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A falta de la publicación, necesaria, de una contrahistoria del Cádiz liberal, no habrá otro remedio que seguir padeciendo los malentendidos crónicos generados por las habituales crónicas de ese Cádiz “nudo estratégico del comercio mundial” que fue.

Posiblemente, los fastos del bicentenario terminaron encallados en la intrascendencia debido a que se insistió en exceso en esta imagen fija del Cádiz de entonces, lo que terminó restando importancia a todo cuanto se movía en torno a esa bonita postal de brillo excesivo.

Un brillo que los muñidores incondicionales del mito liberal gaditano tomaron como reflejo de la realidad misma. De esta forma, empeñados en dar lustre al Cádiz liberal, se cayó en la complacencia y comodidad de la crónica (insistencia en los datos) y se desestimó hacer el trabajo duro y arriesgado en que consiste la Historia, que es la interpretación de esos datos.

En sintonía con este estado de cosas, en estos días de subastas electorales vienen a Cádiz líderes políticos no a comprometer políticas creíbles para revertir los graves problemas del Cádiz de ahora, sino a ofrecer liberalismo como garantía de modernidad, renovación y progreso. Por supuesto, echan mano de la consabida crónica del Cádiz liberal, recurso fácil que les exonera de explicar desde la Historia las causas de la “decadencia” de aquel emporio mercantil e ilustrado construido por dinámicos empresarios liberales de la burguesía del XVIII-XIX, para acabar, en nuestros días, convertida Cádiz en una ciudad atrapada en un frustrante marasmo económico generador de una sociedad subsidiada, conformista, pícara, pendiente sólo de los “eventos lúdicos”, según expresiones que recogía aquel informe publicado no hace mucho por los servicios sociales municipales.

Por una necesaria contrahistoria del cadiz liberal
Fotografía: Jesús Massó

De ser cierta esta realidad, Cádiz sería algo así como esas familias que exhiben un portentoso pasado, tan idílico, tan deslumbrante, tan inalcanzable, que los descendientes venidos a menos lo padecen como una losa que disuade e incluso impide cualquier intento de emular aquel pasado excepcional por considerarlo de antemano precisamente eso: excepcional, irrepetible.

De ahí la necesidad de replantear esa manida crónica del Cádiz liberal, en todo caso historia con minúscula, por distorsionadora de una realidad que ha ido engordando a costa de la ausencia de pensamiento crítico. Y para ello, resulta esencial que el tan loado esplendor liberal del Cádiz de entonces lo veamos como lo que en realidad fue: la pista de despegue de una ideología, el liberalismo, que, andando el tiempo, habría de llevarnos a la complicada realidad en la que se desenvuelve hoy Cádiz, Andalucía, España, Europa y el planeta en su conjunto.

No obstante, es difícil —imposible en cierta medida— enfrentarse a la fuerza inexpugnable del mito, especialmente cuando el mismo viene siendo cultivado y expandido acríticamente por el establishment académico, político, económico, mediático… A la eterna actualización del mito del Cádiz liberal contribuye también la inercia del pensamiento binario, que ante cualquier crítica al liberalismo dieciochesco opone el razonamiento de una supuesta permanencia del despotismo regio de no ser por la iniciativa revolucionaria de la burguesía liberal.

Pero lástima que haya que insistir en algo tan obvio e incuestionable como es que dicha revolución actuaba al mismo tiempo contra la soberanía regia y contra la soberanía popular. De ahí que John Brown, pudiera escribir con razón que “La idea de un liberalismo revolucionario y, por lo tanto, en ruptura radical con un antiguo régimen absolutista, teocrático y feudal es mucho más un elemento de la mitología del propio liberalismo que un reflejo de su realidad histórica”.

Al hilo de estas consideraciones, quisiera hacer referencia a un libro recientemente editado por la editorial Sílex (Cózar y Rodrigo Alharilla, eds., edit. Sílex, Madrid, 2018), con el título “Cádiz y el tráfico de esclavos: de la legalidad a la clandestinidad”. Personalmente, lo elegiría como introducción a esa “contrahistoria del Cádiz liberal” que echo de menos, porque, a mi entender, constituye una llamada de atención a cuantos insisten en ese mito del Cádiz liberal. Sin embargo, este libro ha pasado gloriosamente desapercibido (¿desdeñado?) en el entorno cultural gaditano, salvo algunas referencias en la prensa local y algún acto académico y de presentación. Será que, como bien afirma la coeditora del mismo, Carmen Cózar, “el tráfico de esclavos fue uno de los grandes problemas escondidos y no resueltos en las Cortes de Cádiz”.

Y es que este problema nunca habría podido (ni querido) ser resuelto por un liberalismo que pretendía investirse con ropajes democráticos promulgando una Constitución, la del Doce, que resultaba ya arcaica, obsoleta, y en absoluto democrática, desde el momento mismo de su promulgación. La idea (o ideal) constitucionalista resulta del todo incompatible con ciertas prácticas de entonces, toleradas o al menos no impedidas por unas Cortes que se decían revolucionariamente democráticas: tal era el caso del tráfico clandestino de esclavos, conocido y normalizado en la sociedad gaditana de entonces. Igual que en nuestra actualidad, las Constituciones liberales muestran su irrelevancia democrática cuando conviven con toda normalidad con las desigualdades y las injusticias cada vez más generalizadas y sangrantes.

