://www.tendencias21.net/Dos-nuevos-estudios-analizan-los-efectos-de-la-oracion-sobre-la-salud_a949.html

https://www.xatakaciencia.com/no-te-lo-creas/la-ineficacia-de-la-oracion-religiosa-o-lo-tremendamente-complicado-que-es-distinguir-el-placebo

Tiempo de lectura ⏰ 3 minutitos de ná

¿Catalán o español? ¿andaluz o gaditano? ¿del Madrí o del Barsa?

¿Qué somos? y ¿por qué? ¿cómo se forja nuestra forma de ser y de actuar?

La identidad es, en términos generales, la concepción y expresión que tiene cada persona acerca de su individualidad y acerca de su pertenencia o no a ciertos grupos. Nos clasificamos en categorías, grupos, colores y hasta marcas, pero siempre nos queda la duda de qué hubiese sido de nosotros de producirse pequeños cambios en nuestra vida: en cuestión de pocos kilómetros, o incluso metros, puedes nacer en Villarriba o en Villabajo, en una nación o en su enemiga. Si esto es así, cómo somos capaces de integrarnos en una u otra, qué hace que estemos en distintas barricadas peleando por trapos de color de distinto tono.

Henri Tajfel (1919-1982) fue un psicólogo social británico de origen polaco conocido por ser el principal creador de la Teoría de la Identidad Social, que propone que la gente tiene una tendencia innata a categorizarse a sí misma en grupos excluyentes (“ingroups”), construyendo una parte de su identidad sobre la base de su pertenencia a ese grupo y forzando fronteras excluyentes con otros grupos ajenos a los suyos (“outgroups”).

Hasta la ultima gota de nuestra sangre
Fotografía: Jesús Machuca

Tajfel realizó una serie de experimentos sobre la discriminación intergrupal en la ciudad de Bristol, en 1970. La idea de Tajfel surgió de un amigo esloveno que hablaba sobre los estereotipos que existían sobre los inmigrantes bosnios (la región más pobre de la antigua Yugoslavia).

Sus experimentos se centraron en el comportamiento de un individuo hacia los miembros del grupo propio y los miembros de un grupo extraño. Los realizó con chicos de catorce y quince años de una escuela de Bristol. Todos se conocían entre sí antes de que fueran, en grupos de ocho, al laboratorio de Tajfel. Allí se les pasó un test de «agudeza visual»: racimos de puntos fueron proyectados en una pantalla y se les pidió que calcularan el número de puntos de cada racimo. Después de hacer esa tarea, se les dijo a los chicos que algunas personas tendían a calcular por debajo, y otras por encima, el número de puntos. Entonces, después de que sus hojas de respuestas fueran ostensiblemente «puntuadas», los chicos fueron llevados de uno en uno a otra habitación y se les dijo, de forma privada, a qué grupo pertenecían, si al de los sobrestimadores o al de los subestimadores.

La asignación de grupo fue completamente aleatoria: la mitad de los chicos fueron incluidos en un grupo y la otra mitad al otro. Su actuación en el test de los puntos no tuvo nada que ver.

El experimento real comenzó inmediatamente después de haberles dado esa información falsa.

Cada chico fue instalado en una cabina individual y se le pasó una «hoja de recompensas» para que la rellenara. Se le pidió que decidiera cuánto dinero se le debería pagar a varios de sus compañeros por participar en el experimento. Los compañeros solo fueron identificados por el número y el grupo. Por ejemplo, un chico al que se le hubiera dicho que era un sobrestimador se le pediría que escogiera, entre una lista de varias opciones, cuánto dinero se le debería dar al «miembro número 4 del grupo sobrestimador» y cuánto al «miembro número 53 del grupo subestimador». Cualquiera que fuese su opción —eso se decía claramente en las instrucciones— no afectaría en nada a su propio «sueldo».

Los chicos no sabían los nombres de los compañeros que estaban en su propio grupo y cuáles en el otro ni conocían la identidad de las personas a las que les asignaban los pagos (solo un número). Sin embargo, dieron más dinero a los miembros de su grupo que a los del otro. Parecían estar más motivados para pagar menos a los miembros del otro grupo y pagar más a los del propio.

