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Jaime pastor

Fotografía: Jesús Massó

Posiblemente sea cierto que la nueva política tarda en llegar, para satisfacción de quienes desean que nada cambie y provocando la decepción y la impaciencia de quienes subestimaron la fuerza de las inercias conservadoras. Como suele decirse del momento actual, “lo nuevo no aparece del todo y lo viejo no acaba de desaparecer”. Vivimos tiempos de indefinición que alimentan el desasosiego general: unos temen los cambios que llaman a la puerta; otros, lo que temen es que esos cambios no lleguen a hacerse efectivos. El resultado de este estado de cosas es una sociedad recelosa —resabiada diría yo—, más proclive a la abulia descreída que al entusiasmo creador. Flota en el ambiente una tentación que incita a la  dejadez, a la pasividad y al dejarse llevar. Como dice la canción “Así soy yo”, del Cuarteto de Nos:

No pasa nada si no me muevo
Por eso todo me chupa un huevo
Y no me mata la indecisión
Si ´should I stay, or should I go´

A pesar de que esta actitud parece estar muy extendida en nuestros días, también es cierto que en los últimos años ha surgido, con clara voluntad  de permanencia, una nueva conciencia y una nueva percepción de lo que es y debería ser la democracia. Ya no cuelan tópicos como ese de que “vivimos en una democracia asentada” y cosas por el estilo. Tópicos que, convenientemente cultivados y expandidos, han servido para disuadir la posibilidad de desarrollar cualquier visión nueva sobre la democracia, y, en consecuencia, el aborto prematuro de cualquier propuesta o deseo de cambio serio y en profundidad. De ahí el inmovilismo suicida que ha caracterizado a nuestro sistema político en España, por tomar un ejemplo cercano. Ahora, si no con el suficiente convencimiento y la necesaria determinación de la sociedad para exigir e impulsar los cambios, al menos intuimos ya que nuestras “asentadas” democracias liberales no están precisamente asentadas, sino que en todo caso se asientan precariamente sobre un auténtico terreno pantanoso que amenaza con graves hundimientos y colapsos.

¿Cuáles son los elementos, los mimbres, que, a mi juicio, conforman esta nueva conciencia democrática? Sin ánimo de exhaustividad ni orden por importancia, y pensando en un posterior desarrollo en números sucesivos de ETP, podríamos señalar los siguientes:

  1. Para empezar, estamos tomando conciencia de los agujeros y trucos que convierten nuestro sistema democrático liberal en un espacio que favorece la corrupción, la impunidad y la desigualdad real ante las leyes. Leyes, por otra parte,  con insuficiente  nervio democrático.
  2. Ahora somos más conscientes de que nuestros miedos e inseguridades, hoy, son mayoritariamente inducidos desde el poder. Se nos quiere permanentemente temerosos, inseguros, precarizados, porque estos sentimientos favorecen la dependencia acrítica y el sometimiento pasivo. Experimentamos un miedo permanente y difuso a la desposesión (desposesión de derechos, de puestos de trabajo, de niveles salariales dignos, de pensiones, de prestaciones…)
  3. Hemos caído en la cuenta, y somos por tanto conscientes, de que el inmovilismo político, tan del gusto de las élites del poder, y que se nos suele vender como estabilidad, es en realidad una estrategia deliberada que el establishment utiliza para prevenir y evitar cualquier cambio que refuerce la verdadera soberanía popular.
  4. Ahora sabemos ya con bastante certeza que la ausencia (intencionada) de una auténtica educación para la ciudadanía tiene como finalidad favorecer una sociedad pastoreada, políticamente abúlica, escasamente crítica con el poder…
  5. También estamos tomando una mayor conciencia sobre los males y desastres producidos en nuestro sistema político por el bipartidismo reinante a lo largo de tantos años de postdictadura. Uno de estos males —y no el menor— es la escasa predisposición para la práctica de una política de la negociación entre diversas formaciones políticas, cuya proliferación representa el paso de una sociedad binaria, encorsetada, a una plural, abierta. Como era previsible, las sensibilidades conservadoras consideran esta nueva realidad multicolor como un auténtico caos.
  6. Tampoco es un asunto menor que estemos ganando conciencia acerca de las falacias que encierra el concepto de progreso, tan ambiguo y engañoso, y tan profusamente utilizado como “zanahoria” para favorecer el desarme moral y político de unas masas moldeadas bajo criterios puramente economicistas.
  7. Unido a lo anterior, cabe señalar la burda maquinaria (propagandística, esquilmadora e irracional) de creación artificial de necesidades. No cabe duda de que la conciencia sobre el deterioro del planeta como consecuencia de la creación artificial de necesidades de consumo está aumentando en el mundo.   
  8. Y ni que decir tiene que somos ya conscientes de la escasa sustancia democrática de la mayoría de las instituciones que nos gobiernan, nacionales y supranacionales. En el contexto jurídico y político europeo tenemos el ejemplo más cercano de una Unión supuestamente política gobernada por una burocracia más atenta a los intereses de los lobbies económicos que a las necesidades de la ciudadanía.
  9. Tampoco somos ya ajenos al hecho de que el sistema jurídico por el que se rigen las democracias liberales está claramente escorado hacia la salvaguarda de los intereses de las élites que poseen y controlan los recursos y los mecanismos de apropiación. El “imperio de la ley” a menudo no es otra cosa que un artificio legaliforme (legal, pero no siempre legítimo) para imponer un sistema de control (que no regulación) social, y “para reglamentar la vida de los débiles”.
  10. En cuanto al mundo del trabajo, comprobamos cada vez con mayor claridad la ausencia total de democracia que rigen las relaciones laborales. No es concebible un sistema democrático que albergue en su seno esta bolsa de explotación, abusos e impunidades. En este ámbito estamos asistiendo a la más cruda y despiadada  desaparición de los derechos —incipientes, demediados, conculcados— que se habían conseguido con el esfuerzo de muchos años de reivindicación y de lucha. Con todo, hemos empezado a sospechar que lo peor (en palabras de Viviane Forrester) no es ya la explotación laboral, sino que el conjunto de los seres humanos esté empezando a considerarse superfluo a efectos laborales.
  11. Y qué decir del aumento de las desigualdades, en nuestro país y en el mundo. Desigualdades crecientes en el reparto de rentas, desigualdades entre mujeres y hombres, desigualdades de acceso a los bienes básicos, desigualdades en el reconocimiento real de derechos…
  12. Tampoco la libertad de expresión, supuesto emblema de las “democracias asentadas”, escapa ya a la conciencia de su merma en los sistemas “democráticos” de todo el mundo, incluyendo a nuestro país, por supuesto. Para muestra, el lamentable botón de la llamada “ley mordaza”.
  13. Del mismo modo, somos ya ampliamente conscientes del papel que en las “democracias consolidadas” tiene realmente el derecho internacional y los derechos humanos. Como caso paradigmático, valga el vergonzoso tratamiento de refugiados y migrantes por parte de los países comunitarios y de la UE en su conjunto. Y qué decir de las relaciones comerciales en las que brillan por su ausencia los derechos y la ética más elementales: pensemos en todo lo relacionado con el comercio del coltán, los diamantes, las armas…  
  14. En cuanto a la corrupción, y la correspondiente impunidad que parece acompañarla en nuestro país, sabemos ya que no es cosa de algunas “manzanas podridas”, ni daños inevitables de la codicia humana, sino producto de la permisividad e incluso complicidad de las esferas del poder, y de la inexistencia (buscada) de un sistema político realmente transparente en los aspectos más fundamentales, democrático en sus formas y en su fondo, que haga inviable la existencia tanto de la corrupción como de la impunidad.
  15. También ahora somos más conscientes de los motivos y de las consecuencias que ha tenido la creación de la clase media en las democracias liberales. Una clase media genuflexa ante los abusos de poder que no le afectaban en demasía, y que ha servido para la amortiguación y silenciamiento de los conflictos políticos y sociales que habrían requerido una respuesta crítica de dicha clase social mimada por el poder a cambio de su mutismo y escaso apetito político.
  16. Hay que señalar también la percepción, más realista, menos ingenua, que se va abriendo paso en el espinoso tema de Internet, las redes sociales, las webs ocultas al escrutinio de la justicia… Posiblemente, en la actualidad está en juego, como nunca, la libertad de la ciudadanía global, pues las formas de control están siendo más sutiles, pormenorizadas y efectivas que en cualquier otro periodo histórico. Hubo un momento en el que se pensó que Internet nos haría más libres; hoy en cambio somos conscientes de que sin la democratización real y urgente de Internet la libertad será una de las mayores pérdidas que habrán de afrontar las sociedades actuales y futuras, absortas y confundidas por el ensordecedor estruendo de tuits y chats. Mientras, los ricos se enriquecen on line y los desfavorecidos sufren en la realidad real.
  17. Y para finalizar este breve recorrido a través de los inquietantes aspectos de nuestra realidad (pero sobre los que sin duda existe una mayor concienciación ciudadana), habría que considerar las características de la cultura (en el sentido antropológico) impuesta por el neocapitalismo global, desaforado, deshumanizador  y predatorio de nuestros días; una cultura caracterizada por la fragmentación de la vida social y de los seres humanos: se hace necesario aumentar y generalizar esa conciencia sobre los destrozos humanos de esta cultura impuesta que cabalga sobre nuestra previa rendición democrática.

