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El deporte tiene la fuerza para cambiar el mundo. El poder para inspirar. Tiene la fuerza para unir a las personas como pocas cosas más pueden. Habla a la juventud en un lenguaje que ellos entienden. El deporte puede crear esperanza allí donde una vez sólo hubo desesperación. Es más poderoso que los gobiernos a la hora de romper barrera s raciales. Se ríe en la cara de todo tipo de discriminación.

Nelson Mandela pronunció esas palabras en el año 2000. Llevo desde el día del partido del Cádiz contra el Valencia pensando en el presidente sudafricano a cuenta del penoso episodio ocurrido durante el juego. Pensando en él, en la necesidad de perdonar que transmitía al pueblo sudafricano y en su intento de hacer comprender a los agresores el dolor que a lo largo de la historia habían infringido a ese pueblo.

Los muertos der futbo
Natalia Robles

El deporte junto con la cultura y la capacidad que tenemos para la comunicación, creo que son los rasgos que mejor definen al ser humano y más nos alejan de nuestros compañeros animales. La capacidad de superación que otorga la práctica deportiva, así como el conseguir defender un objetivo común cuando se juega en equipo, creo que otorga valores fundamentales. En el primer caso de forma individual. No nos enfrenta sino con una misma y los beneficios y la superación no se han de medir con nadie. En el segundo caso, la búsqueda de la armonía y el entendimiento del grupo para obtener un objetivo común, me recuerda incluso al sentimiento que se produce cuando se practica la música en conjunto. Luego ya entra la competitividad pero eso ya es otra cosa y se puede tergiversar. Aunque también puede enseñarse bien si los valores que prevalecen y que se han forjado correctamente son los primeros de los que hablaba.

El lamentable acontecimiento del otro día, lo ha sido por muchas razones. Como aficionada, sentí un poco de vergüenza ante aquella situación. Ni siquiera terminé de ver el partido a gusto. A partir de aquello todo me ha parecido sucio, de intentar hacer prevalecer una razón sobre otra, de obviar el poder de la comunicación, de prescindir del entendimiento y la empatía, de alejar los valores que debe transmitir el deporte y de no considerar ni por un momento que sí que se siguen dando situaciones de desigualdad y racismo y hay personas que tenemos más privilegios que otras.

No quedó la trifulca ahí. Desde entonces ha ido creciendo una maraña tremendamente desagradable. Partiendo del manoseo del derecho a la presunción de inocencia mientras se hacía juicio popular en cada bando. Siguiendo con declaraciones del jugador valencianista diciendo que no hubiera aceptado disculpas en el caso de que el cadista le hubiera pedido perdón. Continuando con la pregunta del periodista que, en la rueda de prensa de Cala, insinuó que los jugadores de otras nacionalidades puede que usen la picaresca para hacerse los ofendidos y rascar sanciones a la contra. Ampliándose con la necesidad de usar los amigos negros o saharauis que se tienen para demostrar que no se es racista igual que se usan las hermanas, las madres y las novias para esquivar el machismo.

Creo que nunca sabremos lo que pasó. Por muchos micros y cámaras que hubiera en el campo. Creo que las dos partes se han enfrascado en demostrar sin prueba posible. No hay más que dos opiniones no puestas en común. Creo que esto desprestigia al deporte, deja mucho que desear sobre la capacidad de entendimiento y que se ha anulado la posibilidad de comunicación que nos distingue de los animales. Al final se intuye que lo cierto va a ser que parecerá que no ha pasado nada. Pero ha pasado que el malestar de una persona, por circunstancias reales que aún se sufren, no se ha comprendido por una parte. Ha sucedido que lo más rancio de la cultura del Reino se ha enarbolado la bandera de las falsas denuncias para seguir justificando sus formas y sus privilegios. Que se ha judicializado desde el minuto uno sin ningún tribunal de por medio. Que el espectáculo sigue y está por encima de cualquier sentimiento y de cualquier intento racional de arreglar algo. Y ha pasado que, al final, se ha desprestigiado el fútbol.