El factor clave que hacía permanecer escondido y sin resolución en las Cortes de Cádiz el problema del tráfico de esclavos no era otro que la corrosiva “ética” liberal inspiradora de las peculiares Constituciones que han convivido, desde entonces, en feliz y productiva asociación con un capitalismo que se despliega en flagrante contradicción con la democracia: primero, y por encima de todo, los beneficios y el enriquecimiento de las oligarquías del dinero, con la consiguiente desposesión del común, y eludiendo con una y mil triquiñuelas los textos constitucionales, ya de por sí descafeinados, ambiguos y claramente escorados hacia la defensa de los más emblemáticos conceptos de la ideología liberal.

¿Alguien con espíritu crítico y solidario puede despejar hoy totalmente, visto lo visto, la sospecha de que tales Constituciones sean en realidad poco más que “la reglamentación de la vida de los débiles”?

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En plena virulencia del conflicto entre el taxi y las plataformas VTC (principalmente Uber y Cabify), hemos podido oír a un conductor de una de esas plataformas hacer esta declaración: “lo que tiene que hacer el taxi es modernizarse, adaptarse a los tiempos, y si no pueden tener un día libre pues que no lo tengan”.

Lo impactante de estas reveladoras palabras reside en que no proceden de los millonarios que están detrás de Uber y Cabify, sino que provienen de una diminuta y explotada piececita de ese engranaje general que reporta suculentos beneficios a quienes apenas tienen que mojarse ni aparecer en esos conflictos entre pobre gente en lucha desesperada por una precaria supervivencia. Es una muestra más de cómo “la nueva razón del mundo” (el neoliberalismo rampante de nuestros días) ha conseguido instalar en los cerebros la idea de que la alternativa a este mundo inhóspito es la lucha desesperada de todos contra todos… los desesperados, se entiende, que son la mayoría. Una guerra por la supervivencia entre gente previamente herida por los efectos de un sistema despiadado que sólo obedece a la lógica del abuso de poder.

No hacen falta muchas lecturas ni hacer un exhaustivo esfuerzo de observación para llegar a la constatación de que eso llamado “mercado laboral” (en aceptada pero engañosa terminología liberal), ha pasado de ser un sistema de reclutamiento disciplinador (en el sentido de Foucault), chantajista, e injusto por su nulo sentido democrático, a evolucionar hacia lo que hoy podríamos denominar “mercadeo laboral”: una auténtica picadora de derechos, una sibilina maquinaria destructora de la dignidad de la gente que depende de un empleo para vivir, una trampa cruelmente diseñada para despojar aún más a los ya despojados…

Se requiere gente 40
Ilustración: Pedripol

¿Y cómo hacen quienes pueden hacerlo para imprimir cada día una nueva vuelta de tuerca a este enloquecido panorama en el que todo parecido con un Estado de Derecho es sencillamente un sarcasmo? Pues aquí a mano, junto al teclado en el que escribo estas líneas, tengo dos ejemplos, dos maneras, de hacer ese sucio trabajo de “destrucción creativa” (otro constructo liberal engañoso) con el que se intenta que los atrapados canten alabanzas a la trampa.

Por una parte está el discurso que podríamos llamar del “solucionismo tecnológico”. Es un discurso plagado de expresiones que no resisten un “control de calidad” (por continuar con la jerga industrioliberal), digamos un análisis profundo, con referencia a la que debía ser finalidad última de todo ese entramado conceptual: las personas, las buenas personas, las personas corrientes, las personas más vulnerables, las personas que empeñan su trabajo por un salario justo, las personas que constituyen la mayoría…

Expresiones pretendidamente mágicas, prestigiadas por una peligrosa euforia tecnológica capaz de privar de sus aspectos positivos a cualquier tipo de tecnología, y, al mismo tiempo, banalizar y dar carta de naturaleza a los aspectos más negativos de las mismas. En un solo folio que recoge uno de esos tipos de discurso encuentro (y copio algunas), las siguientes expresiones: big data, predecir escenarios futuros mediante analytics, cloud on the edge, segunda generación de chatbots, realidad virtual, blockchain, necesidad de soluciones disruptivas, integración del mundo “core” con el mundo digital… Y así va edificándose un sofisticado edificio donde apenas aparecen quienes presumiblemente tendrían que habitarlo: las personas reales, corrientes… Sólo rara vez se habla de “el papel central que adquiere el desarrollo de talento con nuevas capacidades para afrontar los principales desafíos de la Industria 4.0 y de la digitalización”. ¿Se referirán al talento de las personas o al de la inteligencia artificial? Ya uno duda dónde se quiere hacer radicar ese talento necesario para llevar a cabo la denominada pomposamente “Revolución 4.0”. La pista nos la dan esos mismos impulsores de espacios habitacionales evanescentes, esos digito-arquitectos 4.0, cuando actúan en el mundo real del “mercadeo del trabajo”.

