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Imagen: Pedripol

Golpes de pecho en misa de doce, pero luego a perseguir a aquellos que cumplen con las bienaventuranzas. En 2014, el ministro del Interior Jorge Fernández Díaz, muy vinculado con la Santa Madre Iglesia a través de una prelatura especial, justificaba la muerte a mansalva de quince inmigrantes en las playas de El Tarajal y ante un despliegue de antidisturbios, en un caso que escandalizó al mundo y al que le dieron carpetazo. Ya por aquella misma fecha, su policía se dedicaba a investigar de cerca las actividades de Helena Maleno, una cooperante de la ONG Caminando Fronteras que lleva media vida cometiendo el peligroso crimen de alertar a Salvamento Marítimo de pateras en peligro de hundimiento. Una especie de faro humano con smartfone y twitter, para entendernos. Un trabajo que tendrían que hacer los estados si de veras les importara que mueran espaldas mojadas a mansalva frente a las costas españolas.

La investigación iniciada en tiempos del pintoresco ministro que mandaba investigar específicamente a políticos catalanes, prosiguió cuando asumió la titularidad de Interior, Juan Ignacio Zoido. A pesar de su condición de magistrado, sorprende que bajo su mandato se intente de nuevo penalizar la solidaridad, movilizando incluso a la judicatura y a la policía de otro país, Marruecos, que tampoco figura entre los campeones de las libertades públicas y de los derechos humanos.

La casualidad no existe y la crueldad, como la mentira, tiene las patas cortas. El pasado martes 5, cuando se conmemoraba el Día del Voluntariado, Helena Maleno tendría que haber comparecido ante un juzgado de Tánger para responder de cargos que le relacionaban con delitos contra el derecho de los trabajadores: esto es, tráfico de seres humanos. Sorprende la hipocresía de un sistema que intenta enjuiciar a quienes asumen el compromiso con los nadie y no mueve, en cambio, un dedo oficial para evitar que los inmigrantes y los refugiados choquen contra vallas blindadas con concertinas o mares de vientos traidores a mitad de la travesía en un toy.

La indignación ante la difusión de dicha orden, tuvo que mover cielo y tierra porque el Tribunal de Apelación de Tánger aplazó la declaración de la activista hasta el 27 de diciembre, al objeto de contar con mayor información en torno a un expediente policial que la relaciona directamente con «redes de tráfico» de migrantes. De no haber dado marcha atrás a su citación, probablemente estaría detenida hoy en un caso que recuerda sobremanera a la falsa imputación de tenencia de drogas que llevó a los calabozos a Juan Clavero, líder de Ecologistas en Acción en Cádiz. No quisiera pensar que estamos viviendo una persecución inquisitorial de la sociedad civil, intentando desacreditar a quienes se limitan a denunciar o a interceder en suburbios sociales donde el estado de derecho pierde semejante nombre. ¿En qué epígrafe de la Ley Mordaza habrán escrito entre líneas que el que se mueva, sea en lo que sea, no sale del calabozo?

Si en el caso de Juan Clavero, la justicia archivó su imputación y aún estamos a la espera de que se descubra a sueldo de quien actuó el sicario que pretendió comprometerle, en la peripecia que ahora pone entre la espada y la pared a Helena Maleno, todas las pruebas en su contra son precisamente las que le hicieron merecedora en 2015 del Premio de Derechos Humanos «Nacho de la Mata» del Consejo General de la Abogacía Española. Desde que inició su aventura hace más de quince años, Elena Maleno y sus compañeros de ONG –entre ellos, su hijo Ernesto– no sólo constituyen el clavo ardiendo al que cualquier teléfono móvil llama de madrugada para pedir socorro o para gritarle “Boza” de alegría si han llegado a salvo. Ellos tienden también unas de las pocas manos, junto con las de las monjas de Ceuta u otros cooperantes de Melilla, que se acercan a prestar ayuda en los campamentos improvisados por los africanos que vienen huyendo de guerras, barbaries, hambrunas y otros jinetes del apocalipsis, pero a quienes no se les permite acceder a las oficinas fronterizas donde quizá pudieran acreditarse para solicitar el asilo como refugiados.

A esos inmigrantes negros que intentan saltar una y otra vez las cancelas de la burocracia europea, cuyas chozas de plástico o cartón son desmanteladas por la policía marroquí en redadas que les conducen a las puertas de Argelia o del desierto, ella suele conocerles por su nombre. Sin embargo, ninguno de ellos conoce su cuenta corriente, porque no se lucra con su drama, ni se beneficia económicamente de su esperanza.

En este caso, también llueve sobre mojado. En España, al igual que en diversos países europeos, se ha intentado penalizar la solidaridad en sucesivos intentos, a través de las reformas de la Ley de Extranjería o del Código Penal. En la provincia de Cádiz, aún cabe recordar la vigilancia sufrida en su día por los sacerdotes Andrés Avelino, Paco Rubiales o Gabriel Delgado, entre otros, por prestar refugio a inmigrantes fugitivos, a finales del pasado siglo. O también, el conocido caso de Paqui Gil, una tarifeña a la que el Estado exigía, en 1997, 250.000 pesetas de sanción por ayudar a una inmigrante.

