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Fernando de la riva

Fotografía: Jesús Massó

La participación ciudadana es una forma de compartir el poder entre y con los ciudadanos y ciudadanas. O sea, algo que está muy de moda, una forma de «em-poder-ar» a la gente.

Es, por lo tanto, una expresión elevada y profunda de la democracia. No se contrapone a la democracia representativa sino que la complementa y la completa.

La participación ciudadana es un elemento clave en la articulación de la convivencia social y comunitaria, la estimula, refuerza, ordena…sirve para construir tejido social, para establecer conexiones y sinergias entre los distintos grupos y actores que forman la ciudad.

Es un derecho incluido en la Declaración Universal de Derechos Humanos y reconocido por la Constitución Española, no es algo “graciable”, un favor o una concesión que nos hacen las instituciones públicas que, por el contrario, tienen el mandato constitucional de facilitar el ejercicio de ese derecho. 

Es incluyente, alcanza a todos los ciudadanos y ciudadanas sin excepciones, en pie de igualdad, por su misma condición de personas que comparten y construyen la ciudad, la «polis», la política.

La participación ciudadana es esencialmente deliberativa, o sea, se basa en el diálogo y el acuerdo, en la búsqueda del consenso, del bien común, del mínimo común convivencial. No hay participación ciudadana sin encuentro ciudadano.

La participación ciudadana también es, por todo eso, un proceso educativo, de educación colectiva, cívica, de educación en valores, comunitaria, para lo común, para la comunidad.

Como consecuencia de todo lo anterior, la participación ciudadana no se lleva bien con la manipulación partidista (de una parte), ni con las tentaciones hegemonistas o los intereses corporativos (que pretenden primar la participación de unos frente a otros).

Y tampoco se lleva bien con las mentalidades autoritarias (de derechas o izquierdas) o con las estructuras de poder, celosas de su acumulación, temerosas de compartirlo, obsesionadas por el control de los procesos sociales y de sus resultados. 

No, la participación ciudadana significa diversidad y pensamiento crítico, autonomía, independencia…

En muchas ocasiones se dice, simplificando para entendernos mejor, que la participación ciudadana consiste fundamentalmente en «contar con la gente», pero eso no significa utilizarla (a la gente, a la participación) para legitimar lo que unas pocas personas han decidido previamente. Y esto vale para las instituciones y poderes públicos, pero también para las organizaciones sociales. Esta perversión, bastante común, es aquello, tan contradictorio, de «quiero que participes, pero siempre que quieras lo que yo quiero». No vale defender la participación pero solo si nos da la razón.

Contar con la gente supone preguntarle, ESCUCHAR y tener en cuenta sus opiniones a la hora de decidir y llevar a cabo una decisión. 

La participación ciudadana no es una sucesión de «QUÉS», de actividades, de iniciativas aisladas, sino un continuo de «CÓMOS», de formas (nuevas) de hacer la política.

La participación ciudadana no es, en la vida municipal, una competencia de UNA concejalía sino una forma de hacer política que la recorre entera, transversalmente, e incluye a todas las áreas y concejalías.

La participación ciudadana no afecta, solo, a las Asociaciones Vecinales sino a todas las asociaciones y las diversas formas de organización de las que libremente se dota la ciudadanía para tomar parte en la convivencia colectiva (en su gobernanza), incluyendo a los grupos informales y a las personas no asociadas que quieren contribuir, con su voz y con su acción a la construcción de la ciudad, al gobierno de su comunidad.

De este enfoque participativo y comunitario solo quedan fuera quienes buscan privilegios o ventajas particulares sobre el resto de la comunidad, quienes defienden intereses privados frente al interés público, quienes anteponen el bienestar individual (o de grupo) al comunitario.

