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Quisieron sembrar la ignorancia en las entra√Īas del pueblo. Porque descubrieron que la palabra era m√°s poderosa que las balas. Mientras las segundas atravesaban un cuerpo para vaciarlo de vida, las primeras traspasaban la mente llen√°ndola de ideas. Y tuvieron miedo desde el primer momento de que el pueblo aprendiera a pensar libremente.

Prefirieron la sangre a la tinta, el adoctrinamiento disfrazado de culto, el circo desbancando a las letras, el analfabetismo de las velas. Los que se creyeron due√Īos del mundo a lo largo de los siglos reservaron el acceso a la educaci√≥n a una clase privilegiada durante toda la historia. Era m√°s f√°cil arrebatarles un derecho que una ideolog√≠a.

Muera la inteligencia gratuita
Fotografía: Pixabay

Y ahora, despu√©s de mucho tiempo, cuando parec√≠a que el pueblo hab√≠a conquistado esa parcela del saber, pretenden arrebat√°rsela de nuevo. Fue una larga lucha de clases la que permiti√≥ que el pueblo llano aprendiera a leer. Se cre√≥ una escuela p√ļblica y las ma√Īanas se llenaron de letras y pan en las aulas, de rayos de sol ba√Īando los pupitres. Lo m√°s importante fue no ponerle precio.

Sin embargo ahora esa escuela p√ļblica se tambalea con la eliminaci√≥n de l√≠neas, los recortes en los presupuestos, la falta de personal especializado, las altas ratios en las clases. Un desmantelamiento de ese derecho que tanto cost√≥ conseguir. La historia es c√≠clica, dicen. Si bien el primer gobierno de la Segunda Rep√ļblica intent√≥ regar este pa√≠s de colegios, lo cierto es que cuando lleg√≥ el Bienio Negro de la CEDA al poder formul√≥ una contrarreforma educativa donde se produjo un descenso en el n√ļmero de escuelas construidas, la prohibici√≥n de la conducci√≥n en los centros escolares y una intensa acci√≥n encaminada a conseguir la supresi√≥n en las escuelas normales. No s√© si ser√° casualidad que la llegada de las derechas a la Junta quieran provocar el mismo desnivel entre escuelas dando m√°s dinero a centros privados y concertados mientras condenan a base de tijeretazo sin hilv√°n a la p√ļblica. Tal vez no sea m√°s que una forma de volver al inicio, de tener el control de nuevo. Tal vez tengan miedo de que los hijos del pueblo sepan pensar. Miedo de que lo hagan con un sistema equitativo y libre. Por eso quieren que sean empresas y la propia iglesia (como Dios manda) quienes decidan qu√© y c√≥mo deben aprender los ni√Īos. Tantos siglos y el sistema sigue siendo el mismo palo en la rueda para no dejar avanzar a la sociedad.

Si Mill√°n-Astray, ‚Äúuno de los burros m√°s notables y peligrosos de la historia de Espa√Īa‚ÄĚ en palabras de Juan Jos√© Mill√°s, declar√≥ la muerte a la inteligencia, no cabe duda que el se√Īor Javier Imbroda -junto a la corte trifachita- ha declarado la muerte a la inteligencia gratuita.

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Fani
Imagen: Pedripol

La mar se rebel√≥ y extendi√≥ sus brazos de la manera m√°s brav√≠a. Se cans√≥ de recoger tantas l√°grimas, de ser testigo silente en las noches, de velar la muerte desgarrada, de guardar el secreto a viajeros clandestinos y de que los barcos penetraran en sus abismos m√°s lejanos sin pedir siquiera permiso. Alz√≥ las manos, agotada de estar cuidando de su madre Tierra a lo largo de las eternidades. Grit√≥ frente a todas las orillas, harta de golpearse una y otra vez contra la arena y las rocas. Batall√≥ contra todas las barreras que le impuso el tiempo a su paso. Se aburri√≥ del amor y del odio de los marineros, de que la llamaran traidora e ingrata mientras suspiraban por ella. Se enoj√≥ al ver que el hombre segu√≠a vertiendo sus despojos en las profundidades de su alma. La mar nos mir√≥ a los ojos para darnos otro aviso: «Este lugar es tan m√≠o como tuyo, porque sin m√≠ nada de lo que ves existir√≠a».

