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Natalia
Imagen: Pedripol

El exterminio de pueblos es una cuestión intemporal entre personas. No es cosa del siglo XV ni del XVI, es cosa de siempre y de ahora. Es cosa del siglo XXI.

En febrero de 2009, después de la conocida como «Operación plomo fundido», lanzada por Israel, sin previo aviso, sobre Gaza, estuve en Palestina visitando aquel desastre en una brigada de solidaridad organizada por la «Federación Mundial de la Juventud Democrática». Aquel viaje fue para mí revelador de muchas cuestiones, por muchísimas razones. Conocer de primera mano la situación de personas condenadas al exterminio, aparte de hacer que se te revuelvan las tripas y que contraigas cierto odio al ser humano en general y hacia algunos humanos en particular, hace salir también de nuestra burbuja de «malbienestar».

Nos fue imposible entrar en Gaza por las medidas de “seguridad” (ay, el lenguaje) que instauró el gobierno israelí, pero a cada paso que dábamos por Cisjordania, las imágenes se iban haciendo más duras. Me resultaba aterrador, tremendamente desolador, horrible, pasear por las calles de Ramallah, Hebrón, Belén o Tulkarem viendo restos de metralla en las paredes, viendo casas palestinas partidas por la mitad porque “por ahí tenía que pasar el muro”, observando cómo los soldados israelíes nos miraban con asco cuando les dábamos las gracias en árabe, cómo nos apartaban a empujones porque íbamos acompañados por palestinos, teniendo que pasar infinitos puestos de control para poder viajar de una ciudad a otra, paseando por barrios-campos de concentración plagados de personas totalmente abandonadas por otras. Fue un viaje doloroso, de contraer la certeza real de que la humanidad puede llegar a ser una gran porquería.

Y hubo, por encima de todos los horrores que vi y escuché, un horror, que me pareció el peor de todos, una verdad de cruel (des)consuelo. Tuvimos la oportunidad de visitar uno de los departamentos de la Universidad en Ramallah y allí, una de las profesoras nos explicó que se dedicaban al estudio y a la comprensión de un mecanismo psicológico que desarrollamos las personas ante el desastre. Sucede, que, tras años de represiones, los seres humanos somos tendentes a aceptar y asimilar como normales cualesquieras terrores que se nos apliquen. Y más, si estos se transmiten y asumen de generación en generación, como pasa en Palestina. Este perverso mecanismo psicológico de adaptación y asimilación del desastre sucede como reacción al desastre mismo y como forma de soportar una existencia denigrante. Desde entonces, me pregunto en muchas ocasiones cómo medir, hasta dónde hay que soportar, o hasta dónde podemos y/o debemos hacerlo. Me pregunto si es preferible aceptar una situación injusta como normal o es preferible caer en la locura de su no posible resolución. Me pregunto si es mejor dejarse manipular o es mejor vivir en una frustración eterna. Me pregunto si es mejor normalizar y asumir una injusticia que no va a ser resuelta por los que pueden arreglarla o es preferible una agonía vital en nuestra breve eternidad. Me pregunto, en muchas ocasiones, hasta dónde es lógico o natural o sano el aguante.

Yo elegí ir a Palestina después de aquellos bombardeos. Escogí ver el dolor y traérmelo por siempre a mi “malbienvivir” de occidente. Y volvería a hacerlo. Yo sé que Palestina está lejos de Cádiz. Sé que no es fácil practicar solidaridad a tantos kilómetros y que no podemos desde aquí cargar con ese peso que intentan esquivar sus sufridores y sufridoras. Pero he querido escribir sobre aquel viaje a Palestina y su desastre porque, mientras ese pueblo intenta respirar en una situación insostenible, creo que desde aquí debemos seguir explicando todo como un horror y un error en contra de la vida. Nosotras también tenemos nuestros dolores de sociedad y también los esquivamos por miedo o por soportar esta existencia.  Supongo que es legítimo ese pensamiento, ya digo que no lo tengo claro. Creo que hay exterminios y miedos lejanos que, mientras resuelvo mis preguntas, me niego a normalizar y me reiteraré en ellos aunque me piensen loca o aunque, por no quitarme estos pesos de solidaridad y ternura, llegue a estarlo realmente.

