Tiempo de lectura ⏰ 4 minutitos de ná

Sussana ginesta

Fotografía: Jesús Massó

Vaya por delante que una no es de hacer spoiler, así que pueden leer este artículo sin miedo al destripe de ninguna temporada; ahora, también advierto que este texto puede herir susceptibilidades ideológicas de toda índole, no les voy a mentir. Mi frikismo por Juego de Tronos llega hasta tal punto, que no puedo evitar gaditanizar la serie en mi mente y ver en los personajes a gente de la ciudad y del panorama político local. Las conspiraciones y los juegos de poder me recuerdan a la política de pasillo y los plenos municipales me evocan violentas batallas entre reinos confrontados; si todo esto lo ambientamos en una ciudad donde el verano parece que dura décadas, hace que la similitud con la serie sea hasta sospechosa, vete tú a saber si hemos inspirado al mismísimo George R. R. Martin, que aquí en Cádiz se le llamaría “el Gorgue”.

La guerra por el Trono de Hierro o por nuestro Trono de Plata en Poniente (o Levante, según el día), ha dividido no a los siete reinos pero sí a barriadas, colectivos y a bandos políticos de más allá del Muro de Portatierra y de las gélidas tierras del Cádiz Norte. La mano Teocrática dictatorial de la rubia Cersei, dejó clara una oligarquía que todavía sigue desplegando sus artimañas a la sombra de los pinos, confabulando con estómagos agradecidos de migajas y promesas, regalando los oídos con el futuro incierto del regreso de su invierno. “Un Lanister siempre paga sus deudas”, decía ella mientras la deuda crecía y crecía y nadie sabía cuan vacías podían llegar a estar las arcas de un reino denostado por derroches superfluos y coches oficiales. Se han naturalizado tanto los banquetes y el croqueteo con buen vino sufragados con el diezmo del pueblo, que si llega un bastardo sin linaje político y cede sus ganancias para fines sociales, se le critica por vulgar, indigno de su puesto o populista.

Hay hasta aspirantes al trono, que emberrenchinados por no alcanzar victoria alguna en la guerra electoral, viven en un falso pacto, en un quiero y no puedo, dando la impresión al pueblo de estar sumergido constantemente en un infantil enfado improductivo, como si se tratara del mismísimo joven Rey Geofrey.

Decía Rober Baratheon: “Estoy rodeado de aduladores y necios. La mitad de ellos no se atreven a decirme la verdad y la otra mitad no la pueden encontrar.” Desgraciadamente el poder a veces conlleva una careta falsa con gomillas de las chungas, por eso el actual rey del Trono de Plata debe saber rodearse de buenos consejeros y consejeras, gente preparada que sepa gestionar; vamos que si va a tener una Mano del Rey, que sea la otra con la que se limpie el culo. Debe también reinar con sabiduría y mano firme (que no dura), porque si el pulso tiembla e intenta complacer a todo el mundo, termina dando medallas de vidriagón sin ton ni son o peor aún termina perdiendo el Norte, y el Norte hay que defenderlo como sea porque es ingobernable.

A veces hay que ser ignífuga como la Khaleesi para que no te queme la situación de la ciudad, porque entre otras cosas, también hay que estar filtrando constantemente y contrastando la información de algunos medios de comunicación que huelen peor que la boñiga de dragón. Se les ve a legua una clara intención de destruir y no la de construir un reino justo e imparcial donde la búsqueda de la verdad y las soluciones se antepongan a subvenciones de tiempos pasados.

Después de cada guerra, ver esos campos de batalla atestados de restos de todo tipo, hace que vengan a mi mente resacas de Trofeo Carranza en playas sin bandera por abanderar libertades incívicas de posibles votantes. Recordemos que el Pueblo Libre y los Salvajes son lo mismo en la serie, pero entre esos dos conceptos existe una diferencia conceptual importante. Al menos se han tenido los arrestos de limitar esa batalla de pinchitos y cristales, sustituyéndola por una de coplas, medida impopular pero necesaria hasta que el Pueblo Libre aprenda a respetar un ecosistema que será el legado que dejemos a generaciones venideras, que tendrán otros reyes, otras reinas, pero el mismo escenario idílico donde el sol muere majestuosamente sin necesidad de adornos superfluos ni bandas sonoras horteras.

Imagino un diálogo de Cadi Cadi entre el enano Tyrion y Jonh Nieve:

Jonh Nieve: Quillo que estamos en Invernalia, coge una rebequita que “The winter is coming” porrita.

Tyrion: ¡Que Invernalia ni que ocho cuartos! que aquí no hase frío, aquí hase humedá. De esa que por mucho que te abrigues se te cala en los huesos. ¿Que el invierno is coming? ¡Po me la coming! Perdona quillo, no lo he podío evitá, ma salío solo.

Jonh Nieve: Mira Tyrion (con voz de cuartetero),
Tú vas de entendío
y te va mucho el derroche,
a ti te va a ayudá un guardia…
¡un Guardia de la Noche! Clan, clan.