Aquí y ahora, y ya situados en el mundo real, se prescinde del utillaje terminológico futurista anterior y se apuesta por el pragmatismo de toda la vida, ese pragmatismo transversal que ha recorrido las Revoluciones 1.0, 2.0, 3.0, y que se quiere que continúe activo en la 4.0. Un pragmatismo de una brutalidad explícita y transparente, sin términos extraños que emborronan cosas tan claras y sencillas como son “las cosas de comer”. Los actores del aquí y ahora (que repito, son los mismos que se parapetan tras nombres espectrales como “Minsait”, “Waymo”, “Alphabet”…), lucen ya denominaciones más convencionales: por ejemplo, Confemetal, la patronal del metal que pide contratos “de inserción” para jóvenes, mediante el cual se permita pagar por debajo del convenio colectivo y abonar indemnizaciones “reducidas”. La inserción significa aquí trabajadores más baratos, tanto en sus sueldos como en la posibilidad de echarlos a la calle, tal como explica eldiario.es

En definitiva, lo que ambas formas del mismo discurso requieren es “gente 4.0”, que ya sabemos las “cualidades” —el talento— que deben tener y demostrar: fuerte resistencia a la precarización; una moral y una ética volátiles; orgullo de clase asépticamente amputado; buen talante y constante sonrisa a prueba de desalientos puntuales; alabar a tu empleador en tus conversaciones cotidianas; disponibilidad 24 horas 365 días en previsión de avisos “online”; talento para banalizar ocasionales humillaciones, necesarias para una mejora de la competitividad personal; capacidad emocional para practicar la indiferencia ante las llamadas “injusticias”; ni mú en asuntos de “ideología de género”, cuestiones LGTBI u otras cuestiones que excedan el interés de la parte contratante; libres de cargas u obligaciones familiares… etc.

En un libro publicado en España hace ahora diez años con el título de “Trabajo y sufrimiento: cuando la injusticia se hace banal”, y que pasó gloriosamente desapercibido, su autor, Christophe Dejours, se preguntaba: “¿Cómo aceptamos sin protestar unas exigencias laborales cada vez más duras, aun sabiendo que ponen en peligro nuestra integridad mental y psíquica? ¿Por qué miramos hacia otro lado ante la suerte de los parados y los “nuevos pobres”? ¿Cómo se tolera la humillación resignada que se presenta de forma cotidiana en tantos lugares de trabajo?”

¿Tendrá la Revolución 4.0 respuestas a tales preguntas?

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Como es bien sabido, el movimiento mereció una atención intelectual preferente entre los primeros filósofos griegos, que vincularon el cambio —el devenir de la realidad misma— precisamente al movimiento. “Nada cambia sin movimiento de por medio”, podría ser el axioma exitoso de aquellos remotos pensadores. Paralelamente, por aquel entonces, aparece también el rechazo a la idea de movimiento, y, en consecuencia, la aversión al cambio. Extrapolando, y tal vez forzando un poco las cosas, podríamos decir que en aquellos momentos surge también esa actitud conservadora (ahora diríamos reaccionaria) de toda la vida, que niega los valores y la fecundidad del movimiento y su relación con el cambio.

jaime rosales
Fotografía: Jesús Massó

Dicen las crónicas librescas que la solución a esta polémica la aportó Aristóteles… Pero a pesar de tan ilustre autoría, aquella pretendida solución no sirvió, a lo que se ve, para dirimir definitivamente en la controversia. Andando el tiempo, la aversión al movimiento y al cambio se mantuvo viva como seña de identidad de la intolerancia y la cerrazón. Ya en época tardía (bien entrado el s. XVII) asistimos a la célebre, aunque posiblemente apócrifa, autoexculpación (¡Eppur si muove!) de Galileo ante el inquisitorial tribunal que lo juzgaba por, precisamente, defender el movimiento  de la Tierra, contra la concepción inmovilista de los ultraconservadores de entonces, que pretendían un planeta Tierra y un universo inertes, congelados, en permanente letargo y quietud.

Y el caso preocupante es que hoy andamos enredados aún en aquella vieja controversia que, históricamente, desde el intelecto fue bajando, bajando, hasta anidar en las tripas de determinado tipo de gentes, y de allí acabó enquistándose en las gónadas de reaccionarios y ultraconservadores exaltados, propensos a imponer a los demás el inmovilismo y a impedir todo atisbo de cambio. Es evidente que el movimiento, el cambio, resultan atávicamente molestos aun hoy para muchos conciudadanos nuestros, para quienes la única realidad dinámica que consideran permisible y deseable es la dinámica de los mercados, el flujo de capitales, la pujanza de las bolsas…

En cambio, están contra cualquier otro movimiento: aborrecen el movimiento migratorio, porque son excluyentes; quieren impedir el desplazamiento de refugiados y parias de la Tierra, porque son crueles; abominan del movimiento feminista, porque son casposamente machistas; pretenden hacer la vida imposible a quienes se mueven por el reconocimiento de las diferencias, porque son intolerantes; cierran los ojos a la realidad del cambio climático, porque son fanáticos de la estabilidad y de las realidades inmutables… En definitiva, son anacrónicos, porque no ayudan en nada, sino que entorpecen, la mejora del mundo y de todo cuanto en él se mueve…

El problema es que se agrupan bajo aquella tosca divisa que resonó hace poco en el Congreso, y que entonces, como ahora, es capaz de helar el fluido sanguíneo de cualquiera que pretenda moverse: ¡¡Quieto todo el mundo!!

