Tiempo de lectura 💬 4 minutos

Mi nombre es Abdesalam y soy marinero. Antes, mi negocio eran los peces, pero me rompí un dedo a bordo y, usted comprenderá, yo tengo que ganarme la vida de otra forma. Ahora, los peces no tienen cola sino dos piernas. Los periódicos, les llaman corderos. Los periódicos, me llaman tiburón, pero ya me gustaría serlo. Como ese Dib El Lobo que tanto dinero hizo con la gente o con la droga y que llevó la gran vida en una prisión confortable. Yo no soy un tiburón, yo soy el rais, el patrón de la zodiac, yo soy un profesional, un hijo de la mar como todos los de Ued Lau, ese pueblo costero donde el océano es un oficio que se transmite de generación en generación..

Ser piloto no es una profesión, es un oficio. Sé más de corrientes que de sextantes y veo mejor que una brújula las travesías escritas sobre la superficie marina. Yo no soy como esos otros que estafan a sus viajeros y les cobran por marearles en el mar y llevarles, simplemente, hasta una playa tangerina. Yo exijo lo mejor de lo mejor. Lanchas neumáticas de primera calidad, de esas que no vuelcan nunca aunque tal vez estallen. De seis metros y un motor de cuarenta caballos. Con eso, basta. Hay africanos de los de al sur del Sáhara que hacen mi trabajo gratis. Yo no lo hago para enriquecerme, pero tengo que ganarme el sustento. Hay quien cobra 15.000 dirhams pero yo le dejo en 10.000. Pero puedo apañarles que alguien les recoja al otro lado y les lleve a Barcelona, a Amsterdam, o donde quieran. No hay distancias, si pueden pagarlo. Yo soy el rais, yo soy el patrón, yo soy su protector. Les digo que se compren una pistola de señales, la baliza de socorro y un chaleco salvavidas. Por si acaso, por si las moscas. Por si mi baraka se tuerce. Les digo que se hagan un seguro de vida si es que tienen familia que pueda llorarles o echarles en falta, si es que no llegan nunca al paraíso. Yo soy buena gente, un moro bueno, paisa.

A veces, he presentido el final, en una de esas noches oscuras como boca de lobo, en donde no hay luces alrededor y sólo se oye el zumbido del fuera borda. Tres horas, tan sólo. Demasiadas tres horas de miedo, como para no creer que merezco lo que gano. Mi familia espera ese dinero. Tenemos hijos y no quiero que pasen por lo que ha tenido que pasar su padre, aunque espero que se ganen la vida en el mar, como se la ganaron sus abuelos y los míos. Pero de otra forma, pero de otra forma. Por eso, me he hecho detener, para que me devuelvan a casa lo más pronto posible. Ya lo hice otras veces, la cubrí a menudo esa misma travesía y nunca me señalaron ni terminé en el banquillo o en la cárcel.

Pero una vez, qué quiere que le diga, me sentí como ellos. Como esos pobres diablos a los que transporto. Hubo una vez que llegué a la costa y que no quise volver. Que me dio por seguir su misma ruta, escaparme a través de los montes y llegar a Barcelona, donde hay empleo seguro y un barrio donde viven mis paisanos. Anduve cuatro días escondido por el monte, sin comer ni fumar. Era un alma mía cuando me recogieron unos maestros de escuela. Me dieron de comer, me ofrecieron ropa limpia y me escondieron en su piso. Planearon mi fuga con todo detalle. Había que burlar los controles de carretera de la Guardia Civil y hacerme llegar al menos hasta Málaga o Granada, sin que nadie me pidiera los papeles. Me lo pensé dos veces y le dije que no. Que quería volver. A Marruecos, que quería volver a Marruecos, les dije. Ellos me miraron como si no entendieran. O como si lo entendieran todo perfectamente. No les di explicaciones, pero les di las gracias.

Palabra de rais
Ilustración: Pedripol

Me lo pensé dos veces, es sencillo. Le tenía más miedo a mis compromisos que miedo a ese mar embravecido, donde yo había oído a veces, los gritos de los náufragos intentando inútilmente que Movistar les salvara la vida en mitad del oleaje. Pensé en la cara de Muina, esperando en Ued Lau mi vuelta en vano. Pensé en el dinero que le hacía falta para ir tirando, el dinero de la comisión que tenía que llevarse el pasador que compraba las gomas hinchables y en el que tenía que pagarle a los methanis que habían hecho la vista gorda, entre el bosque y la playa de Sidi Haj Saíd o de Brideche, para que yo pudiera zarpar con el bote hinchable.

Así que dejé que me capturasen, que me llevaran a la Isla de las Palomas y luego, hasta Algeciras, hasta la comisaría de donde salen los furgones de buena mañana, rumbo al puerto y al fracaso. El tiburón, eso me dicen. El rais, eso me digo. Pero, en el fondo, soy menos libre que cualquiera de estos que me miran fijamente, que esperan que les diga algo, que les preste ayuda o les devuelva el dinero de su viaje imposible. Cualquier día, me delatarán sus miradas. Cualquier día, los guardias, entenderán lo que dicen: tú eres el patrón, tú eres el patero, llévanos a un muelle seguro donde no exista la muerte ni las ventanillas. Cualquiera de ellos es más libre que yo. Lo que no es mucho decir, si se vieron obligados a buscar la patera porque un pasaporte con visado falso cuesta más de 35.000 dirhams. Lo que no es mucho decir si se tiene en cuenta de que el día que logren conquistar sus sueños sin que la ley los alcancen, cuando crucen el mapa hasta el lugar que ansían, ese día será el primer día de su esclavitud en Europa. Hay algo que me digo a veces cuando hay tormenta o cuando hay pesadillas. Hay algo que me digo, ¿quién no es esclavo, quien no es esclavo?. Pero que no me miren, que no me miren con sus ojos delatores y atónitos; que no me miréis, Driss, Abdul, Kabal, , que no me miréis, yo no tengo la culpa.

