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Arguez

Fotografía: ETP

1
Ha sido un asunto fugaz, casi invisible, pero en cualquier caso no intrascendente. La reacción que despertó en alguna gente la intervención artística en la plaquita que  acompaña al monumento de Fray Diego de Cádiz ha evidenciado algunas cosas que no dejan de ser interesantes para comentar un poco.

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Hay símbolos y mitos locales que presuntamente representan la identidad de esta ciudad y que gozan de la protección constante de una guardia pretoriana dispuesta a saltar al más mínimo gesto que se haga contra su santoral.  A mi mare no la mientes. La extrema caspa defiende y cuida ese falso esencialismo gaditano: desde los milagros de Nuestra Señora de las Medallas a los salones burgueses de las exposiciones gloriosas de los centenarios, Cádiz, emporio del orbe, cuna de la libertad, la derechona proyectando esa imagen cursi, rancia y liberal que malversa la caudalosa historia de esta ciudad, reduciendo su existencia a un álbum de comunión, vestido blanco, corpus y estampita. Y ahí siguen, erre que erre, eñe que eñe, ciudad señorial, ciudad pía y comerciante, ciudad que se ilumina con el fulgor de la quincalla, ciudad de los teatros y las misas, capital del pasado pomposo de los marinos con sable y las damas de pitiminí. Pero Cádiz no es solo el Café de Apolo, ni la Academia de Guardias Marinas, ni los disciplinantes de la Madre Antigua. Cádiz no es Elcano.

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Sin embargo, un mero roce en la cancela de la parcelita de los prohombres ilustres de nuestra historia (casi nunca promujeres) y, de golpe, opinadores onanistas, columnistas apulgarados  y monaguillos de archivo saltan a defender lo suyo, su Cádiz.  Cuidado con el perro. Los voceros de la reacción se hacen fuertes, arrancan sus máscaras de demócratas, dejan de disimular y pierden complejos. En las páginas del mismo medio local podemos encontrar pueriles calumnias a Salvochea y ver poco después una sonrojante apología pública de Millán Astray  (sí, el de “¡Viva la muerte y muera la inteligencia!”). Sin anestesia. Sin pudor. Sin perdón. Y, me temo, no tardaremos en ver cosas peores, porque la hiedra franquista parece estar creciendo en esta temporada de otoño secular (Winter is coming!) para hacernos creer que el plomo del pasado puede convertirse en oro, esa nauseabunda alquimia de la desmemoria histórica (esto no sólo ocurre en Cádiz, claro). Y mientras el invierno de la gran posverdad posverdadera termina de llegar, el retén de los salvapatrias del alcanfor sigue ahí: esperando con los arcos tensados a quien ose cuestionar sus mitos, sus símbolos, sus nombres, su santoral. Y acercándose cada vez más a la línea roja del nacionalcatolicismo. Sin complejos. Sin miedo. Sin vergüenza.

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Se ha evidenciado, por otro lado, la desoladora miopía de quien en el siglo XXI (¿estamos en el siglo XXI, verdad?) no sabe aún diferenciar una intervención artística urbana de un acto vandálico. La sacralización del patrimonio al final nos va a llevar a la ruina. Llamar vandalismo a una acción como ésa resulta tan delirante como llamar terrorismo a un escrache. Señor sabio, no sea usted tan cateto. Una placa colocada sobre otra placa planteando un irónico juego de iconoclastia no es dañar el patrimonio. No, al menos, el patrimonio material. La intención del autor o autora de ese acto suponemos que fue evidentemente muy distinta al vandalismo o a la patrimoniofobia (ahí queda el palabro, para quien lo quiera usar, ya puestos). Quien no sepa distinguir esto es como aquel memo al que le están señalando la luna y se queda mirando el dedo. No seré yo aquí quien defienda o censure esa intervención concreta, entre otras cosas porque se defiende sola, pero desde luego quien reduzca este asunto a un mero acto de vandalismo es que definitivamente se la está cogiendo con papel fumar. O con papel de biblia.

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Y por último, nos reafirmamos de nuevo en lo que hablábamos hace unas semanas en esta misma casa: el campo de batalla de los gestos simbólicos está en llamas. Los años de construcción simbólico-identitaria del Teofilato han logrado ir dejando en nuestro espejo ese poso de ciudad católica, burguesita, recogida y vetustiana. Y nos ha ido poco a poco inyectando la auto-mitología de una identidad distorsionada,  construida a partir de sus polvorientos libros y sus lóbregos misales, donde ha quedado excluida, como de costumbre, la gente. La intrahistoria. Aunque pretendan sostener la épica gaditana basándose en esos símbolos, nuestra identidad acabe quizás residiendo con mucha más verdad en cada pimpi anónimo que en el Padre Sáenz de Santa María. En cada caletero reumático más que en Moreno de Mora. En cada cigarrera de barrio más que en la Viudita Naviera. En un estibador pícaro más que en un industrioso comerciante.