Y así, los hay que pretenden suprimir todo cambio habido desde los tiempos de la Reconquista, nada menos, punto de referencia desde el que aspiran a pastorear el mundo. Otros, cuya exigua memoria histórica comienza y acaba en los tiempos del paleolítico liberal, quieren someter al letargo y a la parálisis todos los derechos  conseguidos superando el toque de queda del inmovilismo, refractario a la justicia, la igualdad y la fraternidad, términos civilizatorios que vienen grandes a ciertas cabecitas abiertas sólo a la mezquindad de lo individual, de lo diminuto y de lo inmóvil. Constituyen la grey de quienes añoran y persiguen aquél imposible e inexistente motor inmóvil: dios, el mercado…

Saben que “nada cambia si nada cambia”, según la acertada frase que he oído, o leído, recientemente no recuerdo dónde. Y ahí están, maquinando contra todo cambio, contra todo lo que se mueve. Pero ignoran que las leyes físicas (cuando están bien formuladas) nos describen un universo en continuo movimiento y permanente cambio…, igual que unas leyes sociales (cuando son justas) nos ofrecen la posibilidad de cambio hacia  un mundo de libertad, igualdad y fraternidad, cuya realización sí sería la solución a tan larga y penosa controversia, y que tanto desasosiego ha traído y sigue trayendo a la gente de buena voluntad de todos los tiempos y de todos los pueblos del planeta Tierra. Planeta que, no lo olvidemos, está en permanente movimiento y en continuo cambio, para fortuna de la Vida, que sabemos no prospera en compartimentos estancos, cerrados, ni en ambientes refractarios a la diversidad…

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Pastor
Fotografía: Jesús Massó

No parece que esté suficientemente estudiado el fenómeno en virtud del cual un determinado derecho, conseguido indefectiblemente mediante arduas luchas contra los poderes establecidos, termina constituyendo, ese mismo derecho, un obstáculo para la consolidación y mejora de la democracia. El Poder encuentra siempre la manera de revertir a su favor cualquier concesión que, en principio, parecería iba a modular su potencial dominador, pero que, finalmente, esa misma concesión, termina siendo un elemento más que favorece su capacidad real de dominio.

Es lo que está ocurriendo con un derecho fundamental que creíamos felizmente incorporado ya para siempre al activo de las democracias actuales: el derecho al sufragio. El procedimiento concreto mediante el cual se ha venido ejerciendo, actualizando, haciéndose efectivo, este derecho fundamental son las elecciones tal como hoy las concebimos y practicamos, ya sean estas locales, autonómicas, generales, europeas… Dicho esto, puede que quien esté leyendo estas líneas se pregunte: ¿En qué medida, en qué sentido, y cómo, el derecho al sufragio puede obstaculizar el perfeccionamiento democrático? ¿No habíamos dicho que votar es siempre un acto que define y prestigia a la democracia?  Veamos…

De entrada, y aunque parece que la sociedad no lo echa en falta, existe una clamorosa ausencia de debate en profundidad acerca de un elemento tan fundamental y definitorio de cualquier democracia, como son las elecciones. Y no me refiero ahora, claro, a ciertos aspectos restringidos y más concretos de los procesos electorales, como por ejemplo el problema de las circunscripciones, que genera desigualdad real entre el electorado, y que también afecta a la relación votos obtenidos/reparto de escaños… El caso es que tenemos en puertas una cascada de elecciones y ese debate no parece oportuno plantearlo ahora. Pero su ausencia se dejará sentir y al final del proceso cabe prever como resultado más significativo un cuerpo electoral maltrecho y una democracia liberal inmutable —como mal menor— y en consecuencia ajena a tantos y tantos asuntos de fondo que previsiblemente seguirán sin resolver ni atender, o mal resueltos. Todo ello ante el temor de quienes vemos encogerse día a día las posibilidades de una democracia sin los agujeros y trucos de esta que dicen ser una democracia asentada y garantista…

Puede ser que estemos pidiendo a la democracia liberal realmente existente lo que no puede ni pretende dar, porque está diseñada para lo que está diseñada. A menudo olvidamos el origen y el carácter aristocrático de la democracia liberal, que ha determinado la sensibilidad, la intencionalidad y la orientación de tal sistema a través del tiempo. No vendría mal recordar que la generalización del derecho al sufragio, pese a tener tras de sí una larga y dura lucha reivindicativa, solo fue reconocido y tolerado por los poderes liberales de entonces tras haber sometido a la política a unos convenientes niveles de desactivación, en orden a asegurarse de que el acceso de las mayorías al sufragio no llevaba aparejada la renuncia a los privilegios fundamentales de los que venían gozando las élites beneficiadas por el sistema. ¿Quién pondría en duda el hecho preocupante de que en torno a las democracias liberales realmente existentes en el mundo están originándose hoy más conflictos que soluciones, especialmente para las capas más desprotegidas de la sociedad?