Tyrion: ¡si el que necesitas ayuda eres tú cohone! Llama a un fuertesito de gimnasio como el Khal Drogo que seguro que carga un paso o sale en una comparsa de guapitos, además tú que dise ¿qué derrotar al ejército de los Caminantes Blancos es difísi? Tú porque no ha intentao aparcá en Cadi ome.

Tiempo de lectura ⏰ 5 minutitos de ná

Fotografía: Jesús MassóSusana ginesta

Vivimos un momento de dicotómicas confrontaciones ideológicas, la izquierda – la derecha, Ganar Cádiz – Podemos, toros sí – toros no, el fútbol como deporte – el fútbol de millonarios y hooligans, feminismo – machismo (que aunque no sean términos antagónicos, aún hay gente que debate sobre algo tan básico a nivel conceptual), ninfas sí – ninfas no, azafatas en el circuito sí – azafatas no, corrupción galopante – casos aislados, medalla a la virgen del Rosario sí – medalla no, el PSOE de estos – el PSOE de aquellos, tortilla con cebolla o sin cebolla… todo se discute con una vehemencia visceral, todos los días y varias veces además, con lo que el esfuerzo llega a ser sobrehumano y con escasa recompensa si pensamos en el mínimo porcentaje de personas que son capaces de cambiar de postura gracias a un debate en Facebook, en una cena de Nochebuena o en la oficina.

Y aquí pasa como con la dieta, nos levantamos con un desayuno espartano de pan de centeno integral y café solo con sacarina y terminamos con una cena vikinga, comiendo con las manos y con toda la cara chorreando de pringue. Nos decimos “hoy no me meto en ná, así no me llevo sofocones”, y a las nueve y cuarto de la mañana ya hemos retwitteado cuatro opiniones, dado a me gusta a siete post y hemos publicado una parrafada dejando clara nuestra posición sobre la extinción de la melva canutera, es más, empezamos escribiendo con una diplomacia que podrían contratarnos perfectamente de Community Manager en Buckingham y a mitad del comentario las teclas están hasta metidas para dentro de lo calentita que nos hemos ido poniendo poquito a poco. El punto final del post es como el mazazo de una jueza del Supremo justo antes de irse de vacaciones a las Bahamas.

Debatir es sano, el ejercicio de confrontar ideas conviene practicarlo a menudo para no convertirnos en personas aborregadas y dóciles, nos despierta la mente y nos acerca a otras opiniones diferentes a las nuestras. Debatir es todo un arte, pero para que así sea, hay que disponer de herramientas y tener habilidades sociales  que nos permitan
expresarnos, aceptar otros puntos de vista y defender nuestras ideas de manera asertiva. También hay que tener gran capacidad de resiliencia para encajar aquellos comentarios de personas que no saben discutir y que sólo sueltan latigazos por la boca.

A veces es duro posicionarse. Posicionarte te desnuda, te hace el blanco de trolls que desean carnaza. Gente tóxica que no soporta opiniones contundentes. Pero el argumento que más escucho para rebatir lo que sea, es lo que he venido a denominar: “el discurso de la importancia”. La teoría se resume en las siguientes frases a modo de ejemplo:

 

  • “¿Habrá cosas más importantes por las que protestar que por esa tontería?”
  • “La de cosas que hay por hacer y mira en que gilipollez se entretienen”
  • “¡Con el paro que hay en Cádiz, mira que pararse en pamplinas!”

 

Se resta importancia a lo expuesto alegando que hay otras cosas más importantes que cambiar. Este argumento simplista sirve para todo, y lo suelen esgrimir personas que pretenden desprestigiar una opinión, pero no tienen muchos argumentos de peso para contrarrestar ni tampoco hacen nada por cambiar otras realidades.

Yo me pregunto qué es lo realmente importante y supongo que depende de lo que cada uno/a considere. Obviamente el paro es una lacra social que impide que muchas personas puedan tener una vida digna. Es algo por lo que hay que trabajar a nivel político y social. Eso no se discute. Pero que el paro en nuestra ciudad sea una realidad patente no quita que podamos luchar, protestar y debatir sobre otras realidades paralelas y latentes.

Todo se construye con pequeños actos y acciones diarias. Por ejemplo cuando hay un debate sobre el lenguaje sexista, hay muchas personas que se rajan las vestiduras por la gilipollez que supone que se le dé importancia a hablar incluyendo el femenino. Bueno, se puede pensar que es una gilipollez o se puede pensar que es una manera de poner un granito de arena ante un entramado patriarcal complejo que está plagado de micromachismos. Si nos ponemos así, un anuncio sexista es una tontería, un borderío por la calle es una tontería, un cuento donde ellas sean las pasivas – durmientes incapaces de rescatarse solas es una tontería, un cuplé a las cachas de la vecina es otra tontería… y así hasta que construimos una realidad desigual con un imaginario común sexista que termina legitimando las violencias más visibles. Una medalla a una virgen, es una tontería para muchas personas y algo importante para otras. En cualquier caso todo lo que suscita tanta polémica siempre es importante, ya que remueve a las personas, tanto para un lado como para el otro. Es importante a nivel de fe para quien piensa que es una manera de galardonar a un icono religioso de relevancia para la ciudad y es importante para quien opina que un estado laico debe separar lo religioso de los consistorios o los ayuntamientos se terminarán convirtiendo en un lugar de peregrinación, donde igual se dictamina una ordenanza que te purifican con agua bendita y te echan las cartas.