Este experimento demostraba qué poco se necesita para evocar lo que Tajfel llamaba «grupalidad». No se requiere una historia de amistad con uno de los miembros del grupo o un conflicto con los miembros del otro. Tampoco se precisa un territorio por el que luchar. Ni diferencias visibles en la apariencia o en la conducta. Ni siquiera es necesario saber quiénes son tus compañeros de grupo. «El mero hecho de la división en grupos es suficiente para disparar la conducta discriminatoria.»

Tajfel también estudió la forma en que creamos categorías y cómo estas afectaban a nuestros prejuicios. Los resultados de sus experimentos mostraron la predisposición a presuponer que todos los elementos de una categoría (todos los “franceses” o todos los “catalanes”) eran más similares entre ellos de lo que realmente lo eran, y, en la misma línea, que los pertenecientes a categorías distintas inflaban las desigualdades, en muchos casos inexistentes (por ejemplo, exagerando las diferencias entre “catalanes” y “españoles”).

Referencias

http://www.holah.karoo.net/tajfestudy.htm
https://es.wikipedia.org/wiki/Henri_Tajfel
Tiempo de lectura ⏰ 3 minutitos de ná

En la Pescara de posguerra, donde se sitúa originalmente el guión de Ennio Flaiano, se denominaba «vitellone» («becerrones») a los jóvenes zánganos, inmaduros, que no se dedicaban a nada, que vivían vagueando, parasitando a sus familias, esquivando el trabajo y evitando contraer responsabilidades.

Fellini rodó esta película brillante en 1953. Fueron los abuelos de los actuales «ninis», un término que se introdujo formalmente por primera vez en el Reino Unido en 1999 con la publicación del Informe «Bridging the gap: new opportunities for 16-18 year olds not in education, employment or training». Hoy, según cálculos realizados en distintos países desarrollados, implica a un 20/25 % de la población juvenil (la situada entre 16 y 30 años).*

El término japonés «hikikomori» hace referencia a un fenómeno social que consiste en personas apartadas que han escogido abandonar la vida en sociedad y solo se comunican a través de las redes sociales; a menudo estos jóvenes buscan grados extremos de aislamiento y confinamiento, para evitar toda la presión exterior. Pueden encerrarse en sus dormitorios o alguna otra habitación de la casa de sus padres durante periodos de tiempo prolongados, a menudo años. Normalmente no tienen ningún amigo, y en su mayoría duermen a lo largo del día, y ven la televisión o juegan al ordenador durante la noche. Estimaciones actuales calculan que hay más de quinientos mil hikikomori en Japón. Un fenómeno que, además, se está extendiendo a muchos otros países (entre ellos, el nuestro**).

Los inutiles
Fotografía: Ergoneon

Vitellone, nini o hikikomori pueden empezar a considerarse la vanguardia de lo que vendrá.

Durante el presente siglo probablemente asistamos a la creación de una nueva y masiva clase no trabajadora: personas carentes de ningún valor económico, político o incluso artístico, que no aportarán nada a la prosperidad social, que no tendrán más poder que su número. Esta «clase inútil» no solo estará desempleada: será inempleable. Porque cada vez habrá más empleos que no necesiten de ningún ser humano para ser funcionales.

En septiembre de 2013, dos investigadores de Oxford, Carl Benedikt Frey y Michael A. Osborne, publicaron el informe The Future of Employment, *** en el que exploraban la probabilidad de que diferentes profesiones quedaran a cargo de algoritmos informáticos a lo largo de los veinte años siguientes.

El algoritmo que desarrollaron Frey y Osborne para hacer los cálculos estimó que el 47 por ciento de los puestos de trabajo de Estados Unidos corrían un riesgo elevado. Por ejemplo, hay un 99 por ciento de probabilidades de que en 2033 los televendedores y los agentes de seguros humanos pierdan su puesto de trabajo, un 97 por ciento de probabilidades de que lo mismo ocurra con los cajeros, el 94 por ciento a los camareros, un 88 a los obreros de la construcción o a los conductores de autobús, un 83% a los marineros…

Naturalmente, para cuando llegue el año 2033, es probable que hayan aparecido muchas profesiones nuevas, por ejemplo, la de diseñador de mundos virtuales o que se extiendan otras como gestor cultural (sea esto lo que sea) pero es también probable que dichas profesiones requieran mucha más creatividad y flexibilidad que nuestros empleos corrientes, y no está claro que los cajeros o los obreros de la construcción de cuarenta años sean capaces de reinventarse como directores artísticos. Incluso si lo hacen, el ritmo del progreso es tal que en otra década podrían tener que reinventarse de nuevo. Después de todo, es muy posible que los programas informáticos también superen a los humanos en el diseño o en la gestión. El problema crucial no es crear nuevos empleos. El problema crucial es crear nuevos empleos en los que los humanos rindan mejor que los algoritmos.