Y por todo eso de arriba, me alegro enormemente de la decisión que han tomado los jugadores de la selección Argentina. Porque cualquier reconocimiento a un gobierno genocida es normalizar ese genocidio y esa normalización sólo se la debemos permitir, por descanso para soportar el día a día, al pueblo palestino. A las personas que recuerdan frecuentemente que el deporte no es política y que hay cosas que es mejor no mezclar, les diría que eso vayan a contárselo a los negros y negras de Soweto, que, por cierto, acompañan las “Habaneras de Cádiz” con unas palmas exquisitas. Pero esto ya es otra historia de mis internacionalismos que, por ahora, me guardo.

Ojalá alguna vez se nos acaben las represiones y el odio.

Ojalá Palestina y su gente puedan llegar alguna vez a ser libres.

Ojalá algún día no sea necesario esquivar el terror y el dolor como normalidad para seguir soportando unas vidas de mierda.

Viva Palestina libre.

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Natalia
Fotografía: Jesús Massó

Yo he venido a controlar el tiempo y voy a empezar por el principio. Por el principio del tiempo. Con esto pasa como con otras trascendencias: no le tenemos la consideración que precisa. Nos movemos por él. Él por nuestros cuerpos. Amamos y festejamos nacimientos porque son el comienzo de tiempos. Tememos o festejamos la muerte, realmente, por ser fin del tiempo de cualquiera.

El Tiempo nos apasiona, nos fascina desde el principio de nuestros pocos días de existencia como especie. Haber pasado tiempo es garantía, pero también lo es tener poco. Nos embauca esa contradicción que lo envuelve. No queremos perderlo de ninguna forma, pero se nos escapa. Volvemos por la memoria en la necesidad de saber de todo el tiempo anterior del que estamos hechos. Queremos permanecer en esa memoria porque así se nos proyecta a través del tiempo. Queremos tener memoria, pero también la capacidad de anular el tiempo a través del olvido. El tiempo es la certeza de los tres mil años de Historia de Cádiz. Un diamante fascina porque condensa tiempo. El tiempo es oro, el oro es tiempo. La juventud también es divino tesoro. El tiempo es la unidad de medida más absoluta de cada vida y de cada objeto y lo es desde la forma más concreta, pero también desde la más abstracta posible.

Nos pasa que, aunque sabemos que está, también lo olvidamos con frecuencia. Hemos de aprender a medirlo sin gasto urgente y sin obviar su lecho. En muchas ocasiones, surcamos por él sin conciencia, sobre todo cuando se nos cruza con una alegría, pero de repente se hace imprescindible y consagramos a él la cura de nuestros peores males y desengaños.

No hemos conseguido hacer máquinas del tiempo, aunque tenemos métodos para controlarlo de alguna forma. Hemos encontrado una forma para diseñar las relaciones entre nosotros y  nuestro medio, una forma de colocarnos en una coyuntura para hacer nuestro tiempo mejor.  Esta primera forma de control del tiempo es la política. Ese afán por crear oportunidades similares, justas, nos sirve para mejorar nuestro devenir en lo que nos dure el cuerpo. Por eso, creo, sucede la necesidad de exigir derechos. Cada avance social que se logra, repercute en el mejor control de nuestro tiempo.

Y hay otras formas. Tenemos manifestaciones artísticas para controlar el tiempo. Mediante el cine y el teatro se puede controlar el tiempo. También en la literatura, en la palabra viva, hay una forma de control del tiempo sublime. Y donde se hace más aparente es en la música. Con una pieza musical se recorre un tiempo concreto en el que se desenvuelve un proceso físico organizado de la forma en que queremos que sea y hacemos que así resulte. Ese poder de control del tiempo que se da con la música es una cualidad maravillosa. Cuando más se nota ese poder es cuando se ejecuta. Hacer música es, rotundamente, controlar el tiempo.

Hemos venido a controlar el tiempo y estamos en ello. Hemos venido a hacer que nuestro tiempo sea bueno y en ese empeño nos ejercitamos. Hemos de saber que queremos ganarlo y ejercerlo. Aun no lo tenemos, pero se puede conseguir a través del arte. Y también, a través de la política.

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Robles
Fotografía: Jesús Massó

Cuando la alegría es un deber, tenemos que exigir el derecho a la tristeza. La síntesis es la vida. Por eso si falta alguna de las dos, todo es antinatural. Por más que el mundo cambie, tendrá que haber bienestar y dolor. Físico o del otro. Por mucho que nos limpiemos las ideas y los hechos, habrá de las dos cosas. Es un estado intermitente e interno pero universal. Arreglar la política para equilibrar y equiparar las oportunidades es otra cosa. Luego está el ser humano.

