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Fernando de la rivaIlustración: pedripol

La palabra “energúmeno”  viene del griego y significa –dice la Wikipedia- “persona poseída por el demonio”, o también, “persona colérica que, al enojarse se expresa con violencia”.

Se mire por donde se mire, el nuestro es un país lleno de personas poseídas por mil demonios, por la cólera y el enojo, que se expresan con violencia, un país de energúmenos.

La historia apunta a que este es un rasgo ancestral de nuestra idiosincrasia hispana: esa disposición a discutir airadamente, a voces, con mucho aspaviento, mentándole la madre a quien se ponga a tiro, por un quítame allá esas pajas. No hace falta que el motivo sea importante, la bronca puede producirse por razones (o más bien, sinrazones) de fútbol, carnaval, tráfico, gastronomía o, como en la memorable película “El Verdugo”, por “cómo estaba usted mirando a mi señora”.

Alguien podría decir que es un rasgo común a otros países y pueblos de sangre caliente, que tiende a templarse cuando aumentan los niveles de educación y desarrollo, cuando las sociedades primitivas avanzan por la senda del civismo y la cultura democrática.

Pero, en nuestro caso esa característica parece haberse acentuado en los últimos tiempos, como puede comprobarse en algunas tertulias radiofónicas y televisivas, o en los foros de comentarios de la prensa digital. El nivel de crispación y virulencia que se manifiesta en muchas de las opiniones que allí se expresan es ya lo normal.

A menudo, no hay una exposición ponderada de argumentos, ni de escucha y consideración de las demás razones. Lo que predomina es la descalificación y el insulto a quienes no piensan como uno o una.

Creo, ya digo, que este es un viejo asunto, de profundas raíces y dramáticas consecuencias históricas. Un problema que trasciende las ideologías, porque se pueden encontrar sin dificultad energúmenos de derechas, de izquierdas y hasta de centro, que compiten en su sectarismo airado, que parecen siempre dispuestos a suprimir, físicamente incluso, a la otra parte.

Además, los energúmenos se retroalimentan y refuerzan entre ellos, cuanto más fanático y visceral es el otro, más se acentúa la cerrazón y la cólera de su antagonista, que se carga de razón: «¡es que él es un cerril obcecado!».

Ciertos acontecimientos y circunstancias parecen excitar esta tendencia, como ocurre con el “desafío soberanista” del independentismo catalán, que se ha convertido en un excelente pretexto para energúmenos de uno y otro bando a la hora de soltarse la melena de la sinrazón y darle correa a la bronca y el exabrupto.

Todas las razones, de tirios y troyanos, de los nacionalistas de una y otra patria (y hasta de los que no se sienten de ninguna), son respetables, pero con frecuencia hay patriotas energúmenos que se atrincheran en la negación del otro y se revisten de una pasión fundamentalista y una disposición al garrotazo que ponen los pelos de punta.

Todos somos corresponsables del clima social, a todos nos corresponde cuidarlo, pero en la actual ola (o tsunami) de energumenismo tienen una particular responsabilidad quienes, desde el poder o los medios, han venido sembrando los últimos años, con constancia suicida, vientos de descalificación y odio.

Son los mismos que, a cuenta de la recuperación de la Memoria Histórica, acusan a los otros de «guerracivilismo”, de dividir y crispar, de atacar a la democracia. Los que denunciaron indignados conspiraciones ajenas contra su partido cuando les pillaron con las manos en la masa de la corrupción. Los mismos que recogieron firmas, promovieron boicots contra el cava o interpusieron recursos contra el Estatut Catalán aprobado en referéndum. Su lista de excesos es extensa. Ellos han convertido el energumenismo en método político.

Ahora, una vez más, esos maestros de la crispación van de víctimas, esperando sacar rédito político de la situación. Como diría el increíble Aznar: los pirómanos pretenden ser bomberos.

Este juego no puede seguir. Es demasiado peligroso. La discrepancia y la crítica son necesarias, pero aún más lo son el respeto, la escucha, el diálogo… Lo que menos necesitamos son energúmenos, en ningún aspecto de la vida, pero mucho menos en la política.

Hemos de aislar socialmente a los energúmenos, echarlos de la política y de los medios de comunicación, de la judicatura y las fuerzas de seguridad, del clero (de todos los cleros, de todas las religiones) y de la educación… De todos los sitios, hasta de las barras de los bares.