En resumidas cuentas, parece que tenemos la conciencia, la nueva conciencia democrática; nos falta aún la determinación y el suficiente grado de intransigencia ante el avance de la política desactivada que se nos quiere hacer pasar por democracia. De ahí que la nueva política tarde en llegar…

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Jaime pastor

Ilustración: pedripol

No hace mucho escribía yo en este foro acerca del evidente desinterés que los distintos gobiernos/partidos de la llamada transición española han manifestado por llevar a cabo mejoras democráticas de la constitución del 78. Ese desinterés se extendió al nuevo sistema político en su conjunto, a la democracia representativa liberal que inició su andadura allá por aquellas fechas.

Si una de las características fundamentales de la democracia como sistema es su perfectibilidad, es decir, una dinámica inspirada en la necesidad y posibilidad de continuas mejoras, es evidente que la democracia, en España, ha padecido un estancamiento preocupante —por insano— durante demasiado tiempo. Los resultados de tanta indolencia democrática están hoy a la vista: en España, al igual que en el contexto de las democracias liberales de Occidente, está produciéndose un evidente deslizamiento hacia lo que ha venido en llamarse “la democracia autoritaria”, proceso favorecido precisamente por textos constitucionales defectivos, insuficientes.

Pero si negativo ha resultado ser el inmovilismo democrático intencionadamente practicado por nuestros distintos gobiernos/partidos —y favorecido por un consentimiento paralelo de la sociedad en su conjunto—, más lesiva aún está siendo para una deseable profundización en la democracia la acción continuada e intensa del poder por rebajar aún más el escaso potencial democrático de las Constituciones liberales, y de la nuestra concretamente, tal como ya describía en mi artículo “Hacia la Constitución neoliberal”.

De manera que mientras los distintos gobiernos/partidos nos han venido aleccionando políticamente con las bondades del sentido común, la moderación, el diálogo, el consenso, la centralidad…, etc., bajo nuestros pies estaba fraguando una realidad que ahora se evidencia e impone en toda su crudeza, y cuyos contornos nada tienen que ver con la engañosa catequesis que con tanto ahínco se practicó desde el poder: una realidad en la que brilla por su ausencia el sentido común bueno (hay sentido común bueno y sentido común malo, como el colesterol) de quienes nos sermoneaban; una realidad caracterizada por el desenfreno, el desmadre, las tropelías y los abusos de los dueños de la situación; una realidad despótica, en alejamiento progresivo de los más elementales principios democráticos.

Pero los factores anti democráticos que integran esta realidad se amplían y extienden a otras facetas de la vida, de la sociedad y de la convivencia. Por ejemplo, estamos asistiendo de manera casi imperceptible (los medios no lo tratan suficientemente) a otro deslizamiento fundamental: el paso de un modelo de educación —puede que insuficiente y mejorable— que en lugar de ser sustituida por una mejor educación, ha cedido el paso a un adiestramiento totalmente exitoso y eficiente en sus pretensiones y objetivos: el adiestramiento neoliberal.

Si con la promulgación de la LOMCE (Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa)  ya tuvimos ocasión de comprobar el concepto de educación que anida en la cabeza de las élites propietarias del poder, ahora estamos asistiendo a una revisión/ampliación/afinación de aquellos principios retrógrados para insistir abiertamente en los postulados de la nueva razón del mundo: ese neoliberalismo asocial, grosero, irresponsable e inhumano que está llevando al planeta a situaciones de alto contenido explosivo. Si defectiva, por insuficiente, era la Ley Orgánica de Educación (LOE) del año 2006, que aún incluía un lenguaje con amplios referentes a la convivencia democrática, la cohesión y los valores sociales, el respeto a las diferencias individuales, el fomento de la solidaridad y la evitación de la discriminación, etc., la citada LOMCE, auspiciada por el aciago ministro Wert, vino a desarrollar abiertamente una ideología “educativa” neoliberal individualista y competidora, sólo disimulada por un lenguaje preambular engañoso cuya primera intención era soslayar las críticas que se vertieron contra los primeros anteproyectos publicados antes de la redacción definitiva de dicha ley, promulgada en 2013 y actualmente vigente.

Aquellos primeros borradores tenían la “virtud” de mostrar a las claras las intenciones, los modos y los principios que inspiraban a los promotores de aquella ley en gestación. En efecto, los textos que fueron conociéndose durante el proceso de preparación de la LOMCE, y concretamente el anteproyecto que llegó a presentar el ministro Wert, estaban trufados de expresiones como “promover la competitividad de la economía”, “La capacidad de competir”, “ventajas competitivas en el mercado global”, “educación para el puesto de trabajo”…, etc.

Dicho documento se abría con el siguiente texto —no me resisto a transcribirlo literalmente— que venía a ser el compendio del modelo educativo en ciernes: “La educación es el motor que promueve la competitividad de la economía y el nivel de prosperidad de un país. El nivel educativo de un país determina su capacidad de competir con éxito en la arena internacional y de afrontar los desafíos que se planteen en el futuro. Mejorar el nivel educativo de los ciudadanos supone abrirles las puertas a puestos de trabajo de alta cualificación, lo que representa una apuesta por el crecimiento económico y por conseguir ventajas competitivas en el mercado global”.

