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Una de las características que me parece más maravillosa del Carnaval del Falla es la apropiación del edificio por parte de gente que, en otras ciudades, nunca se haría dueña de un edificio así. En primer lugar, hablo de Carnaval del Falla porque creo que es obvio que en Cádiz podemos distinguir entre varias formas de hacer una agrupación. Si uno de sus objetivos es participar en el Concurso Oficial de Agrupaciones Carnavalescas del Gran Teatro Falla (COAC), esa agrupación ha de cumplir con unas características de las que se ven exentas las agrupaciones que no se hacen para ir a ese concurso. También, se ha de señalar que en esa expresión de Carnaval del Falla, Falla no sólo hace alusión al nombre del teatro, sino al COAC. La gente de Cádiz, las que seguimos el carnaval desde que tenemos uso de razón, llamamos al concurso por el nombre del teatro. He ahí el primer signo de apropiación. Cuando hablas con una persona aficionada al carnaval y te dice yo nunca he ido al Falla, es muy probable que te esté diciendo que nunca ha ido a ver ninguna sesión del COAC.

El falla es mio
Fotografía: Jesús Machuca

Esta apropiación y uso indebido de este edificio propio del desarrollo de las relaciones sociales de la burguesía y de las clases sociales más altas, en Cádiz va mucho más allá. En el Falla durante el Falla se grita, se hace poesía a viva voz por la cultura de dominar rimas consonantes, se tocan palmas por bulerías, por tanguillos y hay veces que, si no respondes a una llamada determinada con ole, ole y ole, corres el riesgo de que se te seque la hierbabuena y eso es un marrón. El pueblo sabe que el teatro es suyo y se comporta en él como pueblo. Sin recato. Si hay una agrupación mala se le grita y se azuza para que se baje el telón y el telón baja (aunque también es verdad que esto se está perdiendo y, a veces, es una pena). Si hay una agrupación que el pueblo considera que es maravillosa, se le aplaude en pie y se hace ganadora (al menos moral) aunque el jurado diga que gana otra. El público se hace dueño y lo usa a su manera. A la manera natural en la que hacemos nuestra vida.

Hay más señales de esta apropiación que ya han dejado de practicarse. Antes de la remodelación del teatro, sucedida en los años 87,88 ,89 y 90, incluso se comía y hasta se hacía de comer allí. Vamos, que el Falla podía oler perfectamente a caballas asás.

Y fue por este uso del pueblo para disfrutar de esa expresión concreta que es el carnaval, que intentó eliminarse el concurso tras esa remodelación realizada a mediados de los 80 en el edificio. Durante los años 87, 88, 89 y 90, el COAC se celebró en el Teatro Andalucía, ya desaparecido. En el año 91 las preliminares se celebraron en el Andalucía y las semifinales y la final en el Falla. El teatro quedó tan bien que hubo personas que no veían aquello de que esa gente que gritaba, comía, jaleaba, palmeaba a deshora y hacía lo que le daba la gana, entraran en aquel sitio tan fino con su concurso de carnaval. Así, durante los años 90, 91 y 92 fueron muchas las agrupaciones que denunciaron que parte del equipo de gobierno del Ayuntamiento en aquellos tiempos quisiera retirar el COAC del teatro. En 1990 ya hubo agrupaciones que exigían volver al Falla tras la remodelación, pero en 1991 fue el año en el que más se insistió en el asunto. El mejor ejemplo de ello fue “Tres notas musicales”. Cuarteto (trío en realidad) de música de cámara con un popurrí magnífico con las obras más famosas de la música clásica. A ver quién es capaz de decir ahora que aquello no era digno del nuevo teatro. Aun en el año 1992 se siguió cantando sobre aquella cuestión y aquí aparece una letra que a mí siempre me ha parecido durísima por los reproches que encierra. Es un pasodoble de la chirigota “Los hermanos Strambolini” del año 1992. Es aquel que empezaba así Señor intelectual/ que defiende la cultura/ puesto que el carnavalero/ para ti es una basura.

