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LAS PIERNAS

Estaba Dios 
la otra tarde
viendo cómo 
nos matábamos
por un aplauso más. 

Escuchando cómo
ardía la selva. 

Viendo impotente
que orinábamos
en nuestro propio salón. 

Que nos habíamos quedado
ciegos, 
sordos 
y sin corazón. 

Y, 
de un tajo, 
nos cortó las piernas.

***

Elena merina post
Imagen de Schmucki en Pixabay

SIERRA

Por aquí
huele a sierra. 

¿No recordabais que Madrid
es matojo y granito
encina y conejo
arroyo límpido 
y resplandor?

Ropa limpia. 

Cuatro productos
menos 
al día
en el supermercado. 

La incertidumbre 
que siempre hubo
el trampantojo
que se derrumbó. 

Por aquí
huele a sierra.

***

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Detesto a los tibios de vocación y dicen que a la fuerza ahorcan.

Héroes del Silencio

Hoy me ha tocado bailar con la más fea, la más manoseada y la que menos interés –supuestamente- nos genera: la política. Pero vamos a partir de que siempre he creído que “para gustos los colores”; por lo tanto, tomaremos su “fealdad” como una apreciación relativa, fruto de un canon que no tiene por qué ser elevado al estamento de la verdad. Entonces, para mí, resulta un tema excitante, con unas voluptuosidades intelectuales dignas de ser degustadas. Fea y sexy, por qué no. Dos puntos de partida: 1, no me fío de quien no habla de política. Y 2, no me fío de quien dice que “pasa de la política”. Incluso en estos tiempos, como Joaquín Sabina.

Iba a hablar de los líderes políticos de dos mil diecinueve. Del bello narciso que es Pedro Sánchez. Que es un limón. Que es amarillo. Pero finalmente me decantaré por alguno de nosotros y por nuestras tendencias morales. Que son mortales.

Incluso en estos tiempos
Fotografía: Pixabay

Primer arquetipo: “el que no habla de política”. “El que no habla de política” se nos aparece como un ánima con remordimientos. No es que no tenga ideas políticas ni que se desentienda de la política. Es, simplemente, que prefiere conscientemente no entrar en el foro para proteger su imagen. Probablemente se trate de alguien que se avergüenza de sus ideas políticas: alguien de derechas que se mueve en entornos intelectuales y/o de izquierdas. O, al revés, alguien que se avergüenza de las ideas de su entorno social pero no conoce otros ni quiere verse condenado al ostracismo social: alguien de izquierdas en un entorno de derechas. En ambos casos, “el que no habla de política” es un antihéroe de los malos, de los que no generan simpatía. Es, por lo tanto, incapaz de enfrentarse al antagonista, al “intolerante”, o aquel que no respeta otras ideas ni a nadie que piense diferente a él. Por lo tanto, “el que no habla de política” acaba convirtiéndose en un cobarde -qué bonita es esa palabra- que prefiere que “el intolerante” campe a sus anchas para protegerse, ahorrar tiempo o cualquier otro beneficio personal. Actúa igual que las democracias europeas hicieron con Hitler en los años previos a la Segunda Guerra Mundial. Ahora bien. Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra. Hablo aquí de arquetipos completos y entiendo que entendéis que no todo es blanco o negro, que hay momentos y grados de comportarse como “el que no habla de política”. El problema es, como siempre, cuando salimos del “estar” y entramos en el “ser”.

Segundo arquetipo: el que “pasa de la política”. Antes de hablar de este tipo hay que separar la paja del trigo. Hay personas que pasan de la política porque su capacidad, formación o andamios no les permiten entender la importancia de lo público. Y estos son muchos mejores que aquellos que, careciendo de andamios, son infectados con los mensajes de miedo de los medios de comunicación de masas y se convierten en “intolerantes”. Entendamos, pues, a los que “pasan de la política” como aquellos que con su capacidad, formación y andamios deciden conscientemente ignorar lo público. No son, tampoco, los antisistema que no votan y que piensan que otro sistema o la ausencia de uno podrían ser más justos para el ser humano. Son aquellos a los que les da exactamente igual todo lo público.

Estos, amigos míos, los que verdaderamente “pasan de la política”, son el gran triunfo de “la máquina” del capitalismo en su última mutación. Por fin, por fin, consiguieron desconectar a unos individuos de otros, consiguieron romper con todos los lazos afectivos, cooperativos, sociales y familiares para crear al individuo que auto explica su existencia en sí y para sí mismo y que, por regla general, está tan vacío que debe llenarse de consumo. El bien común y la solidaridad han desaparecido para este individuo. ¿Y qué nos queda si la sociedad desaparece? Y no me respondas que la ley de la selva, porque nos estamos fumando hasta los árboles.

