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Jj telez
Ilustración: Pedripol

Quizá usted no lo sepa, pero cuando en estos días visite los mercados gaditanos –desde Sanlúcar a Algeciras pasando por los puestos disfrazados de la capital–, no sabrá probablemente que está asumiendo un papel decisivo en lo que los antropólogos llaman ahora globlocalización. Esto es, que lo local se convierta en global y viceversa, frente al pensamiento único de la estricta globalización mercantil.

En esta provincia y en otros puntos del mapa, la tradición de los tosantos supone un claro ejemplo de resistencia frente a Halloween. Esto es, de identidad profunda basada en la memoria de las costumbres, frente a los hábitos y modas impuestos desde el mainstream de los grandes medios de comunicación de masas.

No tengo nada contra Halloween: también crecí contemplando, en el cine y en la televisión, las curiosas peripecias de un puñado de niños gringos que seguramente no sepan que noviembre no es febrero, vestidos de fantasmas con una calabaza iluminada y exigiendo casa por casa el binomio imposible de truco o trato. Como si los entrenaran para asistir eternamente al pulso electoral entre republicanos y demócratas, entre el fuego y las brasas, entre Guatemala y Guatepeor.

De Halloween, confieso que me gusta su algarabía infantil, su repelús de espanto, con esa risa cómplice que sirve como antídoto contra la muerte. El problema estriba es que las sociedades van perdiendo memoria histórica, antropológica o simplemente memoria. Y que los niños apenas juegan en las calles. Y que, por el Smart tv. un mercado que huela a castañas, almendras o caña dulce, no parece demasiado cool. El problema –lo estamos viendo en estos días en Cataluña—no es la convivencia sino la asimilación. ¿Seremos capaces de mantener vivos a nuestros muertos de Tosantos o serán fagocitados por esa explosión semicarnavalesca de otoño que tanto pregonan los grandes comercios, las campañas de publicidad y todas las series televisivas al uso?

Incluso se está perdiendo la costumbre de que en los teatros programen el Don Juan de Zorrilla o el de Tirso, en estas fechas: el escritor gaditano Rafael Marín ha escrito una asombrosa, exhaustiva e intrépida novela sobre el mito donjuanesco, emplazándolo al rincón exacto de la historia. ¿Qué hubiera sido de su vida si realmente hubiera vivido en aquellos tiempos convulsos? Don Juan hablaba con los muertos o con su conciencia en el último acto de la obra. Pero ya nadie cree siquiera que los muertos mueran realmente: todo es aséptico, como en esas funciones en las que los cadáveres se levantan cuando cae el telón para saludar al respetable. La gente ya no muere en sus casas: lógico, si apenas viven en ellas. Y a los niños se les endulza la realidad, en vez de que vayan conversando con ella, por amarga que sea, en los viejos velatorios que servían para que las carcajadas del chiste atenuaran el luto de un fantasma que a todos por igual nos acecha.

Mejor sería, para reconciliarnos con la rueda del tiempo, con el ubi sunt tan medieval y tan certero, que aprendiéramos de otras tradiciones que tampoco son invitadas a los dibujos animados o a los videojuegos: en las aldeas del norte de Marruecos, pervive el hábito extraño de encender una vela para que las almas en pena se orienten en la oscuridad. Y, a su lado, un cuenco de leche para que beban o una toalla para que mitiguen el sudor de lo eterno. Mi abuela también encendía –y no era marroquí aunque llevara algo parecido a un hiyab, el pañuelo mediterráneo más que musulmán—una mariposa que flotaba sobre el aceite en las noches de mi infancia, en nombre de aquellos seres queridos que le faltaban. Me asustaba ver como crecía cada año el número de lamparillas y ahora compruebo –Luis Quintero, Paloma Ramírez, tantos otros difuntos míos no tan públicos— cómo también van multiplicándose sus ausencias en mi disco duro.

El carnaval de Cádiz resistió bajo la mascarada de las Fiestas Típicas porque su código genético permanecía íntimamente impreso entre sus partidarios. Lo mismo ocurre ahora con la fiesta de los Reyes Magos, tan invadida por Papá Noel, Santa Claus o como quieran llamarle. Desde la espectacularidad de la cabalgata de Sevilla a la emocionante complicidad que despierta la de Cádiz, más allá de los eventos multitudinarios, su inocencia íntima, su gozo familiar, viene a demostrarnos que es posible la convivencia entre el arcano trimilenario y la discutible modernidad de la milennial generation: hace años, Felipe Benítez Reyes, obtuvo el premio Nadal por una novela paródica titulada “Mercado de espejismos”, uno de cuyos asuntos versaba en torno al mito de los Reyes Magos, que fueron tres o cuarenta según se atienda a los evangelios constitucionales o los apócrifos. Yo los prefiero al anuncio con que Coca Cola vistió de rojos al tradicional gordinflón de traje verde que lograba entrar por las chimeneas nórdicas cargado de regalo. Sin embargo, desde hace cincuenta años a estos días, todos esos personajes conviven en nuestro imaginario navideño, como también lo hacen, por ahora, Halloween y Tosantos, la Semana Santa playera y la de olor a incienso, etcétera, etcétera.

Quizá sea porque nuestra identidad real sea tan promiscua como pagana y que, en realidad, con esos pequeños gestos cotidianos estamos resistiendo al dogma,  a la yihad, a la colonización cultural o a los decretos leyes, con la misma parsimonia que los añejos habitantes de estos predios vieron llegar a los fenicios con sus tintes del otro lado del mar, a los griegos con Ulises al frente, a la Roma a la que exportábamos emperadores y bailarinas, a los tardorromanos que se mezclaron con los vándalos que dieron nombre a Andalucía y estos a su vez con árabes, bereberes, sefarditas, gitanos o negros compravendidos en las lonjas de esclavos de Sevilla y de Cádiz. Quizá sea que hemos visto venir demasiados imperios para que ninguno nos llegue a conquistar del todo y todos hayan dejado, en cambio, un cierto rastro en nuestra piel de siglos, en nuestro ADN colectivo, en esa hermosa capacidad de resiliencia, esa palabra italiana un tanto cursi, que viene a significar que hay que vivir la vida mientras la historia transcurre.

Así que en estos días, acudiré a la plaza, oleré sus sonidos y veré sus olores. Pero ello no me impedirá que cuando una niña llame a la puerta disfrazada de bruja, gangoseando truco o trato en el idioma de la inocencia, yo le diga: truco y trato, con un puñado de caramelos.