Y por todo ello, y por otras muchas razones, cualquier Reglamento de Participación Ciudadana debe de parecerse lo más posible a un pacto social, a un acuerdo entre todos o una gran mayoría de los actores sociales (que, después, se refrenda y legitima en las instituciones políticas). Los reglamentos, como las reglas de juego, no deben ser objeto de la disputa partidaria, ni de la confrontación social, no deben hacerse sin contar con una parte de la ciudadanía activa, o contra otra parte. Deben construirse colectivamente, de forma participativa, sumando a cuantas personas y colectivos quieran contribuir.

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Fernando de la riva

Fotografía: Jesús Massó

Dice un amiguete que “con la edad me estoy volviendo un hater«.

En una sola frase, el tío viene a llamarme viejuno y odioso, o más bien odiador, que es lo que significa esa palabra inglesa de moda. O sea, dicho en castellano castizo, un viejo cascarrabias con mala leche.

Y todo porque me permito criticar públicamente, en las redes sociales por ejemplo, lo que me da la gana, en su opinión sin ninguna objetividad.

Como si la objetividad fuera posible, más allá del pensamiento científico (y tampoco estoy muy seguro). Como si la subjetividad no fuera la condición natural de lo que piensan, dicen y hacen los sujetos, o sea las «personas humanas».

A ver si el problema va a ser que critico lo que, en la opinión (¿objetiva?) de mi amiguete, no debe criticarse o más bien lo que él defiende.

Digo yo que nadie está en posesión de la verdad, ni siquiera él o yo, que esa verdad -como decía el difunto Aristóteles- es la suma de todas las partes. Pero también digo que la crítica es siempre necesaria, incluso cuando pueda estar equivocada, porque solo con ella es posible salir de la zona de confort y poner en cuestión nuestras palabras y actos.

Si únicamente contáramos con el apoyo y el aplauso de nuestros «fanboys«, que es como se llama -en inglés, of course– a los que jalean y adulan a sus ídolos, todo sería más de lo mismo para que todo siguiera igual. Como cantaba aquel: «estamos tan agustito”… que para qué cambiar.

El rechazo a la crítica, o lo que es lo mismo, la censura, es algo propio de los autoritarismos de todos los colores. En eso coinciden, no les gusta un pelo.

Los autoritarismos no aprecian a los disidentes, la diversidad de opiniones, son más de pensamiento único, de palmeros, de gente que solo sabe aplaudir, a la que todo lo que haga el líder (supremo, por ejemplo), o la lideresa (que también haylas), lo que hagan «los míos», les parece bien y todo lo que hagan «los otros» les parece mal.

El autoritarismo quiere gente que renuncie a su sentido crítico en nombre de una lealtad mal entendida, que se parece mucho a aquella «adhesión inquebrantable» del franquismo.

Como entonces, para los autoritarismos, quien critica o discrepa es una amenaza, parte de la conjura judeo-masónica, traidor, desleal compañero de viaje, gente que le hace el juego al enemigo.

No se me escapa que hay poderes fácticos, grupos empresariales o medios de comunicación por ejemplo, que en nombre de la crítica legítima y de la libertad de expresión esparcen el bulo y la mentira para hacer daño a quienes amenazan sus privilegios de casta o de clase. Pero ese hecho penoso no puede volverse coartada para sofocar cualquier crítica y para convocar adhesiones palmeras.

El único límite de la crítica, en mi opinión, está en el respeto a las personas, en evitar la descalificación personal como recurso ante la ausencia de otros argumentos, algo tan habitual por ejemplo en la disputa política. Pero, desde el respeto, creo que toda crítica es válida, aunque –repito- pueda estar equivocada.

Pero, pensándolo bien, quizás sea cierto, como dice ese amiguete, que con la edad me estoy volviendo más criticón y menos correcto, políticamente hablando.

Siempre he sido bastante impertinente y un poco bocas, aunque cuando eres joven te preocupa caer bien, no cerrarte puertas, hacer amigos…por lo cual cuidas más las formas y los objetos de la crítica.

Pero conforme vas cumpliendo años te importa menos el qué dirán, aprendes que es imposible caerle bien a todo el mundo, que no se puede vivir o actuar tratando de agradar a todos (y mucho menos a quienes no te quieren bien) y te permites decir lo que piensas aunque pises algún callo por el camino.

