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Miguel ariza

Fotografía: Jesús Massó

Amén de hacer saltar por los aires la música popular de la segunda mitad del siglo xx, a John Lennon le sobró talento para sintetizar la desnortada existencia de todos nosotros. Y lo hizo con una frase que aborrezco casi tanto como sus canciones. “La vida es eso que nos pasa mientras estamos haciendo otros planes”. Esté usted de acuerdo o no, asúmalo. Ya sea una persona simplemente extraordinaria o extraordinariamente simple, es más que posible que esté saboteando su propio presente.

No se trata de un hecho novedoso, algo que podamos achacarle al ajetreo de la vida moderna. Al mismísimo Horacio ya le dolía la boca de repetirnos su celebérrimo carpe díem. Y lo hizo incluso poco antes de nacer Cristo. Esto demuestra que siempre nos ha chiflado eso de irnos por las ramas; sobre todo las de esos árboles que nos impiden ver el bosque, allá por los cerros de Úbeda.

Pero retrocedamos cinco siglos antes de Horacio. Entonces el budismo andaba destilando la esencia de lo que habría de ser su filosofía. Lástima que el resultado se nos revelara de una sencillez tan inasumible, porque todo el mensaje de Buda podría resumirse en estas pocas palabras. Este preciso instante es el único tiempo que de verdad existe, no hay nada más. Pero nosotros nunca hemos estado del todo preparados para eso. Por alguna razón, preferimos mirar para otro lado.

Ya fuera con la ayuda de las drogas, la religión o cualquier estúpida ideología, siempre nos gustó eludir el presente; aunque la mayoría de las veces se debió a nuestra propia incapacidad de estar centrados. Si casi podría decirse que, existencialmente, somos hijos bastardos del Gran Houdini. Tramposos aprendices del insano arte del escapismo, capaces de cualquier cosa con tal de no plantarle cara a la realidad. ¿Cuántas horas de trabajo hemos pasado soñando con las vacaciones? ¿Cuántas horas de vacaciones hemos pasado mentalmente en el trabajo?

Por fortuna, las nuevas tecnologías vinieron a arrojar un poco de luz sobre este enquistado problema y certificaron que nuestra capacidad de escamotear la realidad no tiene límites. En solo dos décadas, nuestro nivel de evasión ha crecido de un modo exponencial. Los dispositivos electrónicos permanentemente conectados a la red se han instalado en nuestra vida cotidiana con pasmosa facilidad y han acabado siendo la perfecta coartada que necesitábamos. Cada vez pasamos más tiempo dentro de un mundo virtual, una realidad que experimentamos en forma de simulación en diferido. Hoy vamos a un concierto de rock y nos pasamos la noche grabándolo en vez de disfrutar del espectáculo en vivo. La idea es verlo más tarde, aunque en realidad se trata de una mera coartada.

Hay en marcha un proceso de trivialización global que corre paralelo al resto de las globalizaciones. Hemos depositado toda nuestra intimidad en las manos de grandes empresas como Google o Facebook, al tiempo que nos definimos como personas con la cabeza bien amueblada; quizás no queriendo asumir que hoy todos los muebles son de Ikea. Leo en la revista Semana que Alba Carrillo es la última famosa en apuntarse a meditación. La chica decidió cerrar su cuenta de Instagram y hacerse budista. Ahora los paparazzi hacen guardia a las puertas del centro al que acude cada tarde. Me pregunto cuántas celebrities más podrá asumir el budismo antes convertirse en un burdel.

Si un animal cualquiera es capaz de vivir permanentemente en su presente inmediato, ¿por qué nosotros no? ¿Por qué demonios necesitamos de complejas técnicas de relajación y meditación para alcanzar el estado vivencial del que disfruta un simple perro por el mero hecho de ser perro? Igual es que tomar plena conciencia de nuestra respiración nos ahoga. El presente inmediato nos enfrenta a la verdad de que la existencia se compone de acciones insignificantes, de momentos intrascendentes y esa pura inanidad es una sensación que abre a nuestros pies un abismo pavoroso.

De algún modo, estamos empecinados en que debe haber algo más. Algo que dé un sentido trascendente a nuestras vidas, más allá de la mera existencia biológica; y todo ocurre en una realidad desacralizada, en la que no quedan experiencias místicas (me niego a incluir la conversión al budismo de Alba Carrillo en esta categoría). Ya ni el Vaticano cree en dios, si acaso llegó a creer alguna vez. No hay última cena, por espléndidamente elegida, que satisfaga el paladar de un condenado a muerte.

