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Cada vez que leo o escucho algún análisis o estudio relativo a la llamada “Generación del 27”, cortocircuito. Creo que no hay un periodo peor tratado y trasladado y con más sesgos que ese en toda nuestra historia. 

Es cierto que, al tratarse de una época cercana, eso nos da posibilidad de un estudio más minucioso de todo lo que se desarrolló durante aquellos años y tenemos más cosas que observar y analizar, lo cual hace que todo lo que tenemos al alcance sea inmenso. También es cierto que el tratamiento que han tenido determinadas figuras pertenecientes a ese periodo ha hecho que todo se centrara en unos pocos personajes. Pero esto no tiene por qué ser una excusa para que la falta de rigor que rodea a esta generación siga siendo la tónica principal al proponerse su estudio.

En primer lugar lo que me parece más sangrante de aquel periodo de tantísima creatividad artística, es el olvido al que han sido sometidas las mujeres que se integran en ese movimiento. Aquí gana el patriarcado desde aquellos mismos años de alrededor de los años 30 del siglo pasado. Ni siquiera los compañeros de la “Residencia de estudiantes” tenían la misma consideración para ellos que para ellas. El ser mujer es una traba. Sus compañeros se ve que tampoco las tenían en tan alta estima. Y entre ellas, había alguna que hasta blasfemaba mejor que Buñuel. No conocemos a estas maravillosas mujeres tan bien como a Lorca o a Alberti. Los conocemos a ellos. Pero no sabemos que una de ellas, mediante su trabajo, fue la inspiradora de las ilustraciones de “El Principito”, de Antoine de Saint-Exuperi, ni que otra era una maravillosa actriz que doblaba espectacularmente a Marlene Dietrichs. Y tampoco sabemos que una de ellas es una de las pintoras más queridas en Mexico o que otra le vendió unos pocos de cuadros a André Breton y que este la admiraba. O puede que ni siquiera nos suene que una fue alumna predilecta de Ortega y Gasset. Quizás no tengamos ni idea de que debemos, en una parte enormísima, el haber mantenido muchísimas de las grandes obras del Museo del Prado a otra de ellas. Hemos asumido que la “Residencia de estudiantes” era el filón y la “Residencia de Señoritas” no fue nada. Se confirma, en la obra de estas mujeres una verdad doliente. Una muerte injusta de hombre, encumbra más que un suicidio o un exilio de mujer. Independientemente del genio que en este caso, es similar.  

Natalia post
Fotografía: El Tercer Puente

Hace muy pocos años que, para combatir este olvido injusto y general, surgió una corriente, que parece que se ha asentado, que las llama “Las Sinsombrero”. Pero me da la impresión de que, según este punto de vista, ellas siguen siendo otra cosa. Siguen estando aisladas del genio de ellos. Una denominación clasificadora y tergiversadora de lo que debería ser el estudio de esta etapa que fue fundamental  para el desarrollo de las artes en nuestro país. Se toma una anécdota en la que participaron ellos y ellas para nombrarlas a ellas. ¿Por qué no consideramos que todos y todas son lo mismo?¿Por qué tenemos que, para elevarlas, seguir aislándolas de ellos? Creo que todo está mal planteado en la forma en la que hemos asumido el traslado de una de las época de mayor esplendor de la intelectualidad española. 

Pero hay más y no sólo está la división entre los hombres y las mujeres. Hablamos de generación del 27 y se nos vienen poetas. Y estudiar aisladamente esa manifestación de aquellos años creo que tampoco vale. Ni siquiera los grandes poetas lo eran exclusivamente. Miren si no los dibujos de Lorca o las pinturas de Alberti. 

No es posible borrar todo lo escrito y hablado sobre aquellos años y aquellos hombres y mujeres excepcionales. Pero creo que, si queremos hacer uso de la verdad y una correcta asimilación y traslado de lo que significó aquello, hemos de revisar todo y tratar de traernos una imagen distinta. Y ya no sólo por hacer justicia con ellos y ellas, sino por poder intentar comprender lo maravilloso de la creatividad que se agrupó en torno a aquel tiempo. Creo que es una auténtica pena y que de esta forma nunca tendremos conciencia de la maravillosa capacidad creadora que tuvo este país en un momento de su historia. Nos estamos perdiendo mucho por clasificar de forma fallida, desde mi punto de vista, aquellos años de genio e ingenio.

