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Sara
Fotografía: Jesús Massó

Ella me mira y no sabe la edad que tengo.

No sabe si soy una niña pequeña, una mujer madura, si tengo ochenta y ocho años o veinticuatro. Ella solo sabe que no voy a fallarle. En cambio yo solo sé todo, absolutamente todo, de sus datos personales. Vamos, la mayoría me los he inventado yo; empezando por el día exacto de su nacimiento y acabando por su nombre. Lo sé todo.

Ella me mira y no sé decirte muy bien, pero parece que me entiende.

Pasa tanto tiempo observándome que seguro que sabe todo lo que como, cuántas veces de media voy al baño, cuánto duermo, cuántas horas paso fuera de casa, si estoy triste, contenta, o si no quiero que me hablen. Ella lo sabe todo.

Él parece que no, pero también.

Ella no es la única, él también sabe lo que necesito, cuál es mi estado de ánimo, si estoy incómoda, si me estoy sintiendo amenazada, si no quiero que siga haciendo lo que hace. Él es el más listo, el más observador, y el que  mejor se lo monta. Se hace el tonto. Él se hace el tonto cuando le conviene, como se suele decir, pero a mí no me engaña, porque yo lo sé todo de él, burocrática y coloquialmente.

Se cree que no, pero yo lo conozco.

Y este otro…

Este otro con su simetría, con su perfección en los movimientos, con su elegancia y finura. Este otro es el que más me conoce. No es como los demás. Este puede que no sepa ni de qué especie soy, pero sabe hasta cuando tengo fiebre y a qué temperatura. Este otro es el que abrió la brecha. Y me mira que parece que me está perdonando la vida.

Catorce kilos, ella.

Veinte él.

Y el otro nueve.

Entre los tres suman cuarenta y tres kilos. Ese es el peso de mi felicidad. Cuarenta y tres kilos. Parece poco ¿Verdad? Pues sé que es mucho más de lo que la mayoría tiene.

Podéis tener coches, motos, casas. Casas limpísimas, sin pelo. Casas impecables, casas tan despejadas que ya por despejadas que son, o que están, parece que no vive allí ni un ser humano. Casas diáfanas, sin malos olores de perros, sin pelos de gato, con los muebles perfectos sin un rasguño, sin un ápice de ruido, sin polvo, sin alma, casas sin vida, casas preciosas que solo usas para ir a «cenar» algo que has sacado de una bandeja de plástico de la nevera plateada de dos puertas que hace hielo, que por dentro parece un cortafuegos; y para dormir, con suerte verás un capítulo de una serie de Netflix en tu iPad. Y nada más.

Hace ocho años  comencé lo que todas y todos llamaban «chiquilla tú estás loca cuando te tengas que ir fuera qué» que traducido resulta tener animales por mi propia cuenta y riesgo.

Me hace mucha gracia que los seres humanos digamos que los animales dan mucho trabajo. Eso demuestra que no sabemos de qué se tratan los animales. Eso demuestra que pretendemos convivir con los animales a modo de adornos o juguetes. Los animales no «dan trabajo», es que en eso consiste tener un animal. Si te molesta sacar a tu perro, o lo consideras un trabajo, o un esfuerzo yo me pregunto ¿Qué querías de ese perro? ¿Qué pretendías? ¿Que te chupase los pies y se sacase solo a la calle?

Los humanos nos hemos convertido en una especie terriblemente peligrosa. Somos una especie que ya no entiende de otras especies; entiende de humanos vs animales. La cosa más ridícula del mundo entero. Entendemos de cosas materiales, de valores de bolsa, de prima de riesgo, de lo difícil que es una raíz cuadrada… pero parece que hemos perdido el verdadero sentido de la existencia, parece que nuestras casas se han convertido en solares de acopio, en cementerios de cosas, y ni rastro de nuestros semejantes.

Sé que mucha gente no lo entiende, pero yo no cambiaría por ningún tipo de vida los cuarenta y tres kilos de felicidad que me proporcionan estos tres maravillosos seres.

Y aunque ella me mire y no sepa la edad que tengo, ni de qué raza soy, ella sabe que siempre, siempre estaré con ella, que la quiero, y que también sé que ella me quiere a mi.

