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Vivo en una casa del centro de Cádiz con cuatro vecinos, uno por planta incluyendo un partidito en la azotea. Gente mayor, casa tranquila, sin ruidos, vecindad de toda la vida que ha creado una red de cuidados de esas que mantienen viva esta ciudad barrio por barrio. Al fallecer la vecina del primero sus herederos dividieron el piso en dos y los vendieron. Apartamentos turísticos. La nueva propietaria de uno de ellos –venezolana afincada en Miami– se me presenta y me pregunta si puede dejar con seguridad unas bolsas en el descansillo delante de su puerta. Le digo que con la situación actual de gente que entra y sale no puedo asegurarle nada, que hace unos meses, antes de su llegada y la de sus inquilinos temporales, las podría haber dejado sin problema. Se siente interpelada y la conversación deriva en: “yo tengo que defender mi inversión”, me dice, “y yo tengo que defender mi modo de vida, para que la contienda sea justa no puede ser tu inversión contra mi vida, sino tu vida contra la mía”, le respondo. Entiéndanme el desvío metafórico y la salida maximalista de tono.

En varias ciudades españolas, objetos de interés turístico, la construcción de ciudad se está configurando desde una única perspectiva economicista que anula la vida de su ciudadanía y que se somete al interés del mercado: hoteles, pisos de alquiler temporal, tiendas, cafeterías, ocio especializado, terrazas que ocupan las plazas donde juegan los niños, etc. Se están diseñando ciudades concebidas para consumir y no para que sean espacios de socialización y vida en los que se fomente el debate, la creatividad y el apoyo mutuo. Las actividades e inversiones que dan aliento a estas ciudades están más dirigidas hacia una población pasajera que hacia quien la habita. Sometidas a criterios mercantiles, las ciudades compiten en atraer visitantes, en mostrar lo mejor de sí mismas, en venderse potenciando lo diferencial aunque, paradójicamente, cada vez se parecen más unas a otras. A las ciudades se les maquilla y se les pone la falda corta para venderlas y se les opera para extirparles lo que no se ajuste a los cánones mercantilistas. Tienen parte de razón aquellas voces empresariales que recuerdan que la relación en la que se basa el auge y desarrollo de las ciudades siempre ha sido comercial, mercantil, pero olvidan que el desarrollo, entendido desde una perspectiva contemporánea, tiene, al menos, cuatro vectores que atender: el económico, el social, el cultural y el ecológico (así lo proponen, por ejemplo, Jon Hawkes y Amartya Sen).

La ciudad sitiada alertas ante el escaparatismo
Fotografía: Jesús Massó

La ciudad ya no es un encuentro permanente de ferias y transacciones, sin que eso signifique que se quiera desterrar cualquier actividad mercantil de nuestras ciudades, qué tontería creerlo así. En realidad, ese es el discurso de aquellos que quieren lucrarse individualmente en situaciones de crisis y prometen, a quienes necesitan oírlo, la llegada de un maná en forma de turistas que va a repartir beneficios para todos mientras anuncian la destrucción de la ciudad si no se cede a esa posibilidad. Es verdad que también existe el discurso extremo contrario que ve al turismo como el invasor destructor. Ni tanto ni tan calvo. Inocular miedo al necesitado es una estrategia de manipulación que no suele fallar. En el caso de los primeros, los salvadores, la intención es exhibir la ciudad en un escaparate. Economistas, investigadores culturales, urbanistas, ecologistas y trabajadores sociales advierten de la patología social que puede producir un desarrollo desequilibrado basado exclusivamente en lo económico y los conflictos que se derivan de una apuesta de monocultivo económico. Veamos algunos de ellos.

