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En “Doce pájaros en el alambre”, Miguel Ángel García Argüez propone una interesante reflexión sobre la poesía y el carnaval y viceversa, tomando como punto de partida las letras inéditas de las comparsas “Los doce”, “Los equilibristas” y “Los prisioneros”. Además nos acerca, mediante anécdotas y comentarios de textos que acompañan a las propias letras, al proceso de creación de una comparsa. Así, nos descubre el autor el apasionante mundo interior de la comparsa que muchos aficionados desconocemos pero que nos encantaría conocer.

Miguel Ángel García Argüez nos ofrece una ventana directa al corazón palpitante de estas tres comparsas.

Tres coplas de doce pajaros en el alambre
Fotografía: Concha Corrales

Pájaros en carne viva

El buitre del veneno
y la paloma de las pasiones.
El cisne de la envidia
y el charrancito de los amores.
La alondra de la risa
y la lechuza de los deseos.
El mirlo del orgullo
y el estornino de los dineros.
El jilguero de las ilusiones,
el milano de las decepciones
y las golondrinas de la frustración.
El canario de las alegrías,
las cotorras de la cobardía
y los ruiseñores de la confusión.
El cormorán que es el vencer
y la cigüeña que es el pánico a perder.
La perdiz de las esperanzas,
el tucán de la rabia ,
el halcón de la gloria,
la gaviota gris de los celos
y el gorrión de los nervios
por lograr la victoria.
Todas las comparsas sentimos

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C inmaterial
Fotografía: Jesús Massó

Desde el momento en que todo se reglamenta, hasta la diversión, siguiendo criterios políticos y concejiles, atendiendo a ideas de orden social, buen gusto, etc., el Carnaval no puede ser más que una mezquina diversión de casino pretencioso. Todos sus encantos y turbulencias se acabaron

Julio Caro Baroja

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El carnaval no es una fiesta o una simple fecha en el calendario. No al menos el carnaval de Cádiz. Es mucho más que unos días de holganza, máscaras y subversión. Es mucho más que la ruptura del orden o la insumisión a las reglas. Caro Baroja nunca estuvo aquí.

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El carnaval de Cádiz es un fenómeno cultural, social, artístico y etnográfico que va mucho más allá de unos días en rojo en nuestros almanaques. El carnaval de Cádiz es, ante todo, las coplas. Más allá de los arrebatos precuaresmales y sus excesos, representa una forma muy singular de generar y vivir un trabajo artístico colectivo y una manera de expresión asombrosamente identitaria. Las coplas son el carnaval de Cádiz. Sin las coplas sería otra cosa, otro carnaval, otra fiesta.

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Las coplas: creadas y recreadas por gente que se reúne a poner en marcha colectivamente un proceso anual, apasionado, creativo y fugaz. Algo que ni ellos mismos llegan a entender del todo. Cientos. Miles de personas produciendo coplas. Coplas efímeras que arden pronto en la gran hoguera comunal de estos días de locura y fervor. Coplas que, como fogonazos, se encienden unas semanas y luego se apagan para siempre. Y las coplas del carnaval de Cádiz estallan invariablemente cada febrero en el teatro y en la calle. La calle y el teatro: dos universos que a menudo viven de espaldas el uno al otro. Cada cual con sus milagros. Cada cual con sus espantos. Pero de espaldas.

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Hablamos de calle y hablamos de chirigotas y romanceros. Chirigotas ilegales, básicamente, son aquellas que construyen sus repertorios sin atenerse a la normativa reglada, es decir, la del concurso. Hay callejeras que, aunque no vayan al concurso, podrían hacerlo, pues nacen bajo las premisas de la normativa. Las ilegales no podrían hacerlo, no encajan en el reglamento ni en sus angostas estéticas. Serían sin remedio descalificadas por el jurado y —lo que es más llamativo— refractadas mayoritariamente por el público. Así que, distingamos: no toda callejera es ilegal. Pero toda ilegal es, esencialmente, callejera.

Los coros en la calle son otro asunto. Aquí no hablaremos de eso.

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Desde el mundo del Teatro a menudo se mira hacia las coplas callejeras/ilegales con desprecio o, en el mejor de los casos, paternalismo. La calle, dicen, es para quienes no valen para el concurso. La calle para los que no tienen talento. La calle para los losers. Es una categoría inferior. Cuatro amigotes de fiesta cantando a cuatro amigotes de fiesta. La calle solo interesa a quienes no gustan de la copla de veras. La calle es para echar el ratito. Eso, desde un lado, es lo que dicen.

