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Profesor. Escritor, guionista de cómic y traductor español nacido el 3 de febrero de 1959 en Cádiz. También ha ejercido como crítico de cine, cómics y literatura en diversas revistas y medios electrónicos. Como escritor, es uno de los referentes españoles dentro del género fantástico, siendo considerada su novela Lágrimas de luz como la mejor novela de ciencia ficción española de la historia. Su obra literaria le ha hecho merecedor de los premios UPC, Pablo Rido, Ignotus, Castillo-Puche y Albacete de Novela Negra. Ha destacado también en el guión de cómic, trabajando incluso para la editorial estadounidense Marvel Cómics, y en la traducción, especialmente de novelas de corte fantástico, siendo reconocido por la Asociación Europea de Ciencia Ficción en 2003 como mejor traductor europeo de ciencia ficción.

¿Por qué escribir hoy en día? ¿Merece la pena el esfuerzo? ¿Hay futuro?

La verdad es que no encuentro diferencia entre escribir ahora o hace cuarenta años, cuando empecé; lo que no concibo es cómo te puedes resistir a ese impulso, es decir, lo que no entiendo es cómo se puede no escribir. Para mí no existe ese esfuerzo en la escritura, nunca lo ha habido. ¿Futuro? No, nunca lo ha habido. Ni más ni menos que el que había cuando comencé a escribir. No olvidemos que esto es España, y, más concretamente Cádiz, en el culo de todo, igual tendríamos que tener eso en mente. Sin embargo… La pulsión es irrefrenable. Yo no puedo no escribir, no concibo ese estado. Se pasan malas rachas, tienes problemas de todo tipo,: tu familia, el trabajo, la economía, pero, de repente, cuando al final del día ves que has escrito esos tres, cuatro folios, y los lees, y ves que son buenos… Wow, el subidón de endorfinas que te pega es algo indescriptible, y te da fuerzas para seguir adelante con tus proyectos y con tus locuras. Porque, en cierta forma, eres el dueño y señor de ese mundo, su dios creador. Eso no tiene precio. Es el antídoto contra la depresión, te hace que te sobre el psiquiatra. Sobre todo cuando ves que lo que vas escribiendo va tomando forma, y, además la que tú quieres.

Decía Stepehen King que una vez le preguntaron por qué escribía obras de terror y él respondía que no podía no escribirlas. En mi caso es lo mismo, ya digo, no concibo el mundo sin la posibilidad de contar historias. Están ahí, en mi cabeza, y tienen que salir de alguna forma. Yo sólo les abro paso y les doy forma para que el resto de la humanidad las entienda.

Has escrito de todo: cuento, novela, poesía, guiones de cómics para la Marvel… ¿Qué formato te queda por explorar que realmente te apetezca? ¿En cuál te hallas más cómodo? ¿Tienes algún género preferido por encima de todos los demás?

Curiosamente, a pesar de lo que me gusta y me ha dado el género, lo que menos me gusta escribir son los cómics, quiero decir, los guiones para los cómics. Y la razón es que ahí tengo que despojarme de la literatura. Yo soy un escritor florido, que usa recursos que convierten lo que escribo en prosa poética, puesto que mis inicios, mis verdaderas raíces nacen de ahí, de la poesía, del grupo Jaramago, al que pertenecí a finales de los setenta y principios de los ochenta. Además, en los guiones tengo que comprimirme, tengo que autocensurarme debido al formato mismo del relato… No, no soy feliz escribiendo “tebeos”. Tampoco el cine o la televisión, aunque hasta ahora no se hayan cruzado en mi camino, me llaman poderosamente la atención. En cambio, el teatro… Puede que ese sea el género que nunca haya trabajado y que más me llame. Es una espinita que me queda porque yo sí he hecho teatro, como actor. Pero creo que hacer teatro en este país, y más donde estamos nosotros, en Cádiz, muy lejos de los cauces normales de distribución, del mundo editorial, del mundo cultural, es para nada. Si lo hiciera, la única forma que tendría de mantener esa obra con vida sería dándosela a un grupo amateur.

