Tiempo de lectura ‚Źį 3 minutitos de n√°

‚ÄúUn boca√≠llo jam√≥n pa ca uno y a dorm√≠ nana‚ÄĚ. 

Aquella Nochebuena fue noche, pero no tan buena. O quiz√°s s√≠. El jam√≥n era del bueno. Al menos eso me lo parec√≠a a m√≠. Enrollado en un papel de estraza, se iba desmigajando poco a poco en mi paladar recordando que ni todas las noches eran fiesta, ni todos los d√≠as se com√≠a jam√≥n. Mi casa era humilde, de esas de las que llamaban eufem√≠sticamente clase media. Ten√≠a todo lo necesario que se pod√≠a tener para ser feliz. Para qu√© m√°s. Aunque esa noche, parec√≠a que no ten√≠amos nada. Un bocadillo en enrollado en papel de estraza y una honda tristeza en el alma. Se acababa el siglo XX y con √©l se hab√≠a ido la del pelo cano. 

En mi casa, como en muchas casas de nuestra tierra andaluza, las Navidades de los 90 eran una fiesta de rencuentros, de hermanos, de t√≠os, de primos y t√≠os que ven√≠an de muy lejos ‚Äďay, esa emigraci√≥n que nos deshered√≥ de tantos momentos-, de juegos, de bailes, de risas. Navidades de petardos, no recuerdo el fr√≠o, quiz√°s humedad, pero s√≠ calor familiar. Navidades de Martes y 13, de Juncal Rivero y un Rey al que todav√≠a se le escuchaba aunque fuera de fondo en un televisor  Telefunken o el reci√©n estrenado Grunding, m√°s asequible para la mayor√≠a con su mando a distancia.

Sonaban villancicos de las cintas de caset que, de pronto, tornaban en una chirigota grabada desde la radio o cualquier intento de programa radiof√≥nico de una voz tan imberbe como infantil. ‚ÄúYa el ni√Īo ha grabao encima otra vez‚ÄĚ.

Esa musicalidad que recorre mis recuerdos, se apag√≥ de pronto en aquel invierno. No era m√°s que la naturalidad de la vida, unos vienen, otros se van. Pero para m√≠, en pleno estallido de la adolescencia fue un mazazo complicado de digerir. Y quiz√°s no me diera cuenta en ese momento, pero para remitirme a las pruebas, solo debo preguntarme c√≥mo es que todav√≠a me acuerdo. 

Luis rossi post
Imagen: Luis Rossi

La p√©rdida de un ser querido es una sombra que necesita luz para curarse. Aquellas Navidades fueron fugaces. O al menos aquella Nochebuena, porque mi madre tuvo claro que con una noche de luto ya era suficiente. Esa pena la pas√≥ cosiendo toda la noche, como no queriendo dormirse para no dejar de velar y zurcir las heridas que una p√©rdida tan grande provoca. El boca√≠llo dur√≥ poco y no recuerdo ni lo que echaron en la tele. Galas enlatadas y los √ļltimos coletazos del ‚ÄėToma Moreno‚Äô, supongo.

Aunque se cen√≥, no se prepar√≥ la mesa. Aunque hab√≠a sonidos, no hab√≠a m√ļsica. Y as√≠ se pas√≥ aquella Navidad en solitario, sin m√°s compa√Īa que mis padres  y mi perrilla acurrucada junto a m√≠ en el sof√°. La del pelo cano, la del delantal y la mano puesta en la frente, mientras esperaba para quitarle la espuma al puchero, ya no estaba. 

Aquella Navidad, tan distinta, tan diferente no es nada comparada a las navidades que otros han tenido que pasar. No quisiera yo amasar un falso compadecimiento, sino todo lo contrario, ponerlo como ejemplo de lo superfluo que resulta todo este tiempo. Estas Navidades ser√°n distintas. Seguro que faltar√°n platos en la mesa, huecos vac√≠os y manteles sin poner. Este maldito tiempo que nos ha tocado en la loter√≠a, no deja de ser una oportunidad para demostrarnos a nosotros mismos que la vida no es m√°s que una para del tren. 

Y aunque somos muy de celebrar, de cantar, de montar guardia hasta en los balcones, hoy toca responsabilidad. Por m√°s que queramos que nuestros hijos corran tirando petardos, quiz√°s para tapar c√≥mo sus padres se beben hasta los charcos, hoy toca responsabilidad. Toca menos comensales. Toca pantallas frente a abrazos. Y toca pensar que ya vendr√°n tiempos mejores. Todo ello, desde la tranquila mirada del que tiene un sitio donde dormir y una mesa donde comer. No le pidamos responsabilidad al que no la tiene o al que nada tiene. 

Cumplamos con nuestra parte del trato, que no es poco. Seamos menos en la mesa. Que no todos tenemos que cumplir ante una absurda, en ocasiones, e interesada reuni√≥n de familiares, ni todos tenemos que desplazarnos a una segunda o tercera vivienda. Que si algo nos ha ense√Īado el verano, es que somos animales de tropezar con miles de piedras. 

Y ojal√° tenga el que no ha podido despedir a su ser querido un mantel que poner. El que ha tenido que echar la baranda temporal o definitivamente un bocata que llevarse a la boca. Los que permanecer√°n junto a las batas blancas, algo de alivio en unas noches tan se√Īaladas. 

