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Me pasa que cada vez que el mundo se me echa encima con sus desastres, intento escaparme del hecho de los desastres (o encontrar explicación a los mismos) mirando, escuchando o leyendo. Esta cobardía de la huida de la realidad hacia las formas y las explicaciones que ofrecen las manifestaciones artísticas me resulta imprescindible y muy recurrente. Y creo que casi todo el mundo lo practica y que todo el mundo debiera practicarlo.

Aunque no queramos o no creamos, tenemos relación con la estética y las distintas formas de expresión artística por el sólo acontecimiento de la vida. Porque sí y ya está. Es cierto que esto ha tenido un desarrollo desigual desde el principio de la existencia del ser humano. La gente que pintó bisontes o lenguados en cuevas, probablemente no tuvieran esa necesidad de recreo (aunque sí de comunicación) que ahora exigimos al arte. Pero es que hoy siguen sucediendo pinturas o esculturas o música o lo que sea con una necesidad más allá de la estética y más allá de un deleite. Es en esa alteración de lo que la naturaleza ofrece, o lo que el devenir nos depara como establecido, en esa manufactura humana, a veces con utilidad otras sin ella, donde vemos el hecho artístico. Y estamos tan predispuestos a recibir esos mensajes naturales alterados por la mano humana que nos podemos perturbar con los mismos hasta alterar incluso nuestras constantes vitales. Que se lo digan si no a Stendhal, que hay hasta un síndrome con su nombre por los sirocos que le daban a este hombre cuando se enfrentaba a determinadas obras.

También es verdad que hay gente que es muy sensible pero a mí a veces me da pena no sufrir estos desordenes por la saturación informativa de nuestros tiempos. Ojo, no busco el síncope gratuito, pero me parece mucho más hermoso un sufrimiento de artes que uno de mundomierda. Llorar por una película, que se te erice la piel cuando entras en una catedral, enfadarte delante del “Guernica”, violentarte escuchando un grupo de Rock, calmarte con un aria (o viceversa) o soltar un suspiro tras leer unas palabras que ordenadas en otro modo distinto al que usamos normalmente se elevan y se convierten en otra realidad que siempre estuvo ahí y nunca se desveló hasta que no llegó esa forma de ordenarlas. Tener la oportunidad de sentir ante cualquier manifestación artística, creo que es una suerte excepcional y poco valorada aunque muy practicada.

De por que el arte te mata de frio
Ilustración: Pedripol

Como decía más arriba, somos muchas personas (digo muchas con la boca chica por no aventurarme al totalitarismo de apuntar a la humanidad entera) las que buscamos este alivio superficial y ante el enfrentamiento a las obras me asaltan preguntas. Pero no de porqués, sino de cómos. ¿Es necesario saber de técnica o historia para ver, oír o leer una obra? ¿No puede una sentirse abrumada viendo las pirámides, aunque sólo tenga certeza de que las está viendo? ¿Disfrutar de Bach sólo es posible si sabemos de contrapunto y de la historia de la armonía? ¿En serio sólo puedes mirar una pintura del Bosco sabiendo sobre pintura flamenca renacentista o analizando la composición o las líneas o el color? ¿Es necesario ver una película analizando cada secuencia o cada plano? ¿Realmente el enfrentarse a una obra de arte tiene como condición imprescindible saber sobre fechas, historia, coyuntura, o la hora a la que se levantaba el artista y lo que comía?