Mira, hace muy poco empecé a escribir una obra, a partir de la idea de contar la odisea de Magallanes (que ya la narré en mi novela Victoria) en teatro. Tenía en mi mente ya la primera escena, y, cuando fui a volcarla en el teclado, me dije a mí mismo: ¿Pa qué? La dejé aparcada, aunque me sigue tirando la idea de escribir teatro. Poesía, sin embargo, no. Yo escribo prosa poética, no la necesito, me siento más cómodo en la novela. Mucho más. Igual que en el relato, aunque antes me sentía más cómodo en él. Creo que después de tanto tiempo le he perdido el pulso, por lo que sea, y el ritmo de producción ha disminuido. A veces he escrito relatos cuya idea era para una novela, pero al final la he condensado por pura vagueza en un cuento. No me asusta escribir novelas largas, obviamente (sus últimas novelas rondan las seiscientas o setecientas páginas), pero tengo que tener muy claro el desarrollo dentro de mi mente. El ensayo, sin embargo, me cuesta muchísimo más de lo que piensa el público en general. He escrito varios, con una muy buena acogida por parte de la audiencia (el entrevistador apostilla: su ensayo W de Watchmen –escrito a toda prisa bajo los desastrosos efectos de un cólico nefrítico– sobre el mítico cómic de Moore y Gibbons es absolutamente impresionante, al igual que su tesis doctoral sobre los cómics Marvel recientemente publicada en formato de libro), pero he de reconocer que no disfruto tanto como con la creación de mundos que conlleva la narrativa de ficción: tengo que comprobar cada dato, pulir la prosa para despojarla de cualquier artificio… En fin, no es que me disguste, es más bien que me agota.

Entrevista a rafa marin
Fotografía: Daniel Marín

Cuéntanos tu teoría sobre la banda sonora de la Literatura.

(Inciso del entrevistador: llevo décadas escuchando decir a Rafa que su obra “tiene música propia”, que cada personaje “tiene una voz distinta”, que no ha empezado a escribir tal o cual idea “porque no ha encontrado la música adecuada”. Es por ello que le hago esta pregunta, para que nos explique eso que me resulta a mí tan fascinante y que le distingue del resto de los escritores)

Creo que todo tiene que ver con el principio de mi carrera, y, en buena parte, los culpables son los relatos que escribí muy al principio. Yo hice el Bachillerato (de entonces, cuando tenía más entidad) perteneciendo al grupo poético Jaramago, y, aunque no me consideré muy poeta, si desarrollé un oído para las voces, para la musicalidad de la escritura. Cuando empecé a crear en serio, me propuse el reto de que cada cuento que escribiera tendría que tener una voz completamente diferente a la del anterior, hasta el punto de que pareciera que los habían escrito autores completamente diferentes. Creo que lo conseguí en buena medida, y que la mayoría de ellos consigue lo que buscaba.

Sin embargo, creo que es a raíz de La Leyenda del Navegante, cuando yo descubro que el proceso creativo de una novela se asemeja al de la escritura de una obra musical. En concreto, la extensa narración que cito antes la veo como una sinfonía, y descubro que, a diferencia de otros autores que, por decirlo así, tocan una sola tecla (o pulsan una sola cuerda) a lo largo de todo el relato, yo me veo rodeado de notas que suben y bajan, que usan escalas y crean armonías distintas en cada una de las partes que la componen. Y me gusta, me gusta jugar con esa herramienta en concreto. Algo que, a la postre, me hace diferente; o, al menos, hace que suene diferente. A la postre, es algo que de alguna forma me condiciona a la hora de escribir. Puedo tener la idea, el desarrollo, el argumento, saber más o menos cuáles son los personajes principales y cómo van a interactuar… Pero si no oigo esa primera nota, ese sonido que va a hacer que el resto del armazón se alce de sus raíces… No puedo empezar a darle a las teclas.

Un ejemplo. Antes de empezar a escribir una de mis mejores novelas, Juglar, sólo tenía imágenes dispersas de ella. Sabía que quería contar la historia de Mio Cid mezclada con las leyendas medievales de magia y brujería; tenía mente a un mago que realizaba sortilegios… Notas inconexas de lo que tenía que ser una gran sinfonía. Estuve meses madurando aquello, sin escribir ni una palabra porque no conseguía oír su música. De pronto, una nostálgica tarde de verano (o de invierno, no lo recuerdo), me senté a escribir y, de una sentada, escribí el capítulo inicial: la Obertura de la obra, antes del Primer Movimiento. Y entonces sí, la escuché con total claridad, nítida y diáfana. A partir de ahí, la novela se escribió sola.

