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Las enfermedades infecciosas: el gran desaf√≠o de seguridad en el siglo XXI*. La Siesa estaba leyendo la app del Google acad√©mico mientras se tomaba una Cruzcampo fresquita.  Lo hac√≠a en el port√°til que se dej√≥ la Erasmus china que hab√≠a tenido alquilada. 

La cuarentena le hab√≠a cogido con la casa limpia, as√≠ que, por mucho que limpiara, ya lo hab√≠a hecho todo. Tambi√©n se hab√≠a cansado de escuchar los mismo sonidos de siempre, nada nuevo, incluso los del polvo siestero hab√≠an dejado de innovar. Por  lo que se puso a leer monograf√≠as y estudios sesudos hasta que ya no pudo m√°s. Estaba aburrida como una ostra, as√≠ que decidi√≥ ponerse en trance. 

Coloc√≥  las piernas en la posici√≥n del loto, cerr√≥ los ojos y entr√≥ en la otra dimensi√≥n inmediatamente. A ella no le hac√≠a falta ayahuasca ni hongos de ning√ļn tipo, ella pose√≠a esa habilidad de serie, que para eso era Siesa y la Elegida. En la otra dimensi√≥n hab√≠a casas vac√≠as, ruido de tormenta tras los cristales crepitantes, ulular de viento y ojos rojizos tras rendijas oscuras. Vamos, la otra dimensi√≥n era un lugar desapacible de pelillo erizado permanente. A lo largo del callej√≥n las farolas se alternaban dando r√°fagas de luces intermitentes, aprovechando para crear sombras siniestras en cualquier rinc√≥n. La otra dimensi√≥n era un viaje malo. 

Siesa post
Fotografía: Fran Delgado

Parada all√≠ en mitad de una plaza, La Siesa se chup√≥ el dedo √≠ndice y lo puso contra el viento para saber en qu√© direcci√≥n deb√≠a ir. –Calle abajo– se dijo en voz alta, y pareci√≥ que le respond√≠a un gru√Īido en alg√ļn lugar.  As√≠ que comenz√≥ a correr, no fuera a ser que vinieran los hombres lobo, un Alien, el Demogorgon, o quien sabe, el mism√≠simo Antonio Burgos. A medida que avanzaba comenz√≥ a escuchar un rumor como de  canci√≥n:

People are strange, when you’re a stranger

Faces look ugly when you’re alone

Por fin encontr√≥ una casa habitada. Se recompuso el cabello de su estirado mo√Īo y llam√≥ al enorme aldab√≥n de tetilla que sobresal√≠a del port√≥n. Este se abri√≥ al instante invit√°ndola a pasar. Una vez en su interior ya no hab√≠a miedo, sino olor a puchero y a casa de la abuela. Sin dudarlo se dirigi√≥ a la cocina y all√≠ estaban ellas, sonrientes, trajinando con cacerolas, masas y croch√©: El Consejo del Entreteto, consejo celestial de la otra dimensi√≥n, formado por las tres se√Īoras, y al que s√≥lo ten√≠an acceso unas pocas elegidas. Nada m√°s verla, las se√Īoras esbozaron una amplia sonrisa, luego la cogieron y la sobaron, a besos, pellizcos, achuchones, la restregaron como si estuviera en un ba√Īo √°rabe y le hicieron sentarse en una silla de la cocina.  

Cu√©ntanos– dijeron al un√≠sono. 

Pues nada que estamos en cuarentena y yo no s√© c√≥mo puedo ayudar a los dem√°s. Tampoco s√© si me apetece, porque empat√≠a ya tengo poca, as√≠ que aqu√≠ estoy. ¬ŅAyudo o no ayudo?– pregunt√≥ La Siesa.

Mira Siesa– respondieron al un√≠sono de nuevo –t√ļ tienes que hacer lo que te salga de dentro. Y ahora vete.-

-¬ŅC√≥mo?- pregunt√≥.

-Ya te lo hemos dicho. Y ahora para tu casa que va a empezar el 1,2,3 Рdijeron mientras se, desvanecían y La Siesa volvía a tomar conciencia de su cuerpo, en posición del loto, y del lugar en el que estaba, las baldosas hidráulicas del suelo del pasillo.

