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Pilar cavero

Ilustración: pedripol

«¿Qué hacen los turistas en los Carnavales? ¿Por qué vienen? ¿Por qué llevan esa nariz de payaso o esa peluca de los chinos? ¿Acaso conocen El Millonario? ¿Tienen idea de lo que es un tres por cuatro? ¿Se enteran de algo?» Aquí un botón, a lo Callejeros del Carnaval.

Había pasado el fin de año y casi todas las fiestas sola, como de costumbre, y en vez de tranquilidad tras los esquivados empachos navideños me iba poniendo nerviosa. Se lo contaba a mis amigas pero no descubrí qué pasaba hasta que, bajo el edredón y mi portátil, buscando instintivamente vídeos del concurso en el Falla, entendí que tenía mono. De Carnaval y de sur. Ya era febrero, miré la cuenta del banco y la lista de encargos de mis clientes, y me compré los billetes. «Ya veré dónde me quedo, de momento me voy». Y me calmé.

Llegué el miércoles (¡me había cogido casi una semana!) cargando una mini-bolsa con las mudas, unos vaqueros, tres camisetas, jersey, abrigo «que va a hacer frío», las botas comodín que valen para todo – nada demasiado nuevo ni elegante – y un neceser mínimo sin pinturas pero con desmaquillador. Ningún libro, los compraría allí y me surtiría de libretos. Además, ocupando un tercio de la bolsa que me admiten en el embarque, un albornoz viejo que alguien me había dado y parecía un buen avío para el disfraz. Ya no salgo a la calle, si coincide, el viernes de la final, ni me disfrazo los laborables por la mañana, pero me gusta ir disfrazada. Inventarme un tipo, también, pero para aguantarlo tengo que estar muy motivada y rara vez sucede. Este año iría de -le saqué un uso al albornoz mientras llegaba el tren a San Fernando- ‘la salía de la ducha’.

No me apetecía llegar enseguida al hostel y de camino me costó encontrar un bar que fuera un bar y no una cafetería, o peor, un gastro-bar y modernidades similares, obscenas y tristes. Imagino que los de Cádiz veis la evolución como yo de año en año, o de tres en tres. En la plaza San Francisco encontré uno. Oscuro, tres clientes (menos gente que trabajando), uno con el diario, otro mirando la tele, el tercero de parla con un camarero, ninguno consumiendo. Pedí una cerveza y salí a beberla acompañada de cigarrillo. A mirar. No había nadie, cuatro gatos, dos de ellos turistas tomando una copa, café o cenando a media tarde en la terraza del bar de al lado. Me reí. A Cádiz suelo venir sola, y si en carnavales estoy con amigos, enseguida me pierdo y me pongo a charlar con alguien, me río o sueño. A mi ritmo. Me reí recreando tópicos ¡qué error! ¡qué horror! pensando en mi amiga Marta. La noche anterior estuvimos hablando de mi viaje mientras tomábamos una copa en un bar del barrio: «¡Qué suerte Pili! Mañana de cachondeo. Las calles de Cádiz llenas de gente pintada y bailando… en los bares las copas baratísimas… los camareros ligando, contándote chistes y sacándote a bailar…» Creo que no habló de toros. Me giré hacia adentro del bar y me fijé en el camarero del 5º Centenario.

El hostel era una casa entera menos una vivienda. En el patio había una mesa para la recepción y armarios con cosas. En la cocina, comunitaria, dos ollas enormes al fuego de las que salía el ambientador de la casa: menudo. No son de ningún huésped, ‘se preparan para el bar de al lado que no tiene licencia de cocina’. En la habitación mixta, con 16 camas-litera y un baño, se encontraban un cincuentón de Alemania o más al norte, vestido de ciclista. En seguida llegaron un gallego tímido y su amigo con acento francés, nombre italiano pero residente en Gibraltar, que podrían ser mis hijos… si me hubiese dado mucha prisa, y una yanqui, también joven, simpática, tranquila… y muy perdida. No se enteraba de nada pero sonreía. El hostel estuvo medio vacío entre semana. El dueño se me quejó de ello varias veces. Y de lo ajustado de los precios, de la competencia desleal, de los créditos de los bancos, de que le habían echado del bar la noche anterior o de que no le habían echado y apenas había tenido tiempo para dormir.