Desde el otro lado, muchos de los participantes en el carnaval de calle sostienen a menudo que el concurso oficial (COAC) es una adulteración de lo popular, purita espectacularización donde priman lo zafio, lo burdo, lo chovinista y lo ramplón. Y por supuesto, el dinero. La calle, sin embargo, representa la pureza, la esencia, la libertad y, en fin, lo verdaderamente popular. El teatro es elitista, reaccionario y postizo. Eso dicen.

Pero por ambos lugares: Tópicos y tópicos. Miopía. Reduccionismo. Las cosas, como siempre, son maravillosamente más complejas.

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Pocas cosas son lo que parecen. Y más durante el carnaval.

De hecho, si pasamos un escáner sociocultural al público y a los participantes del que llamamos Carnaval de Calle, el retrato robot podría ser el de un hombre/mujer, mayor de treinta años —quizá la media de edad sea en realidad más alta— con estudios universitarios (con o sin empleo), profesión liberal, funcionario y, desde luego, cierta solvencia cultural. Sangre azul sociológica. El público de la calle no es tampoco diferente a sus actores. Podrían intercambiarse artistas y público. Nadie notaría la diferencia. Esto propicia, sin duda, la sofisticación de los textos en las coplas, la constante experimentación musical, la hondura conceptual del humor, pero también la incorporación poderosa de la mujer como elemento activo o el claro predominio de un imbatible discurso progresista —nadie espere en la calle oír cantar una apología del 155 o un elogio a la banderita o a la Constitución—. En fin, coplas para los paladares exquisitos, para las mentes desenvueltas y, desde luego, para la cofradía del librepensamiento. Todo ello con una pátina canalla de nocturnidad, libertinaje, ebriedad y subversión. Una pequeña Zona Temporalmente Autónoma para las flores maduras de la generación del tardofranquismo que toman de madrugada estas calles caracoleras y umbrías. Una cartografía callejera de clandestinidad simbólica que huye de la masificación y busca el rinconcito oscuro y apartado, casi secreto, que quien frecuenta se jacta de conocer. Un carnaval, a ojos de la multitud, semidesconocido y secreto. Una isla para piratas.

Muy difícil resulta, desde luego, ver por estos espacios de coplas ilegales a menores de veinticinco. No digamos a pandillas de teenagers. Ni rastro de ellos por aquí.

¿Dónde están?

Pues justo al otro lado del muro.

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Del COAC, por el contrario, rápidamente nos llaman la atención algunas constantes antitéticas a la calle: la presencia mayoritaria de testosterona proletaria. Y, sobre todo, varones jóvenes. Hombres, muchos hombres. En el público y en artistas, jóvenes de clase trabajadora con formación académica básica (salvemos la excepción del gremio de autores, donde el número de universitarios maduritos aumenta) y cada vez más juvenil. Chicas en el público se observan en número aplastantemente mayor que el que vemos sobre el escenario. Y letras escritas por mujeres, inexistentes (o casi). A partir de aquí, ya imaginamos: humor fácil con tendencia a la zafiedad, gags televisivos, cuñadismo ideológico, patrioterismo morcillero. Pero por encima de todo, eso sí, pasión: una pasión desbordante latiendo desde lo hondo, inexplicablemente misteriosa, y unas coplas vehementes y encrespadas que, a pesar de su mayoritaria ramplonería, consiguen conectarnos a través de misteriosas descargas eléctricas. Un no sé qué que queda balbuciendo por todo el teatro, y a veces por sus ecos asombrosamente masivos en las redes. En la calle triunfan el humor sofisticado y el descreimiento cínico. En el teatro, la emoción gregaria y el chiste chanflón. El COAC serpentea por ese territorio difuso que separa —o une— lo popular y lo masivo. Lo fingido y lo real.

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Así que no podemos estar seguros de que lo popular esté en la calle pero tampoco podemos negar a la calle su carácter de vanguardia artística y social. De igual manera, menospreciar el concurso es menospreciar a lo verdaderamente popular y masivo. Reducir el concurso a una especie de feria de la fachenda y el negocio es mirar el bosque con ojos de miope. El pueblo vibra masivamente en el COAC. La élite se reconoce en la calle. El pueblo cruje con el concurso. El concurso es copla de salón de bodas, bautizos y comuniones. La calle es copla de salón de té.

