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Escribir para no andar dando gritos por la calle
Fuegos de palabras. El aforismo poético español de los siglos xx y xxi (1900-2014). EDICIÓN E INTRODUCCIÓN DE CARMEN CAMACHO. FUNDACÍON JOSÉ MANUEL LARA. SEVILLA, 2018. Nº de páginas: 480 págs. ISBN: 9788415673897 20. 90 Euros

Hace poco menos de un año, apareció en la colección Vandalia de la Fundación José Manuel Lara un libro inusual: se trataba de una colección de aforismos que reunía varias singularidades: una limitación espacial, España, un ámbito temporal, de 1900 a 2014 y, sobre todo, una elección: reunir una colección de aforismos poéticos a partir de cuarenta y ocho autores tan diversos como su propia obra.

Aunque el nombre de “aforismo poético” nos da una idea de dónde estamos, creo preciso establecer unas coordenadas, sobre todo para no confundir la vía oficial, tradicional, del aforismo como máxima, sentencia, racional conclusión sobre el mundo y que se cultiva desde hace siglos y este otro aforismo desclasado, heterodoxo, que supone una vía de conocimiento distinta, al acercarse a lo real por una vía donde linda la filosofía y la razón poética. El aforismo poético reúne a los aforismos que quedan fuera de lo racional, y al quebrar la estructura lógica pasan al lado poético formando así el otro canon del aforismo. Se trata de acercarse a un significado máximo con una mínima parte de significante, y que consigue una gran eficacia comunicativa utilizando los mismos recursos que la poesía, y este pálpito requiere muchas veces de una observación obsesiva que no parece tal, o de un encuentro entre el mundo y un ojo que piensa, que tiene algo que decir ante lo que ve y que sólo puede decirlo de una manera, pues en caso contrario no sería un aforismo.

La responsable de esta edición es la andaluza Carmen Camacho, poeta, columnista, periodista y, a su vez, aforista con varios libros publicados con una fórmula propia de aforismo poético al que ha llamado Minimás. El libro consta de un estudio previo con el título de “Las ínsulas extrañas” en la que caracteriza esta manifestación literaria en una breve introducción. A continuación define las diferentes formas en las que se da un aforismo poético y, finalmente, traza un recorrido histórico desde Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez a Andrés Neuman y Erika Martínez, pasando por las vanguardias, la Generación del 27, la posguerra, y los últimos cuarenta años, en los cuales se da, sobre todo a partir de los años 90, una efervescencia y explosión del aforismo poético a nivel creativo e incluso editorial. Este estudio previo potencialmente supone, un curso de literatura y al mismo tiempo un taller literario.

El grueso del libro recoge una recopilación de cuarenta y ocho autores, con una presentación en la que ofrece “una cata significativa del aforismo poético español en su pluralidad y en su carácter felizmente heterogéneo.” El trabajo de la editora nos parece valioso, pues ha ido más allá de una breve nota y selección a una introducción que puede marcar una línea para futuras recopilaciones y estudios aforísticos, traspasados estos intervalos temporales, de país e incluso de lengua. Además, el trabajo de selección y localización de muchas de las obras citadas en la propia bibliografía debe requerir un esfuerzo añadido, dada la rareza y la dificultad de localización de muchas de las obras recogidas en la bibliografía y empleadas en esta selección.

En cuanto a las distintas modalidades de aforismos poéticos, nos encontramos con el aforismo metafórico, el que ejercita un ojo que piensa. Es la modalidad más característica, con la preponderancia de la metáfora y la imagen. También se encuentran los aforismos derivados de fragmentos y de poemas en prosa; las notas sobre arte, estética y poética, formulados desde la poesía. Y también tenemos los antiaforismos, formas rebeladas contra la forma de los aforismos clásicos, y construidas desde un procedimiento apropiacionista. Cuestionan lo establecido. Son artefactos que agitan la realidad, generando otro estado de cosas.

Para mostrar lo que estamos hablando, se incluye una pequeña selección de los aforismos poéticos contenidos en esta antología.

Nadar en tierra, andar en agua, volar en fuego, parar en aire son los milagros propios del poeta. Juan Ramón Jiménez.
La veleta señala todos los caminos a la ventura. José Bergamín.
La vida hecha es la muerte viva. Arturo Soria y Espinosa.
El hombre que se apoya en el aire adquiere la consistencia de las estrellas. Vicente Núñez.
Lentas siguen las lunas a las lunas, como cede a la luz la luz, los días a los días, el párpado tenaz al mismo sueño. Vivir es fácil. Arduo sobrevivir a lo vivido. José Ángel Valente.
La vida es una máquina de redes nocturnas. Carlos Edmundo de Ory.
Escribir para no andar dando gritos por la calle. Antonio Fdez. Molina.
El bandolero es más caballo que delincuente. Rafael Pérez Estrada.
¡Muéstrame tu Dios y te diré cuál es el color de tu miedo! Chantal Maillard.
Duda el pájaro, y dudando, más asciende. Julia Otxoa.