Siempre hay debates y debates. El otro día puse Telecinco, (sí, lo confieso) y encima puse el programa de Ana Rosa Quintana, (ahora podéis dejar hasta de hablarme), y de los cinco minutos que dejé el programa puesto, cinco minutos se llevaron hablando sobre la mierda que Leticia Sabater había dejado cerca de donde estaban durmiendo sus compañeros del reallity  Supervivientes. Lo quité. Pero tenía pinta de que llevaban un buen rato hablando de eso y que no tenían intención ninguna de cambiar de tema. En ese momento me acordé de la carrera de periodismo de Ana Rosa y de lo repipi y finolis que me había parecido siempre. Pues ahí estaba la tía, hablando de los mojones de Leticia Sabater. Y es que hay público para todo, opiniones de todo tipo y “siempre hay un tiesto pa una mierda” nunca mejor dicho.

El “discurso de la importancia” es muy común en personas que se mojan poco, que no tienen una lucha clara o que les da coraje que otras personas defiendan lo que creen justo. La gente que se implica y que se deja la piel no se merece que desprestigien su lucha con argumentos de que algo es irrelevante. Si se está en contra, maravilloso, argumente, pero con criterio y amabilidad. Construyamos y no ataquemos. Charlemos y no gritemos. Fíjense en la cara de Ana Rosa por ejemplo, ya puede estar en contra de sus tertulianos/as que la muchacha no pone ni un gesto desagradable. Aunque ahora que lo pienso, igual es el bótox que no la deja ni pestañear.

A veces hay que sopesar si merece la pena entrar al trapo. Yo misma me veo en esa tesitura muchas veces y siempre pienso en lo siguiente: ¿Qué me va a producir más gasto de energía? ¿Callarme y no meterme en fango, mientras me corroen las tripas como si tuviera ácido en el esófago? o ¿gestionar y contestar argumentos de algunas personas que no quieren escuchar y que únicamente quieren “hablar de su libro”? Depende de la situación me meto en berenjenales o respiro profundamente y desvío mi instinto animal. A veces me siento Buda y a veces me siento Belcebú, pero ahí estamos en esa constante dicotomía. Y es que la vida, es como Cádiz, a veces es tacita de plata y a veces es olor a meao.

Tiempo de lectura ⏰ 6 minutitos de ná

Susana ginesta

Ilustración: pedripol

Te escribo esta carta mientras recibo una patadita tuya en mi barriga. Te aseguro que ahora mismo me hace más feliz que nada en el mundo, aunque te muevas más que las maracas de Machín justo en ese momentito placentero en el que una está cogiendo el sueño. Esta carta la leerás cuando tengas capacidad para entenderla y espero que sea antes de que descubras algunas fotos en casa o en internet que delaten mi pasado (aunque conociendo lo cachondas que son tus tías chirigoteras, te lo habrán desvelado antes entre risas y ensayos). Sólo quiero que lo entiendas tú. No espero que lo haga nadie más. A la única persona a la que quiero darle explicaciones es a ti, porque pienso ser cada día mejor y ayudarte a crecer en un mundo un poquito más sano.

Inés, cariño, tengo algo que decirte, hace unos quince años yo era tan friki del carnaval como ahora, pero hace quince años todavía había muchos menos referentes femeninos en el carnaval de Cádiz y de las pocas opciones que una se planteaba para participar en la fiesta era presentándote al concurso de ninfas. Si te elegían, entrabas gratis al Falla; entre otras cosas como vestirte de piconera, participar en el pregón, pases para la carpa, ir a ferias y fiestas etc., aunque lo del Falla era mi principal motivación, si te soy sincera.

Me fascinaba el concurso, las letras, las voces, las coplas. Me encantaba verlas de cerca y sin tener que aguantar las colas eternas que se formaban en la puerta, turnándonos entre clases y exámenes de facultad y ahorrando como podías para alguna que otra entradilla aunque fuera de preliminares.

Me presenté, y fíjate, me escogieron. Escogieron a nueve de entre doscientas y pico de chavalas jóvenes, monas, no tan monas, listas y no tan listas. Porque entre tanta gente suele haber de todo. Había que demostrar que sabías comportarte “correctamente” y seguir determinados “protocolos”, saber bailar tanguillos, o responder a preguntas tan inteligentes como: “Si a una compañera le toca el color de traje de piconera que a ti te gusta, ¿qué le dirías?” o “¿Cuál es la parte de tu cuerpo que más te gusta?”…

Después de esas preguntas que me parecían bastante absurdas, empecé a preguntarme si ese era mi sitio o no, pero pocos días después me dijeron que me habían seleccionado y dejé correr ese asunto que no me encajaba del todo pero que no sabía argumentar porqué; hoy sí.