Probablemente la intelectualidad teórica y analítica me tache de blasfema. Probablemente yo sea una ignorante que no sabe nada de la vida y sus cuestiones. Pero la sensación de que se coarta la totalidad de la obra fracturándola en técnica, historia y demás, creo que nos aleja al común de los mortales del disfrute de todo lo que tenemos al alcance en lo que arte se refiere. Hacer creer que sólo son válidas y consistentes las lecturas de este tipo, me parece limitar. Y limitar el arte a estas lecturas me parece que aleja y alimenta el rechazo de la gran masa humana normal y corriente y andante al enfrentamiento a mucho de lo bueno que hay en la creación humana.
Yo, en mi simpleza, he decidido disfrutar de todo lo bueno. Y ese disfrute se anula ante la grandilocuencia y las complejidades de determinadas miradas. Todas las personas que pueden mirar saben hacerlo. O no, yo qué sé, pero me da la impresión de que hemos elevado el “entender de arte” a cotas ultraelevadas de pamplinismo o tontería de finura superior. Y no estoy diciendo que todo el mundo tenga que sentir lo mismo cuando ve tal o cual obra artística. Lo que quiero decir es que hemos de perder los complejos y mirar y escuchar todo lo que se ponga a nuestro alcance.

Cada vez que se sitúen delante de una obra sólo pregúntense qué ven, oyen o leen. Ya con eso hay un ejercicio maravilloso, estoy totalmente convencida. Seguro que hay algo que les conmueve. Cualquier cosa. Y si no, busquen más. Inténtenlo. Hay cosas que no olvidarán nunca y otras que desecharán inmediatamente. Exactamente lo mismo que cualquier crítico de arte. Y piensen siempre que esas manifestaciones no pertenecen a las altas esferas intelectuales. Las obras surgen para el deleite de iguales. Y son hechas por hombres y mujeres. Aprópiense de todo lo realizado por cualquier artista, porque lo que surge de la mano humana en ese sentido puede darnos claves personales vitales e imprescindibles. Porque cuando la obra comienza a existir, cuando nace, lo hace para ser evaluada por cualquiera. Para ser consumida por cualquiera como usted o como yo. Por todo el mundo.

Tírense de cabeza al mundo alterado del arte. Llegará un momento en que se encuentren cómodos ante todo esto. Y les aliviará porque encontrarán explicaciones a todo lo que les rodea, o encontraran belleza, o, si tienen suerte, quizás se encuentren con alguna que otra pequeña catarsis como las de Stendhal.

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Nataliai
Fotografía: Jesús Massó

Aquí vengo de nuevo sembrando polémicas, yo, descendiente de agricultores de recoger tempestades. Y me vengo sabiendo seguro que, si mi percepción no fuera respaldada por premios nobeles, valdría menos de lo que ya valgo por mí misma para el pensamiento ilustrado occidental, globalizado, ultraliberal y aburrido.

Hoy he decidido cargarme y cagarme en la ortografía. Aún escribo asumiendo sus normas de corsé clasista para que el cortocircuito de los y las integristas de su defensa acérrima me sigan la lectura hasta el final de mis letras en este escrito. Y es que creo que nos estamos pasando un poco con lo de exigir la grafía perfecta. Hacemos un uso del lenguaje que no nos preocupa en el fondo, pero sí en las formas. Otra tontería del mundo de la imagen, que desecha el contenido cuando la primera no es bonita y normativa.

Nos hacen falta normas para un acuerdo estabilizador, pero hay que ir revisándolas porque con el paso del tiempo esas normas pueden quedar obsoletas. Y lo que es peor, pueden no ser útiles ni prácticas. De esto se dieron cuenta Juan Ramón Jiménez y Gabriel García Márquez y lo dejaron escrito. El de Moguer, desterró las “g” para su “Antolojía” (y para otras tantas cuestiones) y hasta las “x” en un “esperimento” que le dio más de un dolor de cabeza cuando lo proponía en las imprentas. Y el Gabo discursó usando estas palabras “…Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revolver con revólver. ¿Y qué de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una?”

