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J baron
Fotografía: Jesús Machuca

Cádiz es como una gran marca registrada. Su nombre es reconocido en todas partes y funciona igual que el de Coca Cola. Si tú a un madrileño le dices “soy gaditano”, reacciona inmediatamente como el perro de Paulov. Se le encienden los ojos pensando en su último veraneo en Zahara de los Atunes y comienza a salivar recordando los chicharrones que se comió cuando estuvo en el Manteca.

Efectivamente, en Cádiz no tenemos nada que envidiarles a McDonald’s o Nike. Unas empresas que han sido acusadas muchas veces de llevar a cabo un perverso sistema de producción, en el que sólo importa obtener beneficios siempre al alza.

Aquí no tenemos a niños cosiendo balones, pero nos pasamos 9 meses metidos en una horrible agonía de desempleo para luego poder trabajar como cabrones durante tres poniéndole cervecitas a un montón de imbéciles que se hacen fotos en Instagram con el típico comentario de “Aquí sufriendo, pisha”.

Tampoco se nos puede acusar de deforestar el Amazonas, pero nos hemos cargado los pinares de la Barrosa o la ensenada de Getares y ahora queremos hacer lo mismo con El Palmar y Valdevaqueros. Todo para que puedan venir más tontos pagando menos y poder seguir currando 120 días al año en El Aborigen o en El Cartero, al menos mientras sigamos siendo guapos y nos sigan quedando bien las camisetas de camarero-surfero.

Pues sí, Cádiz es una marca registrada. Un logotipo que, como los toros de las ganaderías, llevamos todos marcados a fuego.

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Javi baronIlustración: pedripol

Si Cádiz fuera primer mundo tendríamos muchos más puentes que Manhattan y Puerto Real sería Brooklyn.

Si Cádiz fuera primer mundo los viernes por la noche se formaría en la avenida una gran caravana de limusinas. De las que llevan dentro a jóvenes muy ricos y muy horteras y que beben un champán que sólo venden en el rincón del gourmet.

Si Cádiz fuera primer mundo tendríamos una procesión magna cada dos meses y probablemente la carrera oficial llegaría desde la Caleta hasta Cortadura, pasando por Loreto.

Si Cádiz fuera primer mundo volverían a reflotar el vaporcito del Puerto y en vez de catamarán tendríamos una Gran Regata que saldría cada 20 minutos.

Si Cádiz fuera primer mundo habría varios museos dedicados al Carnaval y en lugar del Kichi-Park de la Viña tendríamos una Disneylandia entera.

Si Cádiz fuera primer mundo, Jesús Bienvenido y Juan Carlos Aragón cantarían en la gala de entrega de los MTV Awards. Bienvenido enseñaría una cacha y Aragón diría algo muy polémico sobre la guerra o sobre los pobres de África, como si fuera Bono, el de U2.

Si Cádiz fuera primer mundo su equipo de fútbol estaría en la Champions y perdería la final frente al Real Madrid en el último minuto.

Si Cádiz fuera primer mundo la Universidad tendría un proyecto de I+D dotado de mucha pasta para intentar por todos los medios clonar a Mágico González.

Para bien o para mal, si Cádiz fuera primer mundo seguiría siendo igual.

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Javi baron

Fotografía: Jesús Massó

Para ser alcalde de Cádiz hay que ser un poco Quijote. Por un lado, hay que estar un poco loco para querer salir elegido primer edil en una ciudad en la que los personajes públicos son siempre el objetivo de las sátiras más afiladas. Por otro lado, Cádiz tiene problemas tan grandes que es imposible no acabar viendo gigantes dónde otras localidades ven simples generadores eólicos.

