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Ivan canoIlustración: pedripol

¿Sabes? A mi también me importaban las banderas. Me importaban todas, las que sentía mías y la que sentía extrañas, incluso enemigas. Creo que me enseñaron a eso, a odiar la bandera del otro: de otro equipo, de otro país, de otra región. A eso aprendí de pequeño, viendo fútbol, olimpiadas o el ‘Juegos sin fronteras’ en las mañanas de los domingos de la primera cadena (curioso nombre para un programa que se basaba estrictamente en las fronteras).

Aprendí que nosotros, sea quienes fuéramos, teníamos que ganar siempre, que los otros nos robaban, nos ninguneaban, nos agredían. Nosotros, sea quienes fuéramos, lucíamos mejor, jugábamos mejor, teníamos la mejor comida, la mejor playa y la mejor selección…todo.

Me sentí muchas veces nacionalista, andaluz contra ‘los madriles’, español contra ‘los gabachos’, hasta americano contra Iván Dragho. Y lo más aterrador es que me sentí enemigo de banderas muy cercanas por culpa de intereses que ni me iban ni me venían.

Educados (maleducados) desde larvas para ser adeptos a la religión de un himno, para ser esclavos de franjas, de barras, de estrellas y de escudos. Sin más. Era alzarla, izarla, y temblabas de emoción, se te erizaba el vello y te emocionabas aunque, en realidad, ni tú, ni los tuyos, habíais ganado nada.

Poco a poco aprendí que no. Aprendí que quienes nos ninguneaban eran quienes ninguneaban a otros como nosotros, aprendí que las banderas no son tan evidentes si tu clase es la misma, si tu situación es la misma. Las banderas son el egoísmo, la fractura, la valla que se inventaron para separarnos a los pobres entre nosotros y nosotras mismas. Las banderas se disfrazaron de unión, de pegamento, aunque en realidad eran disolventes, serruchos disponibles para la confrontación.

Aprendí que una bandera es un arma terminal, capaz de aglutinar en su ondeo a miles de personas que no saben muy bien ni el motivo de ese ondeo.

Ahora las banderas están de moda. En boca de todos, con nombres propios heredados de otros tiempos. Siguen separándonos, aunque unen a ‘los otros’ en sus pretensiones de desunión.

Odiamos banderas sin saber quiénes bailan bajo sus colores. Las odiamos porque tenemos que querer a otras, porque así nos lo han dicho y así lo ‘sentimos’; una bandera es un sentimiento, no lo olvidemos nunca.

Somos tontos y tontas por todos los bandos, los que odiamos y las odiadas, las entusiastas y los forofos, los que pitan himnos y las que los cantan. Va siendo hora de que despertemos y aprendamos que las banderas son inventos y el mundo solo uno.

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Ivan cano

Fotografía: Jesús Massó

Carlos va camino de los 40 tacos, lleva currando desde antes de acabar el instituto. Con mucha briega, se licenció en Historia y consiguió trabajar bastante de lo suyo (y derivados) mucho tiempo, reconvirtiéndose en ocasiones y bandeándose en otros empleos más ajenos: encuestas, teléfonos, puertas frías…

Puede ser que Carlos no eligiera bien en su momento, porque es verdad que la mayoría de sus compis de promoción son ahora profes de instituto y claro, a Carlos, a veces, eso le agobia. Por otro lado, también es verdad que Carlos ha publicado algunas investigaciones, es verdad que Carlos es emprendedor y es verdad que Carlos es respetado por su círculo, o al menos eso parece.

Ahora Carlos es autónomo y lleva ‘palante’ un negocio cultural junto con un socio-amigo y una socia-pareja que lo aguantan más o menos bien. Y, además, tiene un programita de radio que le complementa el sueldo, cuando el negocio le da para un sueldo.

Carlos comparte su vida con Carla, administrativa a media jornada en una PYME de la provincia.

Carla cobra 600 pavos y ‘tiene que estar contenta’ porque tiene un trabajo de lo suyo. Pero Carla, a veces, se agobia porque no ve que su profesión progrese, se agobia porque con 600 pavos no puede estar toda la vida y se agobia porque siente que “no evoluciona”.

Carlos y Carla viven en Cádiz, en el centro. Haciendo muchas cuentas, calcularon que podían destinar a su alquiler 350€ al mes, porque comer hay que comer, la luz hay que pagarla, hay que pagar la gasolina (Carla curra en El Puerto de Santa María), el agua, el móvil…ya sabéis, vivir cuesta pasta y a eso es a lo que voy.

Por ese precio miraron durante meses por todos los rincones de la ciudad. Por ese dinero, y por más, vieron agujeros con una sola ventana  pegada al techo y dando al patinillo. Por ese dinero, y por más, vieron ‘viviendas’ de escasos 10 metros, vieron casas vacías por completo, les pidieron avales, nóminas… Una vez les hicieron un casting para, tres semanas después, decirles que no. Por ese dinero, y por más, vieron pisos llenos de mierda (literalmente) que para entrar ni siquiera se lo limpiaban. Por ese dinero, y por más, se olvidaron ya de encontrar algo donde no tuvieran que pintar,  amueblar, dar de alta los suministros (con su coste y su molestia) y, por supuesto, se hicieron a la idea de gastar 5 litros de lejía amarilla de una tacada.