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Jj telezCuatro años atrás, Javier Ruibal y Tito Muñoz escribieron una canción contra la avaricia, la posibilidad cierta de matar el paraíso y llenar de pisos los mares del surf:

sálvame Valdevaqueros

salte del negocio turbio

gaditano mamporrero

De nuevo, frente a la ensenada de Valdevaqueros, en Tarifa, podría levantarse una macro-urbanización con hoteles incluidos, una vez que el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía haya anulado el Plan de Protección del Litoral con el que la Junta de Andalucía establecía una barrera de 500 metros para no enladrillar la costa. La noticia, que ha trascendido hace unos días, vuelve a poner sobre la palestra el modelo de turismo por el que debiéramos apostar para que la primera industria de la provincia sea sostenible y no terminemos matando a la gallina de los huevos de oro.

No es el único disparate urbanístico que acecha a medio plazo, después de esta resolución y en base a algunos precedentes legales. Desde hace once años vienen planificando una expansión hotelera en la zona de El Palmar, dentro del término de Vejer de la Frontera, desde el camino de Marcucaña a la playa de Mangueta, en una iniciativa controvertida que lleva sobre la mesa desde entonces y que ni siquiera amparaba plenamente el plan de protección al que se ha dado la puntilla y cuyo texto rezaba al piel de la letra lo siguiente: «El POT fija zonas de interés territorial y limita los usos que se puedan destinar debido a sus valores como territorio natural y paisajístico. El litoral se protege mediante el establecimiento del corredor litoral (200 metros) y la zona de influencia del litoral (500 metros), en los que se prohíben usos residencial e industrial y se fomentan los equipamientos y usos hoteleros».

Las contradicciones en la normativa urbanística y los distintos niveles de decisión a escala administrativa tampoco han contribuido a disipar dudas sobre este nuevo intento de masificación de la costa gaditana: en el PGOU de Vejer, de 2007, se contemplaba la posibilidad de construir dos zonas residenciales y unas 1.200 plazas hoteleras, aunque tres años después se descartó la construcción de un campo de golf en esa misma área.

Mientras la turismofobia aflora en distintos lugares de la Península, desde Baleares a Cataluña, Cádiz se aferra, sin embargo, al turismo como un clavo ardiendo para la creación de empleo, aunque las cifras de contrataciones dignas y la precariedad extrema del sector contradigan abiertamente el optimismo de las cifras de ingresos que maneja el empresariado.

El caso de la capital gaditana puede ser un paradigma sobre la necesidad de un debate amplio sobre este particular: la arribada de cruceros al muelle supone, desde luego, una inyección de colorido y de euros para las calles y el pequeño y mediano comercio. Sin embargo, en gran medida los grupos turísticos relacionados con esta actividad se desplazan a otros lugares próximos, como Jerez de la Frontera o Sevilla, donde los servicios y atracciones que se ofertan quizá responda mejor a las expectativas de los viajeros pero, especialmente, a las de los turoperadores.

Desde el panel irregular de los alojamientos turísticos, a menudo sin establecimientos de mediano calibre y con cierta falta de regulación en determinados paraderos, al factor del levante como un elemento disuasorio o atractivo, según los casos, haría falta reflexionar en voz alta sobre la primera industria provincial. Los especialistas en la materia llevan haciéndolo desde hace tiempo, sobre todo a la hora de planificar las campañas de captación de clientes, aunque quizá debiéramos apostar por una reflexión transversal, que interese a los distintos organismos públicos con responsabilidad directa o indirecta en la materia, y a la sociedad civil que pueda aportar ideas para incrementar la rentabilidad y, al mismo tiempo, proteger el medio.

¿Tiene sentido, por ejemplo, que la antaño exótica Bolonia se convierta ahora en un enorme estacionamiento de utilitarios con un parque de sombrillas porcentualmente similar al de Benidorm? ¿No sería viable la creación de una bolsa de aparcamientos en el cruce de la N-340 y la utilización de lanzaderas para llevar a los usuarios hacia el viejo paraíso jipi? Un simple ejemplo, quizá, de la necesidad de aportar imaginación antes que desarrollo al DAFO del turismo provincial.

A Javier Krahe le solicite en cierta ocasión un artículo sobre Zahara de los Atunes, su patria profunda y en donde la muerte vino a recogerle. Se negó durante largo tiempo alegando que no pretendía masificar aún más ese refugio costero al que se fue a vivir por temporadas cuando aún parecía virgen. Finalmente, escribió aquel texto, sólo que en el último párrafo jugó con la sorpresa: “Ahora, gritad conmigo, ¡Viva Zahara de la Sierra!”. También Krahe, que como bien es sabido no jugaba al militarismo, opinaba que la única batalla que había ganado el Ejército español en los últimos tiempos era la guerra contras las hormigoneras en el litoral de Cádiz, ya que las hipotecas territoriales del ministerio de Defensa, en esta zona, habían logrado frenar a las milicias de los especuladores, que campaban por sus respetos en otros puntos del mapa.

¿Tenemos el derecho de convertir ahora la provincia gaditana en una formidable máquina tragaperras por encima de la preservación de la belleza, que es uno de los principales alicientes para que alguien venga a visitarnos al país del viento? Hemos logrado vender bien los atractivos gaditanos. Ahora toca, sencillamente, conservarlos antes de que las piquetas de la ambición y una previsible turismofobia entren a demoler varias décadas de esperanza.

 

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La reciente muerte de Juan Bellido nos empuja a la escalofriante confirmación de que, poco a poco, van desapareciendo algunos de los principales representantes de una época dorada del teatro en Cádiz, la que media entre las décadas del 60, 70 y 80 del siglo pasado.

Lo terrible del caso es que si rastrean por internet apenas encontrarán ninguna pista que conduzca hacia el palmarés teatral de Bellido, uno de los principales actores de aquel tiempo, cuya presencia era inexcusable en los montajes de Carrusel o de Cámara, que buscó otros rumbos y que finalmente retornó a la capital gaditana donde colaboró con propuestas tan heterodoxas como las del grupo Danza 88, La Tirana o La Bella Tatoo, o respaldó montajes teatrales de la Asociación de Enfermos Mentales, en un compromiso escénico que venía a encarnar su propio compromiso cívico.

La metáfora de la muerte

El Ayuntamiento de Cádiz, para el que trabajó durante el último periodo de su vida hasta que no volvieron a contratarle, le dedicó el Día Mundial del Teatro. Ese día, se leyó un manifiesto de Miguel Angel García Argüez, poeta, actor, autor carnavalesco, narrador y docente, tras un montaje realizado por la Asociación de Actores y Actrices de Cádiz Cádiz (AACC), a partir de un tribunal oficial que decreta el fusilamiento masivo del teatro: “La metáfora es la muerte que vive en el teatro a través de los tiempos y su continuo renacer”.

