Tiempo de lectura ūüí¨ 5 minutitos de n√°

Tanto la línea roja como la línea verde paran en Slussen. La esclusa que conecta el inmenso lago Mälaren con el mar Báltico es también la estación que une las dos caras más visibles de Estocolmo. Al sur, el barrio de Södermalm con sus pubs, tiendas independientes y todo el postureo hipster que tu barba pueda aguantar. Al norte, la ciudad vieja de Gamla Stan con sus calles llenas de tiendas de suvenires y sus casas de ventanas antiguas que dejan entrar poca luz y salir pocas sonrisas.

Tanto al sur como al norte de esta estaci√≥n de Slussen, hay una fauna sueca particular. Slussen divide el archipi√©lago central de la capital de un modo m√°s all√° de lo f√≠sico. Al sur queda la bohemia, y al norte, el se√Īor√≠o. M√°s que un ojo experto, se necesita un o√≠do acostumbrado a esta lengua escandinava para darte cuenta de que la barrera psicol√≥gica la han construido ellos mismos a base de abundar en sus propios t√≥picos. Pijos de un lado u otro de la esclusa se enorgullecen y aborrecen de la bici del uno, el barco del otro, la casa de campo que compraron en Liding√∂, o el a√Īo que pasaron en Latinoam√©rica para descubrirse a s√≠ mismos.

Gelato de arenque
Fotografía: Afishera

Hasta esta estaci√≥n de Slussen lleg√≥ Miguel una nublada ma√Īana de agosto cuando el term√≥metro marcaba unos veraniegos 17 grados. Lleg√≥ solo porque a Joaqu√≠n le hab√≠a surgido un imprevisto y no pod√≠a hacerle de cicerone. ‚ÄúNo pasa nada‚ÄĚ, se dijo a s√≠ mismo el bueno de Miguel.
Su amigo, que llevaba a√Īos ya viviendo en la capital sueca, le hab√≠a explicado perfectamente c√≥mo llegar en metro desde el barrio donde viv√≠a. Un barrio sin bicis caras, barcos baratos o casas de campo. Un barrio donde la gente hab√≠a llegado para encontrar pan, porque para encontrarse a s√≠ mismos ya ten√≠an un espejo.

Sin el ojo experto y el aguzado o√≠do de su amigo, Miguel se encontraba ahora en el leve estado de sordoceguera en el que todos los turistas nos hemos encontrado alguna vez. Tanto hab√≠a confiado en la gu√≠a de su amigo, que ahora se lamentaba de no haber pasado del top 5 en aquella web de viajes. ‚ÄúNo pasa nada‚ÄĚ, se volvi√≥ a repetir.
Seg√ļn le hab√≠an dicho, desde esta estaci√≥n pod√≠a llegar f√°cilmente a algunas de las mayores atracciones de la ciudad: El museo Vasa, con su barco hundido y enclaustrado; el parque de Skansen, donde pod√≠a ver la Suecia que ya no exist√≠a, y Gamla Stan, por cuyas calles dicen los negacionistas del GPS que deber√≠as perderte.

Incapaz de tomar una decisi√≥n, Miguel opt√≥ por buscar un punto de informaci√≥n tur√≠stica. Subi√≥ y baj√≥ la calle de G√∂tgatan varias veces mientras reun√≠a valor para desempolvar su ingl√©s y preguntar a alg√ļn viandante por la oficina de informaci√≥n. Reunido el coraje, pregunt√≥ hasta a tres personas, pero todos eran turistas. ‚ÄúNo pasa nada‚ÄĚ, musit√≥ una vez m√°s. Tomado ya el impulso, decidi√≥ entrar en una tienda de ropa para preguntar.

Al dependiente le bastaron diez titubeantes segundos del ingl√©s de Miguel para comprender que era espa√Īol. Ante la confirmaci√≥n de este, el dependiente le contest√≥ en perfecto chileno y le explic√≥ que por all√≠ no hab√≠a ning√ļn centro de informaci√≥n. Entre otras cosas porque el turismo, dec√≠a, se ejerce de forma activa en este pa√≠s. ‚ÄúLos suecos no se preocupan de recibir turistas porque est√°n demasiado ocupados preparando sus vacaciones, ¬Ņcachai po?‚ÄĚ, le dijo el dependiente. ‚ÄúTenei que ir pa Gamla Stan que son tres cuadras de ac√° cruzando el puente chiquito y ya te dai tu paseo y te comei una korva bien sueca, po. De chill no m√°s.‚ÄĚ
Miguel sali√≥ de la tienda dando las gracias y pensando que de toda esa conversaci√≥n lo √ļnico que le hab√≠a quedado claro era que ten√≠a que pasear por Gamla Stan y comer esa cosa llamada ‚Äúkorva‚ÄĚ. Ya habr√≠a tiempo de averiguar que era un cachai y de visitar las cuadras otro d√≠a.