«Un día íbamos Diego y yo con los niños para el campo. Cogimos por la carretera de Tarifa a Facinas. A la altura del cruce de Bolonia vimos a un hombre que estaba andando. Iba solo. Pasamos y no le recogimos, pero empezamos a darle vueltas a la cabeza, a decir que pobrecillo con la calor que hace, hasta que lo decidimos: «vamos a complicarnos el día».

Ese era su relato. Y, tantos años después, sigue dando escalofríos lo que sigue. Al inmigrante, que no entendía nada, le preguntaron por señas si tenía hambre y le subieron al auto: «Iba vestido como de invierno y era agosto. Le llevamos a Facinas, le compramos comida y le llevamos a nuestra casita del campo. Le dijimos que descansara, que no tuviera prisa, llamamos a Algeciras Acoge pero nos informaron que no nos podían ayudar porque la costa estaba muy difícil. Un amigo nuestro vino y empezamos a buscar la forma de ayudarle. Una amiga que sabe árabe nos dijo lo que pretendía. Que quería ir a Italia. Le entró miedo, le dejamos quedarse alli aunque nosotros volvimos a nuestros trabajos. Le llevamos comida durante las semanas que estuvo escondido allí. Al final, hasta un mes. Un día le llevamos a Tarifa y desde nuestra casa llamó a su padre a Marruecos y quedó en mandarle alguien a recogerle. Entonces fui a despedirme, se montó en el coche conmigo y justo nos detuvo la Guardia Civil. Nos llevaron al cuartel y me tuvieron esposada en el cuerpo de guardia toda la noche. Fue una experiencia horrible, aparte del miedo que tenía, lo nerviosa que estaba. A mi marido, lo metieron en el calabozo con otros marroquíes, pero tenían su intimidad. Sin embargo yo estaba en el cuerpo de guardia y había agentes fuera de servicio que pasaban y no te miraban como una persona, sino que preguntaban esa qué hace aquí. Si no soy una delincuente, ¿qué hago esposada?, les preguntaba, dejadme ir a mi casa que están mis niños solos, «pues no habedlos dejado solos», me decían. Mis niños estuvieron todo el día siguiente solos pero un juez me dejó ir a dormir a casa la segunda noche, aunque a las ocho tuve que estar de vuelta en el cuartel».

Volvería a hacerlo, a pesar de todo: «Cuando alguien haga autostop o esté andando por la carretera, no le voy a preguntar si tiene papeles o no. Si tiene hambre o qué le hace falta. Hace unos días, recogimos a un peatón que venía de La Línea, le llevamos al Puerto y le dimos de comer. Me da igual que sea rubio, negro o moreno. Me dan igual de donde sea porque yo no tengo que pedirle papeles. Que los pida la policía, que tampoco creo que está para eso, sino para detener a gente mala, a delincuentes».

En aquella época, decenas de personas fueron detenidas como autores de un delito contra los derechos de los trabajadores, al transportar inmigrantes a bordo de sus vehículos. Algunos de ellos, pretendían lucrarse y constituyen una mafia. Otros, simplemente, trataban de ayudar al prójimo y se encontraron con una legislación que, entonces y ahora, castiga las bienaventuranzas.

En 2001, Juan Antonio López, un taxista barbateño que entonces contaba con 28 años de edad, tuvo que apechar con dos semanas de chabolo, en la prisión Puerto II: “Ha sido una injusticia total. Lo he pasado muy mal en la cárcel porque no me explicaba por qué estaba allí. No he cometido ningún delito porque sólo he recogido a unas personas que solicitaron mis servicios”. No daba crédito. El día que salió de la trena, doscientos taxistas se manifestaron en Chiclana en señal de protesta. Ahora, probablemente, nos toque salir a la calle para que Helena Maleno pueda seguir al aire libre.

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Jj telez
Ilustración: Pedripol

Quizá usted no lo sepa, pero cuando en estos días visite los mercados gaditanos –desde Sanlúcar a Algeciras pasando por los puestos disfrazados de la capital–, no sabrá probablemente que está asumiendo un papel decisivo en lo que los antropólogos llaman ahora globlocalización. Esto es, que lo local se convierta en global y viceversa, frente al pensamiento único de la estricta globalización mercantil.

En esta provincia y en otros puntos del mapa, la tradición de los tosantos supone un claro ejemplo de resistencia frente a Halloween. Esto es, de identidad profunda basada en la memoria de las costumbres, frente a los hábitos y modas impuestos desde el mainstream de los grandes medios de comunicación de masas.

No tengo nada contra Halloween: también crecí contemplando, en el cine y en la televisión, las curiosas peripecias de un puñado de niños gringos que seguramente no sepan que noviembre no es febrero, vestidos de fantasmas con una calabaza iluminada y exigiendo casa por casa el binomio imposible de truco o trato. Como si los entrenaran para asistir eternamente al pulso electoral entre republicanos y demócratas, entre el fuego y las brasas, entre Guatemala y Guatepeor.

De Halloween, confieso que me gusta su algarabía infantil, su repelús de espanto, con esa risa cómplice que sirve como antídoto contra la muerte. El problema estriba es que las sociedades van perdiendo memoria histórica, antropológica o simplemente memoria. Y que los niños apenas juegan en las calles. Y que, por el Smart tv. un mercado que huela a castañas, almendras o caña dulce, no parece demasiado cool. El problema –lo estamos viendo en estos días en Cataluña—no es la convivencia sino la asimilación. ¿Seremos capaces de mantener vivos a nuestros muertos de Tosantos o serán fagocitados por esa explosión semicarnavalesca de otoño que tanto pregonan los grandes comercios, las campañas de publicidad y todas las series televisivas al uso?

