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La creatividad es un mecanismo mental imprescindible y necesario que permite a la humanidad evolucionar. Podríamos definirla como aquella manera de pensar que nos permite generar ideas, combinar ideas existentes, dar soluciones originales a problemas antiguos y también plantearse problemas y retos nuevos. En la inagotable creatividad que la palabra Carnaval engloba, nos ceñiremos en estas líneas a la actividad compositiva en clave de humor, definida ya como la picaresca, la sátira, la ironía y el doble sentido. Una singularidad cultural que provoca el placer más pagano y auténtico, regado de música y moscatel evocando antiguas licencias precuaresmales que te ponen cuerpecito de viernes durante una semana entera.

Año tras año, podemos disfrutar de un impresionante despliegue creativo que fluye durante  meses y que eclosiona en el COAC y en las calles, regalando repertorios a veces brillantes y otras no tanto, pero en cualquier caso, llenos de dedicación, de tiempo y de energía dignos de mención. Tanto es así, que hay que cuidarse del derrotismo, de las críticas feroces y de la instantánea socarronería de las redes que a veces propician un vuelco de comentarios hacia una agrupación que habría que hacérselo mirar, mucho más si lo hace una persona que nunca se ha puesto a escribir ni una cuarteta en su puñetera vida. Para no andar por ramas de serpentinas y papelillos, centrémonos en la reflexión que nos ocupa, que no tiene más pretensión que la de analizar si toda creación es innovadora o no lo es, siempre desde un plano constructivista y de continuo aprendizaje a nivel personal como espectadora y como autora que también ha sacado grandes “mojonasos”.

Muchas personas han investigado y desarrollado ambos conceptos, ya que aunque parezcan la misma cosa, creatividad e innovación no son lo mismo. La mayoría de las teorías coinciden en que la creatividad es el hecho de generar ideas y la innovación está más orientada a los resultados, por lo tanto, la innovación es la creatividad orientada a los beneficios ya sean económicos o de otro tipo, como podrían ser beneficios prosociales, que son los que pretendo destacar como parte de la diferenciación compositiva gaditana. No olvidemos que el carnaval, como forma artística de expresión popular, tiene el valor añadido de poder hacer tambalear ideologías, reformular realidades complejas o transformar injusticias y opresiones en algo parodiable. Con esto no me refiero a sacar una pancarta en el Falla mientras estamos concursando, que con todos mis respetos, me parece una manera bastante simple de invitar a la acción y a menudo utilizada de atrezo efectista para ganar puntos. Crear por el arte de crear ya es algo maravilloso en sí, pero si queremos que nuestra creación tenga un impacto social hay que innovar. Obviamente, el fin crítico es algo latente en las letras de Carnaval, esta intención se aprecia mucho más en piezas como por ejemplo el pasodoble o el tango, pero llegando a la parte de los cuplés o el popurrí se va diluyendo ese objetivo, no siempre, pero sí muy a menudo. También podemos apreciar, en ocasiones, falta de coherencia ideológica en un mismo repertorio, por ejemplo: cuando se hacen letras serias y apasionadas se hace más evidente la queja social, pero ese mismo tema, tratado de forma humorística, suele perder de vista el enfoque, denotando falta de profundidad en el mismo.

Hay muchas formas de realizar una creación ética, si es que es nuestra intención, sin renunciar al humor; es algo que va más allá de una idea brillante, ya que produce un cambio bidireccional: la innovación en la creación humorística genera un diálogo interno en la persona creadora y también provoca un dialogo interpersonal entre las personas espectadoras. Sin embargo, la innovación responsable no siempre es fácil y, en ocasiones, muchas personas no ven su necesidad, apelando a argumentos como que “esto es ponerle límites al humor” o que “hay gente que se la coge con papel”.

Todo esto va más allá de esos argumentos reduccionistas que pueden indicar falta de ganas de ver el mundo de una manera diferente o incluso falta de empatía o de talento. Es algo mucho más profundo y más enriquecedor, por lo tanto no es un límite, sino todo lo contrario, es una oportunidad, es un camino que ofrece enormes posibilidades, un camino que a veces no se vislumbra como tal por miedo o por desconocimiento. Si no nos queremos replantear esto, ¡fenómeno! Sigamos haciendo lo mismo que hace cuarenta años, pero luego no se nos puede llenar la boca diciendo que el Carnaval es del pueblo, porque el pueblo ha cambiado, el pueblo es diverso y tiene múltiples miradas. Si el Carnaval no se puede desvincular de las gentes, hay que tener en cuenta su evolución y sus nuevas perspectivas para no hacer el humor de siempre ni a costa de los y las de siempre.