Y es que a pesar de la “dulcificación” posterior de la letra, el espíritu que impregnaba dicha ley giraba —gira— en torno a la llamada de las élites del poder neoliberal al necesario sometimiento de las personas y de la sociedad a las leyes de los mercados globalizados. Porque esta ideología “educativa” no contempla la posibilidad ni la necesidad de luchar —en este caso desde la educación— para revertir el estado actual de las cosas y construir un mundo distinto y mejor, más allá de los moldes del pensamiento contable hegemónico.  

Por el contrario, aquella orientación de los asuntos educativos era perfectamente congruente con los vientos neoliberales que azotaban ya por entonces todos los órdenes de la vida. Vientos que hacían previsible lo que posteriormente iría haciéndose efectivo: el diseño y aplicación de una “educación” (en realidad adiestramiento) para aleccionar convenientemente la subjetividad, el espíritu de las personas; para controlar y organizar con criterios de estricto aprovechamiento el trabajo, el reposo, el ocio…. En definitiva, una “educación” concebida para moldear cuerpos y mentes optimizados para el Gran Objetivo: la competición a todos los niveles… hasta desembocar en un fenómeno ya establecido como “normal” en la sociedad de nuestro presente: la competición de cada “individuo” no sólo con el resto de los demás “individuos”, sino consigo mismo.

Así pues, la gran novedad de este adiestramiento neoliberal reside —citando a Christian Laval y Pierre Dardot— “en el moldeado mediante el cual los individuos son transformados para que sean capaces de soportar las nuevas condiciones creadas, y de tal manera que ellos mismos contribuyen con su propio comportamiento a que dichas condiciones se vuelvan cada vez más duras y cada vez más perennes”. En resumidas cuentas, y siguiendo con la cita de estos autores, “…la novedad consiste en disparar un ‘efecto de cadena’ para producir ‘sujetos emprendedores’ que, a su vez, reproducirán, ampliarán, reforzarán las relaciones de competición entre ellos”.

Y para que todo lo escrito hasta aquí no quede en el mundo de la teoría, quisiera descender a niveles de concreción suficientes como para ilustrar adecuadamente las anteriores reflexiones. Precisamente estos días hemos asistido a dos informaciones (también escasamente divulgadas por los medios, dicho sea de paso) que deberían ahondar la preocupación de la sociedad sobre el futuro inmediato de la educación en nuestro país, pues vienen a significar el avance de esa tendencia ultraconservadora ya apuntada en la LOMCE en particular y en el fenómeno de adiestramiento neoliberal en general.

La primera de estas informaciones, que tiene alcance autonómico pero que sin duda abrirá el camino a una generalización a nivel estatal, se refería al fallo (creo que del pasado día 24 de mayo) del Tribunal Supremo reconociendo el derecho al concierto económico a los colegios andaluces concertados que segregan al alumnado por razón de sexo, una práctica artificial y artificiosa, contra natura, que la Junta de Andalucía tenía recurrida, y a la que sus defensores llaman educación diferenciada. Digo práctica contra natura porque las mujeres y los hombres no viven en la realidad separados en compartimentos estancos: trabajan, se desarrollan, se instruyen y educan, se divierten, sufren, construyen sociedad…, juntos, en absoluta interacción. Y esa interacción es imprescindible practicarla antes o al mismo tiempo que aprenderla. Precisamente esa diferenciación a la que aluden sólo puede ser vivencialmente exitosa con la premisa de un desarrollo (social, psíquico, intelectual, afectivo, emocional, profesional…) en estricto contacto, en efectiva comunidad, en radical acompañamiento entre niños y niñas, entre hombres y mujeres.

La segunda de las informaciones a que he aludido hace referencia a la publicación (prácticamente en las mismas fechas que el fallo del TS citado anteriormente) por parte de la Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE) de un documento-libro titulado “La educación importa”, en el que la patronal española expone sus posiciones sobre la educación que tenemos y la que, a su juicio, deberíamos tener… ¡para hacer frente de manera eficaz a los cambios propiciados por la globalización! (Enfatizo la coincidencia de objetivos).

Recela uno cuando oye hablar y argumentar a las organizaciones empresariales de hacer frente a los cambios propiciados por la globalización: un sencillo ejercicio de interpretación basado en la experiencia y en la trayectoria intelectual de la CEOE nos dice que por “hacer frente a la realidad de la globalización” el pensamiento neoliberal hegemónico en esta organización entiende “el sometimiento sin condiciones de la gente a los dictados e intereses de los negocios y de la especulación”. Y la educación —una verdadera educación— representa una vacuna contra la mansedumbre y el consentimiento, que constituyen siempre eficaces extirpadores de la dignidad humana. Por ello, cuando dicen educación, en realidad, repito, quieren decir adiestramiento. De ahí el título de estas líneas, porque efectivamente, en el horizonte inmediato de las sociedades desarrolladas liberalmente democratizadas, retrocede la educación y avanza el adiestramiento.

Tal vez, por lo que llevo dicho hasta aquí, quienes no hayan leído el documento de los empresarios lo supondrán repleto de referencias neoliberales explicitas a la manera en que lo hacían los papeles preparatorios de la LOMCE, según hemos visto. Pero no es así. Los redactores del documento de la CEOE tienen una experiencia previa y han querido evitar, con astucia evidente, el uso de la tosca terminología utilizada por los burócratas redactores de la LOMCE, que tan criticada fue por sectores progresistas por su alto contenido en ideología contable. Pero no resulta creíble incluir, como hace el documento de la CEOE, entre las diez propuestas clave para adaptar la educación a esta “nueva era”, el “desarrollo de la creatividad, el pensamiento crítico (sic), la comunicación y la colaboración”, mientras que, por otro lado, se insta como necesario y urgente que las reformas de nuestro sistema educativo “deberán lograr en la mente de los sujetos en formación el desarrollo de un núcleo estable de conocimientos, de actitudes y de competencias, desde la educación general, que esté alineado con los requerimientos de esta nueva era”.

Sabemos ya de sobra, por la experiencia empírica que nos aporta una simple mirada al mundo actual, cuáles son “los requerimientos” de esta nueva era en materia económica y de empleo. No veo, por ello, en qué sentido podría aplicarse el sentido creativo y el pensamiento crítico que el empresariado de la CEOE propugna como necesarios.

No he podido evitar recordar, durante la redacción de estas líneas, un conocido y profundo análisis, entonces premonitorio (fue publicado en 2006), que advertía de las corrosivas consecuencias personales y sociales derivadas del nuevo modelo humano que rondaba ya entonces —y ronda todavía— en la cabeza de los destructivos fundamentalistas de la emprendeduría y la competitividad. Este análisis a que me refiero lleva por título precisamente “La corrosión del carácter”, además de un esclarecedor subtítulo: “Las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo”. Su autor, el prestigioso sociólogo Richard Sennet. No nos vendría mal releerlo como contrapeso ante tanto interesado optimismo neoliberal.