Justo cuando abri√≥ los ojos empez√≥ a escuchar la cacerolada de las 7. Sali√≥ al balc√≥n. Toda la calle aplaud√≠a agradeciendo. El del balc√≥n de abajo pasaba consulta de psicoan√°lisis gratis a los balcones colindantes. El de arriba explicaba c√≥mo se hac√≠a un empalme en plan clase magistral porque era electricista. La viejecita del quinto tiraba paquetitos de torrijas envueltos en papel albal. Desde el balc√≥n de la esquina, el carnicero aut√≥nomo echaba butifarra que se iba repartiendo ordenadamente de balc√≥n en balc√≥n. La que sal√≠a en una zambomb√° se puso a cantar. El que ten√≠a un romacero in√©dito se puso a recitarlo haciendo blam blam con una aplicaci√≥n del m√≥vil. El vecino del tercero sintonizaba a distancia la televisi√≥n del  viejito de enfrente, que no encontraba Telejinco. Los adolescentes se mandaban whatsapp de amor y se hac√≠an ojitos desde la ventana dedic√°ndose canciones. El t√©cnico de sonido del extremo izquierdo de la calle puso Hola Don Pepito, y el t√©cnico de sonido del extremo derecho puso a Cannibal Corpse. El nutricionista explicaba sentado en una banqueta en la azotea, cosas b√°sicas, como que ten√≠an que comer una pieza de fruta al d√≠a y muchas legumbres, mientras sonaba el veo veo, tu cara cuando me peo de fondo por alg√ļn sitio. 

Todo el mundo pon√≠a su granito de arena para paliar los efectos del aislamiento, excepto compartir papel higi√©nico, y a La Siesa le entraron muchas ganas de aportar tambi√©n. Pero, ¬Ņqu√© pod√≠a hacer ella? Escuch√≥ como un susurro.

Lo que te salga de dentro… 

Y as√≠ lo hizo. La Siesa se aproxim√≥ a la barandilla de balc√≥n, sac√≥ el meg√°fono ese que le hab√≠a mangado a√Īos atr√°s a Teresa Rodr√≠guez, cuando esta era m√°s piva e iba voceando en las manifestaciones. Le di√≥ al On, liber√≥ su garganta, boca abierta, posici√≥n, aire en abdomen y… … … 

(Eructo Enorme En Intensidad y Duración)

Luego silencio. 

-Os quiero- dijo La Siesa, y se meti√≥ para su casa. 

El resto de la cuarentena fue m√°s tranquilo y dur√≥ el tiempo que dur√≥, con la primavera extendi√©ndose a pesar de todo, ajena por completo a esa humanidad cada vez menos egoc√©ntrica que estaba rehaci√©ndose desde los principios del cuidado al otro. La Siesa no pod√≠a hacer nada para solucionar lo de la pandemia porque entraba fuera de sus posibilidades de hero√≠na. As√≠ lo dec√≠a la cl√°usula nueva del siglo XXI, y ella hab√≠a nacido en el siglo XX, imposible actuar contra el virus.  Aunque tranquilas, porque ya le hab√≠a echado el ojo al meteorito de Junio y a la plaga de langostas de agosto.

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Toda buena Siesa que se precie tiene líneas morales que jamás debe cruzar. Líneas morales que abarcan los distintos sectores de la socialización humana, cuyo centro temático puede limitarse al ocio. El ocio puede a su vez dividirse en distintos ítems entre los que la prestigiosa doctora de ascendencia africana miss Tomisecwelatayatimen Smith dio relevancia de estudio a solo unas pocas: sexo, fiestas típicas, amistades, espionaje vecinal, crítica por diversión y alcohol. Siendo el ocio del alcohol uno de los más importantes por su carácter popular que hace que pueda pasar inadvertido y sea, por lo tanto, socialmente más aceptado.

‚ąíEveryone in in debt in C√°diz ‚ąícomenta miss Smith mientras se toma la quinta ca√Īa en cualquier puesto de la plaza al caer la tarde, durante uno de sus habituales periodos de trabajo de campo siesil en la capital, y que viene a ser lo mismo que ‚ÄúEn C√°diz bebe todo quisqui‚ÄĚ.

Y fue precisamente en uno de esos periodos de estudio, mientras acompa√Īaba a la Siesa en sus paseos nocturnos, cuando surgi√≥ tomarse algo en el Caf√© de Levante.

La buena siesa y el alcohol
Fotografía: Rainn Leong

Para aquel entonces, la Siesa ya había aflojado el fuelle de maldad, mostrando cierta apertura emocional y un discurso de abierta crítica a la endogamia gaditana. Pidieron una cerveza e inmediatamente otra, puesto que era noche de levante en calma, y la primera casi no le había dado tiempo ni a posarse sobre la mesa. La Doctora no dudó en pedirse una tercera, y una cuarta y una quinta, tarareando en inglés un estribillo que decía:

Look girl, separated, liberated,
I am happily divorced.
I have a rented flat that is close from here.
Let,s go, let,s go, come on let, go.

La directora del Good Siesin Study estaba dispuesta a darlo todo en una noche calurosa, de un verano atípico de colcha gordita a los pies la cama.

‚ąíHave a beer, I am paying! ‚ąíle dijo a la Siesa mostrando su perfecta hilera de dientes blancos.

‚ąí¬ŅQu√© dices? Que parece que me vas a morder. A mi h√°blame normal que no te entiendo ‚ąíespet√≥ la Siesa

‚ąíSorry, quiero decir que te invito a otra ca√Īa ‚ąípronunci√≥ la doctora miss Tomisecwelatayatimen Smith en un perfecto castellano demostrando sus cinco masters y el porqu√© del prestigio internacional.

