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Un respeto. No vamos a permitir más desagravios, más desprecios, ni un olvido más, ni más eufemismos, ni una sola de vuestras mentiras. Somos los nietos y las nietas de los que aún siguen en las cunetas; somos los nietos y las nietas de los que no mataron de un disparo pero a los que le quitaron la vida en vida; somos los nietos y las nietas de todas mujeres calladas, señaladas y pobres que desafiaron la represión con silencio pero con dignidad y fortaleza; somos los nietos y las nietas de un país sin memoria, que no ha sido capaz en 40 años de democracia, mirar a su pasado con honestidad, hacer justicia, resarcir a las víctimas y devolver el reconocimiento a tantos y tantas silenciados.

Que habéis venido a provocar, ya lo sabíamos. Y os jactáis de ello. Como en la Comisión de Cultura del Parlamento andaluz, competente en los temas de Memoria Histórica, donde desde lo simbólico, queréis pisotear el trabajo de recuperación que se ha venido haciendo desde el movimiento memorialista y las administraciones para conseguir esa verdad, justicia y reparación que como pueblo, víctima o no –lo somos todos y todas en realidad-, tenemos derecho.

No, lo vuestro es equiparar víctimas con verdugos, con una indignante ley de concordia con la que buscáis repetir otra vez la perversión más dura del franquismo: la justicia al revés. Convertir a personas honradas, sencillas, honorables y justas en criminales en base a esas leyes, a esa terminología jurídica, que llamaba a los golpistas nacionales y a los inocentes, rebeldes contra el Glorioso Movimiento Nacional.

Que vuestras manos no toquen la memoria
Ilustración: Pedripol

Y todo pactado y apuntalado por vuestros compañeros de viaje. Las derechas, la hidra de tres cabezas que quiere acabar con que Andalucía sea una tierra donde se respeten los derechos humanos…porque señores de VOX, PP y Ciudadanos, esto no es revanchismo ni guerracivilismo, como quieren hacer ver, enfrentando así a la gente: esto fue un genocidio al que hay que dar respuestas desde los derechos humanos.

Y desde la ternura, desde la empatía como la que tiene un pueblo como el andaluz. Esa que ustedes ni sienten y que les lleva a cuestionar sin ningún respeto que el dinero público sirva para exhumar a hombres y mujeres -también españoles y españolas, también andaluces y andaluzas- que no han tenido más recuerdo ni más consuelo que el de la tierra pegada a sus huesos.

Saquen sus manos de la memoria. Respeten y lávense la boca para hablar, como hizo el presidente de la Junta de Lorca –asesinado- y Machado –exiliado-, de víctimas que usan cuando les vienen en gana, silenciando eso sí, sus destinos. Porque nos van a encontrar, a los de siempre, a tres, a cuatro, a los que seamos. Más fuertes que nunca, más organizados, más convencidos de que nuestra sociedad tiene una deuda pendiente con ellos y ellas y, sobre todo, con nosotros y nosotras mismas. Más memoria histórica que nunca. No lo olviden.

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Perondi
Imagen: Pedripol

Como en la novela de Margaret Atwood, España va camino de convertirse en una especie de Gilead, y no me estoy refiriendo sólo a esta horrible distopía presente en la que vivimos y donde las mujeres somos violadas -ahora encima en grupo- vejadas, cuestionadas, asesinadas  y discriminadas desde un sistema heteropatriarcal hecho para que, por mucha modernidad en la que vivamos, nuestro presente y nuestro futuro sea estar por debajo y ser sujetos inferiores en derechos. Por desgracia, ese presente da para muchos más artículos de opinión pero, en esta ocasión, he querido detenerme en otro aspecto, que debemos abordar cuanto antes como sociedad.

¿Dónde están las niñas y los niños? España ha registrado este pasado año 2017, la tasa de natalidad más baja desde hace 40 años, 8,4 nacimientos por cada mil habitantes, pero los sucesivos gobiernos de este país, siguen sin poner esta cuestión en el centro del debate a pesar de que nuestra pirámide de población se vaya a caer por falta de una base sólida. Recuerdo en el colegio, cómo teníamos que estudiar el envejecimiento de la población y, lejos de mejorar, la cuestión se ha complicado aún más. Y cómo no hacerlo: la crisis económica ha frustrado los proyectos vitales de miles de ciudadanos y ciudadanas para las que la maternidad se ha convertido en un lujo fuera de su alcance. ¿Qué mujer se atrevía a quedarse embarazada si estaba en paro? ¿Cuál lo hacía si acababa de encontrar un trabajo? ¿Cómo intentarlo si la mala racha en tu empresa no terminaba de pasar y ya nunca ibais a recuperar el número de empleados que una vez tuvo? ¿Cómo ascender a  puestos de dirección con responsabilidades familiares?