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Fotografía: Jesús MassóJaime pastor

A pesar de su resistencia a dejarse comprender, a estas alturas sabemos ya muchas cosas acerca del lenguaje. Sabemos, por ejemplo, que no sólo lo utilizamos para comunicar, sino que también es un instrumento que se amolda perfectamente a los trucos de la incomunicación inducida. Conocemos su importancia en la cognición —el conocimiento— de la realidad, del mundo en que vivimos; pero al mismo tiempo no ignoramos que el lenguaje puede ser también un elemento al servicio del enmascaramiento intencionado de cualquier realidad considerada.

Por concretar un poco, quisiera referirme a la ligereza y al escaso sentido crítico con  que hemos venido aceptando la utilización del término democracia para caracterizar un sistema político como el nuestro. Acostumbrados a representar de buen grado ese confortable papel de consumidores apresurados, no caímos en conceder importancia al hecho de que la etiqueta DEMOCRACIA apenas aclara nada sobre el producto etiquetado. De hecho, nos había llegado a resultar aburrido leer la letra pequeña de las grandes cuestiones de nuestro día a día político. Y como confiábamos en el sistema, pues todo iba rodado.

Pero cuando las cosas empezaron a torcerse, nos dio por escudriñar etiquetas. Nos pusimos a revisar contratos. Y así descubrimos que bajo ese cotidiano discurso (ahora se diría relato) que afirma e insiste en que somos una “democracia consolidada”, una “democracia madura”, etc., había una especie de “cláusula suelo” con la que nuestro contrato social-político-bancario había sido contaminado en origen, sin que hayamos sido apenas conscientes de ello durante todo este tiempo vivido en libertad liberal.

Igual que en el asunto de las hipotecas bancarias, la “cláusula suelo” de la democracia otorgada, de esa democracia en la que durante mucho tiempo confiamos, escondía mecanismos para que los privilegios de los dueños de la situación siempre estuviesen a salvo, por mucho que el mercadeo (sic) financiero fluctuase o enloqueciese.

Precisamente sería la proliferación de patologías financieras el hecho decisivo que nos vendría a mostrar que esa pretendida democracia “consolidada”, “madura”, no estaba  intencionadamente diseñada para la función básica de una auténtica democracia digna de tal denominación. Porque una democracia madura y estable constituye, por definición, un cortafuegos eficaz contra todo lo que hoy está realmente aconteciendo bajo la mirada atónica y perpleja de la ciudadanía. Una ciudadanía que, de repente, toma conciencia de su orfandad respecto de las instituciones imprescindibles para conjurar las arbitrariedades de unas élites carentes en absoluto de sensibilidad democrática, precisamente.

Visto lo visto, y lo que tal vez nos queda por ver, puede que la democracia —aventuro maliciosamente— no haya estado nunca presente en un sistema que se autocalifica y proclama, precisamente, de democrático. De ahí que en los últimos años se esté acentuando ese desalentado sentimiento de sospecha entre la ciudadanía, a la que cada día se le dan nuevos motivos para la desafección y para el rechazo hacia este sistema de democracia otorgada. Todo en el transcurrir de nuestro día a día político abona la sospecha de que la triunfante historia escrita de la democracia contemporánea no haya sido más que el ejercicio de un exitoso camelo destinado a encubrir y disimular la gran estafa epocal: esa libertad liberal que se nos llegó a vender incluso como el régimen político definitivo.

Y ha tenido que ser en el ámbito laboral, en el mundo del trabajo, donde se ha evidenciado con mayor rotundidad la escandalosa ausencia de democracia de nuestro sistema político. Las condiciones a las que en esta nuestra “democracia madura” se está sometiendo a quienes  simplemente aspiran a vivir de un trabajo honrado, han rebasado ya, con mucho, el nivel de lo tolerable. Las salidas laborales a que cada vez con mayor frecuencia se ve abocada la gente implica el padecimiento de alguna de estas auténticas amputaciones deshumanizadoras: la renuncia a la propia dignidad, la aceptación de una explotación inadmisible, el olvido “voluntario” de los principios éticos y morales básicos.

Ya se habla con naturalidad (argumentaciones perversas de por medio) de relaciones de trabajo sin remunerar, rebasada ya la fase de las remuneraciones miserables. Raro es el día que no conocemos un episodio más, que hace buena la situación anterior, de esta pesadilla en la que se ha convertido el ámbito laboral. Cuesta pensar que hubo un tiempo en el que llegó a contemplarse la posibilidad de que los procedimientos y prácticas democráticas fuesen sustituyendo las estructuras autoritarias propias del mundo del trabajo. Eran tiempos en los que aun se confiaba en la paulatina prevalencia de la política democrática sobre el autoritarismo fáctico de los mercados.

Hoy esa esperanza está prácticamente perdida. De hecho, se extiende sobre la ciudadanía un sentimiento de añoranza hacia un pasado donde ciertas cosas parecían aún posibles. Los factores que han contribuido a establecer como normal este estado de cosas, así como la descripción y consecuencias que el actual panorama social está teniendo sobre los seres humanos, es el tema del libro póstumo de Zygmunt Bauman, titulado consecuentemente como “Retrotopía”.

En este contexto de “ruido y furia”, los adalides del pensamiento contable que sembraron de “cláusulas suelo” esta nuestra supuesta “democracia madura” parece que están aceptando, a regañadientes, la devolución de unos réditos ganados con premeditación y alevosía. Lo que no sabemos es si conseguiremos algún día que nos devuelvan tanta dignidad  secuestrada en nombre de una política deshumanizada a la que con tanta frivolidad continúan llamando democracia. Y haciendo gala del cinismo propio del poder, hasta la califican de madura y consolidada. Cosas del lenguaje…

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Jaime pastor

Fotografía: Susana Cano

Considero que merecen nuestro respeto por encima de todo. Pienso que nadie debe permanecer indiferente cuando son ultrajadas, injuriadas o despreciadas. El peso de la ley debe caer con todo rigor sobre quienes las hacen objeto de escarnio o maltrato. Todos estamos llamados a velar para que, en cualquier momento, lugar y circunstancia, queden a salvo de daños y vejaciones. Atentar contra ellas, ya sea físicamente o restándoles dignidad, debería ser motivo de nuestra más enérgica repulsa, y, en tales casos, estamos moralmente obligados a comprometer, en su defensa, nuestra misma integridad física y nuestra vida, si fuere preciso.

Estoy refiriéndome, como no podría ser de otro modo, a las personas. Porque, indudablemente, la vida y la dignidad de las personas son los valores que deben merecer nuestro más irrenunciable compromiso y nuestro más constante desvelo, por encima de cualquier otra consideración. Por supuesto, por encima de las banderas.

Sin embargo, aquí mismo, en Cádiz, hemos asistido estos días a un espectáculo descorazonador, lastimoso, violento, con una bandera como diana, en este caso la bandera republicana, o la bandera de la II República española, como queramos. Tengo que adelantar y reconocer que mis opiniones y razonamientos sobre este asunto de las banderas están totalmente sesgados. Me ocurre —tal como creo que he comentado ya alguna vez— lo mismo que a Georges Brassens respecto a la fiesta nacional, las banderas y la música militar, que no conseguían levantarlo de la cama, según su propia y conocida confesión.