Tiempo de lectura 💬 6 minutos

InmigraciÓn. caÑos guardia civil
Inmigrante muerto procedente de una patera.  Foto: Julio González.

Julio González es un cyborg. Pareciera que tuviese la lente de su cámara incorporada al ojo. Cuando apenas era un chavea, le acompañé en algún que otro viaje interior de los que los periodistas solemos llamar reportajes. Siempre bromeaba con él a tenor de las calidades de su blanco y negro: “Saca otra foto desenfocada, de esas que me gustan”. Pertenece González a la redacción del Diario de Cádiz, ese rotativo centenario en cuya modernidad y casticismo fotográfico caben leyendas antiguas como las del periconero y besador Juman al pícaro Bernet, hasta la generación de Kiki –tan concernido del mestizaje entre dos mundos, que comparte su hábitat entre Cádiz y la medina de Tetuán–, Braza y otros fotoperiodistas que siguen en ejercicio o, lamentablemente, han tenido que tirar la toalla porque la crisis –la de valores, más que la económica—ha tumbado también a las cámaras oscuras.

Pues bien, una de esas fotografías desenfocadas la tomó Julio en las playas de la desolación, por donde emergen los cadáveres de la globalización mercantil. Era el cuerpo sin vida de un muchacho convertido, para su pesar, en primera plana. Al otro lado del mundo y del Estrecho, alguien le reconoció como uno de los suyos y gracias a esa fotografía consiguieron que su familia, al menos, pudiera recobrar la paz del cementerio.

Fotógrafos como Julio González se han convertido en testigos de cargo de las muertes que la inmigración clandestina arroja sobre las playas gaditanas desde treinta años atrás: una buena muestra de esa pesquisa puede contemplarse en el baluarte de San Roque, de la mano de Fernando García Arévalo, un  sanroqueño de la Estación que comenzó perfilando las imágenes de nuestro cementerio marino pero terminó conociendo de cerca la realidad de Africa, desde Senegal al Magreb de las primaveras imposibles. En su día, fue capaz de devolverle al mar lo que le había robado, el rostro de sus náufragos, a partir de una serie de exposiciones clavadas en la arena de las playas del sur.

Como la de Zahara de los Atunes, en las que Javier Bauluz –nuestro primer Pullitzer con patente asturiana e instinto universal—retrató a unos bañistas que jugaban en la arena, no muy lejos de un cadáver que esperaba que alguien le levantase. Aquella instantánea mereció una larga polémica con Arcadi Espada, que consideraba que dicha presunción era prejuiciosa aunque muchos, que discrepamos públicamente con él en esta materia, asegurásemos que era un retrato del natural, sacado de la vida misma, sin más artificio que el buen ojo y la perspectiva del fotero. De tarde en tarde, Bauluz se ha acostumbrado a congeniar la fotografía con secuencias en vivo grabadas mediante una cámara digital, con la que, a comienzos de este siglo, logró impresionar toda esa encrucijada migratoria en una serie de breves capítulos que en su día emitió Telecinco: “El primer capítulo aborda el desembarco, cómo los inmigrantes clandestinos saltan a la playa y van escondiéndose, intentando huir. La segunda entrega incluye cómo algunos de estos inmigrantes son descubiertos por los vecinos y, a pesar de que algunos de ellos se arrodillan y piden que no se les delate, terminan siendo denunciados a la Guarcia Civil, que les detiene. El tercer capítulo se refiere a la solidaridad clandestina, gente que se sabe perseguida por el simple hecho de prestarle techo a los espaldas mojadas o por llevarles a bordo de sus coches.Finalmente, volvemos a la playa con los subsaharianos, que son detenidos allí, entre tiritones de frío, miedo y falta de asistencia.Ahí, incluímos testimonios de Médicos Sin Fronteras en el que se recrimina la falta de recursos asistenciales en esta franja costera. También se incluyen escenas escalofriantes, como la del inmigrante acostumbrado a lo que viene ocurriendo en África que llega a España y ante la cámara pide que no le maten”.

Bauluz, en gran medida, es hijo del legendario Sebastiao Salgado, que también escudriñó estas lindes, buscando a los hijos de Zeus, como les llamó Antonio Zoido a partir de Homero, los que llegan sin nada desde el mar. Ese fue también uno de los referentes magistrales que adquirió José Luis Roca cuando dejó de ser aquel niño prodigio que condensó en una fotografía la trágica muerte de más de cuarenta personas en el pantalán de la Refinería Bahía de Algeciras, a 26 de mayo de 1985. Siguió viendo muertos, a menudo, con su sexto sentido, que le ha llevado a capturar la sombra de la muerte en los arrecifes tarifeños o al otro extremo del mundo. Roca obtuvo el premio Ortega y Gasset con una fotografía espeluznante, la de un espalda mojada zarandeado por el mar y los peces entre los farallones del sur.