Nótese que esta diversidad se refleja en los diferentes nombres que cada autor da a estas piezas, sabedor de su especificidad frente a otras formas aforísticas y también diferentes al resto de la propia obra escrita: greguerías, aerolitos, afuresmas, máximas mínimas, glorierías, musgos, huellas, destellos, nótulas, husos, hilos, huesos, afuerismos, esquejes, fogonazos, pecios, relámpagos, esquejes, dardos, etc. una casi para cada uno de los autores felizmente recogidos en esta obra. No obstante, todos saben de lo que están hablando y, a pesar de la acentuada individualidad que pudiera dar la impresión de que se trata de jardineros criando las flores de su propio planeta, los autores comparten una intención, un modo diverso pero no divergente de enfrentarse al mundo, el pálpito de escapar a los infiernos de la razón y, queremos pensar, que una conciencia de mostrar al mundo un trabajo extraño, irracional, alucinado, en el que se sigue una forma de acercamiento a lo real distante de la vía racional, gracias a llevar al extremo la observación y la expresión poética, como es el caso de este aforismo final de Pedro Casariego Córdoba: A veces el amor deja sangre en las sábanas: aviones rojos que abandonaron el cielo.

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Machuca
Fotografía: Jesús Machuca

Si en algún momento alguien se preguntara por las coordenadas de este libro de poemas podría encontrarlas en las primeras páginas, descritas en el Pliego de principios, sobre el poema:

Acaso el poema no sea más que un inventario: una suma de invenciones con el alma sucia de verdades.

Como unas tablas de la ley, con dos únicos mandamientos relativos uno al poema y el otro al relato, este libro desata un campo de fuerza sacudido por la fabulación, el descreimiento de la verdad, la invención y la duda. La verdad se revela  como un cúmulo de ficciones con una base en la experiencia de lo vivido, en la experiencia lectora, en lo añorado y en el deseo puesto en pie y sublimado.

El título de Inventario juega con el doble sentido de relación organizada de elementos y también con la derivada de “invento” como “lo encontrado” e “inventar”, de la misma raíz. De forma paralela, desde el principio se establece un doble juego entre fabulación, como invención y también como acto de habla.

El subtítulo (Fabulaciones, ficciones y otras verdades)  divide el libro en tres partes. La primera parte, Fabulaciones, nos presenta un mundo propio de historias y de cómo la voz recorre un camino paralelo a la experiencia. Suena el eco de algunas narraciones de Borges  (Antes de memoria, El rapto en la isla de Djerba), y se alternan verso y prosa, líricos en cualquiera de sus formas. En la segunda parte, Ficciones, aparece más o menos explícita una teoría poética. Se trata de cómo destilar la experiencia vital a través del lenguaje y cómo se articula la experiencia en el poema. Por último en Otras verdades, la tercera y última parte,  se despliega la emoción, lo carnal, la intimidad.

En esta última parte, más allá de las coordenadas de partida referidas anteriormente, el erotismo forma parte principal de una buena parte de los poemas. La autora realiza un viaje que parte desde la interpelación al amado hasta la añoranza del éxtasis, pasando por la recreación del espacio absoluto de la intimidad, representada por el simbolismo recurrente de las tórtolas y la invocación a los pechos encarnando la pasión y lo carnal. La carnalidad trasciende desde el principio del poemario como una llave que nos permite viajar desde las mentiras fabuladas hasta ese lugar donde ocurren las experiencias íntimas y, por tanto necesariamente verdaderas. A lo largo de Inventario nos encontramos escrito entre paréntesis, una reflexión, una llamada breve que también parece tener esa función de hablar sólo para uno mismo en medio de todos los demás. Ese paréntesis que comienza a veces de un simple aparte para una conversación entre dos también crea un espacio profundo de intimidad.

(¿Vendrías tú conmigo/  a olvidar estas verdades? Dime, /vendrás?)  [In vino veritas]

(Esta memoria no está sellada al beso que te brindo/ y que te inventa) [El regreso]

En cuanto a la poética  de la segunda parte, Ficciones, la autora propone las condiciones precisas para desplegar la lengua y la experiencia en poema, una línea de salida en la que todo lo que arrastra al poema es invento donde las palabras se enfrenten al poeta para que éste fije  una nueva realidad. Al sacarlo a la luz, se percibe un propósito de superación al compartir una razón poética como condición de posibilidad que sirva a un tiempo como arranque y como meta. Vemos una muestra en los siguientes versos.