Digo esto porque parece que hay a quienes la simple visión de una bandera no sólo les hace levantarse de la cama como un resorte, sino que les impulsa a la complicada tarea, incomprensible para mí, de patear hasta derribar el mástil —según informan los medios estos días— del que cuelga una bandera que evidentemente no les gusta y hasta les disgusta, en este caso la bandera republicana. E incluso más complicado e incomprensible aún: ha habido algún que otro “transeúnte” (así, de manera tan angelical, le denomina un medio local) que ha escalado con agilidad simiesca el mástil una vez repuesto en su lugar para, literalmente, podar tijera en mano la tela cuya simple visión al parecer le ponía fuera de sí.

Afortunadamente y para tranquilidad de esas almas dañadas por la presencia de la bandera republicana, la delegación del gobierno en Andalucía, a instancias del subdelegado del gobierno en Cádiz…, etc., etc., etc., ha interpuesto un recurso ante el juzgado de lo Contencioso-Administrativo, reclamando su retirada cautelar, supongo yo que para proteger de semejante crimen contra la humanidad a las personas expuestas a la dantesca visión de la bandera…

Malo, malo… No sería la primera vez que un símbolo acaba adquiriendo vida propia e independiente como consecuencia del escamoteo intencionado, o deformación deliberada,  de la realidad simbolizada. El símbolo, desconectado así de su referente, deviene en lo que a cada sujeto o a cada grupo convenga: o bien se sacraliza, o se transforma en tótem tribal, o se convierte en simple arma arrojadiza. Los símbolos, despojados interesadamente de lo que en principio simbolizaban (en este caso como consecuencia de una amnesia histórica inducida y una grosera manipulación) son peligrosas máquinas de agresión y violencia. De ahí que ante una bandera, cualquier bandera, conviene administrar bien ese bobo sentimentalismo que alguna gente confunde con el amor (o desamor) a la patria, o el amor (o desamor) a no se sabe qué entelequias instiladas en cerebros predispuestos para la coz como expeditivo recurso a la hora de resolver los desacuerdos.

En definitiva, es lastimosamente evidente que ciertas personas están convencidas,  hasta caer en el más ridículo delirio, de que la bandera que ha aparecido estos días colgada de un mástil en las Puertas de Tierra (me da igual quién o qué institución o colectivo la haya colgado), constituye la representación del mismísimo Lucifer, del mismísimo Mal, con mayúscula. Y como eso no se pué aguantá (tesis), pues inevitablemente estalla la furia cavernaria y carpetovetónica (antítesis), y los sujetos provocados no tienen más remedios que responder contundentemente (síntesis). Es la repetida y odiosa dialéctica de la burricie y de la intolerancia.

Y aquí quisiera enlazar con lo que considero más preocupante de todo este triste episodio. Se dirá, para minimizar la importancia de estos hechos, que son obra de un par de exaltados incontrolados… y aquí paz y allá gloria. Pero lo que más llama la atención es precisamente el  desafortunado argumento con el que determinada gente ha censurado la presencia de la bandera republicana: quienes la han colocado ahí, a la vista de todo el mundo, lo que han pretendido es provocar. El problema no es la estúpida reacción, sino la pretendida provocación… La maté, la ultrajé, la derribé y la podé porque me provocó. Suena a conocida esta música sórdida y siniestra… Se me hace difícil comprender en qué oscuros recovecos de un cerebro siglo XXI nace esta sibilina e irresponsable justificación de la violencia como respuesta a una supuesta provocación

También sobrepasan la media mundial de inteligencia quienes han asegurado que la bandera ha sido colocada por el equipo de gobierno del Ayuntamiento para desviar la atención de la ciudadanía de otros asuntos más importantes y supuestamente lesivos para la ciudad… ¡Cómo y cuánto se hubiese centrado la atención ciudadana sobre esos supuestos asuntos de no haberse producido esa farisaica y ridícula alarma en torno a una bandera…!

Llegará el día en el que podamos prescindir de las banderas o, al menos, de sus connotaciones más negativas. Mientras tanto, ¿seríamos capaces de no poner en ellas tanto apasionamiento trasnochado, tanto chovinismo infantiloide, tanta ferocidad revestida de grandilocuentes y vacías proclamas decimonónicas? ¿Tanto cuesta, ante una bandera —sea cual sea, guste o no guste—, mantener la naturalidad, el sosiego, la templanza, el equilibrio del ánimo, la serenidad, la madurez y el control de la emotividad?  Máxime cuando el equipo de gobierno del Ayuntamiento ha dado las explicaciones pertinentes sobre la colocación de una bandera republicana junto a las Puertas de Tierra.  ¿No es congruente la presencia de dicha bandera con la celebración de una serie de actos que se han organizado con ocasión del aniversario de la II República?  Sólo desde la existencia de mucho prejuicio y de mucha  ojeriza es explicable tan enconado rechazo a tal iniciativa.

Hay tanto por lo que cabrearse, tantas cosas en las que depositar nuestros desvelos, tantos derechos pisoteados diariamente y por todas partes, tanta dignidad doblegada, tantos abusos sin atajar, tantas y tantas ocasiones en que verdaderamente se necesitaría el entusiasmo, el coraje, el ardor que despiertan las banderas…

Claro que no todas las banderas merecen el mismo juicio. Si no fuera porque resulta harto cansado repetir lo evidente, como decía creo que Bertolt Brecht, habría que reseñar aquí los logros y los intentos modernizadores que la II República significó para la España de entonces. Una España que retrocedió siglos con el golpe franquista y significó la vuelta al oscuro horizonte previo a la República. Me ahorro, por pereza, ese trabajo resumiéndolo con las palabras que Fran González, el portavoz del Grupo Municipal Socialista, pronunció al ser interrogado por el juicio que le merecía el izado de la bandera republicana: “simboliza —dijo— un contexto histórico y representa una lucha por derechos y libertades en un momento histórico de este país”. Así de sencillo. Así de pacífico. Así de inteligente.

Por todo ello, creo que hace bien el Ayuntamiento en poner y reponer la bandera republicana…, a ver si, mientras, los exaltados encuentran un destino mejor para verter su descontrolada testosterona. Y lo mismo sus justificadores, cuyo don de la mesura y de la oportunidad parece haberles abandonado cuando manejan tan a la ligera la palabra provocación.

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Jaime pastor

Ilustración: pedripol

La burda apelación a la ciencia que estos días viene haciendo el presidente de Hazte Oír, con la pretensión de legitimar, o validar, los disparates que conforman la ideología tránsfoba que sostiene esa asociación, movería a risa si no fuese, primero, por la seriedad y preocupación con las que debe afrontarse toda manifestación de transfobia, y, segundo, porque en un sociedad desinformada acerca de qué sea en realidad eso que en occidente llamamos la ciencia, siempre habrá quienes acepten de buen grado cualquier patraña si se les presenta avalada por el marchamo de lo científicamente correcto. Por tanto, no me parece desacertado, al hilo de la actualidad, traer aquí unas reflexiones en torno a la utilización torticera del “Árbol del Bien y del Mal” como pretendido elemento legitimador de ciertos mitos que nos retrotraen a épocas que creíamos superadas.