Así que mejor asuma su propia inanidad. Acostúmbrese a ella; y, sobre todo, procure vivir instalado en su presente. Porque, en confianza le digo, que fuera de este pequeño incendio que somos usted y yo, no arde ni una sola brizna de hierba seca más.

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Martina ariza.

Ilustración: pedripol

 

 

Puede que el título de este artículo les resulte familiar. Sobre todo a aquellos de ustedes que sean físicos. No en el sentido de poseer un cuerpo material y tangible. Con cabeza, tronco y extremidades. Característica que ya les presupongo a todos los lectores de esta estupenda revista. Me refiero a licenciados en Física. Porque, sí amigos, bromas aparte esto va de mecánica cuántica. Pero no huyan despavoridos. Aunque quisiera no podría ponerme pesado. Como la mayoría de los mortales yo también voy más que justito en lo tocante al tema. Siquiera sé nada de mecánica de coches, así que de la cuántica ya se lo pueden imaginar. Aunque, eso sí, me veo obligado ahora a torturarles con una breve introducción al Principio de Incertidumbre. Son cuatro líneas de nada, sacadas de la Wikipedia. Y servirán para que los profanos en la materia nos hagamos una vaga idea.

El Principio de Incertidumbre o Indeterminación de Heisenberg, vino a revelar en 1925, la imposibilidad de medir de un modo simultáneo, y con exactitud, la posición y el movimiento de determinadas partículas cuánticas. Y eso es todo en realidad. Aunque aún me queda por contarles un dato muy curioso: pronto se descubrió que aquella falta de precisión no se debía a los instrumentos utilizados en las mediciones; el error estaba implícito en el mismo hecho de medir. De modo que era inevitable. Nada podía hacerse por mejorar el resultado. Intente usted visualizar el aparato más costoso, sofisticados y preciso que sea capaz de imaginar. La incertidumbre continuaría existiendo.

Y para más recochineo, se observó que a mayor esfuerzo de precisión, mayor se hacía el margen de error. Así contado, a bote pronto y desde nuestro desconocimiento sobre el tema, parece una paradoja hasta graciosa. Pero acertar la existencia de la incertidumbre no fue algo fácil. La Física había sido considerada una ciencia exacta hasta ese instante. Y aquel descubrimiento venía a joder la marrana. Supuso una dramática inflexión.

A pesar de todo, la historia tuvo un final feliz. Resulta que el grado de inexactitud se reveló como insignificante. Asumible a todos los efectos. Tan residual que no ponía en cuestión ninguna de las teorías físicas deterministas. La Relatividad misma, que acababa de ser descubierta unos años antes, seguía teniendo validez en todos sus casos prácticos. Digamos que la Mecánica Cuántica y, por extensión, la Física, hubieron de tragarse el sapo que aquel margen de error. Y es algo con lo que conviven desde entonces. Igual que se soporta una piedrecilla colada en el zapato. Nos incomoda y perturba en cierta medida, pero no nos impide avanzar.

Una década antes, Einstein había publicado su revolucionaria Teoría de la Relatividad. Y casi de inmediato, el sumo sacerdote del surrealismo, André Breton, había corrido a declarar que la había leído de pe a pa. Breton carecía de la formación científica necesaria para interpretar correctamente aquel conjunto de ideas y fórmulas matemáticas. Pero contaba en su defecto con su intuición poética. Ello le llevó a declarar que había asimilado la Relatividad a un nivel sensible. También anunció que todos acabaríamos haciéndolo de un modo u otro, y casi sin darnos cuenta. Y es que el autor de Los Vasos Comunicantes, creía firmemente en el trasvase de información a un nivel casi osmótico. Una comunicación desligada de toda lógica y razonamiento. Sostenía que la simple difusión de las ideas de Einstein nos sumergía de inmediato en las leyes de su universo relativo.

¿Y acaso no ocurrió así mediado el siglo XX? Fue como si el mundo se quitara el rígido y anticuado corsé de la gravedad newtoniana. Qué pasados de moda parecían de repente los valores absolutos. El mundo respiraba más libre al estrenar aquellas nuevas leyes físicas tan flexibles. La cultura de lo relativo y lo cuántico flotaba en el aire, impregnándolo todo con su halo de modernidad. Siquiera fue necesario que el ciudadano de a pie entendiese ni de lejos de qué iba todo aquello.