Somos fr√°giles. Somos peque√Īos cristalitos de nieve que se van secando al relente. No nos echemos a la hoguera, que ma√Īana volver√° a salir el sol y no nos daremos ni cuenta. Y brindemos, con la radio puesta y apagado el televisor. Feliz fragilidad y, este a√Īo las navidades ‚Äúcomo sarga, sarg√≥‚ÄĚ.

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El delantal de cuadros por el cuello y bien atado a la cintura. Una mano en el costado, la otra en la frente, improvisando una visera para que los rayos de sol del mediod√≠a le pintaran la cara, pero sin da√Īarle la vista. Cansada, pero lista. La del pelo cano se agacha, armonizando con sus manos por entre las macetas colgadas en sincronizada danza entre clavos mohosos y alcayatas. Se detiene frente a una planta de intenso verdor y arom√°tica fragancia a recuerdos de nostalgia. Yerbabuena. El cardo en la olla, chup, chup. Hoy puchero, ma√Īana ya veremos. Anti√© fueron lentejas, si quieres las comes y aced√≠as frescas. ¬ŅTresjanti√©? Habichuelas verdes, que no jud√≠as, habichuelas.

Y as√≠, las Rosa, Pilar, Chari, Pepa, Juana o Antonia pasan un d√≠a m√°s habl√°ndoles a los geranios, mirando las cochinillas en el arriate y llamando al gato para que no estropee las plantas: ¬°Tunoye, venaca pa ca! Patio blanco con desconchones, azulejos tan dispares como descoloridos, tan delicados, como embrutecidos. El patio de nuestras abuelas ¬°Miaauu! Cal y Yerbabuena.

Nac√≠a 135 a√Īos atr√°s el que fuera simb√≥licamente nombrado como el padre de la patria andaluza. La patria, ese espacio tan disputado por el orgullo y tan personal como indefinido, tuvo su cerco en el sur del sur. Europa la vieja, Espa√Īa la nueva y Andaluc√≠a la baja. Si desde Despe√Īaperros abajo pol√≠tica y geogr√°ficamente Andaluc√≠a es patria y si √©sta tiene padre -el de Casares-, no ser√≠a osado preguntarse qui√©n ser√° la madre. ¬ŅY t√ļ de qui√©n eres?

Cal y yerbabuena
Fotografía: Fani Escoriza

La madre, la matria, después de mucho puchero y mucha conversación, no sugiere físicamente un espacio, un territorio. No está envuelta en ninguna bandera, aunque sí se envuelve en ella la bandera de una comunidad, de un conjunto, de un colectivo. La matria puede ser la playa, que deja los campos huérfanos de sal. La matria puede ser el cielo, donde danzan nubes salpicadas y en ocasiones, en no tantas, se enfadan grisáceas y rompen a llorar. La matria pueden ser los campos, con tierra, pero sin pan. Puede ser. O puede que sea algo más.

Puede que est√© ah√≠, donde t√ļ est√°s. Porque la patria es el lugar, pero la matria, la matria quiz√°s seas t√ļ. Sea ese cardo de puchero, ese gazpacho o ese aroma a yerbabuena. Que hierba suena a otra tierra quiz√°s con m√°s post√≠n, pero no tan buena. Quiz√°s sea por llamarle robalo, que no sabe a lubina, o al calamar decirle chipir√≥n, que est√° mejor con ajillo, en vez de meterlo en un bocata (y nos podemos mosquear, si nos lo tiran de jam√≥n).

Que te llamen sabor√≠o, por ser un aut√©ntico desabrido o malaje, si tienes poco age, que en verdad es √°ngel, pero no Subiela. Decirle pandorga a las cometas, zambull√° o ajoga√≠lla, charr√°n, chapet√≥n o sargo, marrajo o lobito. Casapuerta o zagu√°n; alcoba o cuarto; canijo a un t√≠o gordo; gordo a un t√≠o canijo‚Ķ

La abuela, la madre de las madres, conservaba su deje natural, nuestra lengua materna, que nos distingue a los del campo, a los de la mar o los de ciudad. Por tanto, si buscas la matria en el diccionario no hallarás consuelo alguno para encontrar un planteamiento distinto. Aunque si te dejas llevar, si dejas escuchar ese tintineo de una conversación en las calles empedradas del tiempo, sabrás que la madre se escucha, se habla. El habla andaluza. La que une, la que sirve de pegamento natural, que en cualquier parte del mundo identificas la procedencia y su lugar. Y te hace saber que lo nuestro es hablar. Vivir y hablar. Conversar al fresquito las noches de verano, al calor de una candela o al socaire de una esquina cuando el levante se presenta sin llamar.

‚ÄúAvejitacae un zarpajazo‚ÄĚ, le gritaba aquella abuela a su nieto inquieto, manos en la cadera y en la frente para que le pintara la cara el sol. Mientras, la cal blanca de las paredes dibujaba un aroma a puchero con el verde frescor de la yerbabuena. Si la matria es el habla, qu√© mejor que una madre para luchar con fuerza, aqu√≠ o donde no la quieran escuchar.