¬ŅCu√°ntas veces se maltrat√≥ a la mar arroj√°ndole las sobras? ¬ŅCu√°ntas veces se invadi√≥ su espacio echando tierra sobre piedra hasta acallarla? ¬ŅCu√°ntas veces se subestim√≥ su fuerza? La mar se sublev√≥. Se despert√≥ al fin, escal√≥ a lo m√°s alto y entr√≥ en la tierra para reconquistarla inundando sus calles. Lleg√≥ con nombre de mujer para reivindicar lo que es suyo. Las olas se unieron para multiplicar su √≠mpetu. Porque juntas son m√°s. Puntualmente inoportuna. Inesperadamente barruntada. Como si fuera una m√°s y hubiera sido llamada a las filas de ese ej√©rcito de la mitad convocado el 8 de marzo.

La mujer escuece y cura, igual que el salitre. Es madre de la vida, limpia las caras de los ni√Īos y teje el manto de la historia. Dejamos atr√°s el velo negro del luto, la pena pecadora impuesta por la Iglesia, la sumisi√≥n heredada. Ya no aguardamos a un salvador tras las paredes de casa, sino que salimos para salvarnos a nosotras mismas. No somos s√≥lo la mula que carga con la faena del campo, la que alimenta, cr√≠a y limpia, la que agacha la cabeza y acepta √≥rdenes de un esposo. Ahora nuestras manos se manchan de barro y de tinta a diario. Sin embargo, nuestra piel sigue acumulando sangre en cada golpe, las miradas nos atraviesan como dagas, las palabras nos juzgan y el patriarcado pisotea cada uno de nuestros pasos. Lleg√≥ el momento de hacer como la mar e inundar las calles. Porque queremos ser libres. Queremos ser iguales.

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Fani escoriza
Fotograf√≠a: Jes√ļs Mass√≥

Uno escribe para despistar a la muerte y estrangular los fantasmas que por dentro lo acosan; pero lo que uno escribe puede ser hist√≥ricamente √ļtil s√≥lo cuando de alguna manera coincide con la necesidad colectiva de conquista de la identidad.
 Eduardo Galeano

Recorre su propio trazo dibujando una realidad alternativa. La palabra es la cuchilla que talla las mentes despiertas, el ruido aquel que agita el mundo, la lanza sin punta que siempre encuentra su diana. Salta de una mano a otra, corre sin tocar el suelo, vuela y se ba√Īa y se viste del color que le da la gana. Es el candado que abre y cierra todas las salidas de emergencia. El combustible de todas las historias, el campo arado de la memoria, la ra√≠z que emana desde lo m√°s profundo de la tierra. Es savia invisible, una selva cautiva, la canci√≥n de un pueblo, el antifaz de la verdad. La palabra es barro y es pan.

Hoy regreso para defender la palabra, para devolverle su funci√≥n legitima, esa capaz de gritar todo lo que a√ļn no tiene nombre. Cuando la voz callada del pensamiento quiso hacerse ver y o√≠r, apareci√≥ la palabra. Durante miles de a√Īos ha ido transform√°ndose y transformando, cambiando de vestido, creciendo de la mano de la humanidad. Y aunque a todos se nos dio el mismo pu√Īal s√≥lo una minor√≠a aprendi√≥ a utilizarlo a su favor. Entonces fue censurada, convertida en mentira y demagogia, conductora eterna del enga√Īo. La palabra estaba limpia e imp√≠a hasta que la condici√≥n humana de unos pocos la mancharon con sus tintes tir√°nicos. Porque la palabra es veh√≠culo de la comunicaci√≥n y no tiene valor en s√≠ misma, sino en quien la dice, la escribe, la escucha, la lee o la interpreta.

Hace tiempo que a la palabra le cortaron las alas y la encerraron en una peque√Īa isla rodeada de un enorme mar de sombras. Son los mismos guardianes quienes la custodian, molde√°ndola a su antojo para adoctrinar a una masa gregaria y mediocre que sigue caminando por una carretera con un peaje que no cesa. Pero, volviendo de nuevo a Galeano, «la palabra tiene sentido para quienes queremos celebrar y compartir la certidumbre de que la condici√≥n humana no es una cloaca. Buscamos interlocutores, no admiradores; ofrecemos di√°logo, no espect√°culo. Escribimos a partir de una tentativa de encuentro, para que el lector comulgue con palabras que nos vienen de √©l y que vuelven a √©l como aliento y profec√≠a».