Por ello, no podemos ignorar ni infravalorar la existencia de factores que desvirtúan el valor democrático que tiene ejercitar el voto. Uno de los más tristes y preocupante de estos factores es, qué duda cabe, el moldeamiento deliberado de las conciencias, la perturbación intencionada de la capacidad para discernir con claridad los distintos factores que entran en juego a la hora de ejercer la soberanía popular, la creación de condiciones que hacen cada vez más difícil “leer” la realidad social, política, económica… Porque una cosa es que la realidad sea de suyo compleja, y otra muy distinta es que se la haga complicada, confusa…, en suma: ininteligible.

¿Somos conscientes, por poner un ejemplo harto evidente, del efecto que tiene en las elecciones ese ambiente de miedo generalizado y difuso que con evidente irresponsabilidad se propala machacona y de manera burda desde los poderes interesados en anular cualquier intento de cambiar el orden establecido? ¿Estamos en disposición de conocer los intríngulis extrapolíticos que se ciernen como nubarrones negros sobre un hecho aparentemente libre como es el ejercicio del voto? ¿Qué papel está teniendo en relación a la democracia y al ejercicio efectivo de la soberanía popular todo el entramado delictivo que se canaliza vía algoritmos, inteligencia artificial y redes sociales?  ¿Cuánto hay de verdad en esa sospecha que se agranda día a día entre la ciudadanía, de que nuestros destinos están cada vez más mediatizados por poderes ajenos a la democracia y que, por tanto, el ritual electoral es poco menos que un entretenido juego para que nos creamos dueños de nuestros destinos?  La envergadura y la dureza de estas cuestiones son los motivos por los que, probablemente, se nos invite a participar en las elecciones como una “fiesta de la democracia”, en la que supuestamente se disfruta hasta morir.

Con todo, el fenómeno más aterrador, que a las esferas de los distintos poderes no parece preocupar demasiado (¡¡hace subir las bolsas!!), es la proliferación de dirigentes autoritarios —cuando no abiertamente fascistas— como resultado “normal” de elecciones supuestamente democráticas y libres… No es un fenómeno nuevo en la historia reciente de las democracias liberales, de ahí la preocupación extrema que debería generarse en los aledaños del Poder.

Y para finalizar, un conjuro contra el pensamiento binario: cuestionar la democracia (esta democracia), y arrojar dudas sobre la bondad de las elecciones (estas elecciones), no significa que tengamos que dar la espalda ni a esta democracia ni a estas elecciones; de lo que se trata es de aprovechar todos los márgenes disponibles para propiciar otras elecciones y otra democracia. Es lo que hacen “los malos”, pero con intenciones bien distintas a las nuestras, lector, lectora, porque el fascismo no es en absoluto democrático…, aunque se nos quiera convencer de lo contrario.

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Jpastor
Imagen: Pedripol

Al poco tiempo de tomar posesión el nuevo Gobierno del PSOE, la actual Ministra de Educación anunció que su Ministerio tiene la intención de poner en marcha una asignatura obligatoria a la que seguramente —puntualizó la Ministra— NO se iba a denominar “Educación para la Ciudadanía”, sino tal vez “Educación Cívica”, “Valores Cívicos”, o algo parecido.

Ni que decir tiene que recibo con una gran satisfacción las palabras de la nueva titular de Educación. Solemos olvidar, o desconocer, que muchas de las grandes insuficiencias democráticas que padecemos se derivan de una deficiente educación cívica de una parte amplia de la sociedad. Deficiencia, por supuesto, inducida y deseada desde los ámbitos del Poder.

Pero más que el contenido de lo que se anunciaba, me llamó la atención el tono empleado por la Ministra: faltó poco para que pidiera disculpas explícitas por sus pretensiones.  Y la comprendo, pues ahí es nada volver a insistir en implantar una asignatura —la Educación para la Ciudadanía— que fue combatida fieramente desde el principio, desactivadas sus potencialidades después, y, finalmente desterrada del currículo educativo, para el indecente regocijo de la derecha más recalcitrante. Y así, tras la activa oposición de las fuerzas ultra-conservadoras (incluida la iglesia católica) y la indiferencia de la sociedad en general, la asignatura de Educación para la Ciudadanía quedó definitivamente enterrada en el olvido, ese lugar de nuestra mente colectiva donde se generan las grandes y graves deficiencias democráticas de nuestro tiempo…

Ahora, el flamante Gobierno del PSOE quiere apostar de nuevo por recuperar una asignatura específica centrada en la educación para la ciudadanía, o educación cívica. Así lo aseguró expresamente la actual Ministra de Educación. Pero tácitamente estaba añadiendo  “…y perdonen las molestias”. Y es que la nueva titular de Educación es sin duda consciente de que, junto al aumento de la presión fiscal sobre los grandes bolsillos, tal vez sea la educación para la ciudadanía —es decir, el empoderamiento intelectual y moral de la gente respecto a la realidad social, política y económica en la que vive—, las cuestiones que más ponen de los nervios a ese poder que teme y combate por todos los medios la emergencia de una ciudadanía formada y realmente informada, blindada contra la manipulación, refractaria a las mentiras, e incrédula ante los típicos cuentos —relatos— emanados de los poderes no democráticos, que son los que realmente dirigen nuestras vidas, y a los que con más frecuencia de la deseable sucumbimos.

