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Xiomara
Fotografía: Jesús Massó

Toda buena siesa que se precie odia la TV, odia las pantallas y todo lo digital. No es una cuestión de conflicto tecnológico con todo lo que la nueva era nos presenta, tiene más que ver con esa rareza propia que la acompaña desde el primer momento en que rompió en siesa, y que coincidió con el visionado de un famoso concurso de televisión: Un, Dos, Tres.

Mayra Gomez Kemp daba paso a los sufridores en casa cuando aconteció de forma radical el siesismo. La TV pareció girarse sobre sí misma y las paredes se expandieron para luego contraerse hasta que nuestra siesa  perdió la noción del espacio y del tiempo. Desde aquel momento dejó de ver la TV, entre otras cosas porque aquella había quedado inutilizada. Y así había sido desde ese momento indeterminado en el tiempo.

Hasta hace un par de semanas, cuando Encarnita la del quinto, la única vecina con la que tenía trato, la llamó desesperada para pedirle que usara sus llaves para entrar en la casa y abrir la puerta de la terraza donde se había quedado encerrada. Eso hizo, cogió las llaves de la vecina, se puso la bata de casa y salió al descansillo sigilosa. Cuando abrió la puerta la golpeó una imagen. Desde la enorme pantalla plana situada justo frente a la puerta, una pareja extravagante vestida de rosa, cantaba. La imagen tiró de ella hacia delante, luego hacia atrás, la arrodilló y la enganchó con su música encajada en los oídos. Cómeme el donu.

Desde la puerta de la terraza Encarnita la del quinto golpeaba histérica diciendo que le abriese, que estaba lloviendo:

“Ábreme que está “lluviendo” decía, pero nuestra Siesa estaba petrificada.

La imagen seguía atrapando – cruel, con música y letras carceleras-  la mente de la Siesa, quien repetía incansable “Cómeme el donu, cómeme el donu”.

Las luces empezaron a parpadear, las paredes parecían alejarse y acercarse, el pelo de la Siesa se erizó hasta límites insospechados mientras su cuerpo temblaba, como poseída por el baile, la mirada fija en la pantalla.

Cuando todo parecía un frenético microondas de barrio con un producto alimentario a punto de explotar, la actuación terminó, y la Siesa cerró los ojos. Lloró un poco, porque llevaba unos cinco minutos sin pestañear. Abrió a la vecina Encarnita la del quinto, que estaba pipando y salió rápida de la casa sin atender a reclamos ni dar explicaciones. Bajó las escaleras al trote, cruzó el patio, salió a la calle y empezó a correr, a correr y a correr. Cuando iba por el Palillero grito Cómeme el donu Antonio McDonald, cómeme el donu Jimenez Losdiablos. Siguió corriendo Cuesta de las Calesas arriba berreando Cómeme el donu Hazte oír, cómeme el donu 1% de denuncias falsas, cómeme el donu Con la hernia, cómeme el donu trabajo invisible, cómeme el donu Freud, cómeme el donu Aristóteles, cómeme el donu Rousseau, cómeme el donu Schopenhauer. Cómeme el donuuuu, y la última u se convirtió en un aullido.

Cuando llegó a El Chato ya se había transformado en loba.

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Siesa
Fotografía: Jesús Massó

Toda buena Siesa que se precie tiene un ciclo menstrual constante y de características peculiares de las que ya hemos hablado en anteriores capítulos (La buena Siesa y las fases lunares). Esta constancia en sus ritmos ocurrió tras la repentina muerte de su padre. El shock fue tal que la sangre bajó de golpe por sus muslos, dejando un charco granate en el suelo del tanatorio. Entonces fue su tia abuela monja quien le dijo: desde hoy eres una mujercita, ahora ya puedes ser madre, hala, ten cuidadito con quien te juntas y no te bañes y no toques las plantas y no hagas mayonesa y no mires mucho a los hombres que se te nota en la cara.

Quizás por lo traumático del acontecimiento, o por rebeldía contra el imperativo femenino, la idea de la maternidad jamás ha rondado la cabeza de la siesa, y menos tras su despertar al siesismo, que la ubicó de por vida en la difícil posición social de la mujer sin descendencia.