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Por eso, amamos la calle y amamos el concurso. En cuál de ambos espacios se encuentren la pureza o la verdad nosotros no lo sabemos, básicamente porque ni la pureza ni la verdad  nos interesan demasiado.

y 10

Y una última reflexión, esta vez en torno a los espacios. El Gran Teatro Falla, ese edificio ultraburgués –que la mayoría de vecinas y vecinos jamás pisa durante todo el año– es asaltado atropelladamente cada carnaval y tomado ruidosamente por la gente común en un extraño ritual colectivo en el que público y artistas comparten protagonismo invirtiendo el habitual sentido del espacio escénico y haciéndose dueños durante un largo mes del lugar diseñado para óperas, teatro y conciertos. Las calles y las esquinas, por el contrario, se convierten en el ecosistema imprescindible para las copas ilegales de una élite subversiva y con autoconciencia de minoría que se autoexcluye orgullosamente del mainstream.

Es una –otra más– asombrosa y mágica inversión de roles y espacios que sólo un contexto de subversión como es el carnaval podrían permitir.

Caro Baroja, definitivamente, no estuvo aquí.

Pero debería haber estado.

 

Artículo publicado en CTXT en este enlace

Tiempo de lectura 💬 3 minutosMa arguez

Ilustración: Pedripol

Por ir aclarando las cosas. Cuando hablamos del “Carnaval de Cádiz” hablamos básicamente de las coplas. Cualquier otro aspecto es secundario y, si me apuran, prescindible. El Carnaval de Cádiz puede prescindir perfectamente de cabalgata, de ninfas (demostrado queda), de pregón, de concursos de bailes por tanguillos, de peñas, de Momos y Pitis, de pirotecnia… y seguiría siendo igual de exorbitante, asombroso e irrepetible.

De lo que le resultaría totalmente imposible prescindir (para ser lo que realmente es) es de las coplas. Es eso lo que lo hace singular, único e insólito. Lo demás es básicamente accesorio. Meros implantes. Cosmética. Bisutería. Lo demás podemos encontrarlos en muchos otros sitios, y con mucho más interés que aquí. Pero las coplas no. Las coplas son la médula espinal y el fenómeno artístico, sociológico y etnográfico más sorprendente y arrebatador.

Y cuando hablamos de las coplas hablamos del coro en la plaza, de la ilegal en la puerta del garaje, de la comparsa en el tablado, del romancero en la esquinita y, por supuesto, del volcánico concurso, mal que les pese a algunos, el elemento hoy por hoy más poderoso, seguido y masivo. Amamos el Carnaval de Cádiz porque amamos las coplas. Por poco más.

Si queremos hacer del Carnaval de Cádiz patrimonio de la Humanidad es, básicamente, por ese fenómeno asombroso que es las coplas. De la ingente cantidad de documentación que el Aula de Cultura del Carnaval suponemos está recogiendo para solicitar tal declaración, estamos seguros de que el 99% tiene que ver, directamente, con las coplas. Sin las coplas, el Carnaval de Cádiz sería una fiesta más, un carnaval más de tantos. Su singularidad, su verdadero tesoro, son las coplas. Y, por supuesto, todo lo que hay detrás de ellas: el proceso colectivo que les da forma, su implicación con la vida cotidiana de gran parte de la ciudad, su fugacidad creativa, su asombro status entre lo culto y lo popular, su trascendencia mediática y su dimensión etnográfica, identitaria y social.

¿Qué queremos decir con todo esto? Pues que cuando hablemos de Carnaval sepamos de qué hablamos exactamente. El Carnaval de Cádiz no es solo una fiesta, ni una fecha en el calendario, ni una tradición, ni un reclamo turístico. Que todo eso lo es, claro. Pero que, en esencia, no lo es. En Cádiz el Carnaval es las coplas.  Como en las Fallas es el fuego o Navidad es el consumo. Cuando estemos debatiendo sobre cualquier aspecto del Carnaval, no olvidemos esto. Si no, no nos lograremos entender.

Cuando se abrió (fugazmente, ¡demasiado fugazmente!) el debate sobre si era conveniente o no instaurar una fecha fija para el carnaval, muchos carnavaleros se aferraron a cierto esencialismo historicista para defender la fecha tradicional y su sobrogación al caledario litúrgico católico como si la esencia del Carnaval de Cádiz estuviera en el calendario y no en sí misma. Si al Carnaval le quitasen las coplas a nosotros en realidad nos daría absolutamente igual en qué fecha se pusiera: directamente dejaría de interesarnos. Y estamos seguros que a muchos de los salvapatrias de la tradición también. El Carnaval, las coplas, está más allá de cualquier fecha, se canten en febrero (nuestro mes más simpático y hospitalario, pero, ojo, no el único en que las coplas son coplas) o en agosto (por cierto, muchos de los que se rasgaron las vestiduras ante la fecha fija fueron los mismos que pusieron el grito en el cielo cuando se puso en marcha el primer carnaval de verano: los mismos, con argumentos igual de pueriles y reaccionarios).  Nos gusta febrero, cierto, pero las coplas son mucho más que febrero.

