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A propósito de Seréis bautizados (Cádiz, Qbook, 2020)
de José Pettenghi Lachambre

Hay libros que son necesarios. No es ni una cuestión de calidad literaria ni siquiera de profundidad del estudio. Es ante todo una cuestión sanitaria. De higiene en una sociedad demasiado acostumbrada a guardar en la habitación de los trastos aquellas cosas de las que no se siente orgullosa. Como si así terminaran despareciendo. Como los niños cuando cierran los ojos. Pero el caso es que ocurrieron y a nadie, bueno a casi nadie, se le ocurre guardar la basura en una habitación que cierra, a la espera quien sabe de qué. ¿Qué desaparezca? ¿Qué por un proceso de metamorfosis se transforme en otra cosa? ¿Qué deje de oler? ¿Qué no se pudra y no aparezcan las moscas verdes?

Muchos hechos ominosos ocurrieron en Cádiz desde el 18 de julio de 1936, aunque sus raíces se extienden a las semanas anteriores, hasta fechas bastantes más cercanas de las que nos podemos creer. El propio triunfo del golpe se llevó por delante la vida de casi dos docenas de vecinos. Después vinieron los asesinatos, hasta al menos setecientos, las detenciones, por otras varias centenas y el miedo por toda la ciudad. Junto a ellos la arbitrariedad de los asesinatos; la llamada justicia golpista cuyas sentencias cuesta trabajo creer que fueran redactadas por quienes hasta hacía dos días habían pertenecido a la magistratura; la rapiña que se ensañó hasta con el lavabo de la casa del alcalde de la Pinta, las humillaciones diarias en forma de paseos por las calles, como las de los masones; los rapados y purgantes a mujeres; la quema pública de libros en la plaza de San Antonio y otras formas. 

El muestrario es amplio, demasiado. Muchos descendientes de quienes las padecieron todavía las recuerdan. Aunque quienes las practicaron en su momento y un importante sector de la actual sociedad gaditana quieran hacer como que no sabe que están guardadas en ese cuarto oscuro en el que no quieren entrar.

Sin embargo, de vez en cuando, entran en esa habitación rayos de luz que dejan salir por las rendijas de la puerta hilos de polvo en el que se hacen sentir aquellos horrores. Uno de estos rayos es el último libro de José Pettenghi Lachambre persona bien conocida por sus trabajos literarios, artículos de prensa y reflexiones alcalinas. Así que me libro de hacer semblanza alguna. 

Un trabajo que nace de la lectura de un reportaje aparecido en Diario de Cádiz, siempre atento a la actualidad y a los vientos que soplan, en su edición de la hojilla del 13 de octubre de 1936. Como buen periódico, el texto no tiene desperdicio desde la cruz a la firma, desde el titular a la última palabra. “Solemne acto religioso en San Antonio” titulaba a dos columnas y, en cuerpo de letra menor, continuaba una entradilla: “por las primeras autoridades han sido apadrinados seis niños, hijos de algunas personas muertas con motivo de los pasados sucesos”.

Todo un ejemplo de cómo obligar al lector realizar una interpretación entre líneas.  Ni siquiera en lo referente a lo de solemne en su primera acepción: lo que “se celebra con pompa o formalismo extraordinarios”. Bueno, lo pomposo que podía ser un acto del nacional catolicismo hispano en las primeras semanas del otoño de 1936. Porque brillaba por su ausencia lo que se refiere a un acto hecho “formalmente y acompañado de todos los requisitos necesarios por lo que tiene validez legal”. Salvo que le demos carácter legal a la imposición de la fuerza bruta.

Un acto que pone de manifiesto la alianza entre la espada y la cruz, la pólvora y el incienso que diría el monje Hilari Rager. Un hecho sin el que es imposible entender el presente de la sociedad española. Una coyunda al servicio de la Patria, con mayúsculas. En este caso de acción purificadora, escribe Pettenghi, de los graves pecados cometidos por los padres de los que dejaban de ser “moritos”. Ya se sabe, la militancia sindical y política comunista del concejal panadero Florentino Oitaben Corona. La socialista del también concejal Federico Barberán Díaz que había tenido la osadía no sólo de pedir la retirada de la estatua del fraile Domingo de Silos de la plaza de la Catedral, sino también que si no era trasladada a un recinto religioso fuera fundida y su bronce utilizado en otras cosas más útiles. José Jiménez Nieto había participado en la barricada levantada junto a la iglesia de San José que terminó siendo pasto de las llamas. El castigo fue ser asesinado delante del templo tras ser maltratado. Y por último el “muerto vivo” de Vicente Castilla Flores. Muerto ya para los golpistas pero todavía vivo en alguna de las checas de su Jerez natal. Un tonelero afiliado a Unión Republicana y, ¡pecado mortal!, masón que en febrero también era concejal. Un edil que había osado pedir la retirada del salón de plenos del cuadro de la Inmaculada Concepción que había donado el marqués de Villamarta. Error tras error que le iba a costar la vida. De nada iba a servir la humillación a la que se prestaba su todavía esposa.