Decía alguien, de cuyo nombre no puedo acordarme (será la edad), que a las personas se las conoce por sus amigos pero también por sus enemigos.

Pues eso, que ciertos enemigos son la prueba de que no vamos tan desencaminados. Es más, debería preocuparnos antes el elogio de ciertos enemigos que la crítica de los amigos. Como dice la sabiduría popular: «Es mejor que un amigo te diga hijo de puta a que un hijo de puta te diga amigo».

Dicho sea sin ánimo de molestar.

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Mmm grande

Ilustración: The Pilot Dog

Decía Paulo Freire, el pedagogo brasileño sembrador de la educación popular, que para transformar la realidad es necesario soñar primero la nueva, el otro mundo posible que queremos construir, porque solo entonces la voluntad dispone de una utopía que le sirve de referencia, de faro.

Quiero hoy soñar esta ciudad en la que he elegido vivir, quiero imaginar su futuro, nombrarle en voz alta para que pueda cumplirse algún día.

Sueño una ciudad  de la convivencia y el encuentro, en la que existen mil espacios donde las personas pueden encontrarse, pensar, decir, crear, hacer con otras personas, llevar a cabo sus iniciativas, cultivar sus aficiones e intereses, hacer cultura, formarse….

Una ciudad del diálogo social y la inteligencia colectiva, en la que todos los actores y sectores se escuchan, comparten ideas y experiencias, buscan juntos nuevas soluciones y respuestas a los problemas y necesidades comunes.

Donde todas las personas hacen la política, y son consultadas, opinan y participan -de cien formas distintas-  en la toma de decisiones importantes. Y donde son también actores, que gestionan y cogestionan con los poderes públicos, que llevan a cabo las decisiones colectivas.

Una ciudad de la economía social y solidaria, llena de cooperativas cooperando entre sí, construyendo en red nuevos productos y servicios, intercambiándolos con otras poblaciones y ciudades cercanas.

Una ciudad del reciclaje, de la recuperación y el reaprovechamiento, austera (que no quiere decir triste), en contra del derroche, el consumismo y el despilfarro.

En la que la igualdad va de la mano de la cooperación, en la que la colaboración y el apoyo mutuo son la norma. Una ciudad con mil colectivos y asociaciones diversas, trabajando juntos, articulando y tejiendo una trama de solidaridad.

Donde nunca más se habla del paro porque nadie deja de hacer y contribuir al bienestar colectivo, nadie está mano sobre mano, y las necesidades de todos están satisfechas.

Una ciudad de los cuidados, en la que los niños y niñas pueden jugar en la calle, y son educados por toda la comunidad, y no son interpretados y suplidos en sus sueños y deseos, sino que cuentan con voz propia y son protagonistas de procesos que les incluyen.

En la que las personas mayores encuentran el calor, el cariño y el respeto que merecen, y tienen voz y espacios propios, y otros donde se encuentran e intercambian experiencias y vivencias con otras generaciones.

Una ciudad reconciliada con su historia y su patrimonio, que no convierte la tradición en una trinchera nostálgica de resistencia a los cambios sino en un trampolín para inventar el futuro. Que recupera la innovación y el cambio como seña de su identidad trimilenaria.

Una ciudad sin burocracias ni burócratas, con estructuras administrativas mínimas, imprescindibles, ágiles, flexibles, en permanente innovación.

Una ciudad con pocos coches, buenos transportes públicos, con muchos lugares para caminar, y rincones para sentarse y contemplar la vida y el mundo.

Una ciudad abierta y proyectada al mar, en búsqueda constante de la armonía con el entorno. Una ciudad verde, llena de azoteas y balcones verdes, de parques y huertos comunitarios. Una ciudad limpia, cuidada por sus vecinos y vecinas, y por sus visitantes.

