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Fotografía: José Montero

Tras el shock de las elecciones andaluzas, lo primero que me sorprendi√≥ fue que, nada m√°s conocerse los resultados, un minuto despu√©s, las redes ya estuvieran repletas de explicaciones que parec√≠an tenerlo todo muy claro. Es fant√°stico vivir en un pa√≠s de expertas y expertos‚Ķ ‚Äúa toro pasao‚ÄĚ. La segunda sorpresa fue la ausencia casi total de autocr√≠tica: las culpas de las derrotas siempre son ajenas, de las dem√°s, de los otros.

En todo caso, contuve mi impulso de sumarme al ruido general y decidí tomarme un tiempo para escuchar, leer, pensar… antes de decir nada.

Ya han pasado unos d√≠as, y todos los an√°lisis que he le√≠do y escuchado sobre las causas de la emergencia del neofascismo en nuestra tierra me parecen muy interesantes, y todos tienen -en mi opini√≥n- su parte de raz√≥n: el desconcierto y la confusi√≥n global; el miedo a un futuro incierto; el desencanto por las expectativas no cumplidas; la baja formaci√≥n pol√≠tica de la mayor√≠a social; la manipulaci√≥n de las redes sociales y los medios masivos de comunicaci√≥n; la p√©rdida de cualquier vestigio de √©tica en una derecha instalada en la mentira; la exacerbaci√≥n de los bajos instintos nacionalistas; ¬†el agotamiento del r√©gimen clientelar del PSOE en Andaluc√≠a; la divisi√≥n y el cainismo hist√≥rico de las izquierdas; la fragmentaci√≥n de las diversidades, carentes de un eje com√ļn transversal; la polarizaci√≥n de las energ√≠as en la conquista y gesti√≥n de las instituciones y el consiguiente alejamiento de la calle; la ausencia de un proyecto alternativo e ilusionante ante la descomposici√≥n del estado de bienestar que alienta el neoliberalismo…

Todas esas -y otras muchas- causas merecen reflexión. Todas están conectadas y se refuerzan entre sí. No caben interpretaciones simplistas. La mirada ha de ser necesariamente compleja, como los tiempos que vivimos.

Pero, más allá de la necesidad de entender las causas (condición necesaria para no repetir errores), me parece que el objetivo de la reflexión no debe ser buscar responsables en quienes cargar la culpa, sino aprender la lección y vislumbrar qué hemos de hacer quienes decimos querer cambiar este mundo desigual e injusto.

Descarto, pese a que todavía anden sueltos muchos revolucionarios de gatillo verbal fácil, cualquier cambio violento, no solo por razones éticas, sino porque quienes poseen las armas son los poderosos y el uso de la violencia me parece desesperado y suicida. En fin, modo talibán.  

Pero, si la meta fuera ganar elecciones y ocupar las instituciones, para, desde all√≠, cambiar el mundo, tambi√©n lo veo crudo, porque ese juego lo dominan de largo las derechas y tienen mucho dinero y todos los medios de masas a su favor, adem√°s de que el electoralismo envenena f√°cilmente con sus trampas a quien lo practica, y porque, por √ļltimo, las instituciones est√°n pensadas para sostener el sistema y que nada (fundamental) cambie.

El objetivo cortoplacista de conseguir votos a cualquier precio, nos obligar√≠a asimismo a ocultar un dato esencial: en los pr√≥ximos 15 o 20 a√Īos vamos a ver crecer, a√ļn m√°s, la explosi√≥n del desorden, la crisis socioambiental, el agotamiento de los recursos limitados, el colapso de un sistema insostenible, el final de una era… Nada va a ir a mejor. Y con ese mensaje que nadie quiere o√≠r y que los m√°s poderosos -con todos sus medios- se empe√Īan en negar sistem√°ticamente, es dif√≠cil conseguir muchos votos.

Pero, si como apunta Yayo Herrero, la pregunta fundamental fuera: «¬ŅQu√© podemos hacer para garantizar condiciones de vida digna para las mayor√≠as sociales ‚ÄĒalimento, vivienda, tiempo para los proyectos propios, educaci√≥n, salud, poder colectivo, corresponsabilidad en los cuidados‚Ķ‚ÄĒ en un planeta parcialmente agotado y con un calentamiento global irreversible? «. Si esa fuera la cuesti√≥n principal, entonces parecen m√°s claros ciertos «quehaceres».