Sin embargo, ciertas teorías sitúan a la siesa en un centro de salud tras solicitar la pastilla del día después y existen estudios que intentan demostrar la relación biológica entre nuestra protagonista y algunos niños desperdigados por el mundo. El célebre antropólogo Marcelo Lagarto, en su libro Tras la mujer: una mirada a las profundidades del siesismo, lanza la hipótesis de que los hijos e hijas de las siesas, han sido arrebatados de los brazos de sus madres y recluidos en un centro especial para personas con capacidades especiales, situado en una imprecisa región de la selva amazónica. Según Marcelo, esos niños y niñas aúllan como lobos y tienen cuernos y rabo. Aunque la teoría del antropólogo nunca ha llegado a tener suficiente credibilidad, el hecho de que desapareciera recientemente durante una investigación en el carnaval chico, la ha vuelto a poner de moda, surgiendo investigadoras en las redes que alimentan la idea de una conspiración encubierta.

Pero volviendo al ciclo menstrual siesil, consta de 28 días exactos, predecibles incluso en las horas, con los cuerpos luteos y sus ovulaciones alternas. En la cuadriculada vida de la Siesa, la biología se pliega perfecta a lo que la naturaleza siesil ordena. En lo que respecta a la higiene, podríamos pensar que nuestra protagonista es tradicional en la recogida de fluidos, pero no son compresas ni tampones los productos usados para este fin. Porque la Siesa usa la copa menstrual de toda la vida de dios, antes incluso de que se pusiera de moda como artículo alternativo. La copa era hervida con agua y vinagre antes de ser usada, y vuelta a hervir y guardada en una pequeña bolsita de algodón malva al finalizar el periodo.

De la defensa a ultranza de este método de recogida del fluido menstrual poco se ha hablado, parece este tema como secundario al ser sanguíneo y presumiblemente indecoroso. Pero la prestigiosa doctora de ascendencia africana Ms. Tomisecwelatayatimen Smith  lo sitúa como central en sus estudios sobre siesismo, al ser la Siesa una hembra, y como tal, sujeta a los hechos biológicos de su sexo.

El pasado 8 de Marzo la Siesa esperaba impaciente en el campo del sur. Esa misma noche le había bajado la regla. Esa misma noche también se le aparecieron varias de sus muertas para darle la noticia de que algo grande se acercaba, pero estaban tan eufóricas que la Siesa fue incapaz de entenderlas y las mandó con un corte de mangas al más allá. Harta ya de tanto suceso sobrenatural y con gran dolor de ovarios, se colocó su copa menstrual y se tiró a la calle. Por el camino la iban guiando los espíritus de las muertas, y así fue como llegó al Campo del Sur, en pleno vendaval de esos que se dan en Cádiz.

Asómate Siesa- decían las voces espirituales, y así lo hizo ella aunque tenía el cuerpo cortado, esperando algo más que cogerse un resfriado.

El agua rompió en la muralla salpicando la cara de la Siesa, que se dio la vuelta cagándose en sus propios muertos. Entonces notó un temblor de tierra y escuchó miles de cantos en la lejanía. Cuando alcanzó a girar la cabeza solo pudo ver el resplandor de una enorme ola violeta  más alta que la Catedral, que la bañó por completo, sumergiendo a toda la ciudad. No se salvó ni la Torre Tavira, todo quedó sumergido durante unos segundos que parecieron siglos. Luego se retiró elegante, recolocando las farolas y los carteles de las calles, poniendo a la gente en su sitio y dejando limpitas las estatuas.

Mientras la Ola Violeta se retiraba, el niño con falda supo que podía vestirse y ser como le diera la gana; la mujer que quería volar se hizo con alas poderosas y voló por encima del carcelero; Marisa Iglesias sacó fuerzas renovadas para ser readmitida y supo que lo iba a conseguir. Y el suelo seguía vibrando y el rumor de voces unidas recorría la ciudad, transformando los cimientos, arreglando brechas salariales en las murallas, desintegrando techos de cristal, lavando suelos pegajosos y borrando de un plumazo las ganas de agradar de niñas que iban con tacones. En las paredes se quedaron escritas palabras de mujeres invisibles y las que se peleaban por conquistar al de bigote, se vieron reflejadas la una en los ojos de la otra y se dieron la mano.