Quiero que quede claro que esto no es derroteo. Que no es defensa de una pena eterna y permanente. Que me parece perfecto eso de la defensa de la alegría como trinchera. Pero esto no se nos puede ir de las manos hasta la falsedad y la negación de la verdad.

Hago esta defensa de la tristeza desde la práctica de la misma alternada con euforia. O sea, desde el devenir común de una vida cualquiera. La mía. Y esta defensa resulta del enfrentamiento a estos estadios en los últimos tiempos por cuenta propia y ajena. También hago esta rara apología porque me parece que este tipo de vivencias pasan desapercibidas o se rechazan, pero creo que a partir de las crisis y sus resoluciones es como se forjan la vida y sus cuestiones.

Yo exijo poder tener un tiempo de tristezas para no caer en una esquizofrenia de la alegría. Exijo el derecho a la tristeza. En estos tiempos de contenturas de imagen y selfie hemos de mantenerla, pero de verdad. Con ojeras y despeine. Como es porque es lo que hay y tampoco pasa nada porque es normal. Sinceramente, no comprendo en absoluto cuando se comparte una pena y la respuesta del receptor de la historia melancólica es “no estés triste”. Porque hay veces en las que hay que estarlo. Desengaños de amores, enfados por situaciones del mundo, pena por dolores físicos o por pérdidas irreparables por nuestra naturaleza finita son justos y necesarios. Todo esto nos da la posibilidad del conocimiento de una misma.

Y es también todo esto lo que puede llevarnos al descontento y al enfado y, finalmente, al cambio. A una revolución interna o externa porque todas estas sensaciones nos pueden llevar a intervenir en una realidad que no consideramos favorable.

Hemos dejado que se use nuestra tristeza en nuestra contra porque la hemos apagado y rechazado con conformismo. Por no saber entristecernos y enfadarnos, se nos han impuesto miedos y hemos cedido a intereses que no son los nuestros. Se ha usado en nuestra contra. Y debemos recuperarla.

En segundo lugar, me resulta inexcusable que se sienta melancolía por el hecho de que consigue expresarse de formas sublimes. Con esto no excuso la necesidad de la técnica, pero, a lo largo de la historia, se ha considerado que el padecimiento de esta enfermedad generadora de la «bilis negra» (cuyo antídoto más poderoso parece ser que es la música), era la culpable de la creación de determinadas obras artísticas.

Independientemente de la existencia de esta sustancia generada por el cuerpo, es cierto que las tristezas han determinando de una forma casi imprescindible gran parte de la generación de obras fundamentales en la historia del arte. Existe un texto, llamado “Problemata XXX», atribuido a Aristóteles en el que se nos habla de la relación del genio y la melancolía y Víctor Hugo advirtió que “La melancolía es la felicidad de estar triste”. Conozco un poema usado por Bellini en una de sus ariettas en el que el autor (I. Pindemonte, 1789) se consagra directamente a la ninfa Melancolía. Más pistas desde mi percepción para explicarme mejor: Si no hubiera penas, no habría un hachazo homicida. Si no hubiera ansias de olvido, no existirían los disparos de nieve. Si no hubiera desasosiego, no habría suspiros escapando por bocas de fresa. Si no hubiera desconsuelo no existiría el Laoconte. Si no hubiera corazones rotos, no habría botellas con un último trago. Si no hubiera nostalgia, no se sentirían respiraciones de fuego. Si no hubiera angustia, no existiría «El grito». Si no hubiera despedidas, no habría siempre nos quedará París. En definitiva, si no hubiera males, no habría cantes pa espantarlos.

Rechazar la tristeza es rechazar todo lo anterior y todo lo anterior es fundamental. No caigamos en el maniqueísmo del falso entusiasmo. Asumamos y comprendamos que decir “anímate” ante las penas grandes es coartar el descubrimiento. No cedamos a las falsas alegrías. Compartamos el tiempo, porque es irremediable, entre la pena y el gozo. Y hagámoslo sin pena.

Vivamos en la certeza de que la mayor tristeza puede dar como resultado Revolución o Belleza.