Para los que te leemos desde siempre, los que conocemos tu estilo y alucinamos con la cualidad casi cinematográfica de tus escritos nos resulta bastante increíble que alguien como tú no haya dado el salto a dedicarse a guionizar historias para la gran o pequeña pantalla. ¿Te gustaría hacerlo? ¿En qué formato? ¿Adaptarías alguno de tus textos o preferirías comenzar desde cero?

No es que me atraiga especialmente salvo quizá por la parte económica (ríe). No, en serio, un guión es un guión, sea para una película o para un cómic, y ya contesté antes a una pregunta parecida. Es cierto que el de las imágenes en movimiento no es igual de constreñido, obvio, que el de las viñetas. Pero es muy complicado, y en el proceso de filmación interviene mucha gente, gente que va aportando y que va distanciado la obra de ti.

Sí, claro que me gustaría ver algunas de mis obras llevadas a la pantalla. Por ejemplo, mis tebeos de superhéroes españoles: Triada Vértice e Iberia Inc.; las historias de mi equipo secreto que lucha contra las fuerzas del más allá, Ora Pro Nobis; y, por supuesto, visualizo una serie impresionante basada en mi última novela, Victoria, en la que narro el viaje de Magallanes. Me sentiría muy feliz estar inmerso en uno de esos proyectos, aunque fuera sólo como productor ejecutivo y no como guionista. Muchos de mis colegas y lectores me dicen una y otra vez que tengo un estilo muy visual, y creo que es cierto, no creo que hubiera demasiado problema en que alguien las trasladase a imágenes en movimiento.

Ahora que lo pienso, una de las más “adaptables” sería Elemental, querido Chaplin, un pastiche holmesiano muy divertido y de mucha acción protagonizado por Charles Chaplin y nuestro querido Sherlock. Lo pasé muy bien escribiéndola y creo que también sería una delicia en la pantalla.

Uno de tus personajes más redondos y entrañables es el ex-boxeador Torre. Leer las historias de Torre es leer a Cádiz. Sin embargo, la inmensa mayoría de nuestros paisanos ni siquiera han oído hablar de él. ¿Por qué crees que esta ciudad que rebosa arte por los cuatro puntos cardinales no es capaz de gestionar la cultura que desprende en su propio beneficio?

Torre es un gran personaje en los dos sentidos del término, el del español estándar y el del gaditano (mis libros de Torre llevan un glosario al final escrito con mucha guasa, una especie de gaditano/español, que, me temo, sólo entienden de verdad los de aquí). Tengo tres novelas escritas (una cuarta en la cabeza) y unos veinte relatos protagonizados por ese boxeador amnésico que reúne en su persona todo lo bueno y todo lo malo de nuestros conciudadanos. ¿Por qué no es más conocido? Volvemos a lo mismo, estamos donde estamos, con ese sentido de la cultura tan extraño que tiene nuestra ciudad y fuera de los circuitos de distribución nacionales. Es cierto que la primera novela protagonizada por el personaje, Detective sin licencia, ganó el premio Ciudad de Albacete de Novela Negra, donde la entendieron perfectamente a pesar de estar escrita íntegramente en gaditano. Pero para mí tengo que las editoriales y distribuidoras no están interesadas en este tipo de obras. Las posteriores, Los Espejos Turbios y Lona de Tinieblas, fueron editadas sin promoción, ni siquiera aquí en nuestra ciudad. Supongo que lo trataremos más adelante, pero en este país ese es uno de los elementos fundamentales que no se cuidan en absoluto: el marketing, la promoción de la obra. Y, sin eso, publicar hoy en día es para nada. Tienes que llegar al público objetivo, y en una sociedad con la información hipertrofiada, eso requiere un esfuerzo por parte de los que, supuestamente, tienen que encargarse de tus historias.

Por otra parte, Torre es mi memoria, el relato que tengo interiorizado de la Tacita de Plata y sus gentes. Quizá por eso es amnésico: no por el golpe que le hizo besar la lona del cuadrilátero tantos años atrás, sino para justificar esa parte de la historia de Cádiz que yo no he vivido por mi edad. Es curioso, porque en su caso sé perfectamente qué aspecto tiene, oigo su voz, visualizo cada uno de sus gestos. Invluso creo, o sospecho, que más de una vez me lo he cruzado por la calle. Es que Cádiz es “mu chico” (sonríe).

Ambos sabemos que, salvo honrosas excepciones, apenas hay literatura que use el Carnaval de Cádiz, su fiesta más internacional y famosa, como escenario o pretexto para encauzar una historia. ¿A qué crees que es debido?