La frase que he escuchado muy a menudo es: “en el Carnaval ya está to inventao”. Estoy totalmente en desacuerdo con esta frase, es más, creo que es una manera de justificar lo mediocre. Es una creencia que limita la inquietud por hacer cosas nuevas y también limita la mejora continua de lo que hacemos. En base a esa premisa, eliminamos toda responsabilidad por nuestra parte, ya que asumir compromisos implica más trabajo y esfuerzo. La creatividad es una capacidad existente en todos los seres humanos y aplicable a todas las esferas de la vida. No existen personas sin creatividad, pero si hay personas que la ejercitan más que otras. Lo mismito que la innovación, todas las personas somos capaces de aportar valor con el humor o al menos no restar valor a los avances conseguidos, solo que hay gente floja o que tiene la sesera metida en adobo de Varón Dandy. ¡Ojo! Hacer humor de manera responsable no significa dejar de lado la irreverencia o la transgresión, todo lo contrario, es utilizar esa trasgresión de forma consciente para que sorprenda al espectador/a desde lo NO PREVISIBLE. Recuerda que los chistes a la parienta, al “sarasa”, a la suegra jartible, a la vecina promiscua, a Belén Esteban (tendencia en cuplés en 2017), a su hija (tendencia del 2018), a Chabelita (tendencia de este año) o al ligue femenino que al final tenía “un mandao”, se ven venir de lejos como si tuvieran un neón fluorescente. En la creatividad innovadora confluye el pensamiento, el conocimiento previo, la percepción, la motivación, la sorpresa, la imaginación y el atrevimiento. Es un coctel apasionante que nos permite evolucionar y no quedarnos anclados en chistes rancios, manidos o simplones. Como a mí me queda mucho por aprender, o todo por aprender, dejo por aquí un proceso que me sirve, para aquellas personas que quieran añadir el plus de la innovación a cualquier creación:

Primero: hay que pararse a pensar y no esperar a que la inspiración aparezca por arte de magia. No te quedes con la primera idea que se te venga a la cabeza; si ves mucho Sálvame puede que lo primero que se te ocurra sea un chiste sobre un personaje que aparece ahí. Huye de lo obvio y desengrasa el mecanismo del pensamiento creativo. La inspiración viene cuando estás trabajando en algo.

“Er chispazo bueno te llega cuando le estás dando muchas vueltas”

Segundo: tus conocimientos sobre una temática concreta son importantes, recuerda que cuantos más amplios sean, mayores serán las probabilidades de conexión entre ellos. Si quieres innovar tienes que aprender conceptos, realidades y ampliar tus horizontes.

“Lee, picha/chocho”

Tercero: todas las personas tenemos distintas percepciones de la realidad, replantéatelas de forma constante y pregunta a otras personas diferentes a ti. No des nada por sentado, ni tires por tierra otras maneras de ver las cosas simplemente porque nunca te lo hayas planteado. “La creatividad requiere tener el valor de desprenderse de las certezas.” Erich Fromm.

“Eso e ajín de to la vida”

Cuarto: la creatividad es motivadora y esta motivación es de las más contagiosas, por otra parte, tener una actitud de constante aprendizaje es estimulante para la mente.

“Trae más cuplesitos como ese a la chirigota, cabesa»

Quinto: Si sorprendes al público, seguro que se ríe más. No subestimes la capacidad de asimilación hacia lo nuevo pensando que lo convencional es lo que le gusta a todo el mundo.

“Eso es de cajón”

Sexto: Atrévete a experimentar cosas diferentes y asume que el juicio externo va a ser duro, sobre todo si estás cuestionando privilegios, estructuras de poder o estereotipos muy arraigados en las mentes. Atrévete también a sacar “mojonasos”, la mejor manera de aprender es equivocándose.

“Seguro que a Antonio Martín no le salió a la primera la presentación de Caleta»

Sexto: Imagina si algo se puede hacer de otra forma. Esto, hazlo con todo… «Las personas activamente descontentas son intranquilas y su carácter no les permite ser borregos obedientes.» Piotr Kapitsa.

“Todo tiene una vuertesita”

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S ginesta
Imagen: Pedripol

Según las normas implícitas de “protoculo” real, la reverencia ante sus majestades es el gesto elegante, cordial y de señal de respeto que hay que mostrar ante tales personalidades, aunque no es obligatorio y no aparece recogido en ninguna ley de ningún país democrático, se sigue manteniendo como código de buenas prácticas. La reverencia o besamanos es una tradición de rancio abolengo donde los hombres agachan la cabeza y las mujeres hincan rodilla en tierra. Los aspavientos formales se han flexibilizado mucho en estos últimos tiempos en parte gracias a Juanca que, como es muy campechano, no pone objeción alguna en que la plebe se acerque y le arrimen sudor prosaico con dos chabacanos besos.

No son gente corriente. No se escriben líneas ni normas de vestimenta para saludar por la mañana al panadero del barrio. No se plantean recepciones reales ni premios con el nombre de la charcutera del supermercado. No se rellenan páginas y páginas de papel cuché con la boda de la prima de tu cuñada que ha hecho el convite en un campo en Chiclana, ni se venden llaveros y platos del enlace con su careto en grande en la tienda de souvenir de la esquina. No son gente corriente y moliente porque lo hemos permitido. Hemos perpetuado e idealizado la figura del rey, del príncipe y la princesa como cuando de pequeñas jugábamos a serlo, imaginando que nuestra vida cambiaría de un plumazo si un príncipe nos rescataba de una concupiscente vida de periodista moderna, para pasar a ser consorte de revista donde la meritocracia de tu carrera profesional se mide en trajes de Lorenzo Caprile.