El Salami Violeta solo dejó a un hombre con gafas y barba protestando en la esquina del Baluarte de los Mártires. Resultó ser un conocido periodista de diario casposo que con el puño en alto gritaba no sé qué cosas sobre nazis y mujeres, coñazo, exageración y segregación masculina. La Siesa se dirigió hacia él con calma, metió la mano debajo de la falda, dentro de las bragas y, cuando lo tuvo delante, vació la copa menstrual sobre su cabeza.

Toma coñazo– le dijo, y se fue despacito con sus dedos manchados de esa sangre sagrada que no debe dar vergüenza mientras decía entre dientes – Si nosotras paramos, se para el mundo- .

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Siesa
Fotografía: Jesús Massó

Toda buena Siesa que se precie tiene el centro de operaciones en casa. En esa zona acogedora de butaca y salón, donde el culo se aposenta como un ser independiente, aparte del cuerpo siesil. Es allí donde ella capta las conversaciones, percibe los sonidos e incluso se impregna de fluidos y condensaciones ambientales. En ese lugar tiene visiones, habla con espíritus en el día de los muertos y durante la final del COAC y, sobre todo, se tira peos que son señores madrugadores con bigote. Esa butaca ha vivido mucho, tanto que casi podría escribir su propia historia, que quizás podría llamarse Perspectivas desde el lugar de atrás o Relatos de culo cómodo o La cámara de gas, un relato de supervivencia.

Pero en ocasiones, según las circunstancias, el centro de operaciones se amplía y se convierte en portátil. Y nuestra Siesa deambula por las calles rastreando el espacio en pos de alguna conversación interesante o algo que sugiera imágenes en su cerebro deductivo. Cualquier excusa es buena, el sonido de unas papas fritas que salpican y su grito posterior, las llaves sonando en una puerta donde el perro no puede evitar mearse por los nervios o el maravilloso jadeo del polvo siestero, sobre todo si es clandestino y liberal. Todo vale para alimentar la mente devoradora de datos ajenos que preside la cabeza de la Siesa.

En esas ocasiones en que el centro de operaciones se vuelve portátil, la Siesa también acude con un cojincito a los bares y se sienta en la penumbra de algún rincón escondido. Desde allí observa las distintas historias que van surgiendo ante sus ojos: desvelando las miradas, leyendo labios que acaban de dar un sorbo al café con espelta en el Distopía, o un trago a la cerveza que sirve con sonrisa Hassan en el Cambalache. En esos lugares ha vivido secretos, poemas con voz aguardentosa y más de una declaración de amor no correspondida.

Allí también ha soltado un buen mojón.

Porque sí, toda buena Siesa que se precie va dejando rastro allá por donde va. Es una manía, como tantas otras que rigen la cuadriculada vida de nuestro objeto de estudio. Podemos lanzar sin ningún riesgo de equivocación la premisa de que la Siesa es generosa y, como la mierda es un simbólico regalo,  caga con facilidad en todo lugar que visita. Dejó un regalo en Onda Cádiz cuando fue de visita con la cofradía; se cagó en el wc del Kichi, desafiando los controles policiales, aquella vez que acudió al pleno; caga siempre que va al Merodio y en Las Palomas, sobre todo después de hartarse de ensaladilla. Es cagona de mojón fácil y limpio. Mas de un naturista le dijo que la textura y consistencia de su caca predecían una vida longeva y ella se tomó a rajatabla prolongar su vida en todo wc que se le presentara.

Pero aquel sábado de Carnaval no pudo hacerlo. Barras por doquier custodiaban las puertas de su bares favoritos más cercanos, y en el largo peregrinar en pos de un wc disponible, se veía cada vez más rodeada de la fauna que domina el primer fin de semana del carnaval gaditano: homovenimus aemborracharnus, cuyo resultado ya os podéis imaginar. La Siesa caminó y caminó, recorrió calles y calles pegando codazos a diestro y siniestro, aguantando insultos que respondía con una veloz peineta mientras se escabullía entre los, cada vez más escasos, recovecos entre la gente. Pero era imposible, no podía avanzar y, lo que era peor, su generosidad luchaba por salir y era extremadamente insistente. La Siesa se vio poseída por una desazón interna, y un sudor frío recorrió su cuerpo de la misma manera que le ocurrió a Sigourney Weaver cuando sintió la respiración del Alien, solo que el Alien en esta ocasión era muy terrestre. Entonces se encomendó a todos los santos, lanzó al cielo una plegaria a Paco Alba, rezó a Quiñones, imploró a Mariana Cornejo e incluso cantó en susurros La Habanera de Carlos Cano. Y cuando ya estaba todo el pescado vendido y la Siesa preparada a inmolarse, vio salir a un hombre de un balcón. Se fijó detenidamente en aquellos ojos engafados. Era él. Pegó un silbido que puso alerta al hombre de su presencia y con tan solo una mirada se entendieron al instante.