Una ciudad abierta al mundo, amante de lo propio pero curiosa de lo ajeno, una ciudad en aprendizaje permanente y replicante de las buenas ideas y experiencias, vengan de donde vengan.

Una ciudad multicultural, hospitalaria y acogedora de los otros, vengan de donde vengan. Mestiza (llena de gaditanos y gaditanas de todos los colores, razas y culturas) y mestizadora, constructora de síntesis para una nueva (y buena) vida.

Una ciudad de la alegría y la simpatía, del buen humor y el buen vivir, de la música en la calle que convive con el descanso del vecindario, con zonas y tiempos para la meditación y el silencio…

Una ciudad de la creatividad y el ingenio, que convierte su imaginación y su capacidad de disfrutar la vida en un motor de futuro.

También decía Paulo Freire que ese derecho de soñar que él reivindicaba no era nada sin el deber, sin el compromiso –individual y colectivo- de luchar para hacer realidad nuestros sueños. Porque los sueños no se cumplen por si solos, como por arte de magia, sino paso a paso como resultado de la acción personal y colectiva.

Y, a menudo, en el camino de hacerse realidad, los sueños van cambiando, adecuándose a los tiempos y a los medios, a las resistencias y las oportunidades que encuentran en el proceso. Pero siempre siguen cumpliendo su función de servirnos de guía.

Por eso, lectores y lectoras de El Tercer Puente, hoy os invito a soñar y soñar juntos, para anticipar la ciudad en la que queremos vivir y en la que vivan nuestros hijos y nuestros nietos.

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Durmiendo bufanda

Ilustración: María Gómez 

En los últimos años el turismo en Venecia se ha multiplicado por cinco. Hace pocas semanas, bajo el lema “Queremos recuperar nuestra ciudad”, se manifestaron sus habitantes para expresar su rechazo ante la avalancha de turistas. El turismo masivo está devorando la ciudad y convirtiendo a los venecianos en una especie en peligro de extinción. Venecia pierde cada año más y más habitantes que huyen en busca de entornos más habitables.

En otras ciudades, como Ámsterdam o Barcelona, la situación no es muy diferente. Sus habitantes reclaman una disminución del turismo, para poder volver a caminar por sus calles, para que no se encarezcan los precios cada día, para que no desaparezca el comercio tradicional, para poder acceder a los espacios culturales o museísticos sin guardar largas colas, etc., etc.

Eso se llama “morir de éxito turístico”, y, con un poco de (mala) suerte, ese podría ser el destino de esta ciudad trimilenaria de nuestras entretelas.

Cádiz ha sido y es todavía una ciudad en declive, parada y moribunda. Una ciudad subsidiada, llena de sordos y pensionistas, exportadora de jóvenes sin futuro, capital europea del desempleo.

Nuestra ciudad pide a gritos un proyecto de futuro viable, alguna forma de revitalización de su economía que de trabajo a sus habitantes. Ante el derrumbe de las industrias tradicionales (astilleros, tabacalera, aeronáutica, etc.), pareciera a primera vista que el turismo es la apuesta más segura. Y  más cuando nuestra ciudad y la provincia se han puesto de moda entre los destinos turísticos y vacacionales favoritos.

¿Queremos ser una «ciudad parque temático» (del carnaval, por ejemplo) o una «ciudad centro comercial» (¡viva el shopping!), o una «ciudad de vacaciones» (organizada para que  disfruten turistas y veraneantes)?

¿Cómo se define el futuro de las ciudades? ¿Es fruto de una deriva inevitable, de un destino fatal? ¿Quién lo decide? ¿Con qué criterios? ¿En base a qué intereses?

¿Serán los intereses de los tiburones económicos, de los especuladores turísticos a corto plazo, de quienes quisieran convertir la ciudad en un inmenso chiringuito playero o una infinita terraza, de quienes buscan “hacer el agosto” exprimiendo la vaca del turismo a costa de la precariedad de los trabajadores de temporada, de quienes reclaman que se sacrifiquen los intereses y los derechos –al descanso, por ejemplo- de los vecinos a mayor gloria del turismo y del empleo que se le supone?