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A lo largo de estos días he sentido muchas cosas. Y he tenido rondándome una canción.

El primer sentimiento fue de lejanía. Era como siempre. Las enfermedades, las guerras y las carencias nunca pasan en estas latitudes. No hizo falta que lo dijera, pero actué como un “bah, es lo de siempre, aquí no llega”. Me parecía un nuevo ébola, una nueva hambruna. Otra desgracia ajena. Otra circunstancia por la que sentiría rabia y que me vendría a revelar la mala organización del mundo. Que todo quedaría en una nueva colección de fotos de anuncios de navidad para futuros apadrinamientos. Pero sobre todo era un desastre que no nos tocaría. 

Luego se fue acercando. Casi de sopetón. Asistimos al escándalo de perder vidas europeas. Se me confirmó que el tratamiento que hacíamos a las muertes de aquí no es el mismo que hacemos a los muertos (diarios, perennes, eternos) de otros lares. Se me confirmó que hay pandemias y pandemias.  Que la muerte de los nuestros no es igual que la muerte de los otros aun siendo lo mismo. Seguí sintiendo y pensé en que la aparición de esa nueva coyuntura de desastre en occidente quizás nos bajara los humos. Pero aun así, aun estando cerca, no estaba aquí. Fue por poco tiempo. El desastre siguió hasta que llegó a mi casa, a la más cercana. Apareció el colmo de la revelación por estar yo misma (y todos y todas) sujeta a esta coyuntura de muerte incontrolable.

Natalia robles post
Fotografía: Jesús Machuca

Nos llegó de lleno. Y empecé a ver y sentir más cosas. Junto con el virus entró el reproche del siempre in-oportuno refranero español. “Más vale prevenir que curar” convertido en el machacón “telodije”. Una de las prácticas más humanas que nos sale para manifestar nuestra preocupación, pero que finalmente resulta en castigo y pellizco en la herida nueva y desconocida de quien no escuchó a quien avisaba. Aquí empecé a pensar que alguien debería darle una vuelta al refranero y que es oportuno que interioricemos “Más vale prevenir, pero si no se previno, hay que curar”. En este sentido creo que a veces perdemos el tiempo con esos “telodije”, que son legítimos y humanos como apuntaba antes, pero ese derroche de tiempo me parece innecesario y contraproducente. El saber cuál es nuestra realidad para superarla se hace más necesario aun en época de desastre. Por eso he defendido el “salgamos de esta” antes que el “nuestros responsables son unos chuflas y fallan y se equivocan y mienten”. No porque no crea que no es así (tengo opiniones disímiles al respecto), sino porque el regodeo en el pasado, en esta situación, me enerva. Tengo prioridades para el ahora y estas buscan el bien común. Ahora quiero que Abascal se cure, que Aguirre use la sanidad pública para que no contagie a nadie más y que Díaz Ayuso se esconda en su casa para que se mejore. Y también quiero que Pedro Sánchez y Pablo Iglesias manden el ejército a las calles para que la gente se guarde de una vez. Y a la vez que esto pasa, ya estoy pensando en lo que quiero para después de esto. Que no guarda ningún respeto ni coincidencia con las convicciones de Abascal, Díaz Ayuso, Aguirre o el Gobierno. Porque si sigo pensando en lo que quería para antes, voy a perder el tiempo sin poder realizar nunca el cambio del pasado. Lo que pasó antes se escribirá y volveremos a leerlo. Pero el pasado no se cambia. Lo que pasa ahora y lo que nos pase después es en lo que quiero gastar mi tiempo de pensamiento.