Por entonces, quizás fue cuando nos preguntamos si no estábamos incurriendo en un cierto racismo fotográfico al ofrecer a las claras esos rostros ajenos comidos por los peces cuando bien nos cuidábamos de pixelar o de cubrir con una piadosa manta o chaqueta la cara de los asesinados patrios o de nuestros muertos en accidente de circulación. Nunca nos quedó claro ese trato diferente, si tenemos en cuenta que también la Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía recurrió en su momento a las fotografías de los cadáveres para que, al menos, sus familias pudieran recobrar su identidad y su última imagen.

Algunos de los fotógrafos que han ido construyendo el imaginario del Estrecho, constituyen incluso sagas familiares: los algecireños Francisco Carrasco, su esposa Juani Ragel y su hijo Andrés pueden servir de perfecto ejemplo de esa sucesión de miradas sobre una realidad misma que cambia poco de generación en generación. Otro de sus hijos, Oscar, fotografía edificios vacíos, lugares de desolación, como si constituyeran el alma del mundo cuya actualidad la brindaban el resto de sus familiares.

Desde Tony Mejías a Shus Terán o el artivista José Luis Tirado con su “Paralelo 36”, nos han brindado un largo retrato robot de treinta años de muertes en la fosa común de nuestro entorno. Lo han hecho con precisión y con ternura, mordiéndose los labios quizá para que sufrieran en cierta medida el mismo daño que sus ojos. Pero el primero en iniciar ese largo camino fue el profesor Ildefonso Sena, editor, escritor y fotógrafo. En noviembre de 1988, cuando oficiaba de corresponsal del Diario de Cádiz en Tarifa, logró capturar en su cámara el primer muerto arrojado por las aguas frente al cristal de nuestra indolencia. El estaba en la playa de Los Lances y siguió estando allí.

Aquella primera muerte sobrevino en la víspera del día de los difuntos. Todo un presagio. El periodista Ildefonso Sena llevaba media vida como corresponsal de la agencia Efe y del Diario de Cádiz en Tarifa. El 1 de noviembre de 1988, alguien le llamó para largarle que había un muerto en la playa. Llegó antes de que el juez levantase el cadáver. Tiró de cámara y lo retrató: bocarriba, con los brazos en cruz, camisa gris, pantalones vaqueros y alpargatas de esparto. Un bulto sin nombre. Sin historia.

Al rato, llegó un capitán de los picoletos, Manuel Prado, con cuatro marroquíes a los que habían detenido sin papeles y en la carretera. Uno de ellos reconoció al interfecto: «Il es mon ami».

El guardia civil no sabía francés. El periodista, si: «Él es mi amigo», le reconoció, todavía pingueando, como si acabara de renacer entre las olas. Y contaron atropelladamente lo que había ocurrido. Sena lo recuerda como si fuera ayer mismo. Que veintitrés hombres se habían hecho a la mar y sólo cinco sobrevivieron: un patrón sin demasiados rudimentos para navegar, el viento que roló a levante, con fuertes rachas en el carbón de la noche; el espejismo de las luces de la gasolinera a las afueras de Tarifa, que confundieron con las de la urbanización Las Cañas, mucho más lejana.

  • Tiraos al agua y avanzad hasta allí. Seguro que ya hacéis pie.

Inch Allah, la expresión más popular del Estrecho. Sin embargo, no hacían pie y no sabían nadar. Algunos se dieron la vuelta y provocaron que la barca volcase. El mar fue escupiendo cuerpos sin vida y sin sueños: once en los días siguientes.  No había depósitos donde meterles. Ni un lugar apropiado en el cementerio: “Los pescadores hablaban desde hacía mucho que veían cuerpos entre dos aguas, pero aquel fue el primero que llegó hasta las playas”, sigue evocando Ildefonso Sena, tanto tiempo después. Otros siguieron sus pasos con mayor o menor fortuna. Los únicos que siempre tuvieron mala suerte quedaban al otro lado del objetivo. Pero, al menos, nos han dejado esos testimonios gráficos de un viejo crimen en el que, como escribí hace mucho, le seguimos teniendo más miedo a las víctimas que a sus verdugos.

Tiempo de lectura 💬 4 minutos

Tellez
Fotografía: Jesús Massó

De un tiempo a esta parte, está cayendo a manojitos el telón del gran teatro de Cádiz, que es el del mundo. La pérdida de Jesús Morillo, el fundador de Carrusel, o la de José Luis Bocalandro, vinculado al Teatro del Mentidero, no hace más que llover sobre mojado respecto a otras muertes anteriores y más o menos reciente en la escena gaditana, desde José María Sánchez Casas a Juan Bellido, pasando por Ángel de Dueñas, Manuel Pérez Casaux, Alfredo Los o José Luis Muñoz.

Por fortuna, queda la leyenda de muchos de ellos, o de ellas, como May Vázquez. Y restan otros grandes del teatro gaditano afortunadamente vivos, desde Ramón Rivero a Miguel Ángel Butler, La Zaranda, Pedro Delgado, Andrés Alcántara, Montse Torrent, Juan García Larrondo, Manolo Morón o María Eugenia Ferrera de Castro, entre un largo etcétera contemporáneo que incluiría también a la escritora Ana Rossetti, enmascarada entonces entre las bambalinas.