Es posible que la prosperidad tecnológica haga viable alimentar y sostener a las masas inútiles incluso sin esfuerzo alguno por parte de estas. Pero ¿qué las mantendrá ocupadas y satisfechas? Las personas tendrán que hacer algo o se volverán locas. ¿Qué harán durante todo el día? Una solución la podrían ofrecer (como ya previó Huxley en Un mundo feliz) las drogas y los juegos de ordenador. Las personas innecesarias podrían pasar una cantidad de tiempo cada vez mayor dentro de mundos tridimensionales de realidad virtual, que les proporcionarían mucha más emoción y compromiso emocional que la gris realidad exterior.

Todos, como una inmensa masa de «hikikomori», con nuestro soma particular, felices y aislados.

* https://es.wikipedia.org/wiki/Nini
** http://www.bbc.com/future/story/20190129-the-plight-of-japans-modern-hermits
*** Harari, Yuval Noah: Homo Deus. Breve historia del mañana. Barcelona, Debate, 2016

Tiempo de lectura ⏰ 3 minutitos de ná

Diego post
Fotografía: Jesús Massó

El efecto Mateo es una teoría formalmente postulada por Merton que se inscribe dentro de la categoría de teorías de alcance intermedio. El efecto Mateo es llamado así por una cita en el evangelio de Mateo que refleja la esencia de la teoría:

Porque a cualquiera que tiene, se le dará, y tendrá más; pero al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado. Mateo 13:12

y hace referencia a un proceso de ventaja acumulativa, que hace al rico más rico y al pobre más pobre. Al amplificar los procesos de acumulación de ventajas y desventajas, el efecto Mateo magnifica las desigualdades; desde el punto de vista macroeconómico sería algo así como la predicción marxista sobre la acumulación del poder económico en unas pocas grandes compañías que monopolizarían los mercados o, en un ejemplo menos controvertido, en el marco de la reputación de los científicos y de la influencia de su trabajo.

En el seno del sistema de recompensas del campo científico, las desigualdades están parcialmente determinadas por las diferencias reales en la magnitud de las contribuciones de los académicos —lo que hace que el sistema parezca funcionar de manera justa y efectiva—, pero esas diferencias dependen primordialmente de los juicios que los científicos se forman y estos juicios están configurados por su experiencia previa y por las características de los sistemas de estratificación y comunicación de la ciencia. O sea, el científico más respetado es el que más publica, pero publica más porque quien más publica es el que ha publicado más.

Otra demostración de lo anterior puede verse en los escritores famosos, que reciben los grandes premios literarios y que son los que han sido seleccionados y promocionados por los editores. Si miramos al mundo del cine nos encontramos con una serie de actores que siempre figuran como protagonistas frente a actores de reparto que rara vez llegarán a ser considerados como estrellas.

El efecto Mateo resulta especialmente determinante en la educación y las desigualdades sociales. Formalmente, los Estados suelen justificar su apoyo al impulso por la igualdad real con la educación universal. Sin embargo, el acceso a la educación siempre se ha caracterizado por ser doble, uno de exclusividad y prestigio para las clases sociales altas, y uno mediocre y general (muchas veces, subsidiario) para las clases bajas. De tal modo, que el sistema educativo acaba como un puntal más del efecto Mateo. Solo hay que ver dónde educan a sus hijos e hijas los grandes empresarios, los reyes o los miembros de los distintos gobiernos (que perjuran dignificar la educación pública pero ejercen como consumidores de la privada), para comprender cómo se articulan y cohesionan los grupos dominantes en exclusivos entornos privados donde los cachorros se vinculan con otros de su misma clase y encuentran puntos de apoyo y contactos que les servirán en el futuro. Esto es, al que tiene, se le dará, y tendrá más; pero al que no tiene…

Para la historiadora de la ciencia Margaret Rossiter, la cuestión no termina aquí. Las mujeres, defiende Rossiter, son más vulnerables al efecto Mateo.