Ahora invéntame. Hazme ristra de ficciones y teje con ellas

 una alfombra…/ Será fácil, ya verás, dame un nombre

y  escríbeme  [Alumbramiento].

Pero yo quiero mancha, corriente oscura, enajenado  barro

que cubra y cristalice cualquier atisbo de belleza  [In vino veritas].

Al hilo de esta razón poética, la duda cobra el valor de la única certeza. La duda es lo único que nos puede impulsar a buscar y a avanzar, a  llegar donde nadie pisó antes. La duda aparece a lo largo de todo este libro como una generatriz de búsquedas y pone en marcha un proceso fértil que ensancha el mundo propio. Lo fértil, y por tanto lo creativo, es la duda. Sin ella, ¿quién indagaría, quién escribiría? todo permanecería como en el momento anterior al desmoronamiento de las primeras certezas, quizá en los principios de la humanidad, o siendo más generosos, del racionalismo cartesiano. Por tanto, la duda aparece como una cadencia germinadora de todo este libro de Rosario Pérez Cabaña.

Este ámbito de intimidad, de exploración, de erotismo, de fabulación, de dudas, nos podría hacer pensar que se trata de un libro para leer en silencio y aparte del mundo. Al contrario, la autora nos trae sus poemas desde la voz y hacia la voz, para ser leídos en alto. El cuidado no pretende un esquema métrico determinado, sino la cadencia a partir del acento. El ritmo seguido es endecasilábico, que sigue los acentos naturales de los versos de cinco, siete, nueve y once sílabas. Por eso la belleza de este ritmo, sólo se puede apreciar plenamente con la lectura en alta voz, a la que quedan invitados desde la primera página.

Inventario parte de la distorsión de la realidad y de la pretensión de fabulación de sus dos libros anteriores, “Mi padre nació en Praga” y “Quirón y los otros hombres”. En los dos libros se realizaba un despliegue de una experiencia autobiográfica alterada a voluntad, con una licencia, la de utilizar voces interpuestas que permitían fijar veladamente la experiencia biográfica. Así, el pintor Oskar Kokoschka y los narradores Onetti, Carver y Bernhardt de los dos libros anteriores pasan en Inventario el testigo a la autora, que esta vez se expone sin veladuras, explícitamente con su propia voz y con su agitación creativa y fabuladora entre la invención y la verdad.

Finalmente, como llamada a la lectura, queda aquí un jirón de su visión de El vuelo de los otros hombres.

Me gusta así, desde el revés del verso/ sentarme a ver/  los ojos, las esperas, los caminos/las dudas, los encuentros, las mudanzas/ la turbia sed, el ansia, los destinos,/ la trashumancia Dios, la trashumancia.

Inventario. Rosario Pérez Cabaña. Ediciones de la Isla de Siltolá.  Sevilla, 2018.

Tiempo de lectura 💬 4 minutosArguez bomberoUn año después de la vuelta a los lectores de El bombero de Pompeya, se ha serenado el temblor del recién nacido y el nomadeo de las presentaciones y ferias del libro. Ahora, frente al libro desnudo, gracias a una nueva lectura, no paran de sucederse sorpresas y situaciones de lo más inquietantes. Es muy probable que más adelante surjan nuevas lecturas fruto de las semillas que el autor ha ido dejando caer en unos lugares escogidos con toda la intención y que en otros casos serán fruto de la libre exploración del lector.

Entre las novedades, abre el libro “Unas minúsculas criaturas con forma de personas”, como una nueva entrega de “Las ciudades invisibles” de Ítalo Calvino, pero sin inventar un lugar remoto, porque describe bajo otro punto de vista el lugar en que vivimos, cogiendo carrerilla desde el mito platónico de la caverna.

Al recorrer las distintas historias, fruto de los trabajos de autor y lector, uno puede encontrarse con influencias y evocaciones, fruto de la intención de quien fabula y escribe, y en otros casos, como la onda concéntrica expandida que desencadena una piedra contra el agua, no estarán más que en la atribución del lector. Unas proceden de la literatura, otras del cómic, de la canción, del cine, de personajes con los que hemos tratado en nuestra vida. Así, en “Hermosos ojos de vidrio helado”, nos encontramos con el héroe de la Ilíada reencarnado en un yonqui clarividente (¿Quién no ha conocido al menos a uno?), y una secuela de la película ochentera “El final de la cuenta atrás”.