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Lancémonos al ring de la lucha simbólica, porque eso también es defender y transformar esta ciudad. No dejemos que ellos se nos vengan por arribita y nos impongan al Cádiz que Cádiz no es. Vayamos al contraataque. Cortémosles el paso. Construyamos (reconstruyamos) nuestra identidad simbólica en la calle y no en sus archivos ni en sus sacristías. Y ya puestos a reivindicar, y sin complejo alguno, reivindiquemos a La Perla antes que al Obispo Urquinaona. A Fernando Quiñones antes que Francisca Larrea. Al Carota antes que a Emilio Castelar. A la Petróleo antes que al Beato Diego.

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Amigas y amigos: quizás pueda ser mucho más representativo de “lo gaditano” una sola mueca del Libi que toda la bibliografía del mismísimo Pemán.

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Arguez

Fotografía: Jesús Massó

1
Plaza de San Juan de Dios. Sábado de luz. Una multitud emocionada grita eufórica ante un joven que, desde el balcón del ayuntamiento, agita el bastón de mando de la ciudad y lo ofrece a sus vecinos. Han pasado ya dos años de este gesto simbólico que aún conservamos en la memoria. Dos años. Y parece, sin embargo, que hace mucho menos. O quizá mucho más.

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El campo de batalla de los gestos simbólicos ha marcado gran parte de la estrategia política que el nuevo equipo de gobierno ha desarrollado en esta media legislatura, especialmente representada en los tics primeros de José María González y su carismática figura. Recordemos: La estampa del nuevo alcalde, recién elegido, haciendo resistencia civil junto a parte de su equipo frente a un desahucio, la sustitución del cuadro de Juan Carlos de Borbón, presidiendo el despacho de la alcaldía, por el retrato del mítico Fermín Salvochea o el atuendo consuetudinario que el alcalde lucía en actos institucionales rompiendo deliberadamente el protocolo indumentario… Ninguno de ellos fueron gestos casuales o extravagantes, sino que respondían a una firme intención de desmarque simbólico hacia todo lo que había venido representando la hegemonía del antiguo régimen. Así lo interpretamos muchos y por eso entendimos que, tras esos llamativos ademanes que tanto parecían irritar a la prensa, se escondía la firme voluntad de trazar un desmarcaje simbólico con todo lo que le precedía, así como una expansiva manera de proyectar las ansias de cambio que acompañaban a su recién estrenado gobierno.

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Esta política de gestos (ninguno vacuo, ninguno estéril) no sólo se desarrolló en los primeros meses de gobierno sino que se vinieron manteniendo, con mayor o menor repercusión, en la agenda política de los dos partidos que sustentan el ejecutivo municipal. Las asambleas ciudadanas de rendición de cuentas que trataban de invocar los modos quincemayistas, el juego del gato y el ratón con las  banderas para mayor irritación del gobierno central o las donaciones con fines sociales de ciertos excedentes salariales (ahora, ya sí, sin exhibiciones públicas, por fortuna) son prueba inequívoca de que no estábamos ante las simples contorsiones escénicas de un grupo de principiantes, sino que han formado y forman parte intrínseca de los nuevos modos de gobernar en las políticas del cambio.

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Frente a esto, la estrategia de la oposición en estos dos años (principalmente la del PP) ha sido básicamente la de repetir que “estos jovenzuelos son unos pésimos gestores”, que “forman una panda de unos ineptos que están perdidos”, que “no saben gobernar un ayuntamiento” y que “van a llevar a la ciudad al abismo” (¡como si la ciudad no lo estuviera ya de antes!). La acritud reconcentrada, los aires de superioridad y el desdén seudopaternalista con que durante los plenos se han dirigido en estos dos años a los nuevos concejales (modos perfectamente sintetizados en esa testosterona agresiva y grotesca que rezuma la retórica de Ignacio Romaní) no han escondido más argumento que el de que estamos ante unos “malos gestores” de la cosa pública, sin ceder un centímetro de terreno en su presunta dignidad de “perdedores” del poder y no reconocer los gravísimos errores de gestión de los gobiernos anteriores de que fueron responsables directos. Dime de qué presumes y te diré de qué careces.