Cierto, es un marco cojonudo para ambientar cualquier tipo de relato, incluso de género: esos cientos, miles de personas embutidas en las calles de una ciudad pequeña, antigua, milenaria… Imagina una novela de crímenes, o de terror, o de acción. Sólo ponle nombre y escribe. Yo lo hice en La Ciudad Enmascarada (el entrevistador apostilla: uno de de los mejores relatos de terror que se ha escrito en este país), una novela de horror primigenio que enlaza con los mitos de Cthulu porque esta urbe tiene todos los elementos necesarios de misterio y angustia para ello. Parecía la formula perfecta… Y me comí los mocos, la editorial la liquidó casi antes de llegar a los puntos de venta. No es un problema de Cádiz, lo es del negocio editorial español, que es capaz de liquidar libros (o quemarlos) antes de que intentar, por ejemplo, una segunda distribución más modesta.

¿Por qué no se elige más a menudo como escenario el carnaval? La razón puede ser que ni nosotros mismos nos lo tomamos tan en serio como debiéramos. Mucha gente sigue considerando que es cosa de bufones y caricatos, a pesar de que ha quedado más que demostrado que tiene una entidad cultural que excede nuestras fronteras, no sólo las de la ciudad o la provincia, sino de la autonomía. Toda España mira nuestro carnaval con admiración, menos nosotros. Para hacérnoslo mirar.

El Agente Literario es una figura bastante desconocida en nuestro país. ¿De verdad son necesarios? ¿Y un Sindicato de Escritores?

Parece que en España todo lo que rodea el “negocio” de la literatura hace aguas por los cuatro costados. Los escritores de aquí nunca entenderían que en el mundo anglosajón, por poner un ejemplo, lo primero que pregunta una editorial al escritor que les presenta una novela es ¿quién es su agente? Es así, y no hay otra forma de que lean tu obra, por muy buen escritor que seas o mucho potencial que tengas. Aquí no, aquí somos una especie de freelancers que, muchas veces, tenemos que encargarnos incluso de las portadas de nuestros libros, o de la maquetación. Resulta increíble que la base del mercado editorial, la obra de tal o cual escriba, sea la peor tratada de todo el proceso, y con ella su creador. Por ejemplo, es el que menos gana económicamente hablando, apenas un ocho o diez por ciento (en el mejor de los casos si eres un autor destacado) sobre el precio de venta sin IVA. Y, además, te tienes que encargar de presionar a tu editor para que te pague y estar muy atento para evitar que te engañen respecto al número de ejemplares vendidos. No es lógico que esto ocurra, de ningún modo. Se supone que para eso es un agente literario. Una vez tuve uno, y, sinceramente, más que ganar, perdí, contratos y oportunidades. No quiero decir con esto que no haya algunos excelentes, pero no me los he encontrado en el camino ni me parece que puedan trabajar en este país en las mismas condiciones que en el resto del planeta. Posiblemente es que no hay cultura para ello, o que nadie está dispuesto a renunciar a otro diez por ciento del pastel.

El oficio de escritor, como tal, no existe en España como en otros países, a pesar de que es uno de los que más libros produce al año, libros que, por falta de una distribución seria, son quemados tras darles un ciclo de venta realmente paupérrimo. Es muy duro que te llame tu “editor” y te diga que ya pasan de seguir distribuyendo el libro por sobrecostes (o lo que sea) y que te lo ofrecen a ti a mitad de precio por si te quieres buscar tú la vida por tu cuenta y vendérselo a tus amigos y conocidos. ¿Quién puede ganarse un sueldo digno de esa manera, uno que le permita mantener a su familia mes a mes?

En cuanto al Sindicato de Escritores… Vamos a dejarlo ahí. Soy demasiado mayor para creer en cuentos de hadas.

Vamos a una cuestión políticamente incorrecta: ¿Hay tantas escritoras buenas que no ven su literatura publicada porque son mujeres? ¿Les favorece o les perjudica que se apliquen cuotas?

