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Siesa
Fotograf√≠a: Jes√ļs Mass√≥

Toda buena Siesa que se precie tiene el centro de operaciones en casa. En esa zona acogedora de butaca y sal√≥n, donde el culo se aposenta como un ser independiente, aparte del cuerpo siesil. Es all√≠ donde ella capta las conversaciones, percibe los sonidos e incluso se impregna de fluidos y condensaciones ambientales. En ese lugar tiene visiones, habla con esp√≠ritus en el d√≠a de los muertos y durante la final del COAC y, sobre todo, se tira peos que son se√Īores madrugadores con bigote. Esa butaca ha vivido mucho, tanto que casi podr√≠a escribir su propia historia, que quiz√°s podr√≠a llamarse Perspectivas desde el lugar de atr√°s o Relatos de culo c√≥modo o La c√°mara de gas, un relato de supervivencia.

Pero en ocasiones, seg√ļn las circunstancias, el centro de operaciones se ampl√≠a y se convierte en port√°til. Y nuestra Siesa deambula por las calles rastreando el espacio en pos de alguna conversaci√≥n interesante o algo que sugiera im√°genes en su cerebro deductivo. Cualquier excusa es buena, el sonido de unas papas fritas que salpican y su grito posterior, las llaves sonando en una puerta donde el perro no puede evitar mearse por los nervios o el maravilloso jadeo del polvo siestero, sobre todo si es clandestino y liberal. Todo vale para alimentar la mente devoradora de datos ajenos que preside la cabeza de la Siesa.

En esas ocasiones en que el centro de operaciones se vuelve port√°til, la Siesa tambi√©n acude con un cojincito a los bares y se sienta en la penumbra de alg√ļn rinc√≥n escondido. Desde all√≠ observa las distintas historias que van surgiendo ante sus ojos: desvelando las miradas, leyendo labios que acaban de dar un sorbo al caf√© con espelta en el Distop√≠a, o un trago a la cerveza que sirve con sonrisa Hassan en el Cambalache. En esos lugares ha vivido secretos, poemas con voz aguardentosa y m√°s de una declaraci√≥n de amor no correspondida.

Allí también ha soltado un buen mojón.

Porque s√≠, toda buena Siesa que se precie va dejando rastro all√° por donde va. Es una man√≠a, como tantas otras que rigen la cuadriculada vida de nuestro objeto de estudio. Podemos lanzar sin ning√ļn riesgo de equivocaci√≥n la premisa de que la Siesa es generosa y, como la mierda es un simb√≥lico regalo,¬† caga con facilidad en todo lugar que visita. Dej√≥ un regalo en Onda C√°diz cuando fue de visita con la cofrad√≠a; se cag√≥ en el wc del Kichi, desafiando los controles policiales, aquella vez que acudi√≥ al pleno; caga siempre que va al Merodio y en Las Palomas, sobre todo despu√©s de hartarse de ensaladilla. Es cagona de moj√≥n f√°cil y limpio. Mas de un naturista le dijo que la textura y consistencia de su caca predec√≠an una vida longeva y ella se tom√≥ a rajatabla prolongar su vida en todo wc que se le presentara.

Pero aquel s√°bado de Carnaval no pudo hacerlo. Barras por doquier custodiaban las puertas de su bares favoritos m√°s cercanos, y en el largo peregrinar en pos de un wc disponible, se ve√≠a cada vez m√°s rodeada de la fauna que domina el primer fin de semana del carnaval gaditano: homovenimus aemborracharnus, cuyo resultado ya os pod√©is imaginar. La Siesa camin√≥ y camin√≥, recorri√≥ calles y calles pegando codazos a diestro y siniestro, aguantando insultos que respond√≠a con una veloz peineta mientras se escabull√≠a entre los, cada vez m√°s escasos, recovecos entre la gente. Pero era imposible, no pod√≠a avanzar y, lo que era peor, su generosidad luchaba por salir y era extremadamente insistente. La Siesa se vio pose√≠da por una desaz√≥n interna, y un sudor fr√≠o recorri√≥ su cuerpo de la misma manera que le ocurri√≥ a Sigourney Weaver cuando sinti√≥ la respiraci√≥n del Alien, solo que el Alien en esta ocasi√≥n era muy terrestre. Entonces se encomend√≥ a todos los santos, lanz√≥ al cielo una plegaria a Paco Alba, rez√≥ a Qui√Īones, implor√≥ a Mariana Cornejo e incluso cant√≥ en susurros La Habanera de Carlos Cano. Y cuando ya estaba todo el pescado vendido y la Siesa preparada a inmolarse, vio salir a un hombre de un balc√≥n. Se fij√≥ detenidamente en aquellos ojos engafados. Era √©l. Peg√≥ un silbido que puso alerta al hombre de su presencia y con tan solo una mirada se entendieron al instante.

Cuando llegues abro el port√≥n y subes– ley√≥ nuestra Siesa en sus labios y apart√≥ de un manotazo a la pareja, empuj√≥ al que quer√≠a ligar con la chavala y pas√≥ por debajo de los brazos del que se hac√≠a una raya en el bid√≥n de la basura. Y tal como articularon aquellos labios de aquel hombre engafado, nada m√°s llegar al port√≥n este se abri√≥ y ella subi√≥. Y no es dif√≠cil acertar qu√© ocurri√≥ despu√©s. Lo que nunca adivinar√≠ais es lo que pas√≥ entre ellos m√°s tarde, tras una copa de vino, remezclados en la intimidad de las s√°banas durante toda la noche. Cuando lleg√≥ el alba, mientras Juan Carlos Monedero (La Buena Siesa y el sexo) dorm√≠a desnudo en la cama de aquel piso alquilado por Airbnb, la Siesa se visti√≥ presurosa, recogi√≥ r√°pidamente su pelo es un estirad√≠simo mo√Īo y sali√≥ doblemente saciada, bloqueando una vez m√°s cualquier emoci√≥n en su interior.