¿Podemos estar seguro de ese renacer? Talento hay, como hubo en el pasado. Sin embargo, cabe preguntarnos por qué aquel esplendor teatral que se vivió en la capital gaditana y en buena parte de la provincia durante el tardofranquismo no llegó a consolidarse con la democracia, al margen del esfuerzo, el instinto y la pericia técnica de quienes han seguido atreviéndose a pisar la escena en esta tierra.

Tellez inside 1Hubo un tiempo, sin embargo, en que el Estado lejos de facilitar subvenciones auspiciaba mordazas, detenciones y censuras. Sin embargo, allí estaba Gris Pequeño Teatro, por ejemplo, o Quimera Teatro Popular, que dirigiera el ya fallecido José María Sánchez Casas, alias Garratón, antes de ser encarcelado como fundador del PCE (r) y de los GRAPO: escenificaban textos de Manuel Pérez Casaux, que también se nos ha ido sin el tributo literario y teatral que merecía. Nacido en 1929, Pérez Casaux llegó a escribir un total de 29 obras entre comedias y dramas, viajes desde el teatro del absurdo a Bertolt Brecht.  De todas esas piezas, se estrenaron catorce, empezando por “La cena de los camareros” o “Historia de la divertida ciudad de Caribdis”, que inauguró el Festival de Sitges en 1969, o La familia de Carlos IV, dirigida por José Luis Alonso de Santos. Por no hablar de sus cinco novelas cortas, sus narraciones breves o textos de referencia como su novela Las raíces al aire o “Días de tomillo y orozuz”.

Antes, mucho antes del Festival Iberoamericano de Teatro, Angel de Dueñas ganaba distintos premios en 1976 en el festival de la Juventud en Cuenca con una versión de “El Principe Constante”, de Calderón, mucho antes de decantarse por el mimo, después de “Axas” y de “La prisión” de Kenneth Brown y una vez que Jesús Morillo y Miguel Angel Butler se escindieran para crear “Carrusel”. Este último grupo debutó en 1973 onSu primer montaje fue el de “Los justos”, de Albert Camus, pero dieron la vuelta a España con “Las criadas”, de Jean Genet, incorporando a Ramón Rivero que se dejaría ver luego como Maria Antonieta en una versión de “1789, la ciudad revolucionaria no es de este mundo”, que Cámara volvió a llevar a escena pocos años después. Luego, Rivero se enfrentaría sólo al escenario con monólogos, poemas y su montaje más célebre, “Legionaria”, basado en el relato homónimo de Fernando Quiñones, que condujo a la creación con Santiago Escalante del Teatro Mentidero en el que sigue militando hasta que su salud, cada vez más precaria, se lo permita. ¿Quién recogerá su legado, el ingente archivo de una de las compañías de teatro más señeras del último medio siglo?

Fábrica de actores

Carrusel no sólo fue una fábrica de actores, entre quienes figuró Bellido, sino que supuso un largo viaje escénico e iniciático en el que cupieron libretos propios como “La balada perdida”, una función más tarde llamada Tríptico inacabado sobre una conjura de libertadores, o Romance de un pueblo olvidado (más tarde llamada) Misa negra y réquiem de sublevados, todos ellos firmados por Jesús Morillo, a lo que cabría añadir Medea. Rito y ceremonia sobre una leyenda inmortal, en versión del mismo, junto con recreaciones del Marat-Sade de Peter Weiss o “La Divina Comedia”, de Dante Alighieri. El grupo se disolvió en 1984, aunque sus integrantes siguen más o menos en activo, desde el cine como es el caso del magistral Manuel Morón a la enseñanza teatral, como el propio Butler.

Antes de disolverse, emprendieron una aventura exterior, con menor duración que la que sigue llevando a cabo La Zaranda, desde Jerez de la Frontera, con una impecable y larga trayectoria, que todavía perdura a escala nacional e internacional.  Era una época en la que descollaban actrices formidables como May Vázquez, o directores como Andrés Alcántara o Jesús del Río buscaban nuevas promesas teatrales en la comunidad parroquial de Santo Domingo, o el primero se atrevía con una versión de “La balada del tren fantasma”, de Francisco Arrabal, con el incansable Eduardo Valiente o el narrador Rafael Marín.

En plena transición, se pusieron de moda los cafés teatro –el último fue abierto en Algeciras, hace unos veinte años por Antonio Romera “Chipi”, el vocalista y compositor del grupo La Canalla. Pero el primero corrió a cargo de Pedro Delgado, actor y director del Grupo Valle Inclán, que puso en marcha semejante iniciativa en la gaditana calle de Enrique de las Marinas. Luego, durante largos años dirigiría el Teatro Estable en Algeciras, la ciudad donde se refugiaron Juan Luis Muñoz y Maria Eugenia Ferrera, que crearon el grupo La Algarabía, después de militar en el célebre Teatro Estudio Lebrijano. Toda una cantera de actrices y de actores entre quienes deben mencionarse necesariamente a los hermanos Carlos y Victor Clavijo o al dramaturgo Juan Alberto Salvatierra. Tellez inside 2

Toda la provincia, en ese momento, conocerá un creciente interés por el teatro, desde Puerto Real con el también malogrado Alfredo Los a La Línea de Angel Garó y El Puerto de Santa María, a manos de Montse Torrent. En la Estación de San Roque, la patria chica del gigantesco Juan Luis Galiardo, comenzaría a estrenar sus propias obras José Chamizo, a partir de un grupo dirigido por Juan Carlos Galiana. La lista de nombres se haría interminable: desde la escritora isleña Ana Rossetti, emigrada a las bambalinas de Madrid, o Alberto Petthengui y Juan Luis Romero Peche, que se abrían paso a bocados en la escena sevillana.

Todo ello pareció esfumarse, aunque queden grupos que sigan renovando su vieja piel teatral. Un cierto teatro de Cádiz, sin embargo, se nos muere. Juan Bellido –que conste– era una de sus principales referentes. Y hoy es una de sus fundamentales ausencias.

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Tellez

Ilustración: pedripol

Pluga que los magos traigan las bienaventuranzas y los vertiginosos milagros, el oro de la justicia, el incienso del amor y la mirra de la belleza.

¿A dónde debemos escribir para que traigan árboles nuevos sobre el viejo Amazonas, el regalo de un beso envuelto en celofán bajo el árbol del club de los corazones solitarios, el breve escalofrío de la paz en los tenebrosos territorios de la infamia, la salud y la libertad como una emoción bajo la piel y no como productos en los escaparates del mercado?