Incluso se está perdiendo la costumbre de que en los teatros programen el Don Juan de Zorrilla o el de Tirso, en estas fechas: el escritor gaditano Rafael Marín ha escrito una asombrosa, exhaustiva e intrépida novela sobre el mito donjuanesco, emplazándolo al rincón exacto de la historia. ¿Qué hubiera sido de su vida si realmente hubiera vivido en aquellos tiempos convulsos? Don Juan hablaba con los muertos o con su conciencia en el último acto de la obra. Pero ya nadie cree siquiera que los muertos mueran realmente: todo es aséptico, como en esas funciones en las que los cadáveres se levantan cuando cae el telón para saludar al respetable. La gente ya no muere en sus casas: lógico, si apenas viven en ellas. Y a los niños se les endulza la realidad, en vez de que vayan conversando con ella, por amarga que sea, en los viejos velatorios que servían para que las carcajadas del chiste atenuaran el luto de un fantasma que a todos por igual nos acecha.

Mejor sería, para reconciliarnos con la rueda del tiempo, con el ubi sunt tan medieval y tan certero, que aprendiéramos de otras tradiciones que tampoco son invitadas a los dibujos animados o a los videojuegos: en las aldeas del norte de Marruecos, pervive el hábito extraño de encender una vela para que las almas en pena se orienten en la oscuridad. Y, a su lado, un cuenco de leche para que beban o una toalla para que mitiguen el sudor de lo eterno. Mi abuela también encendía –y no era marroquí aunque llevara algo parecido a un hiyab, el pañuelo mediterráneo más que musulmán—una mariposa que flotaba sobre el aceite en las noches de mi infancia, en nombre de aquellos seres queridos que le faltaban. Me asustaba ver como crecía cada año el número de lamparillas y ahora compruebo –Luis Quintero, Paloma Ramírez, tantos otros difuntos míos no tan públicos— cómo también van multiplicándose sus ausencias en mi disco duro.

El carnaval de Cádiz resistió bajo la mascarada de las Fiestas Típicas porque su código genético permanecía íntimamente impreso entre sus partidarios. Lo mismo ocurre ahora con la fiesta de los Reyes Magos, tan invadida por Papá Noel, Santa Claus o como quieran llamarle. Desde la espectacularidad de la cabalgata de Sevilla a la emocionante complicidad que despierta la de Cádiz, más allá de los eventos multitudinarios, su inocencia íntima, su gozo familiar, viene a demostrarnos que es posible la convivencia entre el arcano trimilenario y la discutible modernidad de la milennial generation: hace años, Felipe Benítez Reyes, obtuvo el premio Nadal por una novela paródica titulada “Mercado de espejismos”, uno de cuyos asuntos versaba en torno al mito de los Reyes Magos, que fueron tres o cuarenta según se atienda a los evangelios constitucionales o los apócrifos. Yo los prefiero al anuncio con que Coca Cola vistió de rojos al tradicional gordinflón de traje verde que lograba entrar por las chimeneas nórdicas cargado de regalo. Sin embargo, desde hace cincuenta años a estos días, todos esos personajes conviven en nuestro imaginario navideño, como también lo hacen, por ahora, Halloween y Tosantos, la Semana Santa playera y la de olor a incienso, etcétera, etcétera.

Quizá sea porque nuestra identidad real sea tan promiscua como pagana y que, en realidad, con esos pequeños gestos cotidianos estamos resistiendo al dogma,  a la yihad, a la colonización cultural o a los decretos leyes, con la misma parsimonia que los añejos habitantes de estos predios vieron llegar a los fenicios con sus tintes del otro lado del mar, a los griegos con Ulises al frente, a la Roma a la que exportábamos emperadores y bailarinas, a los tardorromanos que se mezclaron con los vándalos que dieron nombre a Andalucía y estos a su vez con árabes, bereberes, sefarditas, gitanos o negros compravendidos en las lonjas de esclavos de Sevilla y de Cádiz. Quizá sea que hemos visto venir demasiados imperios para que ninguno nos llegue a conquistar del todo y todos hayan dejado, en cambio, un cierto rastro en nuestra piel de siglos, en nuestro ADN colectivo, en esa hermosa capacidad de resiliencia, esa palabra italiana un tanto cursi, que viene a significar que hay que vivir la vida mientras la historia transcurre.

Así que en estos días, acudiré a la plaza, oleré sus sonidos y veré sus olores. Pero ello no me impedirá que cuando una niña llame a la puerta disfrazada de bruja, gangoseando truco o trato en el idioma de la inocencia, yo le diga: truco y trato, con un puñado de caramelos.