Hemos normalizado estas figuras como parte de nuestra historia hasta el punto de que sólo son cuestionables cuando nos encontramos ante una familia corrupta y evasora que cuenta con el aval del Estado, cuando salen a la luz comisiones ilegales o propiedades ocultas en el extranjero, cuando la amnistía fiscal ya suena a cachondeo, cuando aparecen amantes que son un paraíso sexual y fiscal o cuando las cacerías de elefantes se resuelven con un “perdón, no volverá a ocurrir” (que esconde un: perdón, no me volveréis a pillar). El caso que Noos ocupa es que seguimos soportando las idas y venidas de un rey emérito y decrépito que se sostiene por la creencia ilusoria de que nos salvó de un golpe de Estado. Una Monarquía arreglada por el tito Paco que aún se mantiene con Felipito que es un chavalito muy formal, que habla inglés, que “no se mete en ná” y que no para de decirle a su padre que deje ya la Coralinna, que la franela griega es mejor y más confortable.

Monarquías endogámicas que heredan su complejidad intelectual y su apellido Borbón o “Bourbon”, como delata su origen francés, y es que destilando tal sobrenombre podemos deducir que si Juanca tenía siempre la nariz coloraita no era sólo de pasar frío esquiando en Baqueira. Discursos de Navidad, que inventó Franco, ​más aburridos que una dieta a base de apio y que tienen un mérito enorme, porque rellenar un espacio televisivo hablando y sin decir nada, es desde luego para darle el premio Príncipe de Asturias; más aún si tienes que competir con una atractiva e insuperable parrilla televisiva de Nochebuena llenita de neo vedettes del destape posmoderno. Reyes inviolables en sistemas jurídicos permisivos con manadas, no sujetos a responsabilidad alguna y con actos refrendados y justificados hasta el punto de parecer una pantomima histriónica propia de auténticos bufones de la corte. Prensa más ocupada en el acto infantil de una nieta que no quiere darle un beso a su abuela, que de sacar a la luz la corrupción más latente. Dinastías prehistóricas avaladas por una Constitución anacrónica donde el varón prima sobre la mujer y que por lides del destino tendrá que recaer sobre Leonor si no tiene un hermanito o muere antes la Corona.

Felipe, recuerda que fuiste proclamado en Cortes Generales, que prestaste juramento de desempeñar fielmente las funciones de guardar y hacer guardar la Constitución, las leyes y respetar los derechos de los ciudadanos y de las Comunidades Autónomas. Por vergüenza torera: VETE.

No temo la multa Felipe y te explico el porqué. Nuestro pueblo, y digo nuestro porque tú no eres de pueblo Felipe, no cuenta con la misma libertad de expresión ante cualquiera que ante una jugosa Corona cada vez más criticable como la tuya. Cuando os cuestionamos nos puede caer prisión además de una multa considerable, a través de la justificación de un delito que, según el legislador, conlleva un efecto lesivo para toda la sociedad ya que la Corona es la más alta institución del Estado. Un delito que no protege al rey como individuo o persona con un honor y unos sentimientos, sino que pretende proteger a toda la sociedad en tanto que está representada por la jefatura del Estado. Fíjate tú qué manera más retorcida de darle la vuelta, es como cuando nos daban un babuchazo y nos decían: “es por tu bien” o “esto me duele más a mí que a ti”. Un tipo penal que os otorga una protección especial, otro privilegio más para el bote, haciendo que injuriar o calumniar a la monarquía tenga un castigo más elevado que hacerlo a cualquier otro ciudadano o ciudadana de a pie.

¿Y sabes por qué no me da miedo la sanción Felipito? A parte de que no incurro en injuria ni falsedad alguna, es porque creo firmemente que limitar la libertad de crítica de la ciudadanía no es un acto de mera formalidad legislativa, creo que es un acto bastante madurado y orquestado para limitar la capacidad de replantearse una institución medieval que cuesta más dinero que satisfacciones ofrece. Cierto es que no todas las críticas a la Corona son delito, concretamente, lo que están castigando los tribunales son aquellas ofensas que se consideran gratuitas o innecesarias para la crítica que se quiere realizar y que, por tanto, vulneran el honor y la dignidad de la Corona; como considero absolutamente necesario replantear paradigmas obsoletos para que podamos avanzar como sociedad, pues ahí que me la juego.

No es un delito de odio Felipe, yo no te odio, como mucho te tengo coraje. Tengo coraje de que lleguéis a fin de mes sin problema a costa de nuestra precariedad, de que en vez de dos niñas que deberían estar llenas de churretes jugando en el parque del barrio hayas educado a dos cíborgs que sólo se mueven cuando les das al play, tengo coraje de que tu hermana se haga la tonta ante los tejemanejes de su marido que también goza de beneficios penitenciarios creados para él, me da coraje de que el nuevo presidente del gobierno os siga pasando la mano al igual que lo hace una benévola o temerosa prensa que obvia vuestros oscuros contubernios, en definitiva me da coraje que nos toméis por imbéciles. Si las normas de protoculo son absurdas, sí que entiendo ahora una que dice: “al rey se le saluda con las manos vacías”, esta norma la cumplimos a raja tabla Felipe, porque nos lo estáis quitando todo.