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El verano, las vacaciones, la ruptura de la rutina. La vida regular como monotonía gris, dos horas de metro o de autobús diarias, una de cardio en el gimnasio, la serie de moda en Netflix y a dormir. Las vacaciones como carnaval. Cuántos seres que han aceptado la rutina como sinónimo de forma de vida venerable e inevitable en la madurez. El miedo a la libertad. El mar para los cosmopolitas de secano que salen hacia las costas sacudidos por un big bang ibérico. Un agosto inmenso como un pomelo. En este mes que va cayendo hacia el otoño en sus puestas de sol. Y miles de turistas que prefieren no ver y suben sus fotos de trampantojo “rompiendo salvajemente” su rutina y dejándolo todo registrado, para el agrado de la máquina, en Instagram.

Desde abril se escucha por los pasillos de la jungla de cristal de las oficinas el ávido deseo de desconexión. ¿Desconexión de qué? ¿Desconexión para qué? Son los anhelos de un ser humano que habita en esos espacios en régimen de media pensión. La metáfora aquí no es, como nunca lo ha sido, inocente. La última vez que la escuché estuve tentada de buscarles el cable y lo imaginé, allí colgando tímido entre sus piernas, como un rabito casi simpático, de cobre y de plástico blanco.

La maquina
Fotografía: Jesús Massó

Es, por lo tanto, en este proceso vacacional de conexión y desconexión, donde se irrita la brecha por la que podemos intuir la silueta del ser humano 2.0 y comparar su funcionamiento con el de cualquier dispositivo móvil. Y qué batería defectuosa se le proporcionó, que precisa de once meses de corriente para vivir durante uno solo con una autonomía-ficción.

Me resulta una metáfora cuanto menos, evidente. Una metáfora que dibuja una realidad ontológica que aquellos sujetos a la misma no perciben siquiera en su amplitud, pero que declara, abiertamente, la realidad de este, Un mundo feliz, en el que ya, de hecho, vivimos. Así, los turistas desconectados llegan a sus destinos programados, con una limitada capacidad de aprendizaje y permeabilidad ante la realidad. Por ellos y para ellos vamos creando experiencias cada vez más estandarizadas y así, el mismo bar producto de la gentrificación podría encontrarse sin rasgos distintivos en Cádiz, Roma o San Petersburgo. ¿Es un ser humano que entiende la rutina como un mal necesario y sus vacaciones como una desconexión de la máquina capaz de vivir experiencias reales, diferentes y que atenten contra su cosmovisión?

Y claro, como en toda distopía, aquí venimos gimiendo y llorando los desterrados hijos de Eva. Los salvajes, los descastados, la chusma que huye de la corriente eléctrica. Observando con los ojos de una criatura inferior y superior al mismo tiempo a todas esas máquinas humanas que van royendo el verano, la playa y lo diferente pero estandarizado con su reloj de consumo interno.

No quiero, sin embargo, hacer una distinción radical entre el “ellos” y el “nosotros” porque aquí, quien esté libre de pecado y de consumo, que tire la primera piedra. Además, esa máquina a la que están −estamos− enchufados acumula inteligencia exponencialmente y va creando fórmulas más complejas para seres con un par de alas algo más grandes que las de la media y necesidades espacio temporales (o cronotópicas) más barrocas.

Tranquilos todos: la máquina está apostando fuerte por fórmulas para nosotros como el trabajo en línea. Y así, poco a poco, el mundo se va llenando de nómadas digitales con una batería de una calidad visiblemente superior, o, cuanto menos, distinta a la anteriormente descrita. Hoy en día no tengo ni rutina ni vacaciones, no conecto ni desconecto porque trabajo y vida se han convertido en una sola cosa y esto me hace feliz. ¡He superado la dicotomía! Sin embargo, dudo: mientras mis amigos aún presos de la rutina se están bañando en la playa hoy, yo llevo un código interno que me hace estar trabajando en un supuesto y autoimpuesto supuesto período vacacional. Y trabajo por placer. Y lo hago porque me gusta. Y soy tremendamente responsable en esto porque dependo (o eso creo) de mí. Y así, mi descripción de los otros me lleva a una extraña sospecha de estar siendo presa y pionera de una nueva y mejor trampa de la máquina que, de momento, me tiene en sus manos.