Tiempo de lectura ⏰ 4 minutitos de ná

Jj telezCuatro años atrás, Javier Ruibal y Tito Muñoz escribieron una canción contra la avaricia, la posibilidad cierta de matar el paraíso y llenar de pisos los mares del surf:

sálvame Valdevaqueros

salte del negocio turbio

gaditano mamporrero

De nuevo, frente a la ensenada de Valdevaqueros, en Tarifa, podría levantarse una macro-urbanización con hoteles incluidos, una vez que el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía haya anulado el Plan de Protección del Litoral con el que la Junta de Andalucía establecía una barrera de 500 metros para no enladrillar la costa. La noticia, que ha trascendido hace unos días, vuelve a poner sobre la palestra el modelo de turismo por el que debiéramos apostar para que la primera industria de la provincia sea sostenible y no terminemos matando a la gallina de los huevos de oro.

No es el único disparate urbanístico que acecha a medio plazo, después de esta resolución y en base a algunos precedentes legales. Desde hace once años vienen planificando una expansión hotelera en la zona de El Palmar, dentro del término de Vejer de la Frontera, desde el camino de Marcucaña a la playa de Mangueta, en una iniciativa controvertida que lleva sobre la mesa desde entonces y que ni siquiera amparaba plenamente el plan de protección al que se ha dado la puntilla y cuyo texto rezaba al piel de la letra lo siguiente: «El POT fija zonas de interés territorial y limita los usos que se puedan destinar debido a sus valores como territorio natural y paisajístico. El litoral se protege mediante el establecimiento del corredor litoral (200 metros) y la zona de influencia del litoral (500 metros), en los que se prohíben usos residencial e industrial y se fomentan los equipamientos y usos hoteleros».

Las contradicciones en la normativa urbanística y los distintos niveles de decisión a escala administrativa tampoco han contribuido a disipar dudas sobre este nuevo intento de masificación de la costa gaditana: en el PGOU de Vejer, de 2007, se contemplaba la posibilidad de construir dos zonas residenciales y unas 1.200 plazas hoteleras, aunque tres años después se descartó la construcción de un campo de golf en esa misma área.

Mientras la turismofobia aflora en distintos lugares de la Península, desde Baleares a Cataluña, Cádiz se aferra, sin embargo, al turismo como un clavo ardiendo para la creación de empleo, aunque las cifras de contrataciones dignas y la precariedad extrema del sector contradigan abiertamente el optimismo de las cifras de ingresos que maneja el empresariado.

El caso de la capital gaditana puede ser un paradigma sobre la necesidad de un debate amplio sobre este particular: la arribada de cruceros al muelle supone, desde luego, una inyección de colorido y de euros para las calles y el pequeño y mediano comercio. Sin embargo, en gran medida los grupos turísticos relacionados con esta actividad se desplazan a otros lugares próximos, como Jerez de la Frontera o Sevilla, donde los servicios y atracciones que se ofertan quizá responda mejor a las expectativas de los viajeros pero, especialmente, a las de los turoperadores.

Desde el panel irregular de los alojamientos turísticos, a menudo sin establecimientos de mediano calibre y con cierta falta de regulación en determinados paraderos, al factor del levante como un elemento disuasorio o atractivo, según los casos, haría falta reflexionar en voz alta sobre la primera industria provincial. Los especialistas en la materia llevan haciéndolo desde hace tiempo, sobre todo a la hora de planificar las campañas de captación de clientes, aunque quizá debiéramos apostar por una reflexión transversal, que interese a los distintos organismos públicos con responsabilidad directa o indirecta en la materia, y a la sociedad civil que pueda aportar ideas para incrementar la rentabilidad y, al mismo tiempo, proteger el medio.

¿Tiene sentido, por ejemplo, que la antaño exótica Bolonia se convierta ahora en un enorme estacionamiento de utilitarios con un parque de sombrillas porcentualmente similar al de Benidorm? ¿No sería viable la creación de una bolsa de aparcamientos en el cruce de la N-340 y la utilización de lanzaderas para llevar a los usuarios hacia el viejo paraíso jipi? Un simple ejemplo, quizá, de la necesidad de aportar imaginación antes que desarrollo al DAFO del turismo provincial.

A Javier Krahe le solicite en cierta ocasión un artículo sobre Zahara de los Atunes, su patria profunda y en donde la muerte vino a recogerle. Se negó durante largo tiempo alegando que no pretendía masificar aún más ese refugio costero al que se fue a vivir por temporadas cuando aún parecía virgen. Finalmente, escribió aquel texto, sólo que en el último párrafo jugó con la sorpresa: “Ahora, gritad conmigo, ¡Viva Zahara de la Sierra!”. También Krahe, que como bien es sabido no jugaba al militarismo, opinaba que la única batalla que había ganado el Ejército español en los últimos tiempos era la guerra contras las hormigoneras en el litoral de Cádiz, ya que las hipotecas territoriales del ministerio de Defensa, en esta zona, habían logrado frenar a las milicias de los especuladores, que campaban por sus respetos en otros puntos del mapa.

¿Tenemos el derecho de convertir ahora la provincia gaditana en una formidable máquina tragaperras por encima de la preservación de la belleza, que es uno de los principales alicientes para que alguien venga a visitarnos al país del viento? Hemos logrado vender bien los atractivos gaditanos. Ahora toca, sencillamente, conservarlos antes de que las piquetas de la ambición y una previsible turismofobia entren a demoler varias décadas de esperanza.

 

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La reciente muerte de Juan Bellido nos empuja a la escalofriante confirmación de que, poco a poco, van desapareciendo algunos de los principales representantes de una época dorada del teatro en Cádiz, la que media entre las décadas del 60, 70 y 80 del siglo pasado.