Por último, también llevo algunos días pensado lo siguiente y creo que es significativo del uso y el mantenimiento de según qué privilegios. Hace no mucho llegó a pararse un partido de fútbol por haber llamado nazi a un señor que, habiendo hecho durante toda su vida apología del fascismo, se sintió ofendido por ese apelativo. En este caso lo terrible ha sido que Mouctar Diakhaby también se sintió ofendido y ni siquiera su equipo dejó de jugar.

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“El Barça se adelanta al carnaval y tira la liga” “Cádiz es la tierra del Carnaval, la chirigota y el buen humor, y a buen seguro que las comparsas le sacarán punta a los grotescos errores defensivos y la falta de ideas de un equipo empeñado en tirar la Liga.”  (Diario Sport, 5 de diciembre de 2020)

“Goles de chirigota al Barça en Cádiz” (Mundo Deportivo, 5 de diciembre de 2020)

“Un partido del que hablará alguna comparsa en las chirigotas del Teatro Falla en el próximo carnaval (…) Mientras el banquillo del Madrid era una platea de la ópera, silencioso e inmóvil, el del Cádiz era el gallinero en una función de variedades.” (Diario As, 17 de octubre de 2020)

“El Real Madrid, una chirigota ante el Cádiz”. (Mundo Deportivo, 17 de octubre de 2020)

Prensa seria. Eso que leen ustedes arriba es “prensa seria”. No como nuestras chirigotas, claro. Nuestras chirigotas son excusa de ridículo. Pero ellos, prensa seria. 

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Me preocupa enormemente, supongo que como a cualquier persona con un poco de mirada crítica, el derrotero que las empresas de comunicación están tomando. No sólo porque sean altavoz de intereses determinados, que lo son sin duda y esto es un desastre para la transmisión de desinformación. También me alarma enormemente porque hay señores que escriben en los medios de esas empresas que no tienen cultura ninguna y su ignorancia hace que escriban cosas como las de arriba. Y claro, eso después multiplicado en tiradas enormes de periódicos y en portales de internet, hace que se multiplique esa ignorancia y el desconocimiento general sobre una manifestación cultural y artística sublime (sin comparar con ninguna otra, está claro) se hace muy extenso. Y esas cosas que escriben se leen y hasta se comparten y comprenden en todos lados. Menos cuando las leemos aquí. Nos pone los pelos de punta por la ignorancia que se desprende. Da mucha rabia y mucha pena confirmar que esas personas no saben nada sobre lo que dicen. A mí nunca se me ocurriría escribir, por ejemplo, si el Barça ganara contra el Cádiz (cosa que no se ve desde hace decenios, por otra parte), “El Cadi perdió por goles de castellets y las sardanas hablarán de ello durante milenios”. Y no lo escribiría porque como yo no tengo ni idea de sardanas ni de castellets, pues seguramente ese escrito sería tomado como una gilipollez supina. Otro ejemplo. En este caso pongamos que gana el Madrid al Cádiz (cosa que no se ve tampoco desde hace muchísimo). Imagínense que yo escribiera sobre ese supuesto partido: “El Cádiz, un chotis frente al Madrid”. Vaya pamplina. El chotis es un baile y un cante bonito y bueno. Sin saber yo nada de chotis ni ser yo nada de eso. Pues igual suenan esos fragmentos que he escrito arriba. Suenan a tontería suprema.

Pero hay más. La consideración de “equipucho” y de culturilla gaditana de segunda que se desprende de todo eso. Dejen ya de insinuar eso. Que el Cádiz es un equipo con más de cien años. Y el carnaval de Cádiz es una cosa muy seria. Estamos rebosando jartura de intentar explicar eso. El carnaval de Cádiz es literatura suprema de pueblo. Mucho más elaborada que esos artículos deportivos con los que esos periódicos y esos trabajadores de la industria de la comunicación intentan transmitir algo. Y claro que también es humor. Pero humor como el del cine de Chaplin. A nadie se le ocurriría infravalorar el cine de Chaplin y usarlo para metáforas absurdas y desubicadas. Pues con esto tienen que hacer ustedes, señores que escriben, lo mismo.

