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Jose garcia

Fotografía: Jesús Massó

Desde las últimas décadas del siglo XX, venimos asistiendo en el pensamiento occidental a un desplazamiento progresivo de la ‘política’ como centro de interés de las luchas emancipatorias en beneficio de la ‘ética’, que ha cobrado una inusitada relevancia para muy diferentes movimientos sociales en el momento de emplearse en la búsqueda de alternativas, tanto al individualismo burgués, como a la moral cristiana dominante en los espacios sociales de su entorno. En consecuencia, quisiera hoy exponer las aportaciones que a este debate han realizado dos pensadores postestructuralistas franceses de gran resonancia internacional, así como contrastar las éticas que ambos elaboraron en torno a la idea del cuidado: el ‘cultivo de sí’, de Michel Foucault, y la ética feminista de Luce Irigaray.

Naturalmente, la elección del objeto de disquisición no es casual ni caprichosa. Es, quizás, la única opción ante un panorama en el que el neoliberalismo rampante ha ido dejando paulatinamente la gestión política de los cuidados en manos de las fuerzas vivas de la sociedad, la cuales, sin embargo, han puesto, de forma paralela a la agenda filosófica, más énfasis en unas ‘éticas del cuidado’ que en una política de las mismas.

Así, pues, poniéndonos a ello, y aun sin ánimo de resultar exhaustivos, partiremos del análisis de la subjetividad que Foucault perfila a lo largo de su vasta obra, en la que define tres modos principales de ‘objetivación’,  que convierten a los seres humanos en sujetos: en una primera fase de su trabajo, Foucault analiza los tipos de discursos que han reclamado históricamente el estatus de ‘científicos’, especialmente en el ámbito de las ciencias humanas; en una segunda etapa, aborda la constitución de los sujetos a través de lo que él mismo denominó ‘prácticas divisorias’, esto es, exclusión, separación y dominación dentro de uno mismo así como hacia ‘los otros’, técnicas de control y codificación del cuerpo como emplazamiento de la subjetividad que producen ‘efectos de verdad’ y generan tipos específicos de conocimiento sobre el sujeto y su inscripción social; finalmente, el pensador francés se concentra en las vías por las cuales un ser humano se hace a sí mismo como sujeto, es decir, en los modos internos de sumisión y dominación de la propia subjetividad. Esta última etapa se corresponde con la publicación de los tres volúmenes de su Historia de la sexualidad y es la que nos permite alcanzar sus propuestas para una ética alternativa a la ‘renuncia de sí’, principio básico de las éticas basadas en el humanismo cristiano.  

Particularmente en el segundo y tercer volumen de la obra citada, Foucault analiza las prácticas y discursos de control de la sexualidad en la Antigüedad Clásica. Así descubre que aquellas prácticas que para nosotros vienen codificadas con el sobrenombre de ‘sexualidad’, constituyeron para la cultura grecolatina  un ‘arte de la existencia’, es decir, todo ese conjunto de acciones intencionales y voluntarias por las cuales las personas se asignan a sí mismas normas de conducta pero buscan también su propia transformación, convertirse en seres singulares y hacer de su vida una obra que porta ciertos valores ascéticos y emplea ciertos criterios de ‘estilización’ de la existencia. Naturalmente, el filósofo es consciente de que la llegada de este ‘arte de la existencia’, entendido como ‘tecnologías del yo’, técnicas de conformación de la subjetividad, fue posteriormente asimilada por el ejercicio del poder pastoral de los sacerdotes en el Cristianismo primigenio y aún después por las prácticas educativas, médicas y psicológicas. Lo que él propone es, en realidad, una actualización de aquellas formas de relación con uno mismo que dominaron gran parte del periodo clásico.

De hecho, Foucault encuentra la elaboración más redonda de esta cuestión en Epicteto, para quien el ser humano ha sido confiado desde su nacimiento a la ‘inquietud de sí’, el dios ha querido deliberadamente que pueda usar libremente de sí mismo, y para ese fin lo ha dotado de razón. Zeus nos ha dado a la vez la posibilidad y el deber de ocuparnos de nosotros mismos. Pero, ojo, si ‘uno no se oculta nada a sí mismo’, ni ‘se perdona nada’, como ocurriría con las ‘tecnologías’ de la confesión y la penitencia en la práctica religiosa del Cristianismo, es para poder memorizar, para tener después presentes en el ánimo, los fines legítimos y las reglas de conducta que permiten alcanzarlos gracias a la elección de medios adecuados. Este ‘cultivo de sí’ se expande a todos los ámbitos de la existencia, incluida la salud. No es casual, por ejemplo, que durante los años más duros de la crisis del sida la idea que más se asociara al uso del preservativo entre comunidades especialmente diezmadas por la pandemia, como fueron los hombres gays, fuera la de ‘cuídate’, conminación que se repitió hasta la saciedad en gran parte de las campañas de prevención articuladas desde dentro de estas mismas comunidades.