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La siesa
Fotograf√≠a: Jes√ļs Mass√≥

Toda buena siesa que se precie est√° completamente al margen de cualquier tendencia ideol√≥gica que precise movimiento social y reivindicaci√≥n. Por esta raz√≥n, podemos verla clavando la vista en la lejan√≠a, como si viera a alguien conocido, o rebuscando atentamente en el bolso con la mirada fija en el movimiento de sus propias manos al cruzarse casualmente con las chicas de Intermon, M√©dicos Sin Fronteras o Greenpeace. Sus requiebros de cadera al paso de huchas del Domund o de REMAR, la hacen digna de una experta bailarina de break dance. Por suerte para ella, al ser la ciudad tan peque√Īa y su o√≠do tan fino, es capaz de o√≠r y calcular exactamente la distancia media de cualquier manifestaci√≥n que est√© entrando por las Puertas de tierra, y trazar r√°pidamente un camino alternativo.

Ella reniega de las consignas, gritos y manifiestos que las √ļltimas oleadas de mareas han tra√≠do en distintos colores a la ciudad. No es que est√© en contra, no, es que le da coraje. El coraje en s√≠ no tiene raz√≥n concreta, no hay motivo desencadenante, solo nace de pronto en el interior de la Siesa, provocando que la peque√Īa hernia de hiato se vuelva volc√°n de eructos sucesivos muy vergonzosos para la susodicha. Por eso cuando tiene un ataque de coraje corre hacia su casa a tomarse una menta poleo doble.

Ya lo dec√≠a Mariv√≠ Farris, en su famoso texto ut√≥pico Coraje de vivir (Ed. Metocaelco 1979): Este coraje no viene de la nada, es fruto de la extrema sensibilidad que caracteriza a toda Siesa. Esa que se afecta por el cambio de luna, por el soplar de un levante o poniente, o por el descuadre horario del solsticio. El coraje aquel da dolor de mand√≠bulas, encajadas en un gru√Īido asfixiado en la garganta, y esto no es bueno para la humanidad.

Por esta razón nuestra Siesa lleva guantes negros de organdí. Este complemento textil poco tiene que ver con el frío o la estética y mucho con una protección sensitiva ante todo aquello que suponga contacto físico. Más allá de la manía ante los gérmenes, que también existe, ella se protege ante informaciones indeseadas. No podemos olvidar su capacidad innata para captar con minucioso detalle cualquier secreto que se respira en el aire. Podríamos decir que nuestra Siesa tiene el don de un tacto mágico capaz de captar cualquier pormenor, cualquier historia oculta en el pasado o incluso percibir con una serie de imágenes el futuro desgraciado.

Algo así le pasaba a Cassandra una de las primeras Siesas de la historia, profeta mitológica que solo predecía desgracias.

En más de una ocasión la Siesa se vió envuelta en situaciones táctiles comprometidas. Tocar la mano del pescadero que le da la compra y visualizarle de espaldas, con el pantalón resbalando mostrando parte del culo mientras limpia unas acedias, ajeno por completo a las miradas divertidas de una tienda llena de clientes. Alguna vez visualizó accidentes en escaleras, en curvas peligrosas o aguas alborotadas, facturas de Eléctrica de Cádiz desorbitadas,  pero nadie la creyó nunca. La gente desconfiaba y pisaba mojones de perro bien nutridos a pesar de que minutos antes la Siesa-Cassandra les había avisado. РPo te jode-, pensaba ella para sus adentros, y le daba mucho coraje todo.

Aquella tarde se soltó el pespunte que cosía delicadamente los guantes de organdí y la Siesa comenzó a tirar del hilito antiestético de manera que el frágil tejido se fue deshilachando poco a poco mientras caminaba por la calle. Quiso dar la vuelta y correr a su casa a por los guantes de recambio, pero al doblar la esquina se topo de bruces con una manifestación feminista.

A La Siesa nunca le ha gustado el feminismo, porque ella es femenina e igualitaria y le dan coraje tanto hombres como mujeres a la vez. No entend√≠a ese af√°n que ten√≠an ahora las hembras de querer estar por encima de los machos. Ni lo de la intersexualidad, lo queer (¬Ņqu√©?) Empoderarse dec√≠an, y ella pensaba que lo que quer√≠an era tener poder y manejar al sexo contrario. En el universo siesil el mundo no ten√≠a matices; hab√≠a buenos y malos, penes y totos, Barcelona y Madrid, papas y bistec, cada uno en su funci√≥n, con sus caracter√≠sticas propias. Tocaba asumir el papel adjudicado. Ella nunca hab√≠a sentido el machismo. Quiz√°s en su juventud tuvo que pararle los pies a alguno, pero ese no fue machista, no es que estuviera criado en un r√©gimen patriarcal, ese ten√≠a un par de copas de m√°s y era simplemente carajote. As√≠ que ten√≠a claro que ni machismo ni feminismo, igualdad.