Ella lo sabe, y ellos también. Saben que son mi familia, vaya.

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Sara
Fotografía: Jesús Massó

Esto se lo dedico a mis amigas:

A ellas que tanto contribuyeron a mis arrugas «de expresión». A las que me enseñaron la libertad. A las que me dijeron “venga tía, vamos a salir, no seas floja” y me regalaron su energía de doce de la madrugada a siete de mañana.

A esas que llamas porque tienes un problema y aparecen, como por arte de magia, y te ordenan en un momento.

También a las que son adictas a las meriendas y te llaman sabiendo que tu alma de gorda acudirá sin pensarlo a engullir las penas en dosis ingentes de chocholate. A las del pavo. A las surrealistas que seguimos teniendo el pavo, y disfrutamos de él.

A las que fueron mis amigas y ya no lo son, gracias. No, en serio, gracias. Porque si fuimos amigas mereció la pena y seguro que me aportásteis algo en la vida. Y aprendí. Y aprendimos. Y crecimos y ya no fuimos amigas, pero cuando lo fuimos… ¡joder cuando lo fuimos! Esas amistades locas de la adolescencia que te devolvían a tu casa con un dolor extremo en los carrillos mientras que tu madre preguntaba qué coño te pasaba, que qué droga tomabas. Y tú sin poder parar de carcajear pensabas “mi amiga, esa es la droga”.

A las que lo son, lo han sido y lo serán por siempre. Porque algún día las odiaré, y al día siguiente las estaré llamando porque son muy buenas. Nos pelearemos, pero pensaré que un día alguna de ellas me dijo «ponte así la camiseta que te queda mejor, que cada una tiene sus puntos fuertes y todas tenemos un cuerpo bonito».

Una amiga vale millones porque mientras la publicidad, los ligues, la sociedad e incluso la familia te dice «no tienes tetas» tu amiga te dice «no pasa nada por no tener tetas, está bien así, tú eres guapa».

Mientras tu madre cree que que tu novio te haya dejado es una pamplina, tu amiga te llama al fijo y llora contigo si hace falta porque tu desamor de los quince años le parece peor que las bombas que tira Kim Jong Un y se mete en el Tuenti y te cuenta lo que pasa en su muro y te corta el rollo si te pones pesada y te saca de fiesta y te hace ver que realmente no pasa nada. Pues al revés igual.

Porque las amigas son espejos en los que te miras y aprendes a ser. Las amigas son… eso, las amigas. Yo te recogeré el pelo mientras vomitas como tú lo hiciste conmigo. Pondré mi hombro para que me lo inundes en tus lágrimas por cualquier estupidez que te haya pasado. Me quedaré a dormir contigo si estás sola. Nos dejaremos la ropa y te quedarás con alguna prenda de escaqueo. Yo con alguna (algunas) tuya también. Nos iremos de fiesta y nos dolerán los pies y la mandíbula de bailar y de reirnos. Compartiremos lo bueno y nos desahogaremos de lo malo. Nos cansaremos la una de la otra. Nos separaremos, o no. Y nos volveremos a juntar. O no. Pero eso no importa. Mereció la pena.

Hasta esas amigas que hice una noche en la puerta de algún bar o en algún baño, de dos horas o cinco minutos. Me da igual. Todas habéis sido lo más enriquecedor de mi vida social, del colegio, del instituto, de la calle, de las noches, de la fiesta, del barrio, de la casualidad, de la facultad, del trabajo, de mi vida. Todas. Os llevo en mi risa.

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Sara
Fotografía: Jesús Massó

Hay responsabilidades que pueden eludirse. Otras que no. Claro que esto es solo en lo que se refiere al sexo femenino.

Los hombres pueden eludirlo todo. Y cuando digo todo no me quiero referir a otra cosa que no sea todo.