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Sin embargo, este mantra repetido obstinadamente por la oposición y sus voceros (el papel de los medios escritos en estos años merecería análisis aparte) se iba poco a poco estrellando contra la realidad: los datos de saneamiento económico y la disminución de la deuda a proveedores iba menguando a vista de la gente y las cuentas de las arcas municipales (arrasadas tras largos años de una funesta gestión económica provocada por los que al parecer sí que se autoconsideran “buenos gestores”) iban poco a poco recuperando el precario equilibrio para un ayuntamiento que parecía abocado a la bancarrota. El despilfarro y el endeudamiento que tras las alfombras rojas escondía el teofilato (maravillosamente representado por escandalosos ejemplos como la despilfarradora gestión de CádizConecta y sus esperpénticas cuentas de gastos –¿recuerdan lo de las “gafas espía”?-) se ha ido en estos dos años tornando en cierto ordenamiento racional en el interior de palacio, en la recuperación de la dimensión social de las empresas municipales o en paulatinas muestras de saber gestionar y administrar el menguado erario público. Sobre si el saneamiento de la deuda a costa de recortar en inversión social es algo deseable (o no) se podría abrir otro debate. Pero no será aquí. Lo incontestable es que poco a poco se ha ido extendiendo entre la opinión general de las vecinas y vecinos que, digan lo que digan los medios y la oposición, estas “chicas y chicos” del equipo de gobierno, a pesar de sus dudas, sus errores y sus tambaleos, tienen cada vez más claro dónde se encuentran y a dónde quieren llegar. Así que ese endeble argumentario, basado en la descalificación y el descrédito, que el PP ha estado usando como arma arrojadiza contra el alcalde y su equipo no solo estaba empezando claramente a perder efectividad sino, incluso, pareciera que se ha comenzado a volver contra ellos mismos.

6
Y es aquí donde, en estos últimos meses, el Partido Popular ha encontrado un nuevo (y amenazador) filón táctico para plantear una oposición peligrosa, quizás erosiva, sobre el equipo de gobierno: lo simbólico. El chispazo de detonación lo ha parecido representar, precisamente, la última mueca simbólica relevante que ha realizado el gobierno de González Santos: la entrega por iniciativa popular de la medalla de la ciudad a la talla de una virgen católica. Este gesto, al que en principio no le quisimos dar demasiada relevancia a pesar del debate (y las bromas) que generó, parece que ha acabado marcando en gran medida la nueva táctica opositora del PP. Ese guiño municipal de condescendencia (o empatía, quizás) hacia el Cádiz católico y popular ha acabado generando una corriente de desapego y hasta de irritación entre algunos de los propios simpatizantes y votantes de PCSSP y ha terminado causando más rechazo entre las filas propias que simpatía entre las contrarias. Y lo que es, en realidad, lo importante: ha abierto una brecha en el terreno de lo simbólico que el PP no ha dudado ni va a dudar en aprovechar, consciente de que estas presuntas “contradicciones ideológicas” acaban realmente produciendo un no desdeñable desgaste interior (en la población partidaria del alcalde, en las formaciones políticas que lo sostienen y hasta en el propio equipo de gobierno). A esto se debe, sin ir más lejos, que ahora se solicite al pleno que se nombre hijo predilecto al sacerdote tal, que se bauticen calles con nombres y apellidos de muchachos asesinados o que se condenen no sé qué asuntos de algún remoto país latinoamericano. Esta estrategia de las trampas simbólicas puede colocar al alcalde, una vez mostrada a las claras su debilidad, en una situación delicada, toda vez que, de seguir así la oposición, no sería de extrañar que se acabe solicitando al pleno que, ya puestos, se rebautice a la Caleta como “Playa don José María Pemán” o que se estampe en el pendón la mismísima efigie de Fray Diego de Cádiz.

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Se abre, pues, un nuevo campo de batalla. Uno, además, en el que el alcalde y su equipo han sabido hasta hoy moverse como gato por los bloques, pero en el que, sorprendentemente, parecen las cañas ahora convertírseles en lanzas. Ceder terreno en el campo de lo simbólico puede ser un error que perjudique no ya al imaginario colectivo que representa este equipo de gobierno que, con el alcalde al frente, ha sabido paso a paso ganar afinidades públicas sino que (y esto es lo más preocupante) puede ensombrecer los logros de gestión que se vayan consiguiendo en el día a día. Dar pasos en falso en este pantanoso terreno, caminar sobre este delicado campo de minas, puede causar mucho daño a la fortaleza futura del proyecto de transformación ciudadana que se ha abierto con esta nueva etapa de la vida municipal. Mucho más de lo que pueda parecer.

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Y es cierto: no podemos dar a lo simbólico más importancia de la que tiene. Pero tampoco menos.

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Los equilibristas 5

Fotografía: Jesús Massó

En la pasada entrega de estos comentarios de texto ya les adelantaba que en esta nueva ocasión íbamos a hablar de cómo en la confección de las letras, aunque haya siempre un autor que es el padre del repertorio, y que diseña y se responsabiliza del resultado final, lo habitual es que existan a su sombra personas (a menudo componentes del propio grupo) que aportan ideas, sugerencias, temas o incluso alguna que otra letra. No ocurre en todas las agrupaciones, pero casi. En el caso de Los Equilibristas (como en el de todas las comparsas que hasta el momento he escrito) así ha ocurrido y es de justicia que a ello dediquemos estas líneas.

Piensen una terraza, una mesa ante una puesta de sol invernal y en ella, en torno a un café, Angelito Subiela y servidor charlando distendidamente. Imaginen la siguiente conversación.

—Miguel, tengo una idea para un pasodoble.

—Pues cuéntamela.

—“Tenemos algo pendiente”

—¿”Tenemos algo pendiente”? ¿Qué idea es esa?