En definitiva, el teatro es nuestro. Al menos durante el Falla, ese espacio destinado a grandes obras teatrales, musicales u operísticas, es del pueblo sin ningún remordimiento. Es uno de nuestros templos para ser lo que somos en nuestra vida diaria con nuestra forma de sentir y de expresarnos. Es nuestro y lo sabemos y recordaremos esto mientras que exista carnaval. Y los hijos y las hijas del dios Momo creemos en la vida eterna de los carnavales. Así que creo que el Falla no abandonará nunca al Gran Teatro Falla.

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La más elemental cuestión a partir de la que se origina y define una cosa es su nombre. Porque las cosas existen según se van nombrando. Ese es el poder de las palabras (o uno de sus poderes). Así que vamos a ver qué son “turistificación” y “gentrificación”.

En primer lugar tenemos que pensar que son términos muy jóvenes. El turismo surge en el siglo XIX y hasta mediados del XX no se empieza a hablar de esto del “boom turístico”. Y en cuanto a lo de la gentrificación, pues hasta hace poco también el mercado inmobiliario y sus alrededores (empresas privadas y entidades públicas y clientes o habitantes) no habían empezado a diseñar los centros de las ciudades y algunos barrios “con encanto” con el fin de desalojar a sus habitantes y alojar a otros . Son palabras casi recién nacidas y además son dos palabras (como todas en verdad) con una alta carga ideológica.

Neolengua eres tu
Fotografía: Jesús Massó

En ese sentido, hemos de saber que nuestra Real Academia de la Lengua Española, no recoge ninguno de los dos términos. O sea, que oficialmente esas palabras no existen, pero se van extendiendo, y en algunos años puede que entren en la lista de palabras consideradas por la RAE. Mientras tanto se siguen forjando y anclando en nuestros pensamientos y en nuestra sociedad. Son palabras que se usan mucho en prensa, en conversaciones y que nombran situaciones vinculadas a la economía y a la forma en la que está diseñado o se está diseñando nuestro entorno. Esto es importante en tanto el imaginario colectivo las está haciendo suyas. Y aunque la RAE aún no las haya aceptado, sí hay otros organismos que reconocen estas palabras. Así, hay muchos estudios de sociología que hablan sobre estos términos y sobre su desarrollo en nuestras sociedades. Y hay entidades como la Fundéu (Fundación del Español Urgente), creada por el Departamento de Español Urgente de la agencia EFE a medias con el BBVA, que sí que habla de estos dos términos. Por supuesto en prensa también ha extendido su uso en los últimos tiempos.

La palabra “turistificación” es un término bien formado (en las formas, según la Fundéu) pero que tiene una carga muy negativa. Es decir, cuando hablamos de turistificación, hablamos de la industria del turismo e intuimos los problemas y las dificultades que entraña esta especialización para la vida de los habitantes habituales. Tan negativa es (o parece) la palabra que hay algunos expertos que prefieren llamar a esa cosa “hiperespecialización turística”. Un palabro más largo, más raro y que parece menos malo porque es “híper”. De hecho ante esa demonización que nos sugiere la “turistificación”, ha surgido otra aplicable a esas personas que la nombran en vano. Y esa palabra, usada mucho en los medios de comunicación contra las reacciones de la ciudadanía ante la primera, es “turismofobia”. Es decir, que para los medios de comunicación, que son eso que se dedica a crear realidades políticas y sociales y que lo que menos hace es informar que es lo que debieran, la reacción al desenfreno del turismo es una cosa de odiadores a este tipo de industria. Se intenta evitar un uso peyorativo, usando una palabra que hace que el que rechace esas formas, parezca más malo aún que la mala práctica primera aunque esta esté descontrolada.

En cuanto a lo de la gentrificación, es curioso. Este término fue acuñado en 1963 por la socióloga marxista Ruth Glass y la asumimos del inglés. En este caso, se quería resaltar la dimensión de clase de este fenómeno a través de la palabra “gentry” (alta burguesía, pequeña aristocracia, familia bien o gente de bien), para aludir a la ocupación por parte de una clase pudiente e intelectual (hay sociólogos que hablan de “pequeña burguesía intelectual”) de un espacio antes habitado por el “pueblo” que siempre lo ocupó. Se desplaza a los habitantes originales de determinados barrios para que los ocupen otros de mayor poder adquisitivo y así se elitiza el derecho a la ciudad. En este caso, la apropiación del término por partes interesadas ha servido para que en algún artículo periodístico se hable de que la “gentrificación” ha “limpiado” y mejorado tal o cual barrio.