Por lo demás, quizá un scalextric que nos saque de cualquier atolladero, callejones con salida, autopistas hacia el cielo y bulevares con sueños en perfecto estado de revista. Que por la chimenea de las epifanías alguien arroje una ración de trabajo sobre la mar de las bahías a las que empobreció la avaricia. Que vuelvan las leyendas de hoy contra el mundo de siempre, leyes sin mordaza, pupitres de madera contra la fe los carboneros, suficientes camas de hospital construidas tal vez con los presupuestos de la guerra de las galaxias.

Ojalá que vuelvan a venir de oriente la música de la seducción en lugar del estruendo de los desesperados. Que cuando amanezca veamos sobre la alfombra del tiempo un reguero de palabras sin usar, una noche de irrompibles cristales de utopía, un abrazo a la salida de las cárceles que a partir de entonces sólo encierren el miedo.

Que todos los viajes conduzcan a alguna parte. Que los refugiados obtengan refugio y los inmigrantes terminen de serlo en cuanto lleguen a donde les oriente su estrella. Que dejen de nacer bebés en los portales y mesías en los templos de las supercherías, de las cuentas de vidrio y de los cetros dorados.

Que el teléfono de la esperanza deje de comunicar. Que los misiles apunten hacia las cuentas bancarias. Que en la oca de la historia saltemos del laberinto al treinta. Que no nos regalen solitarios sino juegos reunidos. Que el viento sople a favor y nunca nos quedemos a dos velas.

El niño que fui desea seguir siéndolo siempre, tomen nota de ello, para que Peter Pan no tenga mala fama y el capitán Garfio pierda más temprano que tarde su prestigio. Que los sonidos del silencio sean tambores de paz y no gritos de pánico. Que encontremos a tiempo la escalera de incendios, antes de que el fuego inunde el palacio de invierno, las casas blancas y las salitas de estar. Que alguien traiga carbón para ahuyentar la miseria y crear diamantes. Que sólo muera la muerte, que siempre viva la vida.

Que las sirenas dominen a los dragones, que nadie recorte los presupuestos de alas en la espalda y grandes horizontes. Que los seres humanos paseen libres por las grandes alamedas y nadie más tenga que morir para hacerlo posible. Que lo prometido sea duda. Que nos sumerjamos hasta encontrar las perlas de la corona de la verdad perdida y que sepamos que sólo será posible recomponerla en el caso de ir juntándolas una por una, porque siendo de todos no le pertenece a nadie.  

Que el amor se haga, que las caricias venzan a los huracanes, que el alma no sea un juguete y que la nostalgia nunca se convierta en una camisa de fuerza. Que las aspas de los molinos se alíen con los hidalgos y que los pancistas nunca gobiernen las ínsulas de este viejo planeta que hace mucho dejó de creer en vosotros, los únicos reyes a los que rindo pleitesía, la ilustre monarquía del deseo contra la república bananera de la realidad.

Ni Dios ni amo, de acuerdo, ¿cuándo nos regalaron algo?. Pero que nunca falte la magia nuestra de cada día, la de la sonrisa infinita de los desayunos, la de la ternura cómplice en el salón de los pasos perdidos, la de los ojos que chispean cuando vuelven a vernos.

Dánosle hoy y en cualquier momento.

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Ilustración: @pedripol

A los náufragos se les llamó alguna vez los hijos de Zeus. Lo recordaba Antonio Zoido, una década atrás, en un libro que exploraba el escalofrío de las migraciones clandestinas en el Mediterráneo. Las de hoy, junta bajo los mismos puentes de playa, a los fugitivos de la muerte armada o a los muertos de hambre o de aburrimiento, a quienes huyen de las masacres, de las pandemias y de las hambrunas, junto con quienes huyen de sátrapas propios o ajenos, la falta de horizontes, el miedo al mismo miedo.

La provincia de Cádiz fue su playa de desembarco, hasta que el poder empezó a invertir más en muros de seguridad que en medidas de salvamento. Las rutas fueron cambiando y se hicieron más peligrosas, a medida que el SIVE fue escudriñando con éxito policial y con fracaso humano las turbulentas aguas del Estrecho. Entonces, surgió la vía de Canarias y luego, la del sur de Italia. Hoy, jóvenes marroquíes que quieren llegar a Europa cruzan todo el Magreb para ello. Y hasta la oficina de refugio que han instalado en la frontera de Melilla sólo logran llegar los sirios ricos tras un largo viacrucis de sobornos: la gendarmería marroquí se encarga de que no puedan acceder hasta allí los negros, que terminan brincando a las vallas o cruzando por las playas de Ceuta, a fuer de que las fuerzas de seguridad contribuyan a su muerte, sin que la justicia haga algo más que pegar un carpetazo a su masacre.

El mapa del espanto, en la primera plana de las noticias, ha desplazado el Estrecho de Gibraltar y su viejo cementerio marino, hacia las costas de Siracusa y de Sicilia, o hacia las fronteras de Grecia, Macedonia y Serbia. Cuando no salpica a los referendos de Gran Bretaña o de Suiza, a la irresistible ascensión del huevo de la serpiente en la vieja Europa. La ciudadanía bienpensante se alarma por el hecho de que nos invadan aquellos que vienen a buscarse la vida, pero termina votando a quienes buscan la muerte de los derechos civiles, la mordaza de las libertades, la identidad democrática del continente.

El mayor número de personas desplazadas desde la Segunda Guerra Mundial vuelven a tocar a las puertas de Europa y la única respuesta que reciben es la del miedo. No se trata del miedo a un sistema que provoca el exilio económico de millones de seres humanos en Asia, en Africa o en América. Ni siquiera se trata del miedo a un sistema político y militar que provoca guerras  calculadas, en las que sin embargo nadie calcula el impacto sobre la población civil, esa eterna víctima colateral, esa carne de cañón que cae despedazada entre el programa del corazón y los telediarios, la que se queda sin casa poco antes de llegar a las páginas del crucigrama o de la agenda cultural, la que empieza a peregrinar entre bombardeos químicos, ejecuciones rituales o discursos sobre geo-estrategia y alianzas internacionales.