Carnaval de Cádiz es las coplas sonando vivas durante su fecha grande, por supuesto. Pero también lo es cuando suenan en las callejeras de agosto, en un tablado en los concursos de antologías veraniegas, en un trío cantando en el Novelty en noviembre o en un grupo de adolescentes emocionados cantando una copla en una barbacoa. Las coplas suenan y nos estremecen. Eso es lo que amamos. Lo demás, reconozcámoslo, nos deja un poco más indiferentes.

Amamos las coplas. No estamos seguros si amamos el Carnaval (así, a secas) o no. Quien comparta con nosotros este amor nos tendrá a su lado por más que discrepemos. Quien pretenda convertir en Carnaval de Cádiz en una mera fiesta tradicional como pueda serlo la Feria, los Tosantos o la Navidad, nos tendrá enfrente.

Para discutir sobre orígenes, espiritualidades, cuaresmismo, sentidos irreales, historia o historietas, doctores tiene la Iglesia. Y que en su Iglesia se queden.

Tiempo de lectura 💬 4 minutosArguez

Fotografía: ETP

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Ha sido un asunto fugaz, casi invisible, pero en cualquier caso no intrascendente. La reacción que despertó en alguna gente la intervención artística en la plaquita que  acompaña al monumento de Fray Diego de Cádiz ha evidenciado algunas cosas que no dejan de ser interesantes para comentar un poco.

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Hay símbolos y mitos locales que presuntamente representan la identidad de esta ciudad y que gozan de la protección constante de una guardia pretoriana dispuesta a saltar al más mínimo gesto que se haga contra su santoral.  A mi mare no la mientes. La extrema caspa defiende y cuida ese falso esencialismo gaditano: desde los milagros de Nuestra Señora de las Medallas a los salones burgueses de las exposiciones gloriosas de los centenarios, Cádiz, emporio del orbe, cuna de la libertad, la derechona proyectando esa imagen cursi, rancia y liberal que malversa la caudalosa historia de esta ciudad, reduciendo su existencia a un álbum de comunión, vestido blanco, corpus y estampita. Y ahí siguen, erre que erre, eñe que eñe, ciudad señorial, ciudad pía y comerciante, ciudad que se ilumina con el fulgor de la quincalla, ciudad de los teatros y las misas, capital del pasado pomposo de los marinos con sable y las damas de pitiminí. Pero Cádiz no es solo el Café de Apolo, ni la Academia de Guardias Marinas, ni los disciplinantes de la Madre Antigua. Cádiz no es Elcano.

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Sin embargo, un mero roce en la cancela de la parcelita de los prohombres ilustres de nuestra historia (casi nunca promujeres) y, de golpe, opinadores onanistas, columnistas apulgarados  y monaguillos de archivo saltan a defender lo suyo, su Cádiz.  Cuidado con el perro. Los voceros de la reacción se hacen fuertes, arrancan sus máscaras de demócratas, dejan de disimular y pierden complejos. En las páginas del mismo medio local podemos encontrar pueriles calumnias a Salvochea y ver poco después una sonrojante apología pública de Millán Astray  (sí, el de “¡Viva la muerte y muera la inteligencia!”). Sin anestesia. Sin pudor. Sin perdón. Y, me temo, no tardaremos en ver cosas peores, porque la hiedra franquista parece estar creciendo en esta temporada de otoño secular (Winter is coming!) para hacernos creer que el plomo del pasado puede convertirse en oro, esa nauseabunda alquimia de la desmemoria histórica (esto no sólo ocurre en Cádiz, claro). Y mientras el invierno de la gran posverdad posverdadera termina de llegar, el retén de los salvapatrias del alcanfor sigue ahí: esperando con los arcos tensados a quien ose cuestionar sus mitos, sus símbolos, sus nombres, su santoral. Y acercándose cada vez más a la línea roja del nacionalcatolicismo. Sin complejos. Sin miedo. Sin vergüenza.