En definitiva, tenemos que aguantar turismo con alta dosis de precariedad porque es lo que nos alumbra y si hablas mal de él, tú eres aun peor.

En definitiva, en los centros de las ciudades, solo pueden vivir quienes puedan permitírselo y siempre que hagan de estos centros lugares bonitos, bien parecidos y que decorados impersonales.

En definitiva, el lenguaje (y el capitalismo) se va adaptando y nos va adaptando. Y 1984 y Orwell y la “neolengua” se hacen cada vez menos ficción, y nuestras vidas están determinadas por un tipo de economía que nos va usando a las personas y va forjando el pensamiento mediante determinadas palabras en función de su beneficio.

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Me pasa que cada vez que el mundo se me echa encima con sus desastres, intento escaparme del hecho de los desastres (o encontrar explicación a los mismos) mirando, escuchando o leyendo. Esta cobardía de la huida de la realidad hacia las formas y las explicaciones que ofrecen las manifestaciones artísticas me resulta imprescindible y muy recurrente. Y creo que casi todo el mundo lo practica y que todo el mundo debiera practicarlo.

Aunque no queramos o no creamos, tenemos relación con la estética y las distintas formas de expresión artística por el sólo acontecimiento de la vida. Porque sí y ya está. Es cierto que esto ha tenido un desarrollo desigual desde el principio de la existencia del ser humano. La gente que pintó bisontes o lenguados en cuevas, probablemente no tuvieran esa necesidad de recreo (aunque sí de comunicación) que ahora exigimos al arte. Pero es que hoy siguen sucediendo pinturas o esculturas o música o lo que sea con una necesidad más allá de la estética y más allá de un deleite. Es en esa alteración de lo que la naturaleza ofrece, o lo que el devenir nos depara como establecido, en esa manufactura humana, a veces con utilidad otras sin ella, donde vemos el hecho artístico. Y estamos tan predispuestos a recibir esos mensajes naturales alterados por la mano humana que nos podemos perturbar con los mismos hasta alterar incluso nuestras constantes vitales. Que se lo digan si no a Stendhal, que hay hasta un síndrome con su nombre por los sirocos que le daban a este hombre cuando se enfrentaba a determinadas obras.

También es verdad que hay gente que es muy sensible pero a mí a veces me da pena no sufrir estos desordenes por la saturación informativa de nuestros tiempos. Ojo, no busco el síncope gratuito, pero me parece mucho más hermoso un sufrimiento de artes que uno de mundomierda. Llorar por una película, que se te erice la piel cuando entras en una catedral, enfadarte delante del “Guernica”, violentarte escuchando un grupo de Rock, calmarte con un aria (o viceversa) o soltar un suspiro tras leer unas palabras que ordenadas en otro modo distinto al que usamos normalmente se elevan y se convierten en otra realidad que siempre estuvo ahí y nunca se desveló hasta que no llegó esa forma de ordenarlas. Tener la oportunidad de sentir ante cualquier manifestación artística, creo que es una suerte excepcional y poco valorada aunque muy practicada.

De por que el arte te mata de frio
Ilustración: Pedripol

Como decía más arriba, somos muchas personas (digo muchas con la boca chica por no aventurarme al totalitarismo de apuntar a la humanidad entera) las que buscamos este alivio superficial y ante el enfrentamiento a las obras me asaltan preguntas. Pero no de porqués, sino de cómos. ¿Es necesario saber de técnica o historia para ver, oír o leer una obra? ¿No puede una sentirse abrumada viendo las pirámides, aunque sólo tenga certeza de que las está viendo? ¿Disfrutar de Bach sólo es posible si sabemos de contrapunto y de la historia de la armonía? ¿En serio sólo puedes mirar una pintura del Bosco sabiendo sobre pintura flamenca renacentista o analizando la composición o las líneas o el color? ¿Es necesario ver una película analizando cada secuencia o cada plano? ¿Realmente el enfrentarse a una obra de arte tiene como condición imprescindible saber sobre fechas, historia, coyuntura, o la hora a la que se levantaba el artista y lo que comía?