Unos y otros forman parte de nuestra memoria. Histórica y democrática. A su manera, en el efímero momento de gloria de la escena, también contribuyeron a construir las libertades o a defenderlas. Recientemente, en la Diputación de Cádiz, ha podido contemplarse la excelente exposición “Días de viejo color”, comisariada por Fran G. Matute para el Centro de Estudios Andaluces. A partir de un título mítico de Pedro Olea, Matute recopila elementos iconográficos de lo que fue la búsqueda de la modernidad española a partir de 1954 y hasta mediados de los años 80. En ese combate estético, en el que militaron teatreros, músicos, escritores, artistas plásticos o cineastas, se forjaron buena parte de las utopías a las que aún hoy aspiramos.

En la provincia de Cádiz, entre los acuerdos con los Estados Unidos que propiciaron la construcción de la base de Rota –indispensable documental Rota´n Roll—o la incorporación a Naciones Unidas que aventó la reivindicación de Gibraltar –nunca llovía al sur de California, viejo Albert Hammond de Gibraltar, y nos costó montar en bicicleta, Rocking Boys de La Línea-, estalló la cultura pop que, entre nosotros, nunca logró dinamitar las raíces por más que Camarón o Paco de Lucía convivieran con las jambás de Manolo Perfumo padre e hijo, el rock de Cai que se volvió jazz, el viento de Simun reconvertido en chiste guitarrero de Antonio Reguera o el canto mestizo de Javier Ruibal, que en su canción “Cine Macario” evoca las sesiones dobles que precedieron a las de cine-club y por cuya pantalla grande “pasaron aviones y barcos y vikingos/Tarzán de los monos, guerras mundiales/se abrían las puertas a un triste domingo/que aguaba la fiesta de los escolares./Murió la censura y en un santiamén/ perdieron pa’ siempre mi alma los curas./Contigo en secreto mi cuerpo le daba/un corte de manga a la dictadura”.

Mientras John Lennon y Yoko Ono, Ana Belén y Victor Manuel, contraían nupcias en un Peñón cerrado, nuestros primeros djs nacieron en guateques casposos donde hizo raya la entrañable figura del pagafantas. Rutilantes discotecas con olor a zotal, garajes donde se oían guitarras eléctricas con Felipe Benítez Reyes punteando blues. Más allá de los coros parroquiales y del Cortijo Los Rosales, Rafael de Cózar traía en su Harley Davidson aerolitos de Carlos Edmundo de Ory mientras la tertulia de Marejada elevaba a los altares a la beat generation más allá de las sombras antípodas y gaditanas de José María Pemán y de Rafael Alberti. Desde el territorio del exilio, gaditanos como Jesús Ynfante, también recientemente fallecido, desenmascaraban al Opus Dei como la Santa Mafia, o Andrés Vázquez de Sola caricaturizaba la corrida franquista desde su escaparate semanal en las páginas de Le Canard Enchainé. Cuando la poeta Julia Uceda escapaba desde las aulas del Instituto Columela hacia el exilio, el carnaval era un ejercicio de supervivencia entre las máscaras prohibidas bajo el antifaz de las Fiestas Típicas Gaditanas.

Ese Cádiz de las Costus a veces olvida, sin embargo, nombres como el de Fernando Meléndez, un artista al que su prematura muerte embadurnó los pinceles, que alcanzaron una luz prodigiosa en las manos de Guillermo Pérez Villalta o Chema Cobo, antes, durante y después de la movida.

Mientras Juan Luis Galiardo ejercía de galán de la tercera vía o le disputaba su primer voto al señor Cayo, un nuevo cine se transfiguraba en Alcances o veía la luz en la moviola de Julio Diamante, de Gabriel Delgado o de Carlos Fernández.

Tantas esperanzas y muchas otras, las de revistas como Jaramago y Cucarrete, Libre Expresión, Quillo o Mc Clure, deberían tener un cierto espacio en el recuerdo colectivo de esta provincia, que suele ser olvidadizo para con sus cumbres y desprecia sus aledaños. El polvo de los años impide ver lo que supuso el Centro de Cultura Popular Andaluza, el Aula Abierta del Colegio de Arquitectos, el colegio mayor Chaminade y sus conciertos rodeados por la policía. Qué decir de las almas transeúntes de Chicho Sánchez Ferlosio, Serafín Martínez o Javier Krahe, de la de Joaquín Sabina mucho antes de avecindarse en Rota, de la de Luis Eduardo Aute descubriendo el litoral de Zahara donde anidaría pronto un mar de celebridades alternativo a la Costa del Sol y entre cuyos militantes figuraron desde Aitana Sánchez Gijón a María Barranco.

La transición se libró en las calles del tardofranquismo, en los tajos obreros y en las asambleas de estudiantes, frecuentemente represaliados o maltratados por quienes teóricamente debían protegerles. Pero también le echó un pulso a la censura que ejercía el Gobierno Civil o el ministerio de Información y Turismo: en el archivo provincial de la calle Cristobal Colón, en Cádiz, se apurgaran los expedientes que declaraban aceptados o denegados los textos que se presentaban ante su lupa. Constituyen, a poco que se abran sus páginas pulcramente conservadas, un material de primera para investigar esa luchar sorda y ya a veces muda, esos otros días de viejo color que convendría restaurar para que sepamos de donde venimos y para saber defender mejor lo que se nos venga encima.