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Se ha evidenciado, por otro lado, la desoladora miopía de quien en el siglo XXI (¿estamos en el siglo XXI, verdad?) no sabe aún diferenciar una intervención artística urbana de un acto vandálico. La sacralización del patrimonio al final nos va a llevar a la ruina. Llamar vandalismo a una acción como ésa resulta tan delirante como llamar terrorismo a un escrache. Señor sabio, no sea usted tan cateto. Una placa colocada sobre otra placa planteando un irónico juego de iconoclastia no es dañar el patrimonio. No, al menos, el patrimonio material. La intención del autor o autora de ese acto suponemos que fue evidentemente muy distinta al vandalismo o a la patrimoniofobia (ahí queda el palabro, para quien lo quiera usar, ya puestos). Quien no sepa distinguir esto es como aquel memo al que le están señalando la luna y se queda mirando el dedo. No seré yo aquí quien defienda o censure esa intervención concreta, entre otras cosas porque se defiende sola, pero desde luego quien reduzca este asunto a un mero acto de vandalismo es que definitivamente se la está cogiendo con papel fumar. O con papel de biblia.

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Y por último, nos reafirmamos de nuevo en lo que hablábamos hace unas semanas en esta misma casa: el campo de batalla de los gestos simbólicos está en llamas. Los años de construcción simbólico-identitaria del Teofilato han logrado ir dejando en nuestro espejo ese poso de ciudad católica, burguesita, recogida y vetustiana. Y nos ha ido poco a poco inyectando la auto-mitología de una identidad distorsionada,  construida a partir de sus polvorientos libros y sus lóbregos misales, donde ha quedado excluida, como de costumbre, la gente. La intrahistoria. Aunque pretendan sostener la épica gaditana basándose en esos símbolos, nuestra identidad acabe quizás residiendo con mucha más verdad en cada pimpi anónimo que en el Padre Sáenz de Santa María. En cada caletero reumático más que en Moreno de Mora. En cada cigarrera de barrio más que en la Viudita Naviera. En un estibador pícaro más que en un industrioso comerciante.

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Lancémonos al ring de la lucha simbólica, porque eso también es defender y transformar esta ciudad. No dejemos que ellos se nos vengan por arribita y nos impongan al Cádiz que Cádiz no es. Vayamos al contraataque. Cortémosles el paso. Construyamos (reconstruyamos) nuestra identidad simbólica en la calle y no en sus archivos ni en sus sacristías. Y ya puestos a reivindicar, y sin complejo alguno, reivindiquemos a La Perla antes que al Obispo Urquinaona. A Fernando Quiñones antes que Francisca Larrea. Al Carota antes que a Emilio Castelar. A la Petróleo antes que al Beato Diego.

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Amigas y amigos: quizás pueda ser mucho más representativo de “lo gaditano” una sola mueca del Libi que toda la bibliografía del mismísimo Pemán.

Tiempo de lectura 💬 5 minutosArguez

Fotografía: Jesús Massó

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Plaza de San Juan de Dios. Sábado de luz. Una multitud emocionada grita eufórica ante un joven que, desde el balcón del ayuntamiento, agita el bastón de mando de la ciudad y lo ofrece a sus vecinos. Han pasado ya dos años de este gesto simbólico que aún conservamos en la memoria. Dos años. Y parece, sin embargo, que hace mucho menos. O quizá mucho más.

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El campo de batalla de los gestos simbólicos ha marcado gran parte de la estrategia política que el nuevo equipo de gobierno ha desarrollado en esta media legislatura, especialmente representada en los tics primeros de José María González y su carismática figura. Recordemos: La estampa del nuevo alcalde, recién elegido, haciendo resistencia civil junto a parte de su equipo frente a un desahucio, la sustitución del cuadro de Juan Carlos de Borbón, presidiendo el despacho de la alcaldía, por el retrato del mítico Fermín Salvochea o el atuendo consuetudinario que el alcalde lucía en actos institucionales rompiendo deliberadamente el protocolo indumentario… Ninguno de ellos fueron gestos casuales o extravagantes, sino que respondían a una firme intención de desmarque simbólico hacia todo lo que había venido representando la hegemonía del antiguo régimen. Así lo interpretamos muchos y por eso entendimos que, tras esos llamativos ademanes que tanto parecían irritar a la prensa, se escondía la firme voluntad de trazar un desmarcaje simbólico con todo lo que le precedía, así como una expansiva manera de proyectar las ansias de cambio que acompañaban a su recién estrenado gobierno.

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Esta política de gestos (ninguno vacuo, ninguno estéril) no sólo se desarrolló en los primeros meses de gobierno sino que se vinieron manteniendo, con mayor o menor repercusión, en la agenda política de los dos partidos que sustentan el ejecutivo municipal. Las asambleas ciudadanas de rendición de cuentas que trataban de invocar los modos quincemayistas, el juego del gato y el ratón con las  banderas para mayor irritación del gobierno central o las donaciones con fines sociales de ciertos excedentes salariales (ahora, ya sí, sin exhibiciones públicas, por fortuna) son prueba inequívoca de que no estábamos ante las simples contorsiones escénicas de un grupo de principiantes, sino que han formado y forman parte intrínseca de los nuevos modos de gobernar en las políticas del cambio.