Sin quererlo la manifestación la envolvía sin dejarla avanzar ni salir. Se vió obligada a seguir el ritmo marcado por vitores y consignas. Alguien le puso un megáfono entre las manos y ella, por inercia, canto aquello de Un cura, un fraile, los muertos del que no baile y toda la manifestación respondió brincando IIIIIIIiiiin IIIIIIIiiiin IIIIIIIIiiiiin y el megáfono desapareció instantáneamente de sus manos. Entonces sucedió.

El pespunte suelto di√≥ paso a un dedo y luego a otro y a otro,la mano derecha qued√≥ desnuda justo cuando se apoy√≥ en la mujer de pelo rojo que desfilaba delante. Y la Siesa sinti√≥ el amargo sabor del semen en aquel claro solitario. Como si fuera un sue√Īo perverso, se traslad√≥ al pasado vi√©ndose a s√≠ misma de rodillas, mirando al tipo con cuchillo mientras est√© se corr√≠a en su boca. Dej√≥ de tocar a esa mujer y, horrorizada, se di√≥ cuenta de que su mano estaba desnuda. La meti√≥ en el bolsillo y trat√≥ de abrirse camino con la otra. Pero el guante de organd√≠ de aquella tambi√©n se deshizo. –Ten√≠a que haberlos comprado en Alvarez-, se dijo. (V√©ase obsolescencia programada de los guantes de organdi Documentos T). Y sinti√≥ la piel del brazo de una chica joven que gritaba La talla 38 me aprieta el chocho. De nuevo su mente viajo en el espacio-tiempo, y lleg√≥ a una casa llena de im√°genes de santos que la miraban fijamente a los ojos, mientras se sub√≠a un pantal√≥n que no sab√≠a si hab√≠a querido bajarse, sintiendo una culpa antigua llena a su vez de culpas antiguas encaramadas las unas sobre las otras por los siglos de los siglos. Casi se desmay√≥. Unas mujeres la sostuvieron por los brazos y ella las mir√≥ con los ojos desorbitados aunque en realidad no las ve√≠a, su mente estaba colapsada de puestos de trabajo que no se dieron, de hogares que se com√≠an a mujeres que estaban obligadas a cuidar, y de voces que no hablaron porque no se cre√≠an lo suficientemente importantes como las de ellos. Y as√≠, sin freno, se fueron desencadenando las sucesivas im√°genes como una catarata del Ni√°gara en plena tormenta.

A medida que nuestra Siesa iba tocando sin querer los cuerpos de aquellas que se situaban a su alrededor, se iban agolpando a un ritmo frenético, unas detrás de otras, las sensaciones, frases, escenas, con sus olores, sus colores y sus bandas sonoras originales.

Provocadora, quieres que te mire a los ojos pero te pones escote; te has quedado embarazada para pillarle; calladita est√°s m√°s guapa; si no te hubieras acostado con √©l la primera noche no habr√≠a perdido el inter√©s; amor, los ni√Īos no han comido, como no dejaste preparado nada; con hijos y te separas, est√°s loca; normal que te pegase, si es que eres insoportable; a un hombre no le gustan las mujeres sin tetas; se me ech√≥ encima porque no fui clara; una cosa es maltrato y otra una bofetada cuando hace falta; est√°s muy subidita; calientapollas; si te pongo a cuatro patas ya ver√°s como se te bajan los humos; no puedes abortar: no puedes quedarte embarazada; un buen polvo te hace falta; lesbiana, eso es que no has probado una buena polla; ¬Ņa d√≥nde vais solitas las cinco?; que buenas sois, ¬Ņquien os escribe?.

¬†Por fin consigui√≥ salir de la manifestaci√≥n, y en su √ļltimo impulso se apoy√≥ en una ni√Īa que la mir√≥ con ojos transparentes. En sus pupilas vi√≥ un aula llena de chicos y chicas trabajando codo con codo, jugando a cocinitas o a coches, vestidos como seres libres, al margen por completo de¬† estereotipos.

Adi√≥s Siesa- dijo la ni√Īa mientras levantaba el pu√Īo para gritar la siguiente consigna: Somos las nietas de las brujas que no pudisteis quemar.

¬†Al llegar a su casa casi sin aliento, la Siesa se despoj√≥ de la ropa como quien se quita insectos de lo alto. Luego entr√≥ en la ducha y se frot√≥ y se frot√≥ y se frot√≥. Quer√≠a limpiarse de las sensaciones ajenas. Al mirar hacia abajo en su acto de aseo compulsivo, descubri√≥ que el agua iba adquiriendo un color peculiar. Y es que, por el desag√ľe de la ducha, formando un remolino hermoso al rededor de sus pies, se perd√≠a un riachuelo de agua violeta. Fue en ese preciso instante cuando lo supo: definitivamente hab√≠a roto en feminista.

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XioFotograf√≠a: Jes√ļs Mass√≥

Toda buena Siesa que se precie está orgullosa de su anonimato, puesto que éste le permite realizar sin pudor, incluso reincidiendo, cualquier barrabasada en modo siesil que se le ocurra.
 El arte del camuflaje sutil lo aprendió en el colegio, pero no fue algo buscado, sino más bien la aceptación de un hecho vital: no era igual que las demás. Así que poco a poco integró la invisibilidad como parte de su persona, de la misma manera que se hizo experta en el arte de escabullirse sin dejar rastro y con suma rapidez. Arte que aprendió después de observar durante horas las cucarachas que salían del bajante de la casa de su infancia.