O eso, o convertir el consumo de Valium en obligatorio.

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Fernando de la riva

Fotografía: Jesús Massó

Un equipo es algo (mucho) más que un mero grupo de personas. Es un grupo de personas, si, pero que actúan de forma organizada para alcanzar un objetivo común.

O sea, que hay al menos tres condiciones para formar un verdadero equipo:

  • Las personas, que, por un lado, han de ser capaces de cumplir su función específica (los porteros parar, los defensas defender, los centrocampistas organizar el juego y pasar balones, los delanteros meter goles…) y, por otro, han de ser capaces de actuar coordinadamente con los demás, complementando sus respectivas funciones, porque si cada jugador retiene la pelota y pretende meter él solo los goles, el juego se hace imposible. En un equipo todos necesitan a todos.
  • La segunda es, precisamente, la organización, o sea, un buen reparto de papeles (de acuerdo con las cualidades y capacidades de cada miembro), la definición de las interacciones y combinaciones entre esos diferentes papeles, de los métodos o el estilo de juego común, las tácticas ensayadas, las jugadas preparadas…en suma, la coordinación de los esfuerzos individuales.
  • Todo ello, con un objetivo común, una misión clara y compartida por todos los miembros: meter goles (en el caso de los equipos de fútbol). Aunque el cumplimiento de ese objetivo no es tan sencillo, porque no depende solo de cada equipo y su habilidad colectiva sino también del equipo contrario, de las condiciones del campo, de factores ambientales o climatológicos… Un buen equipo deberá de ser capaz de jugar bien en cualesquiera condiciones, adaptando su forma de juego a las diferentes circunstancias, sin olvidar nunca su objetivo. Y no bastará con que haga jugadas bonitas si no consigue resultados. Un buen equipo debe meter goles y evitar que se los metan.

Esto es un verdadero equipo. Otra cosa, fuera de esas características, es una “pachanguita” en la que se pelotea, todos disputan la pelota a todos y los goles se meten, si los mete alguien, cuando surge la oportunidad, aunque sea en propia puerta.

Hacer un equipo no es algo que se improvisa, ni se decreta. Requiere mucha preparación, mucho entrenamiento previo: conocer las habilidades de cada cual y situarle en el lugar adecuado, encontrar las mejores combinaciones, pensar las estrategias más eficaces, desarrollar las tácticas, estudiar al adversario, ensayar las jugadas… Es el único camino para construir un buen equipo: planificar y entrenar, no se conoce otro medio.

Y un buen equipo necesita liderazgo, dentro del campo y fuera de él. Necesita jugadores con talento que aviven el juego, contagien entusiasmo y creen oportunidades. De la misma forma que necesita entrenadores que impulsen y motiven, orienten y dirijan, que preparen al equipo para superar dificultades y aprovechar al máximo todas sus capacidades colectivas.

Hay equipos que se llaman así pero carecen de muchos de estos rasgos: sus miembros –o una parte de ellos- no necesariamente cuentan con las capacidades personales necesarias para cumplir el papel que se les ha asignado, ni saben combinar sus habilidades con los otros, ni comparten un método común de juego, una misma forma de hacer las cosas, carecen de objetivos comunes claros (unos creen que se trata sobre todo de defender, otros de atacar, unos van a ganar, otros a no perder, otros a lucirse individualmente o a contentar a su afición…).

Tampoco tienen liderazgo ni dirección, cada cual hace –por su cuenta- lo que sabe y puede, como puede. No hay estrategias comunes, ni jugadas ensayadas. Y el juego colectivo acaba por ser una improvisación permanente, una suma de ocurrencias o genialidades (cuando las hay), una sucesión de jugadas individuales que raramente consiguen llegar a la portería contraria, a meter gol.

Cuando un equipo no funciona bien la culpa no suelen tenerla –al menos solamente- los jugadores sino el entrenador, el mister, que no ha sido capaz de leer bien las capacidades de sus jugadores y de armar una buena estrategia, un método de juego adecuado a sus cualidades y a las condiciones del campo, al adversario, al clima… Por lo general, suele faltar un proyecto colectivo, una visión general de lo que se quiere y se puede conseguir con ese grupo de personas, falta confianza y convicción. Pero los malos equipos y los malos entrenadores suelen echar la culpa al campo o al árbitro.  