Me escogieron, y si te digo la verdad no fue una experiencia mala (también es verdad que tu madre se lo pasa bien en un charco), pero tampoco fue una experiencia para tirar cohetes, a lo largo de mi vida he tenido momentos infinitamente más divertidos y memorables. Cada persona lo vivirá desde su punto de vista, pero lo que está claro es que lo puedo criticar con pleno conocimiento de causa. Y ahora, desde mi puretismo, puedo reflexionar y argumentar muchas cosas que hace quince años no podía o no sabía cómo hacerlo. De las cosas buenas y malas de mi “ninfado” te hablaré en otro momento, y seguro que nos reiremos juntas, pero el caso no es que me lo pasara mejor o peor, no es esa la cuestión por la que te escribo.

Te escribo para decirte que nunca voy a prohibirte que te presentes a algo así, ya sea fallera, ninfa, coquinera, sirenita de Copenhague, o dama mayor de Soto del Real, sólo te pido que pruebes otras cosas antes, que hay alternativas en el carnaval que pueden ser más estimulantes. Por ejemplo, cuando pruebas a salir en una agrupación y no funciona del todo, pero sigues, sigues y sigues intentándolo otro año más, y ves como cada año le gusta a más gente, cuando compruebas que con tus letras la gente reflexiona y se ríe, cuando te llaman autora, cuando tu grupo te adora porque has sido capaz de sacar lo mejor de cada una y las consideras hermanas, cuando la calle se convierte en tu aliada, cuando recibes besos y abrazos de sincera admiración por el trabajo bien hecho, porque te lo has currado, porque te has llevado noches sin dormir pensando en un repertorio, cuando te la has jugado con un romancero que no sabías si iba a gustar, cuando pintas cartelones para otras compañeras, cuando les echas una mano a escribir a amigas que empiezan su andadura… cariño, no hay color. Elige lo que quieras, pero te aseguro que es mucho más gratificante conseguir algo con esfuerzo. La banda no cuesta ninguno, pasas o no pasas una selección, y el orgullo de lo conseguido con esfuerzo es infinitamente mayor.

Hay quien te dirá que no es incompatible, y no lo es. Se puede sacar una chirigota y haber sido ninfa, y disfrutar de las dos experiencias. Pero te aseguro que el escribir y reflexionar sobre nuestro papel en el mundo, también me ha servido para analizar ese papel de piconera que tanto se alaba, y que créeme, tampoco es para tanto. Pero nunca, nunca,  insultes a nadie. No insultes a la que se presenta, ni a la que no lo hace, ni a la que lo hizo pero ahora ha cambiado de opinión, ni a la que no quería, pero quiere ahora. No critiques a personas. Critica instituciones, cuestiona paradigmas, no pienses que si siempre se ha hecho algo de determinada manera, debe seguir siendo así. Cuestiónate las tradiciones, la religión, cuestiona hasta lo que diga tu madre. Hazte preguntas e intenta no hacer sentencias absolutas. Sólo la gente flexible, que se pregunta cosas, crece. Y te quiero grande y libre. Libre hasta de ideas preconcebidas. Me encantaría escuchar de ti: “Voy a pensarlo”, “Eso nunca lo había visto de ese modo”, “Puede que tengas razón”… la sociedad elimina esas frases del imaginario común y nos hace pensar que eso es ser voluble, y no lo es. Es ser capaz de cambiar de opinión, tan sencillo y tan complicado como eso.

No insultes, argumenta. Los enemigos más encarnizados con tus ideas son aquellas personas que no las entienden y que no son capaces de esgrimir argumentos sólidos. No te aferres a un equipo de fútbol, ni a un color favorito, ni a un partido político. Las cosas cambian, TÚ CAMBIAS CONSTANTEMENTE. Yo no era la misma hace quince años. Ahora, sin ir más lejos, con el barrigón que tengo tendrían que ponerme una banda ancha que ni la mejor oferta de Ono. Dentro de quince años tampoco seré la misma que ahora (al menos, eso espero). Ayer podía gustarte el batido de chocolate, mañana no. No sientas que estás traicionando nada, simplemente ya no te gusta. No hagas mucho caso de los comentarios negativos hacia tu persona, pero tampoco tengas demasiado en cuenta las alabanzas. Los alimentadores de egos son muy peligrosos ya vengan de tu belleza, de tu inteligencia o de tus habilidades. Cree en ti. Permítete equivocarte y no seas muy dura contigo misma.

Esta sociedad te transmitirá de todas las maneras posibles el papel de princesa, de corona y vestidos, de almenas y palcos, de carrozas hechas con una calabaza o con papel maché, de esperar a que te elijan en un baile o en un pregón. Yo te enseñaré el camino de la guerrera, el de las cicatrices, el camino de la lucha contra lo impuesto, contra tradiciones obsoletas, a favor del avance y la rebeldía. Es un camino lleno de trolls, dragonas y algún que otro espadazo por la espalda, no te lo voy a negar,  pero con conocimiento de causa puedo decirte que también es el más enriquecedor. Una vez visto los dos, mi experiencia me ha hecho disfrutar del segundo camino mucho más. Un camino que no finaliza en un reinado, continúa durante toda la vida, que me aporta realización personal, objetivos increíbles, proyectos más creativos y papeles más activos. Un camino que cuando le coges el punto te empieza a fascinar, un lugar en donde te ríes hasta de tu propia sombra.