Conflictos económicos. El mercado no ha desperdiciado la oportunidad de considerar las ciudades como un objeto de consumo más. Primero fueron las casas y ahora son las plazas, las calles e incluso la identidad de sus gentes. Una vez más, la necesidad de unos se convierte en el objeto de enriquecimiento de otros. Entre los efectos económicos negativos que la dependencia del turismo puede provocar se encuentran: a) la desigual distribución de ingresos. Los habitantes de ciudades que sufren una grave crisis económica y que están necesitados de ingresos, empleos y del alza de sus estándares básicos de vida ven en el turismo una tabla de salvación, pero en realidad tienen pocas oportunidades para disfrutar de las ventajas que esa economía conlleva. b) El carácter estacional y precario del empleo. El empleo generado por la industria del turismo crea espejismos en las ciudades que dependen de ella. La necesidad, la falta de asociacionismo y la identidad empresarial impersonalizada se traducen en condiciones laborales mermadas como son la inseguridad médica, escasa formación, falta de control de horarios, temporalidad o no reconocimiento de la experiencia. c) La subida de los precios en vivienda. El aumento de precios en el parque habitacional de las ciudades turísticas, debido al alza en las demandas, supera el aumento de la carestía de la vida y eso afecta a aquellos residentes locales que no pueden afrontar dicha subida ya que sus ingresos no aumentan proporcionalmente. d) Aumento del precio de los servicios. Esta demanda externa también se traduce en aumento del precio de los servicios y en el aumento de la inversión pública en infraestructuras para satisfacer las necesidades y exigencias del visitante y de las multinacionales y grandes empresas que negocian con ellos.

Conflictos sociales. a) Desde las administraciones entregadas a la causa turística, el grueso de las inversiones públicas se centra en áreas destinadas al visitante y no en aquellos barrios o zonas donde reside la mayoría de la población y donde necesidades básicas quedan desatendidas (centros de día, colegios, seguridad, pavimentación, etc…) b) Las relaciones humanas se pervierten si vemos a los visitantes como clientes a los que esquilmar. c) El exceso de visitantes y de terrazas provocan una congestión del espacio público. e) De todos estos factores se deriva un cambio poblacional en los barrios que se traduce en la desaparición de colegios, zonas de recreo infantil, comercios de compra o uso cotidiano como zapateros, tiendas de barrio, etc. La pérdida de vida de barrio también hace desaparecer aquellos espacios u organizaciones de colaboración mutua: asociaciones barriales o vecinales, asociaciones de comerciantes, ampas, plazas y parques relacionales.

Conflictos culturales. La comida, el patrimonio histórico, las tradiciones y la identidad no solo son buenos reclamos publicitarios sino que permiten establecer un tipo de relaciones fructíferas entre turistas y habitantes de la ciudad, un tipo de enriquecimiento mutuo que puede verse perjudicado si se establece a través de criterios económicos excluyentes o, incluso, de intransigencia o superioridad identitaria o étnica. a) Mercantilización de la cultura. La cultura ha ejercido un papel sustancial en algunos procesos de aburguesamiento de áreas. Entender la cultura solo como atractivo turístico impone una visión de la cultura como recurso insustancial y de consumo, sin capacidad transformadora. b) Identidad. La realidad turística supone la posibilidad de encuentro entre diversas culturas e identidades. Grave error cometemos si pensamos que la identidad que cada ciudad contiene es un simple atractivo diferenciador para vender marca, olvidando que las identidades de los pueblos tienen sentido en su propia evolución c) Patrimonio. Las ciudades o entornos históricos o naturales que se promocionan como destino turístico patrimonial se someten a riesgos que deben ser atendidos por las instituciones responsables. Deprime pensar que nuestros modelos culturales y patrimoniales se aborden desde la perspectiva de uso del turista y no de la riqueza de saberes y conocimientos que puede producir en nuestra ciudadanía. Lastima ver que nuestras ciudades, con su patrimonio cultural e histórico sean entendidas como productos de consumo para turistas que traen beneficios económicos inmediatos, obviando su capacidad de generar capital simbólico para nuestros habitantes.

Conflictos medioambientales. El impacto medioambiental que genera el desequilibrio y la falta de control de un turismo masificado está siendo motivo de conflicto para diversas administraciones municipales y regionales. a) El exceso de consumo de materiales no biodegradables, el sobreconsumo de energía, el transporte no ecológico, la ingente cantidad de residuos que se genera, la concentración desequilibrada de todos estos problemas en áreas no preparadas para soportar este crecimiento desmedido necesitan de medidas políticas destinadas a paliar los gravísimos efectos negativos que producen en nuestro entorno y en problemáticas globales como el cambio climático. b) El turismo se siente atraído por espacios cuya calidad del aire y entorno ambiental estén cuidados, aunque luego presente inconsistencias directas a la hora de mantenerlo debido a su estadía pasajera, e indirectas al exigir aeropuertos cada vez más cercanos al destino, puertos sometidos a las empresas de cruceros, instalaciones adaptadas a sus demandas, accesos a las playas, campos de golf hipercuidados, marinas acondicionadas a sus atraques, construcciones que no respetan distancia con la costa, provocando masificación de visitantes en espacios cuyos servicios no están preparados para satisfacer sus básicas necesidades vitales, contaminación acústica, contaminación lumínica o generación masiva de residuos y causando cambios drásticos en la zoología, orografía y en el equilibrio ecológico de ciudades y entornos turísticos.