Pues llegados hasta aquí, permítanme emular a mi idolatrado André Bretón, y jugar con su teoría paracientífica. Es solo un inofensivo ejercicio literario. Algo meramente especulativo. Así es como me supongo que deben trabajar sus hipótesis los autores de ciencia ficción. Porque igual no es del todo descabellado imaginar que el Principio de Incertidumbre empieza a calarnos los huesos. ¿Y si estuviéramos interiorizando la inexactitud cuántica? Ya lo hicimos con la Relatividad, ¿no? ¿Y si ese error imposible de salvar ha empezado a formar parte de nuestra sociedad, de nuestra cultura, de nuestro acervo?

Expongamos aquí y ahora tres incertidumbres. A cuál más amenazante. Está la incertidumbre laboral. La motiva la coexistencia de una demografía que crece imparable y una ciencia robótica que destruye más puestos de trabajo cada día. Existe también la incertidumbre económica. La genera en gran medida el neoliberalismo. Sus consecuencias son, grandísimas desigualdades sociales, y una sobreexplotación insostenible de nuestros recursos. Existe, y ya por último, la incertidumbre política. Está en el retorno de ciertas ideologías nefastas, cuya supervivencia ya creíamos algo residual. También en el desconcertante resultado de algunas elecciones o referéndum realizados recientemente: el “no” al acuerdo de paz en Colombia, el “sí” al Brexit o la victoria de Donald Trump.

Es todo tan extraño que hemos tenido que inventar una palabra nueva para denominar lo que está pasando: posverdad. Y lo peor es que, al igual que ocurre en mecánica cuántica, contar con los mejores aparatos de detección y análisis, no evitará que el error suceda. Igual la humanidad ya ha hecho frente con anterioridad a otros periodos cruciales, de profunda crisis y cambios. Lo que sí es seguro es que nunca antes lo había hecho con el auxilio de unas herramientas tan sofisticadas como inútiles. Pero no hay que ser agoreros. Si con lo seria y estirada que es la Física Cuántica, fue capaz de encajar la incertidumbre y convivir con ella, ¿por qué no íbamos a poder nosotros, con lo cachondo que somos?

 

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Fotografía: Jesús Massó

Les propongo dedicar los próximos minutos a reflexionar sobre un texto que he empezado a considerar fundamental. Habrá quien ya lo conozca de sobra. A unos les sonará de algo, y a otros de nada. Pero una cosa es segura, me temo que pocos le habréis prestado la atención que merece. Se trata de un escrito brevísimo, aunque tan revelador como imprescindible. Una aportación que arroja luz sobre todo lo que queda del siglo XXI. Hablo del Decálogo de Manipulación Mediática. En mi opinión, lo más parecido a esa pastilla roja que dejaba al descubierto las entrañas de Matrix.

Seguro que recuerdan la secuencia en que Morfeo ofrece a Neo la posibilidad de elegir una opción de las dos que sostiene en sus manos. “Si tomas la pastilla azul, fin de la historia. Despertarás en tu cama y creerás lo que quieras creer. Si tomas la roja, te quedas en el País de Alicia y yo te enseñaré hasta dónde llega la madriguera de conejos”. Por suerte para todos, el personaje interpretado por Keanu Reeves elige adentrarse en la madriguera, dando inicio al film de artes marciales con la premisa argumental más desasosegante de la historia del cine: ¿Y si resulta que todo es mentira? ¿Y si estamos siendo más manipulados de lo que pudiéramos imaginar? ¿Y si la razón de que vivamos aislados en nuestras burbujas obedece a ocultos intereses del poder establecido?

El Decálogo de Manipulación Mediática suele atribuírsele a Noam Chomsky, pero en realidad es obra del francés Sylvian Timsit. El texto fue publicado en la web syti.net en 2002, con el título original de «Stratégies de Manipulation”, y ahí sigue colgado desde ese día. Si aún no lo han leído, les animo a que lo hagan cuanto antes. También les aconsejo que lo vuelvan a leer si ya lo habían leído. Pero háganlo poniendo en funcionamiento toda la masa gris de la que dispongan. Porque son los Diez Mandamientos de nuestra contemporaneidad. Eso sí, corran a leerlo una vez hayan terminado este artículo. Mi vanidad encajaría fatal que me dejaran a medias. Además, si se quedan conmigo voy a ahorrarles parte del trabajo.