Yo siempre he dicho que prefiero la esperanza a la ilusión. Esta segunda siempre me pareció un falso espejismo. No me gusta hacerme ilusiones, estas se suelen quebrar. Me gusta tener esperanza para que la existencia se me haga soportable. Y ahora la siento con más intensidad que nunca. Vaclav Havel dijo: La esperanza no es lo mismo que el optimismo. No es la convicción de que algo saldrá bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, independientemente de cómo resulte

Ahora más que nunca hay que construir la historia presente y la futura. Tenemos nuevas claves para ello. Tenemos experiencia y hasta sufrimiento vividos en primera persona. Ha quedado patente que hay formas que no nos sirven. Debemos cambiar el orden de nuestras prioridades. 

Tengo esperanza con respecto a la humanidad. Creo que hemos de intentar resistir a esta situación porque hay prácticas humanas que me merecen la pena y porque tiene sentido que sigamos viviendo de la mejor forma posible. Pero estoy convencida de que la forma en que hemos vivido hasta ahora no nos sirve para la mejor realización de la vida. 

En cuanto a la canción, le he robado el título y la canto más abajo. Silvio Rodríguez viene a decir que sin esperanza no vamos a ningún sitio. Yo no sé si se me hará realidad. Pero ahora sé que seguiré sintiendo que merece la pena.

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Una de las características que me parece más maravillosa del Carnaval del Falla es la apropiación del edificio por parte de gente que, en otras ciudades, nunca se haría dueña de un edificio así. En primer lugar, hablo de Carnaval del Falla porque creo que es obvio que en Cádiz podemos distinguir entre varias formas de hacer una agrupación. Si uno de sus objetivos es participar en el Concurso Oficial de Agrupaciones Carnavalescas del Gran Teatro Falla (COAC), esa agrupación ha de cumplir con unas características de las que se ven exentas las agrupaciones que no se hacen para ir a ese concurso. También, se ha de señalar que en esa expresión de Carnaval del Falla, Falla no sólo hace alusión al nombre del teatro, sino al COAC. La gente de Cádiz, las que seguimos el carnaval desde que tenemos uso de razón, llamamos al concurso por el nombre del teatro. He ahí el primer signo de apropiación. Cuando hablas con una persona aficionada al carnaval y te dice yo nunca he ido al Falla, es muy probable que te esté diciendo que nunca ha ido a ver ninguna sesión del COAC.

El falla es mio
Fotografía: Jesús Machuca

Esta apropiación y uso indebido de este edificio propio del desarrollo de las relaciones sociales de la burguesía y de las clases sociales más altas, en Cádiz va mucho más allá. En el Falla durante el Falla se grita, se hace poesía a viva voz por la cultura de dominar rimas consonantes, se tocan palmas por bulerías, por tanguillos y hay veces que, si no respondes a una llamada determinada con ole, ole y ole, corres el riesgo de que se te seque la hierbabuena y eso es un marrón. El pueblo sabe que el teatro es suyo y se comporta en él como pueblo. Sin recato. Si hay una agrupación mala se le grita y se azuza para que se baje el telón y el telón baja (aunque también es verdad que esto se está perdiendo y, a veces, es una pena). Si hay una agrupación que el pueblo considera que es maravillosa, se le aplaude en pie y se hace ganadora (al menos moral) aunque el jurado diga que gana otra. El público se hace dueño y lo usa a su manera. A la manera natural en la que hacemos nuestra vida.

Hay más señales de esta apropiación que ya han dejado de practicarse. Antes de la remodelación del teatro, sucedida en los años 87,88 ,89 y 90, incluso se comía y hasta se hacía de comer allí. Vamos, que el Falla podía oler perfectamente a caballas asás.