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N robles
Fotografía: Jesús Massó

Ehte lo ehcribo en gaditano. Ehte lo ehcribo en andalú porque en er fondo me he centío la pobrecita mantenía y chuhma como ciudadana… Ji. Zoy andaluza. Andaluza de Coní. Y me he propuehto, por ehtah efemérideh que noh rodean, ehcribí como yo hablo. Porque una lee de to por ahí. Y he leío que ehto que nozotro hacemo cuando hablamo e una variedá orá del ehpañó o peó aún, der cahtellano. Y yo digo que ci el andalú e una variedá orá, el cahtellano, el italiano y el francé tambié lo fueron. Variedade orale del latín. Amo, que me digan a mí, que ezo que ce entiende como norma, no empezó ciendo máh que unoh apunte en unoh márgene de un libraco. Totá, que quiero poné mi grano d`arena en la evolución y er dezarrollo por ehcrito de nuehtrah habla. Y por ello, y como todavía no tenemo norma, ehtoy inventando reglah ortográficah a la pá que voy ehcribiendo. Ceguro que ar principio cuehta trabajo leé to ehto. Pero ci zomo capace de leé “jelou” donde pone “hello”, ceguro que cuando cigai leyendo, ar finá, lozojo y er cerebro ce acaban haciendo.

Zoy una apacioná del lenguaje y lah palabrah, ya lo he comentao por ehtoh lareh en otrah ocacione. Y zoy tambié una ferviente defenzora de loh pohtulao lingüíhtico que hacía el gran Jocé María Pére Orohco. La riqueza curturá der pueblo andalú, ce reprecenta en to zu territorio tambié mediante nuehtrah hablah. Er modo en que noh ehprezamo denota un dezarrollo del lenguaje máh avanzao que en otroh cazoh, porque la gente d´Andalucía, zomoh capace de decí má con meno y ezo, nozotro lo hacemo caci cin dahno cuenta. No ni ná. Cuando argún perzonahe cahtellano ce mete con nuehtrah formah de hablá, ce mete con mileh de añoh de curturah entrelazáh. Ce mete con nuehtro “no ni ná”. Y ezo ci que e de cateto. Y peó aún. Cuando zomo nozotro loh que concideramo que nuehtra forma de ehpreción eh peó que cuarquier otra, ehtamo negando nuehtra identidá y nuehtra memoria. Y ezo no pué ce. No tené identidá ni memoria eh no ce. Y no podemo no ce. Tenemo que zabé que zomo y qué zomo.

Lo único que diferencia un dialehto de una lengua o un idioma, pue que cea que er primero no cé ehcribe y tambié que no tiene un rehpardo político zuficiente. Y me da la impreción ciempre de que nozotroh mihmo noh echamo tierra encima. Ceñore y ceñora, lo digo ya, hablamoh ehtupendamente pa entendehno entre nozotra. Y pa ezo e pa lo que vale el lenguaje. Y ci argún día tenemo que empezá a ehcribí como hablamo, po tampoco paza na. Que ací ha pazao de ciempre. Vamo a relajahno y vamo a leé “Er principito” en andalú y to lo que haga farta. Y er tiempo, y la Hihtoria y nuehtra forma de defendé lo nuehtro, ya noh darán o quitarán razone. Pero no vayamo a ponehno mijita y a empezá con ñiñiñís, porque ací no vamo a llegá a nungún lao.

Y vamo a dejá tambié de ofendehno por pamplina y vamo a empezá a ofendehno por lah cozah importante. Que miruhté, que lo de loh zuhtítulo en la tele ehpañola pa mi no e ningún inzurto. E la ratificación de que hablamo otra coza y de que pa entendehno lah criatura de la meceta y de máh pa’llá, tienen que recurrí a ezah cocita. Iguá que cuando una va a la ópera y nontiende el italiano antiguo ajín en ceco y tiene que leé loh zuhtítulo d`arriba der telón. Y ezo no eh malo. No ce pué zabé de to. Por ezo noh tienen que zuhtitulá. Porque no entienen la maravilloza forma de ehpreción que tenemo. Que Madrí y loh zuhtítulo no zon er problema. Europa ci que eh un problema pa nozotro, que loh gachoneh ezo zon loh que noh hacen lah perreríah con nuehtro campo y con nuehtra pehca y con to lo importante. Ezo cí que tiene que cabreahno. Totá, que hay una jartá de coza que noh tenemo que hacé mirá y ehta e una de ella.

Y viá pará porque er correctó del ordenadó me lahtá dando mortá. Andaluceh levantao, pedí tierra y libertá.

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Natalia robles

Ilustración: pedripol

Estoy obsesionada con las palabras. Cada vez más y con más. Nombran realidades y se construyen en cada entorno. En estos tiempos se les pierde el respeto y esa pérdida es uno de los grandes males que nos acecha. La falta de pensamiento crítico, nos conduce a  un infierno que a la vez nos lleva a otros. No debería permitirse esa tergiversación ni la falsedad. Porque en cada palabra hay tiempo. Miles de años. Como en las piedras que formaban edificios, creencias y manifestaciones de otras civilizaciones. Y como con esas piedras, pasa que hay interesados en borrarlas, o en cambiarlas o en hacer creer que son otra cosa distinta a aquella que las originó. Porque condicionan nuestro pasado, y por ello, nuestro futuro.