Estén atentos y permítanme hacer de Morfeo. A continuación voy a exponerles, punto por punto, el resumen de un texto ya de por sí breve. El temor a que alguno de ustedes, bien por pereza o despiste, siga habitando una realidad tan imposible de concebir sin la lectura de este Decálogo, me lleva a transcribirlo aquí. Además, no quiero pasar por alto reprocharles a quienes ya lo conocían el que no me hubieran hablado antes de él.

Sí, señoras y señores, he aquí el compendio de maquiavélicas acciones que permiten a las élites políticas y económicas dirigir el mundo a su antojo. Sin necesidad de ejércitos ni guerras bacteriológicas. Todo es trampa y es cartón

 

Decálogo de Manipulación Mediática

  1. Estrategia de la distracción. Esta táctica propia de trileros consiste en desviar nuestra atención de los problemas que de verdad nos afectan. Las noticias generadas en torno al fútbol y los programas del corazón, son contenidos muy útiles a esta estrategia.
  2. Crear un problema y ofrecer su solución. La intención es que seamos los ciudadanos quienes demandemos acciones que nos perjudicarán, y cuya implantación ya estaba decidida desde el poder. Ante la violencia urbana o el terrorismo, todos acabaremos encontrando lógica la aplicación de normas de seguridad, aunque se recorten nuestras libertades.
  3. Estrategia de la gradualidad. Para introducir medidas impopulares basta con dilatar su implantación durante algunos años. Es así como se ha ido aplicando, desde la década de los ochenta, una política neoliberal que nadie quiere. Con paciencia y con fatiga, se la metió el elefante a la hormiga.
  4. Estrategia de diferir. Otro modo de implantar medidas que nos perjudican es presentarlas como inevitables el día de mañana. Un sacrificio futuro parece mejor que uno inmediato, y así nos vamos haciendo a la idea. ¿No es más que sospechosa toda la información que circula sobre el agotamiento de la hucha de las pensiones en España?
  5. Estrateguia de infantilización. La publicidad suele dirigirse a nosotros como si fuésemos niños o deficientes mentales. Estudios científicos demuestran que si le hablas a una persona como si ésta tuviera doce años, es muy posible que su reacción sea la de un niño de esa edad, y esté desprovista de sentido crítico.
  6. Utilizar el aspecto emocional mucho más que la reflexión. Jugar con nuestras emociones es una técnica clásica usada por el poder. Ello cortocircuita nuestro análisis racional. Llenan nuestro inconsciente de ideas, deseos, temores o compulsiones. Un ejemplo, la estrategia del “ni te quiero ni te dejo” con la que el PP gestiona el independentismo catalán, a fin de obtener un refrendo electoral en el resto de España más emotivo que meditado.
  7. Mantener al público en la ignorancia. El objetivo es la obtención de una sociedad incapaz de comprender las tecnologías y los métodos utilizados para nuestro control. Reducir intencionadamente la calidad de la enseñanza pública en favor de la privada es un modo de mantener los viejos estatus de clases.
  8. Estimular la complacencia con la mediocridad. Se trata de que no veamos nada malo en ser estúpido, vulgar e inculto. Gran Hermano, Mujeres Hombres y Viceversa, el reguetón y el éxito de Belén Esteban, son estratégicos paradigmas.
  9. Reforzar el sentimiento de culpabilidad. Consiste en hacernos creer que somos los responsables de nuestra propia desgracia. Fomentan nuestro sentimiento de culpa, a fin de deprimirnos y llevarnos a la inacción. ¿Cuántas veces nos han reprochado haber vividos por encima de nuestras posibilidades?
  10. Estrategia de conocernos mejor que nosotros mismos. Los avances de la ciencia han abierto una brecha entre nuestros conocimientos y los que las élites dominantes poseen. La biología, la neurobiología o la psicología aplicada, les brindan este privilegio. Eso sin contar la información que obtienen de nosotros a través del seguimiento de nuestra actividad en Internet. Y de las infinitas interacciones de esa información en lo que se ha dado a conocer como big data.

 

Y lo lógico sería que en este instante se sintieran como Alicia precipitándose al interior de la madriguera. ¿Sabrían reconocer el número de veces que han sido víctimas de alguna de estas estrategias? No intenten calcularlo porque les será imposible. Tengan en cuenta, además, que existe un sinnúmero de otras estrategias que han sido generadas aplicando la combinatoria a las diez estrategias base. Un ejemplo, muchas veces se ha comentado que la policía permitió la circulación de una droga como es la heroína durante nuestra transición democrática. La intención última era despolitizar y adormecer a la juventud española, especialmente a la vasca. De ser cierta esta sospecha, se trataría de una estrategia generada a partir de la mezcla de los puntos 1, 2, 7 y 10 del Decálogo.