Mmmmm… Pasemos a la siguiente pregunta… Jajajajajajajajaja… No, en serio, sé por qué me la haces. A veces nos han acusado, y me refiero a los autores de mi generación, de que hemos ejercido de “tapones” para invisibilizar a la mujer escritora… ¿Perdona? La persona que más lejos ha llegado en el género fantástico es, sin duda, Elía Barceló, por encima de todos nosotros, y no creo que nadie le haya ayudado en ningún sentido: está ahí por derecho propio, por su trabajo y no por que nadie le haya regalado nada jamás. Y, como ella, muchas otras, muchísimas. Pero yo respondo por mi tiempo, no por épocas en las que ni siquiera existía. En esa época no solía haber mujeres en ningún evento del fantástico, quizá porque no les interesara o porque no les llamaba la atención asistir a convenciones, las Hispacones patrias, donde olía a huevo. La cosa ha ido cambiando, por supuesto, al mismo ritmo que lo ha hecho la sociedad, y ahora creo que tenemos la suerte de que todos y todas están donde quieren y luchan, bajo mi punto de vista, en las mismas condiciones a la hora de publicar… O no. He oído por ahí que existen editoriales que sólo publican a mujeres. Allá ellas, si es cierto, cometen el mismo error que llevan tiempo criticando. Imagina por un momento que existiera un editor que sólo sacase libros de hombres, u otro que sólo se centrarse en los gays, en los trans, en los no-binarios… Es una soberana tontería.

Me da la impresión de que esto va por modas. Nunca he entendido que esta sea una cuestión de género. ¿Por qué? La literatura es literatura, qué más da quién la escriba. Lo que importan son las ideas y el desarrollo de las mismas. Nos empeñamos en encorsetar la cuestión artística e incluso a veces se han atrevido a clasificarlas en “obras para mujeres” y “obras para hombres”, cuando yo he disfrutado como un enano leyendo, por ejemplo, Mujercitas, y me he aburrido como una ostra con la lectura de Frankenstein, porque, da igual quien la haya escrito, Frankenstein es un coñazo. Ambas son narraciones escritas por mujeres, pero el hecho de que una sea un tostón y la otra absorbente nada tiene que ver con el género de la persona que la haya escrito. A mí me han acusado de machista por escribir Don Juan, por el personaje… Pero, ¿qué quieres que haga? ¡Es Don Juan! Un personaje histórico que es como es, y, a pesar de ello, los que hayan leído la novela saben que las figuras más poderosas dentro de ella son las mujeres, muy por encima de su sombra. A veces tengo la impresión de que la gente no se lee las novelas antes de verter los comentarios en las redes.

La buena literatura, como todo acto artístico, lo es por el impacto que tiene en el público, no por lo que el que o la que la escribe tenga entre las piernas. Los sistemas de cuotas van siempre en contra de lo que se intenta defender, precisamente porque a veces visibiliza aspectos que no son del todo ciertos, o que tienen matices difíciles de considerar. Vivimos tiempos muy locos, donde todo el mundo tiene voz, pero quizá no la madurez suficiente para gestionar la información que vierte en las redes sociales.

Otra cuestión incómoda para terminar: ¿Hasta qué punto deberíamos estar preocupados por la oleada de “ofendiditos” que nos asola? ¿Corre peligro la libertad de expresión por su causa o, en realidad, las verdaderas responsables son las redes sociales?

Claro que corre peligro. ¿Quién puede crear, emocionar, hacer reír, cuando siempre está acechando alguien (o un grupo de álguienes) que está dispuesto a ofenderse por eso que has creado con tanto amor y dedicación? Y el otro problema añadido es que ya da igual qué ideología tengas: en todos siempre habrá ofendiditos en la acera de enfrente. Como dije más arriba, las redes sociales han dado voz a personas que no saben usar ese arma afilada que es la palabra (más poderosa que la espada). No se puede contentar a todo el mundo, y mucho menos en el mundo del arte, sea cual sea la rama que elijamos.

Yo voy a seguir escribiendo lo que me dé la gana y exactamente como me dé la gana, soy ya muy viejo para andarme con tonterías. Es una visión romántica porque lo queramos o no, el negocio editorial vende como vende y bajo unos parámetros volubles que ninguno controlamos: intenta dar respuesta a las modas y a las corrientes que nacen y desaparecen a una velocidad de vértigo. Esto es así: es el Capitalismo, chico. Quizá los que nos negamos a plegarnos a esa vorágine seamos como piratas en el sentido más romántico del término, seguiremos adelante sabiendo que estamos en la clandestinidad, fuera del sistema, pero haciendo y escribiendo lo que queremos. Hasta el fin.