El síndrome del alcalde-quijote lo tuvo Carlos Díaz cuando decidió combatir contra los fieros caballeros de Alcalá con la única ayuda de su fiel escudero, Rafael Garófano. ¿Qué decir de Teófila Martínez, que un buen día perdió el contacto con la realidad y se puso a perseguir su sueño de convertir Cádiz en un Puerto Sherry a lo bestia? De esta dolencia tampoco se está librando nuestro actual regidor José María González-Kichi (me gusta escribirlo como si fuera un apellido compuesto) que al principio de su legislatura se propuso llevar a cabo una gesta de tal calibre que a buen seguro le va a resultar imposible. Todo parece indicar que acabará sus andanzas con importantes heridas. Entre otras cosas, porque antes de hacer sus promesas electorales se le olvidó que muchas materias son competencia de la Junta o del Gobierno Central.

Los orígenes de esta relación entre la alcaldía y el libro gordo de Cervantes están tal vez en Adolfo de Castro (Cádiz, 1823-ibídem,1898) quien gobernó en la capital entre 1855 y 1856. Su mandato fue breve, de sólo un año, pero tan intenso que su influencia aún nos llega hoy en día. Él realizó la primera reforma importante del nomenclátor de la ciudad y cambió el nombre a la mitad de sus calles, dándoles un sentido racional, estético y tradicional.

Sin embargo, Adolfo de Castro no pasó a la Historia por ser un grandísimo alcalde, sino más bien por haber protagonizado una de las falsificaciones más sonadas del siglo XIX. Con poco más de 20 años, este personaje logró metérsela doblada a los círculos de eruditos más rancios de España. Dijo haber descubierto un ejemplar de “El Buscapié”, un supuesto tratado en el que Cervantes hacía una breve crítica de la primera parte del Quijote y cuya existencia se llevaba años rumoreando. Esta gamberrada de juventud tomó tal calibre que llegó a editarse cientos de ediciones de nuestra biblia laica en todo el Mundo que incluían el texto encontrado como epílogo. La mentira fue engordando tanto que su autor nunca se atrevió a admitir su falsedad por miedo a quedar en entredicho y murió sin soltar prenda. Desde entonces parece que los gobernadores de Cádiz han estado erre que erre con don Alonso Quijano.

La respuesta a la peculiar situación que vivimos hoy no parece estar desde luego en un nuevo intento de reescritura de El Quijote. Más bien está en cambiar de libro de una vez. Ya es hora de que el que venga o el que se quede escriba una obra más contemporánea, algo más actual. No sólo hay que superar las novelas de caballería sino ir más allá. No necesitamos bestsellers, ni novelas históricas o de intrigas. Tampoco el realismo sucio de otras épocas. Quizás pudiera ser algo de realismo mágico. Cualquier cosa que nos dé esperanzas, pero que nos mantenga con los pies en la tierra.

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Javi baron

Fotografía: Jesús Massó

Cualquiera que haya ejercido el periodismo en la provincia de Cádiz sabe que aquí existen tres reinos de taifas mediáticos que coinciden con las tres cabeceras del Grupo Joly: La capital, Jerez y Algeciras. Somos la única provincia que cuenta con más de una delegación de Canal Sur y esto no nos hace más especiales, sino más divididos.

La cosa llega a ser tan absurda que los periodistas de Jerez tienen que hacer constantemente cabriolas lingüísticas para no decir la palabra Cádiz en sus crónicas y en Algeciras se habla todo el rato de “La Comarca” como si fuera una vasta tierra llena de enigmas, parecida a la del Señor de los Anillos. Mientras tanto, desde la capital se mira al resto con una altanería patética porque cada vez que envían una carta, en el remite tienen que poner entre paréntesis “Cádiz”. Y se sienten orgullosos de ello, como un mendigo que tiene acciones en bolsa que no valen para nada. 

Una buena muestra del esperpento que supone esta división mental (o más bien empanada mental) que tenemos, fue lo que me dijo hace unos años un punky muy borroka de Puerta Tierra durante una fiesta: Euskadi es libre, pero Algeciras no, Algeciras es nuestro.

Estas disputas internas no hacen más que dificultar el entendimiento entre tres de las ciudades más importantes de Andalucía para reclamar de manera conjunta algo que no sólo es justo y necesario, sino que también es nuestro deber y salvación: una política integral y efectiva contra la tasa de desempleo más alta de Europa.

