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Chico bicicleta principal

Fotografía: Jesús Massó
nombre femenino
En psicología, capacidad que tiene una persona para superar circunstancias traumáticas como la muerte de un ser querido, un accidente, etc.
«la resiliencia potencia la felicidad»

¡Vaya! Ya me siento de nuevo pesada, cansada, intentando esbozar una sonrisa que no me sale, que no es natural. El despertador suena, o no, me levanto y el día es el mismo que el anterior y que el anterior del anterior. Peleas, encuentros desagradables por cualquier tontería que se cruza en tu camino. Ves la tele, todo te parece penas y desgracias. Escuchas a tus familiares, a tus amigos y es lo mismo de siempre. Pero no es el mundo, eres tú. Toca de nuevo cambiar de rumbo y no acostumbrarse ni acomodarse a la vida «que te ha ido saliendo».

Un día un concepto apareció navegando por internet y me marcó para siempre. La resiliencia como capacidad para afrontar cambios y disfrutar con ellos. El concepto escrito en la cabecera de este artículo hace especial referencia a la superación del dolor o a las circunstancias accidentales o traumáticas; pero la palabra va mucho más allá. La siento más como una actitud, una forma de vida que adoptas y a la que te agarras cuando ves que todo se estanca.

Me gustan los cambios, disfruto con ellos. Nos quedamos a veces en la zona de confort y nos da miedo salir de ella por desconocer qué pasará. Cuando esa incertidumbre es, precisamente, lo excitante de los cambios; mirarte al espejo y preguntarte si lo que vas a realizar hoy está alineado con tu próximo objetivo o si mañana estarás más cerca del mismo gracias al trabajo que has hecho hoy. Me lo pregunto cada vez que salgo por la puerta de casa camino del coche. Ya hace unos meses que más de un día me he dicho que no iba alineada con mi objetivo. Ahí está el síntoma de que algo va mal.

Puede ser que la resiliencia se haya implantado en nuestras vidas para quedarse. ¿Por qué este concepto antes no se usaba? ¿Ha aparecido para justificar los continuos cambios que las personas de mi generación estamos viviendo por circunstancias del momento? ¿Tenemos que ser resilientes por convicción o por necesidad? Comentaba con un compañero asturiano, también viviendo fuera de su ciudad natal, que nuestra generación no puede planificar su vida a más de dos años vista; que en los trabajos que tenemos, aún indefinidos, siempre aspiramos a mejorar y mejorar. Tal vez porque empezamos más precariamente –y más tarde en el caso universitario– que nuestros padres y madres, pero tal vez también puede deberse a la situación y los cambios políticos que hemos vivido durante la crisis. En menos de cinco años ha cambiado toda una generación. Ha cambiado el vocabulario, y lo que antes era «he conseguido el trabajo de mi vida» ahora se convierte en «la resiliencia trae la felicidad».

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Perlora portada copy

Demasiado emotiva me pongo cuando visito algo que merece la pena, abandonado a su suerte por la Administración y aún usado por la población. Las personas dan la razón de lo que merece la pena o no. Perlora, cerca de Candás, Asturias, es un ejemplo y provoca un paralelismo evidente con otro edificio que corrió la misma suerte en Cádiz: Tiempo Libre.

Perlora complejo
Complejo residencial de vacaciones de Perlora en sus años mozos.
Perlora ciudad de vacaciones
La ubicación de Perlora, desde Google Maps ya aparece destacado entre Candás y Gijón.

“Los obreros no merecen vacaciones”. Tuvieron que pensar tanto en Asturias como en Andalucía cuando ambas Juntas en los años 2006 y 2007 respectivamente cerraron sus complejos turísticos a pie de playa –y prau en Perlora–. Sin embargo, siendo en Cádiz casi imposible entrar en sus entrañas, en Perlora al ser un complejo de “bungalows”, la población sigue utilizando tanto sus instalaciones como sus alrededores, ya que el enclave es sencillamente espectacular.

Ayer flipé. Literalmente. Fui con mi familia asturiana allí y no cabía un alfiler. En Perlora es todo a lo grande, el súmmum de cualquier prau o playa asturiana. Si en los merenderos de alrededor de Gijón hay de vez en cuando una parrilla de ladrillo, en Perlora hay cuatro en cada módulo barbacoil. Si cerca de un césped hay un complejo deportivo que consiste en dos porterías ancladas en la hierba, en Perlora tienes el campo de fútbol de césped completo, el de baloncesto y fútbol sala de cemento, dos pistas de tenis y una de pádel de reciente creación. Minigolf –que sí que sí–. Hasta hicieron apeadero de FEVE –ferrocarril de vía estrecha, muy del norte– en su complejo. A esto le unes el edificio central que nada más entrar con el coche le dije a mi pareja “¿Esto qué es? ¿Qué hace esto aquí?” y me comentó algo de la historia del lugar, su auge y abandono. Su esplendor y su suerte.