Pettenghi 1

Pettenghi, de forma espartana dice, se dedica a contar lo que el gacetillero no quiso o no pudo contar en el momento: que de solemnidad poca; que las primeras autoridades lo eran en virtud de la violencia armada; que lo del apadrinamiento mejor dejarlo y que, por no ser, ni estaban todos los dados por muertos cuando se celebró la ceremonia. Uno no había alcanzado ese estado todavía pero como si lo estuviera. Como eso que “estaban muertos” era un eufemismo para no decir que los habían asesinado bajo el paraguas de los bandos de guerra dictados por los golpistas.

Pienso también que no son hechos para ejercicios de esgrima, del tipo que sean, sino para que la hoja del bisturí entre seca y hasta el fondo para limpiar la pus de un grano demasiado tiempo enquistado. No hay novela, los intervinientes fueron personas de carne y hueso, nariz y pescuezo: del vicario Eugenio Domaica, López Pinto, doctor Alcina, Lahera, Bernal, Carranza, Valera Valverde, Oitaben, Barberán, Jiménez Nieto y Castilla. Más otro que sobrevuela, sin que termine por aparecer, como en la vida gaditana durante décadas: José María Pemán.  

Primero la Iglesia de la que el auténtico poder descansa en Eugenio Domaica Martínez de Doñoro. Una especie de Fermín de Pas que comulga con la idea que no participan en una guerra sino una cruzada. Después los padrinos. López Pinto, el gobernador militar de la plaza que horas antes de sublevarse todavía juraba fidelidad a las autoridades. Alcina, reconocido médico de ideas conservadoras arrastrado por unos acontecimientos ante los que predomina el miedo, la preocupación, el no señalarse. José Joaquín Lahera, un falangista camisa vieja. Uno de los que se presentó en el Casino la tarde del 18 de julio. Representante de un nuevo poder que intenta ocupar los espacios que les dejan los militares sublevados. Para lo que no dudan en realizar los trabajos más diversos y más sucios. Joaquín Bernal es otro falangista. Nada menos que el jefe provincial. Otro camisa vieja, bregado en las luchas con el anarcosindicalismo jerezano. Consciente de su poder, de codearse con quienes hasta hace poco le ninguneaban e íntimamente despreciaban, se ha atrevido a asistir con la que presenta como secretaria de la Sección Femenina. A pesar de miradas reprobatorias de clérigos y seglares. No faltan las otras autoridades “civiles” de la ciudad: el alcalde Ramón de Carranza y el gobernador civil Eduardo Valera Valverde. Ambos puestos incondicionalmente al servicio de los golpistas. Del segundo se dice que ha venido con severas órdenes directas de Queipo de Llano descontento con que, en Cádiz, no se practicara la suficiente contundencia en la represión.

Pettenghi ha tenido el buen recurso de no encabezar ninguno de los capítulos con otros dos protagonistas: Concha Alcina y José María Pemán. La una auténtica muñidora del acto en su condición de jefa local de la Sección Femenina. Está presente como madrina de uno de los neófitos. El otro no lo está pero se le ha esperado ansiosamente. No en vano es miembro del “gobierno” que han formado los golpistas y nada se mueve en Cádiz sin su conocimiento.

Dice el autor que no es un trabajo histórico, eso de lo deja a los historiadores (¡gracias Pepe!), solo una recreación. Una recreación, añado, de un hecho del que hasta los mismos protagonistas, quiero creerlo, se arrepintieron después y que, por eso, prefieren que quede guardado en el cuarto oscuro de la sociedad gaditana. Ya lo apunta el autor, pero no está de más repetirlo: si a los descendientes de esas personas les resulta insoportable lo que se cuenta, tienen varias opciones: negar las evidencias, tan de moda hoy día, asumirlas e incluso escandalizarse porque todavía no se haya pedido perdón. Y lo escribe a quien le han recordado en más de una ocasión sus ancestros.

A pesar de sus intenciones declaradas, Pettenghi no puede sustraerse a dejar algunas pinceladas del humor cáustico que suele caracterizarle. Recuérdese su No estés eternamente enojado (Cádiz, Quorum, 2011). Como tampoco deja, en las páginas finales, por si todavía no había quedado claro, que la recreación la hace una persona con tanta carne y hueso, nariz y pescuezo, en unas ocasiones más y otras menos, que los protagonistas del aquelarre nacional católico celebrado en la antigua iglesia de las familias de banqueros y comerciantes gaditanos de los siglos XVII y XVIII.

Pettenghi tiene una visión del mundo y ejerce de republicano (el que interviene en la res-publica, la cosa pública). Ya se sabe alguien que tiene ideología, no como otros que por no tener ni reconocen que se han forjado una visión del mundo y que tienen unas preferencias sobre eso de la cosa pública. Sobre todo cuando se escribe sobre algo que ocurrió en el contexto que uno de sus protagonistas, Luis Carrero Blanco (Discursos y escritos, 1943-1973, Madrid, CEPC, 1974), intentó justificar: 

“…es moral y lícito imponerse por el terror cuando éste se fundamenta en la justicia y corta un mal mayor”.

¡Oído cocina!