La primera mañana, no muy pronto, le desperté porque no había agua caliente en la ducha. Era la toma de contacto. La noche anterior había estado entre el Pópulo y Candelaria con una buena bienvenida de callejeras. Entre las dos y las tres, deambulando y escuchando, me encontré con una amiga de Sevilla y luego con uno de Jerez. Nos alegramos (no nos esperábamos) y los «¡hola!» «¿qué tal?» «¡cuánto tiempo!» pasaron enseguida a «es que esto es increíble» «¡qué bonito!» «¡qué suerte de estar aquí!». «¡Shhh! ¡Vamos a escuchar!». No me había disfrazado ni pintado, así que sabía que esta primera ducha no iba a ser la más importante. «Si los próximos días hay agua caliente, me vale. Sólo necesito un colchón y un baño. Los años de dormir en la arena de la Caleta o en una furgo, como el año que vine con novio, se han acabado.»

Debí llegar a eso de las 4 o 5. El sitio estaba tranquilo y a oscuras, todos dormían… y descansé. Una novedad que incorporé este año fue la organización, el orden y la medida. Algo que no suena mucho a espíritu de carnaval pero que me vino  muy bien. No tengo claro hasta que punto hay más gente que lo practica habitualmente. Decidí que a pesar de que me despertasen los ruidos de algún compi de cuarto haciendo la maleta para irse a primera hora o simplemente roncando más de la cuenta, y aunque no pudiese volver a dormirme y el ansia de calle, de carnaval y de Cádiz me llamase a través de los rayos de sol que ya entrasen por la ventana, no, no me iba a levantar. Jugaba con ventaja: estaba de vacaciones y hasta las 12, con Noel Rosa en la alarma, no me levantaba. Me forzaba a quedarme en ese cuarto medio barracón militar, medio comuna jipi coleccionista de pasaportes, que cada día se fue llenando más, no sólo de gente, también de toallas, ropa por el suelo y olor a vida.

Aún desde la cama vi que el ciclista se iba y seguía ruta. La pareja (eran dos) gallego-llanito me contaron que lo habían pasado muy bien, en un pub irlandés bebiendo y viendo vídeos con mucha gente. Supongo que algunos se llevan de vuelta ‘ese carnaval’. La yanqui… sonreía. Salí a comprar el diario, un bollo, un tomate y kilos de naranjas. Las vitaminas son importantes para aguantar el ritmo febreril. Desayuné ‘en casa’, un chorro de aceite robado probablemente a un futuro potaje, saludando a los otros guiris que por allí andaban. «Morning!» «where are you from?» «first time in Cadiz?» «enjoying it?» aunque la mitad eramos ‘nacionales’. De este modo el domingo, el último, hice migas con María José y Guada, y salimos juntas.

El jueves y el viernes salí a dar buenos paseos, visitas a algunos hitos y callejeo sin rumbo, antes de oscurecer. Paré en la Plaza, que me gusta a pesar de la reforma porque me gusta el género y las personas (también su género). Me senté en Las Flores y Candelaria. Bajé a la arena de la Caleta. Di un paseo, dentro del paseo, por el Parque Genovés (¿qué monstruo han puesto ahí? ¿está sin acabar o ya ruinoso?). Compré un par de libros del Carnaval de Cádiz y la censura en la plaza Mina y entre cervecita y tapa visité una interesante exposición de conservas en el Museo de Cádiz y las modernas instalaciones del ECCO, que no conocía. Medio cansada pero animada, como cuando me pego alguna buena fiesta, volvía al hostel a media tarde y, además del albornoz, me ponía una cutre-peluca, me pintaba la cara con pinturas de los chinos que no cierran, y me colocaba un mango de ducha por dentro del pantalón. Así justificaba el tipo («salida», «ducha») además de travestirme que, para una que tiene el tema de género muy presente, las medias tintas y jugar al despiste son habituales armas de lucha, dialéctica al menos. Pienso en la historia con la drag queen de Las Palmas y me pongo mala. Si ya no te dejan ni salir de la norma en Carnaval… Al menos yo estaba ya vestida para la ocasión, lista para salir a la calle a buscar y encontrar lo que quería: callejeras por el Pópulo, el Palillero, el Mentidero… El final cantado, por la Viña.

