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J jarillo
Fotografía: Jesús Machuca

Debido a la plasticidad de mis pensamientos soy una persona llena de contradicciones. Si en el artículo del número pasado hablaba de la idiosincrasia protestante -e incoherente- del gaditano, ahora soy yo quien quiere protestar. Protestar porque me parece que se desvanece la esencia de -lo que yo considero- nuestro carnaval. Protestar por la pérdida de la identidad crítica del COAC. En tiempos donde el hediondo olor de la censura invade las calles y los pestilentes aromas de la podredumbre bañan las instituciones, se hace más necesario alzar los puños y levantar la voz.

El carnaval, como fenómeno sociocultural, siempre ha sido un altavoz para el grito del pueblo. Las coplas interpretadas en las tablas del Falla representan a la masa social o, al menos, deberían hacerlo. Este año, si consideramos que esto se sigue cumpliendo, el reflejo que nos llega es el de una sociedad conformista y cobarde. Una sociedad volcada en homenajear tiempos pretéritos pero poco preocupada en analizar el presente. Exceptuando autores que siempre presentan letras con carácter crítico y reivindicativo, el concurso ha sido un desfile de piropos, dedicatorias e incluso, en algunos casos, mediocres insultos a la clase política. A eso han quedado relegadas la mayoría de intervenciones de las agrupaciones para comentar la actualidad política del país. Puigdemont es un cabrón, Rajoy es tonto, Junqueras es bizco o Inés Arrimadas está para arrimarse han sido algunas de las ‘excelentes’ proclamas cantadas en el concurso este año.

Si en esto se está convirtiendo nuestro carnaval, mal camino hemos tomado. Ese uso de la ironía, el sarcasmo y la inteligencia que incomodaba con verdades y se reía de uno mismo era el baluarte de nuestra fiesta más grande. Ahora parece que se esté oxidando, que se esté quebrando. Los autores ya no se amparan bajo su sombra para atentar contra el ladrón, el mentiroso o el tirano.

Solamente cabe concluir que si lo cantado sobre las tablas del Falla representa al pueblo, éste parece hallarse en estado vegetativo. Parece cansado, apático. Usa el carnaval como evasión de los problemas diarios -algo repetido por algunas agrupaciones durante el certamen- y se refugia en esta fiesta para olvidar los males del año. Este público no pide ni pan, con el circo tiene bastante. Y en el concurso puede haber más o menos carnaval, pero circo hay muchísimo.

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J jarillo
Fotografía: Jesús Machuca

La Navidad en Cádiz siempre es especial. No por el cariz católico de las fiestas, ni por la avalancha de seres ávidos de consumo que inundan Columela y la transforman en Mordor. Aquí la Navidad viene acompañada de tardes de temperatura agradable y viento en calma. No es la fría, blanca y preciosa Navidad que nos venden los cuentos infantiles y las películas de Hollywood, pero a nosotros nos basta. O al menos debería bastarnos.

Este año, la Navidad ha sido un poco más especial si cabe. Sobre todo para los gaditanos y gaditanas que le dedican parte de su vida al carnaval -sea de manera empresarial o como mero divertimento-. Para ellos la Navidad de 2017 ha sido una neblina que llegó cargada de felicidad consumista y que, tras disiparse arrastrada por las lluvias, nos deja ese aroma a erizo, vino y copla, más típico del mes de febrero. Nos fuimos a la erizá con los regalos de reyes sin guardar y con la barriga llena de alfajores. Y mira que era algo previsto desde hacía tiempo pero aquí, en Cádiz, es que somos así.

Nos quejamos si la Navidad queda cerca del Carnaval pero también lo hacemos si pretenden ponerle una fecha fija al mismo, que las tradiciones no hay que tocarlas ni aunque sea por el bien del pueblo. Protestamos si no hay suficientes luces que alumbren las calles para aumentar el consumo y también hacemos lo propio si hay demasiadas, que el ayuntamiento no está para derrochar y esos adornos son prescindibles. Si el Perdón no sale (como a Carmena) no se lo perdonaremos jamás pero si decide modificar su itinerario para adaptarse, jamás se lo perdonaremos. Si nuestra ciudad no tiene vida nocturna nos quejamos porque la están matando y si, por el contrario, hay ambientito en la capital, matamos a los gobernantes porque no nos dejan vivir. Si le cambian el nombre a una calle, que previamente ya había visto su nombre alterado por la idiosincrasia de la propia urbe (la pueden llamar como quieran, para la mayoría seguirá siendo Canalejas), nos quejamos. Si baldean las calles en verano todas las noches protestamos porque se derrocha mucha agua y se nos mojan los pies volviendo a casa en chanclas, y si las calles están sucias ponemos el grito en el cielo porque no se baldea y escamonda lo suficiente. También, como no podía ser de otra manera, protestamos si se adelanta la cabalgata de Reyes Magos para que no le caiga encima medio diluvio. Y por supuesto también hemos protestado cuando ha salido a su hora y nos hemos comido un chaparrón -y es que con los paraguas llenos de caramelos, no podemos protegernos de la lluvia-.