Se encierra un terrorífico clasismo diferenciador entre malos y buenos escribientes que se oculta y que se salva de la vergüenza mediante correctores en teléfonos móviles y ordenadores. Nuestras madres siguen preguntando “¿esto se escribe con b grande o b chica?” porque hemos impuesto que la persona que no lo sabe es portadora de una inferioridad. Y todo esto por unas normas que, para mejor y mayor subversión nuestra, han de ser discutidas y superadas porque apenas tienen sentido. El lenguaje no son las letras escritas, o no solo eso. Igual que la música no son las blancas, negras y corcheas sobre un papel. El lenguaje es un mecanismo maravilloso que fuera de encorsetarnos ha de liberar pensamientos de la forma más ágil y fácil posible. El lenguaje es lo que se dice y se comprende de la manera más cercana y sencilla. Discúlpenme lo brusco de mi próxima afirmación, pero si a ustedes no les pone nada que alguien escriba “haber” en lugar de “a ver” antes de poner “qué pasa”, menos me ponen a mi la pedantería y las superioridades morales por cuatro letras. Porque leyéndose y diciéndose la frase entera, se comprende al emisor y esa es la función principal del lenguaje. Vamos a dejar ya de echarnos en cara lo poco que nos gustan las “faltas” de ortografía y de repetirnos que estas nos coartan hasta el deseo sexual y vamos a decirnos las cosas a la carita en vez de por escrito.  Y si nos las tenemos que decir por escrito, pues recibámoslas leyendo en voz alta y no ejerciendo de censoras de un mensaje que pudiera ser el más bonito recibido en nuestra vida. Prueben si no a pensar en una persona que les atraiga diciéndoles “boy a comerte como si fueras mi primer alimento después de salir de una uelga de ambre”. Si ese alguien que les flipa, les dijera eso flojito y al oído y un calambre (aunque sea chico) no les recorre la espalda, es que ustedes no quieren a nadie. Si ese alguien se lo manda por escrito y ustedes lo leen y por faltar haches o no corresponder las bes desechan la información que se intenta transmitir, es que tienen ustedes el cerebro sucio y siguen aupando cadenas que les oprimen mucho e inconscientemente.

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Natalia
Fotografía: Jesús Massó

Ya nos va sonando la palabra patriarcado. Vamos sabiendo que, a lo largo de la historia de la humanidad, la mujer ha sido relegada a un segundo plano, al ámbito de la vida privada por conseguir el mantenimiento del poderío de los hombres en cualquier ejercicio de la vida pública. Esto pasaba y pasa (ay de nuestras evoluciones) en todas las esferas humanas. El trabajo, el gobierno y la organización de las sociedades, la ciencia y la investigación y por supuesto también en la música y las artes. Conocemos nombres de cientos de pintores, escultores, músicos, actores y cantantes, pero nos cuesta más decir diez nombres de mujer expertas en estos ámbitos. Yo voy a centrarme en el ámbito de lo musical para exponerles una opinión que me ronda desde que practico música y carnaval que es, prácticamente, toda mi vida.

La evolución de la música, en lo que a la incorporación de la mujer se refiere, se ha venido desarrollando, igual que en otros ámbitos, a velocidad lenta. Pero lenta de miles de años. Ocultamiento, el uso que se hace de nosotras en la historia, en definitiva, esos tejemanejes del patriarcado, han hecho que las mujeres no tuviéramos, en general, acceso a la educación musical o al aprendizaje autodidacta mismo. Y si en algún momento hubo algo de esto, fue en el ámbito privado con el ejercicio de la intérprete ante su familia. Este ocultamiento de la mujer ha desnaturalizado y ha coartado la creación y la interpretación enormemente desde mi punto de vista. Piensen si no. Ahora mismo disfrutamos de una obra musical mundial excelente que ha realizado casi exclusivamente una mitad de la humanidad, piensen lo que tendríamos, si la otra mitad hubiera también ejercido.

Sigo avanzando para llegar donde quiero. En el caso de los conjuntos corales y la música vocal en grupo, tenemos que se han practicado barbaridades. Para conseguir una armonía más rica en este tipo de conjuntos e incluso para conseguir tesituras de voz altas de solista, la humanidad decidió en un momento determinado que, antes de que una mujer cantara públicamente, era mejor castrar hombres. La naturaleza nos da diferencias exquisitas que pueden llegar a alcanzar una conjunción perfecta, pero decidimos en un momento dado cortar, pero cortar literalmente, por lo (in)sano antes que incorporar a las mujeres al canto.