Muchas voces dirán que más vale empleo turístico precario que ciento volando, y “ciudad chiringuito” que “ciudad subsidiada”, aunque tal vez algunas de ellas vivan en Valdelagrana (o en otras urbanizaciones exclusivas) y pasen sus vacaciones en Roche (por mencionar dos sitios estupendos).

A esas posiciones se les sumarán sin duda otras desde las instituciones públicas, que pondrán (el discurso de) el empleo por encima de otras necesidades e intereses ciudadanos. Que repetirán aquella mentira demostrada de que, si hay empleo -aunque sea precario- todo lo demás funciona.

Pero la ciudad, cualquier ciudad, es antes que nada –incluso antes que su patrimonio histórico, cultural y arquitectónico- las gentes que lo habitan. Porque sin gentes lo que resulta es un museo (o un parque temático), no una ciudad.

Sea cual sea el futuro de Cádiz, necesita ser una “ciudad convivencial”, donde sus gentes puedan vivir –y vivir bien- con las demás personas que la habitan, vivir en común, con-vivir.

Claro, (vuelven a recordar las voces desinteresadas) eso significa que sus habitantes tienen que tener trabajo, para poder atender sus necesidades básicas, porque sin eso no hay convivencia que valga. Y por eso es tan importante definir un horizonte económico para la ciudad que sea compatible con el resto de necesidades e intereses de sus gentes.

Se diría que la perspectiva del “monocultivo económico”, poner todos los huevos en la misma cesta, no es muy buena idea. Lo ideal sería que las oportunidades de futuro fueran amplias y diversas, como la economía de la ciudad y como las legítimas expectativas de sus habitantes.

La del turismo masivo puede ser la salida más fácil, la que menos esfuerzos requiere, la que menos obliga a pensar y poner en pie otras alternativas, la que puede llevarse a cabo sin tener que echar mano de la iniciativa propia y la inteligencia colectiva de la ciudadanía.

¿Serán todos nuestros jóvenes, dentro de unos pocos años, camareros y camareras de pisos, vendedores de artesanías o suvenires, animadores de hotel o guías de grupos, comparsistas o chirigoteros callejeros de un carnaval sin fin, fenicios y romanos de guardarropía…?

Este es un tema sensible, lo sé, que despierta mucha polémica. Pero para abordarlo sobran las pasiones y falta información y mucho diálogo social.

No sé cómo será el futuro de nuestra ciudad, pero si sé que deben ser los vecinos y vecinas, los ciudadanos quienes definan y pongan en pie ese horizonte. Hablemos de ello.

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Hombre banco sol

Fotografía: Jesús Massó

Las formas viejunas de pensar el liderazgo lo entienden como algo que se concentra en una sola persona (a menudo un varón) o en un pequeño grupo de personas (“la dirección” o, en ciertas tradiciones políticas, “la vanguardia”). Es una concepción patriarcal, vertical y jerárquica: el líder manda, los demás le siguen.

El líder analiza la realidad, señala el futuro y decide el rumbo a seguir. El líder encarna el proyecto a alcanzar, lo personaliza, lo representa.

El líder concentra todo el poder y lo ejerce con decisión. Al líder no se le discute, se le apoya, se le refuerza (y, llegado el caso, se le adula). Cualquier cuestionamiento al líder o a sus designios es una falta de lealtad, una traición al proyecto. Solo cabe la sumisión, el sometimiento a su voluntad.

Las organizaciones y los equipos, en el liderazgo vertical, están para asistir al líder, para ejecutar sus órdenes (sub-ordinados), para cumplir sus mandatos.

El mejor líder -dicen estas concepciones- es el que posee «carisma», el que no tiene que imponer su voluntad por medio de la autoridad o la fuerza sino que, con su “encanto”, seduce e induce a las demás personas para que aquella se cumpla. El líder carismático no precisa de un equipo sino de un coro (que, en código gaditano, bien pudiera ser una comparsa o, en ocasiones, una chirigota) que, como en el teatro griego, reproduzca y potencie sus mensajes.