Lo terrible del caso es que si rastrean por internet apenas encontrarán ninguna pista que conduzca hacia el palmarés teatral de Bellido, uno de los principales actores de aquel tiempo, cuya presencia era inexcusable en los montajes de Carrusel o de Cámara, que buscó otros rumbos y que finalmente retornó a la capital gaditana donde colaboró con propuestas tan heterodoxas como las del grupo Danza 88, La Tirana o La Bella Tatoo, o respaldó montajes teatrales de la Asociación de Enfermos Mentales, en un compromiso escénico que venía a encarnar su propio compromiso cívico.

La metáfora de la muerte

El Ayuntamiento de Cádiz, para el que trabajó durante el último periodo de su vida hasta que no volvieron a contratarle, le dedicó el Día Mundial del Teatro. Ese día, se leyó un manifiesto de Miguel Angel García Argüez, poeta, actor, autor carnavalesco, narrador y docente, tras un montaje realizado por la Asociación de Actores y Actrices de Cádiz Cádiz (AACC), a partir de un tribunal oficial que decreta el fusilamiento masivo del teatro: “La metáfora es la muerte que vive en el teatro a través de los tiempos y su continuo renacer”.

¿Podemos estar seguro de ese renacer? Talento hay, como hubo en el pasado. Sin embargo, cabe preguntarnos por qué aquel esplendor teatral que se vivió en la capital gaditana y en buena parte de la provincia durante el tardofranquismo no llegó a consolidarse con la democracia, al margen del esfuerzo, el instinto y la pericia técnica de quienes han seguido atreviéndose a pisar la escena en esta tierra.

Tellez inside 1Hubo un tiempo, sin embargo, en que el Estado lejos de facilitar subvenciones auspiciaba mordazas, detenciones y censuras. Sin embargo, allí estaba Gris Pequeño Teatro, por ejemplo, o Quimera Teatro Popular, que dirigiera el ya fallecido José María Sánchez Casas, alias Garratón, antes de ser encarcelado como fundador del PCE (r) y de los GRAPO: escenificaban textos de Manuel Pérez Casaux, que también se nos ha ido sin el tributo literario y teatral que merecía. Nacido en 1929, Pérez Casaux llegó a escribir un total de 29 obras entre comedias y dramas, viajes desde el teatro del absurdo a Bertolt Brecht.  De todas esas piezas, se estrenaron catorce, empezando por “La cena de los camareros” o “Historia de la divertida ciudad de Caribdis”, que inauguró el Festival de Sitges en 1969, o La familia de Carlos IV, dirigida por José Luis Alonso de Santos. Por no hablar de sus cinco novelas cortas, sus narraciones breves o textos de referencia como su novela Las raíces al aire o “Días de tomillo y orozuz”.

Antes, mucho antes del Festival Iberoamericano de Teatro, Angel de Dueñas ganaba distintos premios en 1976 en el festival de la Juventud en Cuenca con una versión de “El Principe Constante”, de Calderón, mucho antes de decantarse por el mimo, después de “Axas” y de “La prisión” de Kenneth Brown y una vez que Jesús Morillo y Miguel Angel Butler se escindieran para crear “Carrusel”. Este último grupo debutó en 1973 onSu primer montaje fue el de “Los justos”, de Albert Camus, pero dieron la vuelta a España con “Las criadas”, de Jean Genet, incorporando a Ramón Rivero que se dejaría ver luego como Maria Antonieta en una versión de “1789, la ciudad revolucionaria no es de este mundo”, que Cámara volvió a llevar a escena pocos años después. Luego, Rivero se enfrentaría sólo al escenario con monólogos, poemas y su montaje más célebre, “Legionaria”, basado en el relato homónimo de Fernando Quiñones, que condujo a la creación con Santiago Escalante del Teatro Mentidero en el que sigue militando hasta que su salud, cada vez más precaria, se lo permita. ¿Quién recogerá su legado, el ingente archivo de una de las compañías de teatro más señeras del último medio siglo?

Fábrica de actores

Carrusel no sólo fue una fábrica de actores, entre quienes figuró Bellido, sino que supuso un largo viaje escénico e iniciático en el que cupieron libretos propios como “La balada perdida”, una función más tarde llamada Tríptico inacabado sobre una conjura de libertadores, o Romance de un pueblo olvidado (más tarde llamada) Misa negra y réquiem de sublevados, todos ellos firmados por Jesús Morillo, a lo que cabría añadir Medea. Rito y ceremonia sobre una leyenda inmortal, en versión del mismo, junto con recreaciones del Marat-Sade de Peter Weiss o “La Divina Comedia”, de Dante Alighieri. El grupo se disolvió en 1984, aunque sus integrantes siguen más o menos en activo, desde el cine como es el caso del magistral Manuel Morón a la enseñanza teatral, como el propio Butler.

Antes de disolverse, emprendieron una aventura exterior, con menor duración que la que sigue llevando a cabo La Zaranda, desde Jerez de la Frontera, con una impecable y larga trayectoria, que todavía perdura a escala nacional e internacional.  Era una época en la que descollaban actrices formidables como May Vázquez, o directores como Andrés Alcántara o Jesús del Río buscaban nuevas promesas teatrales en la comunidad parroquial de Santo Domingo, o el primero se atrevía con una versión de “La balada del tren fantasma”, de Francisco Arrabal, con el incansable Eduardo Valiente o el narrador Rafael Marín.