Y aquí es donde nace la importancia de los puentes tendidos hacia y desde las palabras. Puentes siempre de doble sentido, de ida y vuelta. Puentes sonoros que dan voz a la opinión acallada por los propios guardianes. Puentes que cuelgan de ese hilo tan frágil que es la verdad. Puentes que se presentan como el camino alternativo a los peajes. Hay que seguir caminando de una orilla hasta la otra, de forma constante y sin pausa. Porque sólo con ese viaje infinito podremos mantener viva a la palabra.

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Fani escorizaIlustración: pedripol

Somos una familia numerosa, de muchos hermanos. Cada uno es de su padre y de su madre, es cierto. Pero durante muchos a√Īos hemos tirado hacia adelante como hemos podido. Superamos numerosas crisis e incluso llegamos a vivir por separado una vez, como si de dos familias enfrentadas en lugar de una se tratara.

Mi hermana Cata tiene casi mi edad. Ella siempre fue m√°s rebelde e inconformista que yo. Esa desobediencia le lleg√≥ en plena pubertad, cuando a√ļn compart√≠a habitaci√≥n con Pilar. Un mismo espacio, distintas formas de organizarse. Pilar siempre obedec√≠a a mam√° en el empe√Īo por centralizar los asuntos de la casa. Cata no acataba esas reglas. Cuando ella cumpli√≥ los 18, mam√° comenz√≥ un romance con un franc√©s. Al principio no puso impedimentos, pero poco a poco se fue enemistando con √©l. Echaba de menos a Carlos, el anterior novio de mam√°. El franc√©s era m√°s restrictivo y le restaba esa libertad con la que so√Īaba. Sin embargo, esas restricciones le hicieron ahorrar bastante. Su hucha empezaba a llenarse un poco m√°s r√°pido que la de los dem√°s.

A sus 19 lleg√≥ un primo lejano del franc√©s. Este se encaprich√≥ de mis hermanas una por una. Cayeron todas menos yo. Afortunadamente ese fanfarr√≥n estuvo en casa poco tiempo. Cata empez√≥ a tener su propia ideolog√≠a. Llen√≥ la habitaci√≥n de p√≥sters de coronas tachadas. El novio de mam√°, un poco molesto, se fue por un tiempo. En esta √©poca, con la sublevaci√≥n propia de la edad, Cata empez√≥ a reivindicar una habitaci√≥n para ella sola. Mam√° la convenci√≥ de que no era un buen momento. Adem√°s, el franc√©s hab√≠a regresado con un cambio de look. Se hab√≠a dejado un bigote un tanto extra√Īo, la verdad.

Cata cumplió los 20 de una manera muy trágica. Quisieron que fuera a dormir por un tiempo con nuestra hermana Meli, que la pobre estaba pasando por un mal momento. Se encerró en su cuarto con una pataleta enorme que le duró toda una semana. Se puso en huelga durante ese tiempo y no quitaba ni la mesa. Después de esto se instaló nuestro primo en casa con un carácter totalitario mientras mamá miraba hacia otro lado. Hizo que Cata quitara todos los pósters de su cuarto y le prohibió que usara aquella falda de rayas rojas y amarillas que tanto le gustaba. Incluso le impuso que hablara con un lenguaje adecuado.

Gracias a la presión que ejercimos entre todas sobre mamá, mi primo se fue finalmente de casa. Esa breve época fue buena. No teníamos la obligación de ir a misa los domingos (en algunas iglesias hacía demasiado calor). Fue entonces cuando Cata redactó unas normas para que la dejaran hablar como ella quisiera y vestir su falda favorita.