Rossiter bautizó esta variedad como ‘efecto Matilda’, en honor a Matilda J. Gage, sufragista neoyorkina de finales del siglo XIX que identificó y denunció la invisibilidad e invisibilización de las mujeres y sus méritos en otros contextos (incluso en la propia Biblia). Rossiter ofrece una larga lista de ejemplos de científicas a las que el sistema de recompensas de la ciencia trató injustamente por su género. Las contribuciones de Lise Meitner al descubrimiento de la fisión nuclear o de Rosalind Franklin al de la estructura de doble hélice del ADN, por ejemplo, no fueron reconocidas en su momento, aunque sus colegas varones recibieron sendos premios Nobel por ellas.

Estudios recientes también alertan de que, incluso hoy, ser mujer resta inadvertidamente puntos del currículo científico. Investigadores de la Universidad de Yale mostraron en 2012 cómo los evaluadores (independientemente de su sexo) puntuaban más alto y estaban dispuestos a ofrecer un salario mejor a un potencial candidato para un puesto de laboratorio cuando creían que el currículo que juzgaban era el de un hombre.

Es tan perverso el efecto Matilda (y a menudo tan invisible) que el propio Merton sucumbió al mismo: su publicación sobre el efecto Mateo está basada en las entrevistas y materiales de Harriet Zuckerman. Años después, Merton se casaría con Zuckerman… y también reconocería que aquel artículo debería haberlo firmado en coautoría con ella.

Contrariamente al mito igualitario y democrático, en la carrera social suelen ganar los mejor situados en las posiciones de salida: formación, amistades, posibilidades, contactos, prejuicios… los ganadores del gordo siempre son los que tienen la mayoría de las  papeletas.

https://es.wikipedia.org/wiki/Efecto_Mateo

https://diegoiguna.blogspot.com/2015/04/el-efecto-matilda-ser-mujer-resta-puntos.html

http://blogs.20minutos.es/ciencia-para-llevar-csic/2015/03/05/efecto-matilda-ser-mujer-resta-puntos-en-el-curriculo-cientifico/

Tiempo de lectura ⏰ 2 minutitos de ná

Iguna
Imagen: Pedripol

Cuando pensamos en ciencia, la palabra nos sugiere investigación, observación, objetividad, experimentación. Y realmente el método científico ofrece los instrumentos para que conozcamos mejor el mundo. En ocasiones, sin embargo, los científicos tropiezan con sus propios prejuicios. En los orígenes del saber científico, por ejemplo, Aristóteles (que valoraba la observación, la recogida de datos y su clasificación) afirmó que, entre las cabras, los cerdos y los humanos, los individuos de sexo femenino tenían menos dientes que los de sexo masculino (y se casó dos veces).

Algo así les ocurrió a los primeros primatólogos cuando observaban y analizaban el comportamiento de los babuinos. Los primatólogos se encontraron en primer plano con las peleas y fanfarronadas de los machos. Y en el mundo de la Guerra Fría, elaboraron una narrativa según la cual la vida de los babuinos dependía de la organización jerárquica de sus machos. De acuerdo con esta representación, los babuinos macho eran animales tremendamente agresivos, que competían entre ellos por las hembras y se convertían en una tropa disciplinada, en un ejército bien entrenado, cuando había que defender al grupo.

Pero lo que la primatóloga Thelma Rowell vio en la sabana no se parecía en nada a esta imagen: los machos no eran ni tan agresivos ni tan buenos soldados, y tampoco las hembras esperaban simplemente a que llegara su príncipe azul. En caso de ataque, la estrategia era la de “sálvese quien pueda” y eran las relaciones entre las hembras, más bien, las que daban estructura al grupo. Se ocupaban de conseguir más comida para el clan y cultivaban las amistades que más les interesaban para el futuro de sus retoños.

Así, el modelo militar de los babuinos se fue desmoronando. Jean Altmann, Barbara Smuts y Shirley Strum desmontaron también otras creencias arraigadas, como la de que los machos dominantes tenían prioridad en el acceso a las hembras y, por tanto, más descendencia. Realmente, el más bravucón no era precisamente el que más ligaba. La discreción, por el  contrario, parecía ser una cualidad apreciada por las babuinas a la hora de elegir con quien aparearse. Descubrir este nuevo mundo babuino requería observar lo que estaba sucediendo en un segundo plano, más allá de las ruidosas reyertas de los machos. Para ello, Jean Altmann introdujo protocolos de observación sistemáticos que garantizaran que todos los miembros del grupo, y no solo los que llamaban más la atención, fueran observados.