Y fue por este uso del pueblo para disfrutar de esa expresión concreta que es el carnaval, que intentó eliminarse el concurso tras esa remodelación realizada a mediados de los 80 en el edificio. Durante los años 87, 88, 89 y 90, el COAC se celebró en el Teatro Andalucía, ya desaparecido. En el año 91 las preliminares se celebraron en el Andalucía y las semifinales y la final en el Falla. El teatro quedó tan bien que hubo personas que no veían aquello de que esa gente que gritaba, comía, jaleaba, palmeaba a deshora y hacía lo que le daba la gana, entraran en aquel sitio tan fino con su concurso de carnaval. Así, durante los años 90, 91 y 92 fueron muchas las agrupaciones que denunciaron que parte del equipo de gobierno del Ayuntamiento en aquellos tiempos quisiera retirar el COAC del teatro. En 1990 ya hubo agrupaciones que exigían volver al Falla tras la remodelación, pero en 1991 fue el año en el que más se insistió en el asunto. El mejor ejemplo de ello fue “Tres notas musicales”. Cuarteto (trío en realidad) de música de cámara con un popurrí magnífico con las obras más famosas de la música clásica. A ver quién es capaz de decir ahora que aquello no era digno del nuevo teatro. Aun en el año 1992 se siguió cantando sobre aquella cuestión y aquí aparece una letra que a mí siempre me ha parecido durísima por los reproches que encierra. Es un pasodoble de la chirigota “Los hermanos Strambolini” del año 1992. Es aquel que empezaba así Señor intelectual/ que defiende la cultura/ puesto que el carnavalero/ para ti es una basura.

En definitiva, el teatro es nuestro. Al menos durante el Falla, ese espacio destinado a grandes obras teatrales, musicales u operísticas, es del pueblo sin ningún remordimiento. Es uno de nuestros templos para ser lo que somos en nuestra vida diaria con nuestra forma de sentir y de expresarnos. Es nuestro y lo sabemos y recordaremos esto mientras que exista carnaval. Y los hijos y las hijas del dios Momo creemos en la vida eterna de los carnavales. Así que creo que el Falla no abandonará nunca al Gran Teatro Falla.

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La más elemental cuestión a partir de la que se origina y define una cosa es su nombre. Porque las cosas existen según se van nombrando. Ese es el poder de las palabras (o uno de sus poderes). Así que vamos a ver qué son “turistificación” y “gentrificación”.

En primer lugar tenemos que pensar que son términos muy jóvenes. El turismo surge en el siglo XIX y hasta mediados del XX no se empieza a hablar de esto del “boom turístico”. Y en cuanto a lo de la gentrificación, pues hasta hace poco también el mercado inmobiliario y sus alrededores (empresas privadas y entidades públicas y clientes o habitantes) no habían empezado a diseñar los centros de las ciudades y algunos barrios “con encanto” con el fin de desalojar a sus habitantes y alojar a otros . Son palabras casi recién nacidas y además son dos palabras (como todas en verdad) con una alta carga ideológica.

Neolengua eres tu
Fotografía: Jesús Massó

En ese sentido, hemos de saber que nuestra Real Academia de la Lengua Española, no recoge ninguno de los dos términos. O sea, que oficialmente esas palabras no existen, pero se van extendiendo, y en algunos años puede que entren en la lista de palabras consideradas por la RAE. Mientras tanto se siguen forjando y anclando en nuestros pensamientos y en nuestra sociedad. Son palabras que se usan mucho en prensa, en conversaciones y que nombran situaciones vinculadas a la economía y a la forma en la que está diseñado o se está diseñando nuestro entorno. Esto es importante en tanto el imaginario colectivo las está haciendo suyas. Y aunque la RAE aún no las haya aceptado, sí hay otros organismos que reconocen estas palabras. Así, hay muchos estudios de sociología que hablan sobre estos términos y sobre su desarrollo en nuestras sociedades. Y hay entidades como la Fundéu (Fundación del Español Urgente), creada por el Departamento de Español Urgente de la agencia EFE a medias con el BBVA, que sí que habla de estos dos términos. Por supuesto en prensa también ha extendido su uso en los últimos tiempos.