Y así no es raro que se pierdan los partidos, se caiga en la tabla o se descienda a tercera división. Por mucho que hable bien de ti la prensa o te jalee la afición.

(¡Flipo en colores con lo que entiendo de fútbol! ¿O no era de fútbol de lo que estábamos hablando? Ahora que lo releo, todo podría valer… ¿para la política, por ejemplo?)

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Fernando de la riva

Fotografía: Jesús Massó

No quiero vivir en una ciudad donde todo esté mercantilizado: el espacio, la identidad, la cultura, la historia, el clima, la gracia de sus gentes… Quiero vivir en una ciudad donde sea posible -y gratuita- la convivencia, el encuentro, el diálogo, el juego, el paseo, la fiesta y la siesta…

Comprendo bien que el turismo es un derecho humano y una industria, que muchas personas deseamos viajar y conocer otros paisajes y culturas, y disfrutar de las playas y la gastronomía, y que eso significa negocio y trabajo para quienes reciben a esos turistas.

Pero sería estúpido destrozar ese paisaje con el que sueña el viajero, tirar por la borda la singularidad que le seduce, anular la identidad que viene buscando, precisamente con el argumento de atraerle (para que se deje aquí su dinero).

Hace poco he estado en Barcelona, donde se multiplican las asociaciones cívicas que reclaman la regulación del turismo salvaje que amenaza con estrangular la ciudad. Barrios que han perdido buena parte de su población autóctona para convertirse en inmensos contenedores de apartamentos turísticos gestionados, a través de internet, por inversores que ni siquiera viven en la ciudad (ni en el país). Zonas que han visto desaparecer el comercio tradicional para ser sustituido por franquicias o supermercados multinacionales…con precios para turistas. La ciudad, especialmente su centro histórico, se convierte en un decorado para el ocio ajeno, y quienes allí vivían desde hace generaciones tienen que emigrar a zonas periféricas u otras poblaciones más asequibles.

Salvando las distancias entre ciudades (la nuestra es mucho más pequeña y frágil que Barcelona), no quiero vivir en un Cádiz lleno de terrazas, franquicias, puestos de artesanías y apartamentos turísticos, con sus calles sobresaturadas de turistas.

No sé, aunque lo dudo, si todo eso podría sacar a la ciudad de la cabeza del ranking del paro. Si se que, aunque así fuera, las generaciones futuras de gaditanos y gaditanas serían mayoritariamente camareros y limpiadoras de pisos, probablemente explotados laboralmente por empresarios foráneos, y seguramente no podrían vivir en su propia ciudad.

La ciudad no es solo -ni fundamentalmente- negocio, no todo se compra y se vende, no todo es mercancía o comercio, el mercado no es la medida de todas las cosas. La ciudad es historia y cultura, y convivencia y relaciones, vidas que se cruzan y se encuentran en un territorio singular.

Todo ello conforma un carácter peculiar, un aire propio que es distinto en cada ciudad y forma parte indivisible de su identidad, de su atractivo.

Cádiz es, todavía, una ciudad única no solo por su historia, por su clima, por su arquitectura…sino también por sus gentes, por la forma en que viven y ríen, se divierten y se relacionan. Y eso se produce en sus calles y sus plazas, en sus baches y donde el chicuco de la esquina.

Resultaría suicida, en nombre de la supervivencia de sus ciudadanos y ciudadanas, promover una ciudad futura donde sea imposible vivir y convivir, donde solo sea posible hacer turismo.

El camino no es restringir más y más los tiempos y los espacios creados para la convivencia para cedérselos al negocio y al turismo, como propone el neoliberalismo depredador (con la coartada de la creación de empleos precarios). Eso supone, paradójicamente, matar la gallina de los huevos de oro.

Por el contrario, el camino es proteger lo propio, lo auténtico, lo genuino, lo que hace a Cádiz como es, lo que la convierte en ese lugar que merece la pena conocerse. Y hacer lo que sea necesario para preservarlo, evitando la masificación y la banalización, impidiendo que se convierta en un estereotipo.

Es una mala idea extender más y más el Carnaval por todo el año, para goce de turistas y veraneantes, a riesgo de que llegue a ser una caricatura de sí mismo. O multiplicar las procesiones (aún más) hasta que se conviertan en cabalgatas sacras a horario fijo. O llenar las calles de terrazas hasta que sea imposible caminarlas y disfrutarlas.