—Para un pasodoble…

—Ya, pero ¿de qué trata? ¿Cuál es el tema?

—No sé, eso es cosa tuya, el poeta eres tú. Yo solo te digo que esa frase tiene algo…

—Sí, Ángel, ya… pero ¿”Tenemos algo pendiente”? ¿De qué escribo yo con eso? ¿Qué tema es ese? ¿Un banquero hablando de un impago hipotecario? Jajaja…

—No, hombre, Miguel, yo veo más bien algo sentimental.

—Pues no sé, vaya, déjame darle una vuelta, que ahora mismo no sabría yo qué hacer exactamente con esa frase.

—Seguro que se te ocurre algo bonito con eso, algo emocionante.

—Ángel, picha, tú eres un romántico.

—Ya lo sé. Pero tú hazme caso: “Tenemos algo pendiente”.

Ángel me dio la chispa. Servidor cortó la leña, preparó la hoguera y encendió el fuego. El resultado, días después de aquella difusa conversación, ya lo conocen ustedes de sobra. Así surgen en muchas ocasiones este tipo de cosas. Cierto es que Ángel es un tipo especialmente intuitivo, rápido e imaginativo. No llega a atreverse a escribir un verso, pero tiene unos fogonazos creativos sorprendentemente fértiles que está constantemente maquinando, para imaginar tipos y, por supuesto, para temas de letras. Y no es solo por su larguísima experiencia, que también, sino porque posee una extraña habilidad para encontrar (o al menos intuir) brillantez y argumentos donde a veces parece que no hay nada. No todas sus ideas llegan a buen puerto en mi cuaderno de composición, cierto, pero cuando llegan, ¡cómo llegan!

Es una gran suerte, sinceramente, poder contar con gente así. Las aportaciones que los componentes ofrecen a sus autores, por difusas o extravagantes que a veces sean,  pueden suponer para el letrista un regalo caído del cielo. Suelo estar muy atento a todas las ideas que me insinúan los componentes, y todas las apunto en el bloc de notas, aunque muchas de ellas al final no pasen de ser un simple esbozo sin remedio o un callejón sin salida. A veces, sin embargo, pueden ser la semilla de algo que luego funcione estupendamente.

En ese sentido no puedo dejar de hablar de las aportaciones que a nuestro repertorio hace siempre Juan Blanco. Juanito es un tipo incansablemente imaginativo, inquieto y creativo. No en vano es el letrista de una estupenda comparsa juvenil (que este año, a la postre, ha sido primer premio). Sus aportaciones han sido pieza clave en el repertorio de Los Equilibristas (como también lo fue en el de Los Doce). A él se debe, por ejemplo, la idea del pasodoble a Susana Díaz que cantamos en preliminares y que yo nunca vi del todo clara. Fue la insistencia de Juanito la que me llevó al final a escribir sobre un tema que no me acababa de convencer y que, ya ven, funcionó sin embargo de maravilla en el teatro. Suya fue también la chispa de arranque que me llevó a escribir, por ejemplo, el pasodoble de “Tres letras”.

Pero ha sido en los cuplés donde la aportación de Juan ha sido realmente capital. Escribí para Los Equilibristas siete u ocho cuplés de los cuales solo uno llegó finalmente al Falla. Cuando yo los cantaba para enseñarlos al grupo, Ángel me decía: “Tú tienes un humor muy de chirigota callejera, Miguel”, que era la forma más elegante que encontraba, creo, para decirme que mis cuplés le parecían muy malos, jejeje. Juanito, por otro lado, gran conocedor de lo que podemos llamar “humor de teatro”, me estuvo sugiriendo constantemente ideas, chistes y temas de cuplés para completar el repertorio. Y de hecho, él mismo incluso escribió varios de los que se cantaron, en algunos casos con buena fortuna, durante el concurso. Otros componentes, como Fali Piñero o Jona, también me sugirieron ideas, actitud constructiva y generosa que siempre agradezco mucho aunque, como fue el caso, al final ninguna de ellas por un motivo u otro llegaran a materializarse.

Por eso les explicaba el otro día que la dimensión de labor en equipo suele ser (en esta comparsa pero en realidad en casi todas) una enorme desconocida para el gran público, quedando a menudo eclipsada por el personalismo reduccionista (y a veces narcisista) de los “nombres” y las autorías. Es de justicia, pues, que los autores reconozcamos, sin que eso deba suponer menoscabo en nuestro trabajo o nuestro mérito, cuánto debemos a menudo al trabajo colectivo.

