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Si nos paramos a escuchar las conversaciones casuales entre adultos, especialmente entre padres/madres, podemos comprobar que la seguridad y su protección está invadiendo la vida, la conciencia y la inconsciencia de la gente de forma apabullante en nuestros días. Podría ser interesante, desde un punto de vista sociológico o psicológico, analizar detenidamente por qué nuestras sociedades denominadas “modernas” están más preocupadas que nunca por esto. ¿Es acaso más peligroso, más amenazante nuestro mundo que aquel en el que vivieron nuestros padres, abuelos o antepasados? En absoluto. De hecho, la esperanza de vida es actualmente la más alta de la historia de la humanidad.

Aquí está la primera paradoja. Mejores pronósticos de vida, mayor obsesión por la seguridad. Cuando lo esperable sería que en un mundo con numerosas amenazas reales para la vida (como en la Edad Media) se viviera con más miedos que hoy. Pues no. La casi siempre irracional forma de pensar de los humanos dice que, en lugar de disfrutar de aquello que se tiene, dedicamos enormes cantidades de esfuerzo emocional a temer perderlo.

Antes de que unos padres acepten la misión de criar a un hijo, ya viven en este contexto orientado hacia la seguridad. Pero cuando entre las funciones parentales fundamentales (nutrición-educación-protección-afecto) se topan con la necesidad de proteger a un ser todavía indefenso, la preocupación se puede tornar cuasi-obsesiva. Algo que se observa especialmente en las familias de nacidos desde los 90 hasta hoy.

Esta circunstancia produce la segunda paradoja, a modo de descalabro psicológico, cada vez más conocido; cuando nos pasamos de rosca protegiendo, desprotegemos. O lo que es lo mismo, si evitamos constantemente y de forma sistemática que nuestros hijos se enfrenten a dificultades, se caigan, se equivoquen, o se estrellen, no aprenden nunca a valerse por sí mismos, puesto que no están entrenados. Y si lo pensamos, no hay mejor manera de protegerse de los peligros reales de la vida que cuando el agente de protección eres tú mismo. La sobreprotección es la más frecuente y perniciosa de las desprotecciones actuales.

Esto lo vemos en psicoterapia, donde nos encontramos cada vez más adolescentes que, en su tránsito a la vida adulta (entre los 16-20 años, aproximadamente), se sienten absolutamente perdidos, sin capacidad para afrontar sus miedos. Paradójicamente, disponiendo de un acceso a la información cuasi ilimitado, como jamás hubo, estos jóvenes no se sienten con más poder sobre sus vidas, sino todo lo contrario. Lo que ocurre es que sabemos que la información solo es poder si se tienen criterios formados. Y a nuestros jóvenes les llega una cantidad ingente de información mucho antes que el criterio para saber utilizarla.

Para colmo, esta ausencia de criterio para administrar la información y los medios tecnológicos de acceso, común en la mayoría de padres, produce desprotecciones generalizadas novedosas en nuestra historia. Por ejemplo, la edad de acceso inicial a la pornografía se ha adelantado vertiginosamente. Los últimos estudios la sitúan en los 8 años. Lógicamente, a través de los maravillosos móviles que sus papás ponen en sus manos como si fueran juguetes, sin ningún tipo de filtro o control parental. Y no es por supuesto el único agujero en la seguridad que existe en este modelo educativo paradójico, que incluye la delegación en lo tecnológico de funciones que siempre estuvieron cubiertas por la familia.

Observar paradojas, en la historia, ha servido como fuente de inspiración artística y filosófica; pero consideramos que en el caso de la sobreprotección y su incidencia en la vida de los menores, es urgente que nuestra sociedad avance en el camino de su resolución.

Fotografía de portada: S. Hermann & F. Richter en Pixabay