Si no es posible un turismo sostenible, no masificado, que lejos de sofocarla estimule y potencie la vida y la idiosincrasia gaditana, entonces estamos perdidos -conciudadanos y conciudadanas- y llegará el fin de nuestra trimilenaria ciudad para dejar paso a «Cadizworld.inc».

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Fernando de la riva

Fotografía: Jesús Massó

Acabo de ver la serie “House Of Cards” (en castellano se traduciría como Castillo de Naipes) que trata sobre la ambición de Frank y Claire Underwood. No cuento más para no reventarla.

Cualquiera pensaría que se trata de una serie caricaturesca o desproporcionada y, sin embargo, me huelo que es bastante realista, que, en términos generales, describe sin demasiados excesos, con los obligados recursos dramáticos, los entresijos y miserias de la lucha por el poder.

Simplificando mucho, el poder es la capacidad de influencia en la vida de otras personas, y hay una manera muy extendida de verlo como algo que se conquista y se defiende con uñas y dientes. El afán de poder es, al parecer, un «instinto básico» tan poderoso como el sexo. Frank Underwood dice, en uno de los característicos soliloquios de la serie, que es mucho más importante que el dinero.

Y esa pulsión no se da solo entre políticos, grandes empresarios u otros “poderes fácticos”, se manifiesta en todos los planos de la vida social, a todos los niveles: hay muchas personas que se mueren de gusto por ser archipámpano de una cofradía,  presidenta de la asociación de vecinos de su barrio o jefe de planta de El Corte Inglés.

En la serie vemos cómo se forjan pactos, se trenzan conspiraciones, se perpetran traiciones para conseguir más poder y retenerlo todo el tiempo posible. El poder, con frecuencia, quiere ser absoluto. Más tienes, más quieres.

A menudo, la coartada para justificar esta ambición es que solo desde el poder se pueden cambiar las cosas. Aunque para conseguirlo haya que cambiar de principios -que diría Groucho Marx- haya que pisar cabezas o dejar cadáveres por el camino. Que se lo digan al protagonista de la serie.

Pero, sin ir tan lejos (en todos los sentidos) le escuché decir, no hace mucho, a un asesor político: “a la política no se viene a hacer amigos”. El poder no sabe de afectos o cuidados. El fin del poder justifica todos los medios, por sucios que sean.

Las estructuras de poder (incluyendo a los partidos, las iglesias, la mafia y otras sectas) comparten un miedo cerval: perderlo. Nada hay que teman más. Todo vale para conservar el poder.

Y una de las principales amenazas para el poder establecido es la participación. El poder absoluto se tambalea si la gente tiene derecho a saber, si puede opinar, cuestionar, discutir, criticar. El poder reclama fidelidad total, sin hacer preguntas, sin objeción alguna.

Así,  vemos a nuestro alrededor que, cuando se trata de incorporar efectivamente a la gente a la toma de decisiones importantes, no meramente estéticas, las estructuras de poder –incluidas las que se dicen progresistas y hacen primarias- prefieren asegurarse el control de las personas y de las cosas.

Como justificación para “aguar” la participación, para rebajarla hasta lo cosmético o lo meramente propagandístico, se emplea una amplia colección de argumentos: la participación directa es inmanejable, el asamblearismo es demagógico y populista, la representación es imprescindible, todos y todas no pueden tomar parte de las decisiones, para participar hay que conocer y comprender previamente los temas… razones que suelen derivar frecuentemente en la concentración del poder en unas pocas personas, curiosamente las que utilizan estos argumentos.

Este enfoque, acaparador y acumulativo, del poder es muy común, si, pero también viejuno. Paradójicamente, conforme avanza el siglo XXI, es más evidente que se tiene más poder cuanto más se comparte, cuanto más se distribuye, más se reparte, cuantas más personas interactúan y toman parte en él.

Nuestros políticos y gobernantes no lo han entendido aún (aunque todos hablen de renovación e innovación), tienen formas de pensar y ejercer el poder propias del siglo pasado (o del anterior). Por eso serán inevitablemente arrastrados por el tsunami de la historia. Es solo cuestión de tiempo.

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Fernando de la riva

Fotografía: Jesús Massó

Ciudadanas y ciudadanos que nos cuidamos mutuamente, que protegemos la vida de cada persona y de toda la tribu, que cuidamos lo que nos es común  -lo “comun-itario”-, cuidamos el entorno, las relaciones, los vínculos, las conexiones, las redes interpersonales que tejen el entramado de la convivencia.