Por todo ello, es preciso partir de un hecho evidente: volverán a renacer con fuerza las susceptibilidades de la caverna contra la educación para la ciudadanía, o educación cívica (la denominación es lo menos importante). Ante una actitud tan claramente antidemocrática, es esencial no transigir ante esa  especial y regresiva sensibilidad conservadora que, primero, intentará que sea una asignatura ligh, desactivada, “inofensiva”, para finalmente eliminarla de nuevo a la primera oportunidad que tengan de hacerlo. Porque la intención última, ya demostrada, es impedir cualquier posibilidad de pertrechar a la ciudadanía con la más valiosa de las mochilas: la posibilidad de construir en libertad su propia autonomía y el impulso para incrementar su soberanía, muy menoscabada como consecuencia de las prácticas abusivas de una democracia amañada, como es la democracia liberal realmente existente.

Escribió en su día Max Horkheimer —en relación a otro contexto contemporáneo suyo, pero no del todo distinto al actual— que “pronto los caminos del pensamiento serán transitados sólo por sus perseguidores”. Del mismo modo, quienes creemos en la necesidad de una educación potente —y la educación para el ejercicio de la ciudadanía lo es— no podemos dejar que los caminos de la educación cívica sean transitados sólo por quienes la persiguen. Por ello tenemos la obligación moral de estar ahí, de entender y apreciar el sentido esencial e imprescindible de la educación cívica, con el firme compromiso de practicarla desde nuestras posiciones y circunstancias personales en la sociedad. A favor de una educación cívica deberíamos estar todos y todas, para defenderla, fomentarla, divulgarla y hacerla atractiva a quienes le dan escasa o nula importancia, bien por desconocimiento o bien por susceptibilidades y prejuicios ideológicos. Y por supuesto, deberíamos exigir su permanencia sea cual sea el partido que en cada momento gobierne.

Y, como ya digo, en el caso de que la asignatura de Educación Cívica llegue a ser una realidad de nuevo en los curricula escolar y académico, surgirán igualmente de nuevo los perseguidores. Volverán a renacer con fuerza las susceptibilidades de la caverna porque una verdadera educación cívica gira necesariamente en torno a una serie de aspectos esenciales y transformadores, claramente opuestos a ideologías de corte autoritario, conservador e insolidarios. Conviene por tanto tener muy presente cuáles son esos aspectos irrenunciables que deben informar la filosofía, la letra y la práctica de dicha asignatura, en evitación de eventuales transacciones que devalúen y desactiven significativamente su mordiente transformador.

Por todo ello, me permito comentar, sin ánimo de exhaustividad ni prevalencia, y de manera breve, algunos de esos aspectos que a mi entender deben estar incluidos necesariamente en una asignatura de Educación Cívica que pretenda ser realmente transformadora.

Ante todo, lógicamente, parece imprescindible partir de un reconocimiento claro y de un convencimiento profundo del valor cívico indiscutible de la educación en general y de la educación para la ciudadanía en particular, con la mirada puesta en conseguir el objetivo de que cada persona, cada ciudadano, cada ciudadana, llegue a interiorizar como una oportunidad de enriquecimiento moral propio la contribución a la igualdad, la justicia y el bienestar general. Cuando las fuerzas reaccionarias tanto la combaten, es seguro que la educación cívica constituye un camino acertado para que las sociedades, la gente, la ciudadanía, puedan alcanzar las cotas de  libertad, de democracia y de soberanía que, con diversos subterfugios, están limitadas (y limitándose progresivamente) en contextos democráticos de baja intensidad.

Así mismo, la educación cívica debe incidir de manera clara en promocionar los valores de lo público, en su sentido amplio y profundo, entendido como logro cultural, social y político irrenunciable. Ello incluye la capacitación ciudadana para la construcción y desenvolvimiento de unas instituciones públicas creadas con criterios realmente democráticos, refractarias a los distintos tipos de corrupción, al objeto de que la ciudadanía pueda impedir que, como a menudo ocurre ahora, desde dichas instituciones se legisle y/o gobierne en contra de las capas más desfavorecidas y vulnerables de la sociedad. Valorar lo público significa estimar la necesidad de una sociedad decente, igualitaria, responsable, justa, pacífica, fraterna…, verdaderamente democrática, en definitiva.

De igual modo, una cultura cívica deseable tiene que estar predispuesta a considerar como positivos para la convivencia democrática los valores de la diversidad, en todas sus formas, contra la opinión de quienes identifican diversidad con conflictos irresolubles, caos y problemas de “orden público”. Pero sólo desde una perspectiva constructiva de la diversidad podemos trabajar en favor de una potente pedagogía-acción para la resolución de conflictos… La Educación Cívica puede y debe ser la herramienta adecuada para potenciar la convivencia en lugar del enfrentamiento, para facilitar encuentros donde la intolerancia sólo concibe encontronazos.

Y directamente relacionado con lo anterior, la Educación Cívica tiene que servir a la necesidad de potenciar una visión compleja de la sociedad, del mundo, de la política… Muchas de las insuficiencias democráticas actuales provienen de esa visión simplista y estrecha que suele estar en el origen de actitudes intolerantes, de corte autoritario, xenófobas. En aquellos asuntos en los que tiene lugar la interacción humana (y la política lo es en grado sumo), la simplificación es el camino seguro hacia el error, la conflictividad y las injusticias.