Cuando llegues abro el portón y subes– leyó nuestra Siesa en sus labios y apartó de un manotazo a la pareja, empujó al que quería ligar con la chavala y pasó por debajo de los brazos del que se hacía una raya en el bidón de la basura. Y tal como articularon aquellos labios de aquel hombre engafado, nada más llegar al portón este se abrió y ella subió. Y no es difícil acertar qué ocurrió después. Lo que nunca adivinaríais es lo que pasó entre ellos más tarde, tras una copa de vino, remezclados en la intimidad de las sábanas durante toda la noche. Cuando llegó el alba, mientras Juan Carlos Monedero (La Buena Siesa y el sexo) dormía desnudo en la cama de aquel piso alquilado por Airbnb, la Siesa se vistió presurosa, recogió rápidamente su pelo es un estiradísimo moño y salió doblemente saciada, bloqueando una vez más cualquier emoción en su interior.

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La siesa
Fotografía: Jesús Massó

Toda buena siesa que se precie está completamente al margen de cualquier tendencia ideológica que precise movimiento social y reivindicación. Por esta razón, podemos verla clavando la vista en la lejanía, como si viera a alguien conocido, o rebuscando atentamente en el bolso con la mirada fija en el movimiento de sus propias manos al cruzarse casualmente con las chicas de Intermon, Médicos Sin Fronteras o Greenpeace. Sus requiebros de cadera al paso de huchas del Domund o de REMAR, la hacen digna de una experta bailarina de break dance. Por suerte para ella, al ser la ciudad tan pequeña y su oído tan fino, es capaz de oír y calcular exactamente la distancia media de cualquier manifestación que esté entrando por las Puertas de tierra, y trazar rápidamente un camino alternativo.

Ella reniega de las consignas, gritos y manifiestos que las últimas oleadas de mareas han traído en distintos colores a la ciudad. No es que esté en contra, no, es que le da coraje. El coraje en sí no tiene razón concreta, no hay motivo desencadenante, solo nace de pronto en el interior de la Siesa, provocando que la pequeña hernia de hiato se vuelva volcán de eructos sucesivos muy vergonzosos para la susodicha. Por eso cuando tiene un ataque de coraje corre hacia su casa a tomarse una menta poleo doble.

Ya lo decía Mariví Farris, en su famoso texto utópico Coraje de vivir (Ed. Metocaelco 1979): Este coraje no viene de la nada, es fruto de la extrema sensibilidad que caracteriza a toda Siesa. Esa que se afecta por el cambio de luna, por el soplar de un levante o poniente, o por el descuadre horario del solsticio. El coraje aquel da dolor de mandíbulas, encajadas en un gruñido asfixiado en la garganta, y esto no es bueno para la humanidad.

Por esta razón nuestra Siesa lleva guantes negros de organdí. Este complemento textil poco tiene que ver con el frío o la estética y mucho con una protección sensitiva ante todo aquello que suponga contacto físico. Más allá de la manía ante los gérmenes, que también existe, ella se protege ante informaciones indeseadas. No podemos olvidar su capacidad innata para captar con minucioso detalle cualquier secreto que se respira en el aire. Podríamos decir que nuestra Siesa tiene el don de un tacto mágico capaz de captar cualquier pormenor, cualquier historia oculta en el pasado o incluso percibir con una serie de imágenes el futuro desgraciado.

Algo así le pasaba a Cassandra una de las primeras Siesas de la historia, profeta mitológica que solo predecía desgracias.