El sábado, lo mismo, más cansada pero con objetivos más claros: «Me faltan los del perchero» «¿Seguirán saliendo los que iban de suecos hace 15 años? Se ponían pronto en San Lorenzo» «A ver si puedo ver más de cerca a los del periódico»… Continué con la colección de libretos y sonrisas. A veces lo paso mal cuando me miran y sonríen y me cantan a mí. Sobretodo si el tipo me gusta. El tipo, el colega, el chaval, el jipi, el gachí… depende de dónde seas. Ahora, que en seguida pienso que si intento algo y funciona tendré que seguir su ritmo porque aún le quedan horas de ir cantando y yo dejaré de ver muchas otras chirigotas que es a lo que he venido. Y ni siquiera sé si les gusto porque sonríen a todo el mundo y siempre cantan a alguien del público. Bueno, es cierto, las sonrisas no son iguales. Para ligar tiene que ser al final de la noche. Que me pille por sorpresa, como a veces pasa, o que vaya cuajando algo a base de encuentros casuales y, a veces, afortunados. Se me ocurre que en una vida de cuento tras Carnavales habría otra semana de recuperación y reposo donde relacionarte, contar la jugada y abrazarse como cuando amanece tras una noche de juerga. Y las ampollas de los pies desaparecerían al instante.

El domingo por la mañana ya sonaba a despedida. El hostel era el caos de ‘el día después’. La gente arrastraba días de calle y se notaba. Los baños permanentemente ocupados y controlados por grupos que se daban los relevos, unos para pintarse, otros para despintarse, los más sosos sólo para ducharse, probablemente con agua fría. Sábanas, toallas, fregonas, maletas… se acumulaban por el suelo. El lugar más socorrido era la cocina, con ambientador de chocos ese día. Allí fue donde conocí a la alicantina y la cacereña. Ellas se habían encontrado el día anterior y ya habían salido juntas el sábado. Yo  me uní el domingo. Las dos eran primerizas pero María José llevaba más de una década mamando Youtube, blogs de carnaval… y le tenía ganas a ese último día de sus primeros carnavales. Empaticé. Yo creía que tenía mis conocimientos después de 8 o 9 carnavales pero ella estaba mucho más al día del concurso, de los pelotazos del año anterior, de la trayectoria de algunas agrupaciones… Creo que ahí hubo cierto flechazo. Muchas veces he pensado que los Carnavales son endogámicos, se retroalimentan y hablar de carnaval en Carnavales es uno de los mejores bocados de febrero. Guada había calculado peor y había quedado para volver a Cacéres con unas amigas a las 5 de la tarde ese mismo día. ¡Qué pena!

Salimos a mediodía a disfrutar juntas y enseguida nos encontramos con las suegras del Selu en San Felipe Neri. Ver, vimos poco pero más o menos se oía. A Guada le encantó ‘ver de cerca’ una que le habíamos dicho que era de las del Falla y su modo teatro non-stop. Se tronchaba. Decidimos luego acercarnos a la Plaza a ver coros. En ese momento éramos tres desconocidas, conocidas efímeras, felices e ilusionadas, y nos sentíamos en casa, en armonía con lo que vive y lo inerte, el presente y el futuro, la actuación y el escenario. Al menos yo lo sentí así y después de una hora entendí que tenía dos nuevas buenas amigas. No paramos de hablar, litro en mano, delante de los tractores y rodeadas de gente que se me antojaban venidas de pueblos. «Pues yo he visto…», «no te pierdas…», «tenemos que buscar a…». Y luego «pues en mi pueblo…», «esta gente es que es…», «¿te has fijado lo que llevan? ¿has oído la letra?». Subidón, tensión… y bajón cuando a Guada se le acaban los minutos. Cambio de móviles, besos, deseos… En un par de semanas de escribir esto, con un poco de suerte iré a verla para el Womad que no conozco.