Cojas el camino que cojas voy a quererte con locura. Elige lo que quieras, pero ojalá nunca necesites que alguien te diga que eres bonita. Ojalá nunca naturalices que tu lugar está detrás de una entrega de premios. Ojalá que la primera banda que quieras sea de música y experimentes tus talentos. Ojalá rehúses saludar desde un trono. Ojalá no necesites figurar en un acto ni representar un vestido. Porque sólo cuando no lo necesites, empezarás a darle importancia a otros papeles mucho más gamberros, excitantes y alternativos que te harán sentir granDiosa sin necesidad de títulos ni deidades.

Recuerda que entre piconera y pionera solo dista una letra, pero hay todo un mundo de posibilidades en medio.

Te quiere, mamá.

Tiempo de lectura ⏰ 5 minutitos de ná

Susana ginesta

Fotografía: Jesús Massó

La sociedad en la que nos movemos tiene una percepción horrenda del fracaso, no nos gusta contar las veces que nos hemos caído, que nos han roto el corazón y hemos escuchado a Alex Ubago hasta reventar el compact, las veces que nos han despedido de un trabajo o no nos han elegido en una entrevista de trabajo o las innumerables ocasiones en que nuestra comparsa “se ha comido un mojón” dejándonos en preliminares con cuatro pasodobles “buenísimos” sin estrenar. Aprender a gestionar el fracaso no es sencillo.

Desde pequeños/as, nos enseñan que debemos ser personas exitosas, las mejores, las más listas, aquellas personas que despuntan, por eso atiborramos a nuestras criaturas con actividades extraescolares hasta que llegan a la extenuación. Es por la misma razón que un “NO” a un adolescente es percibido como una puñalada trapera por parte de sus progenitores; esa falta de tolerancia al fracaso nos la enseñaron y la perpetuamos de manera casi inconsciente. Pero la realidad es que a lo largo de nuestra vida tenemos que hacer frente a fracasos sentimentales, laborales, personales y profesionales. Y cuando fracasamos nos hundimos, nos sentimos que no valemos nada y decidimos que no merece la pena continuar luchando por el objetivo que nos habíamos propuesto, que lo mejor es abandonarlo y dedicar nuestro tiempo a otro más sencillo de lograr.

“Nos retiramos. Ya no vamos al Falla nunca más, no valoran nuestro trabajo. El jurado es cobarde y no se atreve a apostar por nosotros”. (Comentario real de chirigotero frustrado después de quedar fuera de la final del COAC).

El fracaso es algo inherente al ser humano, según el Diccionario de la Real Academia Española, es el malogro o resultado adverso de una empresa o negocio. Un suceso lastimoso inopinado y funesto. La caída o ruina de algo con estrépito y rompimiento. Lo relaciona con: catástrofe, desastre, decadencia, fallo, colapso y derrumbamiento.

La idea del fracaso como algo negativo es algo que tenemos absolutamente interiorizado, sin embargo es algo que forma parte de la dinámica de la vida.

Pensar que fracasar es lo peor que puede pasarnos es el mayor inhibidor de la creatividad y de la innovación. Nos paraliza y nos conmina al “pa qué” y al “esto no vale pa ná”. Nos llena de excusas que llegamos a creernos como verdades absolutas cuando al fin de cuentas lo que tenemos es MIEDO. Tenemos miedo de que no salga bien y nos pesa mucho la crítica social. Nos aterra que se cachondeen desde gallinero, que nos señalen, que nos escriban críticas en los medios y que nos cierren el telón. (Entiéndase la metáfora carnavalera como algo extrapolable a otras situaciones de la vida.)

Ese miedo va asociado al riesgo, tememos arriesgar por miedo a la pérdida. Tememos perder estatus, prestigio, dinero, reputación… Con esto no quiero decir que debamos de dejar de sopesar las situaciones de manera realista pero sí que hay que minimizar la percepción del riesgo, esa percepción que a veces es exagerada por nuestra mente y que crea miedos infundados. Es decir, hay que dejar de oler la mierda antes de cagarnos.

El problema aquí es que interpretamos el fracaso como ausencia de éxito, no como una tentativa. En Cádiz somos “losers”, o “fracasadores” profesionales. Ser la cuna del desempleo europeo, ver mermadas nuestras industrias, ir a partidos desastrosos del Cádiz CF y verle perder una y otra vez, sentir ninguneada nuestra proyección turística, mirar carteles de traspaso en cada esquina y negocios de duración efímera, nos debe servir para algo.  

Hagamos un poco de memoria, en Cádiz, hemos estado en crisis prácticamente siempre, ¿Qué tememos perder? Es nuestro ecosistema natural, si el fracaso es una posibilidad para todo el mundo, a Cádiz le tocó el gordo.

Vivimos en la sociedad del “todo me va bien”, “no lo intentes si no vas a lograrlo”, “dientes, dientes, que es lo que les jode”. Cuanto menos intentos menos éxitos, cuanto menos éxitos menos competitividad. Un sistema montado para que no intentemos nada nuevo, para que nos acomodemos en nuestros sillones, para que asumamos lo impuesto, donde las estructuras y las organizaciones no se cuestionan o se cuestionan con actos ineficaces de infantil rebeldía en facebook y en bares.