Los hombres pueden eludir los quehaceres de una casa, o de la higiene, y nunca estará tan “mal visto” como si lo hace una mujer. Pueden incluso hacer las tareas del hogar pero eludir pensarlo. Es decir, “tenderé, lavaré, plancharé o haré la cama cuando mi madre o mi pareja me lo recuerden”, porque es que él, él no se acuerda, no cae en eso, no está acostumbrado. En cambio las niñas, las niñas nacemos así. Bien acostumbraditas a hacer la compra, a cuidar de los pequeños y ancianos, a honrar a nuestros muertos; las niñas nacemos así. Así de completas, lástima que nazcamos también histéricas y medio esquizofrénicas.

Yo aprendí a hacer mi cama con cinco años. Los hombres con los que me he ido encontrando a lo largo de mi vida, rara vez sabían hacerla a los diecinueve y esto, queridas y queridos, es cuanto menos un atraso. Nadie le dice nada a un hombre por no saber hacer la cama; si no sabe, se le enseña. Las mujeres tenemos la desfachatez, no puedo llamarlo de otra manera, de ir perdiendo el tiempo en enseñar a los hombres a hacer cosas que no se les han enseñado antes, cosas que ellos, además, han eludido. Aunque claro, las mujeres no sabemos lo que es un fuera de juego y eso se nos tiene que echar en cara porque es muy importante para la vida.

Luego cuando los hombres ya saben hacerlo todo en el hogar, o en la vida diaria, con los niños, con el día a día en general -porque tú se lo has enseñado- ellos hacen “lo que les gusta”.

“Lo que les gusta” normalmente tiene mucho que ver con hacer de comer lo que les gusta. Encargarse de ir a comprar lo que les gusta. Y llevar al día el orden de facturas y burocracias del hogar, las que les gustan, porque nunca he visto en veintisiete años a ningún hombre pagar El Ocaso, por ejemplo. Más bien encargarse de prever un seguro por si en caso de fallecimiento ocurre que tienes que pagar todo de golpe y no tienes esa cuantía. Me refiero a prever, a cuidar de la familia, no al hecho de pagar un seguro de muertos en sí, que probablemente en muchas casas salga del bolsillo del “hombre de la casa”. ¡Esa especie de ser humano!

El hombre de la casa. Qué gran falacia. ¡Pero, por favor! el hombre nunca ha sido de la casa. Habrá sido el hombre del trabajo. El hombre que corría con los gastos económicos de la casa. Pero el hombre nunca fue de la casa. Ni ahora que ya estamos por la cuarta ola feminista consideraría que hay “hombres de la casa”.

Hay hombres que hacen cosas en la casa, pero ¿qué cosas tienen que hacer los hombres en las casas? Ellos no lo saben. Por eso tenemos que decirle que a lo mejor las sábanas ya llevan puestas un mes; que no haga la cama, que las quite y ponga otras. A veces incluso tendremos que decirle dónde están las otras limpias. Porque el hombre de la NO casa, se está acostumbrando a ejecutar tareas bajo un mandato y esto es un falso feminismo, una falsa igualdad, absurda. Porque no puede ocuparse solo, siempre tiene que haber alguien detrás diciéndole lo que hacer. Y porque nosotras podemos enseñar cómo hacer una cama, cómo poner una lavadora, o cómo doblar la ropa, pero no podemos enseñar a los hombres a preocuparse por la casa, la familia, o los sentimientos. Aquí deben ser ellos los que se preocupen. Porque todos queremos ser súperprogres y súperigualitarios ahora, pero hacer estas tareas como las hacía yo cuando tenía doce años, bajo las directrices de mi madre, no es hacer las cosas, no es ser un hombre de la casa, es querer hacerlo a medias, es ir procrastinando hasta que te lo diga tu novia, es una mentira. Cuando yo tenía doce años y mi madre tenía que ir regañándome para que limpiase o hiciese las cosas porque había que hacerlas -y no porque ella me lo dijera- yo no era una “mujer de la casa”, yo no organizaba un hogar, yo ejecutaba tareas que alguien me decía que tenía que hacer porque estaba aprendiendo. Porque fui una niña rara y no nací con el gen de saber limpiar y esas cosas con las que nacemos las mujeres. No era yo con doce años una mujer de la casa, era alguien que daba apoyo a la mujer de la casa, apoyo, y otra tarea más: ENSEÑAR.

No sabéis lo cansado que es tener que ir informando de las responsabilidades que tiene una persona adulta que ya no aprende como un adolescente y que además se enfada normalmente cuando le mandan. Es agotador.