Y en todas estas preguntas, hablo en femenino singular, porque aunque debería ser una decisión compartida, es a la mujer a la que se imputa este deber y a la que se plantean todos estos dilemas. Por eso, estoy segura de que esta cuestión fundamental no está en el centro del debate político porque afecta, en primer lugar, a las mujeres,  y en último, también. Porque en lugar de establecer políticas reales de conciliación, los cuidados siguen siendo de las mujeres, y la maternidad castigada desde el mundo del trabajo, con horarios que hacen imposible la crianza de los hijos si no es en manos de terceros; porque en lugar de premiarla, tenemos una clase empresarial tan miope que descarta a mujeres porque “dan más problemas” y “hay que buscarle sustituto o sustituta” durante su baja de maternidad. Y sigo hablando en femenino singular porque me consta que, aunque haya cientos de parejas en las que la maternidad-paternidad se afronta de manera conjunta, el sistema sigue haciendo recaer en las mujeres toda la obligación. Y cuando la mayoría encuentra un mínimo de estabilidad y se decide a dar el paso, llegan los problemas de fertilidad y se abre un mundo de tratamientos que ponen a prueba el cuerpo y la salud mental de las mujeres. Pero eso da también para otro artículo.

Por eso es tan importante que el Congreso haya votado por unanimidad la propuesta de Unidos Podemos sobre los permisos de maternidad y paternidad iguales e intransferibles. Yo diría que más importante, porque afronta esta cuestión desde la corresponsabilidad y porque garantiza el derecho de los hijos a poder pasar sus primeros meses de vida con sus progenitores. Esta medida, a la que espera una larga tramitación parlamentaria en todo caso, supondría no sólo dejar de convertir la maternidad en un obstáculo para las mujeres, en la consolidación de un derecho para los padres, en un beneficio para los hijos y las hijas, sino un paso adelante como sociedad que espero que tenga consecuencias en nuestro mercado laboral y en nuestra mentalidad para conseguir una educación en la igualdad, que se inicie con una crianza de igual a igual. Un paso que debe contemplar, puesto que si no, no sería un avance real, a familias no tradicionales, a familias no heterosexuales y, por supuesto, a familias monoparentales.

Nosotras no queremos ser heroínas, supermujeres, ni ser tachadas de malas madres, no queremos postergar la maternidad por miedo al rechazo laboral…este país, además no se lo puede permitir. Queremos que nuestros hijos mamen la igualdad desde que nacen, que los hombres –en especial- tengan el derecho pero también, el deber de criar y conciliar porque creo que cuando se pongan en ese lugar, entenderán la discriminación que sufrimos las mujeres. Cuando esto se ponga en el centro del debate, no sólo podremos revertir un problema demográfico sino sobre todo de derechos.

 

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Vanesa
Imagen: Pedripol

Tú sí, Valentina. Tú sí podrás ser la mujer que quieras ser. Tú sí podrás vivir como quieras sin que nadie pueda juzgarte ni minusvalorarte. Tú podrás vestir como te dé la gana sin que te digan que la falda está muy corta, muy larga o si tus pantalones son adecuados o no. Sin que nadie te valore por guapa, fea, gorda o delgada. Podrás jugar a los coches o a las construcciones, como ya haces, porque si te gustan las muñecas será una cuestión que sólo decidas tú y nadie te guíe. Podrás andar sola por la calle, sin tener miedo. Beber, bailar cuanto quieras sin que te pongan ninguna etiqueta por ello.

Tú podrás ser futbolista y proclamarte campeona como hacen ellos. Y cobrarás igual que ellos. Podrás, si quieres, ser investigadora, estibadora, matemática, bombera o agricultora y tu trabajo será reconocido. Podrás ocupar todos los puestos de dirección que mereces según tu valía, medida igual que la de los demás, porque además seguro que seréis mayoría en la universidad y todo ese talento será aprovechado y reconocido.