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Ginesta2
Imagen: Pedripol

Como cuentan esas letras con compás, Cádiz es la ciudad del levante, donde el sol viene a morir mientras suena la horquilla, el carnaval y el flamenco. Se mece con el suave  balanceo de las barquillas que traen erizos y caballas. Huele a mar y se ve el naranja en sus azoteas que traen papelillos y ensayos de lavadero. No faltan piropos a sus callejuelas ni a su gracia exquisita, pero basta con agrandar la mirada para ver una realidad más profunda que incluye otra perspectiva menos paisajística pero más personal que la trimilenaria tacita, galeón suspiro de marineros y todas esas cosas.

En Cádiz repiquetea la máquina de coser de una costurera que se queda hasta las cinco de la mañana cosiendo lentejuelas para una comparsa que lleva más brillos que la Barbie destellos. También hay una artesana que pinta un forillo dejando su arte y sus ojos en los miles de detalles que hacen que una agrupación sea grande. Cádiz huele a puchero. El que hacen las parejas o “parientas” de muchos carnavaleros que salen gracias a que hay alguien que se encarga del trabajo de los cuidados. En las azoteas se refleja el blanco de las lavadoras puestas por Carmeluchi, que preferiría compartir tan bucólica labor para poder estar en un bar escuchando coplas y alternando. Carmeluchi es musulmana, fenicia, romana y también la que limpia las casapuertas de pipí con papelillos, porque suele ser “ella” la que enarbola la fregona con dignidad y ganas de ceder el cetro doméstico asignado por nacimiento. En esas azoteas resuena el eco de bandurrias y laúdes de manos más finas a las habituales en el Falla pero igual de firmes y afinadas. Suenan voces de mujer, comparsas y coros con voces femeninas aún no integradas en un oído carnavalero, que asumen octavillitas masculinas cantadas en una frecuencia solo audible por los perros, pero que muestra reticencias a otras voces alternativas que siempre suman en una fiesta que presume de ser abierta.

Suena a suegra, a la que se queda con sus nietos y nietas para que disfruten su hijo y su nuera con la que se lleva divinamente. Ella sigue escuchando chistes sobre ella en cuplés desde que nació Paco Alba hasta el día de hoy. También hay suegras de pelo morado y piercings que se toman un vaso en una esquina escuchando coplas y son capaces de arrancarse cantando letras de las Molondritas. Cádiz refleja una salada claridad, y refleja desde la ventana a esa rubia vecina del quinto que toca la guitarra y ensaya hasta que las yemas de los dedos se le ponen como chicharrones del Manteca.

Suena a madre y a diferentes maternidades. Algunas sacan romanceros y quieren transmitir a su prole la tradición de llevar y defender un cartelón. Suena a rechinar de dientes de mujeres puérperas que se arañan por cantar en su callejera, pero ahora lo que toca es dar teta. Muy gustosamente y con amor, pero con ganas también de tomarse un moscatel, porque la maternidad no tiene un botón que anule tus ganas de cachondeo. Toca otra cosa, y eso hay que asumirlo y trabajarlo, al igual que hay que trabajarse ese sentimiento de culpa inculcado con más visceralidad hacia ellas y que cargan en la mochila del tipo si quieren compatibilizar ocio, familia y trabajo.

Se ven por esas esquinas con cañones enganchados, papeles y borradores de una autora que saca tiempo de debajo de las “pieras” para escribir un popurrí. No necesita únicamente un boli y un papel, como muchos piensan: le hace falta poder compartir la crianza, le hace falta crear desde niña una autoestima fuerte enfocada hacia lo público, resiliencia para combatir las críticas, le hacen falta referentes y herramientas que no todas tenemos a nuestro alcance, pero sobre todo la empatía de quienes piensan que si no escribe es porque no quiere y punto. Lo que está claro es que no necesita juicios simplistas y superficiales.

También Cádiz es compás, el de una bombista, el de una cajilla y el de los nudillos de dos chicas en un mostrador que huele a Varón Dandy. En uno de sus isabelinos balcones se puede ver a una abuela que entretiene a su nieta enseñándole a recortar papelillos destrozando antiguas revistas donde sale la boda de algún aristócrata y gente pija con vestidos de cóctel. Papel cuché hecho añicos para la diversión pagana, proletaria, auténtica y sencilla.

Si estás “al liquindoi” puedes ver en la Caleta a diosas esteatopigias que juegan al bingo; Venus de Willendorf símbolo de la fertilidad, veneradas en otros tiempos y representadas con anchas caderas y prominente pechamen que ahora se corona con una medallita del Carmen y un hueso de corvina. A veces son objeto de bromas en chirigotas, pero siguen conservando esa majestuosidad que inspiraría al mismísimo Rubens y un humor que ya quisieran muchos cómicos y poetas. Ojalá los cánones fueran más permisivos y no tuviera nadie que disfrazarse de demonia sexy para gustar. Ojalá nuestra percepción no se formulase desde el juicio patriarcal y podamos sentirnos a gusto en esas carnes alimentadas de magdalenas engolliponas y cafelitos en el sol caletero de la tarde.