Una ma√Īana de julio, sin que ninguna lo esperara, mam√° se despert√≥ enferma. Lo que empez√≥ con un golpe de calor deriv√≥ en una larga enfermedad que la mantuvo en cama durante much√≠simo tiempo. El m√©dico dictamin√≥ que lo mejor era ver, callar y esperar a que pasara la tormenta. Cuando las cosas se pusieron feas en casa corr√≠ a refugiarme en la habitaci√≥n de Cata. Era un poco m√°s fr√≠a que la m√≠a, pero siempre ten√≠a algo all√≠ con lo que llenarme el est√≥mago cuando el hambre apretaba. Yo la ayudaba a ponerla bonita, pero ella nunca reconoci√≥ mi esfuerzo.

Finalmente mam√° se recuper√≥. Aquella enfermedad la hab√≠a hecho envejecer unos cuarenta a√Īos de golpe. Poco a poco la casa fue recuperando la vida y los colores. Ahora todas ten√≠amos nuestra propia habitaci√≥n pintada de nuestros colores favoritos, eso que Cata siempre quiso. Sin embargo, ahora mi querid√≠sima hermana ya no est√° conforme con su habitaci√≥n. Ahora ella quiere un pisito para emanciparse. Dice que no quiere tener nada que ver con nosotras, que est√° harta de compartir su paga y que est√° cansada de que no la entiendan cuando habla. Adem√°s, mam√° parece estar enferma de nuevo. No sabemos si se trata de lo mismo, tal vez un brote m√°s leve. Lo cierto es que est√° perdiendo la cabeza y cada d√≠a est√° peor. Por lo visto Cata no se siente con fuerzas ni necesidad de tirar del carro.

Y lo peor de todo es que, si echo la vista atr√°s, me doy cuenta de que mam√° nunca fue tolerante con Cata. Nunca quiso o√≠r lo que ten√≠a que decir o aportar a la convivencia. Siempre se amparaba en que hab√≠a que cumplir las normas de la casa. Pero mam√° no se percat√≥ de que esas normas fueron establecidas cuando la enfermedad que la postr√≥ en cama durante mucho tiempo a√ļn daba sus √ļltimos coletazos. √öltimos coletazos que est√°n durando m√°s de lo que esper√°bamos. Si esto sigue as√≠, creo que mam√° va a quedarse sola en casa m√°s pronto que tarde.

Tiempo de lectura ūüí¨ 2 minutitos de n√°Fani escoriza

Fotografía: José Montero

La playa es un bautizo de sal en la orilla pagana. Las olas se tambalean sobre la arena con un vaiv√©n perfectamente coordinado. El baile m√°s hermoso y antiguo que las civilizaciones hayan presenciado jam√°s. La mar es la madre suprema de la vida. La uni√≥n de riberas hermanas que acabaron enfrentadas. Es como un gigantesco vig√≠a azulado. Y en esta peque√Īa √≠nsula, que es como un barco encallado a la deriva, el mar ha sido el testigo eterno. Atraves√≥ en canal el coraz√≥n de la ciudad dejando una orilla a cada lado para m√°s tarde apartarse y permitir el abrazo. Arrastr√≥ hasta aqu√≠ barcos, atunes y temporales. Abasteci√≥ las arcas de un pueblo marinero con la plata de sus caballas. Siempre meci√©ndola con los ojos cerrados. Siempre velando desde su trono de espuma.

La playa fue centinela de nuestros primeros pasos, dejando un camino de huellas hundidas sobre la arena h√ļmeda. La marea las borraba una y otra vez, pero cada verano unos pies peque√Īos volv√≠an a dejar su marca en la misma orilla. Las rocas nos miraban en nuestro lento caminar. Una camaronera por lanza y un cubo como escudo eran las armas perfectas para las cruzadas estivales. Castillos y murallas que quer√≠an tocar el cielo. Las meriendas de pan y chocolate contemplando el horizonte. Piedras que hac√≠an de porter√≠a. El primer roce de los cuerpos dorados de adolescentes empujados por las olas. El escondite perfecto para las ma√Īanas de rabonas. Tardes que se alargaban hasta que el sol se sumerg√≠a. Noches de alcohol y guitarras, de risas y besos robados. Amaneceres en compa√Ī√≠a. Paseos de huellas arrugadas y cuerpos tostados. La vida y la playa, eternamente de la mano.