Es más, según algunas lecturas, cuando Foucault se plantea contarnos una historia de ‘la experiencia de la sexualidad’ y elige, de entre todos los puntos posibles de su articulación, la historia de amor entre un hombre y un muchacho, el celebrado pensador del último tercio del siglo XX estaría afirmando que el vínculo homosexual masculino constituye un paradigma históricamente destruido por la prohibición, a través del cual se generaba agencia ética. Ciertamente, Foucault no puede considerarse, ni seguramente tuviera la intención de serlo, un teórico de ‘lo gay’, pero la elección del punto de articulación de la experiencia amorosa dista con toda seguridad de ser una simple y pura coincidencia.

Con todo, la propuesta ética de Foucault también ha sido sometida a revisión crítica, siendo tal vez la más interesante la que acomete el feminismo inspirado por Luce Irigaray, coetánea de éste. La estrategia textual de Irigaray consiste en rehusar a separar lo simbólico de lo empírico, disociar el discurso sobre ‘lo femenino’ de la realidad histórica y el estatus de las mujeres en la cultura occidental. De esta forma, la propuesta de Foucault estaría descalificando a las mujeres como agentes éticos y, consecuentemente, como sujetos, porque subraya la interconexión entre el acceso al estatus moral y el derecho de ciudadanía. Las reglas y regulaciones de la vida moral, que también transforman al sujeto en sustancia ética, están en la propuesta foucaultiana implícitamente conectadas a los derechos sociopolíticos, y las mujeres han sido mantenidas al margen de ambas circunstancias a lo largo de gran parte de la Historia. De hecho, el propio Foucault, cuando nos habla del método de Artemidoro, reconoce que en sus prescripciones morales las relaciones entre mujeres aparecen en la categoría de actos ‘contra natura’, mientras que las relaciones entre hombres se distribuyen en otras rúbricas, esencialmente en la de los actos conforme a la ley.

En otras palabras, el ‘cuidado de sí’ que elabora Foucault parece enmarcado en ‘situaciones ideales’, ignorando que determinadas desigualdades fijadas históricamente de tal manera que han llegado a adquirir un carácter estructural, como son las desigualdades de género, pueden hacer devenir esta ‘inquietud de sí’ en ‘deslegitimación del otro (o de la otra)’. Y este es, sin duda, el desplazamiento más interesante que acomete Irigiaray, al introducir la alteridad en el debate ético, al proponer un nuevo paradigma para la relación con ‘el otro’ y, consecuentemente, de un ‘cuidado del otro’, que la filósofa encuentra en la relación amorosa madre-hija y en la ética maternal.

Como han señalado no pocas feministas, el hecho de que la mayor parte de la actividad política de las mujeres esté encaminada al cuidado y el mantenimiento de la vida revela una ética del activismo que ‘se enfrenta’ a la dominación sin caer en la convulsión y el terror de la acción revolucionaria ‘masculinista’. He aquí, pues, uno de los puntos donde la ‘ética’ vuelve a encontrarse en el discurso y en la práctica con la ‘política’.

Así, mientras Foucualt recurre al pasado solo para encontrar prácticas situadas en el ‘aquí y ahora’ de nuestro lugar de enunciación, Irigaray se pregunta cómo podríamos aprender a pensar de forma diferente acerca de la subjetividad y la alteridad humana, una cuestión que ha estado en la agenda filosófica desde Heidegger, pero en la que el feminismo ha acabado jugando el papel principal. Porque no habrá posibilidad de alcanzar la askesis sin un reconocimiento rotundo y sin paliativos de ‘el otro/la otra’ como objeto de las nuevas éticas del cuidado.