Pero ojo, esto no es ningún tipo de alerta conspiranoica. Me tengo por un tipo racional y asquerosamente sensato. No me vengan a preguntar quién mató a Kennedy. Mejor pregúntense quiénes pueden estar interesados en que perdamos el tiempo buscando las respuestas a preguntas que no tocaba formular ahora. Porque la manipulación mediática es un hecho real al que cada uno de nosotros se enfrenta a diario. Por eso es importante reconocer sus acciones y cazarlas al vuelo. Porque están siempre ahí, como moscas en verano. En cada informativo o periódico. En las marquesinas de los autobuses. En cada pequeña acción del Gobierno. Máxime en España, donde contamos con los medios de comunicación menos creíbles de Europa. Lo dice un estudio realizado por la Universidad de Oxford.

Es muy posible que el lector bien informado no encuentre en el Decálogo nada que ya no supiera o sospechara. Existe un buen montón de libros donde el tema de la manipulación es tratado de un modo más pormenorizado, con mucha más profundidad y rigor. Pero nadie debería subestimar la importancia de este Decálogo. Quizás porque en su brevedad reside su grandeza. En lo pequeño y modesto que es. Su lectura nos lleva diez minutos, y su exposición es tan clara que puede entenderla cualquiera. Porque circula muchísima información, pero como ya nos lo avisa el punto 1 del Decálogo: su exceso nos despista y aturulla.

Y ahora toda esa privilegiada información la encontramos condensada en un par de páginas. ¿No es maravilloso? Todos conocemos gente capaz de habitar la inopia toda su vida con tal de no leer las doscientas páginas de un libro. Por eso este decálogo es un pilar de movilización. Es la herramienta que necesitábamos. La caja de granadas que sacar del polvorín y repartir. Es un texto a colgar junto al televisor. Con el que hacer imanes de nevera. Tendríamos que leerlo a nuestros hijos cada noche. Difundido hasta la saciedad. Aprenderlo de memoria. Interiorizarlo.

Dicen que la mente es como un paraguas, que solo sirve cuando se abre. Siempre nos asustó un poco adentrarnos en la madriguera. Pero hemos de tener sentir la curiosidad de Alicia. Esa inquietud que forzó a Neo a salir de su burbuja. Hemos de mirar fijamente la cascada de dígitos verdes y reconocer la verdad que se esconde detrás. En este sentido, les animo a seguir con la lectura de cualquier otro artículo de El Tercer Puente. Una revista repleta de esas útiles pastillas rojas que les ayudarán a vislumbrar mejor la realidad.

 

 

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Salto grande

Ilustración: The Pilot Dog

Inútiles resultaron los esfuerzos del Ayuntamiento de Barcelona por apaciguar los ánimos, conscientes de haber prendido la mecha ellos mismos al colocar en el exterior del Centro Cultural del Born una estatua ecuestre del Generalísimo. Cantado estuvo desde el primer instante que dicha obra, integrada dentro de la muestra Franco, Victòria, República, Impunitat i Espai urbà, no llegaría sana y salva a la clausura de la exposición. Su sola presencia había zaherido la dignidad del barrio, ganándose de paso el rechazo de una gran parte de la ciudadanía.

Por más que el equipo organizador recalcó hasta la saciedad que la estatua del Caudillo formaba parte de una reflexión más amplia sobre la impunidad del franquismo, nada pudo evitar que ésta monopolizara la atención de todos los visitantes, haciendo que algunos acudieran a su encuentro con el ánimo encendido. Ni siquiera el hecho de que la estatua ya hubiera sido decapitada durante el tiempo que permaneció guardada en un almacén municipal, apiadó a quienes ya habían decidido dar rienda suelta a una espontánea y muy particular protesta activa.