Europa no le tiene miedo al poder, sino a esa gente, a esos niños inermes entre los antidisturbios, al alarido de las mujeres que acaban de quedarse sin familia, a los ojos de los viejos que hace mucho que se quedaron sin el brillo tenue de la esperanza. Le tienen miedo a los inmigrantes, a los exiliados, a los que buscan refugio o asilo, quizá por la  sencilla razón de que no tienen nada que perder. O quizá porque aquí, a este lado del mundo, hemos perdido los papeles, hemos perdido el norte, hemos perdido la razón de ser de la Unión Europea; aquel viejo proyecto de la Europa de los pueblos, aquella búsqueda de un estado del bienestar que no sólo repartiera pan sino rosas, que incluyera la libertad, la igualdad y la fraternidad como únicas banderas. Ahora, el miedo y sus votos están llenando de racistas y xenófobos los parlamentos comunitarios. Ahora, ese sentimiento de odio o de recelo, vocifera incluso contra la propia Angela Merkel ante un centro para extranjeros en Alemania. Ahora, los democráticos estados europeos, incluyendo el español, ponen todo tipo de pretextos para no aceptar una mínima cuota de asilados, a pesar de ser cómplices en las circunstancias que vienen incendiando históricamente Oriente Próximo y más recientemente el norte de Africa, desde Libia  a Siria, o mucho más allá, Irak o Egipto,  por no hablar de la eterna asignatura pendiente de  Palestina. Quienes derrocaron en su día al tirano Sadam Hussein mediante una guerra estúpida y cruel en la que España participó plenamente, se preguntan ahora de donde han salido las capuchas del Estado Islámico y su escalofriante legión de adeptos.

En Andalucía, llevamos asistiendo desde finales de los años 80 a una masiva tocata y fuga de la barbarie, a una legítima huida del hambre, al desesperado plan de escape de miles de personas que intentaban alejarse de la muerte en los Grandes Lagos, del fanatismo en Nigeria o en Mali, de la corrupción o de la falta de horizontes  en Senegal o en Marruecos. Por no hablar de las rutas que venían desde Asia, arrastrando en su peregrinaje a millones  de sueños convertidos en pesadillas, a manos de las mafias, de los gendarmes o de la cerrazón de la burocracia y de los estados, que a veces es peor que los gendarmes y que las mafias.

A lo largo de treinta años, la única respuesta que hemos sabido formular desde nuestro país, frente a un suceso que venía llenando de cadáveres la fosa común de este mar, fue el de la represión. Desde la palabrería del efecto llamada a leyes de extranjería cada vez más restrictivas, que a escala comunitaria siguen provocando que en la Unión Europea haya, hoy por hoy, alrededor de doce millones de personas sin papeles. Esto es, sin derechos. Esto es, sin deberes. Esto es, sin derecho a ser ciudadanos, sin derecho a ser personas.

Ahora, cuando el discurso  del pánico vuelve a llenar las campañas electorales, y se les niega incluso el derecho a la salud o se pretende controlar  policialmente a quienes usen nuestros hospitales y ambulatorios,  es la hora de preguntar y de preguntarnos, qué hemos logrado con los sofisticados sistemas  de vigilancia que pueblan nuestras costas, lo que contrasta con la cada vez menor cuantía de  los  presupuestos de cooperación internacional

Hoy, España es un país más diverso que hace tres décadas. Y, aparentemente, la convivencia entre los españoles llegados de no importante donde o nacidos en esta tierra, no ha provocado grandes altercados, pero resulta patético que nos hayamos acostumbrado a los naufragios del sur, que hayamos legalizado toscamente las devoluciones en caliente, que nuestros agentes disparen a los desposeídos en lugar de a los saqueadores de guante blanco o que, como ocurriera en otras épocas, haya manteros muertos al caer de un balcón o encarcelados como si supuestamente hubieran cometido el mismo fraude de Rodrigo Rato.  

Tampoco hemos ofrecido una alternativa adecuada a los Cies, a los centros de internamiento de extranjeros, que supuestamente no son cárceles pero que son peores que las cárceles. Un limbo jurídico con sabor a infierno. Un lugar en ninguna parte, donde se hacinan y desesperan los supervivientes de la derrota, en circunstancias que vienen denunciando regularmente las organizaciones no gubernamentales y que todos los gobiernos, hasta ahora, han venido desoyendo con impunidad alarmante.

Durante décadas, nos levantamos en pie de paz contra el centro de Capuchinos en Málaga, donde la muerte empezaba a ser una rutina. Al menos, aquel cerró sus puertas. Pero, ¿qué decir de la obsoleta prisión de La Piñera en Algeciras, donde el tercer mundo sigue vigente para quienes huyen de él? O del viejo cuartel de la Isla de las Palomas, en Tarifa, cuyo cierre como centro de internamiento de extranjeros venimos exigiendo desde que ni siquiera se permitía el acceso al interior a nadie que no fueran los propios funcionarios o las autoridades de la época.

Es oscura esta historia de mazmorras que supuestamente no lo son, de campos de concentración entre cuatro paredes, de confines donde se hacina a quienes vienen a buscarse la vida, como si tuvieran que pasar una cuarentena para poder adaptarse a una democracia que aquí pierde definitivamente su honesto nombre: desde Murcia hasta Aluche, asistimos a las fugas de migrantes de los CIEs. La reacción habitual es la del susto, la de la inseguridad ante su hambre suelta por las calles del Estado del malestar. Sin embargo, ¿no debiéramos preguntarnos qué hace detenidos cientos de seres humanos que sólo han cometido el delito de cruzar una frontera de forma inadecuada? Se dirá que toda medida de control es poca ante el yihadismo montaraz: ¿es que los autores de los atentados de Atocha, de París o de Bruselas, llegaron en patera? ¿No eran hijos desclasados de Europa o asesinos con todos los papeles en regla?

Si lográramos el cierre de la Isla de las Palomas, de La Piñera o de los otros CIEs, tal vez estaríamos lanzando un mensaje de luz hacia la otra esquina del mediterráneo, hacia Siracusa y Sicilia, hacia las fronteras de Macedonia y de Serbia, hacia la xenofobia creciente en Holanda, en Gran Bretaña, en Hungría o en Austria, la que le hace perder votos a Angela Merkel cuando su derrota tendría que estar ligada, desde la lógica del sur, por la implacable política económica frente a la crisis financieras que han terminado pagando los que nunca lograron financiarse. Quizá cabría pensar en que Europa recobrase el norte, la razón y los papeles si empezáramos por cerrar, después de treinta años de lucha, estos lugares donde el primer prisionero es el sentido común y esa imagen que vale por mil palabras, la de que nadie deba ser tratado como un indeseable por el simple hecho de desear más o menos lo mismo que nosotros tenemos. Y que, por cierto, también estamos perdiendo en la vieja europa, bajo los CIEs de la austeridad impuesta, bajo los antidisturbios de las leyes mordaza, bajo la hipoteca de la utopía cuya cláusula suelo nos convierte en esclavos de quienes pretendieron vendernos el cielo raso de la  clase media y todavía nos reprochan que sigamos soñando por encima de nuestras posibilidades.