Tiempo de lectura 💬 6 minutos

Jj tellez
Imagen: Pedripol

Golpes de pecho en misa de doce, pero luego a perseguir a aquellos que cumplen con las bienaventuranzas. En 2014, el ministro del Interior Jorge Fernández Díaz, muy vinculado con la Santa Madre Iglesia a través de una prelatura especial, justificaba la muerte a mansalva de quince inmigrantes en las playas de El Tarajal y ante un despliegue de antidisturbios, en un caso que escandalizó al mundo y al que le dieron carpetazo. Ya por aquella misma fecha, su policía se dedicaba a investigar de cerca las actividades de Helena Maleno, una cooperante de la ONG Caminando Fronteras que lleva media vida cometiendo el peligroso crimen de alertar a Salvamento Marítimo de pateras en peligro de hundimiento. Una especie de faro humano con smartfone y twitter, para entendernos. Un trabajo que tendrían que hacer los estados si de veras les importara que mueran espaldas mojadas a mansalva frente a las costas españolas.

La investigación iniciada en tiempos del pintoresco ministro que mandaba investigar específicamente a políticos catalanes, prosiguió cuando asumió la titularidad de Interior, Juan Ignacio Zoido. A pesar de su condición de magistrado, sorprende que bajo su mandato se intente de nuevo penalizar la solidaridad, movilizando incluso a la judicatura y a la policía de otro país, Marruecos, que tampoco figura entre los campeones de las libertades públicas y de los derechos humanos.

La casualidad no existe y la crueldad, como la mentira, tiene las patas cortas. El pasado martes 5, cuando se conmemoraba el Día del Voluntariado, Helena Maleno tendría que haber comparecido ante un juzgado de Tánger para responder de cargos que le relacionaban con delitos contra el derecho de los trabajadores: esto es, tráfico de seres humanos. Sorprende la hipocresía de un sistema que intenta enjuiciar a quienes asumen el compromiso con los nadie y no mueve, en cambio, un dedo oficial para evitar que los inmigrantes y los refugiados choquen contra vallas blindadas con concertinas o mares de vientos traidores a mitad de la travesía en un toy.

La indignación ante la difusión de dicha orden, tuvo que mover cielo y tierra porque el Tribunal de Apelación de Tánger aplazó la declaración de la activista hasta el 27 de diciembre, al objeto de contar con mayor información en torno a un expediente policial que la relaciona directamente con “redes de tráfico” de migrantes. De no haber dado marcha atrás a su citación, probablemente estaría detenida hoy en un caso que recuerda sobremanera a la falsa imputación de tenencia de drogas que llevó a los calabozos a Juan Clavero, líder de Ecologistas en Acción en Cádiz. No quisiera pensar que estamos viviendo una persecución inquisitorial de la sociedad civil, intentando desacreditar a quienes se limitan a denunciar o a interceder en suburbios sociales donde el estado de derecho pierde semejante nombre. ¿En qué epígrafe de la Ley Mordaza habrán escrito entre líneas que el que se mueva, sea en lo que sea, no sale del calabozo?

Si en el caso de Juan Clavero, la justicia archivó su imputación y aún estamos a la espera de que se descubra a sueldo de quien actuó el sicario que pretendió comprometerle, en la peripecia que ahora pone entre la espada y la pared a Helena Maleno, todas las pruebas en su contra son precisamente las que le hicieron merecedora en 2015 del Premio de Derechos Humanos “Nacho de la Mata” del Consejo General de la Abogacía Española. Desde que inició su aventura hace más de quince años, Elena Maleno y sus compañeros de ONG –entre ellos, su hijo Ernesto– no sólo constituyen el clavo ardiendo al que cualquier teléfono móvil llama de madrugada para pedir socorro o para gritarle “Boza” de alegría si han llegado a salvo. Ellos tienden también unas de las pocas manos, junto con las de las monjas de Ceuta u otros cooperantes de Melilla, que se acercan a prestar ayuda en los campamentos improvisados por los africanos que vienen huyendo de guerras, barbaries, hambrunas y otros jinetes del apocalipsis, pero a quienes no se les permite acceder a las oficinas fronterizas donde quizá pudieran acreditarse para solicitar el asilo como refugiados.

A esos inmigrantes negros que intentan saltar una y otra vez las cancelas de la burocracia europea, cuyas chozas de plástico o cartón son desmanteladas por la policía marroquí en redadas que les conducen a las puertas de Argelia o del desierto, ella suele conocerles por su nombre. Sin embargo, ninguno de ellos conoce su cuenta corriente, porque no se lucra con su drama, ni se beneficia económicamente de su esperanza.

En este caso, también llueve sobre mojado. En España, al igual que en diversos países europeos, se ha intentado penalizar la solidaridad en sucesivos intentos, a través de las reformas de la Ley de Extranjería o del Código Penal. En la provincia de Cádiz, aún cabe recordar la vigilancia sufrida en su día por los sacerdotes Andrés Avelino, Paco Rubiales o Gabriel Delgado, entre otros, por prestar refugio a inmigrantes fugitivos, a finales del pasado siglo. O también, el conocido caso de Paqui Gil, una tarifeña a la que el Estado exigía, en 1997, 250.000 pesetas de sanción por ayudar a una inmigrante.