Durante los escasos cuatro días que estuvo expuesto, a Franco le fue cayendo encima la que no le cayó en todos sus años como Jefe del Estado, o sea, la de Dios es Cristo (y no Rey precisamente). Botellazos de cerveza, una puerta de balcón, una cabeza de cerdo, una muñeca hinchable y una estelada, así como huevos, tomates y mucha pintura, entre rótulos ofensivos y salpicones. Y todo para que cuando la regia estampa del Vigía de Occidente parecía ya más una instalación de ARCO que otra cosa, tres individuos sin identificar, pero con nocturnidad y alevosía, hicieran realidad lo ocurrido en L´Estaca, el viejo himno antifranquista de Lluis Llach, tumbando al podrido dictador con la suma de sus fuerzas. Y es que pocas cosas ponen más cachondo a un catalán de pro que la materialización colectiva de una metáfora.

Pero si algo puede afeársele a esta acción grupal, es que a Franco lo echaran abajo dando al traste también con su montura. Con lo concienciada que está la sociedad catalana con el tema del maltrato animal. Máxime si tenemos en cuenta que todo coincidía con la resolución del Constitucional de volver a permitir la fiesta nacional en Cataluña. Pobre figura equina, siempre rota, siempre víctima inocente, siempre un daño colateral en todo drama simulado, ya sean los toros, el Guernica de Picasso o una expo de la Colau.

Pero, bromas aparte, se pueden sacar algunas conclusiones útiles de toda esta trifulca. La primera y más importante, es la urgente necesidad de no posponer por más tiempo la retirada definitiva de los símbolos franquistas en este país. En mi opinión, la indignación y el posterior rechazo que terminó por hacer inviable la presencia del dictador en las calles de Barcelona, aún bajo el auspicio de denunciar sus innumerables crímenes, es de aplaudir. Hay que tener muchas tragaderas para pasar junto al señor que fusiló a tu padre o te arruinó la infancia y no lanzarle un zapato a la cara. Y ole por eso, porque este derribo debería hacernos pensar a todos.

Que a día de hoy, tras más de cuarenta años, Franco siga con la pata cómodamente estirada en su Valle privado de la sierra de Madrid, después de las tropelías que cometió, no es algo de lo que podamos estar orgullosos. Y esta es solo una de las muchas ruedas de molino con las que tuvo que comulgar nuestra transición democrática. Porque es más que curioso que, llegado Franco al poder, se permitiera modificar a las bravas todas las estructuras del estado para adaptarlas a su capricho, y que por el contrario, a su muerte, los cambios fueran siempre tan lentos y faltos de valentía.

La democracia en España nació con mucho miedo, siempre bajo la amenaza de otro golpe militar, por eso es que tragamos con casi todo. Si incluso yo mismo recuerdo haber salido a la calle, a celebrar una Ley de Amnistía que dejaba en libertad a unos pocos presos políticos cuyo delito había sido repartir octavillas del P.C.E, a condición de correr un  estúpido velo sobre los crímenes y criminales de la dictadura. Un verdadero tocomocho.

El resto de la transición nos la colaron como modélica, y durante un tiempo nos tragamos ese anzuelo. Pero la familia Franco, por ejemplo, convivió entre nosotros con absoluta normalidad, en un caso sin precedentes a la muerte de cualquier otro dictador de la historia. Aún hoy en día mantienen muchos de sus privilegios sociales, y jamás se vieron forzados a devolver el botín de su saqueo. Y pensar en cuántos de nosotros creímos que el “Lo dejo todo atado y bien atado” del último discurso del Caudillo, era la ida de olla de un viejo que chocheaba.

Que la existencia de una Ley de Memoria Histórica en activo no impida que el Partido Popular vuelva a gobernarnos sin haber condenado el franquismo, no ayuda en este sentido. Tampoco lo hace el que en muchas ciudades y pueblos (españoles todos), el callejero franquista continúe en activo, ni la permanencia en nuestro suelo de cientos de fosas comunes repletas de desaparecidos. Se trata de una completa anomalía histórica, algo que hemos acabado por aceptar como un hecho normal sin serlo en absoluto. Es como si se nos hubiera borrado la memoria, o todo nos importara un comino.

Ernest Hemingway, el airado autor norteamericano cuyo paso por nuestra Guerra Civil como corresponsal hizo que se declarara un absoluto detractor de la figura de Franco durante el resto de sus días, escribió una vez: “La gente buena, si se piensa un poco en ello, ha sido siempre gente alegre”. Y Franco no fue nunca alegre, tampoco lo fueron sus secuaces. Por eso es esencial no solo acabar con la impunidad del franquismo, también con la tristeza de sus símbolos, manteniéndolos alejados de nuestro entorno.