El turismo puede ser un motor de desarrollo, pero hay que vigilar su crecimiento desequilibrado, evitar que genere desigualdades, controlar que no se apropie de nuestras casas o de nuestras calles, que genere beneficios bien repartidos, que sea un creador de empleo digno, que sea respetuoso con nuestro patrimonio, con nuestra identidad y su evolución, que entienda y enriquezca nuestra cultura, que no sea impositivo ni demande transformaciones perversas y que no ejerza su poderío económico en desplazar a los y las habitantes del lugar. Se trata de que el capital y el espacio público invertidos generen beneficios para toda la ciudadanía y que sea ésta quien lidere los procesos de esa inversión. Se trata de evitar la explotación, la acumulación en pocas manos y el enajenamiento de lo que la propia ciudad produce y de aquello en lo que la propia ciudad invierte. Se trata de enriquecer la identidad propia con la “contaminación” de las culturas visitantes. Se hace necesaria una planificación estratégica que tenga como objetivo la mejora de la calidad de vida, la sana relación de los habitantes entre sí y con los visitantes. Es necesario consensuar cuál es el modelo turístico apropiado que permita situar a la ciudadanía en el centro de la política turística, porque asusta pensar que estemos ante un proceso encubierto pero acelerado de privatización de las ciudades.

La ciudad son sus niños, sus jóvenes, sus mayores, sus colegios, sus zonas de recreo, sus comercios locales, su entorno geográfico y, por supuesto, las relaciones que se establecen con la población pasajera. La realidad en la que convirtamos nuestras ciudades tendrá mucho que ver con la sociedad que estemos construyendo; por ello, alertamos sobre lo que puede ser un espejismo producido por una necesidad urgente de revitalización de la economía de esas ciudades, pues ya sabemos lo que tienen las crisis, que producen enemigos débiles a los que echarles las culpas a la vez que producen falsos mesías y falsos manás.

Tiempo de lectura 💬 3 minutitos de náPaco cano

Ilustración: pedripol

A cierta edad, una carta a los reyes magos es más bien una plegaria a aquello que no puedes entender con lógica humana o normativa. Y yo, en mis plegarias, suelo pedir para otros; este año voy a pedir libros para todos.

Para los y las artistas que alumbran y embellecen nuestro camino diario, pido a los reyes magos que les traigan libros que hablen de belleza y cuidado colectivo para ayudarles a seguir transmitiendo conocimiento, a seguir creando problemáticas que nos enriquezcan, a seguir  compartiendo inteligencias. Crear produce nuevas visiones, nuevas solidaridades y compartir la creación ayuda a transformarnos, a mejorarnos. Después de contemplar o leer una buena obra, ya no somos los mismos.

Para los y las artistas cuya obra no tiene discurso porque nada tienen que aportar desde su mediocridad, pido que los reyes les traigan poético discernimiento, sabiduría y destellos para comprender que hacer arte significa construir conocimiento para sí mismo y, si lo exhibes o entregas, para los demás; y si lo que construyen son piezas avaladas por falacias y mentiras no son artistas, son macarras de la artesanía con pretensiones. Muchos libros de poesía para unos y otros.

Para las y los periodistas que valoran la información frente a la insinuación, para los que se la juegan en nombre de la verdad más profunda y de la honestidad más sincera enfrentándose a poderes que trascienden la posición personal, les pido a Melchor y compañía ensayos de ética que les generen resistencia, energía e imaginación para no ceder ante lo inmediato y mantener la integridad. El buen periodismo nos hace más libre, nos amplía el respeto y el pensamiento y nos ayuda a no dispersarnos; a  ser íntegros. La información también es y debe ser formación. (Miguel Mora sabe de esto: Periodismo para tiempos corruptos )

Para los y las periodistas que se esconden tras el derecho a la información libre para engrasar la maquinaria del fango y para generar basura, deseo que los magos les concedan luz para saber distinguir entre la venganza y la información, entre el interés colectivo y su interés empresarial, entre lo público y lo privado y que les traigan respeto por sus compañeros y compañeras periodistas con mayúsculas, que entiendan que Inda y Sálvame -tienen su versión local- no son periodismo y que no todo vale en nombre del corporativismo sin escrúpulos. Que les traigan muchos libros de ética y de filosofía.