La cuidadanía es la ciudadanía que reivindica y hace suya la cultura del cuidado, esa que las mujeres han practicado desde hace milenios y que estamos empezando a aprender con dificultad (y con muchas resistencias) los varones.

La cuidadanía afirma el valor de la diversidad y se sostiene en la empatía y la solidaridad. Su fundamento, su raíz, es la conciencia de la interdependencia, de que las personas nos necesitamos unas a otras, de que no es posible sobrevivir sin interactuar con las demás, sin aprovechar sus conocimientos y experiencias, sin apoyarnos mutuamente.

La cuidadanía es una apuesta por la sostenibilidad de la vida frente a la perspectiva de extinción a la que nos abocan el productivismo y el consumismo (“consume hasta morir”, se llama un colectivo ecologista).

El capitalismo hetero-patriarcal, violento y machista, racista y xenófobo, excluyente siempre, se sostiene necesariamente sobre el sometimiento y la explotación de las personas y los grupos sociales más vulnerables, por eso no da valor alguno a la cultura del cuidado que nunca contabiliza en sus estadísticas.

El cuidado mutuo ha sido despreciado, relegado al universo de las mujeres como una (otra más) señal de debilidad. Si eres un macho y eres fuerte, no debes mostrar tus emociones, no debes ser compasivo, para no parecer frágil, para no ser débil y vulnerable. ¡Nada de mariconadas!

La cuidadanía es la ciudadanía del futuro, sin la cual no es posible o al menos no deseable. Porque un futuro del “sálvese quien pueda”, de la “ley del más fuerte” será necesariamente un infierno para la mayoría, especialmente para los más débiles.

Pero, además, tampoco es posible un futuro para la humanidad si no se revierte el proceso actual de destrucción y degradación del medio natural. El futuro ha de construirse en base al cuidado de la naturaleza, de nuestra casa común, el sostén de la vida, porque formamos parte indisoluble del ecosistema. No hay otra alternativa, para otro mundo y otro futuro posible, que no sea la del cuidado.

La cuidadanía es cooperativa y compartidora, frente a la competencia y la acumulación. En esta sociedad global, y a cuenta de la revolución tecnológica, hemos descubierto que no es más sabia la persona que más conocimientos acumula, sino la que más comparte, la que es capaz de establecer más conexiones y relaciones, más intercambios de saberes.

Y lo mismo ocurre con el poder, con esa ideología que (más allá de las etiquetas partidarias de izquierda o derecha) lo concibe como algo que se acumula y se impone. Por el contrario, para la cuidadanía, el poder es la suma de las capacidades individuales y diversas, que aumenta cuanto más se comparte, cuanto más repartido está, cuanta más gente participa en él. La cuidadanía es antiautoritaria y radicalmente democrática.

Evidentemente, la construcción de la cuidadanía supone una revolución cultural profunda, en los valores y actitudes, en las conductas y las prácticas sociales de las personas y las comunidades, que no será fácil. Una revolución que ha de empezar en cada una de las personas, en las mujeres sí, pero muy especialmente (por nuestras particulares y ancestrales resistencias) en los varones.

Y no se trata solo de un cambio en los conceptos y valores, implica una transformación práctica, concreta, en la cotidianidad, de los hábitos y costumbres, de las actitudes y comportamientos individuales, familiares, comunitarios, sociales: entenderse y ejercitarse como sujetos (y no solo objeto) de los cuidados, convertirnos en cuidadores de los otros y de nuestro entorno común.

E implica, particularmente en el caso de los varones, atrevernos a descubrir en la práctica que esos cuidados (convertidos injustamente en una losa cargada exclusivamente a la espalda de las mujeres) están llenos de sentido y significado, porque nos conectan con la vida y con sus claves esenciales.

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Fernando de la riva

Fotografía: Jesús Massó

Seguramente, los hombres y mujeres de todas las épocas han pensado de sí mismos que vivían tiempos difíciles. Mucho más cuando esos tiempos fueron de guerra, hambruna, peste… Así que no somos nada originales cuando, en estos años que nos ha tocado vivir, despotricamos del presente y miramos al futuro con incertidumbre y pesimismo.

