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Pastor
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Lejos de haberse extinguido a manos de esta nuestra sociedad de la amnesia selectiva, a√ļn sigue vivo el esp√≠ritu de aqu√©l memorable art√≠culo (1989) de Francis Fukuyama en el que se proclamaba, nada menos, que el final de la Historia, con may√ļscula. La causa de tan fenomenal suceso de trascendencia cuasi-c√≥smica la hac√≠a residir el autor del art√≠culo ‚ÄĒcomo recordar√°n ustedes‚ÄĒ en el triunfo definitivo, absoluto e incontestable del liberalismo en el mundo. Un triunfo que hac√≠a ya pr√°cticamente in√ļtil e innecesario seguir buscando f√≥rmulas nuevas o alternativas de organizaci√≥n econ√≥mica, pol√≠tica y social, una vez iniciado el proceso de desmantelaci√≥n del comunismo sovi√©tico, el otro polo que en oposici√≥n al liberalismo ha venido sustentando el reduccionista relato binario que la intelectualidad liberal ha procurado mantener siempre activado mediante una propaganda tan incansable como cansina.

Y aunque incluso muchos liberales consideraron las tesis de Fukuyama como una especie de pasada en la defensa a ultranza de las supuestas bondades del liberalismo, lo cierto es que todav√≠a hoy asistimos a la proliferaci√≥n de apologetas que intentan disuadirnos de cualquier b√ļsqueda de alternativas, tanto pr√°cticas como te√≥ricas, puesto que en ausencia del ideario liberal y sus pr√°cticas s√≥lo puede existir ‚ÄĒaseguran los guardianes de la llama liberal‚ÄĒ irracionalidad y error, o reg√≠menes desp√≥ticos. No falta, por supuesto, en este programa propagand√≠stico, la apelaci√≥n liberal a la supuesta adaptabilidad del liberalismo a las necesidades y circunstancias de la democracia‚Ķ liberal, eso s√≠. Tampoco la referencia a las libertades individuales, a la libertad de expresi√≥n, a la garant√≠a de los derechos civiles‚Ķ En definitiva, la ideolog√≠a liberal, convertida en mito, admitir√≠a hasta la naturaleza perfectible de la democracia‚Ķ, siempre, claro est√°, que no se cuestionen aspectos que vayan precisamente contra los principios puramente liberales (no ya contra la democracia), como la libertad liberal del mercado (aunque ello suponga en la pr√°ctica la instauraci√≥n de la ley de la selva), la preponderancia de la propiedad privada sobre muchos otros derechos, (especialmente los de quienes carecen de propiedades), la fobia a la regulaci√≥n del trapicheo econ√≥mico (no ya de la econom√≠a)‚Ķ, etc.

En definitiva, que a estas alturas de la historia tenemos, no indicios, sino incontestable constancia emp√≠rica de que el liberalismo, sus pr√°cticas realmente existentes y actuantes, nada tienen que ver con ese liberalismo supuestamente virtuoso que nos presentan los propagandistas liberales. Porque, como bien lo expres√≥ John Brown en su libro La dominaci√≥n liberal (Tierradenadie ediciones, Madrid, 2009, p√°g. 21), ‚ÄúLa idea de un liberalismo revolucionario y, por lo tanto, en ruptura radical con un antiguo r√©gimen absolutista, teocr√°tico y feudal es mucho m√°s un elemento de la mitolog√≠a del propio liberalismo que un reflejo de su realidad hist√≥rica‚ÄĚ. En efecto, la realidad hist√≥rica del liberalismo, despojado de su mitolog√≠a, ha sido la historia de la imposici√≥n de una democracia incompleta, de una democracia ama√Īada, consintiendo ‚ÄĒsiempre de mala gana‚ÄĒ las justas y leg√≠timas reivindicaciones de las mayor√≠as menos favorecidas, escatimando y desactivando demandas con el miserable reparto de migajas, o utilizando abiertamente la coerci√≥n y hasta la violencia, justificada con ‚Äúel derecho leg√≠timo y monopolista de la violencia f√≠sica de todo estado‚ÄĚ, como en su d√≠a se encarg√≥ de teorizar Max Weber.

Y en relaci√≥n con lo expresado hasta aqu√≠, precisamente estos d√≠as llega a las librer√≠as una de esas obras hagiogr√°ficas, en esta ocasi√≥n prestigiada por la relevancia de su autor: el Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa. Quiz√°s para atenuar su car√°cter program√°tico, propagand√≠stico, el escritor peruano califica esta su obra ‚ÄĒtitulada La llamada de la tribu‚ÄĒ como autobiograf√≠a intelectual y pol√≠tica.

Pr√°cticamente acabo de leer ‚ÄĒm√°s por ‚Äúobligaci√≥n‚ÄĚ intelectual que por devoci√≥n tribal‚ÄĒ esta nueva pero nada novedosa aportaci√≥n a la mitolog√≠a liberal. Sinceramente, recomiendo su lectura, pero sugiero hacerlo con gafas anti-t√≥picos, con esp√≠ritu abierto, intelectualmente sereno, comprensivo, pero al mismo tiempo cr√≠tico. Aunque estoy seguro que quienes lean sin prejuicios las p√°ginas de La llamada de la tribu caer√°n enseguida en la cuenta del descuadre existente entre la prestigiada personalidad intelectual de su autor ‚ÄĒ¬°¬°es Premio Nobel!!‚ÄĒ y la tosquedad de los argumentos empleados para defender a toda costa lo indefendible: la supuesta validez exclusiva del liberalismo como herramienta para afrontar los graves problemas generados por el propio liberalismo en el mundo‚Ķ Lo que s√≠ es cierto es el triunfo de la concienzuda y continuada acci√≥n propagand√≠stica que el liberalismo ha venido desarrollando a su favor desde los inicios de esta ideolog√≠a, posiblemente siendo conscientes sus defensores de la profunda y nunca superada quiebra entre lo que se predica desde la ideolog√≠a liberal y lo que realmente se ejecuta desde las pol√≠ticas liberales efectivas. El √©xito mayor de esa mitolog√≠a ha sido inocular en las conciencias la idea de que hacer cr√≠tica del liberalismo conlleva, como contrapartida l√≥gica, la defensa o simplemente la tibieza a la hora de juzgar los reg√≠menes desp√≥ticos de cualquier signo. Una de las insuficiencias del pensamiento binario consiste, como es bien sabido, en reducir cualquier realidad a la caricatura reduccionista del ‚Äúo esto o aquello‚ÄĚ. Y el liberalismo, en cuanto teor√≠a, resulta ser un ejemplo cabal del reduccionismo binario que tanto viene retrasando el progreso del pensamiento‚Ķ

Tal vez la escasa originalidad del libro de Vargas Llosa, cuya autobiograf√≠a intelectual y pol√≠tica desemboca en una defensa forzada y desmedida del liberalismo, haya que buscarla en la presentaci√≥n de un liberalismo no ya m√≠tico, sino un liberalismo de ficci√≥n, acorde con la reconocida y bien ganada fama de ‚Äúconstructor de ficciones‚ÄĚ que le hizo acreedor del premio Nobel de Literatura. Porque el liberalismo virtuoso, eficiente, generoso, no dogm√°tico, garante de las libertades, atento al bienestar de los m√°s desfavorecidos, sometido a la soberan√≠a popular, abierto y sensible a realidades y derechos que van m√°s all√° del √°mbito de la propiedad, la competitividad y los negocios, la especulaci√≥n y los abusos de poder, s√≥lo existe en la mente del fabulador Mario Vargas Llosa, as√≠ como en el imaginario de cierto amplio sector de la congregaci√≥n de liberales propagandistas.

