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La poeta melancólica

La noche y el silencio. Cada uno de los miles de adoquines que conforman esta serpenteante ciudad suspira en soledad cuando llega la negrura. Nada suena. Nadie sueña. Los pasos se hacen eternos entre una esquina y la siguiente. No hay saludos. No hay guitarras colgantes, de esas que escalan espaldas antes de enmarañarse entre los dedos. No se escucha la melodía tras las ventanas. No hay color en las caras.

Cae la tarde cada vez un poco más tarde sin que el sol tenga por donde derramarse. Los poetas ya no aguardan en la playa; algunos divisan el sepelio diario desde las azoteas. Pero, en cierto modo, la ciudad ha dejado de respirar. Quizá sea por las máscaras. No lo sé. Lo que sí resulta paradójico que ese tiempo de locura que nos regala cada año Don Carnal era precisamente lo que nos mantenía cuerdos. Y es que, un febrero sin Carnaval, se ha convertido para muchos en un auténtico pozo de locura.

Caretas para un carnaval pandemico
Ilustración: Julia Tocino

El Jartible

Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. He visto a compañeros adictos a todo tipo de contenido carnavalero, sea en el formato que fuese, mendigando cada minuto como si de una droga se tratase. Desde las finales de los 80 en bucle a la última entrevista de Fulanito en la web 3x4yasinpeaje.com de Alcalá de Guadaira. Con el pijama encasquetao como si del tipo se tratase, delante de la tele, las gomitas y los anacardos en la mesa y hasta su vasito de vino con papelillos flotando. Algunas incluso han rebuscado por toda la casa hasta encontrar aquel Walkman que le regalaron por Reyes en el 95 para poder escuchar el concurso del milenio como Momo manda. He visto hombres llorando por no escuchar un nuevo punteao. He visto purpurina (posiblemente del año pasado) brillar en la oscuridad cerca de las Puerta de Tierra.

El autor de redes

Te quiero tanto tacita / no hay bicho que nos separe / mi Cádiz la más bonita, / tú me salvas de los males. / Aquí me tiene otro año / sin disfraz pero con las mismas ganas. / Y si no puedo cantar en tus calles / yo te canto desde mi terraza…

Y mañana os colgaré un nuevo vídeo donde os cantaré un par de cuplesitos y un popurrí. #yomequedoencasa #estevirusloparamos #carnavalconfinado #desdemiterraza

La siesa negacionista

¡Por fin este año va a servir de parón biológico! Además con todas las letras: ¿hay algo más biológico que un virus?. Pues no. El palco en la tele, el milenio en la radio, los pesaitos en Twitter, mi vecina escuchando a JuanCarlo to las mañanas. ¿La gente no se cansa? Pues no. Con lo pesao que estaba ya el concurso, to los años lo mismo, la misma tontería, el mismo rollaso, los punteaos interminables, los artistas del pasodoble, los que quieren vivir to el año de hacer gorgoritos, los del fular pa no coger frío. Iba a ser un año de descanso y reflexión, de repensar (en silencio) todo lo que se estaba haciendo mal. Pues no. No iba a haber nada de nada, y al final estoy hasta el coño de Carnaval.

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“Este virus lo paramos entre todos”. 

Y entonces comienza la maquinaria que une nuestras manos aún sin poder tocarnos. Y los vecinos se preguntan cada mañana cómo estamos hoy, nos ofrecemos a hacerle la compra a esa señora mayor que vive sola en el primero para que no tenga que salir, nos videollamamos con frecuencia para interesarnos los unos por los otros, creamos grupos de Whatsapp para que la familia esté unida en estos momentos tan complicados, llamamos al abuelo a la residencia todas las tardes, aprendemos a dividir por el método ABN para que nuestros niños y niñas no se queden atrás, cocinamos magdalenas (y torrijas y arroz con leche y bizcochos de chocolate), le damos las gracias a la cajera del súper por atendernos y salimos al balcón cada atardecer en homenaje a nuestro personal sanitario convirtiéndolo en héroes. Los profesionales de los medios de comunicación inventan nuevas fórmulas de entretenimiento sin salir de casa, las plataformas de contenidos crean ofertas especiales para el confinamiento y Amazon te sigue trayendo todo lo que necesites a tu puerta.

Y con ese halo de solidaridad y esperanza van pasando los días, las semanas, el primer mes. “Todo va a ir bien”, “saldremos de esta”, “es una señal”, “todo cambiará después de esto”, “esto nos hará mejores”. El autoengaño como placebo. 

Pero basta con mirar hacia el mismo sitio para ver la otra cara. Los aplausos de las ocho en manos falsas, los dedos acusadores tras el visillo, los que siguen escupiendo sus vísceras cada mañana en las aceras, los anuncios de los bancos que suenan, como de costumbre, a mentiras engalanadas, los que disfrazan de donaciones sus vergüenzas. Los expedientes de regulación temporal de empleo, las reducciones de jornada, las vacaciones obligadas y los despidos. La desinformación en boca de tertulianos envenenados, la mala praxis por antonomasia. La oposición que se opone, la que dificulta y la que inventa. Los palos de ciego en mitad del negro de las noches pandémicas. Los negacionistas de lo evidente, los que no ven muertes sino números, los que piensan que las vidas de los pobres no sirven para unir sus estados, los aviones que siguen cruzando el cielo norteamericano porque siempre pesará más el capital que la gente. Las fosas a las afueras para los sin nombre… 

¿Este virus lo paramos entre todos?