Señalar al que fracasa es una idea perversamente inculcada que quitan las ganas al resto. El derrotismo del “eso no vale ná”, la crítica y la superioridad de “los entendíos” es algo que mamamos también en nuestra tierra.

Perderlo todo da miedo, ¿pero no da más miedo no tener nada? Mi profesión me ha permitido ver la creativa maquinaria de supervivencia que han enarbolado personas y familias enteras, que en situaciones extremas han tenido que realizar una huída hacia adelante porque no quedaba otra. Esto me hace pensar que ese ingenio latente del gaditano/a se activa ante el fracaso.

Recuerdo a mi abuela, que en una familia donde diariamente comíamos alrededor de trece personas y los recursos eran limitados, tenía que hacer un plan de comida diario para gente que comía como una “lima sorda”. Un día quiso guisar papas con chocos pero no había chocos para tanta gente, sólo había papas. Así que hizo “papas a la ilusión del choco” (o así habría bautizado el plato Chicote), es decir, nos vendió de tal manera el guiso, que todo el mundo saboreaba el choco de trasmallo cuando en realidad no había ni un cachito de pota en toda la olla. Ese talento que activamos de manera natural es parte de nuestra idiosincrasia.

En la cultura americana, el fracaso es visto de forma muy diferente a la cultura europea, lo ven como algo natural, una oportunidad de aprendizaje, una muestra de que al menos se ha intentado; que conste que no los considero referente en casi nada y que Trump con esa cara de coñeta revenía me da mucho coraje, pero es verdad que las empresas consideran los fracasos en el currículum como un punto más, como una medida que demuestra superación, aprendizaje y la evitación de la repetición. Si después de tres noviazgos buscas una cuarta relación con el mismo patrón y te hace igual de infeliz, es que no has aprendido nada o que Alex Ubago y Amaral te han sorbido el cerebro como un batido.

Mi abuela no tenía ni idea de esta tendencia americana, ni falta que le hacía, pero sabía que las verdades absolutas no existen, todo depende de cómo las miremos.

Pero ¿sabemos interpretar la información que nos ofrece el fracaso? Lo más importante que nos brinda el fracasar es saber qué camino no hemos de seguir ¿aprendemos de esos errores? ¿O caemos una y otra vez en gobiernos que nos roban y nos vuelven a robar?

Todas las personas estamos expuestas al fracaso, esa es la realidad. Creerse exento de él es un absurdo y una falta de sentido común; sin embargo, si asumimos el fracaso con la actitud correcta podremos incluso fortalecernos y abrirnos a nuevos horizontes. Para ello debemos minimizar la percepción del riesgo, aprender a desarrollar el ejercicio de la autocrítica y superar los miedos y las creencias limitantes.

Equivocarse es señal de que hemos intentado hacer algo nuevo. No olvidemos que por algo se inventó el lápiz con una goma arriba ¿no?

Tiempo de lectura ⏰ 5 minutitos de ná

El tercer puente 12 verticales 01

Fotografía: José Montero

Cuando veía allá por los ochenta la película Regreso al futuro, me imaginaba que por el dos mil y pico los aerodeslizadores, las correas automáticas para perros y las pizzas minúsculas que se hacían gigantes en 15 segundos serían una realidad que nos haría la vida mucho más fácil. En cualquier caso, aunque no podamos volar en patinete, podemos imprimir en 3D, hacer ejercicio con una Wii y aunque no dispongamos de espadas láser, sí que lo usamos para operarnos de miopía y hasta para depilarnos las ingles.

Ojalá alguien hubiera vaticinado que Milli Vanilli hacían playback y que Mecano se iba a separar, nos hubiera ahorrado más de un trauma, como el que nos causaron esas gafas de vista con cristales un poco marroncitos que te hacían la cara más triste que un walkman sin cinta.

Deberían habernos advertido (de la misma manera tajante que nos decían que comprarse un video Beta era como invocar a Satanás) que los Chimos y los Frigodedos iban a extinguirse cual Triceratops. Para nuestro consuelo, los Sugus, los Calipos y los Phoskitos siguen estando a la venta (aunque «no saben iguá»).

Quien nos iba a decir que los videoclubs estaban condenados al ostracismo absoluto o que “Thriller”, de Michael Jackson, seguiría molando pero Locomía no (bueno, quizá esto último era algo más predecible).

Teníamos una importante obsesión por ir a la moda, una moda voluptuosa de maquillajes exagerados y cardados imposibles, que se materializaban en hombreras a lo jugador de rugby que se aguantaban con el tirante del sujetador o en tupés con laca como para perforar la capa de ozono como un colador. Sin olvidar de esa incipiente obsesión que también comenzó a suscitar el mundo del videojuego y las máquinas recreativas, que proliferaban en bares, restaurantes, hoteles y supermercados. Recordamos con peligrosa añoranza esos juegos de lucha como Street Fighter, los combates de Bola de dragón, o las bragas por las que suspiraba el precoz acosador Chicho terremoto… “inocentes” obsesiones que naturalizaban violencia y sexismo que hoy, siguen replicándose exactamente igual, o de manera más agresiva si cabe, a través del Assassins Creed, Grand Teaft Auto o Sean Chan.