No sabéis lo inoportuno que me parece ir recordando las tareas que tiene que realizar a una persona que, en realidad, sabe perfectamente lo que tiene que hacer; pero no nos engañemos está eludiendo su responsabilidad, no es que no lo hayan enseñado, porque nosotras hemos perdido nuestro jodido tiempo en hacerlo.

Por eso yo diría que el hombre es “el hombre de la elusión”, no de la casa. Si hay algo que ha adquirido el hombre como suyo en la historia de la humanidad es a pasar por alto aquello que no quiere hacer, no le gusta o no le apetece en ese momento; esté enseñado o no. En definitiva, elude lo que conlleva una responsabilidad, un compromiso. A las mujeres, sin embargo, se nos enseña a cargar con todas las responsabilidades las nuestras y las de ellos.

Tanto es así que mi padre eludió que yo soy su hija. Un día se despertó un dijo “uff vaya marrón no quiero” y bien. La sociedad le dijo “¡OK! haz lo que te dicte tu sentido de la elusión de las responsabilidades, está bien.” Pensó: “Qué cojones, mi novia de veinte años embarazada seguro que sabe cómo hacerlo”. Y sabía… sabía porque quería. Porque, como ser humano que es, sabe que las acciones tienen consecuencias, pero cargó con sus consecuencias y las consecuencias de su -hasta ese día- novio.

Las personas que hemos sufrido de desamor sabemos lo que puede doler el alma, así que no quiero imaginarme lo que le dolía a mi madre en ese momento cuando estando embarazada su novio le dijo que no quería verla más, ni a ella ni al bebé de los dos. Además del dolor, no me gustaría estar en el pellejo de una jovencita que quiere estudiar y ahora tiene que parir, ocuparse de un bebé y seguir su vida sola. Me pregunto qué pensaría mi madre cuando yo le preguntaba ¿Y mi padre dónde está? Porque se puede crecer sin padre, se sobrevive a todo, y las dos juntas hemos sido extremadamente felices aun con las carencias y los traumas que conllevan estas cosas, pero los niños van al colegio, y los otros niños sí tienen padre y preguntan, y hacen que el niño que no tiene una familia convencional se pregunte ¿Por qué? Y se sienta abandonado. Abandonada en este caso.

Fijaos, si un niño o niña en preescolar se da cuenta o de que a otro le falta un papá ¿cómo una persona puede no darse cuenta de que está eludiendo su responsabilidad como padre? Sí se da cuenta, lo que ocurre es que la sociedad le ha enseñado a irse, a que si algo le viene grande tiene que huir, como un bandido en un western. Pero a las mujeres les han enseñado a que si algo no le gusta tienen que joderse y apechugar.

Así que por favor, el año que viene no me preguntéis por qué es necesaria una huelga feminista porque no voy a perder el tiempo en explicaros nada. Es vuestra puñetera labor informaros, que yo no nací sabiendo todo esto, pero sí nací con la elusión de un montón de responsabilidades por parte de un hombre.

Y aquí estoy, no me he muerto pero estoy un poco harta.

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S lauper
Fotografía: José Montero

Una de las cosas más aberrantes de este mundo es la familia. La familia puede ser maravillosa. Puede aportarte. Quererte. Hacerte ser fuerte. Protegerte. Sobreprotegerte. Ayudarte. Ser un apoyo.  Aceptarte. Estar siempre. Hacerte sentir amada. Serenarte. Crearte un soporte para que la vida no se te tambalee sobre las plantas de los pies.

Pero la familia también puede destruirte. La familia puede, más que cualquier grupo social, hacerte daño. Y si puede, y quiere, ten por seguro que lo hará. Lo hará hasta dejarte en la estacada. Lo hará mientras llores, grites o patalees. Lo hará mañana, lo ha hecho hoy y lo hizo ayer.