«Un día íbamos Diego y yo con los niños para el campo. Cogimos por la carretera de Tarifa a Facinas. A la altura del cruce de Bolonia vimos a un hombre que estaba andando. Iba solo. Pasamos y no le recogimos, pero empezamos a darle vueltas a la cabeza, a decir que pobrecillo con la calor que hace, hasta que lo decidimos: «vamos a complicarnos el día».

Ese era su relato. Y, tantos años después, sigue dando escalofríos lo que sigue. Al inmigrante, que no entendía nada, le preguntaron por señas si tenía hambre y le subieron al auto: «Iba vestido como de invierno y era agosto. Le llevamos a Facinas, le compramos comida y le llevamos a nuestra casita del campo. Le dijimos que descansara, que no tuviera prisa, llamamos a Algeciras Acoge pero nos informaron que no nos podían ayudar porque la costa estaba muy difícil. Un amigo nuestro vino y empezamos a buscar la forma de ayudarle. Una amiga que sabe árabe nos dijo lo que pretendía. Que quería ir a Italia. Le entró miedo, le dejamos quedarse alli aunque nosotros volvimos a nuestros trabajos. Le llevamos comida durante las semanas que estuvo escondido allí. Al final, hasta un mes. Un día le llevamos a Tarifa y desde nuestra casa llamó a su padre a Marruecos y quedó en mandarle alguien a recogerle. Entonces fui a despedirme, se montó en el coche conmigo y justo nos detuvo la Guardia Civil. Nos llevaron al cuartel y me tuvieron esposada en el cuerpo de guardia toda la noche. Fue una experiencia horrible, aparte del miedo que tenía, lo nerviosa que estaba. A mi marido, lo metieron en el calabozo con otros marroquíes, pero tenían su intimidad. Sin embargo yo estaba en el cuerpo de guardia y había agentes fuera de servicio que pasaban y no te miraban como una persona, sino que preguntaban esa qué hace aquí. Si no soy una delincuente, ¿qué hago esposada?, les preguntaba, dejadme ir a mi casa que están mis niños solos, “pues no habedlos dejado solos”, me decían. Mis niños estuvieron todo el día siguiente solos pero un juez me dejó ir a dormir a casa la segunda noche, aunque a las ocho tuve que estar de vuelta en el cuartel».

Volvería a hacerlo, a pesar de todo: «Cuando alguien haga autostop o esté andando por la carretera, no le voy a preguntar si tiene papeles o no. Si tiene hambre o qué le hace falta. Hace unos días, recogimos a un peatón que venía de La Línea, le llevamos al Puerto y le dimos de comer. Me da igual que sea rubio, negro o moreno. Me dan igual de donde sea porque yo no tengo que pedirle papeles. Que los pida la policía, que tampoco creo que está para eso, sino para detener a gente mala, a delincuentes».

En aquella época, decenas de personas fueron detenidas como autores de un delito contra los derechos de los trabajadores, al transportar inmigrantes a bordo de sus vehículos. Algunos de ellos, pretendían lucrarse y constituyen una mafia. Otros, simplemente, trataban de ayudar al prójimo y se encontraron con una legislación que, entonces y ahora, castiga las bienaventuranzas.

En 2001, Juan Antonio López, un taxista barbateño que entonces contaba con 28 años de edad, tuvo que apechar con dos semanas de chabolo, en la prisión Puerto II: “Ha sido una injusticia total. Lo he pasado muy mal en la cárcel porque no me explicaba por qué estaba allí. No he cometido ningún delito porque sólo he recogido a unas personas que solicitaron mis servicios”. No daba crédito. El día que salió de la trena, doscientos taxistas se manifestaron en Chiclana en señal de protesta. Ahora, probablemente, nos toque salir a la calle para que Helena Maleno pueda seguir al aire libre.

Tiempo de lectura 💬 4 minutos

Jj telez
Ilustración: Pedripol

Quizá usted no lo sepa, pero cuando en estos días visite los mercados gaditanos –desde Sanlúcar a Algeciras pasando por los puestos disfrazados de la capital–, no sabrá probablemente que está asumiendo un papel decisivo en lo que los antropólogos llaman ahora globlocalización. Esto es, que lo local se convierta en global y viceversa, frente al pensamiento único de la estricta globalización mercantil.

En esta provincia y en otros puntos del mapa, la tradición de los tosantos supone un claro ejemplo de resistencia frente a Halloween. Esto es, de identidad profunda basada en la memoria de las costumbres, frente a los hábitos y modas impuestos desde el mainstream de los grandes medios de comunicación de masas.

No tengo nada contra Halloween: también crecí contemplando, en el cine y en la televisión, las curiosas peripecias de un puñado de niños gringos que seguramente no sepan que noviembre no es febrero, vestidos de fantasmas con una calabaza iluminada y exigiendo casa por casa el binomio imposible de truco o trato. Como si los entrenaran para asistir eternamente al pulso electoral entre republicanos y demócratas, entre el fuego y las brasas, entre Guatemala y Guatepeor.