No quisiera pensar que a su luxury loft de Manhattan no llegan las heridas ni las precariedades de la gente corriente del mundo, ni la hiriente desigualdad que aumenta y que arrolla a la mayor√≠a m√°s vulnerable del planeta, Vargas Llosa retoma la antorcha de Fukuyama y viene a repetirnos que con el liberalismo de siempre ‚ÄĒaceptando algunos retoques en sus niveles de concreci√≥n, s√≥lo si es estrictamente necesario‚ÄĒ hemos llegado, si no al final de la Historia, s√≠ al hallazgo de la vacuna contra la irracionalidad, el error y el despotismo‚Ķ

Pero lo que realmente me ha movido a escribir estas l√≠neas posiblemente pretensiosas, puesto que pretenden cuestionar el trabajo intelectual de todo un premio Nobel, es la respuesta de Vargas Llosa a una pregunta que le hacen en una entrevista en El Pa√≠s Semanal de 25.02.2018, con ocasi√≥n de la publicaci√≥n de su libro. La pregunta textualmente es la siguiente: ‚ÄúLa crisis bancaria de 2008, el aumento de la desigualdad, han reavivado las cr√≠ticas a la doctrina liberal, que de unos a√Īos a esta parte ha sido rebautizada como neoliberalismo‚ÄĚ.¬†A lo que Vargas Llosa responde con esta ret√≥rica ‚ÄĒy c√≠nica‚ÄĒ declaraci√≥n de ignorancia fingida: ‚ÄúYo no s√© qu√© cosa es el neoliberalismo. Es una forma de caricaturizar el liberalismo, presentarlo como un capitalismo despiadado‚ÄĚ.

Evidentemente, el premio Nobel Mario Vargas Llosa hace trampas con esta respuesta, subestima la inteligencia de quienes le leen y siguen su trayectoria como creador de ficciones. Al mismo tiempo, pone en evidencia la finalidad eminentemente propagand√≠stica de su libro. Dudo que al pretender negar mediante este burdo recurso dial√©ctico la pertinencia y consistencia de ‚Äúesa cosa‚ÄĚ que la sociolog√≠a pol√≠tica contempor√°nea m√°s solvente ha venido en llamar neoliberalismo, el escritor peruano pueda seguir disfrutando de la credibilidad de quienes consideran que su faceta de analista de la realidad social y pol√≠tica est√° a la altura de su condici√≥n de literato justamente merecedor de un premio Nobel.

¬ŅDe verdad que Vargas Llosa desconoce que con el t√©rmino neoliberalismo un n√ļmero nada despreciable de intelectuales de reconocido prestigio pretende teorizar seriamente sobre el fen√≥meno de superaci√≥n, por digesti√≥n, de ese liberalismo de ficci√≥n que el prestigioso escritor peruano trata de prestigiar? ¬ŅDesconoce Vargas Llosa que el anunciado final de la Historia no se produjo, y que el liberalismo ha sido complementado y hasta sustituido por otra ‚Äúcosa‚ÄĚ ‚ÄĒll√°mese como se quiera‚ÄĒ que, recogiendo el esp√≠ritu y la letra del liberalismo cl√°sico, ha terminado por rebasar sus propios l√≠mites que lo reduc√≠an a mera ideolog√≠a y a pol√≠tica econ√≥mica, constituy√©ndose en una aut√©ntica racionalidad, y que, en consecuencia, ‚Äútiende a estructurar y a organizar, no s√≥lo la acci√≥n de los gobernantes, sino tambi√©n la conducta de los propios gobernados‚ÄĚ?

¬ŅDe verdad desconoce Vargas Llosa ‚ÄĒrepito que es un recurso ret√≥rico, c√≠nico y tosco que traiciona al premio Nobel‚ÄĒ las consecuencias reales, no m√≠ticas ni de ficci√≥n, que el liberalismo ha tenido en la conformaci√≥n del mundo actual, que amenaza ruina v√≠ctima de su esp√≠ritu competitivo, individualista, especulador, despiadado y absolutamente desatento con la democracia que dice defender?

¬ŅDesconoce Vargas Llosa que, previa a la consolidaci√≥n del neoliberalismo, el liberalismo ya estaba en la base de la evidente concentraci√≥n de rentas y riquezas en manos de los estratos m√°s pudientes de la sociedad, proceso que el binomio Thatcher/Reagan, tan admirado por Vargas Llosa, impuls√≥ y consolid√≥ de manera definitiva?

Si fuera verdad que Vargas Llosa no sabe ‚Äúqu√© cosa es el neoliberalismo‚ÄĚ, concepto que despacha con la tosca salida a la defensiva (‚ÄúEs una forma de caricaturizar el liberalismo, presentarlo como un capitalismo despiadado‚ÄĚ), entonces la relevancia del fen√≥meno post-liberal que le habr√≠a pasado desapercibido constituir√≠a un lapsus que le incapacitar√≠a como analista de la realidad pol√≠tica y social m√°s actual. Y ‚Äúesa cosa‚ÄĚ que le habr√≠a pasado desapercibida a Vargas Llosa es nada menos que ‚Äúel car√°cter disciplinario de esta nueva pol√≠tica ‚ÄĒla pol√≠tica neoliberal‚ÄĒ, que da al gobierno un papel de guardi√°n vigilante de reglas jur√≠dicas, monetarias, comportamentales, atribuy√©ndole la funci√≥n oficial de controlador de las reglas de¬† competencia en el marco de una colusi√≥n oficiosa con grandes oligopolios, y quiz√°s a√ļn m√°s, asign√°ndole el objetivo de crear situaciones de mercado y formar individuos adaptados a las l√≥gicas del mercado‚ÄĚ (Laval y Dardot, La nueva raz√≥n del mundo, Gedisa, Barelona, 2013, p√°g. 191).

Por lo tanto, o bien Vargas Llosa miente cuando afirma de manera capciosa desconocer ‚ÄĒque no desconoce‚ÄĒ la realidad que trata de captar el concepto neoliberalismo, o bien Vargas Llosa desconoce la mentira que √©l mismo contribuye a engordar cuando se declara convencido (por su experiencia pol√≠tica de ruptura mental binaria y por la lectura de los siete autores liberales que glosa en su libro) defensor de los mercados libres, escasamente regulados ‚ÄĒlo m√≠nimo, ¬Ņy d√≥nde se pone el l√≠mite?‚ÄĒ dejados a manos del oleaje de la competici√≥n individual y/o empresarial, seg√ļn los c√°nones desarrollados hist√≥ricamente por el liberalismo cl√°sico, neocl√°sico y ahora neoliberal. Al denostar con su displicente respuesta sobre qu√© cosa es el neoliberalismo, el Premio Nobel deja en las zonas de sombra de su intelecto y de su sentido de la empat√≠a social, una realidad actual sobrecogedora, a la que un autor de la altura de Zigmunt Bauman calific√≥ de ‚Äúescenario futuro de terror‚Ä̂Ķ

Es falso que los liberales/neoliberales prefieran un Estado mínimo: lo quieren mínimo, desde luego, cuando desde el Estado se quiere intentar dotar a la sociedad de instituciones que trabajen por la justicia social y por una racionalidad económica que nos evite caer en el caos de la competición… Pero lo quieren fuerte y eficaz para crear y mantener las condiciones favorables a los negocios no siempre legítimos y a la especulación financiera nunca favorable a los intereses de los menos favorecidos por la ruleta del casino liberal/neoliberal…

Pero ah√≠ est√°n personalidades prestigiadas como Mario Vargas Llosa para, haciendo abstracci√≥n ‚ÄĒficci√≥n‚ÄĒ de una realidad dif√≠cil de cuestionar (de ah√≠ su patinazo intelectual con esta llamada de la tribu‚Ķ liberal), intentar convencernos de que incluso el liberalismo embridado de los 50-60, el socialismo democr√°tico, la socialdemocracia, la cr√≠tica al liberalismo, etc., son formas del intervencionismo sat√°nico que trata, con estos inventos descarriados, de llevarnos a la irracionalidad, el error y el despotismo‚Ķ Como si ya, vehiculados por la democracia liberal, no estuvi√©semos en ello‚Ķ Si a usted, lector, lectora, le parece exagerada esta afirmaci√≥n, lea La llamada de la tribu, del Nobel Mario Vargas Llosa‚Ķ