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El tercer puente 12 verticales 03

Fotografía: José Montero

Fue después de ver caer las Torres Gemelas, la misma tarde de aquel pavoroso 11 de septiembre de hace quince años. Yo había salido a dar un paseo, aún en estado de shock, y fue en el rellano de mi casa de Madrid donde me contaron el primer chiste.

– ¿Sabes qué te preguntan ahora al comprar un vuelo a Nueva York?: “¿A qué piso va?”.

Mi confusión duró apenas un par de segundos, lo que tardó la sangre en volver a circular por mi cerebro noqueado. Después me eché a reír, y mucho. Y esa risa fue un consuelo en cierto modo. Me supongo que a más de uno esta reacción le parecerá de una crueldad intolerable, dada la inmediatez de la tragedia, pero es que no pude evitarlo. A mi amigo y vecino le acababan de contar aquel chiste también, y volvió a reírlo conmigo. Quizás porque la risa se contagia como gripe.

Pero esa broma no sería la última. En un par de días ya circulaba de boca a oreja material suficiente para hacer un festival del humor. ¿Qué nos estaba pasando? Acabábamos de ver cómo un pedazo de la Gran Manzana se hacía compota, ¿y no se nos ocurría nada mejor que hacer chistes sobre eso? ¿Tan hijo de puta puede llegar a ser el ser humano? La respuesta es sí, pero igual no lo estábamos siendo tanto esta vez.

Lo que hicimos en realidad fue poner en marcha y de inmediato ese mecanismo de defensa ante la adversidad que es el humor. Humor negro, o negrísimo, como quieran llamarlo, pero humor a fin de cuentas. Con aquellos chistes le estábamos plantando cara no solo a la tragedia televisada, sino al terrible impacto que intuíamos tendría sobre nuestras vidas a corto, medio y largo plazo. Porque sabíamos que era un atentado que venía a cambiar la Historia. Y que la cambiaría a peor.

Habíamos esperado con tanta ilusión la llegada del nuevo milenio. Fueron tantos años de fantasear con un mundo en el que la tecnología vendría a recompensar nuestra mediocridad. Por fortuna, el temido efecto 2000 había quedado en un simple susto sin consecuencias hacía ya casi dos años. Pero, de repente, aquel 11S se nos antojaba un comienzo de siglo fatal. Había que hacer algo y pronto, así que tiramos de humor, que es una psicoterapia barata y al alcance de cualquiera.

Una de las primeras referencias que tengo del humor negro se la debo, como tantas otras cosas, a mi padre. Él solía quejarse siempre a la vuelta de cada funeral al que asistía. Sobre todo del nuevo y descafeinado modo de velar a los difuntos. Era su gran bestia negra: “Un par de horas en el tanatorio, todos con cara de carajo, y luego cada uno a su casa. Eso no es un velatorio ni es na. Antes nos amanecía a los pies del fiambre, tomando anís y contando chistes hasta que lo llevábamos a enterrar”. Y lo de llevarlo a enterrar lo decía con el énfasis perdido del que añora llevarse a un colega de after.

Los gestos de aprobación que acompañaban su monserga de bar me hacían suponer que aquel grupo de hombres tenía su parte de razón, por descabellado que a mí me sonara lo de contar chistes en un velatorio. Igual el propósito último de aquel largo adiós era hacer ver a la familia del difunto que hay algo peor que la muerte misma. Y ese algo bien podía ser una reunión de borrachos en el salón de tu casa toda la jodida noche. En fin, a lo que voy, ya nadie quiere oír hablar de esos viejos velatorios, al igual que no queremos oír nada que sea políticamente incorrecto.

Sostenía la pareja de lingüistas formada por Sapir y Whorf, que el lenguaje no solo describe la realidad, sino que la crea al narrarla; que existe una estrecha relación entre el habla de una persona y la forma en que entiende y conceptualiza el mundo, Esta hipótesis de Relatividad Lingüística está en el origen de todo lo políticamente correcto. O dicho de otro modo, si cada uno de nosotros eliminara de su vocabulario todas las viejas expresiones que, por ejemplo, contengan rasgos de racismo (y “humor negro” es claramente una de ellas), no solo tendríamos un comportamiento más integrador como individuos, sino que estaríamos construyendo una realidad común en la que el racismo no tendría presencia. O como cantaba Karina en los 70: “En un mundo nuevo y feliz”.