Y sigo con el carnaval. En estos últimos años, la incorporación de la mujer en el mundo del carnaval indudablemente ha avanzado muchísimo. Pero a mi a veces me da la impresión de que nos incorporamos al mundo adoptando y adaptando malas costumbres de nuestros compañeros. Voy a entrar en terreno farragoso, aviso, pero hay que mancharse y mojarse para que todo siga y pasen cosas. Me explico. Como digo, es indudable que las mujeres, poco a poco, vamos adentrándonos en el mundo del carnaval y vamos haciéndonos un hueco. Pero sigo sin comprender por qué, a excepción de en algunos coros y otras pocas agrupaciones, como  grupos familiares, o alguna mujer así salteada en grupos masculinos, pocos, aún se defiende con rotundidad que los grupos tienen que ser o de voces masculinas o de voces femeninas sin mezcla posible. Creo que eso es un enorme error. Como apuntaba antes, de forma natural, las mujeres y los hombres poseemos cualidades vocales distintas que complementadas suenan armónicamente maravillosas. No comprendo por qué hay que buscar entre tres contraltos hombres enormemente prestigiosos para que una comparsa tenga más caché si hay posibilidad de que unas pocas más de mujeres hagan una octavilla perfecta porque somos así por naturaleza. Nos empeñamos, señores y señoras, en que los grupos mixtos se llamen así porque llevan orquesta masculina (con una excepción honrosa en el carnaval oficial y otras pocas más en el callejero) cuando hay mujeres guitarristas o bombistas o caja que podrían tocar
(o aprender porque todo se aprende) mientras hombres cantan. Pero no hay grupos mixtos de verdad pensados y organizados vocalmente de la forma que debiera ser la más lógica y natural posible. En definitiva, tengo la sensación de que hemos apostado por la segregación en el carnaval y creo que eso coarta muy mucho la creación y las posibilidades en este ámbito en cuanto a la interpretación y la creación. Nos echamos las manos a la cabeza cuando escuchamos que en los coles o en la vida se separa por razón de raza o sexo. Pero no nos espantamos de ello cuando pasa en carnavales. El carnaval ahora mismo, me parece que es como colegios de curas que son para niños y de monjas que son para niñas y donde cada cual crea su obra sin considerar a la otra parte. Como en las películas yankis cuando hay campamentos para niños y otros para niñas y se juntan en el baile final, aunque no han bailado juntos nunca antes y cada cual baila por su lado.

Las mujeres hemos tenido que montarnos nuestros propios grupos porque no se nos incorporó a los que ya había. No nos ha quedado más remedio para aprender y ejercitarnos. Creo que la verdadera evolución tendría que pasar por la conjunción definitiva; hombres y mujeres en un mismo grupo con segunda masculina, porque los hombres tienen voz natural de bajo o barítono, tenor de hombre o mujer, porque la tesitura media se puede alcanzar por cualquiera generalmente y octavillas mujeres ya que, naturalmente, nuestra voz es más aguda.

La cuestión es intentarlo. Créanme, no ahorraríamos muchas estridencias. Seguro que el experimento sería maravilloso, seguro que el resultado sería considerarnos verdaderamente iguales también por carnavales.

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Natalia
Imagen: Pedripol

El exterminio de pueblos es una cuestión intemporal entre personas. No es cosa del siglo XV ni del XVI, es cosa de siempre y de ahora. Es cosa del siglo XXI.

En febrero de 2009, después de la conocida como «Operación plomo fundido», lanzada por Israel, sin previo aviso, sobre Gaza, estuve en Palestina visitando aquel desastre en una brigada de solidaridad organizada por la «Federación Mundial de la Juventud Democrática». Aquel viaje fue para mí revelador de muchas cuestiones, por muchísimas razones. Conocer de primera mano la situación de personas condenadas al exterminio, aparte de hacer que se te revuelvan las tripas y que contraigas cierto odio al ser humano en general y hacia algunos humanos en particular, hace salir también de nuestra burbuja de «malbienestar».