El lenguaje es una capacidad exclusivamente humana y lo usamos, la mayoría de las veces, sin tener conciencia de su magnitud. O puede que sabiéndola, tal y como sucede con determinados medios de comunicación y poderes liberales, pero lo utilizan tergiversado para que nos estanquemos en estructuras sociales determinadas. Escuchamos que la “violencia” es promover acciones sociales organizadas por vecinos que pretenden poder vivir en sus pueblos. Pero no entendemos que “violencia” también son camareras trabajando 14 horas al día con condiciones laborales que ya no son laborales sino que pasan a ser otro tipo de relación entre humanos que también tiene nombre. Escuchamos que unos “radicales” en Charlotesville se creen racialmente superiores y han matado a personas; pero no escuchamos a los medios llamarles “nazis” ni “fascistas”. A las feministas sí que nos encasquetan eso de “nazis”, pero a estas criaturas, no. Así se produce rechazo al feminismo y por ende a la igualdad. Pero a los de Charlotesville no los llaman así. Y no los llaman “nazis”, porque es mejor llamarlos “radicales”, porque así los equiparan a otros que también nombran como “radicales”.

Dicen que son “radicales” los que luchan para defender su puesto de trabajo digno, los que se muestran en contra de organismos como la OTAN, los que defienden el derecho de autodeterminación de un pueblo o los que batallan derechos sociales e igualdad. Los medios de comunicación nos dicen en este caso, que aquellos “radicales” y estos, son lo mismo, “radicales”. Y de ahí, otra palabra, las dos formas de pensamiento son “extremismo”. “Extrema derecha” y “extrema izquierda”. Lo que mola es el “centro”. Así se desprestigia a la izquierda  y a las que exigen progreso y derechos sociales. Y esto de “izquierda”, está aún más devaluado. En su campaña, los del PSOE dicen “somos la izquierda” y, realmente, no lo son.

Más palabras. La “libertad” vale cuando es de mercado, cuando sirve para poder elegir qué teléfono móvil quiero, pero hasta donde digan los EE.UU, que eso sí que es una nación “libre”. “Libre”, pero los buenos colegios y los buenos médicos para las que puedan pagárselos. Hasta España fue “Una, grande y “libre”.

Los países pasan a ser “régimen” en función del petróleo o de las materias primas que posean. Y, por supuesto, teniendo en cuenta las relaciones comerciales que realicen con todo ello. Hay “régimen” cuando el país quiere controlar sus recursos, pero no hay “régimen” cuando los beneficios que se desprenden de esos recursos son para determinadas multinacionales.

Hay que tener cuidado. Nos colaron “hilillos” que no lo eran y casos “aislados” que ya me dirán ustedes el aislamiento que tenían. Nos hablan de “brotes verdes” y de una monarquía “campechana”. Nos dicen que hay personas que son “ilegales” y que “emigran”. No como nosotras que no “emigramos”, sino que trabajamos en otros países en condiciones miserables pero lo que hacemos es “aprender idiomas”.

Piensen en las palabras que oyen. Están intentando cambiarlas y falsearlas. Escuchen los relatos que se plantean desde la publicidad y los grandes medios de comunicación y discutan si son reales analizando cada palabra. En estos momentos es fundamental, porque es en esta forma en la que la estructura económica promueve determinado tipo de sociedades. Y la nuestra, cada vez se parece más a las distopías que se relatan en algunos libros que aún siguen llamándose de “ciencia ficción”. Y es posible que en algún momento, tengamos que dejar de llamarlos así.

Piensen detenidamente en cada palabra. Tengámosles el mismo respeto que debemos tenerle a la Historia, porque en cada palabra hay tiempo. Hasta miles de años, como en las piedras.