Supongamos por un momento que los políticos deciden hacer las cosas bien y promueven realmente la consecución de un Parque Tecnológico en Las Aletas con empresas reales funcionando y no con subcontratas cutres que tiran de BOE y BOJA para sacar una buena tajada en poco tiempo. ¿Cuánto tardarían en Jerez y en Algeciras en reclamar algo parecido a base de reproches? ¿qué pasaría si lo ponen en El Portal, acaso los gaditanos no pondrían el grito en el cielo? Se crearía una situación que sin duda desesperaría a cualquier cargo público bienintencionado.

Si bien la terapia de pareja es complicada, la de un trío ni te cuento. ¿Cuál es la solución? ¿irnos todos a vivir a Medina? El remedio no es otro que conocernos mejor los unos a los otros para comprobar que nos parecemos mucho más de lo que nos diferenciamos, que establecer objetivos comunes es mucho más sencillo de lo que parece si dejamos a un lado los agravios comparativos y que tener más gracia que el otro sólo te convierte en el mejor payaso de toda España. Resumiendo: que de una vez por todas en la provincia de Cádiz, como tal, tenemos que empezar a tomarnos muy en serio.

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Javi baron 2

Fotografía: Jesús Massó

Cádiz se ha quedado anclada en el siglo XIX. Mátenme si quieren, pero esta es una verdad que tiene casi 200 años. Ya en 1916 Trotski escribe: “Cádiz pertenece completamente al pasado en mayor grado aún que España entera”.

No hay mucha gente que sepa que el revolucionario estuvo un tiempo viviendo aquí. A decir verdad, hay poca gente en Cádiz que sepa quién es León Trotski. Durante la Primera Guerra Mundial, el ruso fue expulsado de Francia y pasó unos meses en la ciudad en régimen de libertad vigilada. Fue antes de embarcar a Nueva York y volver de nuevo a su país para unirse a la Revolución de Octubre.

Así a grandes rasgos, a Trotski la ciudad le pareció una mierda, pero hubo cosas que le encantaron. Entre ellas, el Gran Teatro Falla. Sus notas sobre una zarzuela que vio allí son de las pocas reseñas positivas que aparecen en su libro “Mis peripecias en España”.

Siempre que entro en el Falla me pregunto cuál sería la butaca del teatro que ocupó. Del gallinero lo dudo, porque Trotski era un judío de familia acomodada mucho más burgués de lo que quería hacer creer. Tampoco creo que lo hiciera en los palcos, que era dónde se colocaban los ostentosos. Me inclino a pensar que lo haría en el patio de butacas, que por entonces no eran tan caras como ahora y los espectadores de esta zona no llamaban mucho la atención.

A pesar de mi escepticismo recalcitrante, me gusta darle simbolismo a las cosas. Un cierto aire mágico que me haga pensar que, aunque el Universo no es un puzle completo, hay algunas piezas que encajan con otras. Por eso creo que el hecho de que Trotski estuviera en el Falla poco después de su inauguración, le dio al teatro una impronta revolucionaria que aún dura hasta hoy.

¿Y a dónde me lleva esto? Sin duda al fenómeno más esperado de todos los que se celebran a lo largo del año en el teatro: El Concurso Oficial de Agrupaciones Carnavalescas. Soy más del carnaval de la calle y casi nunca presto mucha atención, al margen de ver alguna que otra agrupación en Youtube cuando alguien las cuelga en Facebook durante las preliminares. Sin embargo, esta última vez sí que vi un poco más. Las críticas no eran tan previsibles como otros años. Las sátiras continuas, no sólo del Gobierno, sino del susanismo y el socialismo cortijero consiguieron emocionarme. Voces que clamaban constantemente por el fin de ese bipartidismo de: “Tú y yo nos lo repartimos, diga lo que diga el rey Salomón”. Eso me hace pensar que el Falla, el corazón de Cádiz, se ha vuelto más revolucionario y que de alguna manera se levantará. Al fin y al cabo, las mayores revoluciones se llevaron a cabo en el siglo XIX.