Nos fue imposible entrar en Gaza por las medidas de “seguridad” (ay, el lenguaje) que instauró el gobierno israelí, pero a cada paso que dábamos por Cisjordania, las imágenes se iban haciendo más duras. Me resultaba aterrador, tremendamente desolador, horrible, pasear por las calles de Ramallah, Hebrón, Belén o Tulkarem viendo restos de metralla en las paredes, viendo casas palestinas partidas por la mitad porque “por ahí tenía que pasar el muro”, observando cómo los soldados israelíes nos miraban con asco cuando les dábamos las gracias en árabe, cómo nos apartaban a empujones porque íbamos acompañados por palestinos, teniendo que pasar infinitos puestos de control para poder viajar de una ciudad a otra, paseando por barrios-campos de concentración plagados de personas totalmente abandonadas por otras. Fue un viaje doloroso, de contraer la certeza real de que la humanidad puede llegar a ser una gran porquería.

Y hubo, por encima de todos los horrores que vi y escuché, un horror, que me pareció el peor de todos, una verdad de cruel (des)consuelo. Tuvimos la oportunidad de visitar uno de los departamentos de la Universidad en Ramallah y allí, una de las profesoras nos explicó que se dedicaban al estudio y a la comprensión de un mecanismo psicológico que desarrollamos las personas ante el desastre. Sucede, que, tras años de represiones, los seres humanos somos tendentes a aceptar y asimilar como normales cualesquieras terrores que se nos apliquen. Y más, si estos se transmiten y asumen de generación en generación, como pasa en Palestina. Este perverso mecanismo psicológico de adaptación y asimilación del desastre sucede como reacción al desastre mismo y como forma de soportar una existencia denigrante. Desde entonces, me pregunto en muchas ocasiones cómo medir, hasta dónde hay que soportar, o hasta dónde podemos y/o debemos hacerlo. Me pregunto si es preferible aceptar una situación injusta como normal o es preferible caer en la locura de su no posible resolución. Me pregunto si es mejor dejarse manipular o es mejor vivir en una frustración eterna. Me pregunto si es mejor normalizar y asumir una injusticia que no va a ser resuelta por los que pueden arreglarla o es preferible una agonía vital en nuestra breve eternidad. Me pregunto, en muchas ocasiones, hasta dónde es lógico o natural o sano el aguante.

Yo elegí ir a Palestina después de aquellos bombardeos. Escogí ver el dolor y traérmelo por siempre a mi “malbienvivir” de occidente. Y volvería a hacerlo. Yo sé que Palestina está lejos de Cádiz. Sé que no es fácil practicar solidaridad a tantos kilómetros y que no podemos desde aquí cargar con ese peso que intentan esquivar sus sufridores y sufridoras. Pero he querido escribir sobre aquel viaje a Palestina y su desastre porque, mientras ese pueblo intenta respirar en una situación insostenible, creo que desde aquí debemos seguir explicando todo como un horror y un error en contra de la vida. Nosotras también tenemos nuestros dolores de sociedad y también los esquivamos por miedo o por soportar esta existencia.  Supongo que es legítimo ese pensamiento, ya digo que no lo tengo claro. Creo que hay exterminios y miedos lejanos que, mientras resuelvo mis preguntas, me niego a normalizar y me reiteraré en ellos aunque me piensen loca o aunque, por no quitarme estos pesos de solidaridad y ternura, llegue a estarlo realmente.

Y por todo eso de arriba, me alegro enormemente de la decisión que han tomado los jugadores de la selección Argentina. Porque cualquier reconocimiento a un gobierno genocida es normalizar ese genocidio y esa normalización sólo se la debemos permitir, por descanso para soportar el día a día, al pueblo palestino. A las personas que recuerdan frecuentemente que el deporte no es política y que hay cosas que es mejor no mezclar, les diría que eso vayan a contárselo a los negros y negras de Soweto, que, por cierto, acompañan las “Habaneras de Cádiz” con unas palmas exquisitas. Pero esto ya es otra historia de mis internacionalismos que, por ahora, me guardo.

Ojalá alguna vez se nos acaben las represiones y el odio.