Para las y los políticos que creen en el bien común, que trabajan por el buen vivir de sus conciudadanos, pido a Gaspar y sus colegas que les traigan relatos de esos que provocan conciencia, que incitan a repartir más amparo entre los débiles y que producen capacidad de memoria y de acción. La política como ejercicio de solidaridad y entrega al colectivo dignifica a la sociedad que representa.

Para las y los políticos sin más vida que la intriga y las cloacas de partido, sin más conciencia pública que la que encuentran en su propio ego, sin más conocimientos ni carrera que la maquiavélica escalada partidista y cuyos proyectos de vida están centrados en generar una ristra de cadáveres, pido un cuento de navidad dickensiano que les advierta de la ausencia de valores que van a transmitirles a sus hijos, un cuento de navidad que les enseñe el mundo fuera de su mundo: sin amigos, sin cobijo, sin proximidad; nada les va a quedar. Así que relatos, cuentos y fábulas didácticas para todos ellos.

Para aquellos miembros de la comunidad que se esfuerzan en crear ciudadanía, proyectos colaborativos, posibilidades para el común y que lo hacen desde lo próximo, deseo que los de Oriente les traigan coraje y perseverancia para articular voluntades y sensibilidades múltiples (José Manuel Hesle da claves en la misma línea: Cargaitos de buenos modos). El nuevo papel de la sociedad civil y su reinterpretación de  relaciones con lo institucional, está devolviendo dignidad a las ciudadanía.

Para los vecinos que no entienden que un ecosistema sobrevive gracias a la diversidad y no admiten que hay muchas nuevas maneras de construir sociedad y de construir ciudad, pido a los reyes vagos –así les llama mi amigo Antonio- que  Baltasar les traiga empatía y pensamiento crítico para poder difuminar la monocromía de una ciudad acabada y caduca; que les traigan capacidad de inclusión para aprender a incorporar lo nuevo y lo diferente. Novelas biográficas para todos los vecinos y vecinas de la ciudad.  

Si los magos nos conceden estos mimbres, por epifanía, tendremos el material necesario para que el modelo de ciudad y de sociedad que soñamos esté más cerquita. Aquí, en Cádiz, hay artistas deslumbrantes e inteligentes, periodistas éticos y responsables, políticos honestos y comprometidos -en todos los partidos- y ciudadanos solidarios y propositivos. Muchos. Ellos deben llevar la antorcha de la creación de ciudad y alumbrar al escaso grupo que aún se mueve en la venganza y la destrucción del común. Que los reyes magos, esa construcción que trasciende el sentido de la lógica, les dé Oriente a todos ellos.

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Paco cano completa

Fotografía: Jesús Massó

Están quienes lo saben, intuyen y predicen todo –aunque no acierten- y luego estamos aquellos a quienes nuestra propia realidad social y nuestra capacidad analítica nos parecen limitadas y desenfocadas (el talento, que reside en ninguna parte o en todas, nos ayuda a movernos dentro de nuestros límites). Yo, cada día, veo más extraños e inesperados  aquellos sucesos que trascienden el ámbito tan reducido en el que habito y, cada día, acierto menos al predecir futuros o intuir realidades colectivas; a pesar de las redes y del infinito océano internaútico en el que buceo a menudo. Eso sí, a veces puedo sentirme desconectado, desinformado e incluso desorientado, pero nunca bloqueado.

¿Cómo iba a imaginar la victoria de Donald Trump si mis amigos en Nueva York, Washington o Los Ángeles son personas que creen en la igualdad, el respeto y la diversidad? Y eso que aún tengo clavada en mi retina la miseria y el olvido que vi en las afueras de Shreveport (Louisiana) o el microrracismo, casi imperceptible pero constante, que se respiraba en cualquier calle norteamericana ¿Cómo voy a entender que en España el PP siga siendo votado de manera masiva si con quienes hablo a diario es gente honesta,  de progreso y responsable socialmente? Y eso que puedo intuir en el centro de salud,  en los bares, en las instituciones o en los autobuses el poco respeto que se le tiene a lo público y la vanagloria de quienes se han codeado con el poder para beneficio propio; o el contento a voces de quien engaña al Estado aunque sea un único euro. ¿Cómo asumir el poder del miedo -canalizado en Cádiz a través de los “medios del fango”, las redes y las maledicencias callejeras- si mi entorno es valiente y comprometido?  Y eso que, cada día, amigas, compañeros y yo mismo somos atacados con la saña que genera la envidia y la mediocridad de los que sí padecen miedo. Miedo a perder lo que tienen porque saben que no les pertenece. Un miedo que les lleva a ponerse en evidencia ellos solos; es lo que tiene el miedo.