Es imposible pormenorizar en este espacio, donde se encuentran ecos de las distopías más aterradoras y de los relatos alucinados de Philip K. Dick en el pelotón sacrificado en “Mata a muere hierro quien”; ecos de el caso del señor Valdemar, de Poe, juegos en bucle a lo Cortázar en “Las dos bocas de un túnel” y posiblemente en “Asamblea de los espejos”, una fábula sobre la incomunicación conectada, como un Facebook antes de Facebook, sólo para dos.

Algunas referencias no requiere atención, pues están bien explícitas en la historia del periodista embarcado en el arca de Noé, en “Aquaplaning” que cuenta su propia versión en primera persona del fragmento del génesis que trata del diluvio; en el relato que da título al libro, donde lo que la crítica académica despistada llamaría intertextualidad, se convierte en burla explícita del estilo ampuloso de la novela “Los últimos días de Pompeya”. Todas estas referencias, y cabe suponer que muchas más, abiertas a cada lectura, se encuentran servidas en su punto, en el relato final “El bombero de Pompeya”. De forma parecida ocurre con la historia alternativa de la fuga del cobarde General Custer, que gracias a un astronauta vuelve al lugar donde le situó “Murieron con las botas puestas”, en “Un extraño, un adverbio, un jueves”.

Como un Gulliver en el país de los enanos que saltara sin continuidad al país de los gigantes, los personajes se valen del tiempo como de una banda elástica sin punto de ruptura. El anacronismo aparece donde quiera que la historia lo necesita. Suenan Los Doors en Troya, y un estudiante de nuestros tiempos mira con los auriculares puestos como se termina de construir el arca de Noé. Algunos cuentos, como “El Bombero de Pompeya”, tienen una capa futura, no contemporánea, por encima de una tan antigua como el siglo I de nuestra era.

El arco temporal que atraviesa este libro recorre los extremos de la historia del mundo que en muchos casos procede de la fabulación o de la leyenda: desde los mitos griegos y hebreos, hasta el postapocalipsis en un mundo “radiactivo, gélido y oscuro”, o donde la humanidad desapareció hace siglos de la Tierra, recogido en libros de fantasía y ciencia ficción, pero por razones obvias, sin aval histórico alguno, lo que al autor le asegura jugar en un tablero donde puede moverse con libertad absoluta. El autor, frente al mundo clásico y hebreo, escribe una historia contra el mito canónico. Y contra el mito, forja su propia leyenda.

Entre medias, también se encuentran cuentos contemporáneos siempre recorridos por un zarandeo de los personajes y de la realidad en forma de bucle temporal, de una familia que no es una familia humana, de un violinista que iba a tocar en una cena, de una familia que encuentra un monstruo bajo la cama. En todos estos casos, los personajes no son dueños de su destino. Quizá aquí se puedan rastrear ecos kafkianos y de la narrativa de Javier Tomeo

El tono de esta colección de cuentos, tremendamente evocador del hombre con un destino incierto, y un futuro deshumanizado, hace revivir la llama del cómic “Fragmentos de la Enciclopedia Délfica” de Miguelanxo Prado, publicado en la extinta y pionera revista de cómic 1984, aunque en principio parezca muy lejano en la forma y el soporte,

Es difícil dejar esta reseña sin hacer dos breves altos: la historia del estudiante de periodismo embarcado en el Arca de Noé de “Aquaplanning”, que cuenta la aventura del diluvio desde dentro y su propia aventura de amante correspondido pero desdichado por contar con fecha de caducidad. El desencanto provocará unas emocionantes últimas páginas que oscilan de la parodia inicial al lirismo que llega hasta el final del cuento y que arrancan así: “Alguien encontraría algún día ese trozo de papel donde mi pobre corazón viajaba a la deriva supurando las mas hermosas palabras que nunca dediqué, ni habría de dedicar, a mujer alguna”. Esta carta, lanzada en una botella de whisky DYC, aparece íntegra, más adelante en “Aquaplanning (reprise)” por cortesía de Miguel Ángel García Argüez.

El otro alto, es la lectura de “Alguien voló sobre el nido de Batman”, una fábula en la que los superhéroes se encuentran desposeídos de sus poderes, son ancianos con las manos temblorosas, encerrados, y sin apenas facultades. Más o menos explícitos, se pueden encontrar las coplas de Jorge Manrique con su repique de campana del ubi sunt latino (¿Qué fue de los que vivieron antes que nosotros?), en lo que parece comenzar con una parodia, para finalmente despertar toda nuestra compasión emocionada.