Y ya algunos de ustedes estarán pensado: “Bueno, pero ¿vas a enseñarnos una letra inédita o qué?”. Pues claro que sí. Así que aprovecho estas palabras para mostrarles una letra que precisamente partió de una idea que me regaló Juanito Blanco. Se trata de un homenaje a José Payán, el Pillo, que en paz descanse el hombre (además, familia directa de los equilibristas Pacoli y Sebas), y a su singular y popular grito de aliento carnavalero, aunque en realidad, si la leen con calma, verán que es algo más que un mero pasodoble de homenaje. Esta letra se estuvo barajando casi hasta el final del concurso e incluso se aprendió y se cantó en los ensayos. Finalmente, por uno u otro motivo, quedó arrinconada por la propia dinámica de la competición y nunca se llevó al teatro, aunque sí quedó grabada en el CD, donde pueden ustedes oírla. Aquí, pues, tienen la letra por si les apetece conocerla.

Gritos que en mi corazón resuenan.
Gritos de mi Cadi y de su gente
que piensa, que siente.
Gritos, que han marcado el día a día
de la alegría o de las penas.
Gritos que quieren mostrar
el sentir de esta ciudad.
Gritos en la plaza o en el bar
o en el Pleno a donde van
los vecinos a gritar
junto al grito de algún concejal.
Gritos en el parque, niños jugando,
o la tarde aquella en que oí gritando
mil corazones, mil corazones en el Carranza.
Gritos al Greñúo que no se olvidan,
o en los Astilleros por la Bahía
gritos de un obrero sin esperanza.
Pero hoy quiero yo hablarte de un grito de fuego
que nos encendió el corazón,
un grito que hacía brillar los silencios
y darle emoción,
un grito que hoy no va a sonar pero siempre sonó.
Me quiero acordar
en este escenario de un grito
que a todos nos hizo temblar
El grito que en este teatro clavaba un cuchillo,
Por eso hoy canto en tu honor
un grito en esta canción,
don José Payán (¡CAI!), El Pillo.

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Arguez 4

Fotografía: Jesús Massó

En esta nueva entrega de las letras inéditas déjenme que les comparta un final alternativo de popurrí que nunca llegó a ser montado. Muchas letras (y músicas) tienen a veces variantes que no se corresponden con la versión final, y en esta ocasión quisiera compartirles la letra para la que iba a ser la verdadera cuarteta final, es decir, la que iba a cerrar cada pase de “Los Equilibristas” y que, sin embargo, no terminó de cuajar.

La cuarteta de despedida que ustedes conocen (“Ven y sube aquí a mi alambre, que es mi pequeño palacio”) no era, desde el principio, la cuarteta final sino la penúltima. Así lo teníamos pensado Jose “Pati” Aranda y yo desde que hicimos el primer borrador de la estructura del popurrí y nuestra idea era rematarlo con otra propuesta más compleja y, si me permiten, arriesgada.

 

La letra de esa hipotética última cuarteta decía así.
Un alambre, dos calambres,
tres miradas al frente y ya llego al final,
cuatro vientos, cinco alientos,
seis palabras que hablan el lenguaje del mar,
siete vidas, ocho heridas,
nueve versos clavándose en el corazón,
diez regresos, once besos,
doce meses de espera en una estación.
trece coplas, catorce pasos
¡Que ya estamos, que llegamos!
¡Quince voces te dicen adiós!
Y una gente que grita aplaudiendo
que ya el espectáculo se terminó.
Y tú y yo desde el filo del aire
inclinamos la frente y decimos adiós
¡Que se apague la luz en la pista
del equilibrista y de esta función!
Y el alambre se queda vacío
y el corazón mío es un acordeón.

 

Musicalmente, Jose se echó el equipo a las espaldas y, partiendo de un tema de la banda francesa “Debout sur le zinc” que nos había hechizado a ambos, compuso un hermosísimo vals que poco a poco iba in crescendo y que representaba, paso a paso, la llegada al final del alambre y el fin de la función (espero que esto les ayude a comprender el sentido pleno de la letra). Nos planteamos añadir a la cuarteta el acompañamiento de un melancólico acordeón (¡hasta estuvimos mirando precios, jajaja!) que terminaría sonando en la penumbra, dejando la melodía resonando entre los aplausos de despedida (¿un recuerdo-guiño-homenaje al “El Bache”, además?) mientras los equilibristas se bajaban (literalmente) del alambre/plataforma en que habían estado subidos toda la función. Iba a ser, según a los autores nos parecía, una hermosa estampa plástica y musical que dejaría una sensación final de tristeza y belleza muy apropiada para el tipo y el repertorio.

El grupo, sin embargo, no lo vio nada claro y apostó más por terminar con el optimismo luminoso y poético de la cuarteta final que ustedes conocen (es decir, convertir la que entonces era la penúltima cuarteta en la cuarteta de despedida) y prefirió no arriesgar con este otro final nuestro más nocturno y teatral, y por tanto desconcertante frente a los finales de popurrís comparseros habituales a los que el público está acostumbrado. Pati y yo, finalmente optamos por retirar nuestra propuesta y hacer caso al grupo. Creo que fue una buena decisión. Hoy, cuando oigo el popurrí tal y como ha quedado terminado, siento que efectivamente es mucho más elegante y natural el final de popurrí que el grupo defendió y no nuestra propuesta, que seguramente hubiera resultado más complicada y, hasta quizás, pretenciosa.