Tú no tendrás miedo a viajar sola, no te mirarán mal cuando entres en un bar, disfrutarás del sexo, de la amistad y nunca, nunca postergarás tu deseo de ser madre por temor a que no te contraten. No sentirás que tu carrera se ha truncado por tener un bebé, ni te sentirás excluida con 40 años o relevada a tareas menores. Tú no serás juzgada si decides no ser madre, ni te someterás a juicios privados y maliciosos por amar a quien quieras.

Tú sí podrás Valentina, porque este 8M las mujeres del mundo vamos a ser imparables, porque estoy convencida de que seremos miles, millones en las calles, porque la Marea Violeta en este país ya no se puede frenar y habremos conseguido cambiar las cosas para que te críes en una sociedad igualitaria. No va a ser fácil. No lo es desde ya, cuando a diario luchamos una pequeña batalla para evitar roles de género que nos asignan desde bebés. Cuando la corriente, la tradición, el machismo –no es otra cosa-  te hace caer en la trampa y contribuimos a perpetuar desigualdades. No lo va a ser así pasen años, en otras partes del mundo, donde las mujeres somos objetos, mera mercancía. Donde las niñas, como tú, no tendrán más oportunidad que las calles, donde son perseguidas por querer estudiar, donde son rociadas con ácido si se atreven rechazar a asesinos, donde son esposadas cuando aún tienen edad de jugar, cuando, directamente, son explotadas.

Tú vas a ser libre, y ningún hombre te hará sentir menos ni pondrá nunca tu vida en peligro. Tú has sido demasiado valiente para que no te dejen ser lo que tú quieras ser. Tú seguirás la lucha por todas. No olvides a las que te antecedieron. Sigue su ejemplo. Apóyate en las demás y arrima tu hombro. Nos va la vida en ello. Tú eres esperanza.

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V perondi
Imagen: Pedripol

Es tanta la culpa que sólo contarlo aprovechando esta ola de confesiones me parece oportunista, cobarde, egocéntrico… Tan superficial como un selfie en instragram, tan políticamente correcto como un hashtag #todosomos y ahí sigo castigándome a mí misma, debatiéndome en si es necesario decir a los cuatro vientos algo tan antiguo y tan insignificante ante golpes que son de verdad y dejan moratones, penetraciones que desgarran no sólo músculos o insultos que hieren como cuchillos.

Algo que se quedó congelado en mi memoria hace 26 años como si nunca hubiera pasado pero que no, que nunca se olvida. En aquel momento, la vergüenza me impidió decir toda la verdad. En estos momentos, la duda todavía hace mella en mí. ¿Es necesario? La secuencia no es completa, me faltan datos y de sus caras, solo recuerdo una. Debía ser verano, por la ropa que llevaba y lo tarde que subí a casa. En los túneles de mi barriada, aquella tarde, jugábamos mis primas y yo. De las tres hermanas, vinieron la mediana –de mi edad- y la pequeña –ocho menos que nosotras-. 13 y 5 años. Normalmente, era su barriada el escenario de nuestros juegos. Una enfrente de la otra. Yo siempre me sentí más de la suya que de la mía, la verdad, pero aquella tarde, la pasamos allí. Nos conocíamos todos: los de un lado y los del otro. Sin embargo, aquel grupo de niños no era de ninguna de los dos.

Se acercaron a nosotras y empezaron a intimidarnos, a amenazarnos y se fueron para la pequeña. Ahí, vuelven recuerdos clarísimos. “A la niña ni tocarla”, dije, como si yo fuera una mujer. “Pues entonces contigo”. Vacío en mi memoria y vuelve otra vez el flash. Rodeada por ellos, me quedé en medio de un corro de terror. Un círculo de cuatro o cinco niños con uno -ese del que no se me olvida su cara- que llevaba un palo y me decía cosas, mientras que los demás me tocaban el culo, los incipientes pechos y todos se reían. De ahí, al recuerdo de mi casa, a la cara desencajada y al mi madre qué te pasa. Y no poder contarle ni la mitad de lo que ocurrió de la vergüenza que sentía. “No pasa nada, tonta” sin ella saber qué había pasado de verdad. También, el “¿ahora te vas a duchar?”. Y el agua hirviendo y yo frotándome cada palmo de piel. Eso no lo recuerdo, eso lo siento ahora mismo.

