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José María García López escribe sobre el libro “Los animales heridos”

(Libros de la Marisma, 2019), de David Eloy Rodríguez.

El libro se inicia, no en vano, con dos citas, una de Juan Benet: “El tiempo no se engendró en las estrellas ni en los relojes sino en las lágrimas”, y otra de García Lorca: “Sólo el misterio nos hace vivir”. Está dividido en dos partes, suficientemente amplias, Corral de tragedias y Animales heridos, ésta última constituida a su vez por tres bloques de poemas: Heridos, Balada para la caída y Animales.

Resena los animales heridos

Primera parte: Corral de tragedias

El principio de este conjunto, con un leve oxímoron por título, no puede ser más indicativo: “Te prohibieron la luz;/ luego te soltaron/ y te obligaron a la luz”. Ya sabemos entonces que algunas atenciones fundamentales del autor se dedican a la libertad y a las paradojas y arbitrariedades del poder, a desenmascarar y repudiar los convencionalismos y sometimientos aceptados. El absurdo aparente de situaciones peregrinas, por donde ascienden y se precipitan los versos, recuerda en parte a Samuel Beckett y a Roland Topor, evoca el Teatro Pánico, entre la ironía y el terror, y nos lleva de la mano por un surrealismo vitalista y rebelde, no exento de sentencias filosóficas y lapidarias. David Eloy parece haber optado, o es su forma de ser, por un tono directo, de pronto delicado y sentimental o en muchas ocasiones coloquial y hasta corrosivamente prosaico. Merece la pena mencionar algunos de los hallazgos alcanzados mediante este procedimiento: “Nos parecemos a indóciles perros/ encerrados en una metáfora”, “Nada es lo que era,/ y André Breton no era bretón”, “Cerrar los ojos no es útil/ para frenar el tren”, “El animal caído en el cepo/ hace memoria/ de la profundidad del bosque”.

Los poemas van rebotando en piedras como esas o en otras más duras y profundas, van apoderándose de nuestra atención e introduciéndonos cada vez más en una especie de circo febril de los conceptos, las aporías, las disidencias. El libro va cobrando un tono de letanía que pudiera decirse caótica o automática, pero no hay nada de eso. Se trata de una legítima defensa, un abanico de respuestas a los bombardeos de las órdenes y las informaciones sesgadas, una devolución múltiple, pero sin perder su carácter burlesco, de los dardos recibidos. Resulta admirable la capacidad para desviar y repeler las ofensas del mundo, el gesto nunca trágico ni humillado y la ingeniosa altivez ante el enemigo arrasador y bárbaro. “Estuvimos vivos, nadie lo niegue,/ aunque no nos recuerden”, subraya el poeta, y añade: “El futuro será despiadado/ como todos los futuros”.

Hay hacia el final de esta primera parte del libro un poema que reclama una referencia especial, “Debajo”, en el que el autor lanza una batería de preguntas entre cínicas, en el mejor sentido de la palabra, y demoledoras: “¿Quién no ejerció alguna vez la vanidosa arbitrariedad, la torva crueldad?”, “¿Quién no ocasionó dolor? ¿Quién no juró en vano?”, “¿Quién no se olvidó de forma provisional de quien más amaba?” o “¿Quién no se ha ofrecido públicamente como ejemplo moral?”

Son cuestiones que el autor nos plantea mucho más acá de simbolistas como Jules Renard o Saint-Pol Roux, aunque con probables coincidencias básicas, y, en determinados aspectos, más en la línea del “antipoeta” Nicanor Parra o en la del postista Carlos Edmundo de Ory. En cualquier caso, no hay artificio en David Eloy, aunque a veces pudiera pensarse así por descuido o inercia lectora, sino motivación sugerente y en muchas ocasiones de largo alcance, incluso bajo los brillos más veloces del ludismo lingüístico y la desinhibición. Así en el poema “Existencialismo”, ya en la segunda parte del libro: “Atila coincide con Sartre:/ el infierno son los hunos”, que no es precisamente un juego de palabras.

Segunda parte: Animales heridos

La factura de este otro bloque poético no es demasiado distinta de la señalada con anterioridad, aunque tal vez sí se agrava y adelgaza por momentos. Se desarrolla con una evidente originalidad, pero también bajo la advocación cómplice del poeta maldito Emanuel Carnevali, de George Perec o de César Vallejo. Sus asuntos, quizá algo más narrativos, van de la denuncia sutil de situaciones creadas por la desvergüenza criminal de las estructuras políticas actuales a una serie de viñetas animales, marcadas por el sufrimiento y la piedad, observadas con una mirada sensible y emocionadamente comprensiva. Suenan asimismo ecos narrativos y pesadillescos en medio de vertiginosos saltos semánticos, resonancias de raps urbanos (“Ejecuciones” o “Una casa tan frágil”) o, puede que involuntarias, de un remoto Carlos Oroza, pasado por Allen Ginsberg, y versos descoyuntados como manchas, a veces de sangre.

Es evidente que David Eloy Rodríguez es uno de esos animales heridos por los dudosos o corruptos imaginarios contemporáneos y por las variadas formas de la poesía de todos los tiempos. El libro implica un trabajo denodado e impecable (y de paso está muy bien editado por Libros de la Marisma), puede contener frases y alusiones desternillantes junto a reflexiones morales y filosóficas, nunca moralistas. Se acoge a un tono martilleante y febril o se remansa en síntesis juanramonianas o epigramáticas. Los versos son irregulares, no son dominados por una métrica previsible, pueden hacer pensar por instantes en un montaje cinematográfico a lo Godard, dibujan un paisaje de comic, unos campos calcinados al fin de la batalla.

De este maremágnum de polisemias, rechazos de simulacros espectaculares o consumismos inducidos, tan propios de nuestra época, y aleatoriedades contrapuntísticas, hay que reseñar igualmente el ritmo conceptual o de frase, más que acústico, que viene a ser muy adecuado a la frecuente atomización de los asuntos. Entre ellos destacan las oscilaciones caprichosas de la injusticia universal (en un ámbito donde llueve mierda, pero en el que algunos pueden permitirse paraguas de oro, como escribe el poeta) y la maravillosa comparsa zoológica, zaherida y martirizada. Destaquemos de ella, para finalizar este breve comentario, “La balada del jabalí herido”, que me permito transcribir completa: “Es la hora del dios/ pero los animales no tenemos/ dios. La herida/ mana sangre impecable/ que fluye hacia la muerte./Yo dormía en el bosque/ escondido, arrimado al amor/ de los inviernos,/ su pelo hermano, su respiración/ temblando en la misma noche./ Soy fuerza aún./ Huyo en las tinieblas/ en dirección contraria a mi destino./ El aire duele”.

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