Aun así, me ha parecido interesante compartirles este final alternativo que nunca llegó a ver la luz. Como decía antes, en todo repertorio existen piezas fallidas, esquirlas,  tornillos sobrantes que aunque finalmente no llegan al teatro, sí que resultan curiosas para comprender tanto la magnitud y complejidad de un repertorio como los procesos que se entrecruzan en su elaboración

En este sentido, y como sé que a algunos de ustedes les interesan mucho estas anécdotas creativas de carácter interno, me gustaría recomendarles que de alguna manera echen un vistazo al estupendo documental “Seis meses en el alambre” (Murrico Producciones, 2017), dirigido por Álvaro Carmona y recientemente estrenado. En él, además de otras curiosidades del grupo y del proceso creativo de la comparsa, podrán acceder a material inédito, como los distintos estribillos alternativos que se barajaron hasta llegar a la versión final, la búsqueda y construcción de las voces en diferentes momentos del repertorio o la versión original del pasodoble que trajo Noli, incluida la letra de medida escrita por él mismo y por la que algunos de ustedes han preguntado con interés (puesto que nunca se llegó a cantar). Para quienes seguís estos comentarios de texto, con la curiosidad y el afán de descubrir como motores de vuestra atención, esta película puede suponer un interesante acercamiento, no ya a un singular material audiovisual en torno al grupo y a la gestación de la comparsa, sino a la constatación de la importancia del trabajo en equipo. Porque ahora, a toro pasado, si algo resume el funcionamiento de esta comparsa ha sido el del trabajo en equipo. Incluido un repertorio, que se ha construido (como en casi todos los grupos en verdad ocurre) con la aportación valiosísima de componentes de la agrupación que no rezan en los títulos de crédito.

Pero sobre este asunto hablaremos específicamente en la siguiente entrega de estos comentarios.

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Arguez 3

Fotografía: Jesús Massó

El pasodoble que hoy quisiera compartirles es para mí muy especial. Nadie espere oírlo en alguna de las actuaciones que Los Equilibristas van dando por esos mundos de dios. No traten de buscarlo en el CD ni en el libreto, porque esta letra, en realidad, pasó de una manera muy fugaz por la comparsa. Es decir, vamos, que lo llevé una tarde al local de ensayo, lo enseñé y fue directamente descartado por el grupo sin prestarle demasiada atención y alegando argumentos difusos que no llegué a comprender del todo. A mí, sinceramente, me desconcertó mucho la poca atención a la que yo creía una letra bastante completa que, a mi juicio de autor –y entiendan que siempre uno mismo tiene que dudar de su propia objetividad a la hora de juzgar sus propias escrituras–, tenía de todo: un tema candente, un llamativo músculo poético, una forma de escritura novedosa, un desarrollo intrigante y un desenlace sorpresivo no exento de una fuerte crítica social. De hecho estuve trabajando mucho en casa en torno a esta letra y, francamente, me sentía muy satisfecho con ella. Sin embargo, ya digo, fue recibida con bastante indiferencia.

La letra en cuestión es la siguiente:
Frío, la bandera del invierno,
invierno, invierno…
Frío que desciende desde el cielo
y cruje en el suelo.
Frío, pero dentro de tu casa
cálidas mantas y alfombras tibias.
En la calle la humedad
negra, helada y sideral
clava sus agujas de cristal.
Y en tu casa el edredón,
la franela y el colchón
y la estufa con su resplandor.
En la calle escarcha y crujir de huesos,
uñas de granizo, perros de hielo,
noche que clava, noche que clava
sus negros dientes.
Esa tos de niebla en las madrugadas,
ese hierro crudo de las heladas,
y en tu casa sopa y café caliente.
Por el ventanal
arrecia la noche que cruje de frío
y no tiene piedad,
diciembre de piedra y de helados cuchillos
en la oscuridad,
y tú y el pijama y la lana al calor del hogar.
¡Maldita ciudad!
¡Maldita la gente pasa y no mira a ese negro portal!
El frío de la indiferencia hacia un cuerpo sin nombre:
que en Cadi el frío dirán
no es frío, que es humedad
pero hoy ha matado a un hombre.

No sé qué les parecerá a ustedes la letra ahora al leerla (o al imaginarla cantada) pero lo cierto es que la idea de escribir sobre las muertes de personas sin hogar que se han sucedido este invierno en nuestra ciudad llevaba algún tiempo rondándome la cabeza y quise buscar una manera especial de tratar tan luctuoso tema sin caer ni en la demagogia ni en el tremendismo dramático. Así que no fueron pocas las vueltas que le di al pasodoble hasta encontrar lo que, creo, me ofrecía la fórmula más elegante y novedosa que fui capaz de escribir.