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J pastor
Fotograf√≠a: Jes√ļs Mass√≥

Una cierta conciencia alterada como consecuencia de una abusiva automedicaci√≥n de esos psicotr√≥picos que anuncian como remedios sintom√°ticos contra la gripe, me ha hecho tener estos d√≠as una experiencia cognitiva fuera de lo com√ļn. Todav√≠a me pregunto qu√© extra√Īos procesos iatrog√©nicos (¬°‚Ķ!) han devenido en una mayor lucidez y en un mayor tino a la hora de poner el foco de la atenci√≥n sobre ciertos aspectos de la realidad que, en circunstancias normales, me habr√≠an pasado desapercibidos. Y aunque mi gripe ha seguido ‚ÄĒy sigue‚ÄĒ su curso normal hasta la extenuaci√≥n, puedo presumir de haber atesorado, gracias a esa transitoria conciencia alterada, un manojo de conocimientos ciertos, algo extraordinario en esta era nuestra en la que no hacemos otra cosa que chapotear en los charcos de la incertidumbre m√°s corrosiva, o eso dicen.

Una de las perlas de este inesperado conocimiento cierto al que he podido acceder estos d√≠as febriles podr√≠a enunciarse as√≠: la m√°s grave de nuestras insuficiencias cognitivas tiene su origen en nuestro acostumbrado desd√©n hacia la sabidur√≠a que muestran al hablar quienes de nada saben. Y es que generalmente s√≥lo merecen nuestra atenci√≥n y apreciamos ‚ÄĒahora s√© que equivocadamente‚ÄĒ la palabra cultivada, experta, cualificada. Cuando un ministro habla ‚ÄĒel se√Īor De Guindos, pongamos por caso‚ÄĒ, nadie que pretenda conocer los entresijos de nuestra endiablada econom√≠a deja de prestar una concienzuda atenci√≥n y credibilidad a sus palabras, intentando dar sentido a lo que finalmente no resultan ser m√°s que t√≥picas incoherencias, nebulosas generalidades, menudencias y bagatelas ling√ľ√≠sticas, pero que, por venir de la boca que vienen, alg√ļn sentido trascendente pensamos que deben tener.

Personalmente, desde ahora, y a√ļn a riesgo de perder el tiempo intentando conocer asuntos e intr√≠ngulis que a nadie parece interesar, voy a prestar una esmerada atenci√≥n a quienes, de entrada, confiesan no saber nada de nada. De hecho, este giro epist√©mico personal, esta decisi√≥n de escuchar atentamente a quienes de nada saben, me sobrevino y arraig√≥ en mi conciencia ‚ÄĒalterada, ya digo‚ÄĒ al escuchar entre brumas medicinales las palabras de una persona desconocida para m√≠ hasta ese momento, que dec√≠a ser extesorera del Partido Popular valenciano, aunque lo que m√°s despert√≥ mi inter√©s fue una afirmaci√≥n relacionada con su cargo, vertida por ella misma en el juicio de la G√ľrtel: ‚ÄúNo s√© nada de contabilidad‚ÄĚ.

Fue en ese preciso momento, seguramente como consecuencia de mi proceso febril, cuando se abri√≥ un mundo nuevo ante mi oxidado aparato cognitivo. Acostumbrados como estamos al an√°lisis de un mundo que normalmente se nos manifiesta patas arriba, las palabras confesadamente √≠gnaras de una supuesta experta contable me hizo ver las cosas como seguramente son en realidad: el mundo ‚ÄĒeste mundo nuestro tan particular‚ÄĒ gira y gira gracias a la fuerza impulsora de la ignorancia de quienes supuestamente deber√≠an saber.

A partir de esta nueva perspectiva llega uno a comprender que toda la problem√°tica del momento mundial es una cuesti√≥n de descuadre contable. Seguramente, cualquier an√≥nimo, honrado y eficiente empleado contable andar√≠a de cabeza buscando, asiento por asiento, apunte por apunte, partida por partida, las causas del evidente y sangrante descuadre planetario. Por el contrario, quienes no saben ni siquiera de las cuestiones b√°sicas de su cargo, pero que ocupan un lugar en la maquinaria del poder, y que seguramente cobran m√°s de lo que merecen por su trabajo inexistente (la extesorera del PP valenciano aclara que su puesto estaba ‚Äúvac√≠o de funciones‚ÄĚ), ante la petici√≥n de responsabilidades pol√≠ticas y jur√≠dicas se limitan a alegar su ignorancia de todo, incluido de aquello para lo que supuestamente est√°n donde est√°n.

Ojal√° reaccionemos a tiempo y hagamos un uso m√°s exhaustivo de esta nueva perspectiva ‚ÄĒla conciencia alterada‚ÄĒ al analizar el porqu√© de los descuadres que amenazan con dar al traste con la contabilidad mundial: el descuadre de la igualdad de rentas y de oportunidades; el descuadre en el trato de refugiados e inmigrantes; el descuadre de la relaci√≥n entre hombres y mujeres; el descuadre de nuestra interacci√≥n con el medio ambiente; el descuadre entre trabajo y salarios; el descuadre entre los ‚Äúpa√≠ses de mierda‚ÄĚ de Trump y ese modelo falsamente democr√°tico que se autocalifica como ‚Äúla mayor democracia del mundo‚ÄĚ; el descuadre entre la gravedad de los problemas que afectan al mundo y la actitud irresponsable de los poderosos que lo dirigen‚Ķ

Pero mi circunstancial conciencia alterada me dice que el problema mayor reside en ¬†que aceptamos que dirijan nuestros destinos gente que confiesan no saber nada de nada. En Espa√Īa, sin ir m√°s lejos, tenemos una legi√≥n de ignorantes confesos en cuyas manos hemos puesto nuestros destinos. Est√°n siendo llamados por la justicia, pero como alegan que no saben nada‚Ķ

¬°Qu√© tiempos aquellos en los que esta gente se jactaba de su pretendida superior capacidad de gesti√≥n, de su ilusoria pericia en el manejo de las realidades econ√≥micas, de su supuesto conocimiento del inter√©s general de las sociedades y de los pueblos‚Ķ! Me da a m√≠ que las √©lites del Poder mundial, en su √ļltima y reciente reuni√≥n en Davos, han convenido en elevar la ignorancia asumida y confesa de los dirigentes como criterio de eficiencia en el pastoreo de las sociedades, puesto que tanto beneficio y tanta legitimidad les ha reportado en los √ļltimos tiempos esa especial ignorancia cultivada de la que hacen ostentaci√≥n‚Ķ El rey Felipe VI, sin embargo, que algo debe saber y por ello no confiesa su ignorancia, ha pedido en Davos al capital mundial que invierta en Espa√Īa, disipando temores y asegur√°ndoles que es un destino atractivo y seguro para lograr ping√ľes beneficios‚Ķ

Suenan a sarcasmo estas palabras reales, cuando es tan evidente que todo ese elitista emprendimiento ha resultado desembocar en un anunciado descuadre descomunal. Pero ahora, para colmo del cinismo, los contables globales no tienen reparos en poner su firma como leg√≠timos y bien remunerados ignorantes. Y ah√≠ contin√ļan‚Ķ, cacareando declaraciones y discursos acartonados, como si supieran.