En más de una ocasión la Siesa se vió envuelta en situaciones táctiles comprometidas. Tocar la mano del pescadero que le da la compra y visualizarle de espaldas, con el pantalón resbalando mostrando parte del culo mientras limpia unas acedias, ajeno por completo a las miradas divertidas de una tienda llena de clientes. Alguna vez visualizó accidentes en escaleras, en curvas peligrosas o aguas alborotadas, facturas de Eléctrica de Cádiz desorbitadas,  pero nadie la creyó nunca. La gente desconfiaba y pisaba mojones de perro bien nutridos a pesar de que minutos antes la Siesa-Cassandra les había avisado. – Po te jode-, pensaba ella para sus adentros, y le daba mucho coraje todo.

Aquella tarde se soltó el pespunte que cosía delicadamente los guantes de organdí y la Siesa comenzó a tirar del hilito antiestético de manera que el frágil tejido se fue deshilachando poco a poco mientras caminaba por la calle. Quiso dar la vuelta y correr a su casa a por los guantes de recambio, pero al doblar la esquina se topo de bruces con una manifestación feminista.

A La Siesa nunca le ha gustado el feminismo, porque ella es femenina e igualitaria y le dan coraje tanto hombres como mujeres a la vez. No entendía ese afán que tenían ahora las hembras de querer estar por encima de los machos. Ni lo de la intersexualidad, lo queer (¿qué?) Empoderarse decían, y ella pensaba que lo que querían era tener poder y manejar al sexo contrario. En el universo siesil el mundo no tenía matices; había buenos y malos, penes y totos, Barcelona y Madrid, papas y bistec, cada uno en su función, con sus características propias. Tocaba asumir el papel adjudicado. Ella nunca había sentido el machismo. Quizás en su juventud tuvo que pararle los pies a alguno, pero ese no fue machista, no es que estuviera criado en un régimen patriarcal, ese tenía un par de copas de más y era simplemente carajote. Así que tenía claro que ni machismo ni feminismo, igualdad.

Sin quererlo la manifestación la envolvía sin dejarla avanzar ni salir. Se vió obligada a seguir el ritmo marcado por vitores y consignas. Alguien le puso un megáfono entre las manos y ella, por inercia, canto aquello de Un cura, un fraile, los muertos del que no baile y toda la manifestación respondió brincando IIIIIIIiiiin IIIIIIIiiiin IIIIIIIIiiiiin y el megáfono desapareció instantáneamente de sus manos. Entonces sucedió.

El pespunte suelto dió paso a un dedo y luego a otro y a otro,la mano derecha quedó desnuda justo cuando se apoyó en la mujer de pelo rojo que desfilaba delante. Y la Siesa sintió el amargo sabor del semen en aquel claro solitario. Como si fuera un sueño perverso, se trasladó al pasado viéndose a sí misma de rodillas, mirando al tipo con cuchillo mientras esté se corría en su boca. Dejó de tocar a esa mujer y, horrorizada, se dió cuenta de que su mano estaba desnuda. La metió en el bolsillo y trató de abrirse camino con la otra. Pero el guante de organdí de aquella también se deshizo. –Tenía que haberlos comprado en Alvarez-, se dijo. (Véase obsolescencia programada de los guantes de organdi Documentos T). Y sintió la piel del brazo de una chica joven que gritaba La talla 38 me aprieta el chocho. De nuevo su mente viajo en el espacio-tiempo, y llegó a una casa llena de imágenes de santos que la miraban fijamente a los ojos, mientras se subía un pantalón que no sabía si había querido bajarse, sintiendo una culpa antigua llena a su vez de culpas antiguas encaramadas las unas sobre las otras por los siglos de los siglos. Casi se desmayó. Unas mujeres la sostuvieron por los brazos y ella las miró con los ojos desorbitados aunque en realidad no las veía, su mente estaba colapsada de puestos de trabajo que no se dieron, de hogares que se comían a mujeres que estaban obligadas a cuidar, y de voces que no hablaron porque no se creían lo suficientemente importantes como las de ellos. Y así, sin freno, se fueron desencadenando las sucesivas imágenes como una catarata del Niágara en plena tormenta.

A medida que nuestra Siesa iba tocando sin querer los cuerpos de aquellas que se situaban a su alrededor, se iban agolpando a un ritmo frenético, unas detrás de otras, las sensaciones, frases, escenas, con sus olores, sus colores y sus bandas sonoras originales.