‚ąíNo puedo. No debo. No me tientes ‚ąídijo la Siesa cambiando el semblante. Y es que ah√≠ estaba uno de sus l√≠mites. Una de las l√≠neas morales que no hab√≠a de cruzar: nunca m√°s de dos cervezas. Por supuesto que la doctora pregunt√≥ varias veces la raz√≥n, a lo que la Siesa se limitaba a responder con un escueto ‚ÄúNo quieras saber carap√°n‚ÄĚ.

A las 11 de la noche el calor era el mismo. Los culturetas de distintos sectores gaditanos comenzaban a llenar las terrazas de la calle Rosario. Por aqu√≠ y por all√≠ se escuchaban disertaciones de todo tipo: Ayto. vendido, Ayto. cambiado, Ayto. del carajo, le como la puntita al Kichi, gentrificaci√≥n, Callej√≥n Vivo, Noches de arte dram√°tico, El Albatro, Con la hernia, autopista bici, yo los vot√© desde el principio, yo primero que t√ļ, mentira, pu√Īetazo en el ojo. Y la Siesa sab√≠a todo.
Sabía que este había firmado eso con aquel, que aquella había vendido el alma para aparecer, que fulanita y menganito eran primos pero se odiaban, que el otro se acostaba con la de atrás pero que en realidad estaba perdidamente enamorado del asesor del alcalde. Su mente estaba al borde del colapso informativo. Los ojos le lloraban y la doctora no paraba de hablar dándole golpecitos en el hombro.

No pudo m√°s.

Se pidi√≥ una ca√Īa.

Desde la ventana, el perro profeta, a modo de Casandra, ladr√≥ advirtiendo, pero ya era tarde y, adem√°s, nadie le iba a hacer caso. La Siesa entr√≥ en modo fiesta y comenz√≥ a ir de odio en o√≠do contado verdades sin quitarse el sudor del bigote. La gente no la vio venir, no pudo apartarse. Cuando se daban cuenta, ella ya hab√≠a cogido con fuerza el brazo ajeno y soltaba palabras certeras con mensajes telegr√°ficos de enorme potencia en verdades. Cont√≥ todo, absolutamente todo, incluso sus encuentros sexuales con cierto pol√≠tico de aspecto pedante. Le dijo, a quien ten√≠a que decirle, que el director ese de teatro abusaba de su posici√≥n en clase con las alumnas, que la concesi√≥n aquella se hab√≠a prorrogado a pesar de las cr√≠ticas, que el due√Īo del bar moderno explotaba y extorsionaba como mafia. Cont√≥ lo suyo y lo de su prima. Cont√≥ tanto que la doctora no pudo anotar las revelaciones m√°s importantes porque ya no le quedaba hueco en su diario de campo. Tanto que la base escalonada de la farola de San Agust√≠n volvi√≥ a resurgir de pronto.

Delató a los corre pasillos con cargo, a los contratados por chuparla, a los de los armarios llenos de chaquetas de colores, a los propagandistas artistas que se colocaban en los lugares adecuados.
Les gritó sin pudor a las gentes de las asambleas que eran puro decorado. Les gritó porque ya no podía hablarles al oído. Les habló a gritos porque estaban lejos, huyendo despavoridas y mirándose con desconfianza las unas a las otras.

Ladr√≥ el perro de nuevo: Guau guau guau, que en lenguaje perro significa ‚ÄúOs lo dije humanos‚ÄĚ.

‚ąíTe lo dije ‚ąícoment√≥ a su vez la Siesa mirando a su compa√Īera de cervezas‚Äď, y ahora acomp√°√Īame a casa que tengo que llamar a Juan.

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Toda buena siesa que se precie guarda en la rec√°mara m√°s de un recuerdo tr√°gico, no en vano el siesismo se alimenta de heridas. Golpes en dedos chicos del pi√© emocional, brechas curadas con puntos en el coraz√≥n prep√ļber, cuchilladas de palabras en la espalda y m√°s de una guantada de mano injusta marcada para siempre en mitad de la cara. Todos dolores f√≠sicos, transmutados en coraza siesil de sobrenatural dureza, que aumenta a medida que pasan los a√Īos mientras se suman los golpes.

Los recuerdos trágicos se mantienen dormidos, se van olvidando en el presente, van saltando de vez en cuando como un reflejo sordo de algo que está escondido en alguna parte de la memoria. Solo queda un sentimiento de coraje grande que la mayoría de las veces nuestra Siesa compensa escatológicamente y sin pudor, con gases gordos soltados en reuniones y ascensores de los que escapa sin ser vista y con una mano en la nariz.

La prestigiosa antrop√≥loga Marcela Lagarto escribi√≥ al respecto que ‚Äúlo que no mata te hace peerte muy fuerte, por lo tanto podemos decir que la Siesa lo √ļnico que hace es sobrevivir‚ÄĚ.