María José y yo dimos un paso atrás, para coger impulso, y repusimos en el Casapuerta, uno de mis escondites favoritos y máxima modernidad que concedo a un bar (soy antigua, lo sé). Sabíamos que había que recuperar fuerzas y entre resumen de la semana y confidencias personales intentamos trazar un plan que no llegó a más que a ‘callejear por aquí’. Finalmente vimos a los del perchero que a las dos se nos habían escapado un par de veces, a los percebeiros que yo no había visto y pensé que eran gallegos (lo que me dio una osada idea), a las payoyas, a unos del rey leon… y nos reíamos y teorizábamos. Disfruté que mi nueva amiga compartiera semejante actitud anti-carnal, probablemente fruto de mi parte norteña, fría y racional. Semiótica, sociología, lingüística, política nueva-política vecindad, arte cultura tradición, gentrificación turistificación… ¡Bufff! El surrealismo en explosión de emociones, sentimientos y sensaciones que demuestran que la carne va entreverá de cerebro y viceversa… como el carnaval. A esas alturas creo que nos gustamos. Ya oscuro, con la cerveza y el vino llevándonos a ese nivel de serenidad que sobrevuela el suelo, gozamos los de la edad de hielo, salidos y obscenos, y los afilados directores del periódico sin línea editorial. «Si no te gusta te pongo otra» repitió y sin hablar más decidimos acabar la noche hasta que no quedara nadie. Creo que las vimos todas.

En un banco de la plaza delante de la Salle de la Viña, las calles ya recogidas, apuramos el tiempo y un litro cuando un tipo se embroncó con unos niñatos, tiró una papelera, gritó, y repartió patadas a verjas y coches como si fuese el fin del mundo (el suyo al menos) y se lió en un momento una bulla con gritos de las niñas tirando de sus colegas e insultando al otro. En 5 minutos llegó la policía y María José y yo decidimos, hacía rato sin necesidad de hablarnos, que se había acabado el carnaval… y la magia de ese día. Vuelta al hostel y ese adiós hasta otra hasta nunca que ya conozco. Prefiero lamentar bellos e imposibles momentos que forzarlos y afearlos, es mi historia.

Cuando me levanté al día siguiente el hostel estaba vacío, como recogiendo el decorado. La calle igual, como si no hubiera pasado nada. Sólo quedaban, en la calle, algunos montones de papelillos que habían empezado a ser recogidos, y en mi cara ese resto de pinturas de los chinos que no se van en varios días y que por eso las había comprado.

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Pilar cavero

Fotografía: Jesús Massó

No tengo la suerte de ser gaditana. De hecho no puedo sentirme ni soy de ningún sitio concreto. Puede sonar bonito, audaz o pretencioso pero es simplemente curioso, raro a veces. Veces en que me ha apetecido tener ‘una casa’ e incluso he creído haberla necesitado. En esos momentos, Cádiz se me ha aparecido como lo hacen los fantasmas cuando pienso en los años en que me estrenaba de Carnaval. Pero lo siento (chocho)  todo el mundo no puede ser…, así que me he conformado con las ganas de integrarme a pesar de la distancia y de proveer conocimiento mutuo: ver y dejarme ver. Oír, oler, tocar. Una que es fina pero de contacto.