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Fotografía: Jesús Massó

La elección de Donald Trump como nuevo presidente de los Estados Unidos no añade, de entrada, mayor peligro al riesgo ya de por sí alto que supone la presencia estadounidense en las bases de Rota o de Morón, sino que suma incertidumbres. Máxime después del despliegue del escudo antimisiles que ha multiplicado tanto el potencial militar como el precio de los arrendamientos en el entorno de ambos enclaves. De seguir Donald Trump la hoja de ruta trazada por sus predecesores en la Casa Blanca, las hipotecas castrenses de Andalucía mantendrían sus viejas constantes que les han llevado a convertirse en blanco de posibles atentados yihadistas por su condición de formidable plataforma de desembarco armado en el mediterráneo o en el norte de Africa.

Sin embargo, ¿qué ocurrirá si los Estados Unidos de Trump consolidan un acuerdo armamentístico y político con la Rusia de Vladimir Putin? Moscú y Washington, en la actualidad, mantienen un claro pulso en esta misma área, como ha demostrado la flota rusa al intentar fondear recientemente en Ceuta, tal y como la de la Unión Soviética pretendiera ya en plena transición en la Bahía de Algeciras.

Ese pacto conllevaría, desde luego, que la Unión Europea quedaría definitivamente orillada en materia de defensa dentro de la OTAN y le resultaría sumamente difícil auspiciar una organización defensiva propia, como intentó inútilmente en su día con la Unión Europea Occidental.

En cualquier caso, todo ello demuestra que la provincia gaditana se mantiene en el ojo del huracán mundial, como demuestran, por otra parte, las repercusiones que el Brexit empieza a arrojar sobre Gibraltar, desde la devaluación de la libra que perjudica, entre otros, a doce mil trabajadores españoles y las inversiones británicas en los alrededores. En la proposición de soberanía conjunta que ha cursado el PSOE para contrarrestar los brindis al sol del ex ministro García Margallo, se habla acertadamente de política de población pero si España recuperase parte de la tutela política y administrativa de la Roca –hipótesis harto improbable, hoy por hoy–, nadie apostaría un céntimo porque el control se extendiese a la base militar de la Royal Air Force y de la Royal Navy, que se mantienen bajo exclusivas manos de Londres.

Una historia de más de medio siglo

Como es sabido, la historia de las bases americanas en la Península ibérica ya ha cumplido más de medio siglo. Tras la Segunda Guerra Mundial, España se quedó sin Plan Marshall. Sin embargo, la dictadura de Franco dejó de estar aislada del mundo sobre todo a partir de 1953 cuando firma  el Concordato con la Santa Sede y el primer acuerdo de cooperación con Estados Unidos, ese mismo año. En rigor, aquello se denominó Convenio de Defensa y ayuda Económica Mutua y fue firmado por los respéctivos gobiernos el 26 de septiembre de 1953. A las 16,13 horas de aquel día, en el Salón de Embajadores del ministerio español de Asuntos Exteriores, se firmó el Pacto Hispano-Norteamericano, para “la construcción de ciertas instalaciones militares”, con el fin de reforzar la preparación de Occidente para el mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales”.

La mayoría de los investigadores que se han aproximado a este fenómeno insisten en considerar que tanto dichos acuerdos como el concordato con la Santa Sede apuntalaron al régimen de Franco porque, a decir por ejemplo de Arcadi Oliveres, “de no haber existido  el tratado de amistad y cooperación entre España y Estados Unidos probablemente en aquel tiempo de los años cincuenta después de haber caído los fascismo de Europa también habría caído el régimen de Franco.

Aquellas “ciertas instalaciones militares” que mencionaba el acuerdo con Estados Unidos fueron las bases de Torrejón, Zaragoza, Morón y Rota, con un oleoducto que uniría dichos enclaves y que permitiría a la primera potencia mundial controlar el Estrecho y el mediterráneo Occidental. Diez años más tarde, en 1963, se ampliarían las funciones estratégicas del recinto naval de Rota, asumiendo competencias que hasta entonces venían ejerciendo bases norteamericanas en Marruecos. En 1966, el trasiego militar de Estados Unidos por Andalucía se tradujo en la caída accidental de una bomba en la localidad almeriense de Palomares. Medio centenar de personas moriría progresivamente en dicha zona como consecuencia de procesos cancerígenos y de leucemia. Allí, Luisa Isabel Alvarez de Toledo, la llamada Duquesa Roja, protagonizó entonces una serie de manifestaciones que le llevaron a prisión. De aquella experiencia, surgiría su novela “La Base” y su libro “Palomares”, publicado ya a comienzos del siglo XXI, sobre las consecuencias de aquel desastre que llevó a Manuel Fraga, entonces ministro de Información y Turismo, a bañarse en las aguas próximas al suceso.

Un peligro nuclear

Con las bases, llegó la leche en polvo y el rock and roll a través de sus emisoras. Incluso, fuera del acuerdo, Muñoz Grandes les brindó gratuitamente la acogida de submarinos atómicos. Pero, a pesar de que desde 1976, un nuevo protocolo recogía que Estados Unidos no almacenaría en España armas ni componentes nucleares lo que supuso en 1979 la retirada de los temibles Polaris,siguieron llegando a puerto sumergibles de carga o propulsión nuclear, por lo que en 1987, Greenpeace llegó a bloquear el puerto de la Base.

A tenor de Juan Clavero, de Ecologistas en Acción, “dentro de un ambiente o dentro de unas relaciones de buena vecindad pues se supone que los norteamericanos no tiene porque traer armamento el hecho es que lo traen que lo tenemos aquí y que estamos hablando de un territorio que junto con el área de Sevilla, podría afectar a dos millones de personas en caso de accidente”.

Clavero habla del caso del Tireless en Gibraltar, el sumergible de propulsión nuclear que durante un año fue reparado en el Peñón, a pesar de que su puerto no estaba preparado para ello; o de vertidos en la propia base de Rota que de haberse convertido en polución atómica podría aumentar exponencialmente el peligro para la población circundante. Por no hablar de los aviones militares que cruzan el espacio aéreo con proyectiles de uranio empobrecido: “Eso está pasando constantemente por encima de nosotros –opinaba hace unos años–; el día que se caiga un avión como decir la gente “no tientes a la suerte que algún día te falla” pues estamos tentando a la suerte aviones que están pasando cargados de armamento algunos de ellos de armamento radiactivo están pasando por encima del Puerto, por encima de Jerez, por encima de ciudades muy pobladas y tenemos aquí una auténtica bomba de relojería”.