Si estás leyendo esto y  tienes una familia en la que los gritos, las amenazas, la envidia y el rencor son los pilares que sustentan vuestras relaciones HUYE, corre mientras tengas piernas para correr; porque puede ser que un día ya no tengas fuerzas ni para eso. Puede ser que un día te des cuenta de que te has llevado toda la vida soportando un peso que no te corresponde. Soportando un dolor que te están causando fríamente y a bocajarro. A quemarropa. Sin miramiento. Y no pierdas de vista que seguramente tú estás adquiriendo esa forma de comportarte aunque te duela. Seguramente ya hace tiempo que optaste por ojo por ojo y diente por diente. Eso no es sano.

Todo esto no es necesario. Ningún sufrimiento continúo es necesario y menos si viene dado por parte de los seres que se presupone que más deberían quererte. Lo que se aguanta por amor a la “familia”. Por ¿honor? O no se sabe muy bien porqué es total y absolutamente innecesario.  Es más, es abrumadoramente perjudicial. En el mundo hay millones de personas dispuestas a entregar amor, sin ni si quiera pedir nada a cambio. Pero nos han dotado del deber para con la familia, sea como sea esta.

A veces hemos aguantado todo tipo de abusos solo porque nos unen lazos de consanguinidad. Fijaos ¡Qué soberana estupidez! Es como decir “aguanto que mi perro me haya dejado manca de un bocado porque es mi perro” o “soporto que mi amiga me deje en ridículo delante de los demás porque es mi amiga”. Y sé que estaréis pensando que en el caso del perro y en el de la amiga es elegido en el caso de la familia no, porque la familia te toca.

Vamos a ver la familia te toca pero no le da derecho a portarse mal contigo. Al revés.

Yo, personalmente he crecido y vivido en una de las peores familias que conozco, que siempre pensé que era muy guay porque está construida casi en su totalidad por mujeres. Un matriarcado. Yo crecí y vengo de un matriarcado patriarcal.

¿Cómo funciona esto?

Lo gestionan las mujeres, mandan las mujeres, en función de la edad y de la agudeza. Somos ocho mujeres. Solo hemos tenido (en el tiempo que yo llevo viva) tres hombres. Flojos. Problemáticos. Espeluznantemente malos y ¡ah, se me olvidaba! los seres más importantes de la familia. Ellos son los intocables de las gestoras de mi matriarcado. Ellos son la creme de la creme de la familia, por ellos vivimos y morimos. Bueno, yo no.

Me duele saber que esto es así. Me duele no haber tenido unas personas con las que contar. Me duele que me hayan hecho trizas el cerebro desde bien pequeña. Me duele no importarle a nadie más que a mi madre. Me duele que una familia que se compone de mujeres custodie el machismo más rancio. Pero lo que más me duele es no haberme dado cuenta antes de que no estoy obligada a quererlos. No estoy obligada a mantener una situación que solo trae problemas, desengaños, dolor, pena, miedo… solo porque un grupo de personas compartan conmigo la sangre. Ni yo, ni nadie.

Siempre había pensado que las personas que no se hablaban con gente de su familia por una situación tóxica no estaban haciendo bien; que apartarlos de su vida no les iba a traer más que remordimiento y más dolor. No es verdad, yo estaba equivocada.

Las personas que te pegan no te quieren. Las personas que no te llaman nunca no te quieren. Las personas que no hacen por verte no te quieren. Las personas que no se alegran por ti no te quieren. Las personas que no sienten nada cuando te están haciendo daño y lo saben no te quieren. Las personas que te maltratan psicológicamente no te quieren. Las personas que te hacen chantaje emocional no te quieren. Sean esas personas Jesucristo, tu prima, tu tío o tu abuela. Sean quiénes sean. Rotundamente no te quieren.

Y yo tampoco quiero a esas personas. Pero tampoco me comportaría como ellas, no les guardaría rencor, no les tendría odio, simplemente me son indiferentes.

Aunque si han dejado algún atisbo de humanidad en mi ser les deseo lo mejor. Lejos de mí. Lejos de mi madre. Y lejos de todo lo que quiero.

Dejarse marchar. Quitarse la culpa. Quererse más. Romper el remordimiento. Curarse el alma. Mantener la calma. Y echar a volar lejos del nido de víboras que te atrapa. Ceder el aquelarre a las brujas. Se acabó el tiempo de soportar. Tu vida es tuya y de nadie más.

