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El verano, las vacaciones, la ruptura de la rutina. La vida regular como monotonía gris, dos horas de metro o de autobús diarias, una de cardio en el gimnasio, la serie de moda en Netflix y a dormir. Las vacaciones como carnaval. Cuántos seres que han aceptado la rutina como sinónimo de forma de vida venerable e inevitable en la madurez. El miedo a la libertad. El mar para los cosmopolitas de secano que salen hacia las costas sacudidos por un big bang ibérico. Un agosto inmenso como un pomelo. En este mes que va cayendo hacia el otoño en sus puestas de sol. Y miles de turistas que prefieren no ver y suben sus fotos de trampantojo “rompiendo salvajemente” su rutina y dejándolo todo registrado, para el agrado de la máquina, en Instagram.

Desde abril se escucha por los pasillos de la jungla de cristal de las oficinas el ávido deseo de desconexión. ¿Desconexión de qué? ¿Desconexión para qué? Son los anhelos de un ser humano que habita en esos espacios en régimen de media pensión. La metáfora aquí no es, como nunca lo ha sido, inocente. La última vez que la escuché estuve tentada de buscarles el cable y lo imaginé, allí colgando tímido entre sus piernas, como un rabito casi simpático, de cobre y de plástico blanco.

La maquina
Fotografía: Jesús Massó

Es, por lo tanto, en este proceso vacacional de conexión y desconexión, donde se irrita la brecha por la que podemos intuir la silueta del ser humano 2.0 y comparar su funcionamiento con el de cualquier dispositivo móvil. Y qué batería defectuosa se le proporcionó, que precisa de once meses de corriente para vivir durante uno solo con una autonomía-ficción.

Me resulta una metáfora cuanto menos, evidente. Una metáfora que dibuja una realidad ontológica que aquellos sujetos a la misma no perciben siquiera en su amplitud, pero que declara, abiertamente, la realidad de este, Un mundo feliz, en el que ya, de hecho, vivimos. Así, los turistas desconectados llegan a sus destinos programados, con una limitada capacidad de aprendizaje y permeabilidad ante la realidad. Por ellos y para ellos vamos creando experiencias cada vez más estandarizadas y así, el mismo bar producto de la gentrificación podría encontrarse sin rasgos distintivos en Cádiz, Roma o San Petersburgo. ¿Es un ser humano que entiende la rutina como un mal necesario y sus vacaciones como una desconexión de la máquina capaz de vivir experiencias reales, diferentes y que atenten contra su cosmovisión?

Y claro, como en toda distopía, aquí venimos gimiendo y llorando los desterrados hijos de Eva. Los salvajes, los descastados, la chusma que huye de la corriente eléctrica. Observando con los ojos de una criatura inferior y superior al mismo tiempo a todas esas máquinas humanas que van royendo el verano, la playa y lo diferente pero estandarizado con su reloj de consumo interno.

No quiero, sin embargo, hacer una distinción radical entre el “ellos” y el “nosotros” porque aquí, quien esté libre de pecado y de consumo, que tire la primera piedra. Además, esa máquina a la que están −estamos− enchufados acumula inteligencia exponencialmente y va creando fórmulas más complejas para seres con un par de alas algo más grandes que las de la media y necesidades espacio temporales (o cronotópicas) más barrocas.

Tranquilos todos: la máquina está apostando fuerte por fórmulas para nosotros como el trabajo en línea. Y así, poco a poco, el mundo se va llenando de nómadas digitales con una batería de una calidad visiblemente superior, o, cuanto menos, distinta a la anteriormente descrita. Hoy en día no tengo ni rutina ni vacaciones, no conecto ni desconecto porque trabajo y vida se han convertido en una sola cosa y esto me hace feliz. ¡He superado la dicotomía! Sin embargo, dudo: mientras mis amigos aún presos de la rutina se están bañando en la playa hoy, yo llevo un código interno que me hace estar trabajando en un supuesto y autoimpuesto supuesto período vacacional. Y trabajo por placer. Y lo hago porque me gusta. Y soy tremendamente responsable en esto porque dependo (o eso creo) de mí. Y así, mi descripción de los otros me lleva a una extraña sospecha de estar siendo presa y pionera de una nueva y mejor trampa de la máquina que, de momento, me tiene en sus manos.