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Jose garcia

Ilustración: pedripol

Partamos del presupuesto de que el Carnaval es una celebración de carácter popular basada en dos principios irrenunciables: la mascarada y la polifonía enunciativa. Mascarada en el sentido lacaniano, como producción performativa de una ontología sexual, de una manera de “parecer” que nos hace concebirnos como una cierta manera de “ser”. Por otro lado, polifonía enunciativa, en el sentido en que la formuló el narratólogo Mijail Bajtin, como forma de discurso múltiple que refleja el mundo social, que subvierte la misma autoridad en ese discurso, fomentando la mutua contaminación de las voces enunciativas y conduciendo, inexorablemente, a lo que lo estudios literarios han conceptualizado bajo la noción de ‘carnavalización del relato’.

El Carnaval es, por lo tanto, un juego de imposturas, un ‘tipo’ de drag-queens que a través de los mecanismos de la mascarada hace de quienes lo portan no tanto un ‘parecer’, sino  un ‘ser’ una minoría sexual determinada (no utilizo aquí el término minoría en sentido estadístico, sino en el sentido deleuziano de ‘minoría simbólica’). Y es también un discurso polifónico, una multiplicidad de relatos de emanan de las más profundas raíces de la vida social, que no están sujetos a la autoridad de las academias, ni de las normas del decoro, ni de los preceptistas de todo pelo que se pueden encontrar en otros discursos más jerarquizados. Seguramente, fue en este contexto de ‘performance’ y narración que los chavales del Coro de los Estudiantes se ataviaron estos carnavales en Cádiz con los tipos y canciones que conforman el repertorio y la puesta en escena de Las Reinas de la Noche, una de las grandes revelaciones de estas últimas carnestolendas gaditanas y blanco de la violencia verbal y física de alguno de esos homófobos que aún siguen pululando por nuestra ciudad.

Cuando Bajtin, después de estudiar ampliamente la obra narrativa de Dostoievsky, descubrió la novela polifónica y una forma de narrar que él mismo denominó ‘carnavalesca’ (novelas entre las que citaba El Quijote), seguramente no consideró que en esa multiplicidad de discursos pergeñados de una polifonía enunciativa que solo podía encontrarse en estas novelas mencionadas o en manifestaciones de la narratología popular, como son los pasodobles y cuplés del Carnaval gaditano, entre esas múltiples e intrincadas formas de enunciación, se dejaba también en “el relato carnavalesco” un lugar para el discurso del odio.

Vivimos en una sociedad y un tiempo de haters, capaces de pasear ante la puerta de los principales centros educativos del país un autobús con consignas que violan la dignidad y los derechos de un grupo tan sumamente vulnerable, desde el punto de vista social, como son los niños y niñas trans. Capaces también de golpear a un corista disfrazado de drag-queen que regresa a su casa al consabido grito de “¡Maricón!”. La mascarada habría completado así su ciclo, establecido una identidad sexual que algunos han decidido excluida del espacio público, del poder de la enunciación. Realmente, poco importa si el corista agredido pertenecía o no a esa minoría estigmatizada. Lo aparentaba, y ello resultó excusa suficiente para descargar sobre él la violencia que la norma heterosexual y cisgénero instituye en los espacios colectivos donde se desarrolla la vida social.

Es una lástima que ‘lo políticamente correcto’ se esté convirtiendo en el único refugio de determinados ciudadanos, entre los que nos encontramos las drag-queens y los maricones, frente a los promotores del odio sexual. Y es una lástima porque la corrección política acabaría dilapidando esa forma carnavalesca de enunciar, de narrar, de reclamar más espacio para los discursos no institucionalizados ni reconocidos por la autoridad intelectual. Como si nada o muy poco se pudiera hacer frente a ese odio hoy convertido en auténtica industria discursiva sin dinamitar las bases de nuestro preciado ‘relato carnavalesco’.

No es de recibo que las fiestas populares de todo el país se estén convirtiendo año tras año en una fuente inagotable de noticias sobre agresiones sexuales y violencia de género. Porque puede, y debe, haber un Carnaval libre de lgtbqifobia. Puede, y debe, haber un ‘relato carnavalesco’ que no degrade a las mujeres, que no difame a los homosexuales y transexuales, que no devenga en estratagema para perpetuar viejas y acendradas dominaciones. Y construir ese relato ha de ser a partir de ahora tarea de todas y de todos.

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Jose garcia

Ilustración: pedripol

A la luz de lo sucedido, no dejan de ser sintomáticas las declaraciones del laureado actor y director de cine Clint Eastwood, uno de los escasos artistas de renombre que ha apoyado la candidatura de Donald Trump a la Casa Blanca. Eastwood afirmó, en plena campaña electoral, que esta era una “generación de mariconas” y que vivíamos en un mundo que se estaba “amariconando” progresivamente, en un intento por ridiculizar las posiciones políticamente correctas de quienes criticaban las salidas de tono racistas de su candidato y hoy presidente de los Estados Unidos.