Uno de los primeros, también lo apunta Yayo, es construir -con cierta urgencia, porque el tiempo se acaba- el entendimiento y el acuerdo entre quienes queremos otro mundo posible.

Y eso significa encuentro y escucha, acabar con el ruido y emprender el diálogo, conocernos, reconocernos y ejercitar la empatía, renunciar a la unanimidad y la uniformidad -que son incompatibles con la diversidad y con la vida- para apostar por los amplios consensos, por los acuerdos de mínimos.

Este quehacer se me antoja uno de las m√°s dif√≠ciles porque persisten enquistados en nuestras mentalidades -si no en el ADN- muchos de los viejos vicios: los egos desmedidos, los prejuicios, los sectarismos y dogmatismos, el af√°n de poder, la ambici√≥n hegem√≥nica, los protagonismos… Pero hay que intentarlo sin descanso y lograrlo a toda costa.

Otro quehacer urgente ser√° poner en pie las alternativas al sistema que se agota, empezar a construir el futuro sin esperar a conquistar las instituciones. Levantar y hacer posibles miles de proyectos y espacios «liberados» del capitalismo, donde YA se produzca y se consuma de otra forma, y se viva YA en armon√≠a entre las personas y con el planeta, poniendo la vida en el centro.

Esa tarea, sin ser tampoco fácil, tiene la ventaja de que está iniciada. Son miles, cientos de miles, los colectivos que, en todo el mundo, están en ello. Desde hace más de dos décadas crecen las iniciativas y proyectos alternativos. Y podemos aprender de sus aciertos y errores. De nuevo, el encuentro, el aprendizaje mutuo y el trabajo en red se evidencian como quehaceres prioritarios.

También, esa tarea de multiplicación y visibilización de las alternativas altermundistas en marcha, puede ayudarnos a superar la imagen derrotista y catastrofista, de aguafiestas, que quieren endilgarnos los poderes fácticos de este mundo. Frente a la fiesta del derroche y el consumismo sin límites, que niega la felicidad a millones y millones de personas, un futuro de valores alternativos en los que predomine la calidad (de las relaciones, de lo que comemos, lo que respiramos, lo que convivimos, lo que compartimos…) puede llegar a ser una expectativa positiva e ilusionante para muchísima gente.

Así pues, prioridad para construir lo nuevo y no tanto para conseguir votos. Eso no significa que deban abandonarse las instituciones, ni la lucha por ganar los espacios de poder que podamos dentro de este sistema en descomposición. Las instituciones pueden facilitar o dificultar esa puesta en pie de las alternativas (de ahí la importancia de no abandonarlas), pero no se pueden hacer depender de ellas, de sus tiempos, sus inercias y sus burocracias. La iniciativa debe ser de la gente, de los colectivos y asociaciones ciudadanas, de los movimientos sociales. No hay otro modo.

Y, para que todo ello sea posible, vuelve a surgir, como un quehacer fundamental, el encuentro y el acuerdo. Nunca hubo otro camino -la historia de las mejores conquistas y logros de la humanidad es la historia de la organización de los débiles- pero ahora solo cabe recorrerlo desde premisas nuevas.

Es preciso construir nuevas formas de relaci√≥n y organizaci√≥n, nuevos v√≠nculos dentro de cada comunidad -grande o peque√Īa- y entre comunidades, nuevas conexiones y redes. Ya no m√°s, como dec√≠a antes, la uniformidad y la unanimidad. Las organizaciones p√©treas, monol√≠ticas, son cosa del pasado. En su rigidez anida su muerte, su anquilosamiento inevitable, en un tiempo de cambios permanentes. Solo cabe construir formas de organizaci√≥n flexibles, abiertas, l√≠quidas, como predijo Bauman.

Hemos de aprender a gestionar la diversidad desde la diversidad. La inteligencia colectiva, imprescindible para construir el futuro, solo puede ser diversa, plural. Y eso significa -y ahí aparece un nuevo quehacer- que hemos de aprender a participar, a trabajar en equipo, a cooperar… desde el respeto al otro, desde la democracia participativa y radical. Que nadie lo de por supuesto o por sabido, todos y todas hemos de desaprender a competir, primero, para aprender a cooperar, después.

Del mismo modo que hemos de anticipar ya, cuanto antes, las nuevas formas de vida, de producción y consumo, hemos de hacerlo anticipando ya las nuevas formas de cooperación y organización necesarias para lograrlo. No cabe construir el futuro con las viejas herramientas organizativas. Aprender de ellas, si, pero para cambiarlas en todo lo que sea preciso, abandonando sin nostalgias todas las formas y lenguajes del pasado que ya no sirvan para sembrar un futuro mejor.