Como decía aquel tango: “La Catedral de mi Cádiz es tan bonita, es tan bonita…”, pues no hay una sino dos catedrales y ninguna obispa, aunque tampoco hace falta. Catedrales plantadas en añejos adoquines para pasear con calzado cómodo y no con tacones de piconera; con preciosos arcos para retrotraerte a otros tiempos y aprender a no repetir pensamientos arcaicos.

Si vienes a Cádiz o eres de aquí ponte dos coloretes para disfrutar de una fiesta maravillosa llena de arte y salero, pero ponte también un antifaz violeta para ver otras realidades, porque ellas están ahí, sonando más a Cádiz que nunca.

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Susana ginesta

Ilustración: pedripol

“La mujer del César no solo debe ser honrada, sino además parecerlo.” Esta famosa frase de Julio César y que nos traslada Plutarco, me ha venido a la mente con el caso de la manada.

Según la historia, Julio César se divorció de Pompeya Sila porque ella asistió a una Saturnalia (orgía sexual permitida a las damas romanas aristócratas). A Julio Cesar le sentó fatal y aunque hubo muchos testimonios alegando que ella había asistido solo como espectadora y no había cometido acto deshonesto alguno, Julio César los rebatió con su contundente y fulminante alegato.

Mucho tiempo ha pasado desde Julio Cesar, pero todavía su frase se esgrime como argumento para proteger a los agresores mediante una macabra estrategia de desprestigio hacia la chica, sobre la que se duda, se investiga y se llega a la conclusión de que al no estar constantemente en un pozo de angustia y exasperación, intentando normalizar su vida, tan mal no lo habrá pasado.

En España hasta 1989, antes de ayer prácticamente, los delitos contra la libertad sexual se incluían en el título de delitos contra la honestidad. Obviamente lo que se protegía no era la libertad sexual de las mujeres, sino su honestidad medida en base a su moral sexual, su pureza, sus expectativas matrimoniales, su relación monógama matrimonial, y por ende el concepto de familia forjado desde el paterfamilias – patriarcado romano y pulido por el judeocristianismo (que nos regaló el binomio insostenible de virgen – madre, imposible de cumplir y al que siempre acompaña la culpa, la culpa y la gran culpa, mecanismo de control altamente eficaz).

Si una mujer iba sola, de fiesta, quería sexo o vestía “inadecuadamente”, se ponía en tela de juicio su moralidad sexual y la protección penal era prácticamente nula. Para demostrar que eras decente debías tener más o menos el comportamiento de una monja de clausura. Esto también significaba que la violación en el matrimonio no se contemplaba, ya que no hacía tambalear el honor, (recordemos el “débito conyugal” que era la obligación de tener sexo para cumplir con el contrato marital). Era un extraño el que “mancillaba” ese objeto perteneciente al varón por el vínculo del casamiento; lo que nos lleva a pensar que lo que se protegía realmente era el honor del cornudo. Por otra parte, tampoco eras honesta si eras prostituta, ya que al tener un comportamiento sexual reprobado socialmente, las sentencias admitiendo la violación eran inexistentes al igual que su dignidad según la ley.

Se protegía penalmente a la mujer agredida si era de comportamiento intachable, virgen o le hubiera violado un desconocido mientras se resistía de manera violenta y constante, ya que si no había signos de forcejeo también era sospechoso (entrar en shock, quedarte paralizada y dejarte hacer porque tu vida peligraba se tenía en cuenta en contadas ocasiones).

En ningún momento se protegía la libertad de disponer de nuestro propio cuerpo, sino el uso del mismo a nivel familiar, procreador y transmisor de descendencia legítima lo que se protegía. Pero al parecer, todavía hoy se espera que tengamos una conducta sexual y social irreprochable no solo antes, sino también DESPUÉS de la comisión del delito, para ser merecedoras de la protección del Estado.

La cultura social tarda más tiempo en cambiar su discurso que la ley en sí, pero los cambios sociales son imparables. Percibimos una oleada de machismo visceral por el miedo que provoca perder la capacidad de controlar o desequilibrar el status quo patriarcal. Y es que no es una cuestión de sexo, es una cuestión de poder.

Una manada es un grupo numeroso de animales de una misma especie que van juntos, que obtiene poder por la fuerza del grupo, pero quien se comporta como la manada violadora, parece de una especie extraterrestre, horroriza tanto que parece un corta y pega en el collage que llamamos humanidad. Aunque si lo analizamos bien, este hecho no está tan alejado de la realidad que vivimos diariamente las mujeres, es una manifestación extrema del machismo que aún impera.