Provocadora, quieres que te mire a los ojos pero te pones escote; te has quedado embarazada para pillarle; calladita estás más guapa; si no te hubieras acostado con él la primera noche no habría perdido el interés; amor, los niños no han comido, como no dejaste preparado nada; con hijos y te separas, estás loca; normal que te pegase, si es que eres insoportable; a un hombre no le gustan las mujeres sin tetas; se me echó encima porque no fui clara; una cosa es maltrato y otra una bofetada cuando hace falta; estás muy subidita; calientapollas; si te pongo a cuatro patas ya verás como se te bajan los humos; no puedes abortar: no puedes quedarte embarazada; un buen polvo te hace falta; lesbiana, eso es que no has probado una buena polla; ¿a dónde vais solitas las cinco?; que buenas sois, ¿quien os escribe?.

 Por fin consiguió salir de la manifestación, y en su último impulso se apoyó en una niña que la miró con ojos transparentes. En sus pupilas vió un aula llena de chicos y chicas trabajando codo con codo, jugando a cocinitas o a coches, vestidos como seres libres, al margen por completo de  estereotipos.

Adiós Siesa- dijo la niña mientras levantaba el puño para gritar la siguiente consigna: Somos las nietas de las brujas que no pudisteis quemar.

 Al llegar a su casa casi sin aliento, la Siesa se despojó de la ropa como quien se quita insectos de lo alto. Luego entró en la ducha y se frotó y se frotó y se frotó. Quería limpiarse de las sensaciones ajenas. Al mirar hacia abajo en su acto de aseo compulsivo, descubrió que el agua iba adquiriendo un color peculiar. Y es que, por el desagüe de la ducha, formando un remolino hermoso al rededor de sus pies, se perdía un riachuelo de agua violeta. Fue en ese preciso instante cuando lo supo: definitivamente había roto en feminista.

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XioFotografía: Jesús Massó

Toda buena Siesa que se precie está orgullosa de su anonimato, puesto que éste le permite realizar sin pudor, incluso reincidiendo, cualquier barrabasada en modo siesil que se le ocurra.
 El arte del camuflaje sutil lo aprendió en el colegio, pero no fue algo buscado, sino más bien la aceptación de un hecho vital: no era igual que las demás. Así que poco a poco integró la invisibilidad como parte de su persona, de la misma manera que se hizo experta en el arte de escabullirse sin dejar rastro y con suma rapidez. Arte que aprendió después de observar durante horas las cucarachas que salían del bajante de la casa de su infancia.

Por eso le extrañó tanto aquella noticia que llego a sus oídos sobre una película corta que se había llevado un premio hablando de mujeres olvidadas, de historias que no fueron contadas.
 En la mente de nuestra Siesa se pusieron a funcionar las ruedecitas de la lógica, encajando las unas con las otras: mujeres+olvidadas+historias anónimas=el corto hablaba de ella.
 Se dejó caer por el cine y azuzó su oreja-antena. Sintonizó el cerebro en dirección a una pareja de mediana edad y ropajes bohemios extremadamente caros. La memoria fantasma, decían; 
Docuexpress Alcances, comentaban.

Ya está- se dijo a sí misma, –la peli que habla de mí la echan en el festival ese para frikis que se compran el abono y van con gafas, y una mochila, y luego miran el móvil en lugar de la película. Y después se van de tertulia a ponerse ciegos de cerveza sin gluten para hablar sobre encuadres, enfoques, travellings y miradas objetivas, pero lo que quieren en realidad es echar un polvo.

Compró la entrada.

Y allí, en esa sala de cine prácticamente desocupada se encontraba nuestra Siesa dispuesta a ver el famoso documental que hablaba sobre ella. Sentada en un asiento central al lado del pasillo, para poder salir fácilmente si se declaraba un incendio, explotaba un foco o un independentista sacaba un fajo de papeletas para el referéndum y entraban los antidisturbios. Poder salir y salvarse, ese era su primer pensamiento nada más ingresar en las entrañas de cualquier edificio.

Miró a su alrededor: un par de parejas mayores, una mujer, el chico y el padre, todas con gafas y aire sumamente intelectual. La siesa notó un escalofrío, se sintió atrapada en la telaraña cultureta de la ciudad, a punto de ser devorada por bso, campus cinema y lecturas dramatizadas de corte satírico. Tras persignarse, sacó un paquete de pipas Churruca haciendo mucho ruido, para romper el ambiente y, de alguna manera, exorcizarse del esnobismo que creía comenzaba a poseerla.