Por eso le extra√Ī√≥ tanto aquella noticia que llego a sus o√≠dos sobre una pel√≠cula corta que se hab√≠a llevado un premio hablando de mujeres olvidadas, de historias que no fueron contadas.‚Ä® En la mente de nuestra Siesa se pusieron a funcionar las ruedecitas de la l√≥gica, encajando las unas con las otras: mujeres+olvidadas+historias an√≥nimas=el corto hablaba de ella.‚Ä® Se dej√≥ caer por el cine y azuz√≥ su oreja-antena. Sintoniz√≥ el cerebro en direcci√≥n a una pareja de mediana edad y ropajes bohemios extremadamente caros. La memoria fantasma, dec√≠an; ‚Ä®Docuexpress Alcances, comentaban.

Ya est√°- se dijo a s√≠ misma, –la peli que habla de m√≠ la echan en el festival ese para frikis que se compran el abono y van con gafas, y una mochila, y luego miran el m√≥vil en lugar de la pel√≠cula. Y despu√©s se van de tertulia a ponerse ciegos de cerveza sin gluten para hablar sobre encuadres, enfoques, travellings y miradas objetivas, pero lo que quieren en realidad es echar un polvo.

Compró la entrada.

Y all√≠, en esa sala de cine pr√°cticamente desocupada se encontraba nuestra Siesa dispuesta a ver el famoso documental que hablaba sobre ella. Sentada en un asiento central al lado del pasillo, para poder salir f√°cilmente si se declaraba un incendio, explotaba un foco o un independentista sacaba un fajo de papeletas para el refer√©ndum y entraban los antidisturbios. Poder salir y salvarse, ese era su primer pensamiento nada m√°s ingresar en las entra√Īas de cualquier edificio.

Mir√≥ a su alrededor: un par de parejas mayores, una mujer, el chico y el padre, todas con gafas y aire sumamente intelectual. La siesa not√≥ un escalofr√≠o, se sinti√≥ atrapada en la telara√Īa cultureta de la ciudad, a punto de ser devorada por bso, campus cinema y lecturas dramatizadas de corte sat√≠rico. Tras persignarse, sac√≥ un paquete de pipas Churruca haciendo mucho ruido, para romper el ambiente y, de alguna manera, exorcizarse del esnobismo que cre√≠a comenzaba a poseerla.

La película empezó oscura. Por un momento nuestra siesa pensó que se había acabado el mundo hasta que escuchó una voz en inglés: Bolingo, el bosque del amor.

Mierda– se dijo –me he equivocado de sala-.

Estuvo a punto de levantarse e irse, como Siesa que lleva el diablo, pero aquella voz parecía poseedora de una verdad tan profunda que fue casi incapaz de mover el culo del asiento y, cuando vio a aquella mujer negra en pantalla, se quedó clavada por completo. Esa mujer compartía  solemnidad de estatua de ébano con otras cuatro mujeres. Todas hablando un inglés con acentos de sus diferentes regiones, distintas ropas, distintos peinados; pero todas unidas por una misma mirada que unificaba el relato.

Y ah√≠ se qued√≥ nuestra Siesa, embargada por una sensaci√≥n extra√Īa, como de empacho, como de principio de c√≥lico o infecci√≥n de orina, como de fr√≠o de mal cuerpo, de ba√Īador mojado con poniente, como de bartolino en axila rasurada, de escape gaseoso en ascensor con gente, de casta√Īas asadas bajo un sol de justicia o helado tropical mientras en la plaza hace un fr√≠o de muerte. La Siesa tomo todas esas sensaciones e hizo una mezcla homog√©nea, y al amasarlas dentro de s√≠ le vino un lamento. Supo entonces que lo que sent√≠a era tristeza. Y sin haber vivido nada de lo que dec√≠a aquel relato se meti√≥ en los ojos de aquellas mujeres, y vio con los suyos propios la pobreza que persegu√≠a sus cuerpos y las empujaba a huir del pa√≠s buscando un futuro mejor.

En un momento dado, la sala se transformó en desierto y la Siesa mató las serpientes que acechaban los cuerpos durmientes en mitad de la duna. Fue la mano que paró  el camión rebosante de almas desesperadas, cuando una de ellas se cayó en el camino e iba a ser abandonada a su suerte. Ella ayudó a aquella mujer que rompió aguas, y juntas cortaron el cordón umbilical y buscaron refugio. Dio una enorme patada en los testículos a un hombre, mientras apartaba a otro de encima de aquella muchacha, obligada a pagar con su cuerpo el deseado paso a la Frontera. Agarró la mano de la madre que perdió al hijo cuando volcó la lancha de 120 personas, y luego salvó al hijo y lo puso a su pecho para que no llorara.

Todas esas cosas hizo sin hacerlas, llorando sin lágrimas en una sala reconvertida en infierno. Llorando a los héroes muertos que nunca se sabría que lo fueron. Todo eso hizo sin dejar de comer pipas ni un solo momento.

Y cuando se levant√≥ de su asiento sali√≥ r√°pida para no olvidar esas miradas y poder captarlas en su diario secreto nada m√°s llegar a la casa. Aunque, a decir verdad, tampoco quer√≠a que nadie le llamar√° la atenci√≥n por la enorme monta√Īa de c√°scaras que hab√≠a dejado a su alrededor.