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Fernando
Fotograf√≠a: Jes√ļs Mass√≥

El tiempo que vivimos es el de la diversidad y la complejidad.

Nunca el mundo fue tan diverso. O tal vez lo fue siempre, pero no teníamos la comunicación instantánea, las emigraciones masivas o los viajes baratos, para hacerlo tan evidente.

Y nunca fue el mundo tan complejo, con tantos factores interactuando y condicionándose entre sí.

La globalizaci√≥n y la revoluci√≥n tecnol√≥gica han puesto patas arriba las maneras de conocer y comunicarnos, de producir y consumir, de hacer cultura y construir comunidades… En suma, todas las viejas formas de pensar, decir y hacer.

Nada es simple en nuestro mundo, todo est√° interconectado y cambiando constantemente. La complejidad es la norma.

Y, sin embargo, posiblemente por la inestabilidad y el vértigo que nos produce ese sin parar de los cambios, tendemos -como personas y colectividades- a agarrarnos a los clavos ardiendo de nuestras viejas identidades en peligro de extinción. Y nos atrincheramos en las tradiciones y en la nostalgia de un pasado conocido, en medio de tanto desorden y revolución permanente.

Y, por eso mismo, ante la complejidad que nos desborda, buscamos con ansiedad respuestas simples, claras, sin matices. Así triunfan los fundamentalismos, los nacionalismos, los localismos y todo tipo de fanatismos.

En estos tiempos de incertidumbres, proliferan los talibanes de barra de bar o de tertulia televisiva que parecen tenerlo todo absolutamente claro: el mundo es blanco o es negro, no hay medias tintas, o est√°s conmigo (con mi religi√≥n, mi patria, mi bandera, mi partido, mis tradiciones, mi equipo de f√ļtbol, mi comparsa, mi cofrad√≠a…) o est√°s contra m√≠. Nunca dudan (o, al menos, eso parece), solo saben afirmar tajantemente SU verdad.

Y en su miedo a perderse, los fan√°ticos de lo que sea se vuelven agresivos y faltones, dispuestos a partirle la cara a quien les quite la raz√≥n. Se indignan contra la duda, el relativismo y lo que llaman ‚Äúequidistancia‚ÄĚ, que no es sino negarse a tomar partido por el blanco o por el negro, empe√Īarse en defender que existe una amplia gama de grises, que la raz√≥n no es patrimonio exclusivo de nadie y la verdad es cuesti√≥n de perspectivas.

No existen las respuestas simples. Las soluciones son necesariamente tan complejas como los problemas que las demandan.

Quienes nos prometen soluciones f√°ciles (en la pol√≠tica, por ejemplo, o la religi√≥n) o bien son simplistas, en el sentido m√°s insultante de la palabra, o directamente nos enga√Īan. Aunque, con frecuencia, preferimos la simpleza o la mentira a la incertidumbre, queremos creer esa realidad en blanco y negro que nos venden porque el mundo en colores nos obliga a pensar demasiado, a salir del pensamiento √ļnico, tan c√≥modo √©l.

Por el contrario, hacerse preguntas continuamente, ponerlo todo en cuestión, buscar las causas de las cosas que ocurren, asumir la complejidad y la incertidumbre, es engorroso y cansado. Nos pone en evidencia, y a menudo en conflicto, con los del blanco y con los del negro, con quienes se niegan a considerar cualquier matiz, con quienes nos exigen tomar partido.

Pero, entonces‚Ķ si las certezas no existen, si solo hay complejidad y todo es relativo, ¬Ņc√≥mo caminar por este mundo? ¬Ņa d√≥nde agarrarnos?

Para empezar, parece imprescindible aceptar la incertidumbre. No negarla, no resistirnos contra ella. Hacer una cura de humildad. Asumir, recordando al poeta, que solo es posible ‚Äúhacer camino al andar.‚ÄĚ Como dice el maestro Antonio Rodr√≠guez de las Heras: «la complejidad de este mundo, a diferencia, de la complicaci√≥n, ni se puede trocear ni abarcar, solo recorrer, como un territorio ilimitado».

Y aceptar también la diversidad. Con alegría, no solo porque el mundo es diverso y la vida solo es posible en la diversidad, sino también porque, para recorrer el camino de la incertidumbre y dar respuestas complejas a los retos complejos que enfrentamos como especie, es imprescindible contar con los otros diversos, nos necesitamos todos.