Otro aspecto inseparable de la educación cívica es el fomento de la capacidad crítica, es indispensable poner a disposición de la ciudadanía las herramientas, la información más veraz y las prácticas intelectuales más adecuadas, al objeto de que cualquier persona obtenga la capacidad y la motivación para desenmascarar los verdaderos poderes, intereses y procesos que mueven el mundo. Desenmascarar, y digo bien, porque las causas y consecuencias de las grandes cuestiones y conflictos que nos afectan suelen estar enmascaradas tras múltiples y engañosas apariencias y falsos discursos.

Por otro lado, la educación cívica tiene que ser un elemento firmemente empeñado en el fomento y la potenciación de la empatía y la fraternidad, tanto entre las personas individuales que conforman la sociedad, como entre pueblos, sociedades distintas, colectivos…, etc. Estamos inmersos en una cultura que justifica e incluso ensalza la competencia, que de ordinario no suele ser competencia sana, sino simple y llanamente pasar por encima de los otros cabalgando privilegios o situaciones de superioridad económica o de estatus. Revertir los hábitos de la competición por los de la cooperación debe ser un objetivo esencial de la Educación para la Ciudadanía.

Y por último, pero no por ello menos prioritario, la Educación para la Ciudadanía, o Educación Cívica, debería hacernos a todos y a todas mejores y más demócratas. La indiferencia ante las cuestiones sociales, la desvinculación de la política activa, el desinterés por la suerte de los más desfavorecidos y vulnerables, la desmotivación participativa ante tanta corruptela y tanto truco, son actitudes que abogan a favor del desistimiento ciudadano, para beneficio de las élites dueñas de la situación. Me gusta esa afirmación que señala la perfectibilidad —es decir, la capacidad/posibilidad de perfeccionamiento—, como la virtud central de la democracia. Una verdadera Educación para la Ciudadanía nos habilita para participar de forma consciente, informada, constructiva, altruista…, en ese proceso de perfeccionamiento continuo de la democracia.

Cuando termino de redactar estas líneas germinan susurros, que pueden terminar en gritos, barajando la posibilidad de que el actual Gobierno se vea obligado a convocar anticipadamente elecciones generales. Muchas intenciones, entre ellas la de implantar la asignatura de Educación Cívica, puede que vuelvan a quedar en el olvido colectivo, que, como he dicho más arriba, es ese fatídico lugar donde se generan las grandes y graves deficiencias democráticas de nuestro tiempo… y de todos los tiempos.

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Jaimepastor
Imagen: Pedripol

Superada la sorpresa, ¿deberíamos celebrar —seamos o no pensionistas— el cambio de criterio del gobierno de Rajoy respecto a las mejoras de las pensiones? La sorpresa surge porque, inexplicablemente, el gobierno del PP ha sacado de la chistera un pico de millones de euros para atender una parte sustancial de las reivindicaciones de quienes perciben una pensión pública. Digo sacado de la chistera porque, sin duda, ha sido un juego de manos, un recurso a la magia, teniendo en cuenta que, hasta ahora, el propio Rajoy aseguraba por activa y por pasiva que no los había, y que no existía manera alguna de conseguirlos… Y de pronto, ¡ale hop!, los hay: pura magia, repito. En cuanto a celebrar esta rectificación —ya que agradecerla quedaría feo democráticamente hablando— creo más adecuado escribir unas líneas de reflexión en clave aguafiestas.

Ironías aparte, resulta que —como seguramente conocen ustedes—, siendo decisivo en función de la aritmética parlamentaria el voto del PNV para la aprobación de los Presupuestos Generales presentados por el gobierno del PP, el partido nacionalista vasco puso finalmente como una de las condiciones para apoyarlos que se incrementaran las pensiones públicas en todo el Estado un 1,60%, en línea con la subida del IPC, tal como reclaman las y los pensionistas, entre otras medidas. ¿Debería este colectivo estar de enhorabuena y dar las gracias al gobierno —como reclamaba el desafortunado y tosco portavoz Rafael Hernando— ante esta “generosa” medida del ejecutivo de Rajoy? Pues parece que no. Pensionistas de toda España, lejos de mostrar agradecimiento, insisten en su insatisfacción, y aseguran que continuarán con  las movilizaciones.

Efectivamente, no sólo quienes perciben una pensión pública, sino la sociedad en su conjunto, tienen —tenemos— motivos para la indignación, por muy “generosa” que pueda parecer al referido portavoz del gobierno, y a su partido, esta lluvia de zanahorias montorianas esparcidas sobre un colectivo tan importante en número y significación social, como es el de aquellas personas que viven de una pensión. Porque tanto el gobierno de Rajoy (PP) como el de Urkullu (PNV), con la concesión de esta subida lineal de las pensiones, han dado un paso más hacia ese futuro-presente de una democracia supuestamente democrática en la que para alcanzar la gracia (no el reconocimiento, el respeto y la salvaguarda de derechos) de los poderes políticos de turno, la ciudadanía se ve obligada a entregar a cambio lo que quizás constituya el valor inmaterial humano por antonomasia: la dignidad.