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Natalia robles

Fotografía: Jesús Massó

“…entonces yo creo que la posibilidad está en que la gente sueñe, en que la gente ame, porque la gente sueña y a la gente le gusta la fantasía, a la gente le gusta la imaginación porque la mente humana está hecha de imaginación…”

Silvio Rodríguez

La política, en la vida y en todas sus vertientes que son ilimitadas, nos arrastra y nos determina según multitud de factores, pero imaginar es el principio de la acción. Necesitamos de la imaginación antes de arrancarnos o volcarnos hacia una causa. En todos los ámbitos. Piensen en el amor (sí, el amor también es política y se ejecuta como tal) y en las veces o en las formas que han urdido para conseguir conquistar al ser amado. Primero, encontrar la predisposición. Después, una vez intuida esta primera clave, vamos desde la primera mirada hasta la primera palabra, imaginando entre tanto. Diseñamos un plan encaminado a satisfacer una serie de necesidades o intereses muy concretos. Si ese plan se traza de forma correcta y además la otra persona está dispuesta, se consigue realizar lo imaginado. Se construye a partir del pensamiento y este se fragua observando la realidad. Para lo bueno y para lo malo.

En Cádiz se han imaginado situaciones determinadas que se han realizado muchas veces, dadas las coyunturas concretas. Ha sido determinante, además, en muchas ocasiones, la fundamental situación geoestratégica de la ciudad y de toda la provincia. Por esta localización, que la hace expandirse al mundo, esta ciudad y sus puertos fueron claves para el comercio con continentes lejanos cuyas materias primas recalaban por aquí y con ellas abundancias variopintas. Y todo esto se imaginó porque es una frontera natural donde se puso “non plus ultra”, pero en verdad sí que tenemos “plus ultra” por los cuatro costados. Esa característica es enriquecedora y tiene, por esa misma situación, capacidad de trasladar lo que por aquí se cuela y extenderse más fácilmente a través de esta puerta en todas las direcciones. Alguien imaginó que Cádiz, debido a esa predisposición geográfica, tenida en cuenta en todos los tiempos, era el punto fundamental por el que iniciar un golpe de estado ilegítimo que barriera a base de sangre, mentiras y opresión a una jovencísima democracia que comenzaba a querer olvidarse de siglos de endogámicas monarquías. También alguien pensó que en esta puerta al Mediterráneo cabían bases militares para reposte de aviones y bombas. Todo esto y mucho más se pensó y se concretó en función de esta “capacidad” geográfica, de esta realidad determinante.

En ese sentido del cruce entre la imaginación y la realidad que nos ocupa, pensemos. Vamos a imaginarnos un futuro. Les invito a hacer un ejercicio conjunto y precioso. Yo me pongo y me imagino, en Cádiz, una unidad político-institucional trabajada que se solidifica en base a unos intereses comunes; sin paternalismos ni engrandecimiento de unas personas o siglas frente a otras. Y me imagino esta unidad interesada porque en esta ciudad, hace dos años, se dio un paso muy importante en este sentido; un paso que hay que fraguar de forma audaz. Imagino que comprendemos lo difícil que es ser cargo público de los de verdad honrada (en Cádiz ya existió alguno antes, por lo tanto son posibles) y confiamos de nuevo. Imagino que hay un tejido cultural y social, que siempre hubo aunque nunca tan organizado, que hace que la subjetividad del avance progresista de izquierda de verdad de la buena sea la que trascienda. Imagino que en esta ciudad nostálgica -tantas veces dicha de las dos caras- la carcajada eterna gana a la pena anclada y la esperanza rompe las rejas de los papelillos y las horquillas, aunque los respeta y los eleva. Y me imagino que es posible la política construida entre la mayoría de las personas que viven en Cádiz y que se han de beneficiar de ella y que todo se ejecuta pensando también en aquellas que tuvieron que irse a otros lares. Yo pienso que todo esto pasa y que gracias a ser puerta primera esta ciudad, entran estas ideas ejecutándose en tropel y se extienden estas formas porque las ganas y las necesidades nos sobran y son las que obran. Imagino y proyecto todo esto como principio de todo lo que puede repercutir en la ciudad. Porque, sinceramente, si se ha destruido tanto imaginando, piensen hasta dónde podríamos llegar por hacernos bien.

Imagino todo esto y me veo en el ejercicio, cercano y posible, de ponerme a trabajar para lograr esa imagen como una enamorada. Y advierto predisposición en mi objetivo porque observo claves que me hacen verlo todo alcanzable. Y voy guardando ganas de hacerle el amor mientras diseño y voy ejecutando el trabajo encaminado a satisfacer mi interés de amores. Creo que todo puede pasar, pensándolo, imaginándolo y viendo que hay una ciudad deseosa de ser abordada y desbordada por el amor y por estas ansias. Yo me veo entregada a todo ello acompañada por el deseo, por la imaginación y por todos y todas ustedes. Háganme caso, así se comienza y así todo sucede.