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J pastor
Imagen: Pedripol

No hay tarea, por f√°cil que sea, que no la haga dif√≠cil la mala gana. Esta sentencia (desconozco su autor√≠a) cuadra perfectamente con la actitud que ha prevalecido y prevalece en la esfera de los poderes pol√≠tico y econ√≥mico respecto a una eventual reforma de la Constituci√≥n del 78. Porque la mayor√≠a de las voces que en estos d√≠as reclaman ‚ÄĒcon mayor o menor convencimiento‚ÄĒ, o aceptan ‚ÄĒcon m√°s o menos resignaci√≥n‚ÄĒ, la necesidad de la reforma constitucional, parece que tienen en mente aquella pr√°ctica lampedusiana de reformar para que nada realmente cambie.

Tambi√©n est√°n quienes no quieren ni o√≠r hablar de tocar el actual texto constitucional vigente, por entender que tal como est√° cumple perfectamente con las necesidades actuales, si bien suelen omitir la explicaci√≥n de cu√°les y de qui√©nes son esas necesidades a que aluden. Y es que a ciertos intereses interesados les ha ido y les va bien con la actual Constituci√≥n, cosa que no ocurre con quienes m√°s necesitar√≠an una protecci√≥n constitucional efectiva, como pueden ser las cada vez m√°s numerosas personas dejadas a su suerte ‚ÄĒo a su mala suerte‚ÄĒ que acaban devoradas por una realidad inconcebible en un verdadero Estado de Derechos.

De todo hay, pero el denominador com√ļn de esta aparente variedad de opiniones es la escasa voluntad, la mala gana, de ir a las ra√≠ces de la cuesti√≥n constitucional. Finalmente, lo que deber√≠a ser una reflexi√≥n compartida, colectiva, con anclaje social, acaba siendo una acumulaci√≥n inmanejable de dimes y diretes sobrados de personalismos y partidismo que terminan por impedir esa reflexi√≥n en profundidad ‚ÄĒradical‚ÄĒ sobre el verdadero significado del constitucionalismo y de las Constituciones realmente vigentes, que no son aspectos coincidentes en modo alguno. Porque una cosa es el constitucionalismo como ideal valioso, que lo es, y otra cosa muy distinta puede ser la manera concreta en la que cristaliza ese ideal en las Constituciones realmente existentes.

Por tanto, constitucionalismo sí, en cuanto que ideología que aspira a la salvaguarda de la democracia, pero no Constituciones defectivas llenas de agujeros, trucos, insuficiencias e indefiniciones que las hacen, no ya inservibles a efectos de garantizar la igualdad efectiva y la auténtica soberanía popular, sino que legitiman y coadyuvan a eternizar situaciones injustas y, precisamente, contrarias al sentido fuerte del ideal constitucionalista. No deja de ser significativo que se quiera acometer ahora una reforma constitucional aduciendo la necesidad urgente y grave de resolver el asunto del independentismo, que es grave y urgente, desde luego, pero que tan grave y urgente debería ser afrontar la creciente desigualdad social que amenaza con arrastrarnos a precipicios indeseables, donde incluso el independentismo sería un problema menor.

Creo que no se habla ni escribe estos días (y creo que nunca se habla, aunque el constitucionalista José Asensi Sabater sí lo escribió hace ya dos décadas) de un problema pendiente, y en estos momentos urgente,  que las Constituciones actuales tendrían que afrontar de manera radical: el problema irresuelto (debido a la mala gana) de las relaciones entre la democracia y los mercados. La existencia empírica, incuestionable, de la creciente e hiriente desigualdad (social, laboral, económica…) que todo hace indicar que ha venido para quedarse, así como la actual hegemonía tiránica de los mercados, son hechos que ponen en entredicho un papel constitucional que se debería considerar prioritario y rotundo: la evitación de las graves e intolerables injusticias que se están cometiendo relacionadas con la desigualdad.

Si de verdad las Constituciones garantizaran aquel principio del constitucionalismo revolucionario que decía haber desplazado el poder desde los propietarios del capital (las élites) a los propietarios del voto (la ciudadanía), las alarmas por la vulneración de aquél principio estarían hoy sonando estruendosamente todo el rato. Y es que tampoco se habla apenas del papel legitimador de este estado de cosas que las Constituciones liberales hoy vigentes ejercen. Es un grave déficit constitucional al que apenas se echa cuenta. El pensamiento contable dominante (convertido en auténtica pulsión), menosprecia este déficit, no le concede la importancia que correspondería en un entorno realmente democrático, de ahí que las horrorosas condiciones que está generando la desigualdad en todo el planeta no constituya motivo de escándalo constitucional.

Por todo ello, conviene rebajar en lo posible la confusi√≥n sobre este asunto. Dej√©monos de favorecer debates interesadamente defectivos, pol√≠ticamente desactivados, intencionadamente blandos, y aceptemos con valent√≠a intelectual y decencia pol√≠tica un hecho evidente e incontrovertible: el mayor obst√°culo para dotarnos de una Constituci√≥n que realmente garantizara la imposibilidad de una desigualdad tan hiriente e inconstitucional como la que padecemos en estos d√≠as de aciago triunfo del neoliberalismo, no es, como se dice, la dificultad para alcanzar acuerdos pol√≠ticos de hondo calado, sino la mala gana de quienes integran los poderes pol√≠tico y econ√≥mico ‚ÄĒel Poder‚ÄĒ para ni tan siquiera contemplar la posibilidad de una Constituci√≥n de tal calibre.

De ah√≠ que el Partido Popular, m√°ximo exponente de esa mala gana, evite incluso nombrar estos d√≠as el t√©rmino reforma, utilizando en su lugar el desactivador eufemismo de ajustes. Ajustes ya sufri√≥ la Constituci√≥n, como sabemos; ajustes padeci√≥ el mundo laboral; de continuos ajustes suele beneficiarse la fiscalidad de los m√°s ricos‚Ķ Y as√≠, de ajuste en ajuste va tomando forma la sociedad desajustada de nuestro presente. El resultado es la progresiva anticipaci√≥n y consolidaci√≥n de ese futuro escenario planetario de terror, explotaci√≥n y dominio que anunciaba Zygmunt Bauman en sus √ļltimas reflexiones sobre la deriva del mundo actual.

Y es que esa mala gana que hace dif√≠cil cualquier cambio constitucional significativo deriva de una especie de cultura de la satisfacci√≥n respecto al statu quo que resulta blindado ¬†‚ÄĒy legitimado‚ÄĒ por el actual modelo de constituci√≥n liberal vigente en el Occidente desarrollado. Modelo que especialmente en las √ļltimas d√©cadas de esplendor neoliberal se ha decantado por permitir el desarrollo la precariedad, la potenciaci√≥n del miedo, la normalizaci√≥n del trabajo indecente y la extensi√≥n de la desprotecci√≥n a capas cada vez m√°s amplias de la sociedad.

Conviene, por tanto, que cualquier an√°lisis, o debate, sobre la reforma o no reforma de la Constituci√≥n ‚ÄĒde la nuestra del 78 en este caso‚ÄĒ contemple, con naturalidad y sin llamadas al catastrofismo, la posibilidad de redactar un texto constitucional nuevo, con una mayor carga garantista efectiva de los derechos de aquellos sectores menos pudientes de la sociedad. Porque, en l√≠nea con la estrategia del miedo y del catastrofismo, se nos ha querido ‚ÄĒy en gran medida conseguido‚ÄĒ convencer de que abrir un periodo constituyente es una anomal√≠a indeseable y peligrosa en el normal y deseable desarrollo de una democracia, cuando en realidad el peligro puede venir de querer a toda costa mantener en vigor un texto constitucional obsoleto y que por mucho ajuste que se le aplique dif√≠cilmente podr√° responder a las necesidades democr√°ticas ‚ÄĒverdaderamente democr√°ticas‚ÄĒ de una sociedad que se enfrenta a una realidad pol√≠tica compleja, y lo que es peor, complicada, como consecuencia de actitudes irresponsables y asociales de ciertos sectores privilegiados de nuestro pa√≠s y del mundo.