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Frente a esto, la estrategia de la oposición en estos dos años (principalmente la del PP) ha sido básicamente la de repetir que “estos jovenzuelos son unos pésimos gestores”, que “forman una panda de unos ineptos que están perdidos”, que “no saben gobernar un ayuntamiento” y que “van a llevar a la ciudad al abismo” (¡como si la ciudad no lo estuviera ya de antes!). La acritud reconcentrada, los aires de superioridad y el desdén seudopaternalista con que durante los plenos se han dirigido en estos dos años a los nuevos concejales (modos perfectamente sintetizados en esa testosterona agresiva y grotesca que rezuma la retórica de Ignacio Romaní) no han escondido más argumento que el de que estamos ante unos “malos gestores” de la cosa pública, sin ceder un centímetro de terreno en su presunta dignidad de “perdedores” del poder y no reconocer los gravísimos errores de gestión de los gobiernos anteriores de que fueron responsables directos. Dime de qué presumes y te diré de qué careces.

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Sin embargo, este mantra repetido obstinadamente por la oposición y sus voceros (el papel de los medios escritos en estos años merecería análisis aparte) se iba poco a poco estrellando contra la realidad: los datos de saneamiento económico y la disminución de la deuda a proveedores iba menguando a vista de la gente y las cuentas de las arcas municipales (arrasadas tras largos años de una funesta gestión económica provocada por los que al parecer sí que se autoconsideran “buenos gestores”) iban poco a poco recuperando el precario equilibrio para un ayuntamiento que parecía abocado a la bancarrota. El despilfarro y el endeudamiento que tras las alfombras rojas escondía el teofilato (maravillosamente representado por escandalosos ejemplos como la despilfarradora gestión de CádizConecta y sus esperpénticas cuentas de gastos –¿recuerdan lo de las “gafas espía”?-) se ha ido en estos dos años tornando en cierto ordenamiento racional en el interior de palacio, en la recuperación de la dimensión social de las empresas municipales o en paulatinas muestras de saber gestionar y administrar el menguado erario público. Sobre si el saneamiento de la deuda a costa de recortar en inversión social es algo deseable (o no) se podría abrir otro debate. Pero no será aquí. Lo incontestable es que poco a poco se ha ido extendiendo entre la opinión general de las vecinas y vecinos que, digan lo que digan los medios y la oposición, estas “chicas y chicos” del equipo de gobierno, a pesar de sus dudas, sus errores y sus tambaleos, tienen cada vez más claro dónde se encuentran y a dónde quieren llegar. Así que ese endeble argumentario, basado en la descalificación y el descrédito, que el PP ha estado usando como arma arrojadiza contra el alcalde y su equipo no solo estaba empezando claramente a perder efectividad sino, incluso, pareciera que se ha comenzado a volver contra ellos mismos.

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Y es aquí donde, en estos últimos meses, el Partido Popular ha encontrado un nuevo (y amenazador) filón táctico para plantear una oposición peligrosa, quizás erosiva, sobre el equipo de gobierno: lo simbólico. El chispazo de detonación lo ha parecido representar, precisamente, la última mueca simbólica relevante que ha realizado el gobierno de González Santos: la entrega por iniciativa popular de la medalla de la ciudad a la talla de una virgen católica. Este gesto, al que en principio no le quisimos dar demasiada relevancia a pesar del debate (y las bromas) que generó, parece que ha acabado marcando en gran medida la nueva táctica opositora del PP. Ese guiño municipal de condescendencia (o empatía, quizás) hacia el Cádiz católico y popular ha acabado generando una corriente de desapego y hasta de irritación entre algunos de los propios simpatizantes y votantes de PCSSP y ha terminado causando más rechazo entre las filas propias que simpatía entre las contrarias. Y lo que es, en realidad, lo importante: ha abierto una brecha en el terreno de lo simbólico que el PP no ha dudado ni va a dudar en aprovechar, consciente de que estas presuntas “contradicciones ideológicas” acaban realmente produciendo un no desdeñable desgaste interior (en la población partidaria del alcalde, en las formaciones políticas que lo sostienen y hasta en el propio equipo de gobierno). A esto se debe, sin ir más lejos, que ahora se solicite al pleno que se nombre hijo predilecto al sacerdote tal, que se bauticen calles con nombres y apellidos de muchachos asesinados o que se condenen no sé qué asuntos de algún remoto país latinoamericano. Esta estrategia de las trampas simbólicas puede colocar al alcalde, una vez mostrada a las claras su debilidad, en una situación delicada, toda vez que, de seguir así la oposición, no sería de extrañar que se acabe solicitando al pleno que, ya puestos, se rebautice a la Caleta como “Playa don José María Pemán” o que se estampe en el pendón la mismísima efigie de Fray Diego de Cádiz.