Fani escoriza post
Fotografía: Fran Delgado
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Día 1. El telón comienza a despertar agitando sus alas de fuego. Es el primer día en esta trinchera -a veces infinita- y el sonido de las balas no nos asusta. Después de un año de paz, se echaba de menos la estruendosa batalla. Los cañones apuntan alto y la estela llega aquí abajo como una débil serpentina dorada. Tenemos bien cubierta la retaguardia con varias filas de batallón. El ejército del aire también nos aguarda desde la platea al paraíso.

Día 16. Después de varias semanas hemos reducido en número considerable al enemigo. Los supervivientes regresan a primera línea para seguir atacando con letras y melodías imposibles. Algunos pretenden matarnos de risa y otros de pena. Más de un popurrí se convierte aquí en la mejor arma de tortura.

A pie de foso
Ilustración: Pedripol

Día 25. Han pasado 25 días desde que comenzara el sitio. Las horas pasan lentamente en este foso, las provisiones de papelillos de todo un año han quedado estancadas a nuestros pies y el humo de los cañones ya no nos deja respirar. Las gargantas siguen disparando lanzas afiladas, cada vez más certeras. Son menos en número, pero poco a poco van ganando ventaja. Este olor a sangre y vino indica que se acerca el día de la batalla final.

Final de la contienda. El atrincheramiento está a punto de acabar. Han guardado sus mejores bombas para el final y es imposible derribarles. Sus destacamentos han conquistado el templo, aunque otros pelotones que merecían estar aquí murieron en el combate (algunos incluso por fuego amigo). Pusimos toda la crítica en el asador, pero no lo hemos conseguido. No queda nadie vivo en este foso. La copla ha vuelto a ganarnos un año más.

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Quisieron sembrar la ignorancia en las entrañas del pueblo. Porque descubrieron que la palabra era más poderosa que las balas. Mientras las segundas atravesaban un cuerpo para vaciarlo de vida, las primeras traspasaban la mente llenándola de ideas. Y tuvieron miedo desde el primer momento de que el pueblo aprendiera a pensar libremente.

Prefirieron la sangre a la tinta, el adoctrinamiento disfrazado de culto, el circo desbancando a las letras, el analfabetismo de las velas. Los que se creyeron dueños del mundo a lo largo de los siglos reservaron el acceso a la educación a una clase privilegiada durante toda la historia. Era más fácil arrebatarles un derecho que una ideología.

Muera la inteligencia gratuita
Fotografía: Pixabay

Y ahora, después de mucho tiempo, cuando parecía que el pueblo había conquistado esa parcela del saber, pretenden arrebatársela de nuevo. Fue una larga lucha de clases la que permitió que el pueblo llano aprendiera a leer. Se creó una escuela pública y las mañanas se llenaron de letras y pan en las aulas, de rayos de sol bañando los pupitres. Lo más importante fue no ponerle precio.

Sin embargo ahora esa escuela pública se tambalea con la eliminación de líneas, los recortes en los presupuestos, la falta de personal especializado, las altas ratios en las clases. Un desmantelamiento de ese derecho que tanto costó conseguir. La historia es cíclica, dicen. Si bien el primer gobierno de la Segunda República intentó regar este país de colegios, lo cierto es que cuando llegó el Bienio Negro de la CEDA al poder formuló una contrarreforma educativa donde se produjo un descenso en el número de escuelas construidas, la prohibición de la conducción en los centros escolares y una intensa acción encaminada a conseguir la supresión en las escuelas normales. No sé si será casualidad que la llegada de las derechas a la Junta quieran provocar el mismo desnivel entre escuelas dando más dinero a centros privados y concertados mientras condenan a base de tijeretazo sin hilván a la pública. Tal vez no sea más que una forma de volver al inicio, de tener el control de nuevo. Tal vez tengan miedo de que los hijos del pueblo sepan pensar. Miedo de que lo hagan con un sistema equitativo y libre. Por eso quieren que sean empresas y la propia iglesia (como Dios manda) quienes decidan qué y cómo deben aprender los niños. Tantos siglos y el sistema sigue siendo el mismo palo en la rueda para no dejar avanzar a la sociedad.

Si Millán-Astray, “uno de los burros más notables y peligrosos de la historia de España” en palabras de Juan José Millás, declaró la muerte a la inteligencia, no cabe duda que el señor Javier Imbroda -junto a la corte trifachita- ha declarado la muerte a la inteligencia gratuita.

