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El delantal de cuadros por el cuello y bien atado a la cintura. Una mano en el costado, la otra en la frente, improvisando una visera para que los rayos de sol del mediodía le pintaran la cara, pero sin dañarle la vista. Cansada, pero lista. La del pelo cano se agacha, armonizando con sus manos por entre las macetas colgadas en sincronizada danza entre clavos mohosos y alcayatas. Se detiene frente a una planta de intenso verdor y aromática fragancia a recuerdos de nostalgia. Yerbabuena. El cardo en la olla, chup, chup. Hoy puchero, mañana ya veremos. Antié fueron lentejas, si quieres las comes y acedías frescas. ¿Tresjantié? Habichuelas verdes, que no judías, habichuelas.

Y así, las Rosa, Pilar, Chari, Pepa, Juana o Antonia pasan un día más hablándoles a los geranios, mirando las cochinillas en el arriate y llamando al gato para que no estropee las plantas: ¡Tunoye, venaca pa ca! Patio blanco con desconchones, azulejos tan dispares como descoloridos, tan delicados, como embrutecidos. El patio de nuestras abuelas ¡Miaauu! Cal y Yerbabuena.

Nacía 135 años atrás el que fuera simbólicamente nombrado como el padre de la patria andaluza. La patria, ese espacio tan disputado por el orgullo y tan personal como indefinido, tuvo su cerco en el sur del sur. Europa la vieja, España la nueva y Andalucía la baja. Si desde Despeñaperros abajo política y geográficamente Andalucía es patria y si ésta tiene padre -el de Casares-, no sería osado preguntarse quién será la madre. ¿Y tú de quién eres?

Cal y yerbabuena
Fotografía: Fani Escoriza

La madre, la matria, después de mucho puchero y mucha conversación, no sugiere físicamente un espacio, un territorio. No está envuelta en ninguna bandera, aunque sí se envuelve en ella la bandera de una comunidad, de un conjunto, de un colectivo. La matria puede ser la playa, que deja los campos huérfanos de sal. La matria puede ser el cielo, donde danzan nubes salpicadas y en ocasiones, en no tantas, se enfadan grisáceas y rompen a llorar. La matria pueden ser los campos, con tierra, pero sin pan. Puede ser. O puede que sea algo más.

Puede que esté ahí, donde tú estás. Porque la patria es el lugar, pero la matria, la matria quizás seas tú. Sea ese cardo de puchero, ese gazpacho o ese aroma a yerbabuena. Que hierba suena a otra tierra quizás con más postín, pero no tan buena. Quizás sea por llamarle robalo, que no sabe a lubina, o al calamar decirle chipirón, que está mejor con ajillo, en vez de meterlo en un bocata (y nos podemos mosquear, si nos lo tiran de jamón).

Que te llamen saborío, por ser un auténtico desabrido o malaje, si tienes poco age, que en verdad es ángel, pero no Subiela. Decirle pandorga a las cometas, zambullá o ajogaílla, charrán, chapetón o sargo, marrajo o lobito. Casapuerta o zaguán; alcoba o cuarto; canijo a un tío gordo; gordo a un tío canijo…

La abuela, la madre de las madres, conservaba su deje natural, nuestra lengua materna, que nos distingue a los del campo, a los de la mar o los de ciudad. Por tanto, si buscas la matria en el diccionario no hallarás consuelo alguno para encontrar un planteamiento distinto. Aunque si te dejas llevar, si dejas escuchar ese tintineo de una conversación en las calles empedradas del tiempo, sabrás que la madre se escucha, se habla. El habla andaluza. La que une, la que sirve de pegamento natural, que en cualquier parte del mundo identificas la procedencia y su lugar. Y te hace saber que lo nuestro es hablar. Vivir y hablar. Conversar al fresquito las noches de verano, al calor de una candela o al socaire de una esquina cuando el levante se presenta sin llamar.

“Avejitacae un zarpajazo”, le gritaba aquella abuela a su nieto inquieto, manos en la cadera y en la frente para que le pintara la cara el sol. Mientras, la cal blanca de las paredes dibujaba un aroma a puchero con el verde frescor de la yerbabuena. Si la matria es el habla, qué mejor que una madre para luchar con fuerza, aquí o donde no la quieran escuchar.