Las transformaciones que las primatólogas introdujeron en los métodos y los marcos teóricos nos muestran que el punto de vista, la perspectiva, importa. Como mujeres, fueron capaces de identificar el sesgo que había estado condicionando observaciones y teorías previas, según el cual los machos de las especies son los individuos interesantes, y las hembras tienen simplemente un papel reproductivo. Al visibilizar a las hembras, iluminaron un enorme punto ciego en la primatología. Su perspectiva parcial desveló la parcialidad de la perspectiva dominante, y el resultado fue una ciencia más objetiva.

http://blogs.20minutos.es/ciencia-para-llevar-csic/2015/01/30/los-orgasmos-de-las-primates-y-los-prejuicios-de-la-ciencia/

http://diegoiguna.blogspot.com/2017/01/aristoteles-y-platon-y-los-dientes.html

Tiempo de lectura ⏰ 7 minutitos de ná

D iguna
Imagen: Pedripol

En el invierno de 1906, la revista británica Punch publicó una viñeta humorística sobre el futuro de la tecnología. Bajo el título, «Pronósticos para 1907», una caricatura en blanco y negro mostraba a una típica pareja burguesa de la época sentada en un parque londinense. El hombre y la mujer están separados el uno del otro con antenas que sobresalen de sus sombreros. En sus piernas hay pequeñas cajas negras, escupiendo cintas de teletipo. Una leyenda dice: «Estas dos personas no se están comunicando entre sí. La mujer recibe un mensaje de amor y el caballero, resultados de las carreras».

El dibujante se decantaba por el humor; hoy la imagen parece profética. Un siglo después de su publicación, Steve Jobs dio a conocer el primer iPhone. Hoy, gracias a él, podemos sentarnos en los parques y no solo recibir mensajes de amor y resultados de carreras, sino que podemos conocer todo el saber del mundo con un solo dedo, escuchamos buena parte de las canciones grabadas en todo el mundo y nos comunicamos instantáneamente con todas las personas que conocemos.

Más de dos mil millones de personas tienen ahora esa magia al alcance de la mano que está cambiando la forma en la que hacemos innumerables cosas, desde tomar fotos hasta pedir un taxi. Sin embargo, los móviles también nos han cambiado, han transformado nuestra naturaleza de manera elemental, han modificado la forma en que pensamos e interactuamos.

La evidencia de este cambio se concreta en un creciente cuerpo de investigación de psiquiatras, neurocientíficos, especialistas en marketing y expertos en salud pública. Lo que muestran estos estudios es que los móviles están causando un daño real a nuestras mentes y a nuestra forma de relacionarnos, se está reduciendo la capacidad media de atención, la capacidad intelectual y las horas dedicadas a las relaciones directas con familiares y amigos. En los niños están creciendo de forma alarmante los casos de TDAH (en los Estados Unidos, un 43% en los últimos diez años) y los suicidios de adolescentes (que se han multiplicado por dos en ese mismo periodo de tiempo). En España los últimos estudios corroboran estos datos: en la última década han aumentado de forma alarmante los casos de TDAH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad)*

En ninguna parte es más evidente la creciente conciencia del problema con los teléfonos inteligentes que en los centros californianos donde fueron creados. El año pasado, antiguos empleados de Google, Apple y Facebook, incluidos antiguos altos ejecutivos, comenzaron a dar la voz de alarma sobre los teléfonos inteligentes y las redes sociales, advirtiendo especialmente sobre sus efectos en los niños. Chris Marcellino, que ayudó a desarrollar las notificaciones automáticas del iPhone en Apple, dijo a The Guardian el otoño pasado que los teléfonos inteligentes enganchan a las personas del mismo modo que los juegos de azar y las drogas. Sean Parker, ex presidente de Facebook, admitió recientemente que la red social fue diseñada para enganchar a los usuarios: «Se está explotando una vulnerabilidad en la psicología humana», dijo. «[Los creadores] sabíamos esto, conscientemente, pero lo hicimos de todos modos».

Ninguno de los denunciantes ha sido más ruidoso que Tristan Harris, un ex gerente de Google, que ha pasado los últimos años de su vida diciéndole a la gente que use menos las tecnologías que él ayudó a crear, a través de una organización sin fines de lucro llamada Time Well Spent, que busca concienciar a los consumidores sobre los peligros de esta nuevas tecnologías.