Resultan hoy, cuando menos, esclarecedoras porque, una vez tomado el poder, Trump no solo ha eliminado ¿provisionalmente? la página en castellano de la web de la Casa Blanca, también aquella en la que se hacía referencia a los derechos LGTB en el coloso norteamericano. Después se ha sucedido la cascada de decisiones ‘viriles’ que harán a América great again: el desmantelamiento del Obamacare, el veto a la entrada en Estados Unidos de ciudadanos procedentes de determinados países árabes, la construcción de un muro de separación en la frontera con México para contener la llegada de inmigrantes…Asuntos todos de sobra conocidos por el lector y la lectora, pero que yo quisiera analizar hoy en su dimensión metafórica y connotativa, en el marco de unas declaraciones –las de Eastwood- que reflejan, sin duda, la idiosincrasia sexual y de género de quienes han tomado el poder en el mayor imperio jamás conocido en la Historia, el único de alcance planetario.

Ciertamente, la gran América que se pretende resucitar aparece anclada a un tipo de subjetividad inequívocamente masculina y heterosexual, mientras que el desarrollo de los derechos lgtb en EEUU y el mundo queda asociado de manera inexorable a la decadencia de la nación, reeditando así de forma tan inesperada como extemporánea la vieja doctrina agustiniana que vinculaba la eclosión de la sodomía con el declive de los imperios.

La Historia, incluso nuestra propia Historia, está repleta de este tipo de metáforas políticas. De ahí este ejercicio de deconstrucción simbólica del discurso trumpistas que proponemos. Sin ir más lejos, el profesor de la UCA Francisco Vázquez nos explica, en su investigación ya anunciada en estas páginas sobre el ‘escándalo de las cartillas’ y la forja del mito de Cádiz como una ciudad de mariquitas, recién publicada por la revista científica Hispania Nova (http://e-revistas.uc3m.es/index.php/HISPNOV/article/view/1944/2113), las asociaciones que los periódicos de la época y las clases dominantes establecieron entre las actuaciones del entonces gobernador civil de Cádiz, Pascual Ribot, y la pérdida total de las colonias en el ‘Desastre del 98’. Así, el periódico Nuevo País subrayaba entonces que el aumento de la “prostitución antifísica” (es decir, homosexual), conducente a aniquilar “hasta las virilidades de nuestra altiva raza”, era una constante que acompañaba a los procesos de decadencia de las naciones.

Verdaderamente, podríamos encontrar muchos más ejemplos en la Historia que ligan de forma indisociable la necesidad de la heteronormatividad con el fortalecimiento de la identidad nacional, todos atizados a la lumbre de doctrinas que se definieron de una manera u otra como ‘regeneracionistas’. Desde la aparición de la sociobiología y las teorías de la degeneración hereditaria, se ha impuesto un discurso político en el que la protección de los sectores más vulnerables de la sociedad y el uso de la diplomacia para resolver conflictos internacionales ha quedado metafóricamente connotado como un signo de molicie, de ‘afeminamiento’ de la nación.

Son relatos alegóricos que creíamos en desuso hasta la llegada de esta nueva ultraderecha rabiosamente nacionalista y antiglobalización que ha  tomado el poder en la Casa Blanca, pero que, seguramente, nunca han dejado de habitar entre nosotros. Yo mismo dispongo de recuerdos de primera mano. Compañeros periodistas afines a la derecha española que con la llegada de Rodríguez Zapatero, la retirada de las tropas de Irak, el reconocimiento del matrimonio igualitario y los derechos de las personas dependientes, o su propuesta de ‘Alianza de Civilizaciones’ para combatir el yihadismo, no tardaron en clamar que España se estaba ‘amariconando’. Curiosamente, algunos de esos mismos periodistas fueron los que gestionaron posteriormente la estrategia comunicativa del escándalo de la playa del Tarajal, en Ceuta, cuando la Guardia Civil recibió a bolazos de goma a los inmigrantes que trataban de pisar suelo europeo a nado desde la frontera con Marruecos.

Porque así son las naciones ‘machas’: reciben a los inmigrantes a bolazos, eliminan los mecanismos de protección social de la gente más vulnerable, combaten a los adversarios manu militari. Mariconadas, las justas. Donald Trump y sus secuaces tienen muy bien pensado cómo hay que proceder para hacer América straight again.