Por contra, las visiones más avanzadas del liderazgo lo conciben como una tarea compartida. Esas concepciones innovadoras hablan de horizontalidad e inteligencia colectiva, de cooperación y sinergia.

Los líderes son necesarios y son importantes porque no hay proyectos ni equipos sin liderazgo, pero más importantes aún lo son los equipos. De hecho, el líder del siglo XXI ha de trabajar para que la participación y la interacción entre los miembros del equipo funcionen con la máxima eficacia, de tal forma que las relaciones de subordinación se invierten: es el líder quien trabaja para el equipo (y esto explica en buena medida aquello de “mandar obedeciendo”, que proponen los zapatistas).

Pero, además, el liderazgo innovador no se concentra en una sola persona: se comparte, se reparte, se distribuye entre quienes forman el equipo o la organización, dependiendo de las circunstancias y las necesidades de cada momento, y también de las cualidades y capacidades de cada cual.

Esta manera de entender el liderazgo tiene su fundamento en la afirmación de un principio básico: un equipo es siempre más inteligente que el más inteligente de sus miembros, es más capaz de encontrar las mejores respuestas a problemas complejos. Y ésta es una evidencia demostrada.

Con toda seguridad, un buen equipo conseguirá mayores y mejores logros si cuenta con un buen liderazgo, pero un líder, por genial que sea (y pocas personas lo son), no es nada sin un buen equipo.

En defensa de los liderazgos unipersonales o concentrados en unas pocas personas se argumenta que son más eficaces, más ágiles, más rápidos en la toma de decisiones, y se dice que, por el contrario, los procedimientos participativos y horizontales alargan las deliberaciones y aplazan las decisiones, haciendo menos productivos los procesos.

Ello es, cuando menos, discutible especialmente si se atiende a la calidad y la eficacia de las decisiones más que a su cantidad y rapidez. Y ello es así porque las decisiones son de mayor calidad cuando son fruto de la construcción colectiva, pero también porque es mucho más fácil hacer nuestra una decisión en cuya construcción se ha participado que hacerlo con otra que se nos impone desde una instancia superior.

Algunas mentes ingenuas creen que -en los procesos colectivos- basta con tomar una decisión (o dictar una ley o un decreto) para que ésta se cumpla, pero olvidan que siempre es necesario que se activen las conciencias y, sobre todo, las voluntades de quienes han de llevarlas a cabo. Y el liderazgo participativo y democrático se ha demostrado mucho más eficaz a la hora de movilizar conciencias y voluntades.

El liderazgo distribuido y compartido refleja una concepción del poder como resultado de la suma de capacidades, que se multiplica cuantas más personas implica. Ese es el significado profundo del concepto, tan de moda, de «empoderamiento» vinculado necesariamente a la participación y la cooperación.

A pesar de que en estos tiempos nuestros predomina el discurso de la participación y el empoderamiento ciudadano, los modelos de liderazgo siguen siendo a menudo unipersonales o vanguardistas, verticales y jerárquicos. La participación popular -que a menudo se reduce a la movilización o la adhesión- sirve entonces para legitimar las decisiones del líder o la dirigencia.

La realidad política -a derecha, centro e izquierda- está repleta de ejemplos de esta manera obsoleta de entender y practicar el liderazgo. Lo cual resuena bastante a aquello que se llamó el despotismo ilustrado y choca frontalmente con eso que llamamos democracia participativa.

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Numero ocho etp 3

Cuando yo era muy joven, en los estertores finales de aquella dictadura senil y casposa, aprendí que ni los antifranquistas eran tantos ni los franquistas tan pocos.

Efectivamente, aunque los demócratas salieron de debajo de las piedras una vez se hubo muerto -de viejo- el dictador, cuando ya era evidente que los vientos de la historia soplaban en otra dirección, hasta poco tiempo antes eran solo unos cuantos miles de personas las que se jugaban la libertad y la vida por acabar con el franquismo.