La película empezó oscura. Por un momento nuestra siesa pensó que se había acabado el mundo hasta que escuchó una voz en inglés: Bolingo, el bosque del amor.

Mierda– se dijo –me he equivocado de sala-.

Estuvo a punto de levantarse e irse, como Siesa que lleva el diablo, pero aquella voz parecía poseedora de una verdad tan profunda que fue casi incapaz de mover el culo del asiento y, cuando vio a aquella mujer negra en pantalla, se quedó clavada por completo. Esa mujer compartía  solemnidad de estatua de ébano con otras cuatro mujeres. Todas hablando un inglés con acentos de sus diferentes regiones, distintas ropas, distintos peinados; pero todas unidas por una misma mirada que unificaba el relato.

Y ahí se quedó nuestra Siesa, embargada por una sensación extraña, como de empacho, como de principio de cólico o infección de orina, como de frío de mal cuerpo, de bañador mojado con poniente, como de bartolino en axila rasurada, de escape gaseoso en ascensor con gente, de castañas asadas bajo un sol de justicia o helado tropical mientras en la plaza hace un frío de muerte. La Siesa tomo todas esas sensaciones e hizo una mezcla homogénea, y al amasarlas dentro de sí le vino un lamento. Supo entonces que lo que sentía era tristeza. Y sin haber vivido nada de lo que decía aquel relato se metió en los ojos de aquellas mujeres, y vio con los suyos propios la pobreza que perseguía sus cuerpos y las empujaba a huir del país buscando un futuro mejor.

En un momento dado, la sala se transformó en desierto y la Siesa mató las serpientes que acechaban los cuerpos durmientes en mitad de la duna. Fue la mano que paró  el camión rebosante de almas desesperadas, cuando una de ellas se cayó en el camino e iba a ser abandonada a su suerte. Ella ayudó a aquella mujer que rompió aguas, y juntas cortaron el cordón umbilical y buscaron refugio. Dio una enorme patada en los testículos a un hombre, mientras apartaba a otro de encima de aquella muchacha, obligada a pagar con su cuerpo el deseado paso a la Frontera. Agarró la mano de la madre que perdió al hijo cuando volcó la lancha de 120 personas, y luego salvó al hijo y lo puso a su pecho para que no llorara.

Todas esas cosas hizo sin hacerlas, llorando sin lágrimas en una sala reconvertida en infierno. Llorando a los héroes muertos que nunca se sabría que lo fueron. Todo eso hizo sin dejar de comer pipas ni un solo momento.

Y cuando se levantó de su asiento salió rápida para no olvidar esas miradas y poder captarlas en su diario secreto nada más llegar a la casa. Aunque, a decir verdad, tampoco quería que nadie le llamará la atención por la enorme montaña de cáscaras que había dejado a su alrededor.

La memoria fantasma, de David Montiel

Bolingo, el bosque del amor, de Alejandro G. Salgado

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Xiomara

Fotografía: Jesús Massó

Toda buena Siesa que se precie acepta de buen grado el paso del tiempo. No se molesta ante el “usted” o el “señora” dicho por alguien en la misma franja de edad, es más, exige este signo de respeto considerando una grave afrenta que la tuteen, puesto que ella ya nació siendo vieja.

No acepta, sin embargo, las acciones políticamente correctas vinculadas a determinadas etapas, tales como el flirteo, el tener pareja, casarse, formar una familia, etc. Aspectos como envejecer juntos, cuidar a los padres y las madres o soportar a las nietas, le producen un profundo rechazo. El mismo que le provoca la palabra “solterona” dicha con compasión por lo bajini. La Siesa entonces saborea el sabor de su propia bilis al descubrir esa impresión generalizada de que no tener pareja o hijas a su edad la hace presa de un enorme desarraigo. Ella jamás se ha sentido desarraigada porque en sí misma siempre ha sido un árbol con raices. Un árbol otoñal con algún verdor escondido y muchos frutos de espinas evidentes, pero un árbol al fin y al cabo.

En estas ocasiones suele escupir al suelo un lapo primal que habla e insulta por sí solo, de manera que aquellas miradas de lástima se tornan en espanto y escapan corriendo calle abajo, más de una vez con apariencia de caballos desbocados.