Pocas veces el recuerdo horrible emerge al presente y cuando lo hace es como un maremoto que remueve desde atr√°s todo lo vivido, por eso la Siesa intenta evitarlo con todas sus fuerzas, rezando retah√≠las de Avesmar√≠as, intentando declinar el pret√©rito perfecto simple de los verbos irregulares o compr√°ndose un pollo asado en la Freidur√≠a Europa, esto √ļltimo borra cualquier malsabor de boca.

La buena siesa y los recuerdos tragicos
Fotografía: Pedripol

Sin embargo, un día no pudo parar la mente ni todo lo que ésta traía.

Nuestra Siesa hab√≠a entrado a comprar un choco en la pescader√≠a de la Calle Cervantes. Hab√≠a poca gente. Un par de mujeres de mediana edad, un muchacho y un hombre mayor. Pidi√≥ la vez y esper√≥ quej√°ndose un poco del carnaval y buscando desagrado en los ojos de alrededor, quejarse del carnaval siempre funcionaba. Y en esa b√ļsqueda se encontr√≥ con los ojos del hombre mayor y sinti√≥ que el suelo se abr√≠a.

All√≠ estaba √©l, transformado en un h√≠brido actoral a medio camino entre Charles Bronson y Lee Marv√≠n, con su mirada aparentemente impasible. Esa mirada del que parece no estar atento a nada y, sin embargo, observa minucioso cada detalle de la escena, cada movimiento, registrando qui√©n sabe qu√© datos en qu√© extra√Īo cat√°logo mental. Nuestra Siesa descubri√≥ de pronto qui√©n era y al hacerlo, √©l, que esperaba paciente a que ella recordase, se sonri√≥ para s√≠ y conserv√≥ esa sonrisa todo el resto del tiempo. Unas l√≠neas de expresi√≥n segu√≠an surcando sus comisuras, en lo √ļnico que hab√≠a cambiado era en el color del pelo, que se hab√≠a tornado completamente blanco. La edad lo hab√≠a transformado en un actor m√°s elegante, y pas√≥ de ser Charles Bronson y protagonizar pel√≠culas de acci√≥n, a mirar con la madurez de un Lee Marvin marinero. √Čl tambi√©n la hab√≠a reconocido, por eso se sonri√≥ y por eso la observaba escaneando.‚Ä®La Siesa entonces volvi√≥ a ser ni√Īa corriendo con el ch√°ndal del colegio y ese cuaderno peque√Īo en el que dibujaba todas las caricaturas que le permit√≠an hacer sus amigos, la familia, los extra√Īos…Eso era √©l, s√≠, un extra√Īo conocido que la miraba incitando, como queriendo contarle algo. Quiz√°s pens√≥ que ella no lo recordaba y se regode√≥ para s√≠ mismo, contento de saberse a salvo a pesar del crimen, esp√≠a que nunca es descubierto y sigue espiando.

La Siesa se dej√≥ escurrir por ese boquete abierto bajo el suelo, Viaj√≥ muy lejos hac√≠a atr√°s en el tiempo. Ten√≠a 8 a√Īos, quiz√°s 9. Se dispon√≠a a leer sus c√≥mics de Superl√≥pez, amparada por la calidez met√°lica de las tuber√≠as gigantes que anta√Īo gobernaban el colegio del Campo del Sur. Una √©poca despreocupada en la que se descolgaba sonriente por las paredes de los bloques (no habr√≠a sonre√≠do tanto si se hubiera roto los dientes, ¬°ah! bendita inconsciencia) La ni√Īita inocente que era entonces fue perturbada por la maniobra de acercamiento de un hombre peculiar de acento indefinible e incomprensible y un parecido monstruoso con Charles Bronson. Era amable y ella le dej√≥ leer sus c√≥mics, le hizo un dibujo trazando perfecta esa cara de h√©roe de acci√≥n, le cont√≥ sus sue√Īos de dibujar y escribir historias que hicieran felices a la gente. El parec√≠a entender y sonre√≠a, pero en realidad no entend√≠a, y su sonrisa se deb√≠a a una mano gorda de marinero que comenz√≥ a deslizar por dentro de los pantalones de ch√°ndal de la ni√Īa-siesa el siempre el√°stico ch√°ndal-uniforme del colegio San Mart√≠n. Y ah√≠ estaba ella, sobada hasta la medula confundiendo la amabilidad y la atenci√≥n. Trascurri√≥ un tiempo incontable hasta que se libr√≥, se liber√≥ de esas garras ped√≥filas de hombre acostumbrado a coger armas de fuego y a salvar hero√≠nas y ni√Īas en pelis cutres que solo gustan a los padres. Justo cuando empezaba a pensar que algo andaba mal, √©l sac√≥ sus dedos gordos de dentro de la ni√Īa-Siesa, mir√≥ alrededor y le dijo que esperase, que ahora volv√≠a. Cuando lo vio cruzar la carretera, la Siesa corri√≥, corri√≥ y corri√≥ como corren las ni√Īas delante de los lobos, corri√≥ con una verg√ľenza nueva amarrada en la ingle, corri√≥ con una semilla de culpa alojada en el pecho. Lleg√≥ a su casa jadeante, guard√≥ la ropa, sus cuadernos, los dibujos y el secreto. Lo enterr√≥ como el primero de muchos en un lugar indeterminado de su cuerpo de mujer y no volvi√≥ a pensarlo nunca jam√°s. Hasta ese momento, en aquella pescader√≠a de la calle Cervantes.