Probablemente la intelectualidad teórica y analítica me tache de blasfema. Probablemente yo sea una ignorante que no sabe nada de la vida y sus cuestiones. Pero la sensación de que se coarta la totalidad de la obra fracturándola en técnica, historia y demás, creo que nos aleja al común de los mortales del disfrute de todo lo que tenemos al alcance en lo que arte se refiere. Hacer creer que sólo son válidas y consistentes las lecturas de este tipo, me parece limitar. Y limitar el arte a estas lecturas me parece que aleja y alimenta el rechazo de la gran masa humana normal y corriente y andante al enfrentamiento a mucho de lo bueno que hay en la creación humana.
Yo, en mi simpleza, he decidido disfrutar de todo lo bueno. Y ese disfrute se anula ante la grandilocuencia y las complejidades de determinadas miradas. Todas las personas que pueden mirar saben hacerlo. O no, yo qué sé, pero me da la impresión de que hemos elevado el “entender de arte” a cotas ultraelevadas de pamplinismo o tontería de finura superior. Y no estoy diciendo que todo el mundo tenga que sentir lo mismo cuando ve tal o cual obra artística. Lo que quiero decir es que hemos de perder los complejos y mirar y escuchar todo lo que se ponga a nuestro alcance.

Cada vez que se sitúen delante de una obra sólo pregúntense qué ven, oyen o leen. Ya con eso hay un ejercicio maravilloso, estoy totalmente convencida. Seguro que hay algo que les conmueve. Cualquier cosa. Y si no, busquen más. Inténtenlo. Hay cosas que no olvidarán nunca y otras que desecharán inmediatamente. Exactamente lo mismo que cualquier crítico de arte. Y piensen siempre que esas manifestaciones no pertenecen a las altas esferas intelectuales. Las obras surgen para el deleite de iguales. Y son hechas por hombres y mujeres. Aprópiense de todo lo realizado por cualquier artista, porque lo que surge de la mano humana en ese sentido puede darnos claves personales vitales e imprescindibles. Porque cuando la obra comienza a existir, cuando nace, lo hace para ser evaluada por cualquiera. Para ser consumida por cualquiera como usted o como yo. Por todo el mundo.

Tírense de cabeza al mundo alterado del arte. Llegará un momento en que se encuentren cómodos ante todo esto. Y les aliviará porque encontrarán explicaciones a todo lo que les rodea, o encontraran belleza, o, si tienen suerte, quizás se encuentren con alguna que otra pequeña catarsis como las de Stendhal.

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Nataliai
Fotografía: Jesús Massó

Aquí vengo de nuevo sembrando polémicas, yo, descendiente de agricultores de recoger tempestades. Y me vengo sabiendo seguro que, si mi percepción no fuera respaldada por premios nobeles, valdría menos de lo que ya valgo por mí misma para el pensamiento ilustrado occidental, globalizado, ultraliberal y aburrido.

Hoy he decidido cargarme y cagarme en la ortografía. Aún escribo asumiendo sus normas de corsé clasista para que el cortocircuito de los y las integristas de su defensa acérrima me sigan la lectura hasta el final de mis letras en este escrito. Y es que creo que nos estamos pasando un poco con lo de exigir la grafía perfecta. Hacemos un uso del lenguaje que no nos preocupa en el fondo, pero sí en las formas. Otra tontería del mundo de la imagen, que desecha el contenido cuando la primera no es bonita y normativa.

Nos hacen falta normas para un acuerdo estabilizador, pero hay que ir revisándolas porque con el paso del tiempo esas normas pueden quedar obsoletas. Y lo que es peor, pueden no ser útiles ni prácticas. De esto se dieron cuenta Juan Ramón Jiménez y Gabriel García Márquez y lo dejaron escrito. El de Moguer, desterró las “g” para su “Antolojía” (y para otras tantas cuestiones) y hasta las “x” en un “esperimento” que le dio más de un dolor de cabeza cuando lo proponía en las imprentas. Y el Gabo discursó usando estas palabras “…Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revolver con revólver. ¿Y qué de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una?”