Quince años después de que apareciera una primera edición a cargo de la Fundación Municipal de Cultura del Ayuntamiento de Cádiz en 2002, Libros de la Herida ha lanzado al mundo una nueva edición que en realidad se trata de una nueva versión, un Bombero Redux, revisitado, pues algunos cuentos han sufrido baja y otros causan alta sobre el primer Bombero. Además, ha habido actualizaciones en cuanto a vocabulario, estilo y todo lo que parecía haber acusado el paso del tiempo.  En palabras del autor, “uno siente que quien entonces lo escribió ya no es el mismo, pero que, en cierto modo, siempre lo ha sido. Y lo sigue siendo”.

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Machuca
Fotografía: Jesús Machuca

Tras más de cincuenta años de escritura ininterrumpida y seis años de retirada, Philip Roth muere el pasado 22 de mayo en Nueva York, no lejos de su ciudad natal Newark, en Nueva Jersey, que reflejaría en la mayoría de sus novelas.

Como ha venido ocurriendo desde que comencé a leerlo, hace doce o trece años, las informaciones sobre él y también las entrevistas, suelen repetir tópicos y temas manidos, unos exagerados, otros verdaderos, y la mayor parte, carentes del interés de su obra: el escarnio de la comunidad judía de los EEUU, el erotismo crudo, las tensiones de la vida en familia, el machismo del autor (como si fuera el único hombre de letras machista), su defensa de los valores más progresistas, etc. A menudo se olvida o creo que no se menciona lo suficiente que, dentro de la valiosísima narrativa americana de finales del siglo XX, Philip Roth supone un antes y un después. Pasa por muchos temas, sin dejar nunca de lado el “cómo se llega a ser lo que se es nitzscheano”. Roth bucea en la identidad, pero se rinde cuando los hechos no cuadran con las intenciones ni los proyectos vitales. Si pasa treinta páginas hablando de cómo fabricar un guante, quieres que añada otras tantas; si entra en los detalles del combate de boxeo, te gustaría que no cambiara nunca de tema. Si se ríe de su padre, tu también te ríes del suyo y te acercas al tuyo sin dejar la risa a un lado.

Philip Roth, con su obra ya terminada voluntariamente en 2012, tras una fiebre creadora de cuatro novelas publicadas en los últimos cinco años previos a su retirada, tiene una obra que dice cosas distintas a cada uno que se acerque a ella. Su retirada voluntaria de las obligaciones y la carga de la escritura, a punto de cumplir los ochenta, no fue comprendida por gran parte de la comunidad lectora, como si el escritor reconocido contrajera una obligación tácita de escribir hasta el último suspiro. Y, aunque no sea preciso, ni casi posible, leerlo todo, estoy seguro de que con sólo un libro no es suficiente. Lean “La mancha humana”, lean “Pastoral Americana”, lean “Patrimonio” lean “Indignación”. Lean cualquiera de estos libros de los que a continuación se ha procurado extraer unas frases que acerquen a su lectura. Son las palabras de Philip Roth.

  1. El mal de Portnoy

Alexander Portnoy repasa sus obsesiones familiares, religiosas, sexuales, y cualquiera que se cruce por su cabeza, frente a su psicoanalista. Puro humor. Habla su padre.

“¿Sabes eso, Alex? La religión de los cristianos, toda ella está basada en adorar a alguien que en su tiempo era judío declarado. ¿Qué te parece tamaña estupidez? … Van por ahí pregonando la divinidad de Jesucristo, ¡y resulta que Jesucristo era judío! …. Era un judío, como tú y como yo, y llegan ellos y lo convierten en una especie de Dios cuando ya está muerto, y luego –ahí está lo que más loco puede volverte- los muy hijos de puta dan media vuelta y, quienes son los primeros de la lista, cuando la emprenden con las persecuciones? ¡Los judíos! ¡Precisamente los judíos entre quienes nació su amado Jesucristo!”

­El mal de Portnoy. 1969-2007. Seix Barral.

  1. La conjura contra América

Una familia judía de los Estados Unidos, vive con inquietud la victoria en las elecciones presidenciales en 1940 del aviador Lindberg,  simpatizante de la Alemania nacional socialista. Se trata de una incursión de PR en la historia alternativa distópica.

“Como siempre sucedía con tía Evelyn, su entusiasmo tenía algo muy atractivo, aunque en el contexto de la confusión que reinaba en mi casa no podía obviar lo que también tenía de diabólico. Jamás en mi vida había juzgado tan duramente a un adulto, ni a mis padres, ni siquiera a Alvin o al tío Monty, como tampoco había comprendido hasta entonces la manera en que la vanidad desvergonzada de los necios sin remedio puede determinar totalmente el destino de los demás.”

Del cap. 6. Su país. La conjura contra América. 2004-2005, Mondadori.