Pero se sigue leyendo. Y aparece el clasismo para el sur. Otra alusión manida y repetida. El banquillo del Madrid es de ópera y el del Cádiz, de variedades. Lo peor es que sigue la ignorancia. Y seguro que ese señor que escribe no sabe que hubo óperas que se hacía para la chusma. Para esa que él pretende que sea usuaria sólo de los teatros de variedades. Fueraparte de eso, también hay que decir, que en la afición cadista no tenemos la culpa de que en el banquillo del Madrid no haya sangre. Cada cual vive sus pasiones como puede. Y nuestro interés de ganar es por una ilusión tan colosal que nos hace desbordar la pasión. Desde el entrenador hasta la última aficionada que mira con tremenda pena (por la coyuntura, no por no querer a sus colores) el partido desde el salón de su casa.

En resumidas cuentas, aconsejaría a esos señores de las empresas comunicativas deportivas que se informen un poco de las cosas que dicen. Porque luego esos escritos llegan a Cádiz y pensamos que la prensa deportiva está hecha una porquería y que no tienen ni idea de nada. Y eso es perjudicial para ellos. Para ellos y para los cientos de miles de personas a las que están engañando y a las que están tergiversándoles las ideas. Y a las que están haciendo caer en la ignorancia tremenda de pensar que el Carnaval de Cádiz sólo es basura y que sirve para enmarcar errores y gracias sin fundamento. Y no es eso. Es, sobre todo, literatura suprema y democrática de pueblo.

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Hace no mucho escuché decir “Las personas se miden por la soledad que soportan”. Hoy preferiría saber que las personas habrían de medirse por la compañía de desatan.

No sólo somos generación de vivir peor que nuestros padres en lo relativo a situación económica, de derechos y de bienestares. Se nos ha devaluado la vida en todos sus ámbitos. También en el de la compañía. Nuestra crisis comienza a ser inabarcable. 

Puede parecer una tontería, pero me preocupa que las vecindades no sean ya de saber que el azúcar o la sal de las personas de la vivienda contigua, son también nuestras. Y por estas cosas vivo asustada. Me aterra tener que pensar que el mejor de los aprendizajes es asumir que estamos solos. Porque asumir no es aprendizaje, es conformismo. Eso de que hemos de aprender nuestra individualidad por encima de todo es conformarnos con la soledad. Se nos ha convencido de que no necesitar de nadie es la mayor liberación que debemos aceptar  y eso me da escalofrío. Porque creo que al final, la soledad tergiversa. Porque sólo mira con un ojo y esquiva el horizonte y el panorama. Se nos ha engañado con esto. Y lo hemos asumido con un velo de independencia imprescindible. Con desconfianza y sin entrega. Con modales de la economía del egoísmo, de acumulación y beneficio de una sola persona. Hasta llegar al punto en que no sabemos organizarnos para exigir la mejora del estado de las cosas. Porque eso es lo más preocupante. El rendirnos ante esta exigencia de ser uno, ha conseguido que olvidemos cómo se cuida lo común. Y a partir de ahí nos han ganado por creer que alcanzar la soledad era la mejor forma de sostenernos.

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Imagen: Alone en Pixabay

Y el inevitable monstruo de la contradicción se crece, porque realmente no podemos estar en soledad. Pero se nos insiste en que es la única opción y esa contradicción no se supera para bien. Y de ahí surge hasta vergüenza porque ¡ay del empeño retrógrado y pueblerino de la que intente zafarse de esta modernidad de soledades!

Puedo decirlo. No quiero estar sola. Pero puede que ustedes entiendan por ello que soy una persona incapaz. Hasta ahí el engaño. 

Hasta los poetas se equivocaron con esta apología. La soledad no hace libre. Y sí que engaña. Ya lo he dicho antes, sólo mira con un ojo. Soledad no es ese aislamiento mínimo de búsqueda de inspiración. Eso es tiempo de trabajo intelectual. Tampoco es salir a pasear o viajar sin nadie, allá donde se vaya se encontrará a alguien. Soledad está siendo darle la razón a este puto mundo con sus putas formas. Y yo no quiero. Yo quiero entrega de amistades de más allá de la sangre, de amores de los de carne y de cualquiera otros dilatados en el tiempo o no y forjados de confianza. De compañeros y compañeras de trabajo buscando un mismo objetivo. De dejar unas llaves de mi casa en casa de la vecina por si se extravían estas que tengo. De cuidar de los niños de otra, o de sus mascotas, o de sus flores y de que cuiden las mías. Quiero poder fiarme y que se fíen de mí.En soledad se nace, pues aunque nazcamos a miles de la misma madre siempre acabamos siendo solo una. Estar sola no es la excepción que hay que asumir. Tener compañía es la obligación que hemos de trabajar. El miedo a la soledad se tornó miedo a la compañía. Y en este punto, lo que necesitamos y casi lo único que al final va a poder salvarnos, es el aprender a estar acompañados.