Con ellos ha llegado el nuevo tiempo de las mujeres ‘barbie’, los estudiantes armados en las escuelas, la lapidación de los poquitos derechos que la comunidad trans había arrancado a la administración Obama…de Putin como compañero de baile del nuevo emperador.

Un panorama desolador, para ir concluyendo. Creo que ya lo he comentado en otro artículo anterior: ha comenzado el año con la toma de posesión de este señor como presidente de los USA y yo ya ando buscando piso compartido en algún rincón fuera del Planeta Tierra.

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Jose garcia

Ilustración: pedripol

Keridxs Reyxs Magxs:

Ruego a sus majestades hacer un paréntesis en este mi republicanismo sobrevenido con la edad adulta, en la que ya no reconozco más rey ni reina que Freddie Mercury. En realidad, creo que empecé a dudar de ustedes aquella mañana en que dejaron a mi hermana bajo el árbol una casa de muñecas y a mí un scalextric mecánico. Ya olía a ardid de fuerzas tremebundas que nos impelían a ser la clase de mujer y de hombre que debíamos ser. Ya estaban contándome que Edipo habría de matar a su padre para ocupar su lugar y seducir a Yocasta. Mi cuerpo ya había sido marcado por los empellones y mofas de los compañeros del colegio.

A 31 de diciembre de 2016, jornada en la que empiezo a escribiros esta epístola, los misiles parecen haber dado una tregua a su tronar sobre los cielos de Alepo, Quizá sea esta la única buena noticia que puedo consignar en esta noche insomne de los tiempos. Noche oscura del alma en que se nos ha convertido este principiar del siglo XXI, con sus cadáveres flotantes sobre las costas del Mediterráneo, sus series sobre zombis que invaden el espacio vital de los vivos, sus monstruos cotidianos abatidos por el ‘bullying’ transfóbico en cualquier instituto de Secundaria de la España postfranquista.

Quisiera creer, sin embargo, y por ello esta confianza, tal vez efímera, que vuelvo a depositar en ustedes, que me queda algún motivo para la esperanza, que existen fuerzas centrífugas que pudieran subvertir esta Epifanía agónica que se nos anuncia. Una Epifanía sin ángeles caídos, sin tanatocracia que decida qué vidas se habrán de salvar y cuáles habrán de ser exterminadas o abandonadas a su suerte. Qué vidas merecerán el honor de ser vividas.

Majestades, la residencia en la Tierra se ha vuelto una tarea ardua y un ejercicio de altísimo riesgo. Amenazada por créditos hipotecarios, expedientes de regulación de empleo, expolio de recursos naturales, postcolonialismo, racismo, machismo, homofobia. Un destino turístico para no volver. Una experiencia como para fijar domicilio fuera de su estratosfera.

En ello empeñaré, por tanto, todo mi ímpetu peticionario. En lograr un espacio habitable para todo outsider, una estación con rampa de evacuación de ese tranvía llamado deseo, una habitación propia para todas las virginias que rompieron su silencio. Y no me digan que les estoy reclamando un ‘no-lugar’, el lugar de la utopía, la vivienda de cimientos imposibles. Debe haber un solar en todo el universo, en toda esa infinitud que observo en lontananza desde mi ventana, donde levantar un galpón que nos proteja de esa intemperie inhóspita de la Tierra, en la que las élites financieras anotan las cosechas que habrán de ser devastadas, de qué sueños nunca podrás despertar, qué tipo de sustancias lisérgicas y programas de reality se encargarán de anestesiar a la España que bosteza.

Una vez levantado este refugio, una vez las insidiosos tentáculos mediáticos de Medusa no puedan difamarnos, banalizarnos, criminalizarnos, invisibilizarnos, hipervisibilizarnos, asesinarnos real o simbólicamente, solo nos bastará vuestra magnánima intervención para que los caballos de la ultraderecha que galopan por toda Europa no vengan nunca a abrevar en nuestra alberca.