Este acto de gargajeo forma parte del conjunto de poderes siesiles que el famoso antropólogo Marvin Farris recopila en su obra Entre las gracias hay maldades, poderes y de nadas, Ed. Cazador de lagartijas 2017.

En este libro podemos encontrar una serie de características englobadas en dos grandes grupos: innatas o aprendidas con el tiempo y las circunstancias vitales de cada siesa. Estas características son denominadas por Farris con el término poderes, porque poseerlas en conjunto dota a la buena siesa de una capacidad sin límite solo accesible a unos pocos elegid@s. Ya hemos visto en anteriores capítulos el sino de elegida perpetua con el que la Siesa se maneja en sociedad.

Farris hace hincapié en tres poderes básicos fácilmente reconocibles en toda buena siesa. Estos son: Sentimiento de justicia (siempre con respecto a una afrenta cotidiana),
 Derrotismo y Mardá.
 Podría decirse que esta unión de poderes la hace inmune a la moral cristiana, pero no es así. Como ya es sabido, la siesa gaditana profesa una gran devoción por el cristo del Medinaceli y paga rigurosamente sus cuotas para salir en el Ecce Matter Tua. En palabras de la directora del Good Siesing Study, la prestigiosa doctora de ascendencia africana Mrs. Tomisecwelatayatimen Smith: “She is a fuking samaritan….give me a dollar, please” Los tres poderes/características se combinan entre ellos.

Pongamos un ejemplo reciente. El pasado sábado nuestra Siesa acudió a Carrefour a hacer una compra grande, de esas que se hace una vez cada tres meses. Se hizo con un carro y comenzó a recorrer ordenadamente los pasillos, metiendo los productos con meticulosidad japonesa, desde agua con gas hasta pasta de dientes antisarro pasando por las garrafas de aceite virgen extra y por los bastoncillos de las orejas. Todo tenía un hueco perfecto dentro de aquel carro. Cuando ya se hubo abastecido lo suficiente, se aproximó a la caja sintiendo cómo sus riñones acusaban el peso de empujar aquella especie de carreta con ruedas como si de arrastrar un piano por la playa se tratara. Con esfuerzo máximo se situó en la línea de caja. Le iba a salir caro pero no importaba, pagaría con tarjeta que para eso la tiene. A su espalda escuchó susurros. Su oído-antena captó perfectamente las palabras de una mujer y su hija situadas a su espalda:

¿Para que querrá Chocapic?- dijo la hija.

¿Y tanto papel higiénico? Si vive sola.– contestó la madre.

Qué cantidad de macarrones, se le va a poner cara de pasta.

Niña no digas eso, pobrecita, es una solterona.– sentenció la madre.

Solterona, solterona, solterona, solterona cantó el hilo musical, y cada nota golpeó la cabeza de la Siesa en diferentes puntos estratégicos. Estaba mareada. Fué entonces cuando observó cómo aquella madre e hija de aspecto indefinido, se saltaban el cordón que delimita el acceso a caja en el súper, colándose con faz grande delante suya (sentimiento de justicia). Automáticamente, reflexionó sobre el oscuro e inexorable camino que toma una sociedad que no piensa en el prójimo por culpa de las decisiones de su gobierno (derrotismo); se le erizaron los pelillos del bigote y se le subió la bilis. En ese momento, se puso en modo ataque siesil mientras su mente trabajaba a un ritmo acelerado, y se acercaba cautelosa a su objetivo (mardá) para pegar una alarma de ropa en el cartón de leche de las susodichas diciéndose entre dientes «maspalososdenmamonas» que significa os deseo muy mala suerte en el día de hoy, mujeres aún lactantes. Pidió que le llevaran la compra y se fué rápido a su casa. Le esperaba alguien. Quizás no fuera ningún amigo, tampoco ningún familiar, pero no importaba qué lugar ocupase en su vida porque ella estaría allí al pie del cañón para defenderle a capa y espada. Y cocinaría macarrones, compraría chocapic y pondría el triple de lavadoras. Sería un esfuerzo, sí, pero daba igual qué lugar ocupase en su mundo y cuanto tiempo lo hiciera, porque ella llevaría en secreto su presencia y le cobijaría en su sombra de árbol solitario todo el tiempo que hiciera falta. Porque ayer, hoy y mañana Juana está en su casa.