Y all√≠ estaba de nuevo. Aquel hombre se limit√≥ a mirarla descarado y sonre√≠r de frente, con las manos en los bolsillos, viejo ya, sin hablar, como si no pudiera expresarse con palabras. La Siesa record√≥ que era extranjero, un Lee-Charles de alg√ļn pa√≠s n√≥rdico, con la piel curtida y los ojos un poco achinados. Imagin√≥ que en otro tiempo fue un guerrero mongol sangriento, que descuartizaba a las madres y destrozaba a las ni√Īas sin soltar ni una sola palabra, ni un s√≥lo quejido, sin sudar, sin dudar.‚Ä® S√≠, en esta vida presente tambi√©n se hab√≠a dedicado a destrozar pero de otra manera, sin sangre f√≠sica. Y as√≠ era c√≥mo las ni√Īas dejaban de ser princesas para convertirse en presas de cazadores de humanas.

Nuestra Siesa tom√≥ aire, junt√≥ las manos frotandolas y se acerc√≥ a √©l sin apartar los ojos de los suyos. Cuando estaba a un cent√≠metro de su cara el hombre pareci√≥ enmudecer y quiso escapar, pero ella lo atrap√≥ con las palmas de las manos. Lo apret√≥, lo amas√≥ con agua del mar y arena de orilla, lo hizo peque√Īo mientras la pescader√≠a permanec√≠a ajena por completo a lo que estaba ocurriendo. Cuando termin√≥ con √©l sac√≥ la bolsa de la compra y lo meti√≥ dentro, luego sali√≥ sin despedirse, por la sombra, silenciosa como la cucaracha que era.

Ese medio día cocinó un choco extranjero, con muchos cachelos, las mejores papas con chocos de su vida. #metoo

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Por todas es de sobra conocido que aquella buena siesa que se precie es de car√°cter agrio, arisco, seco, duro, garbanzo antes de remojar. No en vano se denomina siesa a la persona antip√°tica de trato desagradable. Pero no es este trato en concreto lo que define a nuestra Siesa, sino m√°s bien la ausencia de humor com√ļn, de ese humor com√ļn que provoca sonrisas espont√°neas al ver a una ni√Īa peque√Īa cantando un villancico, o a unos gatitos blancos bostezando. La Siesa es seca hasta en la sonrisa y, si bien alguna vez rod√≥ por su mejilla alguna l√°grima furtiva, de todas es bien sabido que jam√°s solt√≥ una carcajada y mucho menos en p√ļblico.

Se cuenta de boca a boca, de oído a oreja, que la carcajada siesil remueve la tierra, quiebra los huesos desde dentro y provoca el ocaso antes de tiempo, alterando el orden establecido y todo lo que, por ritmo, es conocido como cotidiano. Por lo tanto, podemos decir que la carcajada siesil es peligrosa.

La √ļltima vez que una siesa rio a carcajadas se alarg√≥ el verano hasta casi final de a√Īo.

Una vez explicado esto, podemos contar lo que ocurri√≥ la noche del pasado viernes 14 de diciembre. Nuestra Siesa se encontraba subida al poyete m√°s alto de la azotea, oteando el horizonte. Una profesora hab√≠a desaparecido un par de d√≠as atr√°s y la Siesa sent√≠a la sangre como si pudiera olerse desde lejos. En la soledad de la azotea la vecina coprol√°lica se cagaba en los muertos de todo hasta que le hiciera efecto el diazepam, las ni√Īas se dorm√≠an con cuentos de final feliz y las amantes pelaban la pava por encima de la ropa en la intimidad de las casapuertas. No faltaba el que lloraba por la escasez del alumbrado navide√Īo, ni el que llevaba horas dando vueltas para aparcar. Infinidad de murmullos varios que se extend√≠an por el cielo nocturno gaditano.

Pero la Siesa no podía concentrarse en ninguno de esos estímulos, el olor a sangre era tal que bloqueaba sus antenas siesiles provocando un repunte de su hernia de hiato. Entonces la vio.

Apareci√≥ por detr√°s de una antena como si esta fuera un muro en lugar de un palo fino. La Siesa siquiera se asust√≥ porque, de alguna manera, la estaba esperando. Mientras el espectro se acercaba a ella, desde una TV cercana se escuchaba ‚ÄúCreo que mi padre es un elfo‚ÄĚ, hasta la Siesa se percat√≥ del surrealismo.