En ello pongo todo mi tesón, mi ánimo diario, mi proyecto de vida…

Se despide de ustedes y de la Tierra,

José García

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Ilustración: @pedripol

Cuando uno, o una, lee el final de Antes que anochezca, el desgarrador relato autobiográfico que el escritor cubano Reinaldo Arenas empezó a escribir, agazapado tras los matorrales del bosque donde se escondía, a la espera de que la luz solar le diera una tregua en ese silencio literario que le imponía no ya la censura castrista, sino el mero hecho físico de permanecer camuflado entre aquel follaje asilvestrado, húmedo y oscuro del Caribe, mientras intentaba encontrar visado y terminar escapando en el éxodo del Mariel, le puede parecer una exageración que acabe su novela culpando a Fidel Castro, como de todo, también de su muerte por infección de VIH, estando ya en Nueva York.

La hipérbole es una figura retórica consistente en ofrecer una visión desproporcionada de una realidad, amplificándola o disminuyéndola. Y ha sido un recurso fundamental en géneros claramente expresionistas de la literatura en español, como el esperpento valleinclaniano. A veces, las sociedades requieren de cierto reflejo deformado de sí mismas para captar el rostro ajado de sus miserias. Y es esta óptica de aproximación a la obra literaria lo que me hace comprender, a mí que, como buen andaluz, ando muy familiarizado con el recurso de la exageración, la aversión manifiesta que Arenas le profesó hasta su muerte al mandatario cubano ahora fallecido, símbolo de lucha antimperialista y decolonial en América Latina.

Hace ya más de dos décadas que no piso la isla. La última vez que estuve allí la sociedad cubana se encontraba inmersa en plena crisis de los balseros, por lo que no se hallaba en su momento más tranquilizador. Quiero decir, yo no he conocido de primera mano el aperturismo en materia de diversidad afectivo-sexual que ha impulsado Mariela Castro durante los últimos años en Cuba. Ni las disculpas que, ya muy en su senectud, habría pedido el propio Fidel en un periódico mexicano por la brutal represión que el régimen revolucionario había ejercido contra los propios homosexuales cubanos durante décadas. En cualquier caso, tales acontecimientos postrimeros no me alivian ni me sirven como borrado mental de las condiciones del internamiento de los homosexuales y transexuales cubanos en el campo de concentración de  Guanahacabibes, levantado a las órdenes del ‘Ché’, otro de los iconos de la izquierda internacional, en el que los inadaptados sociales eran hacinados en instalaciones coronadas por el lema “El trabajo os hará hombres”. Un campo de concentración que se extendió como modelo de tratamiento de estas “conductas contrarrevolucionarias” a través de las UMAP. No me sirve, no, que el régimen terminara admitiendo que se había equivocado cuando prohibió la publicación y difusión en la isla de Paradiso, obra cumbre de un poeta tan irrepetible como José Lezama Lima, poco antes de que el Congreso Nacional de Cultura y Educación definiera en 1971 la homosexualidad como una “patología social” y empezara a regular la difusión de artistas que pudieran suponerse aquejados de semejante sociopatía.

No. Todas estas rectificaciones “oficiales” no me sirven porque hay cierta clase de perdón que solo les concierne a los curas. Y, porque, en todo caso, dicho perdón conlleva siempre una estoica penitencia que en Cuba ni se ha visto, ni se la espera.

Sin embargo, aprovechar la muerte del líder cubano para convertir el régimen que fundó en la encarnación de la ‘homofobia de estado’, de la izquierda machirula, esa que solo habita en repúblicas bananeras, con su adn de garrulismo hispano, medio moro, medio bárbaro, también me parecería una gran injusticia histórica. Incluso podría ser tachado de cierto prejuicio colonial y eurocéntrico. Porque en el escenario internacional, la izquierda guay, la izquierda que pregona la tolerancia y la libertad sexual, la izquierda gayfriendly, es poco más o menos que de antes de ayer.

El escritor ruso Maximo Gorki, en su obra El humanismo proletario, ya afirmaba en 1934 que “en los países fascistas, la homosexualidad, azote de la juventud, florece sin el menor castigo; en el país en donde el proletariado ha alcanzado el poder social, la homosexualidad ha sido declarada un delito social y es severamente castigada”. Aunque tampoco hay que remitirse a la URSS de los gulags para ilustrar la desafección histórica de la izquierda con la causa de la liberación homosexual. Mucho más avanzado el siglo XX, y en un entorno mucho más europeo, Pier Paolo Pasolini era expulsado del Partido Comunista Italiano por conducta indecorosa. Y algo parecido le vendría a ocurrir a Jaime Gil de Biedma en Cataluña. En definitiva, unas relaciones difíciles. Un prejuicio que es social e ideológicamente ubicuo y que todavía hoy no ha sido completamente desalojado de los postulados de las nuevas izquierdas.