La cosa es que llevé la letra al local de ensayo bastante ilusionado con el resultado. Por eso la frialdad (nunca mejor dicho) con que esta letra fue recibida me dio mucho que pensar. Sin embargo, al ver la mustia reacción de mis queridos equilibristas, no quise insistir ni defenderla obstinadamente y preferí dejarlo correr y no protestar. Lo cierto es que el respeto con que han tratado el repertorio que les ido llevando ha sido estupendo y por ello no puedo más que estar agradecido tanto a Ángel como al resto del equipo. Pero eso no es motivo para no aprovechar este comentario de texto y hacer una breve reflexión sobre estos pequeños (o grandes) conflictos que a veces nos suceden a los autores con el grupo cuando no hay consenso en torno a una letra.

Es normal, absolutamente normal, que no siempre los gustos y opiniones de letristas e intérpretes coincidan en algunas partes del repertorio. Y esto no pocas veces es motivo de fricciones más o menos solventables, o más o menos ásperas en los casos más chungos. Todos los autores que lean esto saben exactamente a qué me refiero.

Es cierto que el autor es quien realmente tiene la visión de conjunto más amplia y rica del repertorio, de cada pieza del rompecabezas y de la estrategia global de su funcionamiento y que por ello sus opiniones han de tener un peso especial en lo que respecta al repertorio.

Y cierto es también que en todos los grupos hay a menudo componentes que, a pesar de llevar meses ensayando a diario, no terminan de enterarse de qué va la cosa o de comprender  lo que se traen entre manos hasta que no ven a posteriori la reacción del público, y que a menudo emiten opiniones disparatadas o poco razonables que, aunque sin duda son propuestas con la mejor de las intenciones constructivas, a veces demuestran no haber comprendido del todo lo que andan cantando ni de la propuesta artística que están interpretando.

Pero sin embargo, la conjunción de ideas, sensibilidades y energías ha de ser siempre quien marque el camino. Tan poco eficaz es un letrista escribiendo “por encargo” sin creer en lo que escribe, como un grupo que no se siente identificado con lo que canta y ha de defender. Un grupo debe confiar sólidamente en los autores en los que ha depositado la responsabilidad de escribir un repertorio con la misma sinceridad con que un autor ha de saber escuchar las objeciones, pegas o sugerencias que al repertorio pone su grupo, que es quien va a interpretarlo y a hacerlo suyo. Somos vasos comunicantes donde cada cual ha de confiar en el otro, entre otras  cosas porque quien tiene casi siempre las de perder, créanme, suele ser el autor (no olvidemos que la base última de esto no es quien escribe, sino quien canta). El barco avanza si todo el mundo rema en la misma dirección. Lo contrario suele generar obras deslavazadas, difusas, lacias o incoherentes. Podemos ver muchos ejemplos de eso en el COAC cada año. Miren con atención y lo comprobarán.

Por eso, por mi parte, entiendo la construcción de una comparsa como un trabajo de equipo donde, aunque cada cual tiene delimitado su campo de responsabilidad, el consenso y el acuerdo han de primar sobre las imposiciones y los personalismos. Es evidente que, en unos temas o en otros, hay (y debe haber) opiniones más sólidas y con más peso que otras, pero, así en general, lo ideal es que cuando la agrupación llegué a su estreno esté sustentada en la conjunción de fuerzas y el sentir común (comunitario) donde todo el mundo sienta suya cada parte de la obra. Ahí nos jugamos, no ya la fortaleza de una obra creativa colectiva como es una agrupación, sino que el resultado final sea sólido y sano, por encima de egocentrismos o imposturas. Así es al menos mi manera de sentir las cosas y así he tratado que sea en cuantas comparsas he participado.

Y así espero que siga siendo, aunque a veces tenga uno que verse en el triste lance de tener que comerse con papas letras como la que hoy hemos comentado.

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Arguez 2

Fotografía: Jesús Massó

Decíamos el otro día que la letra que comentamos en la entrega pasada fue la letra “de medida” (la que los autores usamos para fijar la métrica y la rima en la música) pero no la “de montaje” (la que el grupo usa para aprender la música, fijar la orquestación y montar las voces). Normalmente, ustedes lo saben, suelen ser la misma cosa. Pero con Los Equilibristas no fue así.

—¿Y por qué? —preguntarán ustedes.

Pues porque dos días después de escribir esa letra que en la entrega anterior les conté, escribí otra, que es ésta ahora les traigo, y con ella, curiosamente, al grupo le entró la música (y las acentuaciones) mucho mejor.

Se trataba de un piropo a Cádiz, ese incombustible subgénero pasodoblero que, de tan típico, tradicional y manido, supone un tour de forcé para quien lo escribe, al menos si pretende no caer en el tópico fácil, la idea ramplona o el recurso trillado. Se han escrito cientos de letras de este tipo, y se siguen escribiendo. Esta ciudad se ha dicho a sí misma ya tantos auto-piropos, que  resulta difícil decirle algo diferente o novedoso (por eso suelo estar muy atento a los piropos que escribe la gente de fuera, sobre todo los primos-hermanos de Sevilla, pues siempre conserva uno la esperanza de que nos digan algo nuevo, algo revelador, algo diferente a lo que nosotros nos hemos dicho ya tantas y tantas veces). Como oyente interesado en este tipo de letras, uno lo que espera ya es un poco de sorpresa, de asombro, o al menos una manera oblicua de decir, si no algo nuevo, sí algo distinto o dicho de otra forma.