Y volví a sonreír. Seguí sufriendo machismos y agresiones sin percibirlas, aceptándolas como algo normal y jugándome la vida cuando fui más mayor y actué como una mujer libre y con consciencia. Y como yo, cientos, miles de mujeres en todo el mundo a las que nos han hecho creer que vivimos en igualdad y que somos unas histéricas snobs por contar cuando unos niñatos te acorralaron y te tocaron mientras te amenazaban con un palo; cuando actrices consagradas cuentan cómo fueron violadas; cuando un novio te pidió que no trabajaras porque su madre antes no lo hizo; cuando otro desgraciado robó su primera vez a una amiga y la violó sin ella advertirlo hasta años después, cuando un jefe te puteó y te hizo cargar con los equipos más pesados como me contaba otra o cómo muchas mujeres son degradadas en el trabajo por haber sido madres.

Son los machismos de mi vida, micros y macro; los de la mía y los de muchas. A las que nos han dicho que somos libres e iguales, aunque en este país se viole a una mujer cada ocho horas o hayan asesinado a 824 mujeres desde que existe una Ley de Violencia de Género. Y luego están las otras, las que viven en países donde las mujeres no son ni oficial ni oficiosamente ni libres ni iguales. Ahí se me pone la piel de gallina. Ahí es donde te das cuenta cuánto queda por hacer. Y  te acuerdas de tu estúpido corro de la patata perverso y machista y de esa manada de niños que 26 años después sigue reproduciéndose y presentándose ante la sociedad como “buenos hijos”.

Tiempo de lectura 💬 4 minutosV perondi

Ilustración: Pedripol

En el colegio católico en el que estudié, el librepensamiento se hacía hueco entre la religión y era precisamente un sacerdote –muy querido por todos- el que impartía Filosofía. Con él repasamos a todos los grandes pensadores clásicos aunque, eso sí, Tomás de Aquino tenía que llevar el Santo por delante. Allí estudié historia con uno de esos profesores que te dejan huella así pasen treinta años. No pasamos, creo recordar, de la Restauración Borbónica con Alfonso XII y como ha ocurrido en muchas generaciones de estudiantes, esta última etapa de nuestra historia reciente del siglo XX (mucho más cercana en los años 90), ni siquiera se trataba. Pero él fue dando pistas –o al menos así las he interpretado después- de todo lo que me he ido encontrando a lo largo de mi vida y en la búsqueda del conocimiento de ese convulso siglo XX de nuestro país.

Decía él que en España siempre hemos tenido muy malos políticos desde el siglo XVIII y nos hablaba de que los mejores hispanistas estaban fuera de nuestro país. Con él conocí a Ian Gibson y al Gerald Brenan de Al Sur de Granada, un libro que debo tener aún en casa y del que Fernando Colomo hizo una película. Nunca hablamos de la Guerra Civil, del Alzamiento, del Golpe de Estado ni de la Segunda República pero ahí nos había dejado al autor de El laberinto español, una obra que recupero en unos tiempos como los de hoy. Tiempos que evidencian los estigmas que venimos arrastrando, las taras de nuestra perfecta democracia, las veces que caemos en los mismos errores y cómo hacemos para que todo se perpetúe porque, precisamente, no hacemos política.

Decía Brenan que “No es pues de extrañar que la mayoría de los españoles —en los distritos campesinos, la inmensa mayoría— prefiriese mantenerse al margen de toda política. Valía más aguantar agravios e injusticias, cualesquiera que fuesen, que no arriesgarse a lo peor protestando, ya que los tribunales de justicia no aseguraban la más mínima protección. La separación de poderes es cosa que jamás ha existido en España y los magistrados eran simples empleados del gobierno que recibían órdenes de arriba. Condenaban y absolvían a quien el gobernador civil les ordenase condenar o absolver. Y todavía era peor en los pueblos, donde los jueces estaban a las órdenes directas del alcalde y del cacique que lo había nombrado. Aun en casos de gravedad, que rebasaban su jurisdicción, intervenían ellos, haciendo desaparecer pruebas, corrompiendo testigos y cosas por el estilo, hasta obtener el resultado que se deseaba. Solamente un pueblo tan paciente y fatalista como el español puede haber aguantado siglos y siglos tales condiciones de vida, desamparado de la justicia más elemental”. Lo escribía en 1943 y se refería a la Restauración…¿nos suena?