Porque pregonar la tolerancia con el diferente y el respeto a unas decisiones que solo se explicitan en la esfera estrictamente íntima e individual (en un hilo argumental que distancia muy poco a la izquierda de la retórica neoliberal) no es asumir el potencial transformador de la liberación del cuerpo y sus placeres, ni es advertir la adherencia social y cultural que, aun en sus últimos coletazos, manifiesta todavía hoy el régimen de la heterosexualidad obligatoria, el contrato social que funda las sociedades occidentales y que, como planteaba la pensadora francesa Monique Witting, es un contrato basado en la inevitabilidad de la unión sexo-política entre el hombre y la mujer.

Ciertamente, la izquierda internacional nunca ha concedido a la liberación homosexual la misma capacidad de transformación social que a la liberación de las mujeres o de los grupos racializados. De hecho, la izquierda occidental no empezó a prestar atención a la sexualidad como objeto de problematización política hasta la llegada de los freudomarxistas, de Marcuse, de Reich, de todos los teóricos y teóricas que inspiraron la revolución sexual de los sesenta. Aun hoy, la izquierda lgtbi, los movimientos ‘queer’ y transfeministas, han de mirar hacia Michel Foucault, hacia Gilles Deleuze y Felix Guattari, hacia las grandes del feminismo lesbiano, como la mencionada Monique Wittig o la más reciente Judith Butler, para encontrar un asiento intelectual a la teoría política de la liberación homosexual. Lo que, inexorablemente, les ha conducido a una praxis de resabios postmodernistas y libertarios.

Por otro lado, tampoco me parecen una buena justificación ciertos argumentos que resultan demasiado fáciles: “hay gays y lesbianas muy acomodados económicamente, los hay con prejuicios racistas, los hay que se sientan en el comité ejecutivo del Partido Popular”. Sí, los hay. Como había latinos en el equipo de campaña de Trump. Negros que golpean a sus mujeres. Mujeres que, como Thatcher o Merkel, accedieron al poder para apuntalar las formas más sangrantes de capitalismo. Pero eso no invalida las posibilidades de transformación política y social del feminismo, ni del movimiento decolonial, ni de la reivindicación de la negritud.

En fin. La muerte de Fidel Castro nos trae a la memoria muchas de aquellas cosas que la izquierda nunca debió ser ni hacer históricamente. La izquierda en la que no debería mirarse esa nueva izquierda inspirada ahora por Laclau, que gobierna en grandes municipios de España como el nuestro, donde, en este tema, como en otros varios, todavía no se ha pasado de los gestos a los hechos.

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Pedripol 12

Ilustración: Pedripol

¿Qué Cádiz es una ciudad de mariquitas? Permítanme que arroje un punto de duda sobre este asunto. No dudo, sin embargo, de la persistencia de cierta leyenda de estela iridiscente que ha hecho convulsionar a las virilidades más hormigonadas de esta ciudad cuando el alcalde ha izado la bandera multicolor contra sus claros y salados cielos. He oído decir al rebufo: “lo que nos faltaba, con la fama que tenemos”. Pero nosotros, ni caso, y hemos insistido, “dale Kichi, al cielo con ella”.

Es más, yo creo que el Cádiz mariquita es mucho más que una leyenda. Es un mito político. La asociación en la memoria colectiva entre la ciudad y las expresiones más afeminadas de la homosexualidad masculina ha sido objeto de todo tipo de especulaciones históricas o pseudohistóricas desde tiempos inmemoriales: que si el Cádiz dieciochesco era punto de partida de buques que transportaban a prostitutas y sodomitas deportados hasta las Américas, que si los gaditanos y gaditanas acogieron tolerantemente a un grupo de esos sodomitas que naufragaron cerca de La Caleta, que si a caballo entre los siglos XIX y XX a los homosexuales descubiertos mientras hacían el servicio militar se les internaba en el Castillo de San Sebastián… Ninguna debidamente documentada.

Salvo la de mi gran amigo y catedrático de la UCA, Paco Vázquez, que nos cuenta en un opúsculo de inminente publicación los orígenes e implicaciones del mito: todo empieza cuando el entonces gobernador civil de Cádiz, Pascual Ribot y Pellicer, es acusado el 17 de octubre de 1898 por el periódico madrileño El Nacional de organizar la prostitución masculina en la ciudad, cobrando contribución comercial y estableciendo la cartilla sanitaria. Era el llamado “escándalo de las cartillas”, que provocó una crisis en el Gobierno de Sagasta de mayores proporciones que el mismo Desastre, hasta el punto de propiciar la dimisión del cuñado de Ribot, ministro de Fomento.