La manada no solo se refuerza entre cinco tíos que se reafirman como grupo de iguales, cinco machirulos que no ven nada de raro en un acto sexual no solo no consentido sino no deseado por parte de una chica. No es una cuestión de impulso sexual irreprimible, no es una cuestión fisiológica de satisfacer necesidades o apetencias, es una cuestión de poder. La impunidad de imponer un mandato sobre la que obedece. Ese concepto de poder y de impunidad lo ampara todo el sistema en el que vivimos. Quien acosa sexualmente en el trabajo, manda e-mails degradantes, o gasta bromas ridiculizando u objetivizando a las mujeres, tampoco lo hace por placer sexual, lo hace porque desde su situación superior ni se plantea que sea una falta de respeto y si lo considera como tal, no ve a sus compañeras o empleadas merecedoras del mismo. El que suelta un borderío por la calle, no lo hace por un impulso de testosterona, ni por la expectativa de tener sexo con la persona a la que le suelta ese improperio, lo hace por una cuestión de poder, porque “puede” opinar sobre el cuerpo de una mujer y se cree en pleno derecho de invadir su esfera personal. La manada hizo lo que lo hizo porque “podía” disponer sobre el cuerpo de la chica. La “impunidad aprendida” está avalada por patrocinadores de todo tipo, porque la manada no son solo cinco: quien no reprueba radicalmente ese acto, quien viraliza un vídeo, quien exige un comportamiento de precaución a la chica, quien juzga negativamente que estaba de fiesta a las tantas o que intentaba recuperar su vida después de la violación, también son manada.

Como decía, los cambios son imparables, y pese a quien le pese seguiremos teniendo “vidas licenciosas”, “desordenadas”, “promiscuas”, “libidinosas”, “no ejemplares”, seremos “ovejas descarriadas”, “ligeritas de cascos”, “arpías”, “mujeres públicas”, “de la calle”, “mundanas”, “zorras”… llamadnos lo que queráis, porque vamos a seguir viajando por el mundo con la única compañía de nuestra mochila, iremos solas a discotecas, vestiremos con minifaldas de charol, de pana gorda o haremos topless, cruzaremos bosques prohibidos por lobos amenazantes, escaparemos de los torreones para alcanzar cimas impensables, llegaremos más tarde de las doce y nos comeremos la calabaza en un aquelarre, romperemos tacones y techos de cristal, jugaremos manchándonos el vestido de los domingos, comulgaremos juntas con manzanas alucinógenas sin miedo a la culpa ni al pecado, descansaremos en llanuras sóricas de ocio y cachondeo, gritaremos palabrotas mientras rasgamos corsés y fajas reductoras, gozaremos de nuestro cuerpo, descruzaremos las piernas favoreciendo la circulación y el orgasmo, disfrutaremos de nuestra soledad, de la compañía elegida, del sexo esporádico, follaremos con quien nos dé la gana, participaremos en Saturnalias o en lo que nos plazca. ESO ES LO QUE HAY. Porque no es sexo, es poder, y nos hemos dado cuenta de que a través del miedo quieren que no tomemos lo que nos pertenece, que no es ni más ni menos que la mitad de todo.

Tiempo de lectura 💬 4 minutitos de náSussana ginesta

Fotografía: Jesús Massó

Vaya por delante que una no es de hacer spoiler, así que pueden leer este artículo sin miedo al destripe de ninguna temporada; ahora, también advierto que este texto puede herir susceptibilidades ideológicas de toda índole, no les voy a mentir. Mi frikismo por Juego de Tronos llega hasta tal punto, que no puedo evitar gaditanizar la serie en mi mente y ver en los personajes a gente de la ciudad y del panorama político local. Las conspiraciones y los juegos de poder me recuerdan a la política de pasillo y los plenos municipales me evocan violentas batallas entre reinos confrontados; si todo esto lo ambientamos en una ciudad donde el verano parece que dura décadas, hace que la similitud con la serie sea hasta sospechosa, vete tú a saber si hemos inspirado al mismísimo George R. R. Martin, que aquí en Cádiz se le llamaría “el Gorgue”.

La guerra por el Trono de Hierro o por nuestro Trono de Plata en Poniente (o Levante, según el día), ha dividido no a los siete reinos pero sí a barriadas, colectivos y a bandos políticos de más allá del Muro de Portatierra y de las gélidas tierras del Cádiz Norte. La mano Teocrática dictatorial de la rubia Cersei, dejó clara una oligarquía que todavía sigue desplegando sus artimañas a la sombra de los pinos, confabulando con estómagos agradecidos de migajas y promesas, regalando los oídos con el futuro incierto del regreso de su invierno. “Un Lanister siempre paga sus deudas”, decía ella mientras la deuda crecía y crecía y nadie sabía cuan vacías podían llegar a estar las arcas de un reino denostado por derroches superfluos y coches oficiales. Se han naturalizado tanto los banquetes y el croqueteo con buen vino sufragados con el diezmo del pueblo, que si llega un bastardo sin linaje político y cede sus ganancias para fines sociales, se le critica por vulgar, indigno de su puesto o populista.

Hay hasta aspirantes al trono, que emberrenchinados por no alcanzar victoria alguna en la guerra electoral, viven en un falso pacto, en un quiero y no puedo, dando la impresión al pueblo de estar sumergido constantemente en un infantil enfado improductivo, como si se tratara del mismísimo joven Rey Geofrey.