Entender que están por ahí, por aquí, no te hace creer que puedan ser mayoría hasta que llegan los resultados: Trump, Rajoy o veinte años de teofilato.  Es entonces cuando se evidencia el devastador efecto de la basura televisiva que convierte la vulgaridad y el odio en Presidente de los Estados Unidos; es entonces cuando entendemos cómo, desde los medios y las empresas que los manejan, se valida y se promueve la banalización, el robo a espuertas y el esquilme del Estado hasta conseguir ocho millones de votos o cómo desde el terrorismo bloguero, las redes o los periódicos locales se difunde la falacia y la mentira para anular al contrario y que sigan siendo privilegiados unos pocos,  los de siempre. Sin escrúpulos. Y aún así, no nos paralizan.

No nos engañemos, no son mayoría. Son solo cuatro o tal vez veinte. La mayoría es la gente mal informada que se cree lo que ve en la televisión y asume, sin rechistar, los modelos que nos presentan como triunfadores -así ha hecho su carrera Donald Trump. La mayoría es la gente que, a través de Telecinco, Canal Sur o Diario de Cádiz asume identidades e informaciones manipuladoras sin cuestionarlas. La mayoría no es el empresario acostumbrado a defender su posición oligárquica a base de extorsiones y amedrentamientos, ni  la burda y chabacana columnista acomplejada que insulta a quien la ensombrece, ni el mediocre artesano que se exalta en las redes en busca de una gloria inmerecida, ni la funcionaria que gasta más tiempo en difamar que en trabajar y aportar. La mayoría es la que se apoltrona ante la televisión tragando mierda, la que calla ante las injusticias que sufren sus compañeros de trabajo, la que se apunta a odios ajenos con  sus “me gusta” (imprescindible el último capítulo de la tercera temporada de Black Mirror) o quien confirma que visita los nidos de la intolerancia fascista solo “por morbo”. También los que miran para otro lado. Los instigadores serviles solo son cuatro, o tal vez veinte,  aunque consigan –a través de pantallas y ventanas mediáticas-  sesenta millones de votos en Estado Unidos, ocho millones en España o veintitantos mil en nuestra ciudad para mayor gloria de sus amos. El resto, la mayoría, es silencio pasivo. Complicidad y miedo contagiado.

Aquí, en Cádiz, estamos logrando cambiar el silencio y la boca abierta que provoca el espectáculo obsceno para transformarlos en diálogo y debate sin ensañamiento. Poco a poco. Resulta esperanzador ver cómo una comunidad plural trabaja de manera propositiva y desinteresada en el proceso participativo de las mesas de la EDUSI. Es alentador saber que el Patronato del Carnaval tiene ahora más voces, es más horizontal y recoge un mayor número de sensibilidades. Y es ilusionante comprobar que se ha construido un Plan Director de Cultura consensuado por todos los agentes que quisieron participar y que van a disponer de un documento de actuación flexible, permeable y abierto a las modificaciones que el propio tejido cultural de la ciudad decida. Lo nunca visto por estos lares.

El camino ya ha comenzado y ahora nos toca luchar para resistir, para aislar a quienes ladran cada día más fuerte aunque cada día muerden menos. Nos toca luchar para entendernos como unidad, para evitar la dispersión, el aislamiento, para mantenernos firmes en defender los nuevos modelos y modos de comportamiento, para cuidarnos en lo común. Nos toca, además, difundir esas luchas, esparcir igualdades y provocar  pensamientos refrescantes, iluminadores. El bloqueo, la dominación y la parálisis tienen los días contados y la próxima vez, los “ocho más dos” concejales serán dieciséis o tal vez veinte y estarán unidos, los ocho millones de votos serán solo cuatro y lo de Trump…ya veremos cuánto dura. Aunque quizás me equivoque de nuevo  y haya que seguir trabajando para difuminar el miedo.