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Hay una necesidad a la que no se presta atención. Un ejercicio que se hace casi de forma natural y se hace cómodo. Hay una práctica que nos obliga a producir belleza y bienestar conjunto a la que no le damos importancia pero sin la que todo sería muy raro. Cantar juntos. Siempre lo hemos hecho, surge como si nada pero hay momentos en los que un montón de gente se hace una voz. Incluso hay ocasiones en que si no se hace no son lo mismo.

Los seres humanos nos juntamos para cantar, o nos juntamos y surge el canto en multitud de ocasiones y eso nos reafirma como grupo, nos iguala, hace que todos seamos parte de un momento de creación de belleza y por ello nos sentimos bien y nos hacemos mejores. Quizás sea uno de los ejercicios comunes más antiguos que la humanidad practica. Se armoniza nuestro alrededor. Y además, en todas esas ocasiones en las que surge, nos estrecha un lazo casi familiar. Hay veces en que es rotundo, como cuando alrededor de los últimos días del año hacemos sonar villancicos en grupo, o como cuando surge después de una comida con amigos, o como cuando en un estadio de fútbol se canta ánimo y fidelidad a un equipo. Piensen en aquel concierto multitudinario en que estuvieron y cantaron todos juntos. Llega un momento siempre en que el cantante se calla. Debe ser abrumador escuchar a una multitud infinita cantando una de tus canciones. Debe ser como si un mundo al unísono te recordara un pensamiento íntimo que, al final, resulta ser común.

Cantar suena y sabe a pan
Fotografía: Urirenataadrienn de Pixabay

A veces me da la sensación de que es casi el último resquicio contra el individualismo. Contra el castigo del yo y de las exclusividades sentimentales egocéntricas. Ese gusto que nos da cuando lo hacemos no se consigue de otras formas. Hay otras cosas que nos dan equilibrio con todo, pero pocas veces es como ese. Tal es la sensación de bienestar que cuando se acaba, nos desabriga.

En esta ciudad del antiguo fin del mundo lo sabemos de sobra. Sabemos que hay veces en que si vas con determinada gente a determinados sitios acabas así. Se sabe que en verano no hay noches de silencio en la Alameda. Es tan natural que no reparamos en ello. Y no sólo es por espantar males o traer bienes, creo que es casi porque lo necesitamos.

La expresión musical del mundo es una forma de comunicación universal y la capacidad del canto, la traemos puesta la mayoría de las personas. La gente nos juntamos para muchas cosas y las mejores las terminamos cantando. Una reunión después de unas copas de vino, una celebración de algún rito o una demostración de disconformidades políticas. O un cumpleaños. Todas esas cosas son celebrar o exigir vida. Y se canta para ello.

Cantar suena y sabe a pan, casi lo dijo Cortázar. Cantar suena y sabe a pan porque está tan presente y es tan básico, tan bueno y tan necesario como el trigo.

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Cada vez que leo o escucho algún análisis o estudio relativo a la llamada “Generación del 27”, cortocircuito. Creo que no hay un periodo peor tratado y trasladado y con más sesgos que ese en toda nuestra historia. 

Es cierto que, al tratarse de una época cercana, eso nos da posibilidad de un estudio más minucioso de todo lo que se desarrolló durante aquellos años y tenemos más cosas que observar y analizar, lo cual hace que todo lo que tenemos al alcance sea inmenso. También es cierto que el tratamiento que han tenido determinadas figuras pertenecientes a ese periodo ha hecho que todo se centrara en unos pocos personajes. Pero esto no tiene por qué ser una excusa para que la falta de rigor que rodea a esta generación siga siendo la tónica principal al proponerse su estudio.