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Por una vez, y para que sirva de precedente, los que nos dedicamos a esto de la enseñanza tendríamos que ser honestos con nosotros mismos y enfrentarnos a otra de esas grandes verdades que la velocidad de este siglo XXI está dejando desnuda y en evidencia: nuestro sistema educativo (y me refiero al occidental) es un perfecto fracaso. Sí, claro, cambia de país a país, muta según los avances y nuevas teorías que se pongan en práctica de forma individual, pero el concepto de aulas monolíticas con el alumnado en el asiento y tirando de materiales impresos inoperantes sigue siendo el más común de los paradigmas. ¿Culpa o responsabilidad de los docentes? No lo creo, sinceramente. En todas las profesiones hay de todo, pero una inmensa mayoría del profesorado de cualquier nación desarrollada está bien preparado y motivado (dejemos aparte el tema de los sueldos y del prestigio). ¿Responsabilidad de los que se dedican a consensuar leyes educativas que no sirven absolutamente para nada? La experiencia nos demuestra que los gobernantes se limitan a mirar para otro lado y rezar en silencio a sus amigos imaginarios, esos que pueblan las iglesias. Desgraciadamente, los muñecotes no tienen ningún poder en el mundo real.

Son tan torpes y tan ciegos que no son capaces de comprender que ahí, precisamente en la Educación con mayúsculas, es donde está el futuro del pueblo, el pilar fundamental para la economía de los años venideros. Y créanme, aquí no tiene nada que ver la ideología ni los partidos de polos opuestos: en el fondo todos piensan y actúan de la misma manera, por muchos informes que caigan en sus zarpas, por muchas evidencias que les pongan por delante. En los noventa, los orientales descubrieron esta gran verdad, y decidieron apostarlo todo a una carta: ahí les tienen veinte años después: marcando el pulso de la tecnología mundial, y, por tanto, de los mercados.

No future
Fotografía: Jesús Machuca

Pero nosotros, ciñámonos al terruño que nos rodea. No. Qué va, nosotros somos muy españoles y mucho españoles (por tanto, europeos, que no sé qué es peor a estas alturas) y todo lo que hacen en el extranjero, así por defecto, desde los tiempos de Tito Paco, es una absoluta chorrada. ¿Qué los bárbaros del exterior investigan sobre cosas como la Clase Invertida, el Aprendizaje Basado en Proyectos, Educación Múltiple, etc.?

Chorradas, queridos ciudadanos, no hagan caso a los infieles de más allá de los Pirineos pero lo que no pueden esconder estos mandamases de pacotilla es que todas las experiencias que se llevan a cabo para desencorsetar la educación están teniendo excelentes resultados. Sería imposible dada la brevedad de este artículo exponerlas aquí… Les invito, sin embargo, a que tiren de San Google y busquen, les aseguro que quedarán gratamente sorprendidos.

Porque, aunque parezca mentira, muchos de nuestros conciudadanos docentes están apostando, con escasa o ninguna ayuda, a veces con la única ayuda de sus propios recursos, por ofrecer a nuestro alumnado una visión de la educación más ajustada al tiempo que nos rodea, una que sirva para enfrentarse a los grandes retos que todavía nos depara este siglo y los venideros. A veces creemos que son absurdeces propias de la ciencia-ficción pero lo cierto es que nuestros hijos e hijas, y con ellos sus retoños, tendrán que enfrentarse al problema de la clonación y de la modificación genética, a la singularidad que se generará cuando las Inteligencias Artificiales tomen conciencia de su propia existencia (que lo harán tarde o temprano, no les quepa la menor duda), cuando las grandes sequías cambien el clima y la superficie del planeta, cuando escaseen el agua y la comida, cuando llegue el momento de dejar esta roca atrás y comenzar la conquista del exterior.

Ocurrirá, y no podemos evitarlo.

Y para hacer frente a esos desafíos no va a servir de nada dedicar cursos completos a repetir lo que se ha repetido ya mil veces en la primaria, en todas las materias y todas las áreas de conocimiento. ¿No sería más sensato, llegados a este punto, enseñar a nuestros retoños a investigar, a desarrollar soluciones, a resolver problemas, a buscar y gestionar la información, a detectar los fakes? ¿No creen que sería mucho más necesario?

Cada minuto que perdemos intentando llenar mentes jóvenes (y aburridas) de datos imbéciles que podrían sacar de Google en un segundo es un paso atrás en el desarrollo humano. Y humanos, les guste o no, somos todos, aunque a veces no nos comportemos como tales.