Y a pesar de darnos tanto hubo un tiempo en que la dej√°bamos sin nada. Ca√≠a la tarde entre fronteras acordonadas y sombrillas como atalayas. Aut√≥ctonos y forasteros invad√≠an cada cent√≠metro acompa√Īados de ruido, humo y embriaguez. Las cenizas enturbiaban la vista y el carb√≥n ennegrec√≠a la arena. Ci√©nagas malolientes corr√≠an hasta la orilla. Un arsenal de basura y cristal. M√°s de 200.000 personas pisoteando la playa que nos vio crecer. Una tradici√≥n convertida en una batalla campal que parec√≠a perdida… Pero no fue as√≠. El pueblo batall√≥. Y cant√≥ esa noche frente al mar. Y la gente llen√≥ las calles y los bares. La playa celebr√≥ su aut√©ntica fiesta y despert√≥ entre s√°banas limpias aquella ma√Īana. Y sigui√≥ caminando junto a nosotros, sin soltarnos de la mano.

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Fotograf√≠a: Jes√ļs Mass√≥Fani escoriza

Esta ciudad es como un barco a la deriva que nunca dejar√° de estar encallado. No importa qui√©n lleve el tim√≥n porque su ancla pesa tanto que la amarra insondablemente a su rancio fondo de escolleras. Es igual que una gaviota con las alas manchadas y el est√≥mago lleno o como una rosa rota por la fuerza del propio pu√Īo que la arrancaba. Es como la vieja casa de un pirata enamorado, con paredes que lloran ante el paso incuestionable del tiempo. Es como un colegio con ventanas verdes vac√≠o, que ya no recuerda a los ni√Īos ni las pancartas que quer√≠an resucitarlo. Parece un m√°stil sin nave que espera frente al mar alg√ļn mensaje sin botella. Un Balneario de brazos blancos que s√≥lo sirve de m√≠sero techo en los meses m√°s g√©lidos del calendario. Una estaci√≥n que ya perdi√≥ su √ļltimo tren, f√°bricas sin m√°s sonido que el del aire o una zona francamente muerta. ¬†

Pero tambi√©n es un almirante sonriendo tras a√Īos de soledad. La reconquista en cada zancada de las aceras y las mesas nuevas de mantel planchado donde se posa el pan de cada d√≠a. Es la copla que suena libre en garajes y casapuertas sin que sea febrero. Es un mar de noches que son tranquilas y serenas. Noches en las que el silencio no es silencio, donde te desvelan las palabras que no suenan. Noches que se beben hasta el alba, de s√°banas ardientes y camas deshechas. Son barcos que llegan de otros mares para inundar la ciudad de colores. Es un batall√≥n de mil valientes que apuestan por abrir sus puertas ante la perplejidad. Es la sant√≠sima trinidad que comulga y comparte cirios, banquillo y coloretes. La ciudad es como un enorme Cicer√≥n que gu√≠a a los visitantes hac√≠a los buj√≠os m√°s m√°gicos de este rinc√≥n del sur. Donde la gente se saluda con besos, los escritores brindan con artistas y la m√ļsica suena improvisada. Porque esta ciudad tambi√©n es cultura con insomnio.

La ciudad de las dos caras es esa que quema los pies de algunos y dota a otros de las mejores alas. La que rebosa de casas y escasea de jornales. La que quiere un baile de cenicienta en verano. La que se alimenta bajo el sol y la brisa, pero no quiere desviar sus pasos al toparse con una terraza. La que se queja de un suelo salpicado de colores en febrero, pero no lo hace de la cera en abril. La que protesta por las cornetas y tambores en primavera, pero marcha a bombo y caja durante su semana profana. La que desde su aconfesionalidad coloca una virgen en lo m√°s alto del podium. As√≠ es esta ciudad de doble filo. Un continente de trece kil√≥metros con un contenido conformista y disconforme a la vez. «El derecho a la ciudad -como lo afirma David Harvey- no es simplemente el derecho a lo que ya est√° en la ciudad, sino el derecho a transformar la ciudad en algo radicalmente distinto‚ÄĚ. Pero para el cambio hay que estar preparado. Y C√°diz, con sus dos caras, sigue atada de pies y manos por los guardianes del miedo.