En primer lugar lo que me parece más sangrante de aquel periodo de tantísima creatividad artística, es el olvido al que han sido sometidas las mujeres que se integran en ese movimiento. Aquí gana el patriarcado desde aquellos mismos años de alrededor de los años 30 del siglo pasado. Ni siquiera los compañeros de la “Residencia de estudiantes” tenían la misma consideración para ellos que para ellas. El ser mujer es una traba. Sus compañeros se ve que tampoco las tenían en tan alta estima. Y entre ellas, había alguna que hasta blasfemaba mejor que Buñuel. No conocemos a estas maravillosas mujeres tan bien como a Lorca o a Alberti. Los conocemos a ellos. Pero no sabemos que una de ellas, mediante su trabajo, fue la inspiradora de las ilustraciones de “El Principito”, de Antoine de Saint-Exuperi, ni que otra era una maravillosa actriz que doblaba espectacularmente a Marlene Dietrichs. Y tampoco sabemos que una de ellas es una de las pintoras más queridas en Mexico o que otra le vendió unos pocos de cuadros a André Breton y que este la admiraba. O puede que ni siquiera nos suene que una fue alumna predilecta de Ortega y Gasset. Quizás no tengamos ni idea de que debemos, en una parte enormísima, el haber mantenido muchísimas de las grandes obras del Museo del Prado a otra de ellas. Hemos asumido que la “Residencia de estudiantes” era el filón y la “Residencia de Señoritas” no fue nada. Se confirma, en la obra de estas mujeres una verdad doliente. Una muerte injusta de hombre, encumbra más que un suicidio o un exilio de mujer. Independientemente del genio que en este caso, es similar.  

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Fotografía: El Tercer Puente

Hace muy pocos años que, para combatir este olvido injusto y general, surgió una corriente, que parece que se ha asentado, que las llama “Las Sinsombrero”. Pero me da la impresión de que, según este punto de vista, ellas siguen siendo otra cosa. Siguen estando aisladas del genio de ellos. Una denominación clasificadora y tergiversadora de lo que debería ser el estudio de esta etapa que fue fundamental  para el desarrollo de las artes en nuestro país. Se toma una anécdota en la que participaron ellos y ellas para nombrarlas a ellas. ¿Por qué no consideramos que todos y todas son lo mismo?¿Por qué tenemos que, para elevarlas, seguir aislándolas de ellos? Creo que todo está mal planteado en la forma en la que hemos asumido el traslado de una de las época de mayor esplendor de la intelectualidad española. 

Pero hay más y no sólo está la división entre los hombres y las mujeres. Hablamos de generación del 27 y se nos vienen poetas. Y estudiar aisladamente esa manifestación de aquellos años creo que tampoco vale. Ni siquiera los grandes poetas lo eran exclusivamente. Miren si no los dibujos de Lorca o las pinturas de Alberti. 

No es posible borrar todo lo escrito y hablado sobre aquellos años y aquellos hombres y mujeres excepcionales. Pero creo que, si queremos hacer uso de la verdad y una correcta asimilación y traslado de lo que significó aquello, hemos de revisar todo y tratar de traernos una imagen distinta. Y ya no sólo por hacer justicia con ellos y ellas, sino por poder intentar comprender lo maravilloso de la creatividad que se agrupó en torno a aquel tiempo. Creo que es una auténtica pena y que de esta forma nunca tendremos conciencia de la maravillosa capacidad creadora que tuvo este país en un momento de su historia. Nos estamos perdiendo mucho por clasificar de forma fallida, desde mi punto de vista, aquellos años de genio e ingenio.

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A lo largo de estos días he sentido muchas cosas. Y he tenido rondándome una canción.

El primer sentimiento fue de lejanía. Era como siempre. Las enfermedades, las guerras y las carencias nunca pasan en estas latitudes. No hizo falta que lo dijera, pero actué como un “bah, es lo de siempre, aquí no llega”. Me parecía un nuevo ébola, una nueva hambruna. Otra desgracia ajena. Otra circunstancia por la que sentiría rabia y que me vendría a revelar la mala organización del mundo. Que todo quedaría en una nueva colección de fotos de anuncios de navidad para futuros apadrinamientos. Pero sobre todo era un desastre que no nos tocaría. 