Y ya que no existen verdades absolutas que afirmar, solo cabe agarrarnos a los valores, porque en ellos si es posible encontrarse con las otras diversidades. Apostar por la igualdad de todas las personas, por la libertad y el respeto al otro, por la solidaridad, el cuidado y el apoyo mutuo. Valores que nos permiten recorrer el camino con una √ļnica certeza: no sabemos d√≥nde llegaremos, pero ser√° sin duda un mundo mejor.

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Delariva
Imagen: Pedripol

‚Äú¬°No pienses en el pr√≥jimo!‚ÄĚ. Es el t√≠tulo de una campa√Īa que voy a proponer al ayuntamiento de la ciudad.

Se me ha ocurrido rememorando a George Lakoff y su libro «No pienses en un elefante«- Y, tambi√©n, recordando esa teor√≠a popular que dice que los ni√Īos malcriados se comportan correctamente cuando se les manda hacer lo contrario de lo que deben.

As√≠ que he pensado llenar calles y comercios con carteles que digan: «¬°No pienses en el pr√≥jimo!», «¬°No te quites de mitad del paso!», «¬°No cedas el asiento en el autob√ļs a las personas mayores!», «¬°No recojas tu basura de la playa!», ‚Äú¬°No esperes tu turno!‚ÄĚ, ‚Äú¬°No le eches una mano a ese!‚ÄĚ, etc., etc.

Los carteles llevar√°n fotos de personas normales y corrientes, de toda edad y condici√≥n, que, igual que los monos chinos, se tapan los ojos, los o√≠dos y la boca, como diciendo: ‚Äúno quiero saber nada‚ÄĚ, ‚Äúque le den por ah√≠ al pr√≥jimo‚ÄĚ, ‚Äúa mi plin‚ÄĚ.

La campa√Īa tendr√° su colof√≥n con la entrega p√ļblica de galardones, en el Sal√≥n de Plenos del Ayuntamiento, «al m√°s puerco del barrio», «a la campeona de saltarse colas», ‚Äúa los que mejor tapan la calle para que no pase nadie‚Ä̂Ķ incluyendo su foto en El Diario, que eso s√≠ que mola.

No s√© si la cosa funcionar√°, pero algo hay que hacer, o al menos intentarlo, para fortalecer entre nuestros conciudadanos y conciudadanas esa virtud escasa que se llama ‚Äúempat√≠a‚ÄĚ, o sea, la capacidad de ponerse en el lugar de las otras personas, en la piel del pr√≥jimo.

La nuestra es una sociedad ego√≠sta y malcriada, maleducada y antip√°tica, en la que cada cual va a lo suyo. No nos deben enga√Īar los ataques repentinos de compasi√≥n (padecer-con) masiva que se producen, por ejemplo, ante la muerte violenta de un ni√Īo. Las mismas personas que lloran su p√©rdida ante las c√°maras de televisi√≥n, son las que aporrean las puertas de la comisar√≠a para linchar a su presunta asesina y las que arrasar√≠an sin piedad a cualquiera que se opusiera.

Las redes sociales est√°n estos d√≠as repletas de personas que insultan y amenazan, que solicitan la pena de muerte y la prisi√≥n de por vida, en nombre de la bondad humana y la compasi√≥n. Y, muy probablemente, muchas de ellas son las mismas que disputar√≠an el asiento en el autob√ļs, con u√Īas y dientes, a la madre de la v√≠ctima si no hubiera c√°maras de por medio.

Sí, nuestra empatía individual y colectiva va por rachas y depende de la cantidad de horas de televisión que se le dedica a un caso concreto (lo cual es directamente proporcional a los ingresos por publicidad que genera). Cuanto más morbo mediático, más empatía (telempatía= empatía que solo se expresa hacia aquello que sale en la tele).

Todos los d√≠as mueren miles de ni√Īos y ni√Īas en el mundo, bajo las bombas en Siria, ahogados en el Mediterr√°neo tratando de huir de la miseria o la guerra, de c√≥lera en los campos de refugiados, en medio de hambrunas terribles‚Ķ pero esos ya no nos conmueven. Est√°n muy lejos, no tienen nombre o √©ste nos resulta impronunciable. No se les dedican programas especiales de televisi√≥n y las turbas no salen a la calle en su nombre a reclamar justicia.