Se encierra un terrorífico clasismo diferenciador entre malos y buenos escribientes que se oculta y que se salva de la vergüenza mediante correctores en teléfonos móviles y ordenadores. Nuestras madres siguen preguntando “¿esto se escribe con b grande o b chica?” porque hemos impuesto que la persona que no lo sabe es portadora de una inferioridad. Y todo esto por unas normas que, para mejor y mayor subversión nuestra, han de ser discutidas y superadas porque apenas tienen sentido. El lenguaje no son las letras escritas, o no solo eso. Igual que la música no son las blancas, negras y corcheas sobre un papel. El lenguaje es un mecanismo maravilloso que fuera de encorsetarnos ha de liberar pensamientos de la forma más ágil y fácil posible. El lenguaje es lo que se dice y se comprende de la manera más cercana y sencilla. Discúlpenme lo brusco de mi próxima afirmación, pero si a ustedes no les pone nada que alguien escriba “haber” en lugar de “a ver” antes de poner “qué pasa”, menos me ponen a mi la pedantería y las superioridades morales por cuatro letras. Porque leyéndose y diciéndose la frase entera, se comprende al emisor y esa es la función principal del lenguaje. Vamos a dejar ya de echarnos en cara lo poco que nos gustan las “faltas” de ortografía y de repetirnos que estas nos coartan hasta el deseo sexual y vamos a decirnos las cosas a la carita en vez de por escrito.  Y si nos las tenemos que decir por escrito, pues recibámoslas leyendo en voz alta y no ejerciendo de censoras de un mensaje que pudiera ser el más bonito recibido en nuestra vida. Prueben si no a pensar en una persona que les atraiga diciéndoles “boy a comerte como si fueras mi primer alimento después de salir de una uelga de ambre”. Si ese alguien que les flipa, les dijera eso flojito y al oído y un calambre (aunque sea chico) no les recorre la espalda, es que ustedes no quieren a nadie. Si ese alguien se lo manda por escrito y ustedes lo leen y por faltar haches o no corresponder las bes desechan la información que se intenta transmitir, es que tienen ustedes el cerebro sucio y siguen aupando cadenas que les oprimen mucho e inconscientemente.

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Natalia
Fotografía: Jesús Massó

Ya nos va sonando la palabra patriarcado. Vamos sabiendo que, a lo largo de la historia de la humanidad, la mujer ha sido relegada a un segundo plano, al ámbito de la vida privada por conseguir el mantenimiento del poderío de los hombres en cualquier ejercicio de la vida pública. Esto pasaba y pasa (ay de nuestras evoluciones) en todas las esferas humanas. El trabajo, el gobierno y la organización de las sociedades, la ciencia y la investigación y por supuesto también en la música y las artes. Conocemos nombres de cientos de pintores, escultores, músicos, actores y cantantes, pero nos cuesta más decir diez nombres de mujer expertas en estos ámbitos. Yo voy a centrarme en el ámbito de lo musical para exponerles una opinión que me ronda desde que practico música y carnaval que es, prácticamente, toda mi vida.

La evolución de la música, en lo que a la incorporación de la mujer se refiere, se ha venido desarrollando, igual que en otros ámbitos, a velocidad lenta. Pero lenta de miles de años. Ocultamiento, el uso que se hace de nosotras en la historia, en definitiva, esos tejemanejes del patriarcado, han hecho que las mujeres no tuviéramos, en general, acceso a la educación musical o al aprendizaje autodidacta mismo. Y si en algún momento hubo algo de esto, fue en el ámbito privado con el ejercicio de la intérprete ante su familia. Este ocultamiento de la mujer ha desnaturalizado y ha coartado la creación y la interpretación enormemente desde mi punto de vista. Piensen si no. Ahora mismo disfrutamos de una obra musical mundial excelente que ha realizado casi exclusivamente una mitad de la humanidad, piensen lo que tendríamos, si la otra mitad hubiera también ejercido.

Sigo avanzando para llegar donde quiero. En el caso de los conjuntos corales y la música vocal en grupo, tenemos que se han practicado barbaridades. Para conseguir una armonía más rica en este tipo de conjuntos e incluso para conseguir tesituras de voz altas de solista, la humanidad decidió en un momento determinado que, antes de que una mujer cantara públicamente, era mejor castrar hombres. La naturaleza nos da diferencias exquisitas que pueden llegar a alcanzar una conjunción perfecta, pero decidimos en un momento dado cortar, pero cortar literalmente, por lo (in)sano antes que incorporar a las mujeres al canto.