Aquí da igual que sea Navidad, Carnaval o Semana Santa. La verdadera fiesta del gaditano es la queja, el uso hasta el límite de la capacidad crítica. Crítica hacia otros, por supuesto, que la autocrítica en el gaditano medio es casi inexistente, por no decir nula. Cádiz es lo mejor del mundo. El gaditano es simpático, superviviente, chovinista y muchísimas cosas más. Pero en cuestión de religión, el gaditano es protestante. Podrían quitarle el nombre al estadio y ponerle Martín Lutero porque, al fin y al cabo, vamos a protestar lo llamen como lo llamen.

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Jarillo
Imagen: Pedripol

“Las calles son unas alcantarillas enormes

y dichas alcantarillas están llenas de sangre

y cuando el alcantarillado al fin forme una costra,

todas las alimañas se ahogarán.”

Diario de Rorschach.

12 de Octubre de 1985

-Watchmen-

Para los que no lo sepan todavía -algo normal en un país lleno de necios-, un Estado de derecho es un estado cuyo poder y actividad están reguladas por ley. Básicamente es un modelo de orden para un país. Según este modelo, el país se rige por un sistema de leyes escritas e instituciones ordenado en torno a una constitución. Cualquier medida tomada y desarrollada por el Estado debe estar sujeta a una norma jurídica escrita y las decisiones de sus órganos de gobierno han de estar sujetas y guiadas por la ley y el respeto a los derechos fundamentales. Vamos, como ocurre aquí en España.

El Estado de derecho surgió originariamente como la antítesis de un Estado absolutista. Nació y se afianzó como una vuelta de tuerca en los estamentos para que la burguesía pudiera transmutar en poder político el poder económico que empezaba a atesorar. El estado de derecho vio la luz bajo el paraguas de la desconfianza social hacia los gobernantes. Creció escalando un muro de reticencias al ínfimo control que la sociedad burguesa, devenida en clase media (al menos la poca que queda en el siglo XXI), que entonces comenzaba a acumular un poder económico importante, tenía sobre sus propios mandatarios. Tras sus inicios -y después de importantes avances- evolucionó a un Estado constitucional, reptando entre lodazales carmesí de sangre y polvo, con el triunfo de la democracia a finales del s. XVIII en la Revolución Francesa y en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América.

En los últimos meses estamos saturados del uso de la expresión “Estado de derecho/Estado constitucional” como si de algo trivial se tratara. Estamos cansados de que ese modelo de gobierno sea el escudo tras el que se esconden los partidos “constitucionalistas” para hacer y deshacer a su antojo. Refugiándose detrás de tal proclama han suprimido y eliminado competencias autonómicas, han privado de libertad a personas por simples discrepancias políticas y han saqueado las huchas de los abuelos de nuestros nietos para paliar nosequé crisis financiera. Nuestros gobernantes han corrompido el Estado de derecho. El problema no es que tengamos políticos corruptos; nuestra crisis política viene determinada porque el sistema de gobierno en su integridad se encuentra podrido desde la raíz hasta las ramas más altas. Pero ya está bien. Ya basta de mirarnos el ombligo, que España es solo una sucia muestra de lo que ocurre en el resto del planeta.

La decrépita evolución del Estado de derecho a lo que predomina hoy en día en los países desarrollados radica en que la clase media trabajadora, junto con su capacidad de presión social y política, ha sido sustituida por una élite de estamentos (congregaciones religiosas, grandes empresas y corporaciones, organizaciones no gubernamentales, etc…) que con sus diferentes lobbys o grupos de presión son capaces de determinar las directrices políticas, económicas y sociales de un país. Estos grupos de presión generalmente responden a intereses privados y su función es favorecer a esa minoría que vigila el comportamiento de nuestros gobernantes para que estos cumplan con su cometido: perpetuar la supremacía de esos estamentos mediante el desarrollo de leyes para que sus actividades, carentes de moral, sigan siendo legales.