Fue con esta intención (perdón si les parezco pretencioso) con la que afronté la escritura de este pasodoble de piropo, tratando de revisar los viejos tópicos, dando la vuelta a algunos clichés y tratando de construir un galantería, si no nueva, sí al menos fresca.

La letra quedó así. Ustedes juzgarán si se logró o no.

Cádiz, la comadre de los mares.
Cádiz, la alcahueta del levante,
la niña diamante.
Cádiz, novia de las azoteas
con mil mareas
bajo tu falda.
La salada oscuridad
con la plata caducá
y tus caballitas desangrás.
Por la muralla real
aunque no sé dónde está
hasta el sol aquí viene a roncar.
No hagas caso a lo que el poeta dice,
que aquí viven pobres pero felices
las mojarritas, las mojarritas
las mojarritas.
Tacita de lata, prima del viento.
En la copla azul de mis pensamientos
unas veces reina, otras huerfanita.
Espejo y verdín,
el agua, la piedra, la espuma, la arena,
la playa sin fin,
la acera, las casas, las calles, las plazas,
la gente, el trajín…
y yo que te miro no sé si llorar o reír.
No sabe ni dios
los clavos de plata que tú me has hincado
en mi corazón.
Mi casa, mi sol, mi palacio pequeño y cerrado.
¿Qué tienes vieja ciudad?
¡Que aquí estoy una vez más
cantándote enamorado!

Desde el primer momento, a Ángel y al resto del grupo les pareció que era la letra apropiada para cantar la primera en preliminares, es decir, la primera en abrir el repertorio, es decir, lo que a menudo se conoce como “pasodoble de presentación”, aunque últimamente se suelan incluir en este subgénero  otro tipo de temáticas como saludos variados (“hola qué tal, cuánto te he echado de menos, cadi mío?”, o agradecimientos por el cariño del público, o ruborizantes pataleos por el puesto en que se quedó la edición anterior, o auto-piropos a la propia música que se está estrenando, etc.). Así que nos pareció que ¿por qué no? este piropo sería una estupenda carta de presentación para estrenar la música de Noli en preliminares.

Pero, como ustedes son gente avispada, ya estarán pensando:

—¡Cucha!¡Pero esa no fue la primea letra de pasodoble que cantaron Los Equilibristas!

Cierto. La verdad es que, cuando ese pasodoble estaba más que aprendido y montadio, poco antes de arrancar el concurso en enero se me cruzó por la cabeza una letra de, digamos, declaración de principios que me pareció una manera más interesante de presentarnos, y esa sí que fue la letra que ustedes finalmente oyeron en el Falla. Debatimos un poco al respecto y, finalmente, aunque no con todo el mundo a favor, decidimos comenzar con el pasodoble nuevo, el titulado “Dime”.

Y fue por eso por lo que esta letra de piropo, finalmente, ya no encontró lugar durante el desarrollo del resto de las fases del concurso, aunque se volviera a barajar en no pocas ocasiones, incluida la idea de rescatarla y cantarla para la final. De cualquier forma, quedó grabada en el Cd y se ha cantado muchas veces en la calle. Pueden, por cierto, oírla aquí)

Y una última curiosidad más: la versión original de esta letra no es exactamente ésta que les enseño. La primera versión de este pasodoble tenía algunas cosas diferentes que cambiaron: usaba algunas palabras desconcertantes, quizás incluso chocantes (bien que lo saben mis queridos equilibristas). Era una letra ¿cómo lo diría? más subida de tono, más rompedora y francamente era un piropo bastante más punk. De hecho, el grupo no vio del todo adecuado el tono de algunas expresiones (salvo José Aranda, que estaba conmigo y siempre prefirió y defendió ese puntito punk, jejeje). Así que finalmente optamos por “dulcificar” un poco la letra para hacerla un anti-piropo más razonable y menos gamberro (la versión original, como podrán imaginar, nos la reservaremos para nosotros y no la enseñaremos aquí).

Contar estas cosas, a menudo tontamente consideradas “intimidades” del grupo, creo que es un ejercicio sano y además puede dar a quien interese este anecdotario una visión mucho más rica de cómo funcionan las dinámicas de puertas para dentro de un ensayo, porque cosas así suelen pasar en todos los grupos y con ellas la gente aficionada puede comprender con mayor profundidad y riqueza el interesante y a veces asombroso proceso por el que pasa un repertorio hasta llegar a ese escaparate que es el concurso, y que es lo que todos ustedes conocen.

Pero el iceberg, amigas y amigos, no es sólo ese trozo final que vemos asomarse sobre el escenario, sino todo lo que hay escondido debajo y detrás.