La palabra “turistificación” es un término bien formado (en las formas, según la Fundéu) pero que tiene una carga muy negativa. Es decir, cuando hablamos de turistificación, hablamos de la industria del turismo e intuimos los problemas y las dificultades que entraña esta especialización para la vida de los habitantes habituales. Tan negativa es (o parece) la palabra que hay algunos expertos que prefieren llamar a esa cosa “hiperespecialización turística”. Un palabro más largo, más raro y que parece menos malo porque es “híper”. De hecho ante esa demonización que nos sugiere la “turistificación”, ha surgido otra aplicable a esas personas que la nombran en vano. Y esa palabra, usada mucho en los medios de comunicación contra las reacciones de la ciudadanía ante la primera, es “turismofobia”. Es decir, que para los medios de comunicación, que son eso que se dedica a crear realidades políticas y sociales y que lo que menos hace es informar que es lo que debieran, la reacción al desenfreno del turismo es una cosa de odiadores a este tipo de industria. Se intenta evitar un uso peyorativo, usando una palabra que hace que el que rechace esas formas, parezca más malo aún que la mala práctica primera aunque esta esté descontrolada.

En cuanto a lo de la gentrificación, es curioso. Este término fue acuñado en 1963 por la socióloga marxista Ruth Glass y la asumimos del inglés. En este caso, se quería resaltar la dimensión de clase de este fenómeno a través de la palabra “gentry” (alta burguesía, pequeña aristocracia, familia bien o gente de bien), para aludir a la ocupación por parte de una clase pudiente e intelectual (hay sociólogos que hablan de “pequeña burguesía intelectual”) de un espacio antes habitado por el “pueblo” que siempre lo ocupó. Se desplaza a los habitantes originales de determinados barrios para que los ocupen otros de mayor poder adquisitivo y así se elitiza el derecho a la ciudad. En este caso, la apropiación del término por partes interesadas ha servido para que en algún artículo periodístico se hable de que la “gentrificación” ha “limpiado” y mejorado tal o cual barrio.

En definitiva, tenemos que aguantar turismo con alta dosis de precariedad porque es lo que nos alumbra y si hablas mal de él, tú eres aun peor.

En definitiva, en los centros de las ciudades, solo pueden vivir quienes puedan permitírselo y siempre que hagan de estos centros lugares bonitos, bien parecidos y que decorados impersonales.

En definitiva, el lenguaje (y el capitalismo) se va adaptando y nos va adaptando. Y 1984 y Orwell y la “neolengua” se hacen cada vez menos ficción, y nuestras vidas están determinadas por un tipo de economía que nos va usando a las personas y va forjando el pensamiento mediante determinadas palabras en función de su beneficio.

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Me pasa que cada vez que el mundo se me echa encima con sus desastres, intento escaparme del hecho de los desastres (o encontrar explicación a los mismos) mirando, escuchando o leyendo. Esta cobardía de la huida de la realidad hacia las formas y las explicaciones que ofrecen las manifestaciones artísticas me resulta imprescindible y muy recurrente. Y creo que casi todo el mundo lo practica y que todo el mundo debiera practicarlo.

Aunque no queramos o no creamos, tenemos relación con la estética y las distintas formas de expresión artística por el sólo acontecimiento de la vida. Porque sí y ya está. Es cierto que esto ha tenido un desarrollo desigual desde el principio de la existencia del ser humano. La gente que pintó bisontes o lenguados en cuevas, probablemente no tuvieran esa necesidad de recreo (aunque sí de comunicación) que ahora exigimos al arte. Pero es que hoy siguen sucediendo pinturas o esculturas o música o lo que sea con una necesidad más allá de la estética y más allá de un deleite. Es en esa alteración de lo que la naturaleza ofrece, o lo que el devenir nos depara como establecido, en esa manufactura humana, a veces con utilidad otras sin ella, donde vemos el hecho artístico. Y estamos tan predispuestos a recibir esos mensajes naturales alterados por la mano humana que nos podemos perturbar con los mismos hasta alterar incluso nuestras constantes vitales. Que se lo digan si no a Stendhal, que hay hasta un síndrome con su nombre por los sirocos que le daban a este hombre cuando se enfrentaba a determinadas obras.