Ojalá Palestina y su gente puedan llegar alguna vez a ser libres.

Ojalá algún día no sea necesario esquivar el terror y el dolor como normalidad para seguir soportando unas vidas de mierda.

Viva Palestina libre.

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Natalia
Fotografía: Jesús Massó

Yo he venido a controlar el tiempo y voy a empezar por el principio. Por el principio del tiempo. Con esto pasa como con otras trascendencias: no le tenemos la consideración que precisa. Nos movemos por él. Él por nuestros cuerpos. Amamos y festejamos nacimientos porque son el comienzo de tiempos. Tememos o festejamos la muerte, realmente, por ser fin del tiempo de cualquiera.

El Tiempo nos apasiona, nos fascina desde el principio de nuestros pocos días de existencia como especie. Haber pasado tiempo es garantía, pero también lo es tener poco. Nos embauca esa contradicción que lo envuelve. No queremos perderlo de ninguna forma, pero se nos escapa. Volvemos por la memoria en la necesidad de saber de todo el tiempo anterior del que estamos hechos. Queremos permanecer en esa memoria porque así se nos proyecta a través del tiempo. Queremos tener memoria, pero también la capacidad de anular el tiempo a través del olvido. El tiempo es la certeza de los tres mil años de Historia de Cádiz. Un diamante fascina porque condensa tiempo. El tiempo es oro, el oro es tiempo. La juventud también es divino tesoro. El tiempo es la unidad de medida más absoluta de cada vida y de cada objeto y lo es desde la forma más concreta, pero también desde la más abstracta posible.

Nos pasa que, aunque sabemos que está, también lo olvidamos con frecuencia. Hemos de aprender a medirlo sin gasto urgente y sin obviar su lecho. En muchas ocasiones, surcamos por él sin conciencia, sobre todo cuando se nos cruza con una alegría, pero de repente se hace imprescindible y consagramos a él la cura de nuestros peores males y desengaños.

No hemos conseguido hacer máquinas del tiempo, aunque tenemos métodos para controlarlo de alguna forma. Hemos encontrado una forma para diseñar las relaciones entre nosotros y  nuestro medio, una forma de colocarnos en una coyuntura para hacer nuestro tiempo mejor.  Esta primera forma de control del tiempo es la política. Ese afán por crear oportunidades similares, justas, nos sirve para mejorar nuestro devenir en lo que nos dure el cuerpo. Por eso, creo, sucede la necesidad de exigir derechos. Cada avance social que se logra, repercute en el mejor control de nuestro tiempo.

Y hay otras formas. Tenemos manifestaciones artísticas para controlar el tiempo. Mediante el cine y el teatro se puede controlar el tiempo. También en la literatura, en la palabra viva, hay una forma de control del tiempo sublime. Y donde se hace más aparente es en la música. Con una pieza musical se recorre un tiempo concreto en el que se desenvuelve un proceso físico organizado de la forma en que queremos que sea y hacemos que así resulte. Ese poder de control del tiempo que se da con la música es una cualidad maravillosa. Cuando más se nota ese poder es cuando se ejecuta. Hacer música es, rotundamente, controlar el tiempo.

Hemos venido a controlar el tiempo y estamos en ello. Hemos venido a hacer que nuestro tiempo sea bueno y en ese empeño nos ejercitamos. Hemos de saber que queremos ganarlo y ejercerlo. Aun no lo tenemos, pero se puede conseguir a través del arte. Y también, a través de la política.

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Robles
Fotografía: Jesús Massó

Cuando la alegría es un deber, tenemos que exigir el derecho a la tristeza. La síntesis es la vida. Por eso si falta alguna de las dos, todo es antinatural. Por más que el mundo cambie, tendrá que haber bienestar y dolor. Físico o del otro. Por mucho que nos limpiemos las ideas y los hechos, habrá de las dos cosas. Es un estado intermitente e interno pero universal. Arreglar la política para equilibrar y equiparar las oportunidades es otra cosa. Luego está el ser humano.