Por ese dinero, con desesperación e ingenio, encontraron 25 metros cuadrados de un antiguo lavadero (ático lo llaman ahora). Un lavadero que, con ingenio y voluntad, dejaron precioso pero que se les hace chico, pequeño, inútil para crecer, porque Carlos y Carla, ni se plantean tener mascotas, imagínate peques.

Yo, desde mi banqueta twitera, desde mi portátil, desde mi smartphone, leo sobre la gentrificación, y leo que se quiere evitar que Cádiz caiga en ella. Leo sobre los apartamentos turísticos, y los veo. Veo y leo cómo hay gente que insiste en un Cádiz turístico a cualquier precio y me acuerdo de los dominicanos y de los habaneros…Leo y veo, y aparece Carlos con la cara a reventar de alegría porque ya es primavera y en la azotea de su lavadero nos invita a un arroz que a Carla le sale de gran categoría. Está feliz porque ahora sí puede tener algunos invitados a comer, porque ahora pueden ir sus amigos y amigas a ver el piso porque dentro no caben, pero fuera sí. Es verdad que no pueden hacer mucho ruido, ni estar mucho tiempo, porque la azotea es común, pero bueno, algo es algo. Yo vuelvo a acordarme de la gentrificación y vuelvo a leer. Me acabo el arroz, los mojitos, abrazo a Carlos y me bajo la basura (por las molestias), la tiro en el contenedor y lo saco de la casapuerta, levanto la mirada y en la esquina se está rehabilitando otra finca para apartamentos turísticos.

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Ivan cano

Fotografía: Jesús Massó

Nos hemos equivocado eligiendo a nuestros ídolos, probablemente porque estamos errando la definición de ‘éxito’.

Dice la RAE en su segunda acepción del término ‘éxito’: Buena aceptación que tiene alguien o algo. Pues nos estamos matando para conseguirla.

No hace mucho, esa aceptación traducida en admiración, estaba dirigida a gente de acciones nobles; médicos, maestros, padres, madres, hermanos y hermanas mayores. Gente en la que nos mirábamos para poder crecer y ser lo más inteligentemente sanos posibles. Pero hemos transformado ‘éxito’ en caudal, cochazos, iPhones, trending topics, likes y retweets.

Nos hemos convertido en yonkies de la aprobación constante, en amantes del halago impostado, de la palmadita falsa y de la farsa cotidiana de un me gusta. Adoramos a personajes poseedores de objetos, carentes de talento, le damos cifras gigantes de share a cantantes que nunca supieron cantar pero que cenan con toreros que son ‘grandes’ por consanguinidad. Y lo peor no es que los adoremos, es que queremos emularlos; convertirnos en ellos, tener sus peinados, sus novias, sus novios y, por supuesto, sus vacaciones en Bali.

Hemos hecho de nuestro día a día una competición, adaptada e ideada para lograr ese falso éxito. Pisoteamos, mentimos, escavamos con las uñas, arañamos migajas y nos privamos, constantemente, de placeres naturales por conseguirlo. Una competencia insana (no conozco la competencia sana) para ver quién llega antes, quién tiene más, qué torre rasca más el cielo o qué empresa tiene más esclavos. Cuando no alcanzamos todo esto, nos sentimos inconclusos, aburridos, obligados y, evidentemente, tristes. Esa fijación por tener, acaparar, conseguir, poseer, lograr, alcanzar…nos impide disfrutar, reír, creer y crecer.

Dicen que es natural, que el ser humano, animal, quiere ser el más fuerte, el más poderoso, el mejor de su manada, que eso le servirá para procrear, etc. pero estaremos de acuerdo en que no somos animales como los demás; algo nos distingue para poder cambiar eso, para modificar las conductas, para dejar de lucir los cuernos en batallas estúpidas. Es verdad que nos educan para competir, desde pequeños queremos ser el primero de la clase, el segundo ya no cuenta, el primero en las carreras, el que mete más goles, el que sube más alto o el que llega más lejos meando. Y aquí es donde reside la clave, en educar; en hacer ver a quienes nos siguen que tener menos no significa ser menos, que atesorar menos no significa ser infeliz y que ‘éxito’ puede ser lo que queramos que sea, no lo que nos impongan que debe ser.

La vida no es cuestión de centímetros, ni de euros, ni de visitas en la web. Es mucho más que todos eso, y a la par, mucho menos.

Quizás, si no estuviéramos ensimismados, intentando capturar esos anhelos, conseguiríamos por fin la felicidad. Esa felicidad que nos regala el tiempo bien invertido en los amigos, la familia, las artes, los campos, los atardeceres o un buen desayuno sobre el mantel improvisado de tus sábanas, olvidándonos de likes y  retweets. Eso sí sería un éxito.