El mayor desastre reciente cuya culpa reside única y exclusivamente en la corrupción del Estado de derecho fue la Crisis del 2008. Diferentes multinacionales financieras se dedicaron durante años a vender activos hipotecarios tóxicos como si fueran productos económicos de garantía. Dicho de otra forma, dieron gato por liebre al permitir que sus clientes invirtieran sus ahorros en hipotecas que ellos sabían que jamás serían pagadas. Para rematar la jugada, las agencias de calificación otorgaban a esos activos tóxicos elevadas puntuaciones en escalas de fiabilidad, considerándolos activos de calidad -cobrando cantidades astronómicas por ello- y las grandes aseguradoras cubrían a los bancos de cualquier posible pérdida. Básicamente es como si nosotros pudiéramos asegurar una casa ajena contra incendios para después ir, prenderle fuego y cobrar el seguro. Usted se queda sin casa, pero todos nos llevamos el dinero de la aseguradora. Ahora imagine que su casa la aseguran un millón de personas a la vez y que todas pretenden cobrar cuando su casa se incendie. No parece económicamente rentable, ¿verdad?

Pueden imaginarse lo que ocurrió cuando los trabajadores quedaron en paro: dejaron de pagar sus hipotecas, los inversores perdieron el dinero invertido en favor de esas hipotecas, las aseguradoras tuvieron que pagar miles de millones a los bancos y quebraron, arrastrando con ellas a todo el tejido económico del país (y casi del planeta). Todo esto fue posible porque el gobierno había ejecutado leyes que favorecían dichas actividades, desregularizando el sistema bancario. Estas leyes fueron redactadas por exdirectivos de las mismas entidades que posteriormente llevaron a cabo la estafa. Al parecer, las puertas giratorias son de ida y vuelta y no solo son cosa de nuestro país. Y de aquellos barros, estos lodos que día tras día llenan las páginas de la prensa y acaparan minutos de pantalla. Si alguien quiere indagar más sobre el asunto, recomiendo el visionado del documental Inside Job, ganador del Óscar en el año 2011.

Teniendo esto en cuenta y mirándonos con perspectiva no somos más que pequeñas abejas obreras en un enorme colmenar. Cada colmena tiene su reina que se cree mandataria en sus dominios sin ser consciente de que todas trabajan juntas para un bien mayor: el beneficio del apicultor. Lástima que ese apicultor no luche por el avance de la sociedad. Más bien se dedica a enriquecerse llenándose los bolsillos de dinero y los zapatos de la sangre de sus semejantes mientras los pisotea para ascender en esa ilusoria pirámide de poder.

Para evitar que esta degeneración del Estado de derecho siga respaldando a ladrones y criminales como bien ha pasado en nuestro país (caso Taula, Gürtel, Bárcenas, Bankia, Rumasa, Púnica, Nóos, Mercasevilla, Malaya, Invercaria, Brugal y Filesa, por nombrar solamente algunos de los más sonados mediáticamente), los gobernantes deberían sufrir un control mucho mayor sobre sus actos. No puede ser que nuestro ministro de economía, el señor Luis de Guindos, formara parte del consejo asesor -a nivel europeo- y fuera director en España y Portugal de Lehman Brothers (involucrada activamente en la crisis anteriormente mencionada) hasta su quiebra en 2008. No puede ser que una persona vinculada a una de las mayores estafas económicas de la historia de la humanidad sea nuestro Ministro de Economía. No puede ser que nos vigilen y controlen este tipo de personajes sin escrúpulos y que portan distinta chaqueta según quién tengan delante.

En un sistema compuesto mayormente por países corruptos, con sus aparatos y cuerpos del estado corrompidos por la codicia, ¿quién nos lanzará una cuerda cuando las arenas movedizas de la corrupción nos estén ahogando? ¿Quién nos liberará de las invisibles cadenas opresoras de este capitalismo salvaje? ¿Quién velará porque nuestros derechos no sigan siendo pisoteados por estos ensangrentados y carísimos zapatos? ¿Quién nos defenderá cuando logremos salir a flote y emprendamos nuestra venganza contra quienes nos abandonaron ahí, en el desierto de la pobreza y el paro?