Decía Rober Baratheon: “Estoy rodeado de aduladores y necios. La mitad de ellos no se atreven a decirme la verdad y la otra mitad no la pueden encontrar.” Desgraciadamente el poder a veces conlleva una careta falsa con gomillas de las chungas, por eso el actual rey del Trono de Plata debe saber rodearse de buenos consejeros y consejeras, gente preparada que sepa gestionar; vamos que si va a tener una Mano del Rey, que sea la otra con la que se limpie el culo. Debe también reinar con sabiduría y mano firme (que no dura), porque si el pulso tiembla e intenta complacer a todo el mundo, termina dando medallas de vidriagón sin ton ni son o peor aún termina perdiendo el Norte, y el Norte hay que defenderlo como sea porque es ingobernable.

A veces hay que ser ignífuga como la Khaleesi para que no te queme la situación de la ciudad, porque entre otras cosas, también hay que estar filtrando constantemente y contrastando la información de algunos medios de comunicación que huelen peor que la boñiga de dragón. Se les ve a legua una clara intención de destruir y no la de construir un reino justo e imparcial donde la búsqueda de la verdad y las soluciones se antepongan a subvenciones de tiempos pasados.

Después de cada guerra, ver esos campos de batalla atestados de restos de todo tipo, hace que vengan a mi mente resacas de Trofeo Carranza en playas sin bandera por abanderar libertades incívicas de posibles votantes. Recordemos que el Pueblo Libre y los Salvajes son lo mismo en la serie, pero entre esos dos conceptos existe una diferencia conceptual importante. Al menos se han tenido los arrestos de limitar esa batalla de pinchitos y cristales, sustituyéndola por una de coplas, medida impopular pero necesaria hasta que el Pueblo Libre aprenda a respetar un ecosistema que será el legado que dejemos a generaciones venideras, que tendrán otros reyes, otras reinas, pero el mismo escenario idílico donde el sol muere majestuosamente sin necesidad de adornos superfluos ni bandas sonoras horteras.

Imagino un diálogo de Cadi Cadi entre el enano Tyrion y Jonh Nieve:

Jonh Nieve: Quillo que estamos en Invernalia, coge una rebequita que “The winter is coming” porrita.

Tyrion: ¡Que Invernalia ni que ocho cuartos! que aquí no hase frío, aquí hase humedá. De esa que por mucho que te abrigues se te cala en los huesos. ¿Que el invierno is coming? ¡Po me la coming! Perdona quillo, no lo he podío evitá, ma salío solo.

Jonh Nieve: Mira Tyrion (con voz de cuartetero),
Tú vas de entendío
y te va mucho el derroche,
a ti te va a ayudá un guardia…
¡un Guardia de la Noche! Clan, clan.

Tyrion: ¡si el que necesitas ayuda eres tú cohone! Llama a un fuertesito de gimnasio como el Khal Drogo que seguro que carga un paso o sale en una comparsa de guapitos, además tú que dise ¿qué derrotar al ejército de los Caminantes Blancos es difísi? Tú porque no ha intentao aparcá en Cadi ome.

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Fotografía: Jesús MassóSusana ginesta

Vivimos un momento de dicotómicas confrontaciones ideológicas, la izquierda – la derecha, Ganar Cádiz – Podemos, toros sí – toros no, el fútbol como deporte – el fútbol de millonarios y hooligans, feminismo – machismo (que aunque no sean términos antagónicos, aún hay gente que debate sobre algo tan básico a nivel conceptual), ninfas sí – ninfas no, azafatas en el circuito sí – azafatas no, corrupción galopante – casos aislados, medalla a la virgen del Rosario sí – medalla no, el PSOE de estos – el PSOE de aquellos, tortilla con cebolla o sin cebolla… todo se discute con una vehemencia visceral, todos los días y varias veces además, con lo que el esfuerzo llega a ser sobrehumano y con escasa recompensa si pensamos en el mínimo porcentaje de personas que son capaces de cambiar de postura gracias a un debate en Facebook, en una cena de Nochebuena o en la oficina.

Y aquí pasa como con la dieta, nos levantamos con un desayuno espartano de pan de centeno integral y café solo con sacarina y terminamos con una cena vikinga, comiendo con las manos y con toda la cara chorreando de pringue. Nos decimos “hoy no me meto en ná, así no me llevo sofocones”, y a las nueve y cuarto de la mañana ya hemos retwitteado cuatro opiniones, dado a me gusta a siete post y hemos publicado una parrafada dejando clara nuestra posición sobre la extinción de la melva canutera, es más, empezamos escribiendo con una diplomacia que podrían contratarnos perfectamente de Community Manager en Buckingham y a mitad del comentario las teclas están hasta metidas para dentro de lo calentita que nos hemos ido poniendo poquito a poco. El punto final del post es como el mazazo de una jueza del Supremo justo antes de irse de vacaciones a las Bahamas.

Debatir es sano, el ejercicio de confrontar ideas conviene practicarlo a menudo para no convertirnos en personas aborregadas y dóciles, nos despierta la mente y nos acerca a otras opiniones diferentes a las nuestras. Debatir es todo un arte, pero para que así sea, hay que disponer de herramientas y tener habilidades sociales  que nos permitan
expresarnos, aceptar otros puntos de vista y defender nuestras ideas de manera asertiva. También hay que tener gran capacidad de resiliencia para encajar aquellos comentarios de personas que no saben discutir y que sólo sueltan latigazos por la boca.