Bien está que la publicidad comercial señale a menudo, de manera frívola y engañosa, que la bondad de tal o cual producto está “testada científicamente”, o “avalada por la comunidad científica”, etc., pretendiendo asegurarse con ello la fe ciega de los potenciales compradores de tales productos. Dejémonos seducir por tales artimañas, si eso nos hace transitoriamente felices como consumidores, pero no perdamos la conciencia de que, de ordinario, bajo la “garantía” de la cientificidad publicitaria suele esconderse un cúmulo de malentendidos y medias verdades que hacen que determinadas apelaciones a la ciencia no pasen de ser poco más o menos que un simple camelo. Y el éxito de este proceder publicitario sólo se explica por la deficiente formación sobre lo que realmente constituye la realidad y las múltiples connotaciones (sociales, políticas, cognitivas, éticas…) del conocimiento científico en el contexto de las sociedades de nuestros días.

No es casual, por tanto, que la transfobia —una pulsión arcaica y arcaizante— utilice un concepto de ciencia anticuado e insuficiente como elemento pretendidamente legitimador de sus ideas. También el éxito de la propaganda tránsfoba descansa en la desinformación inducida. ¿Que no te engañen, dicen? ¡Que no traten de engañarnos! La ciencia a la que apelan como criterio de legitimidad de su discurso tránsfobono existe. Dejó de existir cuando fueron haciéndose evidentes sus insuficiencias como instrumento para aspiraciones cognitivas nuevas y más amplias. Las tendencias (de intenciones, de método, de aplicaciones…) de la ciencia actual van en dirección contraria a la concepción que la transfobia parece sostener con la finalidad de legitimar su ideología.

Pero, ya digo, la ciudadanía de este siglo XXI ha sido intencionadamente privada (por acción u omisión) de la oportunidad de conocer el fondo, el significado profundo y las diversas connotaciones del fenómeno científico. Conviene aclarar que no estoy propugnando que la ciudadanía no experta en cuestiones tecnocientíficas deba familiarizarse, aun a niveles elementales, con los conceptos básicos o con los intríngulis matemáticos de la Física Cuántica, la Teoría de Cuerdas, o las consecuencias de la curvatura del espacio, por poner ejemplos que nos “suenan”. No, no es eso. Si bien es innegable la complejidad de estos conocimientos, y la fuerte dedicación y especialización requeridas para dominarlos siquiera sea parcialmente, ello ha sido una excusa para mantener un cierto distanciamiento totémico en torno al hecho científico en sí mismo y globalmente considerado. Distanciamiento que no ha dejado de ser aprovechado por ocasionales “sacerdotes de la tribu” (como ahora el presidente de Hazte Oír) para intentar legitimar lo que resulta difícilmente legitimable. Desde el punto de vista científico, pero desde luego también desde una dimensión ética.

Efectivamente, y en ello consiste la paradoja, la ciencia está ahí, cercana, omnipresente en nuestra vida cotidiana, incluso apabullante en su facticidad (sus realizaciones), pero desconocida en su más profundo sentido y en su más determinante significación. En un trabajo mío de hace casi una década me preguntaba al respecto: “¿Cómo es que la ciencia, un fenómeno fundamental, un hecho tan decisivo, un elemento tan definitorio de nuestro modelo civilizatorio, omnipresente socialmente, determinante de tantos aspectos de la vida cotidiana, de tantos significados cognitivos, intelectuales y culturales, de tan ya larga tradición, de tantas y tantas consecuencias profesionales, académicas, laborales, ambientales, económicas…, resulta a estas alturas tan escasamente familiar para esa misma sociedad en cuyo seno se desarrolla?” Porque lo que realmente —y casi exclusivamente— la ciudadanía percibe de la ciencia es su aspecto más evidente y llamativo: sus realizaciones, sus productos, por así decirlo. Pero la escasa e incluso nula actitud crítica con la que la ciudadanía “acoge” muchas de estas realizaciones, dan la medida de la indiferencia colectiva hacia las consecuencias y determinaciones de las mismas. Por el contrario, la eufórica actitud que adopta la sociedad ante el milagro laico de la ciencia-cornucopia produce una especial forma de ceguera: ya advertía Edgar Morin al respecto que “difícilmente nos damos cuenta de que nuestras ganancias inauditas de conocimiento se pagan con inauditas ganancias de ignorancia”.

Por todo ello, y aun a riesgo de caer en simplificaciones deformadoras, me parece oportuno traer a colación, resaltándolas, siquiera sean dos de las diferencias más significativas entre lo que podríamos entender como la ciencia actual (o más correctamente: las pretensiones y tendencias del conocimiento científico actual) y las características más destacadas de la ciencia llamémosle clásica para entendernos, cuya validez como instrumento de conocimiento terminó resultando insuficiente hacia mediados del pasado siglo XX. Para concretar y contextualizar estas diferencias, intentaré ponerlas en relación con los presupuestos y las afirmaciones que estos días están de actualidad en boca de la asociación Hazte Oir.

a) La ciencia de las esencias, como paradigma cognitivo, ha sido rebasada ya, mediante integración, asimilación y ampliación de horizontes, por la ciencia de las interacciones. La ciencia de las esencias (el esencialismo científico, para decirlo en términos gruesos) se reveló en su día reductora de horizontes: de ahí que para Hazte Oír, un pene sea un pene, y una vulva sea una vulva, conceptos “claros y distintos” cartesianamente hablando, que además sirven para determinar esencialmente (imperativamente) la conformación y desarrollo de una entidad humana hombre/mujer, sin que quepan enojosas dudas que vengan a complicar estas bonitas, redondas y definitivas clasificaciones de las esencias.

Las insuficiencias de este modelo científico empiezan a ponerse de manifiesto cuando las esencias consideradas salen de las cabezas que las piensan y aterrizan en el mundo real, entendiendo por ello el mundo de la sociedad, la cultura, el contexto de la vida… Cuando ese pene y esa vulva que anidan idealmente en las cabezas de los/las integrantes de Hazte Oír se encarnan y objetivan en un organismo vivo concreto, con una subjetividad y un entorno biológico/cultura/social/histórico concreto, el dato empírico (la realidad fisiológica pene/vulva) queda inevitablemente sometido a un entramado complejo de dinámicas, determinaciones, condicionantes, matizaciones, interrelaciones, constricciones…, etc. que conforman lo que podríamos llamar la vida, el ámbito del vivir personal, cotidiano e intransferible.

Esa red compleja de procesos eco-vitales es lo que precisamente pretende ignorar la ideología tránsfoba, al igual que la ciencia de las esencias se reveló incapaz de integrar en un modelo cognitivo global, ecológico, complejo…

b) De lo anterior se sigue que la nueva ciencia, contrariamente a la ciencia clásica, establece y se impone a sí misma como método irrenunciable la indagación transdisciplinar y multidimensional, lo que implica un acercamiento cognitivo no restrictivo a las realidades que se quieren considerar objeto de estudio e investigación. Se trata de integrar en las investigaciones los conocimientos y las expectativas de las demás disciplinas, así como no renunciar a priori a las distintas dimensiones implicadas en cualquier realidad considerada. La ciencia actual se alimenta y se enriquece respecto de la ciencia clásica mediante la integración de convenientes dosis de escepticismo, relativismo, provisionalidad, aproximaciones, incertidumbres…, y hasta modestia. Hoy, queramos o no, estamos abocados a vivir “la aventura pluralista”, en todos los sentidos y órdenes…

Los planteamientos tránsfobos de Hazte Oír suponen, al contrario, una restricción intolerable —por sus efectos perversos— de las distintas dimensiones y disciplinas implicadas en los asuntos sobre los que esta asociación se está pronunciando de manera torpe, parcial y sesgada… Una clara muestra de que el olvido de la complejidad que supone el fenómeno humano, ya se manifieste con pene o con vulva, genera monstruosidades indignas de sostener a la altura de nuestro tiempo. Un tiempo que exige más que nunca reforzar nuestra “religación ética” con nuestro prójimo, con nuestra comunidad, con la especie humana en definitiva… ¿Lo podrían llegar a entender así los/las integrantes de Hazte Oír?