Tiempo de lectura 💬 2 minutitos de ná23231241 1591043720919133 8179092307275713353 n

Fotografía: Juan José S. Sandoval

“El espectáculo es la afirmación de la apariencia y la afirmación de toda vida humana, o sea social, como simple apariencia….El espectáculo es lo contrario del diálogo.”

–Guy Debord–

Fueron muchos los disparates económicos y sociales que se cometieron en esta ciudad durante los últimos veinte años; fueron muchas las acciones de maquillaje, muchas las actuaciones epidérmicas y  muchas las iniciativas propagandísticas de imagen frívola y soberbia. Era necesario gastar para aparentar. Gastar en intervenciones vacuas y gastar en contarlo para aparentar movimiento continuo. En ese mundo del espectáculo, las intervenciones urbanísticas fueron, posiblemente, los disparates más disparatados. El exceso del segundo puente, el paseo-mirador de Santa Bárbara y las antorchas de la libertad –los monolitos o los mamotretos, según- son solo algunos ejemplos.

En los cuatro años que los monolitos del Bicentenario, el Queco y la Queca, llevan entre nosotros han protagonizado una de las más insólitas historias de desamor y desapego conocidas entre arte público y ciudadanía. La indignación inicial por su desmedido coste y su estética fallida pasó con extrema celeridad a la indiferencia más absoluta. Como si no estuvieran. De hecho, hoy en día lucen estropeados, aunque nadie se de cuenta porque no se les mira; ni siquiera se miran entre ellos, como parecía la intención inicial del artista-arquitecto que los proyectó.

Desde una interpretación contemporánea de qué es y para qué sirve el arte público, la propuesta era desacertada y poco actual. Igualmente fallida, desde mi cuestionable opinión, era su propuesta estética y, desde el concepto de arte participativo, la pasividad a la que se somete a los gaditanos con sus mensajes, que transmiten unos valores simplistas, maniqueos e ingenuos resulta insultante. En consonancia, tal vez, con esos mensajes de mundo feliz que se proyectaban en las pantallas que pueblan la ciudad. Cádiz mejora se atrevían a decir algunas.

No sé qué debería hacerse ahora con esos intrusos que nos han colocado y que nos recuerdan una convivencia insana. Hay propuestas para que sean la voz escrita de la voluntad popular y que se consensuaran los mensajes que en sus pantallas aparecen, que proyecten los bellos y sugerentes Aerolitos de Carlos Edmundo de Ory, por ejemplo; hay propuestas para que sean trasladados; e, incluso, la más deseable de convertirlos directamente en chatarra.

Los políticos siempre aluden a la participación ciudadana pero se muestran remisos a la hora de dar espacio a esa colaboración. Hay que recordarles que la ciudad en su conjunto debe ser entendida como un escenario de conocimiento, de cultura y de convivencia y que, por lo tanto, debemos configurarla entre todos. Los ciudadanos no solo estamos para consumir cultura y educación, también podemos gestionarlas y diseñarlas en interés común. Así viviremos la ciudad y sus aconteceres como nuestros; así la ciudad nos socializará y así nosotros la humanizaremos.

Fotografía: Juan José Sánchez Sandoval

Tiempo de lectura 💬 6 minutitos de náEl tercer puente reducida 07

Hace unos años invadió las calles de esta ciudad una campaña turística que rezaba Cádiz, Ven a Conocernos. ¿Para qué y por qué se invitaba a visitar Cádiz a quien ya estaba aquí? Pregunté y nadie me confirmó que la campaña se hubiera llevado a cabo más allá de Cortadura. No era, en definitiva, una campaña para promocionar Cádiz sino para decirnos a los gaditanos: mirad, hacemos cosas, inútiles pero cosas. Gastamos dinero, malgastamos dinero.

Algo así ocurre con el cartel de Carnaval –algún profeta listillo predijo que no se hablaría de esto en El Tercer Puente; mira tú por dónde, se equivocó y mira tú por dónde lo que va a leer a continuación no le va a gustar demasiado. Decía que algo así ocurre con el cartel del carnaval. Se ha hecho creer que debe hacerse para los gaditanos, aunque en realidad es una herramienta para promocionar el carnaval allende Torregorda; una manera de incitar a conocer la ciudad y su fiesta mayor. Promoción turística. Así entendido, el cartel del Carnaval tiene un público identificado claro, el potencial visitante. Obviamente debe contentar a la gaditanía porque les va a representar, pero el destinatario final está fuera de Cádiz.