A veces es duro posicionarse. Posicionarte te desnuda, te hace el blanco de trolls que desean carnaza. Gente tóxica que no soporta opiniones contundentes. Pero el argumento que más escucho para rebatir lo que sea, es lo que he venido a denominar: “el discurso de la importancia”. La teoría se resume en las siguientes frases a modo de ejemplo:

 

  • “¿Habrá cosas más importantes por las que protestar que por esa tontería?”
  • “La de cosas que hay por hacer y mira en que gilipollez se entretienen”
  • “¡Con el paro que hay en Cádiz, mira que pararse en pamplinas!”
  • …

 

Se resta importancia a lo expuesto alegando que hay otras cosas más importantes que cambiar. Este argumento simplista sirve para todo, y lo suelen esgrimir personas que pretenden desprestigiar una opinión, pero no tienen muchos argumentos de peso para contrarrestar ni tampoco hacen nada por cambiar otras realidades.

Yo me pregunto qué es lo realmente importante y supongo que depende de lo que cada uno/a considere. Obviamente el paro es una lacra social que impide que muchas personas puedan tener una vida digna. Es algo por lo que hay que trabajar a nivel político y social. Eso no se discute. Pero que el paro en nuestra ciudad sea una realidad patente no quita que podamos luchar, protestar y debatir sobre otras realidades paralelas y latentes.

Todo se construye con pequeños actos y acciones diarias. Por ejemplo cuando hay un debate sobre el lenguaje sexista, hay muchas personas que se rajan las vestiduras por la gilipollez que supone que se le dé importancia a hablar incluyendo el femenino. Bueno, se puede pensar que es una gilipollez o se puede pensar que es una manera de poner un granito de arena ante un entramado patriarcal complejo que está plagado de micromachismos. Si nos ponemos así, un anuncio sexista es una tontería, un borderío por la calle es una tontería, un cuento donde ellas sean las pasivas – durmientes incapaces de rescatarse solas es una tontería, un cuplé a las cachas de la vecina es otra tontería… y así hasta que construimos una realidad desigual con un imaginario común sexista que termina legitimando las violencias más visibles. Una medalla a una virgen, es una tontería para muchas personas y algo importante para otras. En cualquier caso todo lo que suscita tanta polémica siempre es importante, ya que remueve a las personas, tanto para un lado como para el otro. Es importante a nivel de fe para quien piensa que es una manera de galardonar a un icono religioso de relevancia para la ciudad y es importante para quien opina que un estado laico debe separar lo religioso de los consistorios o los ayuntamientos se terminarán convirtiendo en un lugar de peregrinación, donde igual se dictamina una ordenanza que te purifican con agua bendita y te echan las cartas.

Siempre hay debates y debates. El otro día puse Telecinco, (sí, lo confieso) y encima puse el programa de Ana Rosa Quintana, (ahora podéis dejar hasta de hablarme), y de los cinco minutos que dejé el programa puesto, cinco minutos se llevaron hablando sobre la mierda que Leticia Sabater había dejado cerca de donde estaban durmiendo sus compañeros del reallity  Supervivientes. Lo quité. Pero tenía pinta de que llevaban un buen rato hablando de eso y que no tenían intención ninguna de cambiar de tema. En ese momento me acordé de la carrera de periodismo de Ana Rosa y de lo repipi y finolis que me había parecido siempre. Pues ahí estaba la tía, hablando de los mojones de Leticia Sabater. Y es que hay público para todo, opiniones de todo tipo y “siempre hay un tiesto pa una mierda” nunca mejor dicho.

El “discurso de la importancia” es muy común en personas que se mojan poco, que no tienen una lucha clara o que les da coraje que otras personas defiendan lo que creen justo. La gente que se implica y que se deja la piel no se merece que desprestigien su lucha con argumentos de que algo es irrelevante. Si se está en contra, maravilloso, argumente, pero con criterio y amabilidad. Construyamos y no ataquemos. Charlemos y no gritemos. Fíjense en la cara de Ana Rosa por ejemplo, ya puede estar en contra de sus tertulianos/as que la muchacha no pone ni un gesto desagradable. Aunque ahora que lo pienso, igual es el bótox que no la deja ni pestañear.

A veces hay que sopesar si merece la pena entrar al trapo. Yo misma me veo en esa tesitura muchas veces y siempre pienso en lo siguiente: ¿Qué me va a producir más gasto de energía? ¿Callarme y no meterme en fango, mientras me corroen las tripas como si tuviera ácido en el esófago? o ¿gestionar y contestar argumentos de algunas personas que no quieren escuchar y que únicamente quieren “hablar de su libro”? Depende de la situación me meto en berenjenales o respiro profundamente y desvío mi instinto animal. A veces me siento Buda y a veces me siento Belcebú, pero ahí estamos en esa constante dicotomía. Y es que la vida, es como Cádiz, a veces es tacita de plata y a veces es olor a meao.