Una vez cruzado el puente, Miguel se adentr√≥ por una calle adoquinada en el coraz√≥n de la ciudad vieja. A su alrededor contemplaba a tantos y tantos turistas como √©l y trataba de averiguar de d√≥nde eran. Rusos, italianos, chinos‚Ķ Al menos por lo que pod√≠a reconocer de los idiomas, esas deb√≠an ser las nacionalidades. Los ‚Äúgorgoritos‚ÄĚ con los que identificaba el idioma sueco eran casi imperceptibles en aquel lugar. Entonces comenz√≥ a comprender las palabras del dependiente. Efectivamente, Suecia se vaciaba de sus habitantes durante el verano. El clima que ten√≠an que soportar los suecos durante los meses previos hac√≠a que tomarse unas vacaciones se convirtiera en primera necesidad. As√≠ que llegando el verano escapaban de su ciudad sin preocuparse mucho de qui√©n pudiera entrar en su ausencia.

En los escaparates de las tiendas se repet√≠an los cascos vikingos, los caballitos rojos y las camisetas amarillas y azules. Esta mon√≥tona policrom√≠a, sumada a la confusa sinfon√≠a de idiomas, no hac√≠a m√°s que agudizar la sensaci√≥n de sordoceguera tur√≠stica de Miguel. A√ļn le quedaban tres sentidos en plenas facultades, as√≠ que, desechado el tacto por razones de pudor, sigui√≥ caminando en base al olfato y al gusto.

Decidido a probar la ‚Äúkorva‚ÄĚ pregunt√≥ en varios restaurantes y cafeter√≠as, hasta que descubri√≥ decepcionado que un ‚Äúkorv‚ÄĚ era un perrito caliente. ‚ÄúNo pasa nada‚ÄĚ, se repiti√≥ ya impaciente.

Los olores de la calle eran una mezcla de az√ļcar, pizza y patatas fritas. Un mapa de aromas familiares que no lo llevaban a ning√ļn lugar.

Las cafeter√≠as anunciaban aut√©ntico ‚Äúgelato italiano‚ÄĚ, gofres con nutella y caf√©. Los restaurantes ofrec√≠an pizza, pasta y hamburguesas. Lo m√°s ex√≥tico y sueco de la carta eran las alb√≥ndigas que tantas veces hab√≠a comido en aquella tienda de muebles desmontados.

D√°ndose por vencido, Miguel se compr√≥ un helado de pistacho y puso rumbo de vuelta a Slussen mientras a√Īoraba el sabor de aquel que hab√≠a probado a√Īos atr√°s en su viaje a Sicilia. La leve lluvia que comenzaba a caer le hizo acelerar el paso. A√ļn con medio helado intacto lleg√≥ a la plaza donde estaba la estaci√≥n del metro. Entonces lo vio: ¬°Un puesto ambulante que vend√≠a arenques!

Sin pensarlo dos veces, pidió el platillo más local: una típica tostada de pan duro con arenque, cebolla y eneldo. Le dio un mordisco y, sin llegar a degustar el sabor del plato, pudo saborear la victoria. En la mano izquierda, una pegajosa sensación en los dedos advertía de que el helado de pistachos comenzaba a derretirse, así que Miguel le dio un lametón y continuó con un nuevo mordisco al arenque.

Uno tras otro altern√≥ los bocados de la tostada con el helado, inmerso en su particular √©xtasis, hasta que por un momento las palabras de un rubio transe√ļnte lo sacaron de su trance: ‚ÄúFy… J√§vla turist‚ÄĚ.

Miguel lo mir√≥ de reojo. ‚ÄúNo pasa nada‚ÄĚ, se dijo, y continu√≥ comiendo bajo la lluvia.