  1. El teatro de Sabbath

Mickey Sabbath, cercano a la jubilación, tras la muerte de Drenka, su amante poliamorosa,   repasa su vida repleta de avatares amorosos. Habla Drenka:

“Aquel año, al terminar la escuela secundaria, cuando trabajaba en Zagreb, me encantaba follar. Tener el coño lleno de esperma, de leche, era una sensación deliciosa, magnífica, tal vez incluso poderosa. Fuera quien fuese el chico, al día siguiente ibas al trabajo sabiendo que te habían follado bien y estabas  toda mojada, tenías las bragas empapadas e ibas de un lado a otro mojada…cómo me gustaba eso.”

El teatro de Sabbath.  1995-2007, Mondadori.

  1. Patrimonio

Philip Roth cuenta los dos últimos años de la  vida con su padre diagnosticado de un tumor cerebral.

“Por la mañana me di cuenta de que se refería a este libro, que, como corresponde a la falta de decoro propia de mi profesión, estuve esccribiendo durante toda su enfermedad y su agonía. El sueño me decía que –ya que no en mis libros, ni en mi vida-, al menos en mis sueños yo seguiría siendo para siempre el hijo niño de mi padre, con la conciencia de un hijo niño, y que él seguiría vivo no sólo como padre mío, sino como padre, en permanente juicio de todas mis acciones.”

Patrimonio. Una historia verdadera. 1991-2007. Seix Barral-Mondadori.

  1. mi vida como hombre

Un novelista, Peter Tarnopool, elige afrontar su compromiso “como hombre” que le impedirá seguir escribiendo, consciente del desasosiego que le produce la diferencia entre las personas que le acompañan en su vida y los personajes conocidos en la literatura. Habla su padre.

“-Hijo, escúchame. Eres universitario. Tienes un diploma  de honor. Tuviste una beca durante los cuatro años. Has cumplido con el estado en el ejército. Has viajado por Europa. Tienes el mundo entero ante ti, y es todo tuyo. Puedes tener lo que quieras, cualquier cosa… ¿Por qué te conformas con esto? Peter, ¿me oyes?

-Peppy-preguntó mi madre-. ¿La… quieres?

-Por supuesto que la quiero.”

Mi vida como hombre. Mondadori. 1970-2007.

  1. Indignación

En los años de la Guerra de Corea, Marcus Messner, primer miembro de una familia judía en acceder a la universidad, será víctima de los temores de su padre ante los peligros que la vida pueda depararle. Habla el decano.

– … En toda mi experiencia en Winesburg, nunca me he encontrado con un alumno que estuviera en contra de esos requisitos, aduciendo que infringen sus derechos o son comparables a trabajar en las minas de sal. Lo que me preocupa es lo mal que encaja usted en la comunidad de Winesburg. A mi modo de ver, es algo de lo que debemos ocuparnos enseguida y cortarlo de raíz.

Me van a expulsar, pensé. Me van a enviar a casa para que me llamen a filas y me maten.

Indignación. Mondadori. 2009.

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Nota sobre los traductores al castellano: la mayor parte de su obra, sobre todo en los últimos veinticinco años, donde también se ha editado casi toda la obra anteriormente publicada en Inglés, ha sido traducida por Ramón Buenaventura y Jordi Fibla.

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Machuca
Fotografía: Jesús Machuca

En algunas historias, nos encontramos con personajes dejados ahí por el autor para darle consistencia a la trama y para conducir al sitio indicado al protagonista. Parafraseando el principio del arma de Chéjov, para ayudarle a disparar la escopeta que apareció al principio del relato y que necesariamente debe entrar en acción en un momento dado. En las películas ocurre algo parecido, como con los McGuffin de los que habló Hitchcock. El McGuffin es un elemento distractor no muy relevante, pero que realiza una función, y así, lleva al héroe de la historia a una habitación o le enfrenta a su antagonista. Como variante de los soportes de las historias, también tenemos otros que cumplen la función de despertar las simpatías de un sector del público, o bien ubicar moralmente al motor de la historia por comparación con uno de los malos sin fisuras o con otro de una ambigüedad moral bien dosificada desde su irrupción en una trama negra, por ejemplo.