Alguien me dir√°, probablemente con raz√≥n, que no vale comparar la falta de empat√≠a cotidiana, en el autob√ļs o en la calle, con la apat√≠a o la indiferencia frente a la muerte de ni√Īos, en √Āfrica, por ejemplo. Pero yo sostengo, probablemente sin raz√≥n, que se trata del mismo sentimiento, el mismo ego√≠smo, aunque a distinta escala y con diferente grado de intensidad.

Quien no se conmueve por las v√≠ctimas de las hambrunas o los bombardeos, no puede conmoverse por la muerte de un solo ni√Īo en Almer√≠a‚Ķ so pena de que est√© manipulado por los medios de comunicaci√≥n y por la demagogia populista (la de quienes buscan votos en los caladeros del odio y la venganza).

La empatía hay que educarla desde la infancia, en la familia y en la escuela. Es necesario cultivarla con mimo y constancia. Y no solo para sacarla a pasear ante las grandes catástrofes, los terremotos, los tsunamis, o ante los casos mediáticos que nos estremecen, sino para ejercitarla en lo cotidiano, con las personas más próximas, cada día.

Ya lo sé, estoy haciendo trampa (demagogia tal vez) en este artículo, porque, aunque pueda ser verdad lo que critico (y de lo que formo parte yo mismo), existe otra cara de la luna.

Conozco una joven madre en Cádiz que lleva a sus hijos a encontrarse con las personas que duermen en la calle. No lo hace solo por esas personas, para que sepan que no están solas. Lo hace sobre todo por sus propios hijos, para que pierdan el miedo al otro y cultiven la compasión y la ternura, la empatía al fin, para que crezcan mejores personas.

Como ella, son millones las personas que no hacen distingos entre empat√≠as, que sufren y se movilizan por la justicia en todo el mundo, por Gabriel, por Ail√°n, por los ni√Īos de Siria‚Ķ y se ponen en el lugar de las personas m√°s pr√≥ximas. Miles los grupos que trabajan para construir un mundo mejor, m√°s solidario, m√°s emp√°tico. Gracias a esas personas sigue viva la esperanza en el ser humano.

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Editorial
Fotografía: José Montero

En Tordesillas, estaban dispuestos a partirle la cara a cualquiera que se opusiera al alanceamiento del Toro de la Vega. En Manganeses de la Polvorosa, se empe√Īaban tozudamente en lanzar una cabra desde el campanario del pueblo por San Vicente M√°rtir. En 28 pa√≠ses africanos siguen practicando la ablaci√≥n del cl√≠toris a las ni√Īas, como se viene haciendo desde los tiempos del antiguo Egipto.

En C√°diz, la tradici√≥n manda cargar los pasos de Semana Santa sobre el hombro, a paso de horquilla, y se puede producir un tumulto callejero como alguien se empe√Īe en llevarlos igual que en Sevilla.

Las tradiciones son esas costumbres, pautas o patrones que marcan cómo se han de hacer y se han hecho siempre las cosas, en la vida cotidiana de los pueblos, en sus acontecimientos o celebraciones. Son un vestigio cultural de tiempos pasados, que acaban formando parte de la identidad de cada comunidad. Y son más apreciadas cuanto más antiguas sean.

Pero las tradiciones no pueden ser una losa pesada, porque el mundo cambia y con él cambia la mentalidad de los hombres y mujeres de cada época. Si las tradiciones fueran sagradas, como pretenden algunos talibanes de casapuerta, seguiríamos viviendo en cuevas, comiendo carne de mamut y danzando en taparrabos alrededor del fuego.

En el siglo XXI es normal que nos desagraden los chistes machistas o racistas porque nuestra sensibilidad ha cambiado, y lo que hace 25 o 50 a√Īos pod√≠a parecer socialmente aceptable, e incluso gracioso, hoy ya no lo es. Afortunadamente.

Es la prueba de que evolucionamos como especie, como individuos y como pueblos. Lo contrario sería preocupante.

Aunque existen en todas partes quienes se resisten a cualquier cambio y hacen de las tradiciones una trinchera, una l√≠nea divisoria entre ‚Äúlos de aqu√≠‚ÄĚ y ‚Äúlos de afuera‚ÄĚ, esos que amenazan nuestra identidad para que dejemos de ser lo que somos.

Lo parad√≥jico es que, nunca como en el presente han crecido tanto las cofrad√≠as, en cantidad y en n√ļmero de cofrades, pero no solo en laTierrademar√≠asant√≠sima, sino tambi√©n en Zaragoza, Bilbao, Mondo√Īedo‚Ķ Y la venta de trajes regionales, que hace pocas d√©cadas eran cosa de franquistas recalcitrantes, se ha disparado en Murcia, Toledo, Canarias‚Ķ En plena Revoluci√≥n Tecnol√≥gica, los tradicionalistas crecen como setas y salen de debajo de las piedras.