Por eso ¡vive!, sin necesidad de relacionar la sangre. Sin aprobación. Sobre todo, sin sufrir. Creedme, hay vida más allá de las familias tóxicas.

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Sara
Fotografía: Jesús Massó

Cuando empezaba yo a salir de noche sola tenía 16 años.

Acababa de llegar a Cádiz, y los primeros meses tenía novio. Así que me acompañaba a casa, me recogía del Drago, me llamaba antes de dormir, me mandaba un sms, porque no existía WhatsApp, y no nos dimos nuestras contraseñas de Facebook porque no había. En general, un chico muy respetuoso y caballeroso, y más cosas que terminan en oso. Pero lo dejé, y tenía que ir a los sitios sola, y ahora esta situación se me hacía un mundo.

Tenía que volver sola andando a San Severiano desde la punta de San Felipe. Claro, no siempre iba alguien para tu zona a la misma hora que tú tenías que regresar a casa. Eso era cuando tenía 16 años. Algo más de una década después, con 27, voy con mi perra por la calle, para que me proteja. Vuelvo a casa sola por la noche y lo hago aterrorizada. No sé quién puede salir de un rincón, no sé si el hombre que viene detrás viene muy rápido, no sé si me lo estoy inventando todo, y no sé si voy a tener que estar toda mi vida haciendo como la que llama por teléfono cuando viene algún individuo cerca de mi… en definitiva, yo de mi casa a la punta tardaba menos andando que del Falla al Parque Genovés. Yo andaba que me las pelaba. Una vez llevaba unos tacones altos y se puso un hombre a decirme cosas, no recuerdo ni qué, a las 4 de la madrugada, a la altura de la iglesia de San Severiano, no había ni un alma en la calle, y me quité los tacones y corrí hasta mi casa, tanto que a mitad de la escalera, subiendo me quedé ya sin aliento. Más de una vez me quité los tacones y salí corriendo, no sé si el peligro era real o era en parte sugestión de verme desprotegida pero, me gustaría saber cuántos chicos de mi edad se quitaban los náuticos para salir corriendo porque una mujer le decía cosas a la altura de la iglesia de San Severiano.

Otra vez, ya con 17, en el KM (conocidísimo bar de la punta) estaba yo con unos amigos, eran todos chicos así que iba al cuarto de baño sola. Esa noche entendí porque más mujeres íbamos al baño de dos en dos. Entré y la puerta estaba estropeada, había un chico fuera que me miraba mucho, y yo pensando pues que yo le gustaría, el caso es que la última vez que entré en el baño ese día el chico se metió. Me empezó a preguntar muy cerca de mi que de qué zona era, que si era de Cádiz, que nunca me había visto. Claro, yo le contestaba, no creía que la situación se fuese a agravar puesto que la puerta del baño daba a la pista de baile y al estar rota se dejaba entrever lo que allí acontecía. No estaba de par en par pero se veía, tanto es así que un amigo de él lo vio y se metió en el baño también. Que qué estábamos haciendo quería él saber, y yo pues le dije que nada que ya nos íbamos que me estaba preguntando cosas. A todo esto, uno de mis amigos entra y pregunta que qué pasa. Yo le intentaba decir con mi cara que estaba acojonada que se los llevase de ahí y que me sacase. Los chicos le dijeron a mi amigo que estaba todo bien, mi amigo preguntó «¿Seguro?» e insistió «¿Sara seguro?». Y yo le dije no con la cabeza. Los chicos se pusieron histéricos, dijeron que yo de qué iba que estaba allí queriendo liarme con los dos y ahora le decía a mi amigo eso. A lo que uno de ellos me da un beso en la boca y le dice a mi amigo, “¿ves? estamos bien déjala, déjanos”. Mi amigo se queda con la cara de póker y se va. Mientras mi amigo se iba el segundo en discordia también me plantó un beso en la boca. Yo estaba literalmente en un rincón en el baño parada, en shock, uno le dijo al otro «aguanta la puerta”. Cuando este se puso en la puerta empezaron a dar golpes «abrid, abrid» y abrieron. Era mi amigo Jesús «¿Qué coño estáis haciendo?» Ellos dijeron que estaban liándose conmigo, así, y punto, que si él era mi novio preguntaron. Él dijo que era su amiga y que estaba seguro de que eso no era así, y me dijo “dime qué estáis haciendo aquí Sara”. Le dije que estaba echándome agua que había terminado de mear. Que se metió uno y luego el otro, y que yo no estaba allí porque quería. Mi amigo me dijo «sal”, con determinación; salí y Jesús llamó a los porteros mientras Germán, mi amigo que entró primero, los mantenía dentro del baño porque intentaban escaparse.