Pero, más allá de esa mirada fatalista que ha debido ser una constante histórica, creo que no erramos al sentir y pensar que nunca antes como ahora, en esta primera parte del siglo XXI, enfrentamos incógnitas y retos inéditos para la humanidad.

Cuando hace 25 años, mal contados, el añorado Ramón Fernández Durán publicaba “La Explosión del Desorden”, quienes le tacharon entonces de catastrofista radical no podían imaginar que sus vaticinios sobre la crisis y el agotamiento del sistema iban a verse confirmados y desbordados por una realidad aún más cruda, en un plazo más breve del previsto.

Efectivamente, hoy es evidente, salvo para quienes se empeñan a mirar para otro lado, que el futuro que viene es oscuro como boca de lobo.

Para confirmar esa inquietante evidencia, Donald Trump acaba de tomar posesión de su mandato imperial, Marine Le Pen amenaza con ganar las elecciones francesas, la Unión Europea abandona a su suerte (y a su muerte) a cientos de miles de refugiados, y, en suma, el neofascismo, que ya no necesita de golpes de estado violentos o de falanges de matones uniformados, vuelve a mostrar su cara, ahora maquillada de democracia.

Y, entre tanto, los problemas derivados del cambio climático, que algunos insisten en negar y muchos parecemos ignorar, no hacen sino crecer, entre saltos de júbilo mediático por la suerte que tenemos de poder bañarnos en las playas cantábricas en pleno invierno (¡y la de turismo que eso va a traer!) y lamentos por las inundaciones o nevadas históricas que colapsan regiones enteras.

Pero no crea el lector que este artículo ha sido escrito, como amenaza su título, para amargarle la cena (o el desayuno, la comida o la merienda). A estas alturas del desorden que vivimos, estoy convencido de que pocas cosas consiguen ya sobresaltarnos, o, al menos, hacerlo durante el tiempo suficiente para que nos produzcan alguna indisposición.

Hemos desarrollado, individual y colectivamente, unos poderosos mecanismos de defensa, una coraza psicológica que nos permite ver retransmitidos en directo matanzas, naufragios masivos, hambrunas horribles, catástrofes medioambientales o cualquier otro desastre, sin que se nos estropee la digestión.

Todas esas situaciones extremas, que no son sino síntomas del desastre global de un sistema agotado, han pasado a formar parte del paisaje cotidiano demostrando que es cierto eso de que “tragamos con todo”. La prueba es que una gran mayoría social, incluidos los sectores más preparados y conscientes de lo que está pasando, seguimos a nuestra bola, consumiendo como si nada pasara y mucho más preocupados por el ascenso (o descenso) de nuestro equipo de fútbol o por los avatares del Concurso de Carnaval (¡Carpe diem!).

De estos temas, del futuro más que incierto que se nos viene encima, no se habla en las charlas de la barra del bar, ni en las  tertulias televisivas, en las columnas de los periódicos, o los discursos de los políticos… Existe un pacto de silencio para no molestar al personal, no vaya a ser que cunda el pánico, que cambien de canal, o que no nos voten en las próximas elecciones. Y una fe ciega (y mágica) en que, antes de despeñarnos por el barranco, surgirá algún milagro tecnológico que venga a salvar a la humanidad del colapso final.

Pero, repito, no abrigo la pretensión de inquietar a nadie con este artículo. Es difícil competir con el poder hipnótico de Matrix. Solo tengo el magro consuelo de saber que, por razones biológicas inapelables, propias de la naturaleza humana, no tendré el gusto de asistir personalmente a la apoteosis de este proceso histórico que parece conducir inexorablemente a la voladura del sistema. Cuando las cosas se pongan de verdad de verdad “calentitas” (amigos y amigas, esto no ha hecho más que empezar) serán ustedes (particularmente los más jóvenes) quienes tengan que lidiar ese toro.

Una coletilla (para animar la sobremesa):

A pesar de todo, no cabe ceder al desánimo. Como decía Eduardo Galeano: «hay que dejar el pesimismo para tiempos mejores». Porque, siendo cierto todo lo anterior, también es verdad que, aunque sea contracorriente, son miles, millones las personas y los grupos que trabajan en todo el mundo para transformar esa dura realidad, para construir otro mundo posible.

Y no tengo duda, todos esos grupos y sus iniciativas son las semillas de un mundo mejor que llegará más temprano que tarde. Aunque el parto sea doloroso. Aunque muchos no lleguemos a verlo.