El cartel, como herramienta promocional, debe huir de localismos ininteligibles en otras ciudades, de ombliguismos vergonzantes o de autorreferencias que limiten su capacidad comunicadora. El cartel, como herramienta visual, debe respetar y aprovechar los códigos que una disciplina como la cartelería impone y propone, ya que no debe ser la adaptación gráfica de una pintura –puede serlo si la obra pictórica reconoce lo gráfico como producto final y se concibe con los códigos antes mencionados; es decir, si se hace una pintura pensando en que va a ser un cartel. Pero si no es así, para ello hay diseñadores gráficos y cartelistas especializados en ese lenguaje, en esa disciplina que bien trabajada es en sí misma un arte.  De ese modo, tanto como elemento de marketing como pieza gráfica, la obra seleccionada debe ser merecedora de representar el Carnaval de Cádiz fuera de la ciudad porque esté técnicamente bien ejecutada y porque puede cumplir su función comunicativa. Hay que ser muy exigente en ambos aspectos.

Tipografía, composición, colorido, calidad ilustrativa, trazos, transmisión de mensaje, de valores, generar interés, informar, atraer público, etc. Son muchas las cualidades que debe tener un buen cartel y muchos los elementos sometidos a análisis y si se valora el producto a vender hay que valorar la herramienta que lo vende. Cualquier especialista en la materia, así como diseñadores gráficos y otros artistas conocedores del contexto estarán de acuerdo en lo anteriormente expuesto; aunque el debate sigue abierto y ojalá se profundice en él con conocimiento, respeto y apartando los egos. Tarea muy complicada.

El Ayuntamiento gaditano propuso, este año, un nuevo modelo de selección de cartel del Carnaval 2017. Una serie de profesionales -catorce exactamente- de diversos ámbitos y relacionados con las artes, con el Carnaval y con la administración municipal revisaron los más de cincuenta carteles presentados a concurso. De entre ellos, había que seleccionar los que se entendiera como dignos para representar la fiesta fuera de la ciudad, aquellos que representaran a la ciudad desde la modernidad, la novedad, la buena ejecución técnica, el uso de un lenguaje contemporáneo y que respondieran a una eficacia comunicativa.  A la preselección del jurado, le siguió una votación popular para elegir el cartel ganador.

Entre las obras presentadas había pinturas buenas, regulares y malas; diseños gráficos buenos, regulares y malos. Algunas piezas cuyos argumentos eran más plásticos que gráficos; otras que jugaban con chistes locales o algunas que -desde lo artístico, lo representado, lo técnico o lo semántico- poco aportaban. Algunas que o bien parecían carteles ya vistos o bien transmitían una imagen caduca de la ciudad o bien se perdían en lo excesivamente identitario o bien estaban pésimamente ejecutados. Había que ser estrictos y hacer una criba exhaustiva; así lo exige la importancia del objeto.

De manera consensuada, y tras un productivo debate, se seleccionaron ocho piezas, cada una con la explicación necesaria que justificaba su selección. Eran, éramos, catorce profesionales con criterios muy variados, cada uno aportando su profesionalidad, experiencia y conocimiento y decidiendo sin imposiciones y desde la inteligencia colectiva. Catorce personas a las que hay que respetar su decisión.. Especialistas en tipografía aportaron sus criterios, especialistas en diseño gráfico el suyo, especialistas en arte otro tanto y especialistas en el carnaval aportaron su visión. Decisión democrática consensuada, mal que le pese a algunos. Seguramente, otros catorce miembros diferentes hubieran seleccionado otras obras diferentes y seguramente también hubieran acertado

En cuanto a la selección no hay más debate, por tanto, que el que ciertos egos quieran plantear haciendo de un asunto suyo personal una cuestión colectiva y el de quienes, desde una estrechez apodíctica y apoyándose en cárteles de presión mediática o a través de las redes, han intentado atacar a los sujetos en vez proponer defensa de los objetos. En definitiva, la misma mediocridad de siempre de aquellos que no aceptan que las cosas están cambiando y que se pueden hacer con otros modos y otras maneras. Ya conocemos la falta de educación en debate de quienes en redes y medios vociferan la pérdida de lo que consideran que les corresponde. No se acepta la decisión y se ataca al Ayuntamiento, al jurado, a los otros artistas, a las obras en sí mismas o a cualquier elemento con tal de no aceptar la diversidad de criterios.  En definitiva, modales de siempre revestidos de falsa actualidad; cualquier cosa antes que reconocer que la obra presentada no era adecuada o que no ha caído en buen momento o que otro año será. Aunque la exigencia deba ser la misma, los criterios variarán.  Que haya suerte la próxima vez.