Pero no es tan sorprendente como pudiera parecer, sino el resultado natural de la confusión que nos produce la globalización y los cambios vertiginosos en todos los órdenes de la vida, que nos llenan de miedos, personales y colectivos, a perdernos en la insignificancia, a olvidarnos de quienes somos, y hacen que nos agarremos a las tradiciones como a una tabla de náufrago.

No cabe, sin embargo, abandonarse al miedo y enrocarse en el inmovilismo, ni siquiera con la coartada de la identidad y la idiosincrasia. Esos son, salvando las distancias (a menudo sutiles), los mismos sentimientos y emociones que alimentan los fundamentalismos religiosos o patrióticos y causan matanzas y guerras. Esa manera de vivir las tradiciones como un dogma reside en el resbaladizo terreno de las patologías.

Y pueden, f√°cilmente, convertirse en una trampa. En mi ciudad, por ejemplo, llevamos semanas -y las que nos quedan- debatiendo con pasi√≥n cu√°les son los l√≠mites del Carnaval, esa fiesta de la irreverencia, y si lo de hacer burlas hom√≥fobas, sobre suegras o negros, debe conservarse porque as√≠ lo dicta la tradici√≥n. (Y mientras tanto, crecen las listas de espera de la sanidad p√ļblica, o aumentan las pensiones un 0,25%, sin que la tradici√≥n nos diga qu√© hacer frente a ello).

Las tradiciones son para traicionarlas, para reinventarlas, para conservar en un museo la referencia antropológica de lo que se hacía, sentía, pensaba o decía en tiempos pasados y dedicarnos con ahínco a encontrar nuevas formas de hacer y decir las cosas, más acordes con las necesidades y condiciones actuales, con las maneras de pensar del tiempo que vivimos.

Una buena tradición debe ser capaz de renovarse y actualizarse, de adoptar nuevas expresiones y formas sin perder su esencia identitaria. De otra manera, cerradas a cualquier cambio,  las tradiciones se convierten inevitablemente en momias, solo polvo y caspa.

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F de la riva
Fotografía: José Montero

Se pasa uno la vida breve agobiado por las cosas de Catalu√Īa, la corrupci√≥n, la aprobaci√≥n de un reglamento de participaci√≥n ciudadana que deja fuera a gran parte del tejido asociativo de la ciudad, el cambio de nombre de las avenidas gaditanas, o de qu√© se yo qu√© cosas‚Ķ Y, entre tanto, el mar se lleva a los amigos con los que compartes sue√Īos, te pierdes el espect√°culo fascinante de ver jugar a los ni√Īos en San Juan de Dios, o dejas de tomarte esa tapa de menudo con los amigos de los taninos.

Con mayor frecuencia de la que deberían, las cosas importantes se nos escapan entre los dedos mientras nos atrapan otras que, se mire por donde se mire, no lo son tanto. Y no es que no lo sean todas las que he citado al  comienzo de este escrito, es que lo son mucho más las que cierran el párrafo.

Todo ello nos ocurre en clave personal, porque nada hay m√°s importante que la amistad y los afectos, que la ternura y la belleza, que la bondad y la solidaridad. Son cosas que nos hacen mejores, m√°s capaces de actuar en el mundo, de hacerlo un poco m√°s habitable. Y, sin embargo, a menudo nos vemos emboscados en la est√ļpida competencia por tener m√°s y aparentar m√°s.

Pero tambi√©n nos ocurre como comunidad, como sociedad y hasta como especie. Las fuerzas oscuras del mal, que alimentan el odio y la codicia, la violencia y la injusticia, prefieren que nuestra atenci√≥n ‚Äďpersonal y colectiva- est√© alienada en el f√ļtbol, las banderas, la televisi√≥n, el patriotismo de casapuerta, el incienso de las cofrad√≠as o las tertulias del coraz√≥n.

Est√°n empe√Īadas en que no nos hagamos preguntas inc√≥modas -especialmente para sus privilegios- en que no nos preocupemos, ni ¬†menos a√ļn nos ocupemos, por las cosas verdaderamente importantes.