La memoria fantasma, de David Montiel

Bolingo, el bosque del amor, de Alejandro G. Salgado

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Xiomara

Fotograf√≠a: Jes√ļs Mass√≥

Toda buena Siesa que se precie acepta de buen grado el paso del tiempo. No se molesta ante el ‚Äúusted‚ÄĚ o el ‚Äúse√Īora‚ÄĚ dicho por alguien en la misma franja de edad, es m√°s, exige este signo de respeto considerando una grave afrenta que la tuteen, puesto que ella ya naci√≥ siendo vieja.

No acepta, sin embargo, las acciones pol√≠ticamente correctas vinculadas a determinadas etapas, tales como el flirteo, el tener pareja, casarse, formar una familia, etc. Aspectos como envejecer juntos, cuidar a los padres y las madres o soportar a las nietas, le producen un profundo rechazo. El mismo que le provoca la palabra ‚Äúsolterona‚ÄĚ dicha con compasi√≥n por lo bajini. La Siesa entonces saborea el sabor de su propia bilis al descubrir esa impresi√≥n generalizada de que no tener pareja o hijas a su edad la hace presa de un enorme desarraigo. Ella jam√°s se ha sentido desarraigada porque en s√≠ misma siempre ha sido un √°rbol con raices. Un √°rbol oto√Īal con alg√ļn verdor escondido y muchos frutos de espinas evidentes, pero un √°rbol al fin y al cabo.

En estas ocasiones suele escupir al suelo un lapo primal que habla e insulta por sí solo, de manera que aquellas miradas de lástima se tornan en espanto y escapan corriendo calle abajo, más de una vez con apariencia de caballos desbocados.

Este acto de gargajeo forma parte del conjunto de poderes siesiles que el famoso antropólogo Marvin Farris recopila en su obra Entre las gracias hay maldades, poderes y de nadas, Ed. Cazador de lagartijas 2017.

En este libro podemos encontrar una serie de características englobadas en dos grandes grupos: innatas o aprendidas con el tiempo y las circunstancias vitales de cada siesa. Estas características son denominadas por Farris con el término poderes, porque poseerlas en conjunto dota a la buena siesa de una capacidad sin límite solo accesible a unos pocos elegid@s. Ya hemos visto en anteriores capítulos el sino de elegida perpetua con el que la Siesa se maneja en sociedad.

Farris hace hincapi√© en tres poderes b√°sicos f√°cilmente reconocibles en toda buena siesa. Estos son: Sentimiento de justicia (siempre con respecto a una afrenta cotidiana),‚Ä® Derrotismo y Mard√°.‚Ä® Podr√≠a decirse que esta uni√≥n de poderes la hace inmune a la moral cristiana, pero no es as√≠. Como ya es sabido, la siesa gaditana profesa una gran devoci√≥n por el cristo del Medinaceli y paga rigurosamente sus cuotas para salir en el Ecce Matter Tua. En palabras de la directora del Good Siesing Study, la prestigiosa doctora de ascendencia africana Mrs. Tomisecwelatayatimen Smith: ‚ÄúShe is a fuking samaritan….give me a dollar, please‚ÄĚ Los tres poderes/caracter√≠sticas se combinan entre ellos.

Pongamos un ejemplo reciente. El pasado s√°bado nuestra Siesa acudi√≥ a Carrefour a hacer una compra grande, de esas que se hace una vez cada tres meses. Se hizo con un carro y comenz√≥ a recorrer ordenadamente los pasillos, metiendo los productos con meticulosidad japonesa, desde agua con gas hasta pasta de dientes antisarro pasando por las garrafas de aceite virgen extra y por los bastoncillos de las orejas. Todo ten√≠a un hueco perfecto dentro de aquel carro. Cuando ya se hubo abastecido lo suficiente, se aproxim√≥ a la caja sintiendo c√≥mo sus ri√Īones acusaban el peso de empujar aquella especie de carreta con ruedas como si de arrastrar un piano por la playa se tratara. Con esfuerzo m√°ximo se situ√≥ en la l√≠nea de caja. Le iba a salir caro pero no importaba, pagar√≠a con tarjeta que para eso la tiene. A su espalda escuch√≥ susurros. Su o√≠do-antena capt√≥ perfectamente las palabras de una mujer y su hija situadas a su espalda:

¬ŅPara que querr√° Chocapic?- dijo la hija.

¬ŅY tanto papel higi√©nico? Si vive sola.– contest√≥ la madre.

Qué cantidad de macarrones, se le va a poner cara de pasta.

Ni√Īa no digas eso, pobrecita, es una solterona.– sentenci√≥ la madre.

Solterona, solterona, solterona, solterona cant√≥ el hilo musical, y cada nota golpe√≥ la cabeza de la Siesa en diferentes puntos estrat√©gicos. Estaba mareada. Fu√© entonces cuando observ√≥ c√≥mo aquella madre e hija de aspecto indefinido, se saltaban el cord√≥n que delimita el acceso a caja en el s√ļper, col√°ndose con faz grande delante suya (sentimiento de justicia). Autom√°ticamente, reflexion√≥ sobre el oscuro e inexorable camino que toma una sociedad que no piensa en el pr√≥jimo por culpa de las decisiones de su gobierno (derrotismo); se le erizaron los pelillos del bigote y se le subi√≥ la bilis. En ese momento, se puso en modo ataque siesil mientras su mente trabajaba a un ritmo acelerado, y se acercaba cautelosa a su objetivo (mard√°) para pegar una alarma de ropa en el cart√≥n de leche de las susodichas dici√©ndose entre dientes «maspalososdenmamonas» que significa os deseo muy mala suerte en el d√≠a de hoy, mujeres a√ļn lactantes. Pidi√≥ que le llevaran la compra y se fu√© r√°pido a su casa. Le esperaba alguien. Quiz√°s no fuera ning√ļn amigo, tampoco ning√ļn familiar, pero no importaba qu√© lugar ocupase en su vida porque ella estar√≠a all√≠ al pie del ca√Ī√≥n para defenderle a capa y espada. Y cocinar√≠a macarrones, comprar√≠a chocapic y pondr√≠a el triple de lavadoras. Ser√≠a un esfuerzo, s√≠, pero daba igual qu√© lugar ocupase en su mundo y cuanto tiempo lo hiciera, porque ella llevar√≠a en secreto su presencia y le cobijar√≠a en su sombra de √°rbol solitario todo el tiempo que hiciera falta. Porque ayer, hoy y ma√Īana Juana est√° en su casa.