¿Quién va a salvarnos de nuestros salvadores? ¿Quién va a salvarnos de nosotros mismos?

En definitiva… ¿Quién vigila a los vigilantes?

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Plurinacionalidad

Fotografía: Jesús Massó

Europa se rompe. No solo por el Brexit. Europa se desmorona porque el sentimiento nacionalista va desapareciendo, el europeismo se está consumiendo como una cerilla que ha ardido y brillado durante 30 años y que ahora se encorva sobre sí misma, presentando sus últimos estertores.

El Tratado de Lisboa recoge como valores fundamentales de la UE la libertad, la dignidad humana y los derechos humanos. Todos ellos violados y mancillados durante la crisis siria de refugiados, por ejemplo. También plantea que la finalidad de la Unión es promover la paz y el bienestar de sus pueblos. Bienestar que está siendo dinamitado por los mismos gobiernos que firmaron el tratado.

Mi generación ha nacido europea y se ha educado (o maleducado) como perteneciente a la Unión Europea. Un paraíso de libertades, fraternidad y desarrollo. Eran los años 90. España iba bien. Como a su hija pequeña, Europa nos amamantaba con una inyección de capital que nos hacía crecer e igualarnos a nuestros hermanos mayores. Una inyección de capital que sirvió para que muchos de nuestros dirigentes se llenaran los bolsillos mientras se rompían la garganta fuera de nuestro país defendiendo la Marca España. Patriotas de pulserita. España hipócrita como ninguna.

Durante la guerra fría, la URSS era un constructo formado por muchas identidades distintas, sometidas bajo el yugo de un gobierno opresor con respecto a lo que se define como libertad ideológica. Pero también era una potencia mundial y sus habitantes se sentían orgullosos de defender su bandera, su himno y su nación frente al avance imperialista y capitalista de los EEUU. Morirían por su patria. Una generación más tarde, todos esos estados han quemado la bandera soviética y han enterrado su himno. Ya no se sienten representados por aquellos símbolos. Algo similar está ocurriendo en Europa. Ya no nos representan los dirigentes europeos. Ese sensación de pertenecer a algo más grande no ha calado como pretendían allá por los años 80. Es fácil desarraigarse de una asociación así porque no está clavada tan honda en el inconsciente de nuestro país. Sin embargo, renegar de España es distinto.

Desde pequeños nos inculcan el amor a la patria, a nuestra bandera, a nuestro himno. Como si de un estado religioso se tratara, se nos adoctrina en la admiración y el respeto hacia los símbolos que representan al poder. Aquel que no se sienta identificado con dichos símbolos será calificado de antiespañol, como si de un hereje en tiempos de la inquisición se tratara. Ser antiespañol es lo peor que puedes ser en España.

Cierto es, sería absurdo negarlo, que aún hay una inmensa España grisácea, marrón y verde que huele a rancio. Esa España adoradora de vírgenes y vitoreadora de toreros. Esa España que no siente un golpe en sus entrañas cuando ve una bandera franquista o escucha el Cara al sol. Esa España amante de lo tradicional, de la picaresca, que no avanza, que se cubre de la lluvia del progreso bajo la sábana de nuestra reciente dictadura. Esa España. La España de Berlanga. Esa España que no me representa. No puedo evitarlo. Si siempre se amparan en que es un cuestión de sentimientos, más a mi favor. No lo siento. No me emociona oír el himno ni se me eriza el vello cuando se iza la rojigualda. Y eso no quiere decir que sea menos español que nadie. Soy igual de español que aquel que se cubre con la rojigualda o que tararea el himno cada vez que lo escucha. Quizá es que no me adoctrinaron tan bien. Quizá el sistema falló conmigo. Quizá es eso lo que le ocurre a muchos catalanes. Así como a vascos. Incluso a gallegos, valencianos, canarios, andaluces…

Quizá algunos partidos políticos han utilizado esa sensación de desarraigo para promover un sentimiento más grave, un sentimiento de odio hacia el resto. Quizá haya sido la mejor jugada política realizada en nuestro país en varios años. Quizá no sea un disparate que cientos de miles de catalanes quieran irse de aquí. A mí no me extraña. El problema es que nadie se haya preocupado por convencerlos de lo contrario, de transmitirles que podemos lograr cosas juntos que difícilmente podríamos hacer separados.