En el área de gobierno democrático, en la política con poder, usualmente de una manera mucho más de andar por casa, nos encontramos con el correlato de las funciones de los personajes de una historia: el protagonista, y un reparto de actores con una función concreta y que también deberán ser activados y disparados cuando corresponda: los secundarios, los catalizadores, los distractores, o los oportunistas. Aparece un jefe que debe llegar a cumplir un programa de gobierno, que es una manera de resolver un caso, de cruzar un bosque encantado o de sobrevivir en una isla desierta llena de escaseces y peligros. Como la carga es muy grande, se nombran cargos a los que dotar de responsabilidades ante el público; es decir, ante la ciudadanía. Su función no es sólo la de hacerse cargo de las playas o los cementerios, sino la de sacar la cara para que se la partan cuando corresponda, bien a iniciativa propia, bien por mandato de quien le nombró, cuando se están sustanciando asuntos de mayor enjundia. Cuando se renuncia, al menos temporalmente, a defenderse o a atacar al adversario que no gobierna, queda el recurso de jugar a ser el blanco del pimpampum, ese juego antiguo de feria en el que se lanzan pelotazos hasta tirar al suelo unos muñecos sonrientes, ganando quien logra tirarlos todos primero o tirar más muñecos que nadie.

Si las aguas se enturbian, se saca un ministro a decir los mayores disparates. Dile que con unas clases de Economía podrá tirar el jefe adelante; condecora una vez más a la Virgen que te quede más a mano; en otros países, el responsable de Economía pide a los pensionistas que apresuren la fecha de su incineración. Para recibir más pelotazos, se añaden eufemismos como llamar indicios cuando los demás perciben rayos y truenos. Di que se desacelera el crecimiento cuando todo se viene abajo; habla de la separación de poderes cuando colocas jueces en el sitio oportuno. ¿Y quién mejor que un buen secundario bien caracterizado para llevarse las tortas? Dile a una ministra simpática que se toque el espinazo; encarga a otros señores respetables que le canten a la patria cuando no sabes si te levantarás en el mismo país en el que te acostaste, úrgele a un candidato de segunda que se suba a una bicicleta cuando presume de una colección de coches de lujo. Siguiendo el principio del antiguo pimpampum, se supone que enseguida la bisagra te devolverá a tu sitio tras el escarnio de los bares, las redes y la televisión, que en mayor o menor medida siempre pican en eso que algunos llaman “insultos a la inteligencia”, cuando en realidad los que están al mando podrían ser tontos, pero no tanto como a menudo parece.

A veces, incluso, se recurre a los adversarios para distraer de atacar a quien gobierna. Las reprobaciones en el parlamento, en contra de lo que dicen unos y otros, casi nunca debilitan al jefe del gobierno, sino al directamente atacado. Y así, el jefe, como un ciclista tramposo, recupera oxígeno gracias a la sangre que le presta un subalterno sacrificado.

Como vemos, un ministro de Interior no hace solo de ministro, ni una concejal de Hacienda se dedica a administrar escaseces. Al menos, media jornada mediática o más debe dedicarse a distraer al público, mejor cuanto más salve la cara de nuestro personaje principal, presidente del gobierno, presidenta autonómica, alcalde o alcaldesa. Sin este papel de tentetieso, que tiende siempre a levantarse, no hablaríamos de políticos, como los conocemos, sino de altos funcionarios o eso que a algunos reclaman en las crisis: los tecnócratas. Pero estas figuras no tienen que ver con un político que, con las complicidades necesarias, juega a ser guionista, director, payaso, montador y propagandista de lo necesario e insustituible de su continuidad en la  acción de gobierno.

Con los medios digitales y las redes sociales, fundamentalmente, han cambiado los soportes y así se ha facilitado una veloz propagación y rebote de noticias, opiniones y tendencias. Y aunque les costó entrar, a los cargos en el poder (“tanto Twitter y tanta opinión, oiga”) los políticos, especialmente con cargos, ya saben utilizarlo de la misma manera que las herramientas anteriores, descargándose de odios y desviándolos a quienes convenga. Se mire a la instancia y al partido que se mire, siempre hay al menos un chivo expiatorio más antipático, más soberbio, más “insultable”, más incapaz y más bocazas y, por tanto, mucho más odiado que el que está en lo alto, el responsable que, de tan visto, sorprendentemente resulta ser el hombre en la sombra, encarnando incluso un Pilatos 3.0. Los Mcguffin de la política están ahí para cumplir su función de alargar la historia y de apuntalar al jefe de filas. Pero después de leer muchas novelas y tragarnos tantas series, ojeadas en las redes, y tantos pantallazos de noticias cada día, al revés de lo que reza el dicho, el bosque no nos debería impedir ver el árbol.

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Machuca
Fotografía: Jesús Machuca

La muy noble, muy leal y muy heroica ciudad dormía la siesta del final de invierno. El viento norte, frío y tenebroso, encerraba en sus casas a los menguantes habitantes de la plaza que había sido fuerte siglos atrás. Por las calles solamente arrastraban sus pasos visitantes desubicados, ajenos a los motivos por los que casi todo el comercio cerraba varias horas en pleno día. Cual almas en pena miraban uno y otro escaparate, asegurándose que abrirían sus puertas cuando ellos ya debían subir a los barcos que hasta allí les habían dejado estar unas horas .