Luego se fue acercando. Casi de sopetón. Asistimos al escándalo de perder vidas europeas. Se me confirmó que el tratamiento que hacíamos a las muertes de aquí no es el mismo que hacemos a los muertos (diarios, perennes, eternos) de otros lares. Se me confirmó que hay pandemias y pandemias.  Que la muerte de los nuestros no es igual que la muerte de los otros aun siendo lo mismo. Seguí sintiendo y pensé en que la aparición de esa nueva coyuntura de desastre en occidente quizás nos bajara los humos. Pero aun así, aun estando cerca, no estaba aquí. Fue por poco tiempo. El desastre siguió hasta que llegó a mi casa, a la más cercana. Apareció el colmo de la revelación por estar yo misma (y todos y todas) sujeta a esta coyuntura de muerte incontrolable.

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Fotografía: Jesús Machuca

Nos llegó de lleno. Y empecé a ver y sentir más cosas. Junto con el virus entró el reproche del siempre in-oportuno refranero español. “Más vale prevenir que curar” convertido en el machacón “telodije”. Una de las prácticas más humanas que nos sale para manifestar nuestra preocupación, pero que finalmente resulta en castigo y pellizco en la herida nueva y desconocida de quien no escuchó a quien avisaba. Aquí empecé a pensar que alguien debería darle una vuelta al refranero y que es oportuno que interioricemos “Más vale prevenir, pero si no se previno, hay que curar”. En este sentido creo que a veces perdemos el tiempo con esos “telodije”, que son legítimos y humanos como apuntaba antes, pero ese derroche de tiempo me parece innecesario y contraproducente. El saber cuál es nuestra realidad para superarla se hace más necesario aun en época de desastre. Por eso he defendido el “salgamos de esta” antes que el “nuestros responsables son unos chuflas y fallan y se equivocan y mienten”. No porque no crea que no es así (tengo opiniones disímiles al respecto), sino porque el regodeo en el pasado, en esta situación, me enerva. Tengo prioridades para el ahora y estas buscan el bien común. Ahora quiero que Abascal se cure, que Aguirre use la sanidad pública para que no contagie a nadie más y que Díaz Ayuso se esconda en su casa para que se mejore. Y también quiero que Pedro Sánchez y Pablo Iglesias manden el ejército a las calles para que la gente se guarde de una vez. Y a la vez que esto pasa, ya estoy pensando en lo que quiero para después de esto. Que no guarda ningún respeto ni coincidencia con las convicciones de Abascal, Díaz Ayuso, Aguirre o el Gobierno. Porque si sigo pensando en lo que quería para antes, voy a perder el tiempo sin poder realizar nunca el cambio del pasado. Lo que pasó antes se escribirá y volveremos a leerlo. Pero el pasado no se cambia. Lo que pasa ahora y lo que nos pase después es en lo que quiero gastar mi tiempo de pensamiento.

Yo siempre he dicho que prefiero la esperanza a la ilusión. Esta segunda siempre me pareció un falso espejismo. No me gusta hacerme ilusiones, estas se suelen quebrar. Me gusta tener esperanza para que la existencia se me haga soportable. Y ahora la siento con más intensidad que nunca. Vaclav Havel dijo: La esperanza no es lo mismo que el optimismo. No es la convicción de que algo saldrá bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, independientemente de cómo resulte

Ahora más que nunca hay que construir la historia presente y la futura. Tenemos nuevas claves para ello. Tenemos experiencia y hasta sufrimiento vividos en primera persona. Ha quedado patente que hay formas que no nos sirven. Debemos cambiar el orden de nuestras prioridades. 

Tengo esperanza con respecto a la humanidad. Creo que hemos de intentar resistir a esta situación porque hay prácticas humanas que me merecen la pena y porque tiene sentido que sigamos viviendo de la mejor forma posible. Pero estoy convencida de que la forma en que hemos vivido hasta ahora no nos sirve para la mejor realización de la vida. 

En cuanto a la canción, le he robado el título y la canto más abajo. Silvio Rodríguez viene a decir que sin esperanza no vamos a ningún sitio. Yo no sé si se me hará realidad. Pero ahora sé que seguiré sintiendo que merece la pena.