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Xiomara

Fotograf√≠a: Jes√ļs Mass√≥

Toda buena Siesa que se precie es de bajo apetito sexual, inexistente m√°s bien. De hecho, el siesismo tiene que alcanzar ciertas cotas para ser verdaderamente resistente. Y los orgasmos, el romanticismo, la sola sensaci√≥n de notarse a s√≠ misma inundada por hormonas, redondeada e incluso apetecible, desv√≠an a nuestra Siesa de su camino vital. Esta asexualidad caracter√≠stica entronca de manera directa con un af√°n de autocontrol impuesto, en la ni√Īez, por su t√≠a abuela monja. Lo que no quiere decir que el placer no ocupe un peque√Īo espacio en la vida de la Siesa, pero no el placer sexual, no el amor en ninguna de sus facetas, ni siquiera la filial. Este placer puede ser comer caracoles en primavera o ba√Īarse temprano en la Caleta. La Siesa puede sublimarse, por ejemplo, a trav√©s de la limpieza. La gente es conocedora de que toda buena Siesa que se precie tiene impoluto el interior de su casa, inmaculado el llagueado de los azulejos del ba√Īo y blancas luminosas todas las bajeras. En el suelo de su pasillo derrapan las hormigas y los √°caros se desintegran, depresivos, en las esquinas de las estanter√≠as.

Aquella noche de verano la Siesa se acost√≥ temprano. Estaba exhausta tras limpiar el polver√≠o de su casa, suciedad que proven√≠a de la obra del vecino del quinto, que compite con ella en incomodar a la comunidad, apodado p√ļblicamente como el vara. El vara taladra todo lo taladrable en horas poco adecuadas y tiene cierta obsesi√≥n asfixiante con el incienso de Semana Santa. En aquella ocasi√≥n llevaba d√≠as acometiendo la gran obra, y ten√≠a a nuestra Siesa al borde de un brote, ya que las paredes de su piso colindan con las del susodicho. Hab√≠a polvo reposado a todas horas, pegado a cristales, estanter√≠as, incluso a su propia ropa. Insoportable. Aquella gran obra la tra√≠a por la calle de la amargura, y no hab√≠a lej√≠a ni mopa lo suficientemente r√°pida para paliar los efectos colaterales de la casa del vara. Y as√≠ llegaban las noches, con su ola de calor incorporada y la Siesa so√Īaba con monta√Īas de escombros a los pies de su cama y polvo en sus gafas y tresillos ennegrecidos.

Esa noche, tras escurrir el √ļltimo pa√Īo, la Siesa se acost√≥ temprano -esto ya lo hemos dicho antes. Se durmi√≥ casi sin cerrar los p√°rpados, y comenz√≥ a so√Īar con una casa enorme, con habitaciones gigantes, donde el eco golpeaba tan hondo que casi no se atrev√≠a a respirar. Estaba all√≠ desnuda rodeada de oscuridad, como en los mejores sue√Īos de terror, cuando un tic tac rotundo comenz√≥ a invadir el espacio. La Siesa se hizo un ovillo, se agarr√≥ a sus rodillas pegando la espalda a la pared fr√≠a y sinti√≥ un miedo atroz. El miedo era tan sobrecogedor que no pod√≠a ni mover un m√ļsculo. La angustia la hizo despertar y a su mente le cost√≥ un buen rato volver a la realidad.

Esa ma√Īana, al mirarse al espejo, descubri√≥ varias canas, y el peso contundente de la edad se encaram√≥ a sus hombros como un pavo grande antes de Navidad que le gritaba:

“Estás solulululu,
 se te va a pasar el arroz lulululu ,
se te va a cerrar la chapita lulululu,
 no vas a tener quién te vele lulululu, 
te va a entrar el síndrome de Diógenes lululu.“

¡Basta!Рgritó la Siesa.

‚ÄúApaga la Lu Lu Lu Lu‚ÄĚ

¡Calla de una vez!Рse amenazó interiormente y, tras arreglarse, se tiró a la calle.

Vagabunde√≥ de iglesia en iglesia buscando consuelo, frescor, paz, algo, lo que fuera que borrara el sabor agrio que ten√≠a la soledad. De camino a San Antonio se cruz√≥ con una ni√Īa vestida de azul, con su camisita y su canes√ļ, que sali√≥ de detr√°s de un banco comiendo un cucurucho de helado. En la mente de la Siesa son√≥ una alerta: lo mejor para quitar un mal sabor es algo dulce. As√≠ que se dirigi√≥ presurosa a la helader√≠a de la plaza de Mina. All√≠, frente al mostrador de colores estridentes, localiz√≥ el sabor adecuado y dijo en voz alta:

Uno de mango.-

Uno de mango.Рpronunció a la vez otra voz.