Al año siguiente de la entrada de España en 0TAN, en 1986, se firmaría un nuevo convenio con los Estados Unidos. En el año 2000, ambos gobiernos volvieron a sentarse a la mesa y José María Aznar intentó meter de rondón en los acuerdos, sin éxito alguno, la incorporación de nuestro país al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y al G-7. Andando el tiempo, la situación actual no es la misma que en 1958 cuando abrieron las bases. Zaragoza y Torrejón dependieron pronto y en exclusiva de las autoridades militares españolas y en Rota y en Morón, la bandera de las barras y estrellas terminó por verse relegada, aunque hasta bien entrada la democracia, los hidrófonos que controlaban el paso de submarinos soviéticos por el Estrecho de Gibraltar, reportaban antes a la sede de la sexta flota en Norfolk (Virginia), que a Madrid, la capital del país que les daba cobijo.

Hacia el escudo antimisiles

Tras la caída del muro, la geoestrategia varió. Ahora, Rota presta soporte logístico a las unidades de la Sexta Flora en el Mediterráneo y al Comando Aéreo Móvil (AMC), de la USAF, en tránsito desde Alemania hasta el Sudeste Asiático. También es el único emplazamiento en el Mediterráneo capaz de dar apoyo a los Grupos Anfibios (ARG). Pero por allí también pasaron los siniestros vuelos de la CIA.  En su interior, más allá de las pistas de aterrizaje, se dan cita tres muelles con un alto número de atraques, junto a 426 edificios y 806 casas residenciales. Allí radicaron los llamados “Guardianes del Mediterráneo”, los dispositivos de inteligencia electrónica, que administraba el Centro de Soporte Táctico, que se creó en 1969. Finalmente, se desmanteló al no considerarse necesaria tras la debacle del Pacto de Varsovia. Pero la Base dista mucho de estar en decadencia militar. Ha sido reforzada en numerosos aspectos y  España la ha convertido en su mayor baza estratégica en el flanco sur, con el portaviones Príncipe de Asturias en cabeza.

Desde 1984, la base de Morón también sirve como soporte de misiones logísticas de la NASA en la aventura espacial. Pero su función estrictamente militar se ha visto reforzada desde que en 1991 fuera utilizada como estación de reabastecimiento en la operación Tormenta del Desierto contra la ocupación de Kuwait por Irak, en la primera guerra del Golfo. En la actual estructura de OTAN se le asigna un papel limitado al soporte logístico en operaciones de contingencia en Africa. 800 personas atienden actualmente a esta especie de enorme gasolinera aérea que, desde el año 200 asume un papel crucial en el apoyo a las operaciones de las Fuerzas Expedicionarias Aeroespaciales, que sirve a su vez como base para los f-18 y los P-3 Orion de la fuerza aérea norteamericana, al tiempo que alberga también al cuarto destacamento del escuadrón número 18 de vigilancia espacial.  Eso sí, Estados Unidos usó las bases de Rota, Morón de la Frontera (Sevilla) y Torrejón de Ardoz para escalas de los vuelos secretos de aviones de la CIA a Guantánamo con presuntos terroristas detenidos. Las autoridades españolas negaron cualquier tipo de conocimiento de la naturaleza real de dichas operaciones.

El escudo antimisiles cumple cinco años desde que León Paneta se estrenara, en 2011, como secretario de defensa de la OTAN, anunciando a bombo y platillo que España se sumaba a esa plataforma que presuntamente tiene como objetivo la defensa occidental ante un posible ataque de Irán o de Corea. Si es que su objetivo real no es, precisamente, el de atacar a Corea o a Irán, con las espaldas cubiertas.

El famoso escudo es una vieja aventura para fomentar la industria armamentística que la Administración Bush se sacó de la manga en el año 2000, recreando la guerra de las galaxias de Ronald Reagan. Los atentados del 11-S y la operación Justicia Duradera contra Afganistán provocaron que este formidable negocio para transnacionales como Lockeed se ralentizara a favor del trasiego de armas convencionales y de todo tipo que las sucesivas ofensivas contra Kabul y Bagdad fueron exigiendo. Sin embargo, Barack Obama relanzó este programa con la instalación de escudos antimisiles terrestres en Polonia y Chekia o sobre soporte marino en el mar de China. Detrás de dicha decisión, se encontraba desde luego Hillary Clinton.

Cuatro barcos dotados con el sistema antimisiles Aegis se despliegan en Rota, como una fuerza naval combinada en el Mediterráneo, de común acuerdo con España y otros aliados europeos como Rumanía y Polonia, así como otros países ribereños como Turquía: “Este anuncio –afirmó Panetta, en su día, mediante un comunicado—supone una clara señal de que los Estados Unidos continuarán invirtiendo en esta alianza y que estamos comprometidos con nuestras relaciones en materia de Defensa con Europa incluso haciendo frente a los crecientes recortes presupuestarios en nuestro país”.

Todo ello parte de la llamada European Phased Adaptive Approach, que suele traducirse como Enfoque Europeo de Adaptación Gradual. Se trata de una propuesta del presidente Obama, formulada a 17 de septiembre de 2009 que replanteó la defensa contra misiles balísticos en Europa. La fase 3 del proyecto se ha fijado para 2018 y ya alguien señaló la de 2020 para desplegar el SM-3 Block Interceptor IIB, que supuestamente mejorará la capacidad del continente para hacer frente a misiles de medio y largo alcance. Todo ello, claro, con tecnología estadounidense que no sólo permite el control del Pentágono sobre todo el aparato defensivo europeo sino que limita su desarrollo tecnológico, en función de los intereses norteamericanos, a través de sus patentes que, en su día, impidieron por ejemplo el encargo a España de diversas unidades destinadas a la Venezuela de Hugo Chávez, en tiempos de José Luis Rodríguez Zapatero.

“Para decirlo simplemente –afirmó entonces el todavía inquilino de la Casa Blanca, que está dispuesto a facilitar la transición con Donald Trump–, nuestra nueva arquitectura de defensa antimisiles en Europa proporcionará unos sistemas de defensa más fuertes, más inteligentes, y más rápidos para las fuerzas estadounidenses y los aliados de Estados Unidos. Es más amplio que el programa anterior. Despliega potenciales que ya han demostrado su rentabilidad y se basa en nuestro compromiso de proteger el territorio de los EE.UU. en contra de largo alcance amenazas de misiles balísticos, y que garantiza y refuerza, al mismo tiempo, la protección de todos nuestros aliados de la OTAN “.