Impresionante playa de perlora
Una de las playas de Perlora, y su acceso. De fondo el Camping llenito de caravanas.

Perlora nace en los años cincuenta, en pleno Franquismo, como complejo de vacaciones para obreros. El sindicato único estaba detrás de esto. Durante las décadas 60, 70 y 80, la ciudad estaba llenita de gente, y contaba con más de 200 trabajadores. Aún con pasado franquista, al descubrir Perlora y su estado -su distribución a priori pensada y con ejercicios de investigación de vivienda unifamiliar mínima de 1, 2 y 3 habitaciones-, experimenté una regresión al pasado estudiantil, cuando en Primero de Carrera visité otro complejo franquista abandonado y ahora recuperado: Los talleres de la Universidad Laboral de Sevilla.

No voy a negar que me pone mucho un edificio abandonado, más de lo que debería. En la maleza veo las historias vividas dentro y fuera; en los cristales rotos, la rabia del abandono; en los desconches y la oxidación, el envejecimiento sin cuidados. “La vejez es muy mala” pero sola más. Lo mejor de Perlora es que la gente sigue yendo. Y te encuentras a personas tomando el sol tanto en las terrazas de las casas abandonadas como en el césped y en las diversas playas de alrededor. Un borde costero con paseos y acceso a las calas y playitas bastante interesante. El mantenimiento sin embargo es mínimo, y la educación mejorable. Bastante sucio se quedó el césped cuando nos fuimos, y horrible el estado de los baños y vestuarios. Ahí sí que se nota el abandono. Aún así son “dos cositas” las que hay que hacer, para mantener Perlora. Y tres para no perder aquello. Ahora siente  algo entre el miedo y la pena al pensar que el Gobierno del Principado meta mano a eso y lo venda a cualquier promotor privado con pocos escrúpulos. Miedo de que ese cachito de prau se vuelva privado y se convierta en playa de vacaciones de lujo para unos pocos. Aunque de lujo lo es ya, porque tanto en equipamientos como en accesos, Perlora es lo que toda persona merece para su ocio. Aquí o en Pernambuco, el lujo debe seguir siendo de todos.

Dejo esta impresionante galería del estado de Perlora en 2013 por Dawlad Ast en Flickr. No me esperaba este despliegue y no llevé la cámara 🙁

Perlora Ciudad de vacaciones

Porque me gustan las propuestas y la gente que pone los problemas sobre la mesa intentando dar solución, enlazo el maravilloso trabajo de intervención «Un Futuro para Perlora» del compañero Adrián Cachán Vallina, arquitecto asturiano que propone un lavado de cara de aquello; reivindicando su valor social, uso colectivo y haciendo especial mención a la investigación urbana y constructiva, queriendo hacer partícipe a la Universidad como agente interviniente de la operación.

Fotografía de portada: María Alcantarilla

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masso playa barco

Cuando llegué a Asturias hace ya tres años me quedé embobada por la naturalidad que tienen sus pueblos pesqueros en pasar de pueblo a puerto. No hay barreras; hay ciudad en el puerto, como un bar cerca del muelle o un paseo «portuario»; como en Lastres donde incluso puedes ver cómo arriba un barco pesquero que salió de madrugada a faenar.

Paseo portuario desde el muro de Lastres
Paseo portuario desde el muro de Lastres

Suelen ser puertos pequeños, a veces se meten en la misma plaza del pueblo, donde están todos los restaurantes para el turisteo. A Cudillero se puede acceder por abajo y por arriba. Por abajo entras literalmente a la ciudad por el puerto; y desde arriba ves cómo la población se apoya en él.

Entrada a Cudillero desde el puerto y conexión con la plaza del pueblo
Entrada a Cudillero desde el puerto y conexión con la plaza del pueblo

Otras veces no sabes si el puerto es playa o es puerto, como en Tazones, que cuando hace un poco de temporal, las terrazas donde se come el pescado del Cantábrico tienen que cerrar por si salen volando –o nadando– por la bravura del agua del puerto –o de la playa, aún no me aclaro.

Puerto y/o playa de Tazones
Puerto y/o playa de Tazones

La lonja suele estar cerca del atraque de los barcos. Normalmente es un edificio que pasa desapercibido por su carácter industrial, pero otras veces no. En Puerto de Vega, una pequeña pedanía cerca de Navia, tiene una lonja marinera cien por cien y que por la importancia en la economía local del pueblo, adopta la formalidad que podría adoptar un edificio institucional.