Quiero que quede claro que esto no es derroteo. Que no es defensa de una pena eterna y permanente. Que me parece perfecto eso de la defensa de la alegría como trinchera. Pero esto no se nos puede ir de las manos hasta la falsedad y la negación de la verdad.

Hago esta defensa de la tristeza desde la práctica de la misma alternada con euforia. O sea, desde el devenir común de una vida cualquiera. La mía. Y esta defensa resulta del enfrentamiento a estos estadios en los últimos tiempos por cuenta propia y ajena. También hago esta rara apología porque me parece que este tipo de vivencias pasan desapercibidas o se rechazan, pero creo que a partir de las crisis y sus resoluciones es como se forjan la vida y sus cuestiones.

Yo exijo poder tener un tiempo de tristezas para no caer en una esquizofrenia de la alegría. Exijo el derecho a la tristeza. En estos tiempos de contenturas de imagen y selfie hemos de mantenerla, pero de verdad. Con ojeras y despeine. Como es porque es lo que hay y tampoco pasa nada porque es normal. Sinceramente, no comprendo en absoluto cuando se comparte una pena y la respuesta del receptor de la historia melancólica es “no estés triste”. Porque hay veces en las que hay que estarlo. Desengaños de amores, enfados por situaciones del mundo, pena por dolores físicos o por pérdidas irreparables por nuestra naturaleza finita son justos y necesarios. Todo esto nos da la posibilidad del conocimiento de una misma.

Y es también todo esto lo que puede llevarnos al descontento y al enfado y, finalmente, al cambio. A una revolución interna o externa porque todas estas sensaciones nos pueden llevar a intervenir en una realidad que no consideramos favorable.

Hemos dejado que se use nuestra tristeza en nuestra contra porque la hemos apagado y rechazado con conformismo. Por no saber entristecernos y enfadarnos, se nos han impuesto miedos y hemos cedido a intereses que no son los nuestros. Se ha usado en nuestra contra. Y debemos recuperarla.

En segundo lugar, me resulta inexcusable que se sienta melancolía por el hecho de que consigue expresarse de formas sublimes. Con esto no excuso la necesidad de la técnica, pero, a lo largo de la historia, se ha considerado que el padecimiento de esta enfermedad generadora de la «bilis negra» (cuyo antídoto más poderoso parece ser que es la música), era la culpable de la creación de determinadas obras artísticas.

Independientemente de la existencia de esta sustancia generada por el cuerpo, es cierto que las tristezas han determinando de una forma casi imprescindible gran parte de la generación de obras fundamentales en la historia del arte. Existe un texto, llamado “Problemata XXX», atribuido a Aristóteles en el que se nos habla de la relación del genio y la melancolía y Víctor Hugo advirtió que “La melancolía es la felicidad de estar triste”. Conozco un poema usado por Bellini en una de sus ariettas en el que el autor (I. Pindemonte, 1789) se consagra directamente a la ninfa Melancolía. Más pistas desde mi percepción para explicarme mejor: Si no hubiera penas, no habría un hachazo homicida. Si no hubiera ansias de olvido, no existirían los disparos de nieve. Si no hubiera desasosiego, no habría suspiros escapando por bocas de fresa. Si no hubiera desconsuelo no existiría el Laoconte. Si no hubiera corazones rotos, no habría botellas con un último trago. Si no hubiera nostalgia, no se sentirían respiraciones de fuego. Si no hubiera angustia, no existiría «El grito». Si no hubiera despedidas, no habría siempre nos quedará París. En definitiva, si no hubiera males, no habría cantes pa espantarlos.

Rechazar la tristeza es rechazar todo lo anterior y todo lo anterior es fundamental. No caigamos en el maniqueísmo del falso entusiasmo. Asumamos y comprendamos que decir “anímate” ante las penas grandes es coartar el descubrimiento. No cedamos a las falsas alegrías. Compartamos el tiempo, porque es irremediable, entre la pena y el gozo. Y hagámoslo sin pena.

Vivamos en la certeza de que la mayor tristeza puede dar como resultado Revolución o Belleza.