El artículo de El Nacional, elocuentemente titulado “El reino de Sarasa”, cuestionaba la actuación del servicio de ‘higiene especial’, al mando del gobernador civil, por haber repartido las susodichas cartillas sanitarias no solo entre las prostitutas de la capital, sino también entre los llamados “maricas de burdel” o “sirvientes de mancebía”, los cuales, se sospechaba, ofrecían a su vez servicios sexuales a la marinería y otros viajeros que arribaban al puerto de Cádiz en aquel convulso periodo de la historia de España. La gente notable y más acomodada de la ciudad salió entonces en manifestación contra Ribot, y las agrupaciones carnavalescas tampoco pasaron el asunto por alto. Es el caso, entre otros tantos, de ‘Grandes Industriales de París’, que el Carnaval del año siguiente al escándalo entonaba letrillas como esta: “Cuando hubo las cartillas/ Del gobernador/Allá en Trebujena/ Nos dio hasta temblor./ Supimos que en Cádiz/  A los mariquitas/ Por su gran oficio/ Sacaron cartillas./ Y al venir nosotros/ Pudimos comprar/ Este gran resguardo/ Que traemos atrás”. Pero mejor no sigo contando, para no hacerle spoiler a mi amigo Paco.

Lo cierto es que este mito fundacional ha hecho pervivir la leyenda incluso cuando por encima de ella ha pasado más de un siglo, incluidos cuarenta años de nacionalcatolicismo, hasta llegar a la fecha actual, en la que ya no somos aquellos “maricas de burdel”, sino un segmento de mercado bastante jugoso que es preciso ordenar y ordeñar. Ahora somos los DINKs (en inglés, Doble Renta y Sin Hijos), por mor de los ideólogos de la mercadotecnia rosa, que ha animado incluso a los sectores más ultramontanos de la ciudad a recibir a los cruceros gais con la misma expectación que Penélope recibió a Ulises a su regreso a Ítaca.

He aquí la actualización del mito del Cádiz marica. Pero es solo eso, un mito. Los entonces “maricas de burdel” son hoy el precariado que trabaja de manera estacional en los bares y restaurantes que sirven a esos que llegan en cruceros, son las lesbianas excluidas real y simbólicamente de este hoy eufemísticamente llamado Cádiz gayfriendly, los gitanillos que buscan calor masculino más allá de las rígidas normas morales del clan, los muchos, muchísimos, que no somos DINKs.

Por supuesto, los sectores más recalcitrantes de la sociedad gaditana negaran la mayor y dirán que aquí no hay homofobia ni hace falta plan de las administraciones para combatirla, que vivimos en la ciudad del “buen rollito”, en el Cádiz marica de toda la vida, que los insultos del presidente de la peña flamenca ‘Enrique el Mellizo’ a Miguel Poveda no fueron más que un calentón de boca, que si el grupo Molotov viene a cantar a las fiestas populares del verano gaditano ‘Matarile al maricón’ no es para ponerse hecho un basilisco, que el caso de la pareja de guiris que fue agredida por dos homófobos en el centro de la ciudad no está nada claro ni es para sacarlo en grandes titulares.

Pero que no se equivoquen las conciencias tranquilas y los estómagos agradecidos. Si en Cádiz no hay más agresiones ni manifestaciones de homofobia es porque apenas ahora comienza a haber una comunidad lgtbqi visible y audible, apenas ahora empezamos a llegar a las instituciones, a las instalaciones culturales, a los espacios públicos. Así ha ocurrido en las ciudades donde las personas lgtbqi representan una entidad sociológica imposible de obviar, en muchos de los países donde acaban de reconocerse una serie de derechos civiles a esta población. Que una parte nada desdeñable de la sociedad, jaleada desde los púlpitos, les ha respondido con un repunte de la violencia homofóbica y transfóbica.

¿Será distinto en el Cádiz de los mariquitas? ¿En el Cádiz gayfriendly? Todo esto está por ver. De momento, el único acto de travestismo celebrado por sus habitantes como se merece es el de las aguas que los rodean desde que Alberti escribió aquello de “El mar. La mar. El mar. Solo la mar”. Y todo el océano es hoy demasiado poco para nosotros.