Lonja de Puerto de Vega
Lonja de Puerto de Vega

Luarca tiene más lejos la playa que el puerto. De hecho veo más vida en el segundo. Desde la parte alta, donde se accede a la ciudad, se divisa una ciudad apoyada en su puerto de forma natural. Donde va el dique va la calle. Sigo sin ver verjas.

Vista de Luarca y su mirada al puerto
Vista de Luarca y su mirada al puerto

Hay dos tipos de poblaciones costeras: Las que su puerto niega a su ciudad y las que no. Hubo un momento en que el Muelle y Cádiz se pelearon. La relación comenzó a ser un pulso entre ellos, perdiendo ambos contrincantes una y otra vez.

Hoy he hablado de la naturalidad, aquella que tenía el puerto de Cádiz a principios del XX y que perdió afectando en la propia vida de la ciudad.

Cádiz y el muelle a principios del siglo XX
Cádiz y el muelle a principios del siglo XX.

Mañana hablaré de intervención. Hay esperanza y maneras de recuperar espacios o dotarlos de singularidades que reanimen una parte de ese borde que no sabemos qué ocurre en él.

Fotografía de portada: Jesús Massó

Resto de fotos (excepto la fotografía de archivo): Flavia Bernárdez (Creative Commons Zero license)

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fotografía del castillo de matrera en construccion de su obra de consolidacion

La restauración del Castillo de Matrera gana un premio internacional.

Da igual los premios, lo que prima es la coherencia y la rigurosidad de las intervenciones. Como profesionales debemos explicar por qué se hacen las cosas y qué formas de trabajo utilizamos. En la sociedad actual existe un problema de insensibilización hacia las disciplinas del arte y la arquitectura contemporáneas. No es todo culpa de los medios, quizás no nos hemos acercado o no nos hemos molestado en explicar las tendencias y los materiales que llevamos utilizando desde las vanguardias del s.XX.

Hablo del Castillo de Matrera, símbolo de Villamartín, mi pueblo materno al que me une algo más que el nacimiento de mi madre. Este caso es uno entre tantos, algunos en Cádiz: el Mercado de Abastos, la intervención de Campo Baeza de Entrecatedrales o la incomprensión del abandono de la Escuela Náutica; ejemplos de intervención “contemporánea” en centro histórico. Ya nadie pone en duda la pirámide del Louvre de Pei: una solución funcional que resuelve la compleja entrada al museo parisino. Los ojos del mundo asocian La Mona Lisa con el objeto acristalado.

Es mucha casualidad que en los colegios se explique y se dedique mucho a la historia de nuestro país y del arte hasta mediados y finales del siglo XIX pero a partir de ahí va todo deprisa y corriendo. Nos enseñan antes de entrar en la universidad estilos como el Románico, Gótico, algo del Renacimiento, Barroco, etc. Pero termina el Neoclásico y luego –que es cuando empieza lo bueno– se termina el curso y se cierran los libros.

Aún recuerdo la primera clase de Historia de la Arquitectura en primero de carrera: “En Primero empezamos por un poco antes del Modernismo, porque consideramos que de lo demás ya sabéis algo y a partir de ahí todo cambia”. Palabras textuales de Román Fernández-Baca Casares, profesor que tuve en esa asignatura y Director del IAPH.

¿No queremos que nuestros estudiantes de educación obligatoria estudien la modernidad, la revolución de las ideas, la llegada de la funcionalidad, la abstracción de conceptos, el pensamiento crítico aplicado a las formas, las investigaciones de la Gestalt? ¿No queremos que se sepa interpretar las formas sencillas en pensamiento complejo? ¿No queremos comprender por qué una obra de consolidación es sencillamente poner un muro de cal que impida que caiga otro muro que cayó por negligencia de la administración? ¿No queremos enseñar que la cal no es hormigón?

Es muy complicado intervenir en el Patrimonio. También me pregunto si es aún más difícil mirar con otros ojos, con los de la crítica constructiva, aquellos que se informan, estudian e investigan antes de forjar una opinión, antes de hablar de más. Ojos que caen en comparaciones desafortunadas, como la perpetrada con esta obra realizada por un profesional de la arquitectura. Se prefieren ojos que dinamiten edificios antes que miradas de reflexión, que formen una sociedad que piense, se pregunte, valore –y critique– al arte contemporáneo.

Fotografía: José Tomás Tocino, publicada en Cádiz en Moto