De Halloween, confieso que me gusta su algarabía infantil, su repelús de espanto, con esa risa cómplice que sirve como antídoto contra la muerte. El problema estriba es que las sociedades van perdiendo memoria histórica, antropológica o simplemente memoria. Y que los niños apenas juegan en las calles. Y que, por el Smart tv. un mercado que huela a castañas, almendras o caña dulce, no parece demasiado cool. El problema –lo estamos viendo en estos días en Cataluña—no es la convivencia sino la asimilación. ¿Seremos capaces de mantener vivos a nuestros muertos de Tosantos o serán fagocitados por esa explosión semicarnavalesca de otoño que tanto pregonan los grandes comercios, las campañas de publicidad y todas las series televisivas al uso?

Incluso se está perdiendo la costumbre de que en los teatros programen el Don Juan de Zorrilla o el de Tirso, en estas fechas: el escritor gaditano Rafael Marín ha escrito una asombrosa, exhaustiva e intrépida novela sobre el mito donjuanesco, emplazándolo al rincón exacto de la historia. ¿Qué hubiera sido de su vida si realmente hubiera vivido en aquellos tiempos convulsos? Don Juan hablaba con los muertos o con su conciencia en el último acto de la obra. Pero ya nadie cree siquiera que los muertos mueran realmente: todo es aséptico, como en esas funciones en las que los cadáveres se levantan cuando cae el telón para saludar al respetable. La gente ya no muere en sus casas: lógico, si apenas viven en ellas. Y a los niños se les endulza la realidad, en vez de que vayan conversando con ella, por amarga que sea, en los viejos velatorios que servían para que las carcajadas del chiste atenuaran el luto de un fantasma que a todos por igual nos acecha.

Mejor sería, para reconciliarnos con la rueda del tiempo, con el ubi sunt tan medieval y tan certero, que aprendiéramos de otras tradiciones que tampoco son invitadas a los dibujos animados o a los videojuegos: en las aldeas del norte de Marruecos, pervive el hábito extraño de encender una vela para que las almas en pena se orienten en la oscuridad. Y, a su lado, un cuenco de leche para que beban o una toalla para que mitiguen el sudor de lo eterno. Mi abuela también encendía –y no era marroquí aunque llevara algo parecido a un hiyab, el pañuelo mediterráneo más que musulmán—una mariposa que flotaba sobre el aceite en las noches de mi infancia, en nombre de aquellos seres queridos que le faltaban. Me asustaba ver como crecía cada año el número de lamparillas y ahora compruebo –Luis Quintero, Paloma Ramírez, tantos otros difuntos míos no tan públicos— cómo también van multiplicándose sus ausencias en mi disco duro.

El carnaval de Cádiz resistió bajo la mascarada de las Fiestas Típicas porque su código genético permanecía íntimamente impreso entre sus partidarios. Lo mismo ocurre ahora con la fiesta de los Reyes Magos, tan invadida por Papá Noel, Santa Claus o como quieran llamarle. Desde la espectacularidad de la cabalgata de Sevilla a la emocionante complicidad que despierta la de Cádiz, más allá de los eventos multitudinarios, su inocencia íntima, su gozo familiar, viene a demostrarnos que es posible la convivencia entre el arcano trimilenario y la discutible modernidad de la milennial generation: hace años, Felipe Benítez Reyes, obtuvo el premio Nadal por una novela paródica titulada “Mercado de espejismos”, uno de cuyos asuntos versaba en torno al mito de los Reyes Magos, que fueron tres o cuarenta según se atienda a los evangelios constitucionales o los apócrifos. Yo los prefiero al anuncio con que Coca Cola vistió de rojos al tradicional gordinflón de traje verde que lograba entrar por las chimeneas nórdicas cargado de regalo. Sin embargo, desde hace cincuenta años a estos días, todos esos personajes conviven en nuestro imaginario navideño, como también lo hacen, por ahora, Halloween y Tosantos, la Semana Santa playera y la de olor a incienso, etcétera, etcétera.

Quizá sea porque nuestra identidad real sea tan promiscua como pagana y que, en realidad, con esos pequeños gestos cotidianos estamos resistiendo al dogma,  a la yihad, a la colonización cultural o a los decretos leyes, con la misma parsimonia que los añejos habitantes de estos predios vieron llegar a los fenicios con sus tintes del otro lado del mar, a los griegos con Ulises al frente, a la Roma a la que exportábamos emperadores y bailarinas, a los tardorromanos que se mezclaron con los vándalos que dieron nombre a Andalucía y estos a su vez con árabes, bereberes, sefarditas, gitanos o negros compravendidos en las lonjas de esclavos de Sevilla y de Cádiz. Quizá sea que hemos visto venir demasiados imperios para que ninguno nos llegue a conquistar del todo y todos hayan dejado, en cambio, un cierto rastro en nuestra piel de siglos, en nuestro ADN colectivo, en esa hermosa capacidad de resiliencia, esa palabra italiana un tanto cursi, que viene a significar que hay que vivir la vida mientras la historia transcurre.

Así que en estos días, acudiré a la plaza, oleré sus sonidos y veré sus olores. Pero ello no me impedirá que cuando una niña llame a la puerta disfrazada de bruja, gangoseando truco o trato en el idioma de la inocencia, yo le diga: truco y trato, con un puñado de caramelos.