Se podr√° tachar de ingenuidad y de escaso sentido pr√°ctico todo lo expuesto hasta aqu√≠. Pero algo peor que ingenuidad y escasez de sentido pr√°ctico es empe√Īarse, o conformarse, con la actual deriva de las cosas, que evidentemente caminan en direcci√≥n equivocada sin que tiemblen los cimientos del actual modelo de unas Constituciones pretendidamente virtuosas, suficientes y eternas. Hay trabajo digno para quienes de verdad quieran hacer realidad un constitucionalismo tambi√©n de verdad, no mediatizado por Constituciones muy permisivas ‚ÄĒindiferentes‚ÄĒ con actuales estados de excepci√≥n y emergencia que se nos quieren vender como inevitables. Puesto que a los d√©ficits que se producen en la esfera de la econom√≠a ya se les presta atenci√≥n prioritaria, tendremos que ir reclamando atenci√≥n ‚ÄĒsiquiera sea similar‚ÄĒ a los d√©ficits constitucionales. A pesar de la mala gana del Poder establecido.

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Jaime pastor

Fotograf√≠a: Jes√ļs Mass√≥

Nadie a estas alturas desconoce que vivimos momentos especialmente complicados. La actualidad, en todos los √≥rdenes, se nos aparece con ribetes y formas borrosas que dificultan sobremanera la comprensi√≥n de lo que realmente acontece en el mundo, en nuestro pa√≠s, en nuestros contextos m√°s pr√≥ximos, en nuestra propia interioridad‚Ķ Quiz√°s siempre fue as√≠. Tal vez nunca hemos llegado a conocer cabalmente las claves de los acontecimientos y las razones que originan y mueven los acontecimientos esenciales del mundo, de nuestro entorno cercano, de nuestra subjetividad. Pero tenemos noticias de que al menos hubo un tiempo en que ese conocimiento lo cre√≠amos posible. Pose√≠amos un manojo de certezas, seguramente ingenuas, pero que actuaban como tranquilizantes cognitivos. Sin embargo, ahora comprobamos que somos herederos de un desencanto descomunal. Y puede que est√© ocurriendo eso tan extra√Īo que consiste en la imposibilidad de alcanzar el conocimiento como consecuencia del exceso de informaci√≥n‚Ķ Todo es posible hoy, puestos a no saber‚Ķ

Dice la opini√≥n experta que el problema estriba en que, al abordar los asuntos pol√≠ticos y sociales ¬†‚ÄĒasuntos de convivencia en definitiva‚ÄĒ¬† estamos haciendo un uso excesivo de la emocionalidad en detrimento de la racionalidad. Y aparecen estudios con t√≠tulos tan significativos como ‚ÄúLa democracia sentimental‚ÄĚ, que atribuye a esta descompensaci√≥n entre emociones y raz√≥n el actual surgimiento mundial de fen√≥menos como el nacionalismo, la xenofobia, el populismo‚Ķ

Pero claro, cabe preguntarse: ¬ŅY por qu√© se produce ahora esta preponderancia de las emociones hasta el punto de que la racionalidad queda pr√°cticamente eclipsada? Evidente las causas no pueden reducirse a una sola, pero cualquier explicaci√≥n tendr√≠a que contemplar como causa fundamental la pedagog√≠a negativa practicada ‚ÄĒm√°s o menos intencionada, m√°s o menos interesada‚ÄĒ por las √©lites de los poderes hegem√≥nicos a lo largo del extenso periodo hist√≥rico que comienza con la preponderancia mundial del liberalismo, incluida su versi√≥n neo de los tiempos m√°s recientes. En alg√ļn momento (puede que ese momento fuera coincidente con el inicio del neoliberalismo) se produjo un punto de inflexi√≥n en las estrategias de control y dominio propias de todo poder autoritario: la manipulaci√≥n del pensamiento dej√≥ as√≠ paso al manejo de las emociones de las gentes, fundamentalmente las emociones que giran en torno al miedo y a la identidad. Y es que el pensamiento, cultivado escasamente y desactivado su potencial revolucionario, pas√≥ a un plano secundario en el inter√©s de las √©lites del poder para fabricar consentimiento y sumisi√≥n‚Ķ Era el turno de las emociones, de los sentimientos. Y en esas parece que estamos.

Realmente, la potenciaci√≥n interesada de los miedos y la exacerbaci√≥n intencionada de los sentimientos identitarios son recursos ancestrales utilizados por los poderes de todos los tiempos. Recursos ancestrales que han seguido siendo utilizados por el poder en los tiempos supuestamente democr√°ticos de hegemon√≠a liberal. Creo que no descubro nada nuevo mediante estas reflexiones nada originales, pero que no han sido ni suelen ser suficientemente aireadas por los propietarios y administradores de la democracia liberal realmente existente. El tab√ļ, el t√≥tem, el chivo expiatorio, el pensamiento m√°gico, son elementos muy apreciados, bajo nuevas formas, por quienes siguen concibiendo a la ciudadan√≠a como muchedumbre a la que dirigir y encauzar. Antes, mediante la fuerza y la opresi√≥n; ahora, con las formas suaves desarrolladas por el actual nuevo r√©gimen definido como ‚Äúdemocracia autoritaria‚ÄĚ.

Por tanto, tenemos una nueva obligaci√≥n moral ‚ÄĒes decir, pr√°ctica‚ÄĒ de resistencia: preservar el autogobierno de nuestros sentimientos y emociones. Pero hay m√°s. Para sustentar esta moral de resistencia, necesitamos, en primer lugar, conocer muy bien el territorio que queremos preservar. Tenemos, por tanto, que tener muy claro qu√© es eso de las emociones y los sentimientos. No lo que nos han hecho creer que son ‚ÄĒaquella pedagog√≠a negativa‚ÄĒ sino lo que nosotros, como individuos y como sociedad, queremos que sean. De ah√≠ la necesidad de que tomemos plena conciencia de un hecho ya expresado unas l√≠neas m√°s arriba: el autogobierno de nuestro propio aparato emocional es parcial y limitado. Igual que la esfera del pensamiento ha sido objeto cl√°sico de manipulaci√≥n, las emociones constituyen ahora una ‚Äúmercanc√≠a‚ÄĚ disputada por los mercaderes de subjetividades, con la vista puesta en la producci√≥n de sumisi√≥n y control.

Y, desde luego, es indispensable desenmascarar ese modo de proceder recurrente del liberalismo, atribuyendo un supuesto origen y orden natural a ciertas realidades que se prefieren, interesadamente, preservar de cualquier intento de intervención humana en orden a su transformación y mejora: así ocurrió con la concepción que el primer liberalismo quiso imponer respecto del mercado, y así procede el neoliberalismo ahora en relación a las emociones y los sentimientos. Para esa maquinaria planetaria de producción de obediencia difusa en que se ha convertido la ideología neoliberal, las emociones, como el mercado, serían una realidad natural donde convendría no intervenir (y menos con criterios democráticos) para procurar su mejora.

Es necesario, pues, revertir esa concepci√≥n naturalista, substancialista, del sistema emocional humano, que nos hace desatender la posibilidad y la necesidad de mejorar muchas de nuestras manifestaciones emocionales. Lo mismo que con la racionalidad, habr√≠a que repensar una sentimentalidad que en ocasiones se torna socialmente nociva. Y este replanteamiento no cabe otro remedio que hacerlo desde un pensamiento complejo y un sentimiento tambi√©n complejo. Es natural, justo y leg√≠timo el miedo a que se complique nuestra situaci√≥n personal y a que se trunquen nuestros proyectos de vida; a que se cuestionen nuestras se√Īas de identidad y a que se quieran poner determinadas condiciones a ciertas expresiones de nuestros sentimientos. Pero no somos individuos aislados, como querr√≠a y siempre ha pretendido imponer la ideolog√≠a liberal, sino personas cuya primera se√Īa de identidad deber√≠a ser nuestra condici√≥n social. Somos en cuanto que sociedad. Ampliamos nuestra personalidad‚ÄĒno la reducimos, como sostienen los due√Īos del estatus quo‚ÄĒ cuando nuestros intereses y nuestros proyectos de vida tienen un anclaje comunitario.