Bueno, vale, pongamos que eran algunos más, sumando a todos cuantos estaban en contra el régimen… ¿unos cientos de miles? ¿tres o cuatro millones?  El caso es que, por muchos que sumáramos, seguirían siendo minoría.

Tampoco es que la mayoría social fuera puro bunker, todos fanáticos franquistas. Probablemente no hubiera más de unos cientos de miles de fachas recalcitrantes, o quizás unos pocos millones si se quiere. Pero, aunque ahora quede feo reconocerlo, la mayoría social era franquista sin estridencias, lo que se llamó el “franquismo sociológico”.

Lo cual se explica no solo por la depuración brutal de quienes se opusieron al golpe del 36 y murieron en las trincheras, cunetas, campos de concentración o en el exilio, sino también por el éxito del aparato de represión y propaganda (con todas las iglesias del país a su servicio) que consiguió alcanzar buena parte de sus objetivos ideológicos en cuarenta años de dictadura.

El caso es que la mayoría social era moderadamente franquista, de pensamiento conservador, gente de orden con mucho miedo ante los cambios y la amenaza de una nueva guerra civil que se agitaba como un fantasma por el propio régimen, una mayoría conformista y conformada con las migajas del desarrollo en forma de casas baratas, seiscientos y televisores, que presumía de «no meterse en política», como recomendaba el viejo dictador.

Este es un dato que permite entender muchas cosas de aquella cuestionada “transición” que no fue -y no podía ser- “ruptura”.

No pretendo aquí rememorar al Abuelo Cebolleta, sino reconocer que Franco tenía bastante razón con aquello de «dejarlo todo atado y bien atado», y que, cuarenta años después, el franquismo sigue vivo entre nosotros.

Sigue vivo en la prepotencia desafiante de una derecha que se sabe vencedora y dominante, dueña de la patria y la bandera. Vivo en una Iglesia cuya jerarquía todavía celebra misas en memoria del dictador y parece competir consigo misma por hacer un discurso más reaccionario cada día, avanzando con paso firme hacia el pasado. Vivo en unos medios de comunicación que atizan el miedo, sacan al comunismo con cuernos del armario, mienten y manipulan sin pudor, en nombre de la libertad de expresión (¡tiene bemoles!).

Vivo en los reflejos autoritarios que exhiben –en la derecha pero también en la izquierda- muchos dirigentes políticos que hacen bueno aquello de “si quieres conocer a Fulanito, dale un carguito”.

Vivo en la mentalidad conservadora, miedosa, conformista de una mayoría de la población que prefiere lo malo conocido, ser gobernada por ladrones y corruptos reconocidos, antes de correr el riesgo del cambio.

Y vivo también en el enchufismo y la búsqueda de ventajismos particulares, los corporativismos, la falta de cuidado de lo público y lo común (lo que es de todos no es de nadie), la ausencia de educación cívica, la envidia del éxito ajeno, el patriotismo de casapuerta que saca a la calle a miles de personas para celebrar los triunfos del equipo de futbol local pero no para reclamar sus derechos…

El franquismo sigue vivo, profundamente arraigado en la mentalidad de muchas personas, de una amplia mayoría social que no sabe de civismo y de respeto al otro, de diálogo y convivencia, de participación y ciudadanía, que sigue presumiendo de rechazar la política… mientras se la hacen otros.

Y es bueno tenerlo en cuenta para no confundir los sueños de asaltos celestes con la realidad y no querer quemar etapas que necesariamente han de ser recorridas con tiempo y esfuerzo.

Y es que cualquier cambio social ha de empezar por las raíces, por las personas, por los valores y las actitudes. O sea, por la educación, la básica sí pero también la que es para la ciudadanía, que sigue siendo tan necesaria como cuando, hace ya más de un siglo, Joaquín Costa pedía para nuestro sufrido país “pan y escuela”.

Fotografía José Montero