Pero sobre todo, ojalá hubiéramos tenido más información acerca de las consecuencias de la heroína y de los efectos secundarios de las operaciones de pecho (que se incrementaron justo después de comenzar la emisión de “Los vigilantes de la playa”), y también se hubiera agradecido saber algo más acerca de la especulación inmobiliaria y la perversa e inculcada obsesión por tener una propiedad hipotecada que iba a provocar que, años más tarde, millones de familias se vieran en una situación de precariedad absoluta.

Marty McFly debería habernos advertido de que las medidas neoliberales de Ronal Reagan y su libre mercado iban a sentar las bases de la economía mundial en los años venideros y que el monstruo nuclear creado en Chernóbil continuaría causando estragos a modo de lluvias radiactivas en nuestra “queridísima” Europa.

Todo esto que surge de un domingo taciturno de palomitas y películas retro, me lleva a hacer un ejercicio de prospectiva futurista recordando una técnica creativa que se denomina WHAT IF, que consiste en preguntarse: ¿Y si…?

¿Y si escribiera este artículo desde el futuro? ¿Cómo nos veríamos con la perspectiva del tiempo?

DE OBSESIONES, POKEMONS Y RUNNERS

Quién nos iba a decir las consecuencias que tendrían las aparentemente inocuas obsesiones que teníamos en el 2016. Ojalá nos hubieran advertido de que íbamos a sufrir una escoliosis degenerativa precoz por mirar el móvil constantemente, y que acabaríamos viendo Pokemons imaginarios al lado de cada farola, postrado en cada esquina, y encaramado en cada balcón cual borracho ve un elefante rosa doble y borroso.

¡Ay! Si hubiéramos sabido que esas inocentes fotos que nos hacíamos poniendo morritos ha causado una evolución del ser humano a pescadilla, entonces sí que nos lo hubiéramos pensado dos veces. Que ridículo resulta ver ahora esas pamplinosas caras que intentaban resaltar los pómulos y esas poses de modelo perpetua: manita a la cintura, una pierna tiesa, la otra dobladita y  la carita ladeada. Y las fotos de las bodas eran ya para morirse (porque había una cantidad ingente de bodas) a lo de los morritos y la pose de modelo perpetua le sumábamos bigotitos de cartulina con un palito, unas gafitas de cartulina con un palito, pajaritas, gorritos, con un palito…  éramos de lo más “original” que se despachaba, ¿había boda? Photocall con chorraditas para la foto, no fallaba. Y encima lo colgábamos en Facebook haciéndonos los felices y contentos, porque en eso consistían las redes sociales, cuantas más fotos chorras “hipermegasuperhappy” mejor, aunque nos divorciásemos a los dos años.

Nos daba por correr, bueno, sobre todo nos daba por vacilar y contar nuestros avances de “runners” en las redes sociales, y nos comprábamos todo un armario de ropa deportiva que costaba un ojo de la cara para quedar bien en los selfies. En realidad todo lo que hacíamos lo hacíamos pensando en colgarlo en las redes. Lo que comíamos, lo que leíamos, lo que pensábamos, hasta si cambiábamos de pareja dejábamos constancia de la manera más empalagosa posible de que teníamos una nueva. Vivíamos a través de esa falsa realidad, hasta el punto de no disfrutar de una puesta de sol, si no la fotografiábamos y la subíamos junto con una frase de Paulo Coelho.

Cada “me gusta” era como un orgasmo cibernocivo que nos enganchaba de una manera insaciable para cubrir nuestro ego. Egocentrismo, hedonismo y carajotismo, generación del espejo y de los hastags.

Cada vez que se nos acababa la batería, entrábamos en pánico nuclear y todas las carencias y conflictos personales no resueltos lo resolvíamos con el Reguettón, el Zumba y dejándonos la piel en defender en toda reunión social lo venenoso del azúcar, la peligrosidad de las harinas refinadas, el riesgo de la lactosa y defendiendo como el Cid Campeador los beneficios de la Quinoa o de la Avena.

¡TRES! Ni una, ni dos… hasta TRES elecciones aguantábamos sin rechistar en una época enmarcada en una crisis económica mundial que cuestionó la utilidad de Europa, haciendo que Inglaterra se marcara un “vemo”. Una Europa que permaneció impasible ante miles de personas refugiadas sin hogar, sin país, sin consuelo.

Ahora vemos las consecuencias del uso masivo de los drones. Tanta tecnología invertida en estos robots voladores que terminaron, como ya sabemos, controlando la ya inexistente intimidad de las personas en cualquier punto y rincón del planeta.

Nunca nos tomamos demasiado en serio lo Calentamiento Global, pero seguíamos quejándonos del tiempo, de “la jartura de levante”, “de la caló pegajosa” y del “frío del carajo” que no pegaba para la estación que era.