La propuesta ética de un lenguaje más justo y acorde con los nuevos tiempos parece tan fantástica a priori que se está vendiendo casi sola, pero es ingenuo esperar que no mencionando el racismo (por seguir con el mismo ejemplo) éste vaya a desaparecer. Encuentro más factible la asunción de los viejos términos tradicionales con su carga peyorativa, con el fin de descontextualizarlos y quitarles su capacidad de insulto.

Pero si existe un daño colateral en todo este buenrollismo que deberíamos empezar a encontrar preocupante, es la posibilidad de convertirnos en una sociedad mojigata, que arrugue el gesto ante cualquier inconveniencia o exabrupto. Un lenguaje remodelado con la intención de no ofender a ningún colectivo sensible no puede sino desvirtuarse, a la vez que se convierte en un territorio hostil para cualquier forma expresiva no acorde a sus normas éticas. Y deberíamos negarnos a que un pensamiento pacato acabe por tomar el control de la situación.

Hoy día somos más sensibles y empáticos que nunca, y podemos estar orgullosos de ello. Por eso es lógico que la fiesta de los toros tenga los días contados, porque es una barbaridad. Es un espectáculo cruel que se nos ha atragantado casi tanto como los chistes de Arévalo, siempre llenos de gangosos o de mariquitas, o de mariquitas gangosos, que con estos ya te tronchas. Son expresiones que han formado parte de una realidad anacrónica con la que hemos coexistido aún a sabiendas de que eran un asco.

Pero el humor negro es otra cosa, y su supervivencia merece la pena defenderse. Aunque sus formas y carga conceptual no terminen de ser entendidas casi desde ningún sector de nuestra sociedad. Ni que decir tiene que es repudiado por la clase biempensante, faltaría más, siempre acostumbrada a imponernos su moral unívoca, de personas como dios manda. No debemos olvidar que la única dimisión en la política española, a fecha de hoy, motivada por un escándalo relacionado con el choque entre moral y humor negro es la de un político de izquierdas, Guillermo Zapata. No tuvo que dimitir, por el contrario, Pablo Casado después de reírse de “las fosas de no sé quién”, quizás debido a que el PP es el único partido de nuestra democracia que no ha condenado el franquismo, razón por la que pueden seguir tomándose a pitorreo los crímenes del régimen sin entrar en contradicción con su moral católico-romana.

Pero, ideologías aparte,  yo defiendo el humor negro como algo necesario. Porque lejos de ser un subgénero falto de sensibilidad, de buen gusto o de tacto, un chiste grosero y siempre inapropiado, hablamos de una de las expresiones más elevadas de nuestra inteligencia. El humor negro forma parte esencial en la obra de Poe, Baudelaire, Caroll, Nietzsche, Picasso o Rimbaud, entre muchos otros artistas fundamentales. Y a un nivel popular es “Eloísa está debajo de un almendro” y es Rascayú. El movimiento Dada jugó con él, así como poco después lo hicieron los surrealistas. También el punk de finales de los 70 y principio de los 80. Yo mismo fui un poco punky en esa época, justo cuando mi madre perdió la visión en los últimos años de su vida. Fue un duro golpe para ella, y para cuantos la queríamos. Pero eso no impide que hoy me siga haciendo gracia el chiste de esa otra madre que, cansada de su desobediencia, amenaza a su hija ciega con cambiarle los muebles de sitio.

Yo adoro el humor negro por irreverente, por iconoclasta, por provocador y sobre todo, por ser lo bastante turbio como para permitirme tener la sensación de estar pasándome de la raya. El humor negro saca a flote la hipocresía de una sociedad que te permitirá despreciar públicamente a tu enemigo, siempre que éste no se acabe de morir. Me gusta el humor negro porque es un humor 100% ateo y desacralizador, porque se mofa por igual de la vida y de la muerte. Porque nos hace entender que nuestra intrascendencia será lo único que nos trascienda. ¿Por qué siempre se condena aquello que podría hacernos sentir bien antes de estirar la pata? Si nada fuera sagrado todo podría ser mejor al instante.

Yo creo que todo humor es un modo de amor y, desde luego, una forma de mostrar respeto ante el dolor de los demás bastante más honrada que una cara falsamente compungida. Es hora de preguntarnos qué mundo queremos dejarle a esos hijos que no tuvimos con Luis Eduardo Áute (que por cierto, sigue grave en la UCI del Gregorio Marañón, así que un abrazo), porque si bajamos la guardia ahora, la ñoñez y el miedo volverán a ganarle la partida al progreso.