-Estoy muerta.– le dijo.

-No jodas.Рrespondió la Siesa.

No es momento para sarcasmos. En un par de d√≠as el mundo sabr√° lo que todas ya sospechan. Es tiempo de cambio, Urano va a entrar en tauro y el… –la Siesa toc√≥ las palmas interrumpiendo.

-Creo en fantasmas pero no en Esperanza Gracia. Ve al grano que aquí hace mucha humedad -aclaró nuestra Siesa.

-Qué malaje eres,-protestó el espectro- pero tienes razón. Iré al grano. Cuando el mundo sepa de mi muerte se desencadenará la pena que ya estaba acumulada, la rabia campará a sus anchas, se crearán bandos con claridad de enemigos y esto no es bueno para la humanidad. Tienes que buscar un remedio. Eres la elegida.

-Puta mierda de elegida, cagoendiez. Yo ten√≠a que haber sido contable, hostia. –protest√≥ la Siesa.

-Es lo que hay –dijo el espectro, y desapareci√≥ dejando un destello rojo que permaneci√≥ unos segundos.

La Siesa sintió que en ese instante le embargaba el sentimiento. Notó que la emoción se acumulaba en la garganta y tuvo ganas de soltar todos los gritos que el espectro llevaba arrastrando detrás suya. Una lágrima hizo POP, como una palomita de maíz y rodó por su mejilla llevando consigo mil penas acumuladas. Así lloran las siesas.

Cuando la l√°grima se sec√≥, y ya la pena estaba aparcada, nuestra protagonista se escabull√≥ por la ciudad, saltando de azotea en azotea hasta llegar al Anfiteatro Romano. All√≠ se col√≥ por encima de la reja y camin√≥ furtiva hasta perderse en los t√ļneles secretos de las Cuevas de Mar√≠a Moco. Camin√≥ por la red de t√ļneles dej√°ndose llevar por su instinto hasta que comenz√≥ a escuchar un rumor como de risas y aplausos numerosos. Encontr√≥ la salida ¬†y una carpa de circo que albergaba un escenario, donde multitud de personas esperaban un espect√°culo. La Siesa se hizo hueco entre la gente pisando alguna mano con maldad, no en vano era siesa, y sent√°ndose delante por toda la cara, que para eso era la elegida.

El espect√°culo comenz√≥. Lleg√≥ una mujer con corbata saludando a todas, todos y todes, y comenz√≥ a hablar del co√Īo, del universo femenino, de la diversidad, rompiendo esquemas y fue entonces cuando ocurri√≥. La Siesa empez√≥ a re√≠r a carcajadas. Alicia Murillo teorizaba sobre un co√Īo de quita y pon mientras el suelo temblaba. Despu√©s Pamela Palenciano luchaba contra las etiquetas, coloc√°ndose en la piel de estereotipos masculinos y femeninos, explicando que todo es una cuesti√≥n de privilegios y poder. Silvia Albert recordaba que esos privilegios hacen que algunas mujeres est√©n doblemente invisibilizadas, y cantaba, y hac√≠a so√Īar jugando con las luces y su propio cuerpo, en un alegato antirracista porque las que nacieron aqu√≠ son extra√Īas, porque No es pa√≠s para negras.

La Siesa re√≠a y el suelo segu√≠a temblando, resquebraj√°ndose en peque√Īas grietas por todo el recinto. Cuando Las XL cantaban sobre el fin del amor rom√°ntico, la Siesa levantaba los dedos pulgar, √≠ndice y coraz√≥n formando un cl√≠toris, totalmente desencajada de la risa, hasta que son√≥ el √ļltimo acorde y las peque√Īas grietas se hicieron una. Rugi√≥ el cielo. Las mujeres y los hombres y el binarismo, levantaron las manos gritando al un√≠sono Ni una menos. El suelo se abri√≥ trag√°ndose a la Siesa que a√ļn ten√≠a el pu√Īo levantado. Y solo hubo oscuridad y silencio.

En la negrura la Siesa no tuvo miedo. Camin√≥ palpando las paredes en pos de una salida. Ten√≠a claro que todo estaba cambiando, que la incomodidad hab√≠a anidado en los corazones de la gente y que eso era bueno. Pero sobre todo, estaba convencida de que el feminismo era el √ļnico camino para liberar al mundo y que sus formas de lucha ten√≠an que ser distintas a las establecidas por los hombres. Mientras atisbaba la luz al final de aquel t√ļnel, en aquella cueva m√°gica de Mar√≠a Moco, supo con total seguridad cu√°l era el remedio a todo aquello que le hab√≠a contado el espectro: era tiempo de reivindicar el DERECHO A LA ALEGR√ćA.