Tiempo de lectura 💬 4 minutosJj telezCuatro años atrás, Javier Ruibal y Tito Muñoz escribieron una canción contra la avaricia, la posibilidad cierta de matar el paraíso y llenar de pisos los mares del surf:

sálvame Valdevaqueros

salte del negocio turbio

gaditano mamporrero

De nuevo, frente a la ensenada de Valdevaqueros, en Tarifa, podría levantarse una macro-urbanización con hoteles incluidos, una vez que el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía haya anulado el Plan de Protección del Litoral con el que la Junta de Andalucía establecía una barrera de 500 metros para no enladrillar la costa. La noticia, que ha trascendido hace unos días, vuelve a poner sobre la palestra el modelo de turismo por el que debiéramos apostar para que la primera industria de la provincia sea sostenible y no terminemos matando a la gallina de los huevos de oro.

No es el único disparate urbanístico que acecha a medio plazo, después de esta resolución y en base a algunos precedentes legales. Desde hace once años vienen planificando una expansión hotelera en la zona de El Palmar, dentro del término de Vejer de la Frontera, desde el camino de Marcucaña a la playa de Mangueta, en una iniciativa controvertida que lleva sobre la mesa desde entonces y que ni siquiera amparaba plenamente el plan de protección al que se ha dado la puntilla y cuyo texto rezaba al piel de la letra lo siguiente: «El POT fija zonas de interés territorial y limita los usos que se puedan destinar debido a sus valores como territorio natural y paisajístico. El litoral se protege mediante el establecimiento del corredor litoral (200 metros) y la zona de influencia del litoral (500 metros), en los que se prohíben usos residencial e industrial y se fomentan los equipamientos y usos hoteleros».

Las contradicciones en la normativa urbanística y los distintos niveles de decisión a escala administrativa tampoco han contribuido a disipar dudas sobre este nuevo intento de masificación de la costa gaditana: en el PGOU de Vejer, de 2007, se contemplaba la posibilidad de construir dos zonas residenciales y unas 1.200 plazas hoteleras, aunque tres años después se descartó la construcción de un campo de golf en esa misma área.

Mientras la turismofobia aflora en distintos lugares de la Península, desde Baleares a Cataluña, Cádiz se aferra, sin embargo, al turismo como un clavo ardiendo para la creación de empleo, aunque las cifras de contrataciones dignas y la precariedad extrema del sector contradigan abiertamente el optimismo de las cifras de ingresos que maneja el empresariado.

El caso de la capital gaditana puede ser un paradigma sobre la necesidad de un debate amplio sobre este particular: la arribada de cruceros al muelle supone, desde luego, una inyección de colorido y de euros para las calles y el pequeño y mediano comercio. Sin embargo, en gran medida los grupos turísticos relacionados con esta actividad se desplazan a otros lugares próximos, como Jerez de la Frontera o Sevilla, donde los servicios y atracciones que se ofertan quizá responda mejor a las expectativas de los viajeros pero, especialmente, a las de los turoperadores.

Desde el panel irregular de los alojamientos turísticos, a menudo sin establecimientos de mediano calibre y con cierta falta de regulación en determinados paraderos, al factor del levante como un elemento disuasorio o atractivo, según los casos, haría falta reflexionar en voz alta sobre la primera industria provincial. Los especialistas en la materia llevan haciéndolo desde hace tiempo, sobre todo a la hora de planificar las campañas de captación de clientes, aunque quizá debiéramos apostar por una reflexión transversal, que interese a los distintos organismos públicos con responsabilidad directa o indirecta en la materia, y a la sociedad civil que pueda aportar ideas para incrementar la rentabilidad y, al mismo tiempo, proteger el medio.

¿Tiene sentido, por ejemplo, que la antaño exótica Bolonia se convierta ahora en un enorme estacionamiento de utilitarios con un parque de sombrillas porcentualmente similar al de Benidorm? ¿No sería viable la creación de una bolsa de aparcamientos en el cruce de la N-340 y la utilización de lanzaderas para llevar a los usuarios hacia el viejo paraíso jipi? Un simple ejemplo, quizá, de la necesidad de aportar imaginación antes que desarrollo al DAFO del turismo provincial.

A Javier Krahe le solicite en cierta ocasión un artículo sobre Zahara de los Atunes, su patria profunda y en donde la muerte vino a recogerle. Se negó durante largo tiempo alegando que no pretendía masificar aún más ese refugio costero al que se fue a vivir por temporadas cuando aún parecía virgen. Finalmente, escribió aquel texto, sólo que en el último párrafo jugó con la sorpresa: “Ahora, gritad conmigo, ¡Viva Zahara de la Sierra!”. También Krahe, que como bien es sabido no jugaba al militarismo, opinaba que la única batalla que había ganado el Ejército español en los últimos tiempos era la guerra contras las hormigoneras en el litoral de Cádiz, ya que las hipotecas territoriales del ministerio de Defensa, en esta zona, habían logrado frenar a las milicias de los especuladores, que campaban por sus respetos en otros puntos del mapa.

¿Tenemos el derecho de convertir ahora la provincia gaditana en una formidable máquina tragaperras por encima de la preservación de la belleza, que es uno de los principales alicientes para que alguien venga a visitarnos al país del viento? Hemos logrado vender bien los atractivos gaditanos. Ahora toca, sencillamente, conservarlos antes de que las piquetas de la ambición y una previsible turismofobia entren a demoler varias décadas de esperanza.