Mis amigos me salvaron de un jodido abuso sexual en el KM, en la punta de San Felipe. En Cádiz, donde nunca pasa nada ocurren estás cosas sí…

Imaginaos que podría ocurrir en San Fermínes el año pasado, cuando una mancha de inútiles y cobardes que se creen que son una manada violan en grupo a una chica. ¡Por favor! ¿Qué manada ni  mandada? Vosotros no llegáis ni a lobos solitarios, vosotros solo podéis ser hombres porque es de los hombres la condición de maldad, de crueldad, de disfrutar del sufrimiento de los otros, es condición de nuestras especie, y de vuestro género. Las mujeres no violamos a nadie. No imponemos nuestro género. No os decimos cosas por la calle a las 4 de la madrugada. No nos metemos de dos en dos en los baños a comerle la boca a un hombre que no quiere. No violamos en grupos de cinco a chicos en los San Fermínes. No somos las que mandamos, ni queremos eso. No estamos obsesionadas con el sexo oral. No somos unas cobardes, y sobre todo no nos creemos una manada, si no que somos La Manada.

Somos la única manada real del momento, vosotros no sois más que un saco de mierda, con una vida de mierda, que ya sólo puede seguir adelante odiando, violando y haciendo polvo a los otros seres humanos. No todos los seres humanos tenemos esa condición, pero solo los seres humanos somos capaces de desarrollarla. Un lobo no se plantea hacerle mal a los otros lobos por satisfacción personal, un lobo solo hace algo atroz por supervivencia.

Pongamos que las autoridades pertinentes empiezan a hacer algo de una puñetera/puta vez contra la violencia de género. Pongamos que eso pasa antes de que nos invadan los extraterrestres. Pongamos que sí hombre. Seamos optimistas, que ya se ha Igualado la brecha salarial un 25%. Ya somos medio tíos. Ya no nos queda nada para que nos ayuden en las tareas del hogar… hemos avanzado mucho, a pesar de que desde 2009 la cifra de violaciones en España al año haya superado el millón de víctimas, si sí, la igualdad no is coming ¡Par favar! La igualdad is here.

No jodáis más, no jodáis más a las mujeres. No jodáis más con que el feminismo no es necesario.

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Sara lauper

Ilustración: Pedripol

Dice Yuval Noah Harari en su bestseller  Sapiens. De animales a Dioses,  que: “desde la perspectiva evolutiva estricta, el éxito de una especie se mide en el número de copias de ADN”; es decir, que los humanos hemos triunfado como especie, hoy por hoy, pero añade: “lamentablemente, la perspectiva evolutiva es una medida incompleta del éxito”

¿Qué es el éxito? Pues nada. El éxito no es algo cuantificable, según el cual cada uno pueda decir “vaya, qué éxito”. Lo que para unos es éxito para otros no lo es, y así.

Y ¿qué querrá decir Yuval Noah Harari cuando se refiere a que la perspectiva evolutiva es una medida incompleta del éxito? Entiendo que quiere decir que a pesar de ser copias de ADN no es lo mismo una copia en New Jersey, es decir un humano allí, que en Sierra Leona. O no es lo mismo un humano (copia de ADN) en Moscú  que en Chechenia, a pesar de que están en la misma zona geográfica…

Creo que Harari no hubiese sido la misma persona, ni hubiera escrito el mismo libro, eso seguro, si en vez de nacer en Israel hubiese nacido en Palestina.