Desgraciadamente, con el fracaso colectivo por el que atraviesa estos d√≠as la sociedad espa√Īola,¬† estamos sufriendo en propia piel los efectos de una emocionalidad quiz√°s adecuada y v√°lida para una Edad de Hierro Planetaria, pero que se revela como un obst√°culo insalvable para la convivencia en el mundo hostil que tenemos delante. Ni los nacionalismos exacerbados de uno u otro signo, ni las manifestaciones exageradas de sentimientos identitarios, ni los deseos de ver realizados nuestros propios sue√Īos apartando al otro de nuestro lado, pueden contener la suficiente fuerza moral para encarar el futuro. ¬ŅA qui√©n no le produce extra√Īeza que no se haya encauzado tanta vehemencia y tanta emocionalidad desatadas estos d√≠as hacia la reivindicaci√≥n radical por los da√Īos colectivos causados por las pol√≠ticas de recortes ‚ÄĒecon√≥micos y de derechos‚ÄĒ que, esas s√≠, terminar√°n con cualquier proyecto de vida honrada y digna?

De ah√≠ el t√≠tulo que encabeza estas l√≠neas: renovar nuestro fondo de armario emocional. En primer lugar, minimizando esa brecha artificiosa entre raz√≥n y emoci√≥n. En segundo lugar, poniendo en bucle ‚ÄĒy no en contraposici√≥n‚ÄĒ pensamiento y sentimiento, de manera que podamos encontrar una v√≠a m√°s acorde con las nuevas necesidades cognitivas y emocionales necesarias para construir un mundo mejor; as√≠ pues, debemos encontrar la manera de hacer posible una configuraci√≥n racional de los sentimientos y, simult√°neamente, una configuraci√≥n sentimental del pensamiento: el resultado, una unidad compleja y m√°s rica de racionalidad y sentimentalidad.¬† En tercer lugar, asumir que no podemos seguir m√°s tiempo atrapados por un sistema emocional r√≠gido e inamovible, pues est√° claro que la mayor√≠a de los conflictos de convivencia provienen de una emocionalidad dogm√°tica y de naturaleza competidora.

Es necesario identificar y denunciar ese evidente inter√©s del poder en que lo complejo se complique. Lo complejo se complica inevitablemente cuando se afronta la realidad con instrumentos (racionales y emocionales) simplistas. En fin, tenemos por delante una tarea que si nos empe√Īamos en hacerla desde trincheras mentales y emocionales compartimentalizadas, se nos har√° m√°s dif√≠cil entender las causas de lo que verdaderamente ocurre en el mundo, en nuestro alrededor m√°s cercano, y hasta en nuestra propia subjetividad. Ojal√° no hubiese ocurrido lo que Almudena Grandes ha descrito estos d√≠as: ‚ÄúLas banderas han tapado los procesos por corrupci√≥n, los asesinatos machistas, la explotaci√≥n de los trabajadores precarios‚ÄĚ.

Termino a√Īadiendo un deseo: que las banderas no nos hagan perder de vista la necesidad urgente de salir de esa Edad de Hierro Emocional que nos empeque√Īece.

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Jaime pastorFotograf√≠a: Jes√ļs Mass√≥

A la hora de analizar los aconteceres pol√≠ticos de los √ļltimos a√Īos (en Espa√Īa y en el mundo), tal vez tendr√≠amos que replantearnos la contraposici√≥n que hacemos entre la vieja pol√≠tica (aquella supuesta pol√≠tica realmente existente que se pretende suprimir, jubilar, por su demostrada escasa utilidad), y la nueva pol√≠tica (esa otra pol√≠tica cuyos rasgos fundamentales posiblemente no est√©n a√ļn bien definidos ni practicados, pero que pugna por abrirse paso y sustituir a la anterior).

Me parece m√°s acertado, m√°s fruct√≠fero y m√°s realista plantear el debate pol√≠tico actual en t√©rminos de ausencia o existencia de la pol√≠tica. Porque ‚ÄĒpara decirlo breve y r√°pidamente‚ÄĒ tengo la sospecha de que la pol√≠tica (no esa cosa m√°s parecida a la actividad gerencial) ha estado tradicionalmente ausente de las pr√°cticas del poder al que con demasiada precipitaci√≥n hemos dado en llamar ‚Äúpoder pol√≠tico‚ÄĚ. Porque una cosa es que los asuntos de naturaleza pol√≠tica se aborden desde la pol√≠tica, como ser√≠a de esperar, y otra muy distinta es hacerlo empleando esa actividad gerencial que se nos quiere hacer pasar por pol√≠tica: hoy vamos siendo conscientes de que en la lista de las corrupciones del poder deber√≠a ocupar un lugar destacado el hurto de la pol√≠tica.

Estamos echando en falta la pol√≠tica ante la evidencia del fracaso estrepitoso y generalizado de las pr√°cticas gerenciales para construir una sociedad m√°s justa, m√°s decente y m√°s apetecible que la actual. El evidente desencuentro entre la gente com√ļn y las √©lites que ocupan los puestos que deber√≠an ser pol√≠ticos, estriba precisamente en la diferencia y el desfase de los lenguajes, los supuestos y las expectativas que manejan cada una de estas partes. ¬†Por tanto, seg√ļn este mi punto de vista, no habr√≠a una vieja pol√≠tica que oponer a una nueva pol√≠tica, sino la necesidad de instaurar la pol√≠tica, de hacer efectiva y real la pr√°ctica pol√≠tica, en un contexto en el que esta brilla ‚ÄĒy ha brillado‚ÄĒ por su ausencia.

A menudo, ante la constataci√≥n de nuestra orfandad pol√≠tica empleamos per√≠frasis para nombrar ese hecho fundamental al que me refiero ‚ÄĒla ausencia de la pol√≠tica‚ÄĒ, y as√≠, ante determinados problemas, hablamos de la necesidad de abordarlos mediante ‚Äúuna pol√≠tica con may√ļsculas‚ÄĚ, o lamentamos la ‚Äúfalta de voluntad pol√≠tica‚ÄĚ de los responsables pol√≠ticos para resolver determinadas cuestiones‚Ķ Pero el fen√≥meno que quiero destacar no consiste en que haya un d√©ficit de ‚Äúmay√ļsculas‚ÄĚ ni de ‚Äúvoluntad‚ÄĚ: sencillamente se trata de ausencia de la pol√≠tica, hecho que s√≥lo parece afligirnos en los momentos en los que m√°s se la necesita.

Por tanto, pienso que podr√≠amos empezar a ver con ojos nuevos muchos de los conflictos a los que nos enfrentamos ‚ÄĒsobre todo esos que perduran enquistados en el tiempo y que parecen irresolubles por naturaleza‚ÄĒ si partimos (aunque sea a modo de hip√≥tesis) de la ausencia de la pol√≠tica y su sustituci√≥n por el tratamiento gerencial de los problemas y asuntos pol√≠ticos. Dicho esto, ¬Ņcabr√≠a alguna duda sobre la responsabilidad que ha tenido y tiene la ausencia de la pol√≠tica en la no soluci√≥n (si no soluci√≥n total, al menos afrontamiento creativo) de los grandes y graves problemas a que se enfrentan, no s√≥lo Espa√Īa, sino el mundo en su conjunto?