“Se estimaba generalmente que el fraude fiscal por la propiedad en toda España ascendía del 50 al 80 por ciento del total. Pero la gente pobre no se beneficiaba nada con ello; al contrario, tenía que pagar más aún”…. “La desconfianza de la opinión pública española respecto a los poderes constituidos se había hecho endémica. El viejo sentido de unidad bajo el rey y la Iglesia de los felices tiempos pasados, había pasado dejando en su estela una nube de oscuras sospechas. Era pues condición esencial la exclusión de este factor peligroso e imprevisible: la opinión pública. De manera cada vez más frecuente, el gobierno tenía que recurrir a la policía junto con bandas de matones para mantener a distancia a los votantes hostiles”.

Impresionante la actualidad de Brenan. Pero más allá de Cataluña, que permea –antes y ahora- todo, lo que me preocupa de lo que está ocurriendo en nuestro país últimamente es la calidad de nuestra democracia, y viendo las medidas del Gobierno central y la actitud de muchos ciudadanos creo firmemente que esta democracia joven, moderna y estable tiene demasiadas fugas.

No creo en el independentismo y sí en el internacionalismo pero entiendo la sensación de pueblo. ¡No sé por qué nos asombra tanto, viviendo en esta provincia de reinos de taifas! No coincido en llamar a los Jordis presos políticos. Creo que se desvirtúa lo que ha significado en nuestro país ese concepto con Marcos Ana, como exponente. Tampoco creo en la legitimidad de la consulta del 1-O en Cataluña pero sí tengo claro que aquello fue una expresión de la voluntad popular por querer expresarse. Una mayoría suficiente a la que nuestra democracia tenía que haber dado respuesta de otra manera. No con porras y violencia.

Y eso me hace cuestionarme la calidad de nuestro sistema democrático y cómo el sistema pretende que continuemos sin hacer política, sin que la sociedad civil, diga, plantee, eleve la voz. Que la democracia se reduzca a una votación cada cuatro años. Y todo esto tiene que ver con esa nefasta tradición que nos persigue y que se ha hecho endémica con el franquismo y la dictadura. Decía Brenan que España necesitaría al menos 50 años para recuperarse de la Guerra Civil. Han pasado 81 años y las heridas aún supuran porque nunca se cerraron y, sobre todo, porque sigue existiendo ese franquismo sociológico que lo impregna todo de manera impune.

Cuando en un país se ha matado por pensar de una manera, cuando se ha encarcelado de la noche a la mañana como meros delincuentes a personas respetables acusadas de ‘rebelión’ cuando su ‘delito’ era ser concejal republicano, sindicalista o maestro y, sobre todo, maestra, la aprensión a elevar la voz, a plantear alternativas, a hacer política existe y persiste. En la actualidad en forma de apatía porque de lo que se trata es de despolitizar a la sociedad: que la hagan otros. Por eso, durante toda mi vida he escuchado la frase de “¡calla y no te señales!”, “mejor no te metas en eso”. Lo decía en voz alta una de las protagonistas de nuestro documental ‘Las víctimas sin llanto’ y a mí misma me la han aplicado o me lo siguen recomendando.

Y así estamos. Que una de las crisis más importantes –que no la única ni la mayor- de nuestra democracia, está siendo resuelta con porras y con el artículo del 155. No hablo de Cataluña, sino de la capacidad de reacción y respuesta de nuestra democracia. Con la ley, dirán muchos. Esa que se cambia a pesar de ser sacrosanta, no obstante. Sin política, diría yo. Y era la hora de hacer eso.

Tiempo de lectura 💬 3 minutosVanessa perondi

Fotografía: Jose Montero

A estas alturas de mi vida ya no sé ni de dónde soy ni por qué no me siento de ningún sitio en concreto. A veces echo de menos tener unas raíces más arraigadas, experimentar esa sensación de tierra, de pertenencia a una comunidad, de recuerdos comunes pero no saben qué gusto es poder amar libremente sin cortapisa localista alguna.