Nuestra Siesa se gir√≥ dispuesta a espetar un contundente ‚ÄúVoy yo‚ÄĚ cuando lo vi√≥. Entonces, parafraseando a Xiomara S√°ez en su famoso relato Vegetariana estricta ¬†‚Äúel tiempo se detuvo igual que en las pel√≠culas, sonaron trompetas celestiales, la gente parec√≠√≥ desaparecer y un temblor intenso comenz√≥ a trepar desde la punta de los dedos gordos, por el interior de sus muslos, hasta perderse en lo m√°s profundo de su vientre‚ÄĚ (1).

El de la voz pareci√≥ experimentar lo mismo. ¬†Inmediatamente los ojos de ambos se engancharon al igual que sus manos y la ropa cay√≥ al suelo, m√°s tarde, en el dormitorio impoluto de la Siesa. Se deshicieron los mo√Īos y los calcetines de ejecutivo bajaron, volaron las gafas y se enredaron las piernas. Cuando todo termin√≥, una vez dichos los nombres el uno a la otra y viceversa, la Siesa not√≥ c√≥mo un √≥vulo se desprend√≠a de su fol√≠culo. Su √ļtero gritaba muchas cosas sobre carga gen√©tica y reproducci√≥n, que en lenguaje √ļtero ven√≠a a decir algo as√≠ como Es √©l, es √©l, hazle padre, hazle padre. La vida ped√≠a paso desliz√°ndose despacito entre los recovecos de sus cuerpos reposados tras la Petit Mort.

Entonces sonaron un taladro y un martillo, que pod√≠an estar perfectamente empu√Īados por Thor, acompa√Īando a una m√ļsica moderna de estas cualquiera que parece que ha compuesto el afilaor. La Siesa tuvo un corto circuito mental instant√°neo.

Minutos después, Juan Carlos Monedero salía por la puerta camino de la Universidad de verano. No era posible. Ni promesas de amor, ni canas que anuncian muerte sin herederas, ni miembros duros y grandes de intelectuales frikis. No.

-Si t√ļ me dices ven lo dejo todo.- pronunci√≥ √©l casi cantando; pero no, no era posible. As√≠ que lo oblig√≥ a marchar haci√©ndole un buen corte de mangas en la puerta, no fuera a ser que a Monedero le diese por volver y nuestra siesa no tuviera m√°s remedio que replantearse su existencia. Se tom√≥ un orfidal con una cerveza y se meti√≥ en la cama.

(1) Xiomara S√°ez, Vegetariana estricta, Ed. Feminazis, 2015, p√°g. 33

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Xiomara

Fotograf√≠a: Jes√ļs Mass√≥

Si algo caracteriza a la buena Siesa, es la capacidad innata de crear conflictos de la nada. ¬†El acto en cuesti√≥n es comparable con el efecto mariposa, aunque quiz√°s en este caso convendr√≠a m√°s visualizar el aleteo de una cucaracha voladora, de estas que salen enormes de las alcantarillas, intentando salvarse de una muerte que acaba llegando inevitable tras la fumigaci√≥n. Pero la aparici√≥n de este insecto en los techos de la casa de ventanas abiertas por el calor, o en el rinc√≥n oscuro del cuarto de ba√Īo, la sola visi√≥n de su cuerpo quieto al encender la luz por sorpresa o al caminar por la penumbra del pasillo una noche de levante, provoca reacciones inimaginables. Movimientos y piruetas dignas del circo del sol, alaridos que desencadenan p√°nico colectivo a√ļn sin haber sido testigos directos de la imagen cucarachil, que provocan infartos, pisotones con sa√Īa, peleas amorosas e incluso que se tomen decisiones equivocadas en una asamblea asociativa. El aleteo de la cucaracha se puede sentir al otro lado de la ciudad, por la sucesi√≥n de efectos encadenados en un espacio geogr√°fico donde todos est√°n relacionados, y donde las condiciones vitales son extremadamente sensibles las unas a las otras. Y de todo esto es muy consciente la buena Siesa, que planea sus actos con precisi√≥n cient√≠fica, imaginando variables y resultados distintos, acertando en ocasiones, aunque la mayor√≠a de las veces el desenlace es completamente imprevisible.

Y as√≠ ocurri√≥ el pasado martes 6 de junio al mediod√≠a. Por la radio Teresa Rodriguez hablaba cosas sobre iniciativas ciudadanas y amor de novios. Tras la cortina de su balc√≥n, la Siesa miraba fijamente la nuca enrojecida por el sol del alba√Īil que dec√≠a piropos sin ton ni son, respaldado por el poder que da el grupo de iguales y el andamio. Cogi√≥ su libreta de maldades y comenz√≥ a apuntar ecuaciones, garabatos, medidas de velocidad, condiciones atmosf√©ricas y tiempos de cocci√≥n. Nada m√°s terminar quit√≥ la carga de tinta de un boli bic y meti√≥ una bolita de plomo, mientras comprobaba la direcci√≥n del viento con el dedo. Apart√≥ ligeramente la cortina y esper√≥ quieta a sentir el impulso del momento adecuado, con los mofletes preparados para llenarse de aire y la vista fija en el objetivo humano de nuca colorada. Dispar√≥.

El alba√Īil grit√≥ llev√°ndose la mano al cogote. La chica que se asust√≥ por el grito le dijo que era un animal. El perro gu√≠a ladr√≥ muy fuerte d√°ndose por aludido y su due√Īo elev√≥ las piernas como en una carrera de obst√°culos. El padre solt√≥ las bolsas de la compra para persignarse al instante. El frutero le dijo a la clienta que √©l era cofrade y la clienta contest√≥ que ella no. En la acera de enfrente replicaron que ellos hab√≠an recogido votos para la medalla a la virgen, y los que sal√≠an de la casapuerta contaron que ellos hab√≠an firmado por el monstruo espaguetti volador. De la nada uno encar√≥ a otra, y otra hizo un corte de mangas, y el ni√Īo peg√≥ una patada de mayor, y el mayor rompi√≥ un cristal de un cabezazo.

Nuestra Siesa asistía fascinada a la sucesión de acontecimientos, eran fichas de dominó chocando las unas con las otras de forma precisa, calculada. Pero en realidad poco había que calcular y mucho menos prever, porque el sistema gaditano es caótico y depende del viento que sople.

De pronto se escuch√≥ un grito horroroso, era espa√Īol pero parec√≠a otro idioma, como cuando habla Pepe Viyuela. La Siesa gir√≥ la cabeza con miedo y se qued√≥ asombrada. Los alba√Īiles dejaron de hablar, los ruidos de las obras pararon, el taladro, la hormigonera, el pico, incluso el tr√°fico incesante de coches qued√≥ suspendido por unos instantes en un sue√Īo digno de la asociaci√≥n La Zancada. Solo se escuchaba ese alarido. La Siesa pens√≥ que era un animal, nadie humano pod√≠a hablar as√≠, a excepci√≥n de la alemana indigente que duerme en Canalejas. Pero no era ella.

Un Ave Mar√≠a atronador son√≥ en la direcci√≥n contraria. La Siesa volvi√≥ a girar la cabeza. Y all√≠ estaban todos, parados en las aceras, los cigarros encendidos en la boca sin fumarse; los ni√Īos de los carritos sin llorar ni balbucear, at√≥nitos; la mujer que ojeaba el peri√≥dico despu√©s de comprarlo, sin moverse; el que barr√≠a la calle, quieta, con la escoba en el aire y el chicle a medio mascar; los vecinos asomados, incluso los que nunca salen porque est√°n jugando a la playstation, esos tambi√©n se asomaron con sus caras blancas y p√°lidas. Todo era un profundo psssssss.

De una de las esquinas sali√≥ un destello azul. Nuestra se√Īora del Rosario mostruosa con las manos como en k√°rate delante del pecho, y la lagrimita permanente en la cara. ¬†Al andar el suelo retumbaba y los p√°jaros se cagaban para dentro del miedo. De la otra esquina, precedida del alarido, apareci√≥ una enorme masa de pasta con alb√≥ndigas y tomate, que nuestra Siesa reconoci√≥ inmediatamente como El monstruo espaguetti volador. Ambos se miraron con furia asesina y todo el mundo supo que all√≠ tendr√≠a lugar un enfrentamiento √©pico por la medalla de la ciudad.

Entonces pas√≥ lo inimaginable…

De uno de los andamios sonó un:

Darme fuego alguien– nadie contest√≥ por supuesto…-Darme fuego alguien, carajo….

PSSSSSSSSSSSSSРdijo uno que estaba en el balcón de enfrente.-PsssssssssРsonaron por diversos sitios a lo largo de la calle..

¬ŅC√≥mo que psss?A mi no me manda call√° naide. – espet√≥ el alba√Īil.

Psssss, pssssssss, psssssssssss……– volvieron a sonar de distintos lugares de la calle.

Ahora voy pall√°, y me vas a decir pssssss en la cara, ahora bajo y te vas a enterar…– y baj√≥; y mientras bajaba no paraba de gritar, insultar, escupir hasta que lleg√≥ a la calle y ocurri√≥.

‚Ä®Entonces sali√≥ el alba√Īil, el del fuego, el de los adjetivos no pedidos y dudosa capacidad literaria. Sali√≥ de la casapuerta con su mirada de pasota-chulo (carajote en definitiva), con el cigarro entre los dedos anular y coraz√≥n, dispuesto a cruzar la calle para encararse con el vecino de enfrente. Nada m√°s poner un pi√© en la acera, nuestra se√Īora mostruosa, rugiendo como un mill√≥n de animales furiosos, lo cogi√≥ de la patilla, lo lanz√≥ al aire por encima de su cabeza, abri√≥ la boca, y GLUMP,…se lo trag√≥ sin masticar. El Monstruo espaguetti volador corri√≥ hacia ella con el brazo en alto y la gente contuvo el aliento, pero cuando a punto estaba de llegar a la esquina donde estaba Nuestra Se√Īora, esta, como un resorte, levant√≥ a su vez la mano y ambos chocaron, c√≥mplices.

Ese choque simbolizó un pacto de no agresión del que todas fueron testigo. Luego se esfumaron y el ritmo cotidiano  siguió su curso, como ciudad de cuento que vive una permanente historia con principios y finales increibles.

Nuestra Siesa, jugadora en la sombra, anotaba pormenorizadamente cada detalle de lo ocurrido en su libreta secreta de maldades siesiles. Páginas donde, quizás dos o tres días antes, había escrito algo sobre una casaca roja con etiqueta de Pepi Mayo que le había quitado al colega de Animarte.