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Se abre, pues, un nuevo campo de batalla. Uno, además, en el que el alcalde y su equipo han sabido hasta hoy moverse como gato por los bloques, pero en el que, sorprendentemente, parecen las cañas ahora convertírseles en lanzas. Ceder terreno en el campo de lo simbólico puede ser un error que perjudique no ya al imaginario colectivo que representa este equipo de gobierno que, con el alcalde al frente, ha sabido paso a paso ganar afinidades públicas sino que (y esto es lo más preocupante) puede ensombrecer los logros de gestión que se vayan consiguiendo en el día a día. Dar pasos en falso en este pantanoso terreno, caminar sobre este delicado campo de minas, puede causar mucho daño a la fortaleza futura del proyecto de transformación ciudadana que se ha abierto con esta nueva etapa de la vida municipal. Mucho más de lo que pueda parecer.

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Y es cierto: no podemos dar a lo simbólico más importancia de la que tiene. Pero tampoco menos.

Tiempo de lectura 💬 5 minutosLos equilibristas 5

Fotografía: Jesús Massó

En la pasada entrega de estos comentarios de texto ya les adelantaba que en esta nueva ocasión íbamos a hablar de cómo en la confección de las letras, aunque haya siempre un autor que es el padre del repertorio, y que diseña y se responsabiliza del resultado final, lo habitual es que existan a su sombra personas (a menudo componentes del propio grupo) que aportan ideas, sugerencias, temas o incluso alguna que otra letra. No ocurre en todas las agrupaciones, pero casi. En el caso de Los Equilibristas (como en el de todas las comparsas que hasta el momento he escrito) así ha ocurrido y es de justicia que a ello dediquemos estas líneas.

Piensen una terraza, una mesa ante una puesta de sol invernal y en ella, en torno a un café, Angelito Subiela y servidor charlando distendidamente. Imaginen la siguiente conversación.

—Miguel, tengo una idea para un pasodoble.

—Pues cuéntamela.

—“Tenemos algo pendiente”

—¿”Tenemos algo pendiente”? ¿Qué idea es esa?

—Para un pasodoble…

—Ya, pero ¿de qué trata? ¿Cuál es el tema?

—No sé, eso es cosa tuya, el poeta eres tú. Yo solo te digo que esa frase tiene algo…

—Sí, Ángel, ya… pero ¿”Tenemos algo pendiente”? ¿De qué escribo yo con eso? ¿Qué tema es ese? ¿Un banquero hablando de un impago hipotecario? Jajaja…

—No, hombre, Miguel, yo veo más bien algo sentimental.

—Pues no sé, vaya, déjame darle una vuelta, que ahora mismo no sabría yo qué hacer exactamente con esa frase.

—Seguro que se te ocurre algo bonito con eso, algo emocionante.

—Ángel, picha, tú eres un romántico.

—Ya lo sé. Pero tú hazme caso: “Tenemos algo pendiente”.

Ángel me dio la chispa. Servidor cortó la leña, preparó la hoguera y encendió el fuego. El resultado, días después de aquella difusa conversación, ya lo conocen ustedes de sobra. Así surgen en muchas ocasiones este tipo de cosas. Cierto es que Ángel es un tipo especialmente intuitivo, rápido e imaginativo. No llega a atreverse a escribir un verso, pero tiene unos fogonazos creativos sorprendentemente fértiles que está constantemente maquinando, para imaginar tipos y, por supuesto, para temas de letras. Y no es solo por su larguísima experiencia, que también, sino porque posee una extraña habilidad para encontrar (o al menos intuir) brillantez y argumentos donde a veces parece que no hay nada. No todas sus ideas llegan a buen puerto en mi cuaderno de composición, cierto, pero cuando llegan, ¡cómo llegan!

Es una gran suerte, sinceramente, poder contar con gente así. Las aportaciones que los componentes ofrecen a sus autores, por difusas o extravagantes que a veces sean,  pueden suponer para el letrista un regalo caído del cielo. Suelo estar muy atento a todas las ideas que me insinúan los componentes, y todas las apunto en el bloc de notas, aunque muchas de ellas al final no pasen de ser un simple esbozo sin remedio o un callejón sin salida. A veces, sin embargo, pueden ser la semilla de algo que luego funcione estupendamente.