Evidentemente, al poder, en todas sus formas, estos planteamientos le resultan cuanto menos enojosos. La política de la despolitización (es decir, la práctica de la no política que genera a su vez vacío político) ha resultado rentable para la libertad… de movimientos de quienes se han beneficiado y se benefician de ese poder. De ahí que podamos empezar a colegir con una mayor certeza un hecho que en el estruendoso barullo de los dimes y diretes del nuevo mundo (el de los chats, tuits y otros entretenimientos de destrucción mental masiva) habíamos prácticamente perdido de vista, a saber: que la ausencia de la política no es un fenómeno natural o inevitable, sino producto de la voluntad y dedicación de un establishment al que escuece la política y siempre ha operado en contra de su materialización. En su lugar, y para uso intensivo, el poder, en todo el mundo, ha preferido utilizar un sucedáneo: el manejo gerencial de las sociedades.

Los efectos de este proceder est√°n a la vista de quienes quieran verlo: un mundo que se cae a pedazos. Sociedades, pa√≠ses, incluso continentes enteros, obligados a tropezar siempre con la misma piedra; conflictos que esperan in√ļtilmente durante tiempo interminable un tratamiento creativo, nuevo, renovado; colectivos humanos que aguardan ag√≥nicamente a que los poderosos tomen decisiones pol√≠ticas decisivas, no vergonzosas estratagemas basadas en c√°lculos mezquinos y criminales‚Ķ Y es que cuando el esp√≠ritu gerencial invade los territorios propios de la pol√≠tica, como es consustancial con el modelo neoliberal hegem√≥nico que padece el mundo (de un mundo que se dice libre y democr√°tico), los conflictos se enquistan, se eternizan, se pudren y se agravan.

Para ser conscientes de la necesidad imperiosa de reclamar la política, tendríamos que asumir y aceptar lo que me parece un hecho evidente: que el desprecio hacia la política no es una pulsión exclusiva de los regímenes manifiestamente dictatoriales y tiránicos, sino que anida en los mismísimos cimientos de nuestra deficitaria cultura democrática occidental. Desde el momento fundacional del actual sistema de democracia liberal representativa, el sentimiento constante y actuante de las élites dirigentes ha sido la demofobia, es decir, el rechazo hacia el demos, el recelo ante la posibilidad del protagonismo político del pueblo, el miedo a la soberanía popular, la negación de que la política es, esencialmente, un  espacio de relación entre iguales. Al negar, como principios irrenunciables de una verdadera política,  tanto la relación (siempre negaron el concepto de sociedad y prefirieron la entelequia de los individuos aislados) como la igualdad, estaban de hecho consumando y justificando el hurto de la política.

La imposici√≥n de la maquinaria gerencial que se nos ha vendido con la pomposa etiqueta de Estado de Derecho, en la pr√°ctica ‚ÄĒestamos comprob√°ndolo cada vez con mayor contundencia‚ÄĒ no deja de ser una forma de resolver burocr√°ticamente los conflictos pol√≠ticos, ¬†anomal√≠a que indudablemente est√° en la base de las derivas autoritarias a la que se dirigen (sin complejos) las democracias liberales de occidente. Y ello ocurre porque en el momento fundacional de este modelo ‚Äúdemocr√°tico‚ÄĚ prevaleci√≥ ese concepto pervertido de pol√≠tica que para el poder significa un tipo de relaci√≥n tambi√©n pervertida: nada de relaci√≥n entre iguales, sino una relaci√≥n entre dominadores y dominados.

No creo necesario incluir en este art√≠culo muestras de la abundante literatura antidemocr√°tica de los grandes divulgadores de la ideolog√≠a liberal, y su decantaci√≥n expl√≠cita por una sociedad dirigida a la manera gerencial por una aristocracia sin alma pol√≠tica, e incluso sin alma ni sensibilidad de otro tipo. Y dejo a quienes pudieran estar leyendo estas l√≠neas el ejercicio ‚ÄĒf√°cil pero revelador ejercicio‚ÄĒ de buscar, dentro y fuera de nuestras fronteras, ejemplos concretos de las consecuencias catastr√≥ficas del tratamiento gerencial de los asuntos y conflictos pol√≠ticos.

Ojalá que el resultado de este ejercicio, socialmente practicado, fuese una mayor conciencia de la necesidad urgente de rechazar sucedáneos y reclamar eso que no existe: la política.

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Jaime pastor

Fotograf√≠a: Jes√ļs Mass√≥

Posiblemente sea cierto que la nueva pol√≠tica tarda en llegar, para satisfacci√≥n de quienes desean que nada cambie y provocando la decepci√≥n y la impaciencia de quienes subestimaron la fuerza de las inercias conservadoras. Como suele decirse del momento actual, ‚Äúlo nuevo no aparece del todo y lo viejo no acaba de desaparecer‚ÄĚ. Vivimos tiempos de indefinici√≥n que alimentan el desasosiego general: unos temen los cambios que llaman a la puerta; otros, lo que temen es que esos cambios no lleguen a hacerse efectivos. El resultado de este estado de cosas es una sociedad recelosa ‚ÄĒresabiada dir√≠a yo‚ÄĒ, m√°s proclive a la abulia descre√≠da que al entusiasmo creador. Flota en el ambiente una tentaci√≥n que incita a la ¬†dejadez, a la pasividad y al dejarse llevar. Como dice la canci√≥n ‚ÄúAs√≠ soy yo‚ÄĚ, del Cuarteto de Nos:

No pasa nada si no me muevo
Por eso todo me chupa un huevo
Y no me mata la indecisión
Si ¬īshould I stay, or should I go¬ī

A pesar de que esta actitud parece estar muy extendida en nuestros d√≠as, tambi√©n es cierto que en los √ļltimos a√Īos ha surgido, con clara voluntad ¬†de permanencia, una nueva conciencia y una nueva percepci√≥n de lo que es y deber√≠a ser la democracia. Ya no cuelan t√≥picos como ese de que ‚Äúvivimos en una democracia asentada‚ÄĚ y cosas por el estilo. T√≥picos que, convenientemente cultivados y expandidos, han servido para disuadir la posibilidad de desarrollar cualquier visi√≥n nueva sobre la democracia, y, en consecuencia, el aborto prematuro de cualquier propuesta o deseo de cambio serio y en profundidad. De ah√≠ el inmovilismo suicida que ha caracterizado a nuestro sistema pol√≠tico en Espa√Īa, por tomar un ejemplo cercano. Ahora, si no con el suficiente convencimiento y la necesaria determinaci√≥n de la sociedad para exigir e impulsar los cambios, al menos intuimos ya que nuestras ‚Äúasentadas‚ÄĚ democracias liberales no est√°n precisamente asentadas, sino que en todo caso se asientan precariamente sobre un aut√©ntico terreno pantanoso que amenaza con graves hundimientos y colapsos.