En estos d√≠as pasados, 15.000 cient√≠ficos de 184 pa√≠ses (la mayor concentraci√≥n de inteligencia colectiva de la historia) lanzaban una alerta para salvar el planeta. Ya nos hab√≠an avisado hace 25 a√Īos, urgi√©ndonos a reaccionar frente al cambio clim√°tico ‚Äďresultado del impacto brutal del capitalismo salvaje- ¬†antes de que √©ste pusiera en peligro la propia supervivencia de la especie humana. Pero no hicimos ning√ļn caso.

O, por ser m√°s justos, a los poderosos del planeta les pareci√≥ m√°s importante seguir acumulando riquezas, a costa de la desigualdad, el empobrecimiento y, especialmente, del deterioro progresivo del medio natural. Y han hecho todo lo posible ‚Äďcon gran √©xito- para que estuvi√©ramos preocupados y ocupados en consumir, consumir ¬†y consumir. ‚ÄúConsume hasta morir‚ÄĚ, propone el lema de un colectivo ‚Äúantisistema‚ÄĚ. Como dice Slavoj Zizek, ‚Äúes m√°s f√°cil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo‚ÄĚ.

Todas las estimaciones dicen que los cambios del clima, con sus graves consecuencias econ√≥micas, sociales y geopol√≠ticas, van m√°s deprisa de lo que anticipaban las previsiones m√°s pesimistas. Ya no nos sorprenden las noticias sobre desastres naturales, huracanes devastadores, lluvias torrenciales, sequ√≠as hist√≥ricas‚Ķ Estamos anestesiados ante ellas, al igual que digerimos anteriormente las im√°genes terribles de las hambrunas. Es m√°s, algunos se alegran todav√≠a en los telediarios de que ‚Äúse alargue la temporada de verano y la ocupaci√≥n tur√≠stica‚ÄĚ. ¬°No hay que ser carajote!

Los científicos y los expertos nos avisan también del agotamiento de las reservas de combustibles fósiles, de sus consecuencias sobre las guerras venideras y sobre el colapso de nuestro sistema basado en el consumo del petróleo.

Anuncian que en los pr√≥ximos 30 a√Īos, si no lo remedia alg√ļn milagro improbable, se producir√° el fin de este modelo civilizatorio que consiste en el crecimiento sin fin de la producci√≥n y el consumo. La fiesta del capitalismo salvaje se est√° acabando poco a poco, aunque parezca mantenerse en pie. No en vano est√°n de moda las pel√≠culas y series de zombis.

De todo ello no hablan los medios de comunicaci√≥n, ni los pol√≠ticos (de derechas e izquierdas). Es un tema tab√ļ. No vaya a entrar en p√°nico la gente y les dejen de votar, ¬†o se empiecen a hacer preguntas y pidan cuentas a los poderosos y a los gobernantes por no haber hecho nada para evitarlo.

Las cosas más importantes hoy son prepararnos para el colapso que viene, fortalecer nuestras comunidades sociales, su convivencia y solidaridad, el cuidado mutuo, la capacidad de cooperar y trabajar en equipo, la inteligencia colectiva, la economía social y solidaria, la agricultura urbana y ecológica de proximidad, la soberanía alimentaria, las energías limpias y sostenibles, el reciclaje y la reutilización de recursos y tecnologías apropiadas…

Pero estamos abducidos por las cosas menos importantes, y nuestras calles ya est√°n llenas de luces navide√Īas, los comercios se empe√Īan en vendernos un mont√≥n de cosas que no necesitamos y en pocos d√≠as atiborraremos nuestras barrigas en interminables comidas y cenas familiares.

Y, lo m√°s importante: ¬°Ya queda menos para el Carnaval!

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Fernando de la rivaIlustración: pedripol

La palabra ‚Äúenerg√ļmeno‚Ä̬† viene del griego y significa ‚Äďdice la Wikipedia- ‚Äúpersona pose√≠da por el demonio‚ÄĚ, o tambi√©n, ‚Äúpersona col√©rica que, al enojarse se expresa con violencia‚ÄĚ.

Se mire por donde se mire, el nuestro es un pa√≠s lleno de personas pose√≠das por mil demonios, por la c√≥lera y el enojo, que se expresan con violencia, un pa√≠s de energ√ļmenos.