El primer ministro canadiense, Justin Trudeau, se reunió con Harris en la Cumbre Global Progress en Montreal. Este diciembre, el gobierno francés ha decidido que, a partir del próximo septiembre, todos los teléfonos móviles estarán prohibidos en las escuelas francesas, incluso entre clases y durante las pausas para el almuerzo. «Debemos encontrar una manera de proteger a los alumnos de la pérdida de concentración a través de pantallas y teléfonos», dijo el ministro de educación, Jean-Michel Blanquer.

Es importante que tengamos en cuenta que, a diferencia de los televisores y los ordenadores de escritorio, que por lo general están relegados a un cuarto en casa, los teléfonos inteligentes nos acompañan a todos lados. Y nos conocen. Lo que aparece en el suministro de noticias de nuestro iPhone y sus aplicaciones de redes sociales se seleccionan mediante algoritmos para llamar nuestra atención. Los teléfonos inteligentes están «usando literalmente el poder de computadoras de miles de millones de dólares para descubrir qué ofrecerte», dijo Harris. Por eso no puedes apartar la mirada.

Para garantizar que nuestros ojos permanezcan firmemente pegados a la pantalla, nuestros teléfonos inteligentes y los mundos digitales a los que nos conectan se han convertido en pequeños virtuosos de la persuasión, engatusándonos para que los revisemos una y otra vez, y durante más tiempo de lo que pensamos. Los usuarios promedio miran sus teléfonos unas 150 veces al día, según algunas estimaciones, y casi el doble de lo que creen que hacen, según un estudio de 2015 de psicólogos británicos. Los usuarios de América del Norte pasan entre tres y cinco horas al día mirando sus teléfonos. Como señala el profesor de marketing de la Universidad de Nueva York, Adam Alter, eso significa que a lo largo de una vida media, la mayoría de nosotros pasaremos unos siete años inmersos en nuestros móviles. En España, un estudio de 2016 afirmaba que el 42% de los usuarios españoles no pasa más de 60 minutos sin consultar mensajes de Whatsapp, y corrobora los resultados británicos, ya que cada usuario español consulta su móvil un promedio de 150 veces al día.**

Los teléfonos inteligentes explotan algunas debilidades mentales que pueden resultar obvias, aunque otras, no tanto. Por ejemplo, los principios de «recompensas variables» y del condicionamiento operante. Descubiertos por el psicólogo Burrhus Frederic Skinner en una serie de experimentos con ratas y palomas, predicen que es más probable que las criaturas busquen una recompensa si no están seguros de la frecuencia con que se repartirán: en sus experimentos, las palomas, por ejemplo, picoteaban un botón para obtener comida con más frecuencia si la comida se distribuía de manera irregular en vez de a intervalos fijos. Skinner consideró que este es el mecanismo básico del juego y su capacidad de «engancharnos». Es evidente que Facebook*** (sobre todo) y otras redes sociales hacen un uso sistemático de este modelo para hacerlas más adictivas.

Y esta dependencia también afecta a nuestra capacidad de concentración. En 2015, Microsoft Canadá publicó un informe que indicaba que el lapso promedio de atención humana se había reducido de 12 a 8 segundos entre 2000 y 2013. Estamos hablando de una reducción mayor del 33% ¡en 13 años! Si estos datos son reales es para preocuparse. Sin embargo, John Ratey, profesor asociado de psiquiatría en la Facultad de Medicina de Harvard y experto en trastorno por déficit de atención, dijo que el problema en realidad está empeorando. «No estamos desarrollando las habilidades de atención de nuestro cerebro tanto como solíamos hacerlo», dijo. De hecho, Ratey ha señalado una clara similitud entre sus pacientes TDAH y lo que está ocurriendo a los usuarios de los teléfonos móviles: los síntomas son «absolutamente iguales», dijo.

La distracción continua que generan los móviles también tiene consecuencias en nuestra capacidad intelectual. En un estudio de 2014, se descubrió que los trabajadores de una empresa británica que realizaba múltiples tareas en medios electrónicos perdieron la misma cantidad de cociente intelectual que las personas que habían fumado cannabis o habían perdido la noche de sueño.