Y para terminar estas reflexiones, comprimidas y seguramente incompletas, recordar que el conocimiento científico, la ciencia, no es una realidad espontánea en su funcionamiento y desarrollo, sino que es una realidad administrada desde diversas instituciones, de las que cabe resaltar tres fundamentales: a) la propia institución científica, cuya idea de divulgación de cara a su comprensión por la sociedad suele reducirse a la exhibición propagandística de los logros tecnocientíficos y a la ocultación de las inauditas ganancias de ignorancia que inevitablemente genera ella misma; b) la institución del Estado, cuyos gobiernos avalan la propia gestión enfatizando la diligencia con la que ponen a disposición de la sociedad aquellos logros; y c) los intereses económicos que confluyen en los mercados comerciales y financieros internacionales, primeros beneficiarios de los sustanciosos réditos que generan la ciencia y la tecnología.

Evidentemente, no es esta consideración de la ciencia la que parece tener en mente el presidente de Hazte Oír cuando apela a ella para legitimar su ideología tránsfoba. Pero lo más negativo es su alejamiento de una ética de la solidaridad humana… ¿No será el artefacto Hazte Oír un simple y tosco negocio con pingües beneficios para quienes lo administran? Eso explicaría muchas cosas…

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Jaime pastor

Fotografía: Jesús Massó

“Pocas veces habíamos sido tan libres de repensar la realidad; en cambio, pocas veces hemos estado tan amenazados por la capacidad de un sistema para imponer tan impunemente verdades uniformadoras”

M. Vázquez Montalbán

La filosofía, como es sabido, no escapó —al igual que otros muchos grandes relatos— a la acción de la piqueta deconstructiva puesta en marcha por aquél fenómeno cultural que conocemos con el nombre de posmodernismo. Cierto es que, en el caso de la filosofía, existió siempre, se dirá, una tradicional y persistente actividad autocrítica referida incluso al análisis y/o cuestionamiento de los fundamentos, los métodos y la razón de ser misma de esta disciplina. Y posiblemente de ahí, de ese proceso continuo de revisión y recreación, haya extraído la filosofía su voluntad de permanencia en el tiempo a pesar de todo; y hasta su eventual utilidad —siquiera sea balsámica o terapéutica— en un mundo, el nuestro, ampliamente generador de subjetividades dañadas.

Pero no sería conveniente ignorar la excesiva benevolencia, e incluso la autocomplacencia, de esa autocrítica ejercida por la filosofía sobre sí misma. Crítica históricamente reducida más a menudo de lo deseable a un obstinado, obsesivo y poco razonable intento por salvar (y ser salvados por) la Razón, ese talismán intocable al que se ha querido siempre escribir con mayestática mayúscula. Algo similar ha solido ocurrir con los intentos de encontrar la mejor definición del término filosofía. Con toda seguridad nos perderíamos y posiblemente no llegaríamos a lugar alguno de interés (como de hecho ha ocurrido con frecuencia a quienes gustan solazarse en el somero y especializado cultivo de los preámbulos) si pretendiésemos aquí y ahora dilucidar qué podemos entender, hoy, por filosofía. Sólo apuntar que, precisamente, la sobreabundancia y sofisticación de requisitos, reglas, principios, métodos, terminología, formalidades, condiciones…, han actuado a menudo como enjaulamiento de la filosofía; tanto es así que gran parte de quienes se adentran en el quehacer filosófico con esta particular impedimenta suelen acabar confundiendo la realidad (…) con lo que ocurre dentro de sus cabezas.  

De ahí que a lo largo de estas líneas me haya parecido conveniente eludir en lo posible la utilización de términos fuertes (como Razón, Verdad, Lógica…) de honda raigambre sin embargo en el ámbito filosófico occidental, pero que, en expresión del filósofo Isidoro Reguera, “hoy esas palabras heredadas ya no crean necesariamente sentido”. O como afirmaba Edgar Morin respecto al pensamiento generado bajo la tiranía de la Razón: “…el conocimiento que se cree racional, de hecho está sostenido por mitos ocultos”. En efecto, no ya sólo la razón, sino las racionalizaciones, han solido constituir espejismos deformadores que disminuyen las posibilidades de alcanzar un conocimiento siquiera sea aproximado, razonable, de muchas realidades.

Dejo para otra ocasión considerar desde esta óptica el ecosistema civilizatorio y cultural de la Modernidad, periodo supuestamente iluminado por la Razón, pero en realidad potente generador de mitos deformadores que aún hoy permanecen actuando con resultados nocivos en ciertos grandes planteamientos pretendidamente filosóficos, con voluntad totalizadora y destino en lo universal… bajo la etiqueta de “gran filosofía”.

En consecuencia, creo que podrá bastar, a los efectos que persiguen estas líneas, con considerar la filosofía como una actividad intelectual, más o menos sometida (lo indispensable) a reglas, con pretensiones cognitivas y con un fondo eminentemente interrogador. Dicho así —simple y provisionalmente— parece fácil y claro acordar una idea sobre qué sea eso que denominamos filosofía. Pero conste que, filosóficamente hablando, pocas cosas existentes (y/o no existentes) resultan ser fáciles,  claras o evidentes. En el abismo filosófico, igual que en la superficie de la vida cotidiana (¡que no pase desapercibido el bucle, la conexión!) casi nada es lo que parece. Baste considerar el galimatías en el que va convirtiéndose en nuestros contextos culturales, inmersos en el éxtasis cibernético, eso que podríamos llamar actividad dialógica, crucial en filosofía (y en democracia). Suele confundirse pluralidad de ideas con inflación desaforada de mensajes mayoritariamente banales, desconectados, fugaces, repetitivos y tendenciosos (virales, podríamos decir con lenguaje más actualizado). Un magma incontrolable e indiscernible que cae en forma de aplastante catarata sobre una ciudadanía inerme ante un fenómeno de tal envergadura y complicación. Finalmente, y dado el carácter invasivo, pandémico (ya digo: viral) de tales determinantes socioculturales, cada cual se convierte, más o menos conscientemente de ello, en eficiente y servil eslabón de una cadena que transmite y reproduce este estado de cosas a través de WhatsApp, Twitter, Facebook… (¡qué lejos queda aquella distinción entre apocalípticos e integrados…!).