 

DEP Laura Luelmo, estoy segura de que tambi√©n hubieras disfrutado infinito el CO√ĎUMOR

NI UNA MENOS

 

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Xio
Fotograf√≠a: Jes√ļs Mass√≥

Toda buena Siesa que se precie padece de fobia social, aunque esto no impide que se relacione de manera superficial con las vecinas o desconocidas. Nadie ha convivido con ella, excepto en aquella ocasión en la que, ahogada por una derrama de la comunidad, no tuvo más remedio que hospedar a la entonces joven estudiante Miss Tomisecwelatayatimen Smith,  lo que dio origen a los estudios de siesismo en la universidad Presbiteriana de Massachusetts.

En su diario de campo Miss Smith escribe una historia que la Siesa le contó en cierta ocasión de exceso verbal, tras haber mezclado cerveza y vermut. A continuación reproducimos una parte de dicho texto traducido del inglés gracias a Google:

Te voy a contar la historia de mi gato. Yo tuve un gato, ¬Ņsabes?. Y eso que no me gustan los gatos, es m√°s odio los gatos, me dan coraje grande los gatos, pero ese gato se col√≥ en mi vida. Creo que fue la primera vez que abr√≠ una rendija del corazoncito. Me lo encontr√© en una de esas ventanas que hay en la pared de la catedral, era del tama√Īo de mi mano. Lo vi y pase de largo, pero me maull√≥ en gaditano, me dijo¬† ¬ęC√≥geme, estoy solito¬Ľ¬† y mira, se me encogi√≥ el alma. Era blanco y ten√≠a un mech√≥n naranja en lo alto de la frente. Lo cog√≠ con mucho asco y lo lleve a mi casa, por el camino me maullaba en gaditano canciones de La Caleta y poemas de Rafael Alberti. Se ve que era un gato culto y eso que no deb√≠a tener m√°s de una semana. Antes de irme entr√© en la iglesia de Santiago y lo ba√Ī√© en agua bendita. No veas si maullaba el gato, pero lo ten√≠a que bautizar -y tambi√©n quer√≠a fastidiar al cura, para que te voy a enga√Īar. En mi casa el gato tuvo su comida, su collar antiparasitario, su arena de shit, incluso su cartilla de vacunaci√≥n. Dorm√≠a donde quer√≠a y me ten√≠a frita con los pelos blancos por todos lados; con lo que me gusta a m√≠ el negro, imag√≠nate. Entonces empez√≥ a pedirme libros. Yo le ofrec√≠ Momo, La historia interminable, Tolkien. -De eso nada- me dijo¬† -yo quiero La metamorfosis de Kafka-. M√°s adelante se hizo con un carnet de la biblioteca p√ļblica y ya se cog√≠a sus propios libros. Todo el d√≠a leyendo y charl√°ndome, me ten√≠a la cabeza saturada con tanta informaci√≥n: que si el trienio liberal, que si el cierre patronal, que si la funci√≥n constitucional de los sindicatos, que si contratos de contingencia. Luego empez√≥ a venirse conmigo a la calle. Yo no le ech√© cuenta, me ped√≠a una coca y √©l se sentaba ah√≠, a mi lado, a ver pasar a la gente, incluso pon√≠a la oreja en las conversaciones de alrededor. Igualito que yo. Orgullosa me sent√≠a, hasta el d√≠a en que comenz√≥ a intervenir en esas conversaciones. Daba igual de lo que fuera: la pareja que hablaba de adoptar a un hijo, pues el gato les dec√≠a c√≥mo funcionaba el acogimiento familiar; los chavales que iban a coger el bus, el gato les informaba de los horarios; la mujer que se iba a dejar el pelo blanco, el gato le daba la marca del mejor champ√ļ para tener el color lunar ideal de la muerte; hasta indicaciones para comprar grifa daba, de todo sab√≠a el pu√Īetero gato. Y correg√≠a, correg√≠a constantemente a todo el mundo, incluso se hizo socio de Mensa. Yo lo mandaba a hacer recados para que me dejara tranquila, pero fue peor, porque empez√≥ a hacer proselitismo, y un d√≠a me vi la casa llena de gente haciendo pancartas y el gato dando instrucciones a diestro y siniestro mientras un chico con barba y camisa cuadros cog√≠a notas. De la noche a la ma√Īana mi gato se hizo l√≠der sindical y moviliz√≥ a los gatos y gatas del Campo del Sur, a las palomas, incluso a los loros de la plaza mina, que eran los m√°s reacios a participar en cualquier colectivo. Y se llevaba todo el d√≠a con un meg√°fono encaramado a la espalda. Yo sent√≠a entre orgullo y miedo, porque ya hab√≠an llegado un par de cartas an√≥nimas en las que lo amenazaban de muerte, de esas con las letras recortadas de las revistas como en las pel√≠culas de psic√≥patas, muy macabro todo. Pero ten√≠a carisma el gato de las narices, la gente empez√≥ a te√Īirse de naranja un mech√≥n en la frente y hasta hablaban con acento de maullido, imit√°ndole. Entonces empezaron a llamar muchachas y √©l siempre me dec√≠a que no se pod√≠a poner. Luego se asoci√≥ con una protectora de animales y firm√≥ para esterilizar a todos los gatos y gatas del Campo del Sur, esos mismos que lo hab√≠an encumbrado en su carrera pol√≠tica. Despu√©s vi que, de pronto, ten√≠a un Rolex, que pon√≠a a un Picasso en su cuarto y que si Whiskas en vez de pienso del Carrefour. El d√≠a en que se votaban las primarias llamaron a la puerta de mi casa.¬† Cuando abr√≠ vi a lo menos diez gatas pre√Īadas, que reclamaban la paternidad del gato. Luego me enter√© que no dejaba entrar en C√°diz a los animales que no hubieran nacido aqu√≠. Ese d√≠a fue el fin, la gota que colm√≥ el vaso, no pude aguantar m√°s, as√≠ que me puse como el Lee Harvey Oswald de Kennedy y, cuando el gato llego a casa, lo lleve directo al veterinario para castrarlo. No me mires as√≠, ese gato iba camino de desencadenar un holocausto. Y una cosa que te voy a advertir como una ense√Īanza para tu vida: nunca le pongas nombres de nazis a los animales, les afecta. ¬ŅQue c√≥mo se llamaba? Trump, le puse de nombre Trump.