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Fani
Imagen: Pedripol

La mar se rebeló y extendió sus brazos de la manera más bravía. Se cansó de recoger tantas lágrimas, de ser testigo silente en las noches, de velar la muerte desgarrada, de guardar el secreto a viajeros clandestinos y de que los barcos penetraran en sus abismos más lejanos sin pedir siquiera permiso. Alzó las manos, agotada de estar cuidando de su madre Tierra a lo largo de las eternidades. Gritó frente a todas las orillas, harta de golpearse una y otra vez contra la arena y las rocas. Batalló contra todas las barreras que le impuso el tiempo a su paso. Se aburrió del amor y del odio de los marineros, de que la llamaran traidora e ingrata mientras suspiraban por ella. Se enojó al ver que el hombre seguía vertiendo sus despojos en las profundidades de su alma. La mar nos miró a los ojos para darnos otro aviso: «Este lugar es tan mío como tuyo, porque sin mí nada de lo que ves existiría».

¿Cuántas veces se maltrató a la mar arrojándole las sobras? ¿Cuántas veces se invadió su espacio echando tierra sobre piedra hasta acallarla? ¿Cuántas veces se subestimó su fuerza? La mar se sublevó. Se despertó al fin, escaló a lo más alto y entró en la tierra para reconquistarla inundando sus calles. Llegó con nombre de mujer para reivindicar lo que es suyo. Las olas se unieron para multiplicar su ímpetu. Porque juntas son más. Puntualmente inoportuna. Inesperadamente barruntada. Como si fuera una más y hubiera sido llamada a las filas de ese ejército de la mitad convocado el 8 de marzo.

La mujer escuece y cura, igual que el salitre. Es madre de la vida, limpia las caras de los niños y teje el manto de la historia. Dejamos atrás el velo negro del luto, la pena pecadora impuesta por la Iglesia, la sumisión heredada. Ya no aguardamos a un salvador tras las paredes de casa, sino que salimos para salvarnos a nosotras mismas. No somos sólo la mula que carga con la faena del campo, la que alimenta, cría y limpia, la que agacha la cabeza y acepta órdenes de un esposo. Ahora nuestras manos se manchan de barro y de tinta a diario. Sin embargo, nuestra piel sigue acumulando sangre en cada golpe, las miradas nos atraviesan como dagas, las palabras nos juzgan y el patriarcado pisotea cada uno de nuestros pasos. Llegó el momento de hacer como la mar e inundar las calles. Porque queremos ser libres. Queremos ser iguales.

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Fani escoriza
Fotografía: Jesús Massó

Uno escribe para despistar a la muerte y estrangular los fantasmas que por dentro lo acosan; pero lo que uno escribe puede ser históricamente útil sólo cuando de alguna manera coincide con la necesidad colectiva de conquista de la identidad.
 Eduardo Galeano

Recorre su propio trazo dibujando una realidad alternativa. La palabra es la cuchilla que talla las mentes despiertas, el ruido aquel que agita el mundo, la lanza sin punta que siempre encuentra su diana. Salta de una mano a otra, corre sin tocar el suelo, vuela y se baña y se viste del color que le da la gana. Es el candado que abre y cierra todas las salidas de emergencia. El combustible de todas las historias, el campo arado de la memoria, la raíz que emana desde lo más profundo de la tierra. Es savia invisible, una selva cautiva, la canción de un pueblo, el antifaz de la verdad. La palabra es barro y es pan.

Hoy regreso para defender la palabra, para devolverle su función legitima, esa capaz de gritar todo lo que aún no tiene nombre. Cuando la voz callada del pensamiento quiso hacerse ver y oír, apareció la palabra. Durante miles de años ha ido transformándose y transformando, cambiando de vestido, creciendo de la mano de la humanidad. Y aunque a todos se nos dio el mismo puñal sólo una minoría aprendió a utilizarlo a su favor. Entonces fue censurada, convertida en mentira y demagogia, conductora eterna del engaño. La palabra estaba limpia e impía hasta que la condición humana de unos pocos la mancharon con sus tintes tiránicos. Porque la palabra es vehículo de la comunicación y no tiene valor en sí misma, sino en quien la dice, la escribe, la escucha, la lee o la interpreta.

Hace tiempo que a la palabra le cortaron las alas y la encerraron en una pequeña isla rodeada de un enorme mar de sombras. Son los mismos guardianes quienes la custodian, moldeándola a su antojo para adoctrinar a una masa gregaria y mediocre que sigue caminando por una carretera con un peaje que no cesa. Pero, volviendo de nuevo a Galeano, «la palabra tiene sentido para quienes queremos celebrar y compartir la certidumbre de que la condición humana no es una cloaca. Buscamos interlocutores, no admiradores; ofrecemos diálogo, no espectáculo. Escribimos a partir de una tentativa de encuentro, para que el lector comulgue con palabras que nos vienen de él y que vuelven a él como aliento y profecía».

Y aquí es donde nace la importancia de los puentes tendidos hacia y desde las palabras. Puentes siempre de doble sentido, de ida y vuelta. Puentes sonoros que dan voz a la opinión acallada por los propios guardianes. Puentes que cuelgan de ese hilo tan frágil que es la verdad. Puentes que se presentan como el camino alternativo a los peajes. Hay que seguir caminando de una orilla hasta la otra, de forma constante y sin pausa. Porque sólo con ese viaje infinito podremos mantener viva a la palabra.