Los relevos monárquicos de Los Países Bajos, de Bélgica o de España, no nos encendieron la bombilla de las ideas para llegar a la conclusión de que son figuras obsoletas y perfectamente prescindibles en cualquier Estado. Una época en la que la Iglesia contaba cada vez con menos adeptos y que de manera inteligente puso a un carismático Papa argentino para no perder su mayor público hispanohablante.

Bueno, voy a calzarme mis Asics y mi camiseta transpirable que me voy corriendo a cazar Pokemons, a ver si entro en el traje de la boda de mi prima. Espero que os guste el artículo y tenga muchos “me gusta”. Susana se siente genial comiendo un yogur con muesli y semillas de amapola. Carita sonriente.

(Nota final: la realidad es que me he puesto las babuchas, me he tirado en el sofá a ver una serie y voy a pimplarme un bocadillo de lomo en manteca. Susana se siente genial con los morritos llenos de pringue. Si no compartes este artículo, “tampoco pasa ná”.)

 

Tiempo de lectura ⏰ 3 minutitos de ná

de que te ries portada

Se abre el telón del Gran Teatro Falla y entre el elenco de componentes de una chirigota, se vislumbra un señor de metro ochenta con barba de dos días vestido de mujer. Su atuendo es bastante hortera. La pintura de labios le llega de oreja a oreja, como si lo hubiera maquillado el Joker borracho. La minifalda deja entrever pelos en las piernas de la longitud de la melena de Rapunzel, y simula que tiene dos grandes pechos con más relleno que un pavo en nochebuena. La peluca, rubia, por supuesto, se le mete constantemente en la boca porque masca chicle de manera compulsiva al mismo ritmo que mueve un bolso dorado con lentejuelas.

Esta es una forma de hacer comedia. Thomas Hobbes definía la risa ante lo cómico como una expresión de superioridad ante algo que vemos. Una desproporción que se produce por exceso o por defecto entre personas o situaciones.

Lo cómico puede ser burdo o puede ser todo un arte. Fingir que tropiezas y caes, puede ser una forma ingenua de hacer reír, o puede ser una maravilla del clown si lo hace Oleg Popov o Pepe Viyuela. Pero eso son palabras mayores, además de formar parte de un contexto socio cultural diferente al ámbito al que nos estamos refiriendo, Cádiz, concretamente el Carnaval de Cádiz y su particular forma de hacer reír a través de la música, las letras y la interpretación.

Por otro lado, el humor, a diferencia de lo cómico, permite la presencia de emociones. Consiste en darle un giro gracioso a un hecho de enorme seriedad que se oculta rebeldemente a modo de broma. Implica un acto de empatía, es decir, ponerse en el lugar de la otra persona a la hora de escribir e interpretar. Eso lo percibe el público como una vía de escape, como una alternativa a un problema que le está pasando, es una forma de buscar soluciones dándole otra dimensión a la realidad.

El humor suaviza y rebaja intensidad dramática. Nos hace reflexionar a través de sus principales herramientas: la paradoja, la metáfora, la ironía y el ingenio. A veces, autores y autoras nos sorprenden en sus comprometidas letras con una magistral relatividad ante determinadas problemáticas que acechan a nuestra ciudad, a nuestro país, a nuestro mundo. Es difícil tomar esa distancia para ver con objetividad la crisis, el paro, los desahucios, la precariedad, la infravivienda, la corrupción… pero darle la vuelta con sentido del humor sí que es todo un arte. Apreciarlo y aprovecharlo como catarsis es todo un placer para el bienestar personal. Digamos que la vehemencia visceral es más comparsista y la ironía con perspectiva suele ser más chirigotera.

Freud define el humor como un choque entre dos mundos representativos enteramente heterogéneos. Carnavaleramente hablando, diríamos que en Cádiz “le damos la vuelta a las cosas y a todo le sacamos punta”, y lo hacemos para reírnos buscando su contrario.

Hay quien puede entender que reírse de situaciones cruentas puede ser frívolo, también habrá quien piense que es una forma de pasar de puntillas ante las injusticias, pero no olvidemos que las situaciones más feroces se pueden afrontar de muchas maneras y en absoluto son incompatibles. Igual de importante es abanderar una manifestación, ser activista o participar en política (entendiendo la política como herramienta de transformación social y no la política de plástico que nos mercantiliza) que transformar en humor las dificultades de nuestro día a día. Reírse en la cara del fracaso lo hace pequeño, reírse de los miedos nos hace más valientes, reírse de la derrota nos humaniza, reírse de la opresión nos hace sentir que no van a poder someternos.

En definitiva, nos reímos de lo cómico porque lo vemos imperfecto y susceptible a corrección, encierra un componente de humillación para modificar la conducta del sujeto a través de la carcajada. Cuando nos reímos de un tropezón, es por la superioridad que nos provoca el torpe, nos reímos del que se viste de puta porque existe un desconocimiento absoluto de su dura realidad, nos reímos de la suegra porque quien lo escribe no es suegra obviamente.

La decisión de exigir un humor de calidad la tiene siempre el público.

Decidan pues.

Fotografía: Jesús Massó