Y, curiosamente, esto afecta incluso a las personas que son disciplinados con el uso de su teléfono inteligente. Eso es lo que descubrieron Adrian Ward y sus colegas en la escuela de negocios de la Universidad de Texas en un experimento el año pasado. Hicieron que tres grupos de personas realizaran una prueba que requería su plena concentración. Un grupo tenía sus teléfonos boca abajo sobre la mesa, otro los tenía en sus bolsos o bolsillos y el último grupo los dejó en otra habitación. A ninguno de los estudiantes se le permitió mirar sus dispositivos durante la prueba. Pero aún así, cuanto más cerca estaban los teléfonos, peor funcionaban los grupos. Esto es, la mera presencia de un teléfono inteligente reduce la capacidad cognitiva disponible y deteriora el funcionamiento cognitivo, a pesar de que las personas crean que están poniendo toda su atención en la tarea que realizan. “Su mente no está pensando en su teléfono, pero ese proceso, el proceso de exigir que no piense en algo, utiliza algunos de sus recursos cognitivos limitados, es una fuga cerebral.» Los experimentos se realizaron sobre un total de 800 personas y los resultados fueron siempre los mismos: no importaba si el teléfono estaba encendido o apagado, o si estaba boca arriba o boca abajo sobre un escritorio. Tener un teléfono inteligente a la vista o de fácil alcance reduce la capacidad de una persona para concentrarse y realizar tareas porque parte de su cerebro está trabajando activamente para no coger o utilizar el teléfono.

A los 10 años de su invención, en ninguna parte el poder alienante de los teléfonos inteligentes es más problemático que en la relación entre padres e hijos. En pocas palabras, los teléfonos inteligentes están haciendo que las madres y los padres presten menos atención a sus hijos y podrían estar causando daños emocionales. Diversos estudios en Canadá y en los Estados Unidos han detectado el cada vez mayor número de mujeres que envían mensajes de texto y navegan con sus teléfonos mientras amamantan, rompiendo el contacto visual con su bebé. Encontrarse con la mirada, dicen diversos analistas, es «un lenguaje silencioso entre el bebé y la madre».

La deriva digital también afecta a las relaciones familiares. El Centro para el Futuro Digital, un grupo de expertos estadounidense, descubrió que entre 2006 y 2011, la cantidad promedio de horas que las familias estadounidenses pasaron juntas al mes disminuyó en casi un tercio, de 26 a alrededor de 18. Según otro estudio, casi en el 75 por ciento de los casos, los adultos utilizaban dispositivos móviles durante la comida con sus hijos. Se considera, con razón , que «esto puede generar en ellos sentimientos de inseguridad, de rabia y la creencia de que no son importantes en la vida de sus padres”, y se les da a entender a los pequeños que los momentos de compartir en familia no son importantes y que no es necesario respetar la presencia del otro.

La tecnología mueve miles de millones de euros por las compañías más poderosas del mundo. Miles de millones de personas usamos esa tecnología que nos hace la vida más cómoda, sí, pero que está resultando tremendamente impactante en nuestra sociedad actual. Estamos aprendiendo que estas nuevas tecnologías no son inofensivas. Es necesario regular su uso ¿o no? porque ¿podemos controlarlo?

A modo de PD: me encantan los sombreros de copa (mejor con antena).

* Véase https://www.comunicae.es/nota/aumentan-en-espana-los-casos-de-ninos-que_1-1188722/

**Véasehttp://www.abc.es/tecnologia/moviles/aplicaciones/abci-cuantas-veces-miramos-espanoles-nuestros-moviles-201607181756_noticia.html

*** Facebook cuenta, desde junio de 2017, con más de 2000 millones de usuarios. https://crearcomunidad.com/2017/06/29/cuantos-usuarios-tiene-facebook-2/

https://www.theglobeandmail.com/technology/your-smartphone-is-making-you-stupid/article37511900/

https://yourot.com/parenting-club/2017/5/24/what-are-we-doing-to-our-children

https://www.architecturendesign.net/satirical-illustrations-show-our-addiction-to-technology/

https://www.comunicae.es/nota/aumentan-en-espana-los-casos-de-ninos-que_1-1188722/

http://www.abc.es/tecnologia/moviles/aplicaciones/abci-cuantas-veces-miramos-espanoles-nuestros-moviles-201607181756_noticia.html

https://entusiasmado.com/telefono-inteligente-te-menos-inteligente/

http://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-14708103