También es verdad que hay gente que es muy sensible pero a mí a veces me da pena no sufrir estos desordenes por la saturación informativa de nuestros tiempos. Ojo, no busco el síncope gratuito, pero me parece mucho más hermoso un sufrimiento de artes que uno de mundomierda. Llorar por una película, que se te erice la piel cuando entras en una catedral, enfadarte delante del “Guernica”, violentarte escuchando un grupo de Rock, calmarte con un aria (o viceversa) o soltar un suspiro tras leer unas palabras que ordenadas en otro modo distinto al que usamos normalmente se elevan y se convierten en otra realidad que siempre estuvo ahí y nunca se desveló hasta que no llegó esa forma de ordenarlas. Tener la oportunidad de sentir ante cualquier manifestación artística, creo que es una suerte excepcional y poco valorada aunque muy practicada.

De por que el arte te mata de frio
Ilustración: Pedripol

Como decía más arriba, somos muchas personas (digo muchas con la boca chica por no aventurarme al totalitarismo de apuntar a la humanidad entera) las que buscamos este alivio superficial y ante el enfrentamiento a las obras me asaltan preguntas. Pero no de porqués, sino de cómos. ¿Es necesario saber de técnica o historia para ver, oír o leer una obra? ¿No puede una sentirse abrumada viendo las pirámides, aunque sólo tenga certeza de que las está viendo? ¿Disfrutar de Bach sólo es posible si sabemos de contrapunto y de la historia de la armonía? ¿En serio sólo puedes mirar una pintura del Bosco sabiendo sobre pintura flamenca renacentista o analizando la composición o las líneas o el color? ¿Es necesario ver una película analizando cada secuencia o cada plano? ¿Realmente el enfrentarse a una obra de arte tiene como condición imprescindible saber sobre fechas, historia, coyuntura, o la hora a la que se levantaba el artista y lo que comía?

Probablemente la intelectualidad teórica y analítica me tache de blasfema. Probablemente yo sea una ignorante que no sabe nada de la vida y sus cuestiones. Pero la sensación de que se coarta la totalidad de la obra fracturándola en técnica, historia y demás, creo que nos aleja al común de los mortales del disfrute de todo lo que tenemos al alcance en lo que arte se refiere. Hacer creer que sólo son válidas y consistentes las lecturas de este tipo, me parece limitar. Y limitar el arte a estas lecturas me parece que aleja y alimenta el rechazo de la gran masa humana normal y corriente y andante al enfrentamiento a mucho de lo bueno que hay en la creación humana.
Yo, en mi simpleza, he decidido disfrutar de todo lo bueno. Y ese disfrute se anula ante la grandilocuencia y las complejidades de determinadas miradas. Todas las personas que pueden mirar saben hacerlo. O no, yo qué sé, pero me da la impresión de que hemos elevado el “entender de arte” a cotas ultraelevadas de pamplinismo o tontería de finura superior. Y no estoy diciendo que todo el mundo tenga que sentir lo mismo cuando ve tal o cual obra artística. Lo que quiero decir es que hemos de perder los complejos y mirar y escuchar todo lo que se ponga a nuestro alcance.

Cada vez que se sitúen delante de una obra sólo pregúntense qué ven, oyen o leen. Ya con eso hay un ejercicio maravilloso, estoy totalmente convencida. Seguro que hay algo que les conmueve. Cualquier cosa. Y si no, busquen más. Inténtenlo. Hay cosas que no olvidarán nunca y otras que desecharán inmediatamente. Exactamente lo mismo que cualquier crítico de arte. Y piensen siempre que esas manifestaciones no pertenecen a las altas esferas intelectuales. Las obras surgen para el deleite de iguales. Y son hechas por hombres y mujeres. Aprópiense de todo lo realizado por cualquier artista, porque lo que surge de la mano humana en ese sentido puede darnos claves personales vitales e imprescindibles. Porque cuando la obra comienza a existir, cuando nace, lo hace para ser evaluada por cualquiera. Para ser consumida por cualquiera como usted o como yo. Por todo el mundo.