En plena transición, se pusieron de moda los cafés teatro –el último fue abierto en Algeciras, hace unos veinte años por Antonio Romera “Chipi”, el vocalista y compositor del grupo La Canalla. Pero el primero corrió a cargo de Pedro Delgado, actor y director del Grupo Valle Inclán, que puso en marcha semejante iniciativa en la gaditana calle de Enrique de las Marinas. Luego, durante largos años dirigiría el Teatro Estable en Algeciras, la ciudad donde se refugiaron Juan Luis Muñoz y Maria Eugenia Ferrera, que crearon el grupo La Algarabía, después de militar en el célebre Teatro Estudio Lebrijano. Toda una cantera de actrices y de actores entre quienes deben mencionarse necesariamente a los hermanos Carlos y Victor Clavijo o al dramaturgo Juan Alberto Salvatierra. Tellez inside 2

Toda la provincia, en ese momento, conocerá un creciente interés por el teatro, desde Puerto Real con el también malogrado Alfredo Los a La Línea de Angel Garó y El Puerto de Santa María, a manos de Montse Torrent. En la Estación de San Roque, la patria chica del gigantesco Juan Luis Galiardo, comenzaría a estrenar sus propias obras José Chamizo, a partir de un grupo dirigido por Juan Carlos Galiana. La lista de nombres se haría interminable: desde la escritora isleña Ana Rossetti, emigrada a las bambalinas de Madrid, o Alberto Petthengui y Juan Luis Romero Peche, que se abrían paso a bocados en la escena sevillana.

Todo ello pareció esfumarse, aunque queden grupos que sigan renovando su vieja piel teatral. Un cierto teatro de Cádiz, sin embargo, se nos muere. Juan Bellido –que conste– era una de sus principales referentes. Y hoy es una de sus fundamentales ausencias.

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Tellez

Ilustración: pedripol

Pluga que los magos traigan las bienaventuranzas y los vertiginosos milagros, el oro de la justicia, el incienso del amor y la mirra de la belleza.

¿A dónde debemos escribir para que traigan árboles nuevos sobre el viejo Amazonas, el regalo de un beso envuelto en celofán bajo el árbol del club de los corazones solitarios, el breve escalofrío de la paz en los tenebrosos territorios de la infamia, la salud y la libertad como una emoción bajo la piel y no como productos en los escaparates del mercado?

Por lo demás, quizá un scalextric que nos saque de cualquier atolladero, callejones con salida, autopistas hacia el cielo y bulevares con sueños en perfecto estado de revista. Que por la chimenea de las epifanías alguien arroje una ración de trabajo sobre la mar de las bahías a las que empobreció la avaricia. Que vuelvan las leyendas de hoy contra el mundo de siempre, leyes sin mordaza, pupitres de madera contra la fe los carboneros, suficientes camas de hospital construidas tal vez con los presupuestos de la guerra de las galaxias.

Ojalá que vuelvan a venir de oriente la música de la seducción en lugar del estruendo de los desesperados. Que cuando amanezca veamos sobre la alfombra del tiempo un reguero de palabras sin usar, una noche de irrompibles cristales de utopía, un abrazo a la salida de las cárceles que a partir de entonces sólo encierren el miedo.

Que todos los viajes conduzcan a alguna parte. Que los refugiados obtengan refugio y los inmigrantes terminen de serlo en cuanto lleguen a donde les oriente su estrella. Que dejen de nacer bebés en los portales y mesías en los templos de las supercherías, de las cuentas de vidrio y de los cetros dorados.

Que el teléfono de la esperanza deje de comunicar. Que los misiles apunten hacia las cuentas bancarias. Que en la oca de la historia saltemos del laberinto al treinta. Que no nos regalen solitarios sino juegos reunidos. Que el viento sople a favor y nunca nos quedemos a dos velas.

El niño que fui desea seguir siéndolo siempre, tomen nota de ello, para que Peter Pan no tenga mala fama y el capitán Garfio pierda más temprano que tarde su prestigio. Que los sonidos del silencio sean tambores de paz y no gritos de pánico. Que encontremos a tiempo la escalera de incendios, antes de que el fuego inunde el palacio de invierno, las casas blancas y las salitas de estar. Que alguien traiga carbón para ahuyentar la miseria y crear diamantes. Que sólo muera la muerte, que siempre viva la vida.

Que las sirenas dominen a los dragones, que nadie recorte los presupuestos de alas en la espalda y grandes horizontes. Que los seres humanos paseen libres por las grandes alamedas y nadie más tenga que morir para hacerlo posible. Que lo prometido sea duda. Que nos sumerjamos hasta encontrar las perlas de la corona de la verdad perdida y que sepamos que sólo será posible recomponerla en el caso de ir juntándolas una por una, porque siendo de todos no le pertenece a nadie.  

Que el amor se haga, que las caricias venzan a los huracanes, que el alma no sea un juguete y que la nostalgia nunca se convierta en una camisa de fuerza. Que las aspas de los molinos se alíen con los hidalgos y que los pancistas nunca gobiernen las ínsulas de este viejo planeta que hace mucho dejó de creer en vosotros, los únicos reyes a los que rindo pleitesía, la ilustre monarquía del deseo contra la república bananera de la realidad.