Superada la fase inicial de Shanti Andía sufrida durante mi primera visita en el 98 cuando empezaba la Teo, y tras un posterior apego progresivo, más lento pero mejor cimentado, estoy decidida a buscarme un hueco por entre los callejones de húmedos adoquines, las casapuertas con imposibles contadores, y su gente, sin adjetivos. Voy a tener que leer y escribir, y bajarme hasta la estación de Adif (aún no he usado los puentes) siempre que el trabajo y dinero me lo permitan. Me sacrificaré. Otros disponen de su privilegiado hogar y sin embargo tienen que hacer ‘currículums’ para irse lejos.

No tengo el habla, ni la educación, ni el conocimiento, ni la agilidad del gaditano pero puedo aportar la mirada de lejos, entornada, el amor a rincones, personas y personajes que el de intramuros tal vez ni ha visto, la crítica exterior -bien necesaria- y la inquietud vivaz y risueña que me ha dado vivir siempre de aquí para allá y que parece que, aunque pasan los años, no desaparece. No es un aviso, es una amenaza. Porque lo que sí tengo es una facilidad pasmosa para sentirme ‘de vuelta’ en cuanto que veo la bahía desde la ventana del tren. En el tipo deseado sin haber hecho ningún esfuerzo. El principio fue más sonado. La guantá que recibí aquel primer febrero me dejó desconcertada. El tercer o cuarto día me sentí, de repente, entre lágrimas, en un paraíso humano difícilmente imaginado. Con los años ese paraíso ha ido descendiendo a delicia terrenal, imperfecta y exuberante, felicidad y rabia con los ojos todavía húmedos y una sonrisa. Aún mejor. Cádiz es un bastinazo.

A lo largo de mi vida he sido norte y sur, y he disfrutado ambos extremos. He pisado Nápoles y Río de Janeiro y puedo decir que también son un bastinazo, hay que reconocerlo. Huelen a gente y a mar, a historia y a vida, a bulla y a siesta. Pero fue Cádiz la que me atrapó. Y así, cautiva, cada vez que vuelvo, paro entre Correos y la Plaza, miro  despacio a mi alrededor y me siento refugiada, y acogida. Me quedo embobada frente a ese emblema de Cádiz (uno de tantos) ¡que es una churrería! (la pongan donde la pongan) rematada con la figura de la Guapa.  ¡Dónde se ha visto! Recuerdo bien que recibí el flechazo en el preciso momento en que resolví aquel enigma en un estado de entre sorpresa y carcajada, de admiración sonriente. Cuando al día siguiente algún alma caritativa (para con las de fuera) me explicó lo del bastinazo, caí rematada, y aunque aún no lo sabía, el hechizo duraría hasta nuestros días.

Si me pongo impertinente culpo del hechizo a los códigos de comportamiento, las expresiones particulares del lenguaje, la idiosincrasia colectiva, el talante propio de la gente. Culpo a la herencia fenicia y a los viajes de ida y vuelta con América. Al orgullo de Constitución y a la pena de miseria. A esa seguridad de que ‘Cadi es lo mejor del mundo’ y a esa duda de si será cierto. Piropos repetidos y ciertos, al igual que sus problemas y defectos. Ahora, si me vuelvo doña Carnal, culpo de mi ilusionado cautiverio a haberme perdido por sus calles aquel primer año de desenfreno emocional; a haberme dejado acompañar a un portal con aquel carnavalero y bajado luego a la arena de la Caleta, al alba, para seguir llorando con cara de idiota frente a barcas encalladas probablemente sobre algún duro antiguo, antes de volver a ponerme la careta para continuar la gran fiesta. Culpo a haber vuelto más febreros, más junios, más octubres y haberme vuelto a perder para irme luego con sosegada tristeza, casi no tristeza. Saudade, appocundria, que no he sentido de ningún otro lugar.

Hay quien habla de irse a La Meca a rezar; otros de retiro a meditar con sus pensamientos o con la madre naturaleza. Yo me voy a Cádiz a dar una vuelta por la Viña, a pararme a charlar con quién sea por la calle Sacramento, a tomarme un vino en el Mentidero o la plaza Mina, a asomarme a la boca de la bahía desde las barandillas de la Alameda. «¡Cuidado! Ya vuelves a estar mirando pa Rota.»