Y sigo con el carnaval. En estos últimos años, la incorporación de la mujer en el mundo del carnaval indudablemente ha avanzado muchísimo. Pero a mi a veces me da la impresión de que nos incorporamos al mundo adoptando y adaptando malas costumbres de nuestros compañeros. Voy a entrar en terreno farragoso, aviso, pero hay que mancharse y mojarse para que todo siga y pasen cosas. Me explico. Como digo, es indudable que las mujeres, poco a poco, vamos adentrándonos en el mundo del carnaval y vamos haciéndonos un hueco. Pero sigo sin comprender por qué, a excepción de en algunos coros y otras pocas agrupaciones, como  grupos familiares, o alguna mujer así salteada en grupos masculinos, pocos, aún se defiende con rotundidad que los grupos tienen que ser o de voces masculinas o de voces femeninas sin mezcla posible. Creo que eso es un enorme error. Como apuntaba antes, de forma natural, las mujeres y los hombres poseemos cualidades vocales distintas que complementadas suenan armónicamente maravillosas. No comprendo por qué hay que buscar entre tres contraltos hombres enormemente prestigiosos para que una comparsa tenga más caché si hay posibilidad de que unas pocas más de mujeres hagan una octavilla perfecta porque somos así por naturaleza. Nos empeñamos, señores y señoras, en que los grupos mixtos se llamen así porque llevan orquesta masculina (con una excepción honrosa en el carnaval oficial y otras pocas más en el callejero) cuando hay mujeres guitarristas o bombistas o caja que podrían tocar
(o aprender porque todo se aprende) mientras hombres cantan. Pero no hay grupos mixtos de verdad pensados y organizados vocalmente de la forma que debiera ser la más lógica y natural posible. En definitiva, tengo la sensación de que hemos apostado por la segregación en el carnaval y creo que eso coarta muy mucho la creación y las posibilidades en este ámbito en cuanto a la interpretación y la creación. Nos echamos las manos a la cabeza cuando escuchamos que en los coles o en la vida se separa por razón de raza o sexo. Pero no nos espantamos de ello cuando pasa en carnavales. El carnaval ahora mismo, me parece que es como colegios de curas que son para niños y de monjas que son para niñas y donde cada cual crea su obra sin considerar a la otra parte. Como en las películas yankis cuando hay campamentos para niños y otros para niñas y se juntan en el baile final, aunque no han bailado juntos nunca antes y cada cual baila por su lado.

Las mujeres hemos tenido que montarnos nuestros propios grupos porque no se nos incorporó a los que ya había. No nos ha quedado más remedio para aprender y ejercitarnos. Creo que la verdadera evolución tendría que pasar por la conjunción definitiva; hombres y mujeres en un mismo grupo con segunda masculina, porque los hombres tienen voz natural de bajo o barítono, tenor de hombre o mujer, porque la tesitura media se puede alcanzar por cualquiera generalmente y octavillas mujeres ya que, naturalmente, nuestra voz es más aguda.

La cuestión es intentarlo. Créanme, no ahorraríamos muchas estridencias. Seguro que el experimento sería maravilloso, seguro que el resultado sería considerarnos verdaderamente iguales también por carnavales.

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Natalia
Imagen: Pedripol

El exterminio de pueblos es una cuestión intemporal entre personas. No es cosa del siglo XV ni del XVI, es cosa de siempre y de ahora. Es cosa del siglo XXI.

En febrero de 2009, después de la conocida como «Operación plomo fundido», lanzada por Israel, sin previo aviso, sobre Gaza, estuve en Palestina visitando aquel desastre en una brigada de solidaridad organizada por la «Federación Mundial de la Juventud Democrática». Aquel viaje fue para mí revelador de muchas cuestiones, por muchísimas razones. Conocer de primera mano la situación de personas condenadas al exterminio, aparte de hacer que se te revuelvan las tripas y que contraigas cierto odio al ser humano en general y hacia algunos humanos en particular, hace salir también de nuestra burbuja de «malbienestar».