Por otra parte, si hubiera que elegir una característica esencial, imprescindible, de la filosofía (del pensamiento filosófico deseable, para entendernos), esa sería su radicalismo. Sí, digo bien: radicalismo; es decir la tendencia irrenunciable a dirigir la mirada a las raíces de todo aquello que la filosofía decide considerar como su objeto de conocimiento. Mientras el pensamiento no llegue al hueso, al núcleo, a la raíz de los temas y asuntos, conviene reconocer honradamente la provisionalidad de sus resultados. Por ello, toda afirmación filosófica, todo conocimiento pretendidamente acertado, o supuestamente verdadero, requiere de “notas a pié de página” que actúen como balizas indicadoras de que estamos ante  una inmersión en curso

Pero quizás lo más significativo, en línea con lo que estamos considerando, sea hablar del ecosistema de la filosofía. Porque si consideramos que la filosofía es (o debería ser) una actividad viva, resulta imprescindible no pasar por alto (consciente o inconscientemente) el hecho de que su desenvolvimiento tiene lugar ineluctablemente dentro de un ecosistema. Y así, como todo organismo vivo, la filosofía es muy sensible tanto a las presiones inhibitorias del entorno como a los factores que favorecen su evolución y desarrollo: la filosofía se encoge y hasta desaparece en un ecosistema cultural donde predomina el autoritarismo, la falta de libertad, las presiones uniformadoras, la trivialización intelectual… En cambio, en un contexto de libertad, de democracia (auténtica), de  pluralidad de ideas, de gusto por el diálogo sosegado y de altura, que posibilite un grado mínimo imprescindible de saludable transgresión…, la filosofía, el pensamiento fértil, puede florecer y generar amplios efectos benéficos a la sociedad en la que se desarrolla.

Estas consideraciones nos llevan a la cuestión crucial sobre la que giran estas líneas, y que queda enunciada en el título de este artículo: ¿Es posible hoy (y para qué) la filosofía? Aunque supuestamente diluido ya el mítico sujeto autónomo y racional en la existencia líquida estudiada por Zaugman, o, expresado más gráficamente, reducido ya a “rebanadas de cerebros y depósito de genes manipulados a voluntad de los propietarios del mundo” (Amador Fernández Savater), no parece ocioso preguntarse por la oportunidad y conveniencia de revisitar una filosofía —remasterizada o de nuevo cuño— capaz de identificar y denunciar las incongruencias y maldades de una época, la actual, que insiste en presentarse como la mejor habida… Una época, como otras de infausto recuerdo, en la que “apenas hay nadie que siga los pasos del pensamiento, a excepción de sus perseguidores…” (Horkheimer).

Me parece importante insistir en que la posibilidad o imposibilidad de la filosofía, hoy, depende en gran medida de las características y condiciones que prevalecen en el entorno cultural hegemónico de nuestro tiempo. Ya me he referido al hecho de que la filosofía necesariamente se desenvuelve en un ecosistema (cultural). Y en este sentido, es evidente que el ecosistema cultural existente en nuestros días resulta ser el más adverso para la práctica de la filosofía… como práctica social. Otra cosa, valiosa también por supuesto, es el trabajo reflexivo individual, o en equipos especializados, que en determinados entornos sí es posible llevar a cabo con cierta efectividad (nunca la suficiente si se realiza en desconexión con el pulso de la calle, dicho así coloquialmente). Pero creo que lo que se echa en falta es un pensamiento practicado colectivamente, socialmente. Por lo general, y debido quizás a nefastas influencias cosificadoras, cuando hablamos de socializar bienes comunes pensamos sólo en bienes tangibles (empresas, suelos, servicios…), pero nos olvidamos de la necesidad de socializar el pensamiento, la filosofía en este caso.

Alguien tan poco sospechoso de pretender alterar el orden establecido como es el sociólogo Anthony Giddens, hacía ver la necesidad de incrementar la “capacidad social de reflexión”. No se trata de subestimar la importancia y hasta la necesidad del pensador solitario que genera conocimiento y luego lo “vuelca” (en el sentido informático) de alguna manera en una sociedad escasamente receptiva a según qué mensajes. Pero de entre los retos fundamentales de una filosofía deseable es precisamente el empeño serio por sustentar una acción común liberadora. Liberadora al menos respecto de las fuerzas sociales alienantes, de las presiones uniformadoras, de la omnipresente tendencia a la banalización de todo; liberadora de esas llamadas desde el poder que apelan (jugando con el miedo) al “sentido común”, y que no suelen ser otra cosa que una “invitación” a la reducción de toda expectativa que no se ajusta al marco de lo establecido… En definitiva, liberación de todo aquello que disuade e impide el análisis en profundidad y la mirada crítica radical sobre las realidades humanas que más nos afectan. Puede que existan otros, pero este para qué de la filosofía me parece hoy de lo más urgente y necesario. Los mentores de la Gran Filosofía (¡ay, las mayúsculas!) calificarán esta tarea como propia de un pensamiento débil. El trato intelectual directo con las realidades mundanas (la inmanencia, en lenguaje críptico) no suele gustar a quienes decíamos que identifican La Realidad con lo que ocurre dentro de sus cabezas.

Y como corolario de todo lo anterior, surge la necesidad insoslayable de una educación filosófica. En el ámbito de la enseñanza, la filosofía ha ido en progresivo retroceso debido al desapego de unos políticos burocratizados hacia todo lo que signifique pensamiento en profundidad. Una sociedad distraída e hiperpragmatizada ha venido ayudando en este proceso. Todavía, de manera abrupta, residual y precipitada (¡lo importante es, o ha sido hasta ahora, aprobar la selectividad!) se pronuncian en las aulas preuniversitarias los nombres destacados de la historia de la filosofía. El voluntarismo y el buen hacer profesional del profesorado que aún imparte filosofía en las aulas preuniversitarias (que no el sistema educativo) salva como puede una situación delirante: unos chicos y chicas que abordan el estudio de los grandes filósofos sin haber adquirido ni haber experimentado antes una noción medianamente clara, consciente y contextualizada, de lo que es, por decir algo, un razonamiento, una tautología, un silogismo, una contradicción, una inferencia… y tantas destrezas de pensamiento básicas y fundamentales para la práctica de, precisamente, un pensamiento crítico. Eso en cuanto a la práctica reflexiva: no digamos nada del papel esperpéntico que el sistema ha reservado a la enseñanza de los conceptos y las cuestiones morales y éticas (la filosofía práctica, para entendernos).

El resultado de todo este cúmulo de despropósitos anti-pedagógicos es que los niños y niñas de los niveles iniciales de la enseñanza se desarrollan huérfanos de educación filosófica, y no será por la inexistencia de programas específicos (los hay variados y buenos) de filosofía para niños. Igualmente, el descafeinado primero y el destierro de las aulas después, ya perpetrado, de aquella Educación para la ciudadanía, está acentuando el analfabetismo escolar y académico respecto a lo que, por otra parte, cínicamente, se dice que es la característica de nuestra época: el conocimiento. Esta concepción de la educación y de la enseñanza hace abrigar la sospecha fundada de que el objetivo, tácito o explícito, de este mutilado sistema educativo que padecemos es la producción de una ciudadanía lábil, adocenada y sin “complicaciones”.

Por todo lo dicho, tal vez no vendría mal, como ejercicio de resistencia y como rebelión ante tanta uniformidad y conformismo, un mínimo de conciencia alterada… no por el alcohol esta vez, ni por otras drogas (mejor no), ni por lenitivos de factura neoliberal…, sino por el pathos del desear a toda costa saber… ¿No era eso la filosofía?