¬ŅCu√°les son los elementos, los mimbres, que, a mi juicio, conforman esta nueva conciencia democr√°tica? Sin √°nimo de exhaustividad ni orden por importancia, y pensando en un posterior desarrollo en n√ļmeros sucesivos de ETP, podr√≠amos se√Īalar los siguientes:

  1. Para empezar, estamos tomando conciencia de los agujeros y trucos que convierten nuestro sistema democrático liberal en un espacio que favorece la corrupción, la impunidad y la desigualdad real ante las leyes. Leyes, por otra parte,  con insuficiente  nervio democrático.
  2. Ahora somos más conscientes de que nuestros miedos e inseguridades, hoy, son mayoritariamente inducidos desde el poder. Se nos quiere permanentemente temerosos, inseguros, precarizados, porque estos sentimientos favorecen la dependencia acrítica y el sometimiento pasivo. Experimentamos un miedo permanente y difuso a la desposesión (desposesión de derechos, de puestos de trabajo, de niveles salariales dignos, de pensiones, de prestaciones…)
  3. Hemos caído en la cuenta, y somos por tanto conscientes, de que el inmovilismo político, tan del gusto de las élites del poder, y que se nos suele vender como estabilidad, es en realidad una estrategia deliberada que el establishment utiliza para prevenir y evitar cualquier cambio que refuerce la verdadera soberanía popular.
  4. Ahora sabemos ya con bastante certeza que la ausencia (intencionada) de una aut√©ntica educaci√≥n para la ciudadan√≠a tiene como finalidad favorecer una sociedad pastoreada, pol√≠ticamente ab√ļlica, escasamente cr√≠tica con el poder‚Ķ
  5. Tambi√©n estamos tomando una mayor conciencia sobre los males y desastres producidos en nuestro sistema pol√≠tico por el bipartidismo reinante a lo largo de tantos a√Īos de postdictadura. Uno de estos males ‚ÄĒy no el menor‚ÄĒ es la escasa predisposici√≥n para la pr√°ctica de una pol√≠tica de la negociaci√≥n entre diversas formaciones pol√≠ticas, cuya proliferaci√≥n representa el paso de una sociedad binaria, encorsetada, a una plural, abierta. Como era previsible, las sensibilidades conservadoras consideran esta nueva realidad multicolor como un aut√©ntico caos.
  6. Tampoco es un asunto menor que estemos ganando conciencia acerca de las falacias que encierra el concepto de progreso, tan ambiguo y enga√Īoso, y tan profusamente utilizado como ‚Äúzanahoria‚ÄĚ para favorecer el desarme moral y pol√≠tico de unas masas moldeadas bajo criterios puramente economicistas.
  7. Unido a lo anterior, cabe se√Īalar la burda maquinaria (propagand√≠stica, esquilmadora e irracional) de creaci√≥n artificial de necesidades. No cabe duda de que la conciencia sobre el deterioro del planeta como consecuencia de la creaci√≥n artificial de necesidades de consumo est√° aumentando en el mundo. ¬†¬†
  8. Y ni que decir tiene que somos ya conscientes de la escasa sustancia democrática de la mayoría de las instituciones que nos gobiernan, nacionales y supranacionales. En el contexto jurídico y político europeo tenemos el ejemplo más cercano de una Unión supuestamente política gobernada por una burocracia más atenta a los intereses de los lobbies económicos que a las necesidades de la ciudadanía.
  9. Tampoco somos ya ajenos al hecho de que el sistema jur√≠dico por el que se rigen las democracias liberales est√° claramente escorado hacia la salvaguarda de los intereses de las √©lites que poseen y controlan los recursos y los mecanismos de apropiaci√≥n. El ‚Äúimperio de la ley‚ÄĚ a menudo no es otra cosa que un artificio legaliforme (legal, pero no siempre leg√≠timo) para imponer un sistema de control (que no regulaci√≥n) social, y ‚Äúpara reglamentar la vida de los d√©biles‚ÄĚ.
  10. En cuanto al mundo del trabajo, comprobamos cada vez con mayor claridad la ausencia total de democracia que rigen las relaciones laborales. No es concebible un sistema democr√°tico que albergue en su seno esta bolsa de explotaci√≥n, abusos e impunidades. En este √°mbito estamos asistiendo a la m√°s cruda y despiadada ¬†desaparici√≥n de los derechos ‚ÄĒincipientes, demediados, conculcados‚ÄĒ que se hab√≠an conseguido con el esfuerzo de muchos a√Īos de reivindicaci√≥n y de lucha. Con todo, hemos empezado a sospechar que lo peor (en palabras de Viviane Forrester) no es ya la explotaci√≥n laboral, sino que el conjunto de los seres humanos est√© empezando a considerarse superfluo a efectos laborales.
  11. Y qué decir del aumento de las desigualdades, en nuestro país y en el mundo. Desigualdades crecientes en el reparto de rentas, desigualdades entre mujeres y hombres, desigualdades de acceso a los bienes básicos, desigualdades en el reconocimiento real de derechos…
  12. Tampoco la libertad de expresi√≥n, supuesto emblema de las ‚Äúdemocracias asentadas‚ÄĚ, escapa ya a la conciencia de su merma en los sistemas ‚Äúdemocr√°ticos‚ÄĚ de todo el mundo, incluyendo a nuestro pa√≠s, por supuesto. Para muestra, el lamentable bot√≥n de la llamada ‚Äúley mordaza‚ÄĚ.
  13. Del mismo modo, somos ya ampliamente conscientes del papel que en las ‚Äúdemocracias consolidadas‚ÄĚ tiene realmente el derecho internacional y los derechos humanos. Como caso paradigm√°tico, valga el vergonzoso tratamiento de refugiados y migrantes por parte de los pa√≠ses comunitarios y de la UE en su conjunto. Y qu√© decir de las relaciones comerciales en las que brillan por su ausencia los derechos y la √©tica m√°s elementales: pensemos en todo lo relacionado con el comercio del colt√°n, los diamantes, las armas‚Ķ ¬†
  14. En cuanto a la corrupci√≥n, y la correspondiente impunidad que parece acompa√Īarla en nuestro pa√≠s, sabemos ya que no es cosa de algunas ‚Äúmanzanas podridas‚ÄĚ, ni da√Īos inevitables de la codicia humana, sino producto de la permisividad e incluso complicidad de las esferas del poder, y de la inexistencia (buscada) de un sistema pol√≠tico realmente transparente en los aspectos m√°s fundamentales, democr√°tico en sus formas y en su fondo, que haga inviable la existencia tanto de la corrupci√≥n como de la impunidad.
  15. También ahora somos más conscientes de los motivos y de las consecuencias que ha tenido la creación de la clase media en las democracias liberales. Una clase media genuflexa ante los abusos de poder que no le afectaban en demasía, y que ha servido para la amortiguación y silenciamiento de los conflictos políticos y sociales que habrían requerido una respuesta crítica de dicha clase social mimada por el poder a cambio de su mutismo y escaso apetito político.
  16. Hay que se√Īalar tambi√©n la percepci√≥n, m√°s realista, menos ingenua, que se va abriendo paso en el espinoso tema de Internet, las redes sociales, las webs ocultas al escrutinio de la justicia‚Ķ Posiblemente, en la actualidad est√° en juego, como nunca, la libertad de la ciudadan√≠a global, pues las formas de control est√°n siendo m√°s sutiles, pormenorizadas y efectivas que en cualquier otro periodo hist√≥rico. Hubo un momento en el que se pens√≥ que Internet nos har√≠a m√°s libres; hoy en cambio somos conscientes de que sin la democratizaci√≥n real y urgente de Internet la libertad ser√° una de las mayores p√©rdidas que habr√°n de afrontar las sociedades actuales y futuras, absortas y confundidas por el ensordecedor estruendo de tuits y chats. Mientras, los ricos se enriquecen on line y los desfavorecidos sufren en la realidad real.
  17. Y para finalizar este breve recorrido a través de los inquietantes aspectos de nuestra realidad (pero sobre los que sin duda existe una mayor concienciación ciudadana), habría que considerar las características de la cultura (en el sentido antropológico) impuesta por el neocapitalismo global, desaforado, deshumanizador  y predatorio de nuestros días; una cultura caracterizada por la fragmentación de la vida social y de los seres humanos: se hace necesario aumentar y generalizar esa conciencia sobre los destrozos humanos de esta cultura impuesta que cabalga sobre nuestra previa rendición democrática.

En resumidas cuentas, parece que tenemos la conciencia, la nueva conciencia democr√°tica; nos falta a√ļn la determinaci√≥n y el suficiente grado de intransigencia ante el avance de la pol√≠tica desactivada que se nos quiere hacer pasar por democracia. De ah√≠ que la nueva pol√≠tica tarde en llegar‚Ķ