Nos fue imposible entrar en Gaza por las medidas de “seguridad” (ay, el lenguaje) que instauró el gobierno israelí, pero a cada paso que dábamos por Cisjordania, las imágenes se iban haciendo más duras. Me resultaba aterrador, tremendamente desolador, horrible, pasear por las calles de Ramallah, Hebrón, Belén o Tulkarem viendo restos de metralla en las paredes, viendo casas palestinas partidas por la mitad porque “por ahí tenía que pasar el muro”, observando cómo los soldados israelíes nos miraban con asco cuando les dábamos las gracias en árabe, cómo nos apartaban a empujones porque íbamos acompañados por palestinos, teniendo que pasar infinitos puestos de control para poder viajar de una ciudad a otra, paseando por barrios-campos de concentración plagados de personas totalmente abandonadas por otras. Fue un viaje doloroso, de contraer la certeza real de que la humanidad puede llegar a ser una gran porquería.

Y hubo, por encima de todos los horrores que vi y escuché, un horror, que me pareció el peor de todos, una verdad de cruel (des)consuelo. Tuvimos la oportunidad de visitar uno de los departamentos de la Universidad en Ramallah y allí, una de las profesoras nos explicó que se dedicaban al estudio y a la comprensión de un mecanismo psicológico que desarrollamos las personas ante el desastre. Sucede, que, tras años de represiones, los seres humanos somos tendentes a aceptar y asimilar como normales cualesquieras terrores que se nos apliquen. Y más, si estos se transmiten y asumen de generación en generación, como pasa en Palestina. Este perverso mecanismo psicológico de adaptación y asimilación del desastre sucede como reacción al desastre mismo y como forma de soportar una existencia denigrante. Desde entonces, me pregunto en muchas ocasiones cómo medir, hasta dónde hay que soportar, o hasta dónde podemos y/o debemos hacerlo. Me pregunto si es preferible aceptar una situación injusta como normal o es preferible caer en la locura de su no posible resolución. Me pregunto si es mejor dejarse manipular o es mejor vivir en una frustración eterna. Me pregunto si es mejor normalizar y asumir una injusticia que no va a ser resuelta por los que pueden arreglarla o es preferible una agonía vital en nuestra breve eternidad. Me pregunto, en muchas ocasiones, hasta dónde es lógico o natural o sano el aguante.

Yo elegí ir a Palestina después de aquellos bombardeos. Escogí ver el dolor y traérmelo por siempre a mi “malbienvivir” de occidente. Y volvería a hacerlo. Yo sé que Palestina está lejos de Cádiz. Sé que no es fácil practicar solidaridad a tantos kilómetros y que no podemos desde aquí cargar con ese peso que intentan esquivar sus sufridores y sufridoras. Pero he querido escribir sobre aquel viaje a Palestina y su desastre porque, mientras ese pueblo intenta respirar en una situación insostenible, creo que desde aquí debemos seguir explicando todo como un horror y un error en contra de la vida. Nosotras también tenemos nuestros dolores de sociedad y también los esquivamos por miedo o por soportar esta existencia.  Supongo que es legítimo ese pensamiento, ya digo que no lo tengo claro. Creo que hay exterminios y miedos lejanos que, mientras resuelvo mis preguntas, me niego a normalizar y me reiteraré en ellos aunque me piensen loca o aunque, por no quitarme estos pesos de solidaridad y ternura, llegue a estarlo realmente.

Y por todo eso de arriba, me alegro enormemente de la decisión que han tomado los jugadores de la selección Argentina. Porque cualquier reconocimiento a un gobierno genocida es normalizar ese genocidio y esa normalización sólo se la debemos permitir, por descanso para soportar el día a día, al pueblo palestino. A las personas que recuerdan frecuentemente que el deporte no es política y que hay cosas que es mejor no mezclar, les diría que eso vayan a contárselo a los negros y negras de Soweto, que, por cierto, acompañan las “Habaneras de Cádiz” con unas palmas exquisitas. Pero esto ya es otra historia de mis internacionalismos que, por ahora, me guardo.

Ojalá alguna vez se nos acaben las represiones y el odio.

Ojalá Palestina y su gente puedan llegar alguna vez a ser libres.

Ojalá algún día no sea necesario esquivar el terror y el dolor como normalidad para seguir soportando unas vidas de mierda.

Viva Palestina libre.