Si mido el tiempo, soy isleña de La Isla de León, porque la mayoría de los años de mi vida los he vivido en esta ciudad que, tan plegada en sí misma, uno nunca termina de conocer. Mis recuerdos de adolescentes –en el Cine Almirante, la plaza del Rey o en la Feria- y mis primeros pasos laborales se sitúan en San Fernando que siempre ha mirado con recelo a Cádiz. Allí donde nací. Y no porque en La Isla no pudieran nacer niños sino porque nací mirando a La Caleta desde el Hospital de Mora. Mis recuerdos de la infancia me sitúan en la plaza de  Candelaria correteando y comiendo una tapita de pavía todos los domingos; en la plaza España llena de palomas; en el parque Genovés viendo los monos; por el Balón descubriendo el patio de vecinos de mis antepasados; en San Severiano visitando a los antiguos familiares de mi madre y en casa de mis abuelos en la calle Tanguillos. En carnavales pero también en Semana Santa viendo todos los lunes El Nazareno del Amor, la Palma –quién se resiste- y Veracruz; alucinando con la madrugá de Cádiz que conocí por primera vez con doce años y que terminaba siempre con el gusto de comprar El Diario aún caliente en San Juan de Dios.

Mis vivencias de ocio también han tenido como escenario El Pópulo, la Plaza Mina y hasta la Punta y mi vida profesional –mi media vida- sí que me agarran a esta ciudad trimilenaria gracias a sus gentes, a sus problemas y a sus alegrías. Pero nunca se me ocurriría decir que soy gaditana: no tengo el caché, me falta gaditanismo y, encima, me fascina Jerez. Bicho, bicho, que aún dirán algunos. Pero allí también están mis orígenes, en la calle Reventón de Quintos, en la antigua Cuesta del Palenque, donde vivió mi padre y donde viví yo una temporada de mi vida profesional.

Me admira la capacidad de trabajo de la gente de Chiclana, adonde íbamos todos los veranos al campo y luego de joven a la Barrosa. Descubrí Puerto Real ya mayor cuando volví a estudiar, y su alejado campus universitario, me acercó al pueblo y me hizo relacionarme con sus gentes.

Y este recorrido vital no hace más que confirmarme mis apegos a tantos sitios y que, a pesar de los pocos kilómetros que separan a unos municipios de otros, los localismos los alejan latitudes. Unos localismos que el poder político ha utilizado como arma arrojadiza, que ha exagerado para utilizarlos como valor de su gestión y que los ha fomentado teniendo una visión cortoplacista del futuro de nuestra tierra: aún recuerdo la llegada de una cadena internacional de muebles que abrió la veda para que cada municipio, cada ayuntamiento y cada pueblo sacara lo peor de sí mismo con el objetivo de quedarse con la gallina de los huevos de oro. Es comprensible, por otro lado, por la situación económica que nos persigue pero evidencia una vez más que nuestra clase política sólo ha buscado soluciones locales –para los suyos- sin tener una visión de conjunto que haga más atractiva a esta tierra.

Tampoco me gusta la uniformidad y sí el respeto a la diferencia por eso creo que nosotros siempre seremos diferentes. Recuerdo que cuando estudié y viví en Sevilla si preguntabas a alguien de dónde era siempre te diría de Sevilla, aunque fuera de Osuna, Dos Hermanas, Fuentes de Andalucía o Lebrija. Con los gaditanos, no pasaba eso: uno era de El Puerto, de Cádiz, de Jerez, de Barbate, de Algeciras o de Villamartín, en Cádiz pero de Villamartín. Y esas particularidades, esa riqueza, esas playas infinitas, esos parques naturales tan distintos entre sí  -el de Bahía, el de la Breña o el de los Alcornocales-, ese patrimonio –civil y militar, como en mi ciudad-, esa serranía, esas viñas, esos pueblos blancos, esa vía verde o ese balcón al Estrecho son de todos y son nuestros mejores avales como provincia.

Cuando uno se pregunta cómo una provincia como ésta tiene esos niveles de paro o de exclusión se da cuenta de que los localismos catetoides y esa falta de cohesión social por falta de infraestructuras integradoras tienen mucha culpa de ello. Y sólo podemos cambiarlo nosotros, exigiendo políticas inteligentes e inclusivas y haciendo nosotros mismos provincia. Yo por mi parte ya me tengo apuntado como próximo destino Torre Alháquime, aunque tarde más que a Sevilla o a Manilva.