Ahora, gentes de Cádiz, autóctonos y agregados, díganme y díganse, ¿es lo mismo un humano de Cádiz, o de Chipiona, que un humano de Barbate o Algeciras? Sí, sé lo que estáis pensado, que no. ¿Y sabéis por qué? por las portadas de los periódicos. Ahí es adonde quiere llegar Harari cuando dice que la perspectiva evolutiva es una medida incompleta del éxito: da igual, exactamente igual, que seamos copias, el ADN no determina quiénes somos, lo hace la familia, la realidad social, la época en la que vivimos, los amigos… estos factores son los que determinan realmente el éxito de un ser humano; aunque claro, no es lo mismo querer conseguir el éxito en New Jersey que en Sierra Leona o en Chechenia o en Barbate.

¿Sabéis por qué? por las portadas de los periódicos, es muy probable que ninguno de los que estáis derramando vuestros ojos por encima de estas líneas hayáis ido a New Jersey, Sierra Leona o Chechenia, incluso puede que ni a Barbate.

La idea que tenemos de todo lo que pasa en esos lugares la tenemos a través de los medios de comunicación. Hace poco se dijo que en Chechenia había campos de concentración para las personas homosexuales y yo me lo creo; ahora bien, ni una sola persona de todas las que conozco ha ido a Chechenia y ha contrastado dicha información, ni yo siquiera.

La verdad es que yo solo he estado en uno de los sitios de los que hablo: Barbate. Viví en Barbate algo más de nueve años, desde los seis hasta casi los dieciséis. Me crié en Barbate. A menudo me pienso en un Barbate imaginario. Nunca he vivido en un Barbate donde me estuviesen robando constantemente, no he vivido en un Barbate donde la gente fuera mala, no he vivido en un Barbate donde cayeran pateras cada día, no he vivido en un Barbate donde se viesen alijos de hachís en la playa mientras estás allí tomando el sol. No he vivido nunca en el Barbate de las portadas, no. No me ha pasado que oiga a la gente hablar con esas eses y esas jotas como en la serie ‘Perdóname señor’, y creo que a lo mejor soy muy despistada por no creer otra cosa.

El caso es que yo viví en un pueblo estigmatizado por los medios de comunicación, por las habladurías del personal, por la mala gestión política, por los conflictos del acuerdo pesquero, por la pobreza. Porque un pueblo agricultor y ganadero rara vez es un pueblo rico. Un pueblo con un parque natural que ni de casualidad he visto alguna vez en un periódico. Un pueblo con una gastronomía alucinante, de la que no he escuchado a mucha gente hablar por ahí fuera. Un pueblo donde mi madre, que con veintisiete años tenía que cuidar de mi sola, podía contar con la ayuda de vecinas y amigas desde el minuto uno en el que nos mudamos.

Llevo “años luz” -como se dice en Barbate- viendo cómo la prensa y personas que no tienen ni la menor idea se dedican a desprestigiar a mi pueblo. Y ya está bien. He visto en televisión cómo daban la noticia de que en Barbate había caído una patera cuando ponía claramente en los rótulos “Playa del Palmar”, que es término municipal de Vejer de la Frontera. He leído cómo han hecho sangre gota a gota con noticias tan veraces como: “En el Cabo de Plata roban los móviles a un centenar de asistentes y los venden en la puerta del festival por un euro”, vamos a ver, encima que nos tacháis de ladrones también nos queréis tachar de tontos. ¿Quién roba un móvil para venderlo por un euro?

Lo mismo ocurre con Algeciras desde que tengo uso de razón. No he vivido nunca allí pero no hay que ser una lumbreras para ver cómo mienten sobre Algeciras también. Parece como si la droga y la delincuencia en España estuviese concentrada en Barbate y Algeciras… lo que no sabe mucha gente es que en el estrecho hay cámaras, y lo que no nos creemos mucha gente es que las cámaras se desconecten en algún momento y solo se den cuenta de que la droga entra en España cuando ya ha llegado a Barbate o a Algeciras.

Me cuesta creer en hechos tan inverosímiles. En lo que no me cuesta creer es en la frase de Harari “La perspectiva evolutiva es una medida incompleta del éxito”, porque aun siendo los barbateños y algecireños copias de ADN exactas de todos los seres humanos de Cádiz, de Andalucía, de España y del mundo, no estamos en igualdad de condiciones ante la vista de los otros gracias a las portadas de los periódicos.