Y es que no puede calificarse de otra manera que de indigna esa práctica “política” que hace descansar una insignificante y tardía subida de las pensiones sobre la aprobación de unos Presupuestos Generales del Estado también indignos, en cuanto que constituyen un paso más en el proceso de descredito del ya de por sí endeble sistema democrático que nos quieren hacer pasar como modélico. Pero ya sabemos que para el liberalismo existe la libertad (la libertad liberal), pero no existe la dignidad (la dignidad personal) de la gente corriente y concreta…, especialmente de aquella gente menos favorecida en el desigual, injusto e ilegítimo reparto de las rentas. A ese mecanismo “político” indigno, que obliga a entregar al completo la dignidad a cambio del reconocimiento incompleto de un derecho, es a lo que está negándose con contundencia y responsabilidad el movimiento de pensionistas.

No deberíamos perder de vista un hecho fundamental para la comprensión de todo lo que está ocurriendo no sólo en España, sino en el mundo “democrático” en su conjunto, es decir, en ese contexto que con grandilocuencia interesada se suele denominar “la cultura democrática occidental”. Porque este caso que estamos analizando, la práctica de una “política” indigna, hecha de puro e interesado tacticismo, no es un episodio aislado en el devenir de esta democracia liberal escasamente democrática que cada vez estamos disfrutando menos y vamos a padecer más, a juzgar por las tendencias que apuntan en esa dirección, y que se confirman a cada día que pasa. Veamos…

Hubo un tiempo —que no debería producirnos rubor intelectual en llamar historia del movimiento obrero— en el que los logros literalmente arrancados por la clase trabajadora a los poderes de la explotación, el dinero y el seguidismo político, lejos de rebajar la dignidad y la autoestima de los trabajadores, las incrementaban, porque tanto los movimientos reivindicativos como los logros penosamente alcanzados eran consecuencia de una conciencia de clase (una “cosa” que los “modernos” neoliberales pretenden desactivar tratando de convencernos de que es una antigualla de la historia). Tanto las acciones reivindicativas, como los logros, eran causa y efecto de una conciencia del valor de la unidad y de la solidaridad entre quienes no tienen más riqueza que su trabajo. Escribo estas líneas el día uno de mayo, desactivado Día Internacional del Trabajo, y pienso que esa dignidad fundamentada en la conciencia de pertenecer al numeroso colectivo de los comunes, esa conciencia del valor de la unidad, de la importancia de la actitud crítica, de la determinación de no dejar pasar ni una a los poderes indignos e ilegítimos…, esa dignidad es la que se ha intentado extirpar de la subjetividad de la gente trabajadora. En su lugar, desde el Poder, se ha pretendido conformar una masa pastoreada de trabajadores postmodernos, clínicamente desmemoriados a propósito.

En lugar de trabajadores reivindicativos, dignos y orgullosos de serlo, se les ha querido reducir de nuevo a la categoría de siervos de la gleba, propia de otros tiempos. Sujetados a faenas trastocadas y precarias, autóctonos sempiternos del tajo, y hasta hace poco atiborrados de entelequias tan aparatosas como evanescentes llamadas “poder adquisitivo”, “calidad de vida”, “progreso”, “cultura del ocio”, y otras seductoras excrecencias de origen liberal-anal, sobreviven en estos tiempos de plomo con jornales de miseria, horarios de goma, y despojados muy a menudo de su dignidad… Desmesuradamente “informados” ahora por una desinformación inducida, y que por su característica inflación suele impedir el conocimiento cabal de las cosas, casi se ha conseguido hacerles olvidar el pasado tortuoso, pero digno, de las conquistas de ese movimiento obrero que ahora se quiere presentar como una reliquia del pasado, prescindible por tanto, según el taimado pensamiento contable neoliberal.

Este es el panorama laboral impulsado por las élites hiperfavorecidas gracias al imperio de unas leyes expresamente legisladas a su favor. Cada reforma significa, en realidad, una vuelta de tuerca más en el proceso de incremento de la explotación y de las desigualdades, que son ya hirientes en el mundo… Había algo más que robar que aquella “vieja” plusvalía, de la que ya consiguieron apropiarse: ahora están intentando, como ya he señalado, despojar a ese mundo del trabajo postmoderno, de diseño neoliberal, incluso de su dignidad. Se llevó a cabo una previa operación de individualización, de aislamiento (sindicación para qué); se favoreció la desmemoria de aquella lucha obrera, y se esparció sobre la sociedad un miedo constante y difuso que disuade la acción reivindicativa.

Afortunadamente, no todo está perdido: movimiento 15M, presencia masiva de un feminismo siempre activo, activismo de pensionistas, mareas y plataformas reivindicativas diversas… La dosificación discrecional de zanahorias como burdos cebos resulta ser una maniobra zafia e indigna que sólo sirve para retratar a los políticos que hacen uso de ella. La gente va siendo de nuevo consciente de que, en democracia (en auténtica democracia), los derechos no son materia de intercambio por migajas de zanahorias, porque el principal derecho es la dignidad. Y la más irrenunciable responsabilidad de quienes están ahí en representación de la soberanía popular es, precisamente, proteger a la gente, a la ciudadanía, de esos poderes globales que cada día intentan privarnos de la democracia y de la dignidad. Ante políticas engañosas e indecentes, insistamos: así no; sin dignidad, no. No obstante, puede que surja una duda inevitable: ¿sabrán los acaparadores de las zanahorias qué es eso de la dignidad?