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Xiomara
Fotograf√≠a: Jes√ļs Mass√≥

Toda buena siesa que se precie odia la TV, odia las pantallas y todo lo digital. No es una cuesti√≥n de conflicto tecnol√≥gico con todo lo que la nueva era nos presenta, tiene m√°s que ver con esa rareza propia que la acompa√Īa desde el primer momento en que rompi√≥ en siesa, y que coincidi√≥ con el visionado de un famoso concurso de televisi√≥n: Un, Dos, Tres.

Mayra Gomez Kemp daba paso a los sufridores en casa cuando aconteció de forma radical el siesismo. La TV pareció girarse sobre sí misma y las paredes se expandieron para luego contraerse hasta que nuestra siesa  perdió la noción del espacio y del tiempo. Desde aquel momento dejó de ver la TV, entre otras cosas porque aquella había quedado inutilizada. Y así había sido desde ese momento indeterminado en el tiempo.

Hasta hace un par de semanas, cuando Encarnita la del quinto, la √ļnica vecina con la que ten√≠a trato, la llam√≥ desesperada para pedirle que usara sus llaves para entrar en la casa y abrir la puerta de la terraza donde se hab√≠a quedado encerrada. Eso hizo, cogi√≥ las llaves de la vecina, se puso la bata de casa y sali√≥ al descansillo sigilosa. Cuando abri√≥ la puerta la golpe√≥ una imagen. Desde la enorme pantalla plana situada justo frente a la puerta, una pareja extravagante vestida de rosa, cantaba. La imagen tir√≥ de ella hacia delante, luego hacia atr√°s, la arrodill√≥ y la enganch√≥ con su m√ļsica encajada en los o√≠dos. C√≥meme el donu.

Desde la puerta de la terraza Encarnita la del quinto golpeaba histérica diciendo que le abriese, que estaba lloviendo:

‚Äú√Ābreme que est√° ‚Äúlluviendo‚ÄĚ dec√≠a, pero nuestra Siesa estaba petrificada.

La imagen segu√≠a atrapando – cruel, con m√ļsica y letras carceleras- ¬†la mente de la Siesa, quien repet√≠a incansable ‚ÄúC√≥meme el donu, c√≥meme el donu‚ÄĚ.

Las luces empezaron a parpadear, las paredes parecían alejarse y acercarse, el pelo de la Siesa se erizó hasta límites insospechados mientras su cuerpo temblaba, como poseída por el baile, la mirada fija en la pantalla.

Cuando todo parec√≠a un fren√©tico microondas de barrio con un producto alimentario a punto de explotar, la actuaci√≥n termin√≥, y la Siesa cerr√≥ los ojos. Llor√≥ un poco, porque llevaba unos cinco minutos sin pesta√Īear. Abri√≥ a la vecina Encarnita la del quinto, que estaba pipando y sali√≥ r√°pida de la casa sin atender a reclamos ni dar explicaciones. Baj√≥ las escaleras al trote, cruz√≥ el patio, sali√≥ a la calle y empez√≥ a correr, a correr y a correr. Cuando iba por el Palillero grito C√≥meme el donu Antonio McDonald, c√≥meme el donu Jimenez Losdiablos. Sigui√≥ corriendo Cuesta de las Calesas arriba berreando C√≥meme el donu Hazte o√≠r, c√≥meme el donu 1% de denuncias falsas, c√≥meme el donu Con la hernia, c√≥meme el donu trabajo invisible, c√≥meme el donu Freud, c√≥meme el donu Arist√≥teles, c√≥meme el donu Rousseau, c√≥meme el donu Schopenhauer. C√≥meme el donuuuu, y la √ļltima u se convirti√≥ en un aullido.

Cuando llegó a El Chato ya se había transformado en loba.