Gadira, la tres veces muy, bastión doscientos años atrás, cuna de la Reconquista de los reyes ibéricos, digería en diez mil salones cuaresmeros la berza, el potaje, los alcauciles y la pasta fresca del supermercado, oyendo entre sueños las campanadas de las horas que tañían en los conventos que aún no habían transformado en burdeles. Esos conventos eran lo que quedaba de la ciudad antigua, Gadira-Gadira, levantada mucho antes, se dice que ´más de tres mil años, pero en realidad la ciudad antigua no llegaba a los tres siglos, iglesia arriba, iglesia abajo.

Alrededor de la catedral se extendía el estrecho cuadrado menor a diez hectáreas que había sido la primera ubicación de Gadira, el actual barrio que las autoridades se esforzaban en vestir de limpio, pues sabían que por su situación, estaba muy a mano de cualquier visitante, autoridad o periodista con ganas de barrer para otro lado, porque barrer para casa sólo lo hacían en unas coplas muy típicas de Gadira, incomprensibles para el público forastero, pero que abrían las carnes, literalmente, al pueblo de Gadira, participante con igual brío de las fiestas paganas y las religiosas, pues para ello todo tenía su tiempo.

Entre el pueblo gadiriano, se encontraban muchos artistas quejosos para sí de su triste destino anónimo en la Iberia que a través de los siglos no había hecho otra cosa que mirar a la gran capital, y no por mandato supremo, sino por un acuerdo tácito entre todas las fuerzas políticas, estéticas, religiosas y sociales modernas y rancias de toda la vida. Nada más que importaba la gran capital. Había que ir allí, pero era insoportable para todos que fuera de la capital nada existiera. Los capitalinos del norte, un gueto dentro del gueto de extranjeros en Gadira; es decir, de fuera de la Bética, se sentían al llegar viviendo felices en el trópico, dada la bondad del clima de Gadira. Pero esa calma del espíritu duraba muy poco cuando faltaban comodidades y usos de la vida capitalina, una vez percibido que el sol no dura todo el año, que la humedad es helada,  y que no todo el mundo es como uno habría esperado.

A pesar de su irrelevancia frente a la gran capital, a su vez Gadira era la capital de la provincia. Había conocido tiempos mejores, incluso gloriosos, pero se acercaba velozmente a la irrelevancia de una ciudad cada vez menos poblada, pues muchos habitantes habían ya muerto sin reemplazo, otros se encontraban envejecidos y una buena parte de la parte activa había emigrado lejos, donde tuviera posibilidades de ganarse la vida, pues como dijo un escritor de otra época, allí la gente joven no sabía ganarse la vida, sino la miseria.

Como pequeña capital, seguía siendo la referencia para las ciudades del entorno y los pueblos lejanos. Muchas de las esperanzas de los jóvenes y de los talentos y las carreras por despuntar se centraban en Gadira, y era para ellos la ciudad de la luz, caldo de activismos culturales, facultades, exposiciones, gremios industriales, editores, cazatalentos y gente a la que había que conocer para ser alguien. El salto a las divisiones de plata y oro no siempre podía darse,  pero se hiciera lo que se hiciera, era condición necesaria el bautizo en las orillas de La Playita para ser alguien.

La fortunas venían de fuera, bien por extranjeros que se trasladaban en busca de oportunidades, bien por herencia, bien por gadirianos retornados, ricos en otro lugar con más oportunidades.  Y, como ocurre en todas partes, pero más visiblemente en lugares pequeños donde todos se conocen, algunos quejosos decían que la vida social precisaba de tres brazos: dos para abrazarse y un tercero para tirar de navaja

Pese a todo, Gadira aparecía mucho más activa que otras capitales de mayor renombre y presupuesto. El activismo de toda índole mantenía viva a la ciudad, no sólo culturalmente. Se sucedían todo tipo de actos y congresos en los que participaban bien invitados de lugares lejanos, bien actores de la propia Gadira. Es cierto que muchas de las actividades de Gadira no contaban con presupuesto, ni contribuían directamente a que sus participantes vivieran de ellas, pero la propia actividad, sin generar ingresos opacos para la hacienda pública, sí contribuían de manera apreciable a la riqueza de la ciudad tan venida a menos, pero tan viva.

Así contemplaba el muelle, las vías y las puertas de la ciudad, desde La Vista Blanca, el recién llegado forastero que quería dejar de serlo, pues su trayectoria le situaba a medio camino entre el origen gadiriano y  una trayectoria que le traía desde el otro lado del mundo.