En ese sentido no puedo dejar de hablar de las aportaciones que a nuestro repertorio hace siempre Juan Blanco. Juanito es un tipo incansablemente imaginativo, inquieto y creativo. No en vano es el letrista de una estupenda comparsa juvenil (que este año, a la postre, ha sido primer premio). Sus aportaciones han sido pieza clave en el repertorio de Los Equilibristas (como también lo fue en el de Los Doce). A él se debe, por ejemplo, la idea del pasodoble a Susana Díaz que cantamos en preliminares y que yo nunca vi del todo clara. Fue la insistencia de Juanito la que me llevó al final a escribir sobre un tema que no me acababa de convencer y que, ya ven, funcionó sin embargo de maravilla en el teatro. Suya fue también la chispa de arranque que me llevó a escribir, por ejemplo, el pasodoble de “Tres letras”.

Pero ha sido en los cuplés donde la aportación de Juan ha sido realmente capital. Escribí para Los Equilibristas siete u ocho cuplés de los cuales solo uno llegó finalmente al Falla. Cuando yo los cantaba para enseñarlos al grupo, Ángel me decía: “Tú tienes un humor muy de chirigota callejera, Miguel”, que era la forma más elegante que encontraba, creo, para decirme que mis cuplés le parecían muy malos, jejeje. Juanito, por otro lado, gran conocedor de lo que podemos llamar “humor de teatro”, me estuvo sugiriendo constantemente ideas, chistes y temas de cuplés para completar el repertorio. Y de hecho, él mismo incluso escribió varios de los que se cantaron, en algunos casos con buena fortuna, durante el concurso. Otros componentes, como Fali Piñero o Jona, también me sugirieron ideas, actitud constructiva y generosa que siempre agradezco mucho aunque, como fue el caso, al final ninguna de ellas por un motivo u otro llegaran a materializarse.

Por eso les explicaba el otro día que la dimensión de labor en equipo suele ser (en esta comparsa pero en realidad en casi todas) una enorme desconocida para el gran público, quedando a menudo eclipsada por el personalismo reduccionista (y a veces narcisista) de los “nombres” y las autorías. Es de justicia, pues, que los autores reconozcamos, sin que eso deba suponer menoscabo en nuestro trabajo o nuestro mérito, cuánto debemos a menudo al trabajo colectivo.

Y ya algunos de ustedes estarán pensado: “Bueno, pero ¿vas a enseñarnos una letra inédita o qué?”. Pues claro que sí. Así que aprovecho estas palabras para mostrarles una letra que precisamente partió de una idea que me regaló Juanito Blanco. Se trata de un homenaje a José Payán, el Pillo, que en paz descanse el hombre (además, familia directa de los equilibristas Pacoli y Sebas), y a su singular y popular grito de aliento carnavalero, aunque en realidad, si la leen con calma, verán que es algo más que un mero pasodoble de homenaje. Esta letra se estuvo barajando casi hasta el final del concurso e incluso se aprendió y se cantó en los ensayos. Finalmente, por uno u otro motivo, quedó arrinconada por la propia dinámica de la competición y nunca se llevó al teatro, aunque sí quedó grabada en el CD, donde pueden ustedes oírla. Aquí, pues, tienen la letra por si les apetece conocerla.

Gritos que en mi corazón resuenan.
Gritos de mi Cadi y de su gente
que piensa, que siente.
Gritos, que han marcado el día a día
de la alegría o de las penas.
Gritos que quieren mostrar
el sentir de esta ciudad.
Gritos en la plaza o en el bar
o en el Pleno a donde van
los vecinos a gritar
junto al grito de algún concejal.
Gritos en el parque, niños jugando,
o la tarde aquella en que oí gritando
mil corazones, mil corazones en el Carranza.
Gritos al Greñúo que no se olvidan,
o en los Astilleros por la Bahía
gritos de un obrero sin esperanza.
Pero hoy quiero yo hablarte de un grito de fuego
que nos encendió el corazón,
un grito que hacía brillar los silencios
y darle emoción,
un grito que hoy no va a sonar pero siempre sonó.
Me quiero acordar
en este escenario de un grito
que a todos nos hizo temblar
El grito que en este teatro clavaba un cuchillo,
Por eso hoy canto en tu honor
un grito en esta canción,
don José Payán (¡CAI!), El Pillo.