La historia apunta a que este es un rasgo ancestral de nuestra idiosincrasia hispana: esa disposici√≥n a discutir airadamente, a voces, con mucho aspaviento, ment√°ndole la madre a quien se ponga a tiro, por un qu√≠tame all√° esas pajas. No hace falta que el motivo sea importante, la bronca puede producirse por razones (o m√°s bien, sinrazones) de f√ļtbol, carnaval, tr√°fico, gastronom√≠a o, como en la memorable pel√≠cula ‚ÄúEl Verdugo‚ÄĚ, por ‚Äúc√≥mo estaba usted mirando a mi se√Īora‚ÄĚ.

Alguien podr√≠a decir que es un rasgo com√ļn a otros pa√≠ses y pueblos de sangre caliente, que tiende a templarse cuando aumentan los niveles de educaci√≥n y desarrollo, cuando las sociedades primitivas avanzan por la senda del civismo y la cultura democr√°tica.

Pero, en nuestro caso esa caracter√≠stica parece haberse acentuado en los √ļltimos tiempos, como puede comprobarse en algunas tertulias radiof√≥nicas y televisivas, o en los foros de comentarios de la prensa digital. El nivel de crispaci√≥n y virulencia que se manifiesta en muchas de las opiniones que all√≠ se expresan es ya lo normal.

A menudo, no hay una exposición ponderada de argumentos, ni de escucha y consideración de las demás razones. Lo que predomina es la descalificación y el insulto a quienes no piensan como uno o una.

Creo, ya digo, que este es un viejo asunto, de profundas ra√≠ces y dram√°ticas consecuencias hist√≥ricas. Un problema que trasciende las ideolog√≠as, porque se pueden encontrar sin dificultad energ√ļmenos de derechas, de izquierdas y hasta de centro, que compiten en su sectarismo airado, que parecen siempre dispuestos a suprimir, f√≠sicamente incluso, a la otra parte.

Adem√°s, los energ√ļmenos se retroalimentan y refuerzan entre ellos, cuanto m√°s fan√°tico y visceral es el otro, m√°s se acent√ļa la cerraz√≥n y la c√≥lera de su antagonista, que se carga de raz√≥n: «¬°es que √©l es un cerril obcecado!».

Ciertos acontecimientos y circunstancias parecen excitar esta tendencia, como ocurre con el ‚Äúdesaf√≠o soberanista‚ÄĚ del independentismo catal√°n, que se ha convertido en un excelente pretexto para energ√ļmenos de uno y otro bando a la hora de soltarse la melena de la sinraz√≥n y darle correa a la bronca y el exabrupto.

Todas las razones, de tirios y troyanos, de los nacionalistas de una y otra patria (y hasta de los que no se sienten de ninguna), son respetables, pero con frecuencia hay patriotas energ√ļmenos que se atrincheran en la negaci√≥n del otro y se revisten de una pasi√≥n fundamentalista y una disposici√≥n al garrotazo que ponen los pelos de punta.

Todos somos corresponsables del clima social, a todos nos corresponde cuidarlo, pero en la actual ola (o tsunami) de energumenismo tienen una particular responsabilidad quienes, desde el poder o los medios, han venido sembrando los √ļltimos a√Īos, con constancia suicida, vientos de descalificaci√≥n y odio.

Son los mismos que, a cuenta de la recuperaci√≥n de la Memoria Hist√≥rica, acusan a los otros de «guerracivilismo‚ÄĚ, de dividir y crispar, de atacar a la democracia. Los que denunciaron indignados conspiraciones ajenas contra su partido cuando les pillaron con las manos en la masa de la corrupci√≥n. Los mismos que recogieron firmas, promovieron boicots contra el cava o interpusieron recursos contra el Estatut Catal√°n aprobado en refer√©ndum. Su lista de excesos es extensa. Ellos han convertido el energumenismo en m√©todo pol√≠tico.

Ahora, una vez más, esos maestros de la crispación van de víctimas, esperando sacar rédito político de la situación. Como diría el increíble Aznar: los pirómanos pretenden ser bomberos.

Este juego no puede seguir. Es demasiado peligroso. La discrepancia y la cr√≠tica son necesarias, pero a√ļn m√°s lo son el respeto, la escucha, el di√°logo… Lo que menos necesitamos son energ√ļmenos, en ning√ļn aspecto de la vida, pero mucho menos en la pol√≠tica.

Hemos de aislar socialmente a los energ√ļmenos, echarlos de la pol√≠tica y de los medios de comunicaci√≥n, de la judicatura y las fuerzas de seguridad, del clero (de todos los cleros, de todas las religiones) y de la educaci√≥n‚Ķ De todos los sitios, hasta de las barras de los bares.

O eso, o convertir el consumo de Valium en obligatorio.