Tírense de cabeza al mundo alterado del arte. Llegará un momento en que se encuentren cómodos ante todo esto. Y les aliviará porque encontrarán explicaciones a todo lo que les rodea, o encontraran belleza, o, si tienen suerte, quizás se encuentren con alguna que otra pequeña catarsis como las de Stendhal.

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Nataliai
Fotografía: Jesús Massó

Aquí vengo de nuevo sembrando polémicas, yo, descendiente de agricultores de recoger tempestades. Y me vengo sabiendo seguro que, si mi percepción no fuera respaldada por premios nobeles, valdría menos de lo que ya valgo por mí misma para el pensamiento ilustrado occidental, globalizado, ultraliberal y aburrido.

Hoy he decidido cargarme y cagarme en la ortografía. Aún escribo asumiendo sus normas de corsé clasista para que el cortocircuito de los y las integristas de su defensa acérrima me sigan la lectura hasta el final de mis letras en este escrito. Y es que creo que nos estamos pasando un poco con lo de exigir la grafía perfecta. Hacemos un uso del lenguaje que no nos preocupa en el fondo, pero sí en las formas. Otra tontería del mundo de la imagen, que desecha el contenido cuando la primera no es bonita y normativa.

Nos hacen falta normas para un acuerdo estabilizador, pero hay que ir revisándolas porque con el paso del tiempo esas normas pueden quedar obsoletas. Y lo que es peor, pueden no ser útiles ni prácticas. De esto se dieron cuenta Juan Ramón Jiménez y Gabriel García Márquez y lo dejaron escrito. El de Moguer, desterró las “g” para su “Antolojía” (y para otras tantas cuestiones) y hasta las “x” en un “esperimento” que le dio más de un dolor de cabeza cuando lo proponía en las imprentas. Y el Gabo discursó usando estas palabras “…Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revolver con revólver. ¿Y qué de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una?”

Se encierra un terrorífico clasismo diferenciador entre malos y buenos escribientes que se oculta y que se salva de la vergüenza mediante correctores en teléfonos móviles y ordenadores. Nuestras madres siguen preguntando “¿esto se escribe con b grande o b chica?” porque hemos impuesto que la persona que no lo sabe es portadora de una inferioridad. Y todo esto por unas normas que, para mejor y mayor subversión nuestra, han de ser discutidas y superadas porque apenas tienen sentido. El lenguaje no son las letras escritas, o no solo eso. Igual que la música no son las blancas, negras y corcheas sobre un papel. El lenguaje es un mecanismo maravilloso que fuera de encorsetarnos ha de liberar pensamientos de la forma más ágil y fácil posible. El lenguaje es lo que se dice y se comprende de la manera más cercana y sencilla. Discúlpenme lo brusco de mi próxima afirmación, pero si a ustedes no les pone nada que alguien escriba “haber” en lugar de “a ver” antes de poner “qué pasa”, menos me ponen a mi la pedantería y las superioridades morales por cuatro letras. Porque leyéndose y diciéndose la frase entera, se comprende al emisor y esa es la función principal del lenguaje. Vamos a dejar ya de echarnos en cara lo poco que nos gustan las “faltas” de ortografía y de repetirnos que estas nos coartan hasta el deseo sexual y vamos a decirnos las cosas a la carita en vez de por escrito.  Y si nos las tenemos que decir por escrito, pues recibámoslas leyendo en voz alta y no ejerciendo de censoras de un mensaje que pudiera ser el más bonito recibido en nuestra vida. Prueben si no a pensar en una persona que les atraiga diciéndoles “boy a comerte como si fueras mi primer alimento después de salir de una uelga de ambre”. Si ese alguien que les flipa, les dijera eso flojito y al oído y un calambre (aunque sea chico) no les recorre la espalda, es que ustedes no quieren a nadie. Si ese alguien se lo manda por escrito y ustedes lo leen y por faltar haches o no corresponder las bes desechan la información que se intenta transmitir, es que tienen ustedes el cerebro sucio y siguen aupando cadenas que les oprimen mucho e inconscientemente.