Ni Dios ni amo, de acuerdo, ¿cuándo nos regalaron algo?. Pero que nunca falte la magia nuestra de cada día, la de la sonrisa infinita de los desayunos, la de la ternura cómplice en el salón de los pasos perdidos, la de los ojos que chispean cuando vuelven a vernos.

Dánosle hoy y en cualquier momento.

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Ilustración: @pedripol

A los náufragos se les llamó alguna vez los hijos de Zeus. Lo recordaba Antonio Zoido, una década atrás, en un libro que exploraba el escalofrío de las migraciones clandestinas en el Mediterráneo. Las de hoy, junta bajo los mismos puentes de playa, a los fugitivos de la muerte armada o a los muertos de hambre o de aburrimiento, a quienes huyen de las masacres, de las pandemias y de las hambrunas, junto con quienes huyen de sátrapas propios o ajenos, la falta de horizontes, el miedo al mismo miedo.

La provincia de Cádiz fue su playa de desembarco, hasta que el poder empezó a invertir más en muros de seguridad que en medidas de salvamento. Las rutas fueron cambiando y se hicieron más peligrosas, a medida que el SIVE fue escudriñando con éxito policial y con fracaso humano las turbulentas aguas del Estrecho. Entonces, surgió la vía de Canarias y luego, la del sur de Italia. Hoy, jóvenes marroquíes que quieren llegar a Europa cruzan todo el Magreb para ello. Y hasta la oficina de refugio que han instalado en la frontera de Melilla sólo logran llegar los sirios ricos tras un largo viacrucis de sobornos: la gendarmería marroquí se encarga de que no puedan acceder hasta allí los negros, que terminan brincando a las vallas o cruzando por las playas de Ceuta, a fuer de que las fuerzas de seguridad contribuyan a su muerte, sin que la justicia haga algo más que pegar un carpetazo a su masacre.

El mapa del espanto, en la primera plana de las noticias, ha desplazado el Estrecho de Gibraltar y su viejo cementerio marino, hacia las costas de Siracusa y de Sicilia, o hacia las fronteras de Grecia, Macedonia y Serbia. Cuando no salpica a los referendos de Gran Bretaña o de Suiza, a la irresistible ascensión del huevo de la serpiente en la vieja Europa. La ciudadanía bienpensante se alarma por el hecho de que nos invadan aquellos que vienen a buscarse la vida, pero termina votando a quienes buscan la muerte de los derechos civiles, la mordaza de las libertades, la identidad democrática del continente.

El mayor número de personas desplazadas desde la Segunda Guerra Mundial vuelven a tocar a las puertas de Europa y la única respuesta que reciben es la del miedo. No se trata del miedo a un sistema que provoca el exilio económico de millones de seres humanos en Asia, en Africa o en América. Ni siquiera se trata del miedo a un sistema político y militar que provoca guerras  calculadas, en las que sin embargo nadie calcula el impacto sobre la población civil, esa eterna víctima colateral, esa carne de cañón que cae despedazada entre el programa del corazón y los telediarios, la que se queda sin casa poco antes de llegar a las páginas del crucigrama o de la agenda cultural, la que empieza a peregrinar entre bombardeos químicos, ejecuciones rituales o discursos sobre geo-estrategia y alianzas internacionales.

Europa no le tiene miedo al poder, sino a esa gente, a esos niños inermes entre los antidisturbios, al alarido de las mujeres que acaban de quedarse sin familia, a los ojos de los viejos que hace mucho que se quedaron sin el brillo tenue de la esperanza. Le tienen miedo a los inmigrantes, a los exiliados, a los que buscan refugio o asilo, quizá por la  sencilla razón de que no tienen nada que perder. O quizá porque aquí, a este lado del mundo, hemos perdido los papeles, hemos perdido el norte, hemos perdido la razón de ser de la Unión Europea; aquel viejo proyecto de la Europa de los pueblos, aquella búsqueda de un estado del bienestar que no sólo repartiera pan sino rosas, que incluyera la libertad, la igualdad y la fraternidad como únicas banderas. Ahora, el miedo y sus votos están llenando de racistas y xenófobos los parlamentos comunitarios. Ahora, ese sentimiento de odio o de recelo, vocifera incluso contra la propia Angela Merkel ante un centro para extranjeros en Alemania. Ahora, los democráticos estados europeos, incluyendo el español, ponen todo tipo de pretextos para no aceptar una mínima cuota de asilados, a pesar de ser cómplices en las circunstancias que vienen incendiando históricamente Oriente Próximo y más recientemente el norte de Africa, desde Libia  a Siria, o mucho más allá, Irak o Egipto,  por no hablar de la eterna asignatura pendiente de  Palestina. Quienes derrocaron en su día al tirano Sadam Hussein mediante una guerra estúpida y cruel en la que España participó plenamente, se preguntan ahora de donde han salido las capuchas del Estado Islámico y su escalofriante legión de adeptos.