Pero, ¿y si todo esto gira y la alianza entre Trump y Putin nos convierte a los europeos en un formidable bocadillo armamentístico? Ya con anterioridad, frente al despliegue del escudo, Estados Unidos logró vencer la resistencia de Rusia que había mostrado serias críticas en el pasado pero que en noviembre de 2010 durante una reunión del Consejo OTAN-Rusia (Nato Russia Council) alcanzaron un principio de acuerdo en aras de “explorar oportunidades de cooperación de defensa antimisiles”, incluyendo la puesta a punto de una junta de evaluación de amenaza de misiles balísticos.

La estrategia de la zanahoria

En el caso de Rota y Morón, el acuerdo del escudo también incluye la cooperación de las bases españolas en tareas de apoyo al mando Africom de Estados Unidos, así como al USS Central Commands, un dispositivo estadounidense que se creó en 1983 y que habitualmente patrulla el Mar Rojo, el Golfo de Omán, el Golfo Pérsico y el Mar de Arabia.

Aunque numerosos países cuentan con misiles de largo y medio alcance, en el actual escenario, se perfila Irán y Corea como los malos de la película. Sin embargo, cabe preguntarse si ambas naciones tienen capacidad operativa para lanzar sus misiles contra España. En absoluto. Como objetó Vladimir Putin en su día,  ni Irán ni Corea cuentan aún con capacidad para lanzar misiles de un alcance de hasta ocho mil kilómetros ni los va a tener en un futuro previsible, a pesar de sus experimentos nucleares: “También es obvio que un hipotético lanzamiento de un misil de Corea del Norte contra Estados Unidos vía Europa Occidental contradice las leyes de la balística.”, comentaba hace años el líder ruso. Y esas leyes no han variado tampoco con el paso del tiempo.

Cabe preguntarse por qué Estados Unidos no se ha decidido en cambio por la base de Gaeta, en Sicilia, un lugar mucho más próximo a Irán que la Península. Quizá por su proximidad al polvorín libio. Desde el aznarato, existía la tentación de trasladar a Rota buena parte de las actividades de la US Navy en dicha base italiana, pero todo quedo en suspenso cuando se enfriaron las relaciones entre Washington y Madrid a raíz de la derrota electoral del PP en 2004 y la consecuente retirada de España de la invasión ilegal de Irak.

Nápoles se convirtió entonces en a nueva sede de las Fuerzas Navales de EE UU en Europa (CINCUSNAVEUR), mientras que Gaeta (Sicilia) mantuvo la VI Flota (COMSIXFLT),  con la presencia permanente del US La Salle y su grupo aeronaval al completo  se había ofrecido en principio a Rota y a Oeiras, en Portugal. Esta última fue descartada por su alto coste y la opción de Rota se rechazó de plano tras el desencuentro entre el ultramontano Bush y ZP. También quedó en el aire el compromiso verbal de Estados Unidos para que los astilleros de San Fernando, en Cádiz, que entonces gestionaba Izar, se convirtiesen en el principal centro de reparaciones de la Sexta Flota en el Mediterráneo: esto es, la ITV de 60 unidades navales tanto de guerra como civiles. Los embajadores estadounidenses han jugado a mostrarnos dicha zanahoria, bajo promesas de futuras cargas de trabajo para el sector naval de la Bahía. De entrada, en la unidad de reparaciones Cádiz-San Fernando ya se han reparado algunos buques estadounidenses, como la fragata ‘USS John L. Hall’ con número F-32 de la US Navy.

Según los recuentos oficiales, el escudo antimisiles habría de suponer la creación de 300 puestos directos y 1000 indirectos. El aumento de la dotación estadounidense, que volvería a superar los 10.000 soldados, ya que hoy apenas llega a los 9000, difícilmente crearía semejante expectativa de empleo. Los trabajadores españoles de la base que no han logrado ver reconocidos sus derechos a la negociación y cuyo poder adquisitivo se ha ido reduciendo con recortes salariales desde hace diez años, saben en sus propias carnes que se trata de un empleo precario. Pero tampoco es mejor el empleo que se ofrece fuera de la base.

Por otra parte, la marina española es dependiente de Estados Unidos en su tecnología militar y de hecho el sistema Aegis ya figura a bordo de varias fragatas de nuestro país. Es más sofisticado, sin embargo, el que se incorpora a estos nuevos cuatro buques que pretenden venir a Rota para quedarse. Estos sistemas se incorporan a barcos construidos en Bath Iron Works, el mayor astillero norteamericano, localizado en Kennebec River Bath, en el estado de Maine. Por lo que no cabe pensar en ningún caso que vayan a trasladar su tecnología a España para construirlos a partir de ahora en las depauperadas factorías navales del sur.

A la fuerza ahorcan y no suele haber contestación local a la presencia de la base, cuyo desmantelamiento reclama una marcha anual desde 1982 que, aunque algunos años no ha llegado a convocarse, mantiene un rechazo permanente respecto a su hipoteca militar. A esta movilización se suman altermundistas de Portugal o de Marruecos, pero también diversos intelectuales como Rafael Alberti o, en la actualidad, Almudena Grandes y Luis García Montero, vecinos estivales de dicha población: “A principios de los años 80 en un congreso sobre la paz que se celebraba en Praga,  yo acompañaba a Rafael Alberti –evoca Luis García Montero–. Cuando  le dieron la palabra Rafael dijo que estaba en contra de todas las bases militares “me da igual que los misiles sena blancos o rojos. Pensar que un misil rojo de aquí pueda llegar a Rota y Cádiz y destrozar mi bahía gaditana que es milenaria, me parece tan disparate como pensar que un misil de allí pueda venir aquí y pueda cargarse una ciudad como Praga. De manera que estoy en contra de cualquier base militar” y como eran todavía años duros en el socialismo real, pues yo le dije a Rafael “Rafael vamos a tener problemas, no nos van a dejar salir de Praga” y Rafael se indignaba y decía “como no me van a dejar a mi salir de Praga si yo soy una leyenda del comunismo”.

Ahora, si el mundo Trump no es descodificado y corregido por otros responsables institucionales de su propio país, probablemente todos volvamos a ser comunistas, yihadistas, peligrosos antiamericanos. Y, entre otros horizontes de futuro, también peligraría el acuerdo alcanzado entre Estados Unidos e Irán para acabar con el bloqueo que sufre el país de los ayatolahs, en una nueva espiral atómica que bajo el mandato del empresario norteamericano, quizá se extendiera a otros países como Arabia Saudita o Corea del Sur. También ahí seguiríamos estando en el ojo del huracán. No sólo Rota, no sólo Gibraltar, no sólo Morón ni Andalucía. El peligro también sería global, como el mundo que se empeñan en negar Donald Trump o Theresa May.