Apartado ese mundo de egos, cárteles y paranoias, habría que profundizar en el verdadero conflicto productivo; el que de verdad hay que promover, el que genera conocimiento, que es otro muy distinto y que tiene una doble línea de análisis.

Por una parte, habría que discutir qué función tiene un cartel y cómo los artistas tradicionales deben asumir la llegada de quienes trabajan con otras técnicas y tecnologías o con medios más adecuados a la intención del producto. Resulta sorprendente, al respecto, que  en aquellos tiempos en que la litografía o la serigrafía tuvieron repercusión comercial y social se desarrollara la cartelería fuera de los ambientes puramente pictóricos y que aquellos artistas plásticos entendieran la gramática de lo gráfico adaptándose a ella sin ningún tipo de complejo. Hay estupendos ejemplos en esa joyita que es el casi ignoto Museo Litográfico de Cádiz.

Eso respecto a lo técnico y comunicativo. Pero, y aquí entra la segunda parte del debate necesario ¿cómo afrontar el papel de la ciudadanía en la selección del cartel?, ¿cómo seleccionar de manera colectiva algo que representa a la fiesta mayor de la ciudad –y a la ciudad por extensión- y que debe respetar unos códigos desconocidos para la mayoría?. Los procesos participativos siempre son complejos de abordar y exigen metodologías configuradas de manera específica para cada caso que se presente. Este no es una excepción.

Muchos de los creadores con los que he podido hablar abogan por una profesionalización de la toma de decisión final. Es decir, que sean profesionales quienes decidan qué cartel resulta ganador. Quizás no les falten razones, teniendo en cuenta que hay elementos necesarios que resultan previos a una participación ciudadana abierta. A la ciudadanía hay que darle información para que conozcan sobre qué se les consulta; pero, además, hay que darle formación para que sepan cómo procesar y cuestionar esa información recibida. Solo así podrán tomar una decisión final más o menos acertada; más o menos justa.

Se podría haber planteado un proceso de selección compartida durante varios años que dejara la decisión final en manos de profesionales y que promoviera una formación de la ciudadanía durante ese periodo, dando claves y conocimiento al respecto y transfiriendo información para que al cabo de unos años la ciudadanía decidiera por sí sola o se podría haberlo abierto, desde ya, a una decisión “a pelo” por parte de la gaditanía, realizando esta la elección final de manera abierta y directa. Creo que a la fórmula puesta en práctica se le debería añadir unas acciones de información y de pedagodía que aportaran claves interpretativas y que aclararan dónde reside el mérito de las piezas seleccionadas.

En cualquier caso, este año, acertado o no el proceso, hemos aprendido mucho. Se ha abierto el debate –no el debate personalista y conspiranoico que han propuesto algunos sino un debate serio sobre el objeto, sobre el cartel y sus repercusiones- se han evidenciado carencias pero se ha actuado con criterio y buenas prácticas. Se está preparando, de hecho, un par de encuentros para reflexionar de manera colectiva sobre este asunto. Bienvenido sea, por tanto, el conflicto propositivo. Años atrás, el cartel se decidía entre tres o cuatro personas y la calidad de las elecciones, salvo escasas excepciones, es cuestionable; muy cuestionable. En algunos casos se criticaba la decisión, pero no recuerdo que se cuestionara el proceso por muchos de los que ahora protestan y eso sí que es sospechoso.

Creo que la criba exhaustiva que se ha llevado a cabo este año va a atraer a buenos profesionales de la cartelería, el diseño gráfico y la comunicación en las próximas ediciones, lo cual repercutirá en el incremento cualitativo de la colección de carteles del Carnaval. Espero que el jurado del próximo año mantenga los criterios exigentes tanto desde lo comunicativo como desde lo técnico, aplicando sus conocimientos propios y sus propias valoraciones. Al fin y al cabo, como fiesta de interés turístico internacional, el Cartel del Carnaval de Cádiz se exhibe en todas las oficinas de Turismo de España y si no se cuida esa imagen volveremos a malgastar tiempo y dinero solo para contentar a esa hidra gaditana que, una vez reconocida su propia mediocridad, está dispuesta a hacer suya cualquier batalla de egos ajenos.

Fotografía: Juan María Rodríguez