En Andalucía, llevamos asistiendo desde finales de los años 80 a una masiva tocata y fuga de la barbarie, a una legítima huida del hambre, al desesperado plan de escape de miles de personas que intentaban alejarse de la muerte en los Grandes Lagos, del fanatismo en Nigeria o en Mali, de la corrupción o de la falta de horizontes  en Senegal o en Marruecos. Por no hablar de las rutas que venían desde Asia, arrastrando en su peregrinaje a millones  de sueños convertidos en pesadillas, a manos de las mafias, de los gendarmes o de la cerrazón de la burocracia y de los estados, que a veces es peor que los gendarmes y que las mafias.

A lo largo de treinta años, la única respuesta que hemos sabido formular desde nuestro país, frente a un suceso que venía llenando de cadáveres la fosa común de este mar, fue el de la represión. Desde la palabrería del efecto llamada a leyes de extranjería cada vez más restrictivas, que a escala comunitaria siguen provocando que en la Unión Europea haya, hoy por hoy, alrededor de doce millones de personas sin papeles. Esto es, sin derechos. Esto es, sin deberes. Esto es, sin derecho a ser ciudadanos, sin derecho a ser personas.

Ahora, cuando el discurso  del pánico vuelve a llenar las campañas electorales, y se les niega incluso el derecho a la salud o se pretende controlar  policialmente a quienes usen nuestros hospitales y ambulatorios,  es la hora de preguntar y de preguntarnos, qué hemos logrado con los sofisticados sistemas  de vigilancia que pueblan nuestras costas, lo que contrasta con la cada vez menor cuantía de  los  presupuestos de cooperación internacional

Hoy, España es un país más diverso que hace tres décadas. Y, aparentemente, la convivencia entre los españoles llegados de no importante donde o nacidos en esta tierra, no ha provocado grandes altercados, pero resulta patético que nos hayamos acostumbrado a los naufragios del sur, que hayamos legalizado toscamente las devoluciones en caliente, que nuestros agentes disparen a los desposeídos en lugar de a los saqueadores de guante blanco o que, como ocurriera en otras épocas, haya manteros muertos al caer de un balcón o encarcelados como si supuestamente hubieran cometido el mismo fraude de Rodrigo Rato.  

Tampoco hemos ofrecido una alternativa adecuada a los Cies, a los centros de internamiento de extranjeros, que supuestamente no son cárceles pero que son peores que las cárceles. Un limbo jurídico con sabor a infierno. Un lugar en ninguna parte, donde se hacinan y desesperan los supervivientes de la derrota, en circunstancias que vienen denunciando regularmente las organizaciones no gubernamentales y que todos los gobiernos, hasta ahora, han venido desoyendo con impunidad alarmante.

Durante décadas, nos levantamos en pie de paz contra el centro de Capuchinos en Málaga, donde la muerte empezaba a ser una rutina. Al menos, aquel cerró sus puertas. Pero, ¿qué decir de la obsoleta prisión de La Piñera en Algeciras, donde el tercer mundo sigue vigente para quienes huyen de él? O del viejo cuartel de la Isla de las Palomas, en Tarifa, cuyo cierre como centro de internamiento de extranjeros venimos exigiendo desde que ni siquiera se permitía el acceso al interior a nadie que no fueran los propios funcionarios o las autoridades de la época.

Es oscura esta historia de mazmorras que supuestamente no lo son, de campos de concentración entre cuatro paredes, de confines donde se hacina a quienes vienen a buscarse la vida, como si tuvieran que pasar una cuarentena para poder adaptarse a una democracia que aquí pierde definitivamente su honesto nombre: desde Murcia hasta Aluche, asistimos a las fugas de migrantes de los CIEs. La reacción habitual es la del susto, la de la inseguridad ante su hambre suelta por las calles del Estado del malestar. Sin embargo, ¿no debiéramos preguntarnos qué hace detenidos cientos de seres humanos que sólo han cometido el delito de cruzar una frontera de forma inadecuada? Se dirá que toda medida de control es poca ante el yihadismo montaraz: ¿es que los autores de los atentados de Atocha, de París o de Bruselas, llegaron en patera? ¿No eran hijos desclasados de Europa o asesinos con todos los papeles en regla?

Si lográramos el cierre de la Isla de las Palomas, de La Piñera o de los otros CIEs, tal vez estaríamos lanzando un mensaje de luz hacia la otra esquina del mediterráneo, hacia Siracusa y Sicilia, hacia las fronteras de Macedonia y de Serbia, hacia la xenofobia creciente en Holanda, en Gran Bretaña, en Hungría o en Austria, la que le hace perder votos a Angela Merkel cuando su derrota tendría que estar ligada, desde la lógica del sur, por la implacable política económica frente a la crisis financieras que han terminado pagando los que nunca lograron financiarse. Quizá cabría pensar en que Europa recobrase el norte, la razón y los papeles si empezáramos por cerrar, después de treinta años de lucha, estos lugares donde el primer prisionero es el sentido común y esa imagen que vale por mil palabras, la de que nadie deba ser tratado como un indeseable por el simple hecho de desear más o menos lo mismo que nosotros tenemos. Y que, por cierto, también estamos perdiendo en la vieja europa, bajo los CIEs de la austeridad impuesta, bajo los antidisturbios de las leyes mordaza, bajo la hipoteca de la utopía cuya cláusula suelo nos convierte en esclavos de quienes pretendieron vendernos el cielo raso de la  clase media y todavía nos reprochan que sigamos soñando por encima de nuestras posibilidades.