Quizá sea hora de abrir la mente e intentar comprender ese sentimiento cada vez más mayoritario, no solo en Europa, sino en todo el planeta. Quizá haya llegado el momento de romper con el pasado y crear un futuro juntos, que no revueltos. Quizá, solo quizá, hayamos llegado a un punto de no retorno. Un punto en el que la Constitución, ese libro amarillento y mohoso por el paso de los años, tenga que ser modificado sustituyendo las palabras escritas por herederos de la dictadura por frases nuevas, construidas desde el diálogo y no desde el miedo.

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Jl jarilloIlustración: pedripol

Rata “urbana” (o de alcantarilla)
Rattus norvegicus.

Ser humano (en ocasiones también de alcantarilla)
Homo sapiens.

Dos especies a priori bastante dispares. Una es una plaga que florece a partir de la inmundicia ajena, propagadora sin igual de enfermedades y que muestra su cara más violenta y agresiva en cuanto se ve acorralada. La otra es un simple roedor. Pero ambas comparten entre sí casi el 90% de sus genes. Esto se podría interpretar erróneamente pensando que somos un 90% ratas, y digo que sería erróneo porque creo que ese porcentaje podría quedarse corto.

Durante estos últimos meses, en Cádiz se ha oído innumerables quejas entre vecinos y comerciantes sobre la presencia de estos comunes roedores en calles y plazas. Ha faltado colgar en las puertas de tierra un mural de nuestro alcalde tocando la flauta como si en Hamelin nos halláramos pero ¿no es cierto que no es la primera vez que pasa? ¿No es cierto que, en el fondo, Cádiz siempre ha estado minado de ratas?

¿No es cierto que siempre ha habido ratas en los colegios? Como aquella profesora que se tomaba demasiado en serio aquello de «la letra con sangre entra» y tenía la mano más larga de lo que debía. Como aquel maestro que presentaba una enorme y brillante sonrisa siempre que llegaba el calor y sus alumnas venían con un atuendo más veraniego. Como aquellos compañeros de clase que enterraban en vida a un niño por estar más gordo de “lo normal” o hacían un tormento de la existencia de una niña por tener gafas. Esas ratas siempre han estado ahí y seguirán estando.

¿No es cierto que siempre ha habido ratas en la universidad? Como ese investigador que invertía el dinero de su grupo en llenar el sofá de su casa un 5 de enero de iPhones e iPads. Como ese director de departamento que por llegar al tope presupuestario y poder pedir más dinero el año que viene solicitaba material innecesario que acabaría abandonado y oxidado, dentro de su caja, en medio de un pasillo. Como ese burócrata que dejó de ser docente hace años y que justo antes de las elecciones a Decano pide el voto a viva voz en la cafetería de la facultad porque, si sale elegido, organizará una capea para todos y agradará a sus votantes con una velada al más puro estilo Berlanga. Esas ratas siempre han estado ahí y seguirán estando.

¿No es cierto que siempre ha habido ratas en las iglesias? Como aquel sacerdote que hizo de su templo un mercado y de cada sacramento impartido un negocio. Como esa señora que siempre que había recogida de alimentos iba a colaborar como buena feligresa pero volvía con las manos llenas a casa. Como aquellos padres que siempre le traían alguna camiseta de marca a su hijo cuando se recogía ropa usada en la parroquia. Y todo porque se sentían con derecho a hacerlo; porque nunca entendieron lo que significa la palabra altruismo. Esas ratas siempre han estado ahí y seguirán estando.

¿No es cierto que siempre ha habido ratas en las empresas? Como ese hostelero que no daba de alta a nadie de su plantilla porque “así no rentaba el bar”. Como ese otro que nunca respetó el descanso del vecino porque “es mi negocio y tengo que defenderlo”. Ratas como esas que han llenado su madriguera, acumulando propiedades y riqueza y ahora imposibilitan que la gente de Cádiz tenga acceso a un alquiler coherente por culpa de su especulación. Esas ratas siempre han estado ahí y seguirán estando.

¿No es cierto que siempre ha habido ratas en el Ayuntamiento? Como ese concejal que enchufaba a sus conocidos para que le asesoraran sin tener ni idea del tema en cuestión. Como ese otro que daba preferencia a sus amistades a la hora de la contratación de un catering o un servicio de seguridad. Ratas como esas que llenaban los palcos de teatros y estadios con su círculo excusándose en que había que llevarse bien con el empresario (el mismo empresario que no daba de alta a sus empleados). Esas ratas siempre han estado ahí y seguirán estando.

Si tanto miedo os dan las ratas, mirad a vuestro alrededor. Como decía Hesse: “Cuanto más cerca estamos sentados unos de otros, más difícil nos resulta llegar a conocernos”. Para observar a estos roedores no hace falta que os asoméis a una obra abandonada desde hace un año ni que destapéis alcantarillas; las únicas cloacas que necesitáis abrir para ver verdaderas ratas son las del ser humano, que las tiene y están hasta arriba de oscuridad.

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Jarillo

Fotografía: Jesús Massó

Ya no se intercambian opiniones bellamente sesgadas por las afiladas mentes de los que frecuentan estos sabios lugares. Ya no se comentan esas noticias que surcan olas de un papel amarillento sostenido por manos bañadas en sudor y tinta. Ya no se recitan versos ni se leen pasajes que invitan a cualquiera allí presente a viajar a un mundo lejano sin moverse de la mesa ni dejar que se enfríe su café.

Ahora los libros no se subrayan, se retratan; se inmortalizan para que naden en esa entretejida nube virtual para siempre. Antes los libros alimentaban nuestras mentes con una corriente iluminadora y ahora es la corriente la que alimenta la iluminación de la pantalla de los libros. Estos libros ya no huelen a lignina evaporándose bajo nuestras narices. Ahora sólo huelen a quemado tras un rato conectados, alimentándose. Ahora nuestros teatros cambian los aplausos por el crujir de la madera fría de butacas vacías que añoran el calor del público. Ahora nuestros cines sustituyen silencios intensos y diálogos apasionantes por un sinfín de señales sonoras y lumínicas mientras saturan de tridimensionalidad nuestro cerebro.

Ahora a la cultura parece que se le esté acabando la batería. La pobre mía se nos duerme y no parece que sea una simple siesta sino el descanso eterno. Y no es sólo la cultura la que se rinde a los brazos de Morfeo. El ser humano está perdiendo el contacto consigo mismo.

Ahora los niños caminan por calles grises sin parar de girar en sus manos el juguete de moda en vez de permitir que la imaginación -su mayor tesoro- alce el vuelo y surque los oníricos cielos del subconsciente. Ahora esas calles lucen tristes. Ya no están abarrotadas de niños que gritan, corren y juegan hasta que sus padres, sentados en esos cafés y terrazas, los llaman para volver a casa a soñar con lo vivido y esperar la llegada de un nuevo amanecer. Ahora el bullicio de esos cafés y aquellas calles ha sido secuestrado por mudas conversaciones llenas de tactilidad y retroiluminación. Hemos pasado de comentar a compartir para -entre todos- acabar tejiendo ese entramado que nos gobierna y domina.

Hemos “avanzado” como sociedad a merced de cambiar el tacto por lo “táctil”. Hemos “crecido” como especie pisoteando los cadáveres de ideas ya olvidadas. Se acaban los apretones de manos, desaparecen los abrazos, los besos ya no son húmedos; el ser humano está perdiendo el contacto consigo mismo. Ahora si alguien te quiere te enviará un corazón rosa a la vez que te desea las buenas noches. Ahora si el beso que te envían es un beso intenso y lleno de cariño y amor tiene que llevar un corazoncito rojo saliendo de la boca.

Con esto no quiero tomar una posición neandertaliense y señalar a la tecnología como única culpable del ocaso cultural en el que nos encontramos ahora mismo. Los avances tecnológicos aportan innumerables beneficios a la sociedad actual, sobre todo en el ámbito educacional.

Pero yo soy más de que si alguien me quiere, me lo diga mirándome a los ojos para poder bañarme en su mirada mientras oigo su voz pronunciando esas dos palabras. Yo soy más de medir la intensidad de los besos por la taquicardia y el temblor de piernas que me provocan. Yo soy más de oír el sonido de las páginas pasando que de sentir el frío de una pantalla táctil bajo mis dedos. Yo soy más de sentir en mi pecho el estruendo de un aplauso que de tener que bajar el volumen de la televisión cuando llegan los anuncios.

Pero ya no nos preocupan esos detalles. Ya